Gente nocturna

Barry Gifford · Capítulo 75 de 96

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Gente nocturna

Interludio El vendedor de biblias

INTERLUDIO

EL VENDEDOR DE BIBLIAS

Helga Grandeza, sentada al volante de su Chevrolet Blazer, observó cómo su marido Cyril Big Grandeza abría la puerta del acompañante de su nuevo Thunderbird rojo rubí para que subiese Bitsy Tune. Bitsy tenía dieciocho años, dieciséis menos que Big. «Pues no parece que tenga más de quince», pensó Helga, al presenciar cómo su cónyuge de los últimos catorce años le sonreía a Bitsy como un perro inútil al que acabaran de dar en la cabeza con un martillo, cerraba la puerta con cuidado después que la escuálida tía guarra hubiera depositado cómodamente su nada celulítico trasero sobre la tapicería de cuero color crema, daba rápidamente la vuelta y subía al coche. Cuando Big dio un acelerón a su Thunderbird, Helga puso en marcha el Blazer y lo siguió mientras se juraba que no iba a permitir que aquel hijoputa se largara con una jovenzuela, y menos teniendo aún a sus dos descendientes en la escuela primaria.

Big Grandeza era un vendedor de Biblias, igual que lo habían sido su padre y el padre de su padre. Helga y Big habían sido novios en el instituto de Santa María Luisa de San Francisco, en Bayou Cobra, Louisiana, y se habían ido a vivir juntos a Nueva Orleans. Ella no había conocido a ningún otro hombre en el sentido bíblico de la expresión, y la posibilidad del orgasmo femenino era para ella un simple rumor sin confirmación. El deseo sexual no era algo que preocupara especialmente a Helga. Que su Big hubiera resultado un ligón, sin embargo, sí la inquietaba, y estaba decidida a cantarle las cuarenta.

El reluciente T-Bird avanzaba por Canal con Helga siguiéndolo cuatro coches por detrás. Al llegar a Telemachus, Big torció a la izquierda, siguió un par de manzanas hasta Palmyra y aparcó. Helga coló su Blazer detrás de una furgoneta Dodge y vio a su marido, el cual llevaba la chaqueta a cuadros verdes y rojos que ella le había regalado las anteriores navidades, y su miniatura de ramera entrar en un bungalow color azul Puerto Rico.

Helga descendió de su vehículo, fue andando lentamente hasta el bungalow y llamó con firmeza a la puerta. Abrió Bitsy, y Helga, una mujer bastante corpulenta y que superaba a la niñata en sus buenos dieciocho o veinte kilos, agarró un puñado de los suaves y rubios cabellos infantiles de Bitsy y la hizo a un lado. Big Grandeza estaba junto a la puerta del dormitorio con la chaqueta deportiva quitada, pasmado de ver a su mujer cargar sobre él en aquél supuestamente secreto templo del vicio.

—«El matrimonio es loable en principio —chilló Helga, a medida que avanzaba—, y la cama inmaculada; pero Dios juzgará a putañeros y adúlteros».

Helga levantó la mano izquierda sobre la cabeza y Big, al ver que sus dedos empuñaban un Ginsu de hoja serrada y veintidós centímetros de largo, reculó hacia la habitación.

—¡Maldita sea, Helga! —gritó—. ¡Baja ese puñetero cuchillo!

—«Tú, hijo del diablo; tú, enemigo de toda virtud, ¿cuándo dejarás de corromper los rectos caminos del Señor?».

Bitsy consiguió levantarse de la alfombra de pelo rosa y salió disparada hacia el exterior, atragantándose con su vómito mientras corría.

Big cogió una lámpara antigua de una mesita auxiliar, una Tiffany de imitación por la que Hubert Tune había pagado demasiado después que su esposa, Floyda, le hubiera chinchado para que pujara por ella en una subasta de muebles en Nashville cinco años atrás. Big le lanzó la lámpara a la encolerizada Helga, pero falló, y el costoso proyectil estalló al chocar contra una cómoda, reducido a nada su dudoso valor. Helga se abalanzó sobre Big, el cual, temblando de miedo, se hizo un ovillo en el suelo como una cochinilla.

El arma de su furibunda esposa penetró en su cerviz cual estoque limpiamente colocado. El vendedor de Biblias gimió y cayó hacia un lado meneando su lengua azulada. Hilillos de sangre le salían de la boca y la nariz. Helga se dejó caer sobre la cama, sudando como no lo había hecho en su vida, salvo el día en que dio a luz.

—«Para el uno somos el sabor de la muerte hacia la muerte —dijo, jadeando al hablar—, y para el otro somos el sabor de la vida hasta la vida». ¿Y quién —preguntó la asesina— tiene competencia para estas cosas?