Jules

Didier Van Cauwelaert · Capítulo 20 de 30

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Jules

Capítulo 20

D esde el paseo marítimo veo cómo se pelean entre las olas de la marea ascendente, sin preocuparse del altavoz que recuerda por décima vez que la playa está prohibida para los perros desde las 10 hasta las 19 horas. El quad del socorrista vuelve de vacío. Informa a su colega de los prismáticos, que vigila desde lo alto de la torre de control, que se trata de Jules y de su ama invidente.

 

—¡No exageres, Damien: ahora ve como tú y como yo! Nos la vamos a cargar otra vez.

Tranquilizo a los socorristas al pasar: les protege un vacío jurídico. Ningún artículo de la ley europea de 2008 especifica que las autoridades tengan derecho a separar al ciego de su perro en caso de curación, así que nadie está infringiendo el reglamento.

—Gracias, señor.

—A su servicio.

La caseta 113 es azul con rayas rojas. Despatarrada en la tumbona de rayas con un bañador hasta media pierna que debe de ser la moda de esta temporada, la amiga de Alice fuma mientras lee Le Monde. El viento le arranca las páginas y ella deja que se vayan volando con total indiferencia y las vuelve a poner en su sitio sin dar las gracias cuando los jugadores de voley se las traen de vuelta. Le doy los buenos días. Con un gesto de su cigarro hacia la otra hamaca, me invita a sentarme. Sacudo la ceniza y me tumbo con la cabeza a la sombra.

—¿Qué historia es esa de las bacterias descontaminantes? —Me lanza apoyando el periódico en el vientre.

—Ah, bueno, ¿se lo ha contado Alice?

—Evitemos los preámbulos. ¿Hay un mercado para eso?

—Sí, gigantesco.

—Por ejemplo…

—Deinococcus radiodurans es capaz de descontaminar la zona tras un accidente nuclear. Enterobacter devora todos los pesticidas y las bolsas de plástico. Thiobacillus digiere los metales pesados. Paracoccus transforma en oxígeno los nitratos que digiere…

—¿Y dices que además son telépatas?

—Además. Cuando formamos a una bacteria para un trabajo específico, sus congéneres la imitan.

—¿Eso es un dato científico o un engañabobos?

—Quizá lo fue un tiempo. Ahora se publica en revistas indexadas y es una prioridad para el planeta. Francia va con retraso, como de costumbre.

—¿Y tú? ¿Estás operativo?

—Sí. Si pudiera obtener los fondos necesarios…

—Ese es mi trabajo.

—¿Es cierto eso?

—A ver, tranquilidad: no soy una buena persona, pero soy una gran profesional. No quiero que Alice caiga en manos de un mitómano y acabe en la calle. Está acostumbrada a un cierto nivel de vida, aviso. Su estilo «qué bien que me las arreglo sola» funciona mejor cuando alguien se ocupa de la intendencia. Así que te la presto, pero con la condición de que te la merezcas. Mándame un informe detallado y se lo daré a estudiar a mis inversores. Si les parece bien, serás el rey del mundo y te dejo a mi reina. Si dicen que no, estás muerto. ¿Soy lo bastante clara?

—Creo que es Alice quien tiene que elegir entre nosotros, si hay que elegir, ¿no?

—Exactamente. Pero yo no soy el perro. No confío en nadie a priori, solo apuesto sobre seguro y puedo ser muy dañina. Si no estás a la altura, ella recibirá un informe sobre ti con horrores de los que no tienes ni idea y contra los que no tendrás forma de defenderte, también tengo muchas relaciones en ese terreno. Destruir a alguien es infinitamente más fácil que lanzarlo.

Dobla el periódico y me da un toque con él en la rodilla para tranquilizarme.

—No es nada personal. Es solo para meterte presión y que seas el mejor. Y si solo eres una ilusión, quiero que Alice vuelva inmediatamente. Está empezando una nueva vida, no quiero que lo haga cargando con un lastre. ¿Estamos de acuerdo?

—Bueno, me permito señalarle que apenas he intercambiado diez frases con su amiga. Todo esto me parece un poco prematuro…

Apoya la sien en el palo de la hamaca, respira hondo y declara, mirando mis zapatillas con una dulzura inesperada:

—Mis días con Alice están contados. Es normal. Siempre supe que solo sería una transición en su vida. Y créeme, han sido mis años más felices. ¿Estamos de acuerdo?

El cambio de tono me conmueve tanto que oigo mi propia voz respondiendo:

—Estamos de acuerdo.

—Pues estupendo. Vete a trabajar, así me darás la documentación esta noche. Y sobre todo, no le digas a Alice ni una palabra. Es un secreto entre nosotros. ¿Vale? Simplemente le dirás que te he puesto al corriente de lo de la violación. Si se entera de que llevo tu carrera, ya te puedes despedir.

Su ritmo de kalashnikov va escupiendo en la misma ráfaga amenazas baratas e informaciones que me aturden. Reacciono a destiempo:

—¿La violación?

—A los diecisiete años le gustaban mucho los chicos, le encantaba hacer el amor. Había uno que no se atrevía a salir con ella. Era su mejor amigo. Una noche, después de clase, pidió a unos amigos que le acompañaran para infundirle valor y las cosas no salieron como estaba previsto. Les dio un ataque de pánico y uno de los tres le vació un espray de autodefensa en los ojos. El que lo hizo no lo reconoció, los otros le cubrieron y condenaron a los tres a veinte años: con buena conducta estarán fuera el año que viene. Eso es todo: ahora te toca a ti, y juegas contra la banca. No quiero minarte la moral, pero antes apostaría por tu futuro profesional que por el amoroso. Atención, están saliendo del agua. Esta noche te llevamos a cenar al casino: dejas la mochila en la recepción del hotel y nos vemos a las ocho en punto. Y cambia esa cara, Alice va a creer que te he estado haciendo chantaje afectivo. Cuento contigo.

Apaga la colilla en la arena, me da el periódico, se vuelve a poner el pareo, recoge su cesto y se eclipsa rumbo al Flaubert. Con el periódico haciendo visera, la miro desaparecer por la esquina del Galatée. No sé qué me da más vértigo: el pasado terrorífico que me acaba de revelar o las perspectivas de futuro que me está ofreciendo.

De un salto, Jules me derriba sobre la arena.

—¿Todo va bien? —pregunta Alice, tirando del collar para que deje de lavarme la cara.

Me levanto trabajosamente, luchando con los palos rotos de la hamaca. La mirada de Alice arde de impaciencia. La tranquilizo con una desenvoltura jovial que no la engaña ni un segundo. Se pone pálida. Bajo la vista. Ella me levanta la barbilla con dos dedos y articula con voz fría y neutra:

—Fue un accidente, ¿vale? Y ha prescrito, y te quitas esa imagen de la cabeza. ¡Me libré de ello yo sola, y eso no le incumbe a nadie!

Me pilla desprevenido y protesto diciendo que solo hemos hablado de trabajo. Nunca he sabido mentir, pero hace como si me creyera. Con gestos aplicados, quita la arena y los trocitos de madera de mis hombros. Mientras Jules salta como una carpa presentándome una alpargata para que se la tire, ella susurra con una sonrisa de disculpa:

—Soy una mujer normal, ¿sabes? Pero eso no quiere decir que sea simple.

Doy fe depositando sobre sus labios un beso de mariposa y me marcho a jugar con el perro.