Jules

Didier Van Cauwelaert · Capítulo 3 de 30

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Jules

Capítulo 3

H ace trece días que esa mujer pasó por mi vida y apenas su imagen se empieza a desvanecer. Al día siguiente de mi flechazo en Orly, llamé al banco HSBC. Don Nicolas Bron, de parte de Alice Gallien. El banquero respondió a mi llamada en menos de tres segundos. Un diálogo de sordos. Él esperaba que se pusiera ella; yo esperaba que me diera su teléfono.

—¡Pero si no lo tengo! ¡No conozco más que su nombre! ¿Me llama de su parte?

—No, se equivocó de tarjeta y me dio la de usted.

—¡Pues devuélvasela! ¿Cómo me va a llamar si no tiene mi tarjeta?

—No sé cómo encontrarla: su número no sale en la guía. Contaba con que usted…

Él también. Colgamos como dos imbéciles. Aparentemente, esta mujer causa los mismos estragos en todos los hombres que se cruzan con ella.

Desde entonces, cada vez que entra un vuelo de Niza, alimento mi tortícolis atendiendo a los clientes de perfil, sin perder de vista el ascensor. Si quisiera darme su auténtica tarjeta de visita o reponer sus existencias de macarons, aparecería por allí, entre el buzón de correos y el puesto de Nespresso. Entonces yo correría a su encuentro con la caja surtida agua de azahar / gominolas de fresa que preparo cada mañana para que me dé suerte.

Por la noche, como algo de pie en el café que está frente al ascensor, sin dejar de traducir. A las 23:30 ofrezco a mis vecinos de mesa la caja de regalo del día y me voy al aparcamiento a reunirme con mi vieja Kangoo rotulada Vert-de-Green, que es todo lo que me dejó Gwendoline a modo de indemnización por despido improcedente. Y me vuelvo a mi cubil del quinto sin ascensor en la calle Thermopyles, un callejón olvidado del distrito XVI en el que la glicina y la madreselva forman un arco sobre los adoquines destrozados. Es el único lugar del mundo en el que soy casi feliz.

Cuando Gwendoline mandó mis cosas al guardamuebles, me sumergí en mis orígenes literarios de beduino y me fui a vivir a una tienda Quechua XL2, instalada en el parque del castillo de Chantilly. De día, era guardia forestal. Me había aprendido de memoria la fauna, la flora y la vida del duque de Aumale, que había legado la propiedad al Institut de France en 1884. La secretaria de la Asociación de Amigos de Chantilly, la señora Berton, conmovida por mis conocimientos, la bronquitis crónica que me había producido la humedad de la tienda y mi despido por reducción de personal, me subarrendó el despacho de su difunto marido, un gran entusiasta del duque de Aumale. Dieciséis metros cuadrados atestados de muebles Segundo Imperio, con una ventana al callejón más bonito de Montparnasse. Decía que le sentaba bien escuchar a alguien andando sobre su cabeza. A cambio de un alquiler irrisorio para la zona, simplemente me pedía que conviviera con los cuatrocientos treinta y nueve jinetes de la batalla de Boghar, a los que normalmente debería quitar el polvo cada tres meses, sin modificar la disposición de las tropas de Aumale cuando ataca a la tribu de Abdelkader sobre la mesa de cristal. Y yo finjo hacerlo con sumo placer.

En el espacio que deja vacante la conquista de Argelia, vivo rodeado de yogures a los que aplico electrodos para estudiar el comportamiento de los fermentos lácticos y su interacción de un tarro a otro, que es el tema de la tesis sobre ingeniería biológica que no he renunciado a defender algún día. El resto del tiempo, cultivo en la bañera plantas medicinales para obtener moléculas anticancerosas, sobre las que intento en vano llamar la atención de los laboratorios. Y, para pagar las facturas, traduzco del inglés o del ruso los últimos descubrimientos científicos en materia de agujeros negros, espacio-tiempo, manipulaciones bacterianas… Dando libre curso a mis sueños, encuentro aplicaciones inéditas que me apresuro —escarmentado en carne propia— a patentar en el Instituto Nacional de la Propiedad Intelectual, patentes ruinosas que no me permiten disponer de dinero para nada más. No obstante, a veces bendigo a Gwendoline por su desamor y su avaricia, que me han ofrecido esta segunda parte de mi vida tan acorde con las aspiraciones de mi juventud.

El único problema es el escándalo diurno procedente del piso de arriba ocupado por Coumba. Su clientela, básicamente formada por ejecutivos y altos funcionarios que huyen de la presión de sus responsabilidades, pasa por allí antes de ir a la oficina y antes de volver a casa, es decir, de seis a ocho y de cinco a siete. Coumba es una especialista sadomaso que ata, azota o zurra la badana a petición del cliente. La comunidad de vecinos tolera con resignación a sus «pacientes» (así los llama), pues es la única que puede pagar con regularidad los recibos y adelantar al administrador el importe de las obras que llegan inevitablemente cuando nuestro viejo inmueble se fisura.

Cuando termina su jornada de trabajo, viene a veces a compartir conmigo una tortilla. Es una negra alta y de curvas generosas que me dicta sus mensajes de correo para Mali, tarea que me agradece con una pajilla amistosa, pero sin recurrir a sus instrumentos de trabajo. En realidad es la única persona que me entiende. Mis yogures conectados al electrocardiógrafo le inspiran respeto por principio: tengo estudios, así que sé lo que hago. Hay hombres que susurran al oído de los caballos; yo escucho lo que me dicen los yogures. Para ella es una simple cuestión de sensibilidad.

Cuando le hablé de Alice, se persignó.

—Que sepas que si te tiras a una ciega estás encendiendo una luz que ya no tendrás derecho a apagar, desgraciado. ¡Que lo sepas!

Era la primera vez que me lanzaba ese que-lo-se-pas que ruge estrepitosamente como si fuera una admonición divina para el cartero, los clientes que no llevan cambio o los niños del edificio, a los que arranca los auriculares aullando sobre el peligro de sordera. Luego se suavizó, me friccionó el cráneo riendo y me echó las cartas.

—Por donde apareció una vez volverá a aparecer —se contentó con profetizar tras una larga serie de tréboles que no parecían gustarle demasiado.

Deduje que un Niza-París depositaría de nuevo a Alice en el puesto de macarons, pero hace ya casi dos semanas que sufro de tortícolis y seguramente se ha olvidado de mí. A menos que volviera un martes, que es mi día libre. Coumba me llama al orden cuando le digo que no volveré a ver a mi bella ciega.

—¡Al buen Dios no le gusta que desesperes, ya te lo he dicho cien veces!

Nuestras discusiones teológicas me parecen exóticas o cansinas, según cómo tenga el día. Respecto a la religión, mi madre me dejó elegir. En la novela, tras vomitar mi primer filete halal, pedí que me bautizaran en Saint-Jean-de-Montmartre, la parroquia de la autora. En la realidad, he leído educadamente la Biblia y el Corán, pero mi corazón está del lado de Jules Verne y Alexandre Dumas. Gracias a la biología soy vegetariano, y la filosofía de Trinh Xuan Thuan, mi maestro en astrofísica, me ha acercado al budismo.

—¡No olvides nunca que te llamas «Cubo de la basura», como el nombre del presidente Houphouët-Boigny significaba «detritus»! Eso aleja los malos espíritus y trae suerte. Porque eres un hombre con suerte, aunque… Aunque.

Sí. A veces me llama «aunque», y es un nombre que me va muy bien. Con su aspecto de haber pasado una mala noche, Coumba es mi hada madrina. Cinco meses antes, volviendo de la panadería, sumido en el desastre económico sin paliativos que supone llevar mis ideas al registro de la propiedad, cuando tengo demasiadas, me crucé en el descansillo con el flagelado de las 7:30, un calvo alto y avergonzado que bajaba mirando fijamente a la alfombra.

—Perdone el ruido —me dijo en voz baja mientras introducía la llave en la cerradura—. Coumba me ha hablado de su sentido de la comunicación y de sus competencias en derivados lácteos. Si le interesa, acaba de quedar libre una plaza de agente de promoción y ventas en Orly Oeste. Preséntese en la tienda Ladurée, de parte del departamento de recursos humanos del grupo Holder, y pregunte por el jefe: ya estará avisado.

Así es como, sin pasar por la oficina de empleo, una puta maliense me consiguió el mejor contrato al que puede optar en la actualidad en el mercado francés un ingeniero en paro de más de cuarenta años.

* * *

 

La ventaja de estos encuentros sin mañana es que solo dejan una suave melancolía. Estaba resolviéndome a archivar en mi corazón a Alice Gallien cuando, un viernes por la mañana, a las 8:10, mientras terminaba de colocar mi puesto para abrir, escuché un ladrido a mis espaldas. No me dio tiempo a darme la vuelta: una masa se abatió sobre mí y me caí de espaldas aplastando el expositor de macarons.