Jules
Capítulo 1
Didier van Cauwelaert
Jules
ePub r1.0
Titivillus 10.02.18
Título original: Jules
Didier van Cauwelaert, 2015
Traducción: Alicia Martorell Linares
Retoque de cubierta: Titivillus
Editor digital: Titivillus
ePub base r1.2
S é por experiencia que hay que desconfiar de los flechazos, pero me atacó una amnesia repentina cuando la descubrí entre la multitud. Zapatos de tacón amarillo canario, pantalones cortísimos de color rojo y top turquesa: no había peligro de que la atropellasen entre la niebla. Si no fuera por el labrador sujeto con un arnés que la guiaba, sus grandes gafas negras habrían pasado por el accesorio de una estrella paseando ostentosamente de incógnito. El pelo rubio rojizo, sujeto en un moño desordenado, los pechos moviéndose libres bajo la seda casi transparente, una sonrisa de cita galante que le alargaba las comisuras teñidas por la barra de labios: era una ciega que absorbía todas las miradas, que provocaba mucho más deseo que piedad.
Se detuvo olfateando ante mi puesto. Instantáneamente, su perro se quedó inmóvil, mirando hacia mí. Como el intérprete que prepara a su interlocutor para las palabras que está a punto de traducir, me miraba fijamente mientras ella hablaba al vacío.
—Buenos días. Caramelo salado, regaliz y gominolas de fresa. Uno de cada, por favor.
Tenía una voz de niña precoz en un cuerpo de treinta años. Alegre, educada, increíblemente sexi y capaz de recitar mi catálogo de especialidades. A mi pesar, bendije el cataclismo social que me había puesto en su camino. Con mi doble título de ingeniero bioquímico y de astrofísico, a los cuarenta y dos años me había convertido en vendedor de macarons en Orly Oeste, nivel de Salidas, vestíbulo 2.
No puedo pasar desapercibido. Llevo un chaleco de rayas chocolate y café, un gorro color pistacho y estoy plantado en el centro de un puesto en forma de diligencia y del mismo verde pálido. Mi madre tuvo un ataque de ictericia cuando descubrió casualmente mi nuevo trabajo, de vuelta de sus vacaciones en Ardèche. Su comentario se limitó a un mensaje desde el taxi: La cara que pusieron mis amigas. Al menos, podrías haber avisado. Yo contesté: Creí que siempre viajabas en tren. Ella replicó: Ahora va a resultar que es por mi culpa. Yo lo dejé estar. A pesar de haber inventado un procedimiento de descontaminación que hubiera podido hacerme ganar millones, me hundo cada vez más en la miseria ante sus ojos consternados desde que mi novia me despidió de su empresa para quedarse con mi patente. No me defendí: tengo una idea demasiado elevada del amor como para mezclarlo con notarios o abogados. Prefiero quedarme con los buenos recuerdos y prescindir del resto. Es lo que mi madre llama «dejarme pisotear» cuando en realidad lo que hago es volar más alto. La entiendo: antes de sorprenderme en flagrante delito de contrato temporal para la casa de macarons Ladurée, me ha conocido sucesivamente como director de desarrollo de los fertilizantes Vert-de-Green, con cuatro mil quinientos euros al mes, traductor de obras científicas a tres euros la página, guía turístico en el castillo de Chantilly a cambio de las propinas, voluntario en una asociación de defensa de los árboles y condenado, tras encadenarme a los magnolios del Forum des Halles, a cinco mil euros de multa por intento de coacción a un leñador, suma que tuve que pedirle prestada para no ir a la cárcel. Viniendo de un niño abandonado, que había adoptado con graves perjuicios para su relación de pareja, no le parecía que su inversión le estuviera dando demasiados dividendos.
—Solo tengo fresa, sin gominolas, lo siento.
Las gafas negras se volvieron hacia mi voz.
—¿Está absolutamente seguro? Huelo a gominolas de fresa. ¿Ha usado un ambientador como los floristas?
Encantado de prolongar la conversación, contesté con una voz juvenil que solo estaba haciendo una sustitución para hacer un favor a un amigo.
—Bueno, entonces lo dejamos en uno de caramelo salado y dos de regaliz para mí, para tomar aquí, y doce de agua de azahar en una caja para mi perro: es su sabor favorito.
—¿Cómo se llama?
—Jules —sonrió, acariciando su pelaje color arena.
—¿Quieres tomarte uno ahora, Jules? Invita la casa.
—No contestará, está de servicio.
Se me hizo un nudo en la garganta. Esta pareja indisociable que estaba pasando de largo por mi vida me inspiraba una mezcla de exaltación y tristeza que ella percibió en mi voz cuando le pedí disculpas.
—No se preocupe, lo lleva muy bien —dijo para tranquilizarme—. Solo come cuando le quito el arnés.
—Tiene que estar muy bien entrenado.
—Sobre todo, tiene su orgullo. Es responsable de mí.
En su tono había el mismo orgullo que le atribuía al labrador. Se me vino el mundo encima. Yo nunca había sido responsable de nadie. Mi madre es una roca, mi padre no está y las mujeres de mi vida no quisieron hijos. El labrador me miraba fijamente a los ojos. Un acceso de ridículos celos por este guardaespaldas venturoso me hizo desviar la mirada hacia los pechos de su ama. Unos pechos sublimes, que desafiaban la gravedad y, sin embargo, parecían de verdad, acusando cada movimiento de los dedos para sacar la tarjeta de la cartera y buscar a tientas el tique del taxi que se le había caído. No tuve tiempo de salir de mi puesto para recogerlo: el perro, que estaba pendiente del más mínimo movimiento de su ama, ya había empujado con la pata el justificante hasta las uñas de su protegida. Alice Gallien, decía la tarjeta de crédito que había dejado sobre el mostrador. Se me encogió el corazón pensando en la canción de Brel: laisse-moi devenir l’ombre de ta main, l’ombre de ton chien… Yo, que me pasaba la vida cerrando los ojos ante lo que la gente seria llama «la vida adulta», no sé qué hubiera dado por servir de mirada a una mujer como ella.
De momento, lo único que estaba en mis manos era tardar todo lo posible en envolver los macarons para seguir disfrutando de sus senos turquesa y del desconcertante júbilo que desprendía. La alertó el sonido lento de mis gestos sobre el papel. Posó dos dedos sobre las agujas de su reloj sin cristal.
—Tenemos que embarcar —me dijo, con una amabilidad afligida—. Quizá no sea indispensable envolverlo para regalo.
Espontáneamente respondí en mi defensa que me parecía hermosísima.
—Gracias por la franqueza —sonrió—. En general, los hombres empiezan diciendo piropos a Jules.
Al oír su nombre, el perro me miró con la seguridad disuasoria de un macho dominante, aunque quizá lo que me incitaba al antropomorfismo era la erección que intentaba aplastar bajo el mostrador.
—¿Es cosa mía, o no se parece a su voz? Siempre es muy amable con los vendedores, pero lo noto muy tenso.
Me describí sin entrar en los detalles de la gorra verde y el chaleco a rayas. Le dije que había nacido en Siria de padres desconocidos y había sido adoptado por una pareja de franceses.
—Ya veo.
Le di sus paquetes, sin saber si esa expresión tan desconcertante en su boca era un signo de compasión o se refería a que su perro era racista.
—¿El de las diez y veinticinco para Niza lleva retraso?
Le dije que no, que la sala era la 20, tal y como podía ver en la pantalla que estaba frente a mí. La hubiera acompañado, pero la cola tras ella iba tomando proporciones inquietantes y mi jefe ya me había llamado la atención el día en que me sorprendió en flagrante delito con un tratado de astrofísica sobre el mostrador. Aunque no haya clientes, tengo que parecer atento, dispuesto, disponible. Está en el contrato. Comer, leer o llamar por teléfono durante mis horas de servicio son faltas graves que suponen un despido fulminante en caso de reincidencia. Y sin este salario caído del cielo, a la vista de la crisis que está asolando la edición de obras científicas, no veo cómo podría pagar el alquiler.
Llamé con un gesto a un empleado de Air-France que se paseaba con su camisa encorbatada. Dejé en sus manos a mi deliciosa cliente, cobré con la tarjeta intercambiando dos frases, miré cómo se alejaba con el corazón encogido, sensación que se diluyó ante la impaciencia de los viajeros que esperaban.
—Ya era hora. ¿Qué sabores tiene en cajas de seis?
Mientras recitaba mecánicamente el surtido a un asistente a un congreso con identificador de IBM, me repetía nuestras últimas palabras: «Buen viaje, señorita. Las gominolas de fresa son una variedad nueva. Me he quedado sin ella, pero la puedo pedir. ¿Volverá pronto? Eso espero». No había tenido la oportunidad de averiguar más. ¿Y para qué me iba a servir? Seguro que había un hombre en su vida: había aludido a los ligones como yo con la indulgencia serena de una mujer en pareja.
Con la mirada ausente y la sonrisa de reglamento, iba cumpliendo con los rituales de venta con un abatimiento resignado que no forma parte de mi manera de ser. Siempre he puesto al mal tiempo buena cara. Enamorado traicionado, investigador saqueado, víctima tan desprovista de frustración como de ambición vengadora —dos motores esenciales para la vida social—, me suelo contentar con sentirme bien conmigo mismo sin entrar en razones personales: una puesta de sol, la inteligencia de las bacterias, una cantata de Bach, la profesionalidad de una prostituta, el olor de la madreselva en el alféizar de mi ventana, los misterios insondables del Big Bang… Todos estos placeres ínfimos sin efectos secundarios que, para un corazón con movilidad reducida como el mío, sustituyen de buen grado al amor y a los abismos que supone. ¿Por qué el deseo que sentía por una minusválida de verdad me ponía tan triste, por qué me hacía avergonzarme del bienestar cortoplacista de mi pequeña vida de mierda?
Y sin embargo, mi vida había empezado muy bien. Suelen creerme un producto de la inmigración, pero ante todo soy un proyecto literario. Solo llevaba unas horas en el mundo cuando el portero de la embajada de Francia en Damasco, al recoger los cubos de la basura, me descubrió en el fondo de uno de ellos. Era obvio que alguien me había dejado allí tras el paso del camión. Éliane de Frèges, la mujer del agregado cultural, había maniobrado sin descanso hasta conseguir adoptarme, aunque me tuvo que sacar de Siria por valija diplomática.
Mi madre adoptiva, respetuosa con mis orígenes, me llamó Zibal, del árabe zibala, «cubo de la basura». Por lo demás, su imaginación llenó el vacío. Me dio como padre a un jefe beduino que había repudiado a su mujer por adulterio, mujer que, expulsada de la tribu, me había buscado una suerte mejor poniéndome en manos de la República Francesa a través de los residuos domésticos. Zibal, el niño de la basura recibió el premio Femina el año en que cumplí los trece años. Los críticos se extasiaban ante mi personaje, un beduino que estudiaba ciencias políticas en una escuela prestigiosa y estaba dispuesto a ser merecedor del sacrificio de su progenitora y de la generosidad de su madre adoptiva, para terminar volviendo a Damasco con un título universitario en el bolsillo para derrocar a Assad e instaurar un embrión de democracia sin necesidad de venderse a los Hermanos Musulmanes. Moría como un héroe en la página 438, dejando dos hijos y una hija que se había comprometido a terminar su obra convirtiéndose en embajadora de Siria en París.
En la realidad, este camino de gloria se había interrumpido en los bancos de la universidad. Luego Zibal de Frèges no había hecho honor a sus promesas, desautorizando a su autora. Me quedé en la sombra, sin abandonar nunca el suelo francés, todo el mundo me había tomado el pelo y dejaría que mi nombre se extinguiera. Eso no era material para escribir un segundo tomo.
Los ladridos me sobresaltaron.
—¡Joder, tenga cuidado! —se quejó el cliente cuyo surtido había desparramado por el suelo.
Con la caja vacía en la mano, intentaba enterarme de qué pasaba en el fondo del vestíbulo 2.
—¡Jules! —gritó Alice—. ¿Quiere soltarlo? ¡Pare inmediatamente!
—¿Me va a llenar otra caja o qué?
Con un gesto mandé callar al mentecato. Los gritos de la joven subieron de volumen, sobre un fondo de ladridos. Sin pensar, salí corriendo del puesto para correr hacia la sala 20. El embarque del vuelo a Niza parecía el primer día de rebajas en unos grandes almacenes. Abriéndome camino entre la multitud, vi a dos auxiliares de tierra metiendo a Jules en una jaula tras retirarle el arnés, mientras que un tercero repetía a Alice con tono neurótico que el avión iba lleno y que el comandante había decidido que todos los animales viajasen en la bodega.
—¡Él no, señor! ¡Es un perro guía, mire la chapa, aquí están sus papeles! Según la ley europea de 2008, puedo viajar con él en la cabina…
—No cuando el avión está lleno: eso lo decide el comandante.
Dije que no. El histérico se volvió hacia mí. Alzó una ceja furioso, burlón frente a mi gorro color pistacho y mi chaleco de rayas.
—¿Y ahora qué quiere el señor Macaron?
—Que se cumplan las normas. La señorita le acaba de decir que la ley europea de…
—¿Te vas a volver a tu tienda? Ya tengo suficientes problemas.
—Y tendrás muchos más si sigues por ese camino.
—¡Te la estás buscando!
A modo de respuesta, le levanté del suelo sujetándolo por la minúscula corbata. Todas las injusticias y humillaciones a las que siempre había hecho frente con mi serenidad de beduino se concentraron de repente, proyectadas contra el energúmeno pertinaz al que zarandeaba al ritmo de mis palabras:
—La ley europea de 2008 tiene prioridad sobre las decisiones del comandante: Repítelo y pide disculpas o llamo a un poli que te va a clavar una multa por discriminación y perseverancia en el error. Demasiado tarde, ya está aquí. ¡Jean-Mi!
El policía con quien arreglaba el mundo tres veces al día durante la pausa para fumar se acercaba a ver qué pasaba, adelantando la mandíbula. Le expliqué la situación. Mientras él amenazaba al energúmeno con una multa de cuatrocientos cincuenta euros, abrí el cajón de Jules que ya avanzaba por la cinta transportadora. Literalmente me saltó al cuello, derribándome casi. Tres lengüetazos frenéticos y me abandonó para acercarse a Alice, que, totalmente perdida, con el arnés en la mano, preguntaba qué pasaba a sus vecinos exasperados por el retraso con que iba a salir el vuelo por su culpa.
Me acerqué para reconfortarla y recoger la caja de macarons que había dejado caer en el fragor de la batalla. Se deshizo en agradecimientos y sacó del bolso una tarjeta de visita que tendió al espacio vacío que estaba a mi derecha. Me la guardé rápidamente, diciendo que le deseaba un viaje muy agradable y que por la noche la llamaría para ver cómo estaba.
Un joven con brazalete llegó corriendo con una silla de ruedas para llevar a la minusválida hacia los controles de seguridad. El incidente estaba cerrado. Agité la mano diciendo adiós al perro, que me miraba fijamente sacudiendo la cabeza, como si no comprendiese que los abandonara después del salvamento.
Dividido entre la nostalgia y la emulación, volví a mi diligencia verde, donde me esperaba mi jefe con los brazos en jarras.
—¿Cómo se le ha ocurrido abandonar su puesto, De Frèges?
Dando golpecitos con el índice sobre su tarjeta de identificación, contesté belicoso:
—Ya puede darme las gracias: si no hubiera hecho nada, la marca podía haber sido considerada responsable de denegación de auxilio a una persona en peligro. La policía se lo confirmará. ¿A quién le toca? —proseguí, dejándolo a un lado y dirigiéndome a la cola, que había retrocedido un paso.
Tres campeonatos universitarios en artes marciales me han dotado de un ascendiente personal al que en general evito recurrir, porque me produce un placer insano y luego me paso tres días con ardor de estómago. Salvo en caso de emergencia, es mucho más gratificante dejar al adversario con la ilusión del triunfo, desde la seguridad de que hubiera podido aplastarlo fácilmente.
* * *
El resto del día transcurrió sin tropiezos. La imagen de Alice y la gratitud de su perro formaban una burbuja de dulzura que me aislaba de los groseros con prisas que se sucedían ante mí.
Tras bajar la persiana, me siento para sacar la tarjeta de visita que espera en mi bolsillo desde las 10:15 horas. Cierro los ojos, llevándomela a la nariz para reactualizar el cuerpo de Alice aspirando su perfume: tengo un recuerdo de jazmín con un toque de higuera. Pero la tarjeta solo huele a mentol y tinta de imprenta. Abro los ojos:
Banco HSBC - Agencia Montmartre.
Nicolas Bron, director de cuentas.