Jules
Capítulo 23
M e despierto abrazada a él en la camita de niño. No me lo puedo creer. Ni repulsión, ni incomodidad, ni sobreimpresiones. Estoy nueva. Virgen por segunda vez: lavada de la mancha de los hombres y de la culpabilidad que bloqueaba mi deseo. Y sin embargo, no habíamos hecho nada. Media mamada interrumpida por las carcajadas, besos, un sueño de plomo. Nada que me exponga, nada que me recuerde el «accidente». Pero sé que es un hecho, que le deseo como si hubiéramos hecho ya el amor cien veces. Su complicidad, su reserva, su fuerza de hombre y su dulzura. Le amo. Así son las cosas. Fred lo supo antes que yo. Por no hablar de Jules. Y tendremos que asumirlo. Inventar una felicidad jubilosa, una historia retozona, un amor para nosotros, que no haga daño a nadie. No me costará dividirme y a Fred tampoco le costará compartirme: ha hecho todo lo posible para que captara el mensaje con Eleonor y lo he captado perfectamente, ocultándole la dimensión dolorosa que he creído adivinar en su elección, su voluntad de legarme. Queda el factor x: la reacción del legatario.
Zibal asoma la cabeza murmurando. Me descubre entre sus brazos. Le susurro buenos días mi amor. Él contesta lo mismo sin complicaciones, educado pero muy sorprendido y ocultándolo fatal. No parece que vaya a estar presentable antes del tercer café. Salto de la cama. Jules se lanza hacia la puerta. Lleva el arnés en la boca. Me pongo un chándal diciendo en voz alta:
—¡Os pido el desayuno!
—¡Estoy durmiendo! —Muge Fred detrás de la cortina.
Bajamos a zancadas la escalera, los dos tan felices. Le pongo el arnés al llegar a la planta baja. No es una buena idea desde el punto de vista psicológico, pero ya me ocuparé otro día de su desintoxicación. De todas formas, para él es un simple reflejo sin consecuencias, no vamos a hablar de fetichismo. En todo caso, ya no parece traumatizado. El tratamiento del doctor Macaron nos ha sentado a los dos estupendamente.
Elisabeth está en la recepción, abstraída en el periódico.
—¿Subo los desayunos, querida?
—Gracias. Para tres.
Me guiña un ojo entre dos páginas, redondea los labios en un beso pícaro. El viento nos empuja hacia la ciudad. Jules elige la alcantarilla de la calle París, junto a la puerta de un solar abandonado hasta que edifiquen algo. No sé dónde va, pero qué felicidad avanzar a ciegas. La palabra me llena los ojos de lágrimas. Visto de dónde vengo, es un privilegio absoluto. Indecente. Gritaría de felicidad. Aunque lo siento por Fred. Tengo que hacerle ofrenda de mi felicidad. No tengo derecho a equivocarme.
Jules termina de llenar la alcantarilla y se dirige hacia el distribuidor de bolsas de plástico, junto al paseo marítimo. Saca una y se pone a buscar a una persona comprensiva, a un paseante solidario. Acabo de entender lo del arnés. Uno de sus juegos favoritos fue siempre lograr que desconocidos bien predispuestos hacia una pobre ciega recogieran sus excrementos, para que no me viera obligada a localizarlos por el calor y meterlos en la bolsa a tientas. Qué cara más dura.
Sintiéndome bastante cohibida por el engaño, doy las gracias al obeso turista con su dóberman, que acaba de cumplir con su obligación —doberwoman, a juzgar por las maniobras de aproximación de Jules, mientras que su limpiador se dirige hacia la papelera—. Mi perro parece tan excitado como yo. Si ya causaba bastante estragos en la playa, en sus jaranas nocturnas, la emulación aumentará algo más su número de descendientes este año. Y observo con alivio que el arnés no le frena en absoluto. Jules volverá a ser un animal normal. Como yo, por así decirlo. Esta mañana me siento algo así como una perra. Estadísticamente, nos quedan cinco o seis años disfrutando juntos, así que no vamos a complicarnos la vida.
—¿Quieres que te ayude? —rezonga su recogedor de excrementos descabalgándolo de su atractiva conquista.
Le aparta tirando del arnés, que me entrega en mano con una delicadeza inesperada para su tamaño de jugador de rugby.
—Disculpe, Blandine está en celo.
Escucho mi voz contestando que no pasa nada, que es normal con un rubor que le hace ruborizarse a él también. Me desea un buen día y se pone a correr de nuevo con su ardiente compañera. Nos quedamos inmóviles en el paseo, mirando cómo se alejan en el viento que sopla del mar.
—Deja de ligar —digo a mi compañero de caza—. Vaya pinta que tenemos.
No me puedo creer el deseo que me inspira Macaron. La idea de subir a buscarlo a su camita de niño me inunda y me trastorna.
Nos sobresaltamos. Un ronquido sobreagudo desgarra el ruido de las gaviotas. Solo hay un coche que pueda hacer ese ruido. Lo que tardamos en subir por la calle Carnot, apenas llegamos a tiempo para ver el Maserati gris desapareciendo por la plaza del Casino, con el motor a tope de revoluciones y sin haberlo calentado antes. No es posible. Fred nunca le haría eso a su querido y anciano bólido.
Cruzo el vestíbulo a paso de carga. Los aires de fatalidad consternada de Elisabeth y su sonrisa permiten descartar la hipótesis de un robo. Irrumpo en la habitación, donde me espera Zibal con un aspecto insólitamente luminoso delante del armario medio vacío.
—Es por mi culpa —me declara de entrada—, pero no por lo que tú crees.