Jules

Didier Van Cauwelaert · Capítulo 24 de 30

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Jules

Capítulo 24

C inco minutos después de la marcha de Alice y Jules, abro la puerta a la camarera que me informa orgullosa sobre el tiempo sin nubes al dejar sobre la mesa su bandeja sobrecargada.

—No sé lo que toma el señor, así que le he puesto té y café, zumo de naranja y de pomelo. ¡Les deseo un buen día!

Discretamente, por si alguien está durmiendo, llamo con los nudillos en el marco de la puerta que separa ambas habitaciones.

—Tráelo —contesta Fred.

Entro en la habitación apartando la cortina con la bandeja, que dejo sobre la cama. Luego abro las contraventanas, saludo a la gaviota que espera al servicio de habitaciones acomodada en una silla. Al cerrar la puerta del balcón, le digo a Fred que lo siento muchísimo.

—Sí, es exactamente lo que parece —rezonga colocando las tazas—. No vamos a hacer un número de vodevil, ¿vale? Si os va bien juntos, pues encantada y me las piro. No sirvo para tercera en discordia. Y además, eres un genio.

Señala con la barbilla mis papeles desparramados por la alfombra, mientras sirve el café.

—Me encantan tus bacterias, pero eso le da miedo a la gente, siempre piensan en una epidemia. Eso lo dejamos para una segunda fase, cuando ya seas famoso. De momento, lo que vale su peso en oro son tus plantas para ordeñar medicamentos sobre pedido. ¿Estás seguro de eso?

—Cinco años de experimentos en mi bañera. Y tengo las patentes.

—¿Has patentado las plantas?

—No, el método de exudación radical. El único que permite extraer los principios activos con tanto rendimiento.

—Pero, cuando dices que multiplicas por cien la obtención de taxol anticanceroso con coníferas como el tejo, ¿lo puedes demostrar?

—Sin problemas.

—¿Así que estás listo para empezar a producir?

—Es un problema de financiación.

—Me pongo a ello.

Moja el cruasán, se bebe el café mientras termina de masticar y se levanta para abrir el armario. Baja la maleta y mete en ella sus cosas, mientras me cuenta su plan de ataque de una multinacional agroalimentaria:

—Mi abogada, Daphné Chassagne, la mejor de París, les ha ganado ya muchos juicios. Fírmame el contrato de representación que te he preparado, está en la mesilla. De momento no hay complicaciones, terminaremos de cerrar los acuerdos en septiembre. A propósito, «plantas para ordeño» queda un poco ordinario. Creo que lo vamos a llamar Plant Advanced Technology, PAT. Enseguida te daré buenas noticias. Me piro, no quiero cruzarme con Alice.

Firmé al pie de las cinco líneas que cambiarían mi destino, en un sentido o en otro. De todas formas, estaba inmunizado contra los efectos secundarios de las estafas y no tenía nada que perder.

—Cuídamela, ¿vale? Sobre todo, no fuerces el ritmo. Deja que tenga la iniciativa, como esta noche. Si te crees capaz, incluso puedes utilizar posibles problemas de «puesta en marcha»: le infundirá confianza. Es más, si cree que está ayudándote a arreglar tu problema con las mujeres, se acelerará. ¿Puedo contar contigo?

—Puedes.

Dos minutos más tarde, estaba en el ascensor. Me serví un té y unté mantequilla en una tostada para animarme un poco. Esta idiota había conseguido aterrorizarme. Con Alice había pasado la noche en estado de gracia, pero ahora empezaba a ser consciente de lo que suponía la reconstrucción de su sexualidad. Por escrúpulo o por venganza perversa, Fred había transformado el deseo en pliego de condiciones; el encanto y la espontaneidad se desintegraban frente a su psicología de revista barata.

Estaba saliendo de la ducha cuando Alice irrumpió en la habitación en estado de choque. Debía de haber visto salir el Maserati. La tranquilicé enseguida:

—Es por mi culpa, pero no por lo que tú crees.

No tuve tiempo de decir más: sonó el teléfono de la habitación y ella corrió a descolgar. Intercambié una mirada perpleja con Jules y di tres pasos hasta la cortina abierta. Fred hablaba tan alto por el portátil que fue un duro golpe para mi modestia natural:

—No me gustan las despedidas, ya me conoces, pero todo va bien, ángel mío. Simplemente tengo que encontrarle algunos inversores antes de que se vayan de vacaciones. ¡Tu Macaron es una bomba atómica! Sobre todo, no te pases con él. Le intimidas mucho, ¿sabes? Así que cuídalo bien, dale seguridad, un poco de presión no estará mal: feliz, pero no satisfecho, you see what I mean. Necesito que crea en mí y quiero que dé lo mejor de sí mismo, como sus PAT.

—¿Sus…? —tartamudeó Alice, mirándome, completamente superada por la logorrea de su amiga.

—Sus Plant Advanced Technology. Dile que te lo explique. Bueno, querida, disfruta mucho, yo voy a hacer lo mismo. Besos.

Alice colgó a tientas. Intentaba traducir lo que pasaba en sus ojos colgados de los míos. La sorpresa de escuchar tantos cumplidos, el descubrimiento de mi otro yo, la inquietud frente a la intimidad forzosa que se nos caía encima, el remordimiento por lo que habíamos hecho aquella noche.

—Y ¿qué es un Plant Advanced Technology?

Me senté en la cama y le presenté mi método para hacer crecer en agua algunos vegetales de los que se pueden extraer principios activos ordeñando las raíces como quien ordeña una vaca.

—¿Y eso es lo que ha dejado a Fred en ese estado?

—Sí. El crecimiento en medio acuoso provoca una sobreproducción de proteínas terapéuticas imposibles de sintetizar químicamente.

Me interrumpió en el momento en que pasaba a detallar las prestaciones de las moléculas que procuraban mis favoritas, Ruta graveolens y Datura innoxia, para el tratamiento del asma, la psoriasis o el alzhéimer.

—¿Quieres que te diga exactamente lo que siento?

La gravedad de su tono me preocupó. Asentí con las pestañas, por mi cuenta y riesgo.

—Nunca, ni en mis peores pesadillas, hubiera pensado en enamorarme de un hombre que me hiciera sentir celos de mi mujer.

Repetí la frase para mis adentros, para estar seguro de haberla entendido bien. Le dije que no había ninguna razón para eso.

—¿Para el amor entre nosotros?

—No, para los celos.

Sonrió y me tomó la mano.

—Déjame ponerme celosa: me encanta. Nunca podría hacer por ti lo que Fred es capaz de hacer, pero no sabes lo feliz que me hace que te tome bajo su manto.

Sus manos empezaron a recorrer mi bata. La izquierda me acarició el vello, la derecha empezó a desatar el cinturón.

—Estábamos diciendo…

Posé mi boca sobre la suya. Ella entreabrió los labios. Nuestras lenguas se buscaron, se evitaron, se encontraron. Jadeando, al borde del gemido, me dijo que me acercara rápidamente. Le empecé a quitar la sudadera. Ella me interrumpió, señalando algo que estaba a mi espalda. Pregunté:

—¿Hay demasiada luz?

—Eso, nunca.

Entonces pasé al cuarto de los niños para traer el espejo. Jules se había tumbado delante de la cómoda y estaba comiéndose el preservativo que Fred nos había regalado.