Jules
Capítulo 9
E l único remedio que conozco contra el mareo es concentrarme en un punto fijo. Acurrucada en el fondo de la cabina, formo letras sobre un papel amarillo. Me cansa menos que el blanco. Tras doce años de teclado braille y programas de dictado, mis ojos aprenden de nuevo a escribir, mis dedos se acostumbran al bolígrafo. Y voy domesticando mi tristeza a medida que mis frases se comunican con el destinatario.
Querido señor Macaron.
No sé si la casa Ladurée le transmitirá esta carta, ni siquiera sé si la voy a enviar, pero son las primeras palabras que escribo a mano desde que tenía diecisiete años y quisiera que fueran para usted. Porque le debo el último momento de felicidad compartida con mi perro antes de que la cirugía me devolviese la vista y Jules pasara al servicio de otro ciego.
No le he agradecido lo suficiente la forma en que le defendió en Orly. Cuando vuelva de mis vacaciones, me acercaré a invitarle a un café.
Atentamente.
Alice Gallien.
PD: Me permito recordarle su promesa de hacer presión para que le vuelvan a servir mi variedad favorita. Pude apreciar su autoridad natural y no me cabe duda de que pronto podré degustar con mis propios ojos los macarons de gominolas de fresa cuyo sabor tanto necesito recuperar.
Perpleja, releo mi «Carta a Macaron» y renuncio a copiarla por cuarta vez. Me siento tan poco legible y tan transparente al mismo tiempo, traicionada por una escritura que ya no es mía. Más me valdría volver a mi diario íntimo para intentar llenar estos doce años de oscuridad, esta interrupción que ahora solo es un gigantesco entreacto.
Y hoja tras hoja, me voy atreviendo a recordar el pasado, a darle forma, yo que solo vivía en el presente de indicativo y en el futuro. Repaso mi vida de antes de la oscuridad, recupero el hilo, tomo la medida del cambio. Intento fijar las emociones, expresar lo esencial. Mi madre y mi perro.
¿Era feliz antes del «accidente», como me aconsejaba decir la psicóloga en lugar de «la violación»? Me dejaba llevar. Esquí y rafting. El mundo de mi padre: las pistas atestadas en invierno, los torrentes en verano. Nuestras dos pasiones, nuestros dos talentos. Mi vida trazada siguiendo su estela: competiciones, aprendizaje. No pudo soportar mi pérdida. Era su delfina, su esperanza de una medalla olímpica. Quedaban mis hermanos, pero les llevaba tanta delantera… Yo me recuperé del drama, pero él no. Me repetía sollozando: «¿Y qué te puedo dar, ahora que ya no te puedo entrenar?».
Mamá ocupó su lugar. Me obligó a aprobar el bachillerato, aprendió al mismo tiempo que yo braille, música, canto, pintura, todo lo que pudiera devolverme la alegría de vivir. Darle sabor a lo invisible. Mantuvo a mi alrededor una agitación incesante, una cadena de solidaridad sin autocompasión, una presión jubilosa. Se buscó amantes para reconciliarme con los chicos. Volvió a los dieciocho años con la excusa de reparar los míos. Estuvo bien. Pero sobre todo hizo lo imposible para encontrarme un perro.
Frente a la desesperante lista de espera, nos inscribió como familia de acogida. Criábamos cachorros seleccionados por la escuela de Eze-Village, en un ambiente normal, al tiempo que aprendían el oficio de perro guía. Al cabo de un año, nos dejaban para ingresar en la escuela a jornada completa, volviendo los fines de semana para descansar y jugar, hasta el día en que obtenían el diploma y pasaban a trabajar con un ciego que no era yo. Y un día, uno de ellos volvió. Me lo habían adjudicado. Era Jules.
Decir que mi vida cambió cuando el educador creó nuestro binomio sería un eufemismo. Hasta entonces, intentaba no apegarme demasiado a los cachorros de paso para no sufrir cuando se fueran. El pequeño Jules se había dado cuenta y solo dio libre curso al amor de su infancia cuando la escuela me lo asignó para siempre. Con una rapidez espectacular me devolvió la calle, el autobús, el tren, la piscina, el mar, el trineo… Y más todavía, me entrenó para leer las imágenes que me enviaba: la forma de un obstáculo, el emplazamiento de un escalón, la belleza interior o la falsedad de la gente con la que nos cruzábamos. Me transmitía mentalmente su punto de vista, su interpretación, en función de lo que era bueno para mí. Cuando no sabía qué pensar, cómo reaccionar, qué decisión tomar, me sugería una respuesta. Me hablaba al oído, con un cambio en el ritmo respiratorio, un sonido codificado, una información táctil. Incluso un mensaje telepático que componía una escena, un paisaje, un físico. Era mi apuntador de imágenes. Gracias a él quise ser una pintora de verdad. Por esos momentos en los que me traía la paleta entre los dientes, antes de empujar hacia mí tubos de colores para que eligiera.
Sabiéndome «en buenas patas», mamá pudo dejarme a su cargo. Aflojar. Ocuparse de su enfermedad de Charcot, esa atrofia progresiva del sistema muscular que había ocultado a todo el mundo. Pero era demasiado tarde, así que invertimos los papeles. Yo la ayudé a aceptar lo inevitable, a superar la pérdida de la autonomía que tanto se había esforzado por devolverme a mí, a bajar suavemente la pendiente que me había ayudado a subir.
Jules me despertó diez minutos antes de que sonara el teléfono para anunciarme su muerte. Cuando esparcimos sus cenizas por la bahía des Anges, se tiró al agua. Mi padre y mis hermanos le ayudaron a subir a la barca. Escupió agua a mis pies. Como si me devolviera a mi madre.
Las lágrimas diluyen las palabras sobre el papel amarillo. Sepulto la cabeza en el brazo. ¿Será feliz mi Jules, en su nueva vida, siendo responsable de una persona diferente? ¿Me culpará, me echará de menos, me habrá olvidado ya? Para él sería lo mejor, desde luego. Solo yo tengo la culpa, él no tiene nada que reprocharse. Soy yo quien le abandona, y sabe que no estoy sola. Le debo los dos amores de mi vida. Richard, su entrenador, ese muchacho que tanto me dio y a quien tanto mintió mi cuerpo. Enseñarme de nuevo a sentir placer era su objetivo, su obsesión. Tardó meses en atreverse a tocarme. Y tardó semanas en convencerse —equivocadamente— de que no gozaba solo por educación. Una vez cumplida su misión, pasó a ocuparse de otras menesterosas.
Y entonces fue cuando Fred Bellanger entró en mi vida, un día de puertas abiertas en la escuela de Eze. En aquella época, se ocupaba de las relaciones públicas de la Fundación Swiss Life, que financiaba, junto con el Club de los Leones, la formación de diez perros al año. Jules y yo estábamos haciendo una demostración en la pista de obstáculos del fuerte de La Revère, un recorrido sembrado de tuberías, andamios, pasos de peatones con semáforos caprichosos, cubos de la basura sobre la acera, cambios de nivel y socavones. El itinerario cambiaba constantemente para evitar que los perros se acostumbrasen, sustituyendo la atención o el análisis con un mero automatismo. De repente aparecían motos cortando el camino, camiones de mudanzas, carteristas… Como el año anterior, nuestro binomio había ganado el Premio del Público. Al entregarme el trofeo, Fred me abrazó demasiado fuerte para el gusto de Jules, y además le pisó la cola. Y cuando le puso la medalla, le pinchó atravesando el arnés. Jules dio un bote que la tiró del podio y Fred se rompió tres costillas en la caída.
Fuimos a preguntar por ella a su hotel de Cap-d’Ail. Quince días después, la seguíamos hasta París. El torbellino, las fiestas, las risas, le felicidad a cien por hora junto a una amante increíble, una loca deliciosa que conocía la tierra entera, conseguía que le prestaran un jet privado con una simple llamada, para llevarnos a dar un paseo por Córcega y como regalo de San Valentín me conseguía la galería Médicis, en la plaza de los Vosgos, para mi primera exposición. Jules había acabado acostumbrándose a ella, pero los incidentes fronterizos y las luchas de prerrogativas eran moneda corriente entre mis dos protectores. Fred reponía frecuentemente, sin decírmelo, sus zapatos Louboutin, sobre los que Jules concentraba sus represalias.
Yo también defendía mi territorio, a mi manera. Había ido yo sola a vender mi voz a RTL, sin pasar por Fred, que me hubiera obtenido un contrato escandaloso a cambio de la publicidad de una de las marcas de lujo con las que trabajaba. Yo estaba orgullosísima de mi salario mínimo, de poder amar gratuitamente a esa mujer que, por orgullo y por miedo al rechazo, antes de conocerme solo confiaba en los valores venales.
—¿Todo va bien por allí abajo?
Oculto las hojas debajo de una revista y contesto afirmativamente con tono seguro. No tengo ganas de que lea las palabras cariñosas que acabo de escribir sobre nosotras en memoria de mi perro. No quiero que se haga ilusiones. No estoy intentando despertar mis sentimientos por ella, sino de mirarme cara a cara. Mejor que en un espejo. Y la persona que descubro se siente atrapada por el agradecimiento, la amistad amorosa, los remordimientos anticipados.
Fred baja al camarote y me besa debajo de la oreja.
—¿Vienes, cari? Van a creer que estás enfadada.
¿Qué nueva manía es esa de llamarme cari? Como si «ángel mío» no encajara más con la mirada que deposito en ella.
—Vamos, sube. Ha salido el sol, ¡déjate ver un poco! Podríamos jugar con ellas un poco, para variar. Daphné te ha preparado un manhattan.
Contesto que no quiero verlas.
—¿Eso me incluye a mí?
—Claro que no.
—Quisiera estar segura, Alice.
Sale del camarote dando un portazo. Al cabo de un minuto guardo las hojas en el bolso y subo a cubierta. Se lo debo. Con mi mal humor de perro dogo que empeora a medida que tragamos millas náuticas me doy perfecta cuenta de que para ellas la única ventaja de mi curación es que ahora podemos jugar a las cartas por parejas.