Jules

Didier Van Cauwelaert · Capítulo 28 de 30

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Jules

Capítulo 28

N unca hubiera pensado que perderlo por segunda vez me haría tan feliz. De la noche a la mañana, Jules había vuelto a ser como antes. Dulce, feliz, preciso y fiable. Al servicio de otro.

Para nosotros era maravilloso ver cómo se acercaba corriendo al pequeño Oscar cada mañana, aunque tampoco nos sentíamos demasiado halagados. Ahora las horas pasadas en nuestra compañía le parecían agradables, pero accesorias. El deber le esperaba en otro lugar, y con él el auténtico placer. Me acordaba de todos los cachorros que habíamos criado mamá y yo, cuando éramos una familia de acogida. Todos tenían la misma impaciencia por acudir al centro de entrenamiento una vez por semana, por mucho que les atrajera la comida o nuestra presencia. Al acercarse a la jubilación, Jules volvía a ser un aprendiz que adquiría experiencia y avanzaba día a día, porque de nuevo su trabajo era importante.

—Es increíble —nos decía el padre de Oscar—. Es capaz de adivinar los ataques antes de que le den. Ladra de una manera especial, es como un código, y así sabemos que el pequeño se puede caer y le vigilamos para que no se haga daño.

Yo no me podía creer las nuevas aptitudes de Jules, sin ninguna relación con el entrenamiento que había recibido. La formación de un perro de apoyo para epilépticos es muy diferente de la de un perro guía: ya no se trata de acompañar basándose en reglas y situaciones aprendidas, sino de un comportamiento de alerta y de seguridad frente a un problema al que anticiparse. Desde la web de la Fundación Francesa para la Investigación sobre la Epilepsia había llegado a una asociación canadiense, una de las poquísimas que en el mundo estudiaban, entrenaban y promovían estas facultades caninas. Según la mayor parte de los especialistas, la capacidad de detectar la inminencia de un ataque no se puede enseñar: es una disposición innata en el diez por ciento de los perros, pero además se necesitan centenares de horas de entrenamiento para lograr sacar partido de este don en cualquier circunstancia. Jules había aplicado espontáneamente a un epiléptico la empatía y la habilidad que había adquirido al servicio de los ciegos. No solo se tumbaba bruscamente a los pies del niño ladrando y negándose a moverse (el código con el que antes señalaba un vacío delante de mí), sino que cuando las personas presentes habían comprendido el aviso, esperaba las primeras convulsiones del niño. Y con la atención móvil de un portero ante el penalti, colocaba su cuerpo para amortizar la caída que vendría.

Y no se había quedado ahí. Ahora adaptaba la señal de alarma a las necesidades del momento. En el tercer ataque anticipado, el padre de Oscar le había dado el premio que tenía al alcance de su mano: una galleta rellena de mermelada de naranja. Al día siguiente, mientras la familia Bourdaine jugaba tranquilamente al Trivial en la playa, Jules se había abalanzado sobre el paquete, reclamando su galleta. Cinco minutos más tarde, Oscar se contorsionaba en la arena entre convulsiones, en medio de las tarjetas del Trivial.

A partir de ese día, mi perro había impuesto el nuevo código: llegaba para buscar el premio antes del ataque, lo que para él era el medio más eficaz de dar la alarma con mayor provecho. Yo no decía nada, pero, conociendo su trucos, no estaba lejos de pensar que a veces provocaba los síntomas cuya inminencia inventaba para conseguir una galleta.

Sin embargo, al cabo de unos días, como para desautorizarme, los ataques se habían vuelto inversamente proporcionales a la petición de recompensa previa. Informado del peligro, el niño se concentraba en impedir el ataque, mientras que Jules, pegado a él, parecía estar enseñándole, por ósmosis una técnica respiratoria. O bien simplemente la ternura atenta del labrador minimizaba la angustia que podía favorecer los ataques.

Una noche sí y otra no cenábamos con los Bourdaine. Vivían en una casita de pescadores preciosa, en una calle sin salida cerca de la iglesia. El padre trabajaba en el mercado de pescado y la madre criaba a los tres niños mientras vendía por teléfono desde la cocina viajes de ensueño al Caribe. Tenían mucha confianza en Zibal, que les había explicado que famosos genios como Alejandro Magno, César, Dostoievski, Flaubert o Mahoma eran epilépticos y que podría haber una relación entre las dos cosas. De repente, habían dejado de considerar la patología de su hijo una maldición, una enfermedad vergonzosa que solo podía provocar miedo o burla.

 

* * *

 

Lo que esperaba con auténtica aprensión ocurrió al final de la semana: nos preguntaron si, excepcionalmente, Jules podía quedarse una noche con su nuevo amigo. Luego otra. Y así empezó a pasar más tiempo en su casa que con nosotros. En su presencia, el niño ya no tenía ataques, así que, privado de su recompensa previa, Jules se resarcía atracando el paquete de galletas, muy discretamente, para no dar una falsa alarma. Con los ojos en alerta naranja, el hocico al acecho, de nuevo dominante, había recuperado su peso y su pelaje brillante. Le sentía tan feliz como antes conmigo y me emocionaba que me pidiera disculpas en el hotel por sus breves cariños lánguidos antes de quedarse dormido como un tronco. Cuando estaba cerca de Oscar, nunca relajaba la vigilancia. Con nosotros, recuperaba las fuerzas.

Mi relación con Zibal también había cambiado de naturaleza. Ya no seguíamos el ritmo de las vacaciones, un paréntesis para olvidar todo lo demás tras el mal recuerdo de nuestra pelea, que no había tenido nuevas ediciones. Ya era como un borrador de vida en común luchando contra los peligros de la promiscuidad, el único medio, para solitarios como nosotros, de verificar si éramos simplemente los amantes de un verano o una pareja en potencia.

Al margen de nuestros baños y otras cabriolas, Zibal se recluía en su palomar desde las 8 hasta las 12 de la mañana y desde el final de la siesta hasta la hora de la cena para proseguir su trabajo de inventor, lo que me permitía trabajar en el hotel tranquilamente en mis proyectos para la radio. Era mejor que la felicidad estival, era el presagio de una vida cotidiana posible. Esas horas de trabajo en solitario eran un toque de pimienta y de intensidad para nuestra fusión carnal. Y lo mismo ocurría con Jules. Volvía a nosotros con un placer multiplicado porque había trabajado bien con su nueva pareja.

Hubiera querido que esas casi vacaciones en trío durasen para siempre, pero el 16 de agosto el teléfono del hotel nos despertó de golpe.