Jules

Didier Van Cauwelaert · Capítulo 16 de 30

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Jules

Capítulo 16

E spontáneamente, le hace fiestas. Luego retrocede, con los ojos bajos. Tiene miedo a que le regañen. O todavía no la ha perdonado. Yo lo único que veo es la mano que estrecha Alice entre las suyas. De repente, he comprendido el curioso tono de voz del doctor Haussmann al garantizarme que «no la ronda ningún hombre». Este perro estúpido me ha destrozado la vida para arrojarme en los brazos de una lesbiana.

—¿Le conoces? —pregunta la otra mujer.

Me lanza la misma mirada que la gaviota de la 22. Ojerosa, con las mejillas hundidas y la barbilla firme, el pelo decolorado, casi malva, era una síntesis entre Françoise Sagan y Michel Polnareff.

—Oh, sí que le conozco… murmuró Alice sonriéndome como si mi cara le resultase familiar. El señor Macaron.

Y se arrojó a mis brazos, para acribillarme a preguntas:

—Pero ¿cómo es posible? ¿Cómo ha llegado aquí? ¿Cómo me ha encontrado? ¿Por mi número de tarjeta?

Con su cuerpo pegado al mío, me iba tragando con amarga ironía todas mis fantasías. Jules se había puesto de pie con una pata encima de cada uno: la alegría de la misión cumplida o el miedo a quedar excluido. Ella se apartó para mirarme, haciendo caer al perro. Sus ojos eran un asesinato. Desde nuestro encuentro, con las gafas negras que no dejaban adivinar nada, le había adjudicado muchos colores. Había intentado con el gris, el azul, el verde, el violeta… Ni se me había ocurrido este amarillo pajizo. Pero ya se estaba impacientando con mi silencio:

—¿Qué ha pasado? ¿Por qué están juntos? ¿Ha habido algún problema con su amo? ¿Se ha escapado? ¿Lo ha robado? No me diga que lo ha robado. Pero siéntese. Esta es mi amiga Fred. Cuente.

Emanaba de ella una mezcla conmovedora de pánico y entusiasmo. Un terror jubiloso. Tenía delante a una niña recién estrenada en un cuerpo de diosa y la emoción se me agarraba a la garganta.

El perro nos miraba alternativamente, preocupado, cerrando el paso a los camareros, que saltaban por encima de él y se quejaban.

—¡Pero diga algo! —dijo su amiga, nerviosa.

Le dije que estaba aparcado en doble fila y me esperaban para cenar y le entregué a Alice el sobre que la mujer del hotel me había disuadido de dejar en el casillero de la 22. Precisé a mi pesar que allí encontraría un relato de mis aventuras, pero que para ella y Jules el cuento había tenido un final feliz. Les deseé buen provecho y me largué.

En el momento en que llegaba a la salida del restaurante, el perro se adelantó, derribando una bandeja de marisco, y se tumbó bloqueando la puerta.

—Jules, por favor, déjame pasar.

Me desafiaba con pequeños ladridos. Como si me fuera a caer por un barranco si no le hacía caso. La actitud que habría tenido cien veces con Alice. Entonces reaccioné de una manera que todavía me avergüenza, pero que sin embargo también es uno de los pocos momentos de orgullo de mi vida. Allí donde todavía tenía las marcas de la fusta, le di una patadita ligera, desenvuelta, humillante. El tipo de patada «estás molestando, guapo». Se levantó de un salto, me miró por última vez, una mirada que me rompió el alma, y se volvió a la mesa de sus amas.

Yo, que nunca había estado en condiciones de elegir, acababa de ayudarle a decidirse.