Jules
Capítulo 11
E n el exiguo camarote, las pesadillas que agitan mis noches me dejan llena de cardenales por la mañana. Siempre me despierta la misma escena: a caballo sobre un macho desatado, me retiro bruscamente explicándole con todo detalle que su rabo carece de volumen y de destreza. A continuación le saco tranquilamente los ojos con una cuchara de helado. Detesto este sueño, lo que representa y lo que subyace en él. ¿Acaso he recuperado la vista para soñar con venganza ciega?
Los tres violadores de mi instituto que, en un sótano menos oscuro de lo que habían previsto, me quemaron los ojos con ácido para evitar que los reconociera siguen detenidos en Marsella, y eso no me plantea ningún problema. Hace doce años que los llamo Juanito, Jorgito y Jaimito, como los sobrinos de Donald: los maté ridiculizándolos y nunca sueño con ellos. Entre los dieciocho y los veintitrés años fui a visitarlos cada seis meses. Era una especie de crueldad altruista: solo quería evitarles el olvido, la tentación de reincidencia, y estimular su necesidad de redención. A mi psicóloga eso no le gustaba nada, pero a mí me sentaba muy bien.
Para viajar ligera de equipaje en una vida sin luz, librarme del odio tóxico, les concedí un perdón que no tiene nada de cristiano, un perdón puramente egoísta, un perdón perverso, un perdón de mala pécora, como me gustaba pensar. Un perdón que me hacía disfrutar de los remordimientos al rojo vivo que les provocaba mi aparente mansedumbre. Y qué alivio salir libre como el viento, sabiéndoles mucho más encerrados en su infamia cada vez que iba a visitarles en el locutorio bien escotada y con un vestido ceñido. Eran los únicos momentos en los que, trampeando con todas mis fuerzas, me sentía como antes. Sin miedo y sin reproche.
Cuando me marché a París, los abandoné a su suerte con el corazón ligero. Me escribieron a través de mi padre, a la escuela de esquí, diciendo que me echaban de menos, que no estaba bien abandonarlos después de haberles hecho creer que todo era posible. ¿Qué todo? Les había dado, como quien les tira un hueso, la fantasía absoluta: se imaginaban que el día en que salieran libres iría a buscarlos en taxi para ofrecerme a ellos como una santa puta y ocuparme de su reinserción. Eso era la redención para ellos. Imbéciles.
El intento de suicidio de uno de ellos, anunciado por la radio, no me dio ni frío ni calor. Pasé más de diez años viviendo el presente con una bulimia jubilosa y metódica, fuera del alcance del pasado, con su felicidad pasada y con su «accidente». ¿Por qué reactivar, en el momento en que había perdido su razón de ser, mi miedo a los hombres en libertad, por qué quería conjurarlo a través de estos sueños sádicos?
Cuando estaba a oscuras, era una buena tipa. Ahora me costaba reconocerme.
* * *
Escala en guernesey. Las casas abigarradas del puerto, los carteles indicadores en anglonormando, la cocina local, los senderos campestres, el dolmen de Dehus… Y Hauteville House. La casa de Victor Hugo en el exilio, llena de muebles pesados y marcados con sus iniciales, de cuadros sin gracia y de mesas de espiritismo cuyos supuestos mensajes de ultratumba nos cuenta el guía con una complacencia satisfecha. Las chicas Daphnic no se enteran de nada. Discuten. Divergencias literarias (Balzac frente a Hugo), fiscales (Guernesey frente a Nassau), deportivas (inconvenientes respectivos del queche y del sloop). Solo llevan tres semanas casadas, pero a este ritmo, pronto se convertirán en pioneras del divorcio homosexual.
Fred me arrastra a la escalerita que lleva al lookout, una buhardilla acristalada en la que Hugo escribía de pie, tirando por el suelo las hojas sin numerar de su atril. Con una falta de pudor penosa, me habla de cómo Juliette Drouet recoge las páginas con el culo gordo en pompa y las pone en orden mientras el poeta aprovecha la postura para darse un gusto.
Necesito estar sola. Cuando nos unimos al grupo, la guía está hablando de las maravillosas relaciones entre Victor y su perra Chougna. Estoy harta. Les digo que me voy a dar un paseo y que nos veremos a bordo.
Bajo hasta el puerto recorriendo los senderos de hortensias y brezo. Entro en un cibercafé, pido una pinta de Guinness, me conecto y mando el correo que me pesa en el corazón desde que salimos de Honfleur: claire.chaufour@laposte.fr. Es la madre de Cédric, mi mejor amigo del instituto, que se transformó en un cuarto de hora en cómplice de mis verdugos. Cada 8 de noviembre, aniversario del «accidente», Claire Chaufour me manda a mi dirección de la radio un mensaje compasivo al que nunca contesto.
Con una sola frase, sin saludo ni despedida, le digo que he recobrado la vista que su hijo me había quitado. Eso no borra el crimen, no reduce la pena, pero aliviará el corazón de una madre. Eso es el auténtico perdón, por el que yo había pasado de largo.
Cuando hago clic para enviar el mensaje, me siento inmensamente liberada. Como si mis ojos se acabaran de curar para siempre, sin secuelas ni efectos secundarios. Como si recobrara de golpe toda la luz porque la oscuridad ficticia se ha disipado.
Vacío la jarra y me recuesto en la banqueta de escay. Para seguir avanzando por este camino, ahora me toca ocuparme de la otra consecuencia del 8 de noviembre: mi relación con los hombres. Pero para eso no será suficiente con un simple clic.