Jules

Didier Van Cauwelaert · Capítulo 25 de 30

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Jules

Capítulo 25

E l drama tuvo lugar un sábado.

Era muy consciente de que a mi perro le pasaba algo, desde que Fred nos había abandonado a los tres. Cuanto más crecía nuestra felicidad, más se agravaba su síndrome de abstinencia. Cuando recobré la vista, creyó que le había abandonado, y ahora sabía que estaba de más. Me había traído al hombre de mi vida, yo lo había aceptado: misión cumplida, pero su instinto quería algo más. Para él, ser perro de compañía no quería decir nada. Zibal y yo nos bastábamos. Tenía que convertirse en el asistente de alguien más. Alguien nuevo. Alguien solo.

Se lanzó a la caza: olfatear, seguir la pista, ligar en la playa y por las calles. En cuanto veía un bastón blanco, una silla de ruedas, se despertaba la presión interna sin la que se sentía perdido. Trouville es un pueblo pequeño, en el que la gente es muy amable, y todos los minusválidos estaban atendidos, así que se dedicaba a los turistas.

Todas las mañanas acechaba la llegada del minibús de la asociación Aire Libre, que llevaba a niños minusválidos físicos y psíquicos a pasar un día de playa. Ofrecía sus servicios, llevaba y traía flotadores, gorras, palas y cubos, que robaba sin cortarse a los otros niños. Tras esa demostración de su sabiduría y sus servicios, solo cosechaba terror, lloros, estrés y ataques de nervios. Los acompañantes lo alejaban a patadas. Una vez le habían expulsado de la playa, se marchaba al pueblo a buscar almas en pena, se ocupaba de los mendigos o recuperaba drogadictos en la estación, que trataban de capturarlo para venderlo. Siempre acababa huyendo, con la cola entre las piernas y el hocico alerta, buscando abandonados y deficientes con esa actitud de servilismo agresivo de los limpiadores de parabrisas que aparecen en los semáforos. Era imposible encerrarlo o atarlo cuando le llamaba el deber. Ponerle el arnés ya no me confería ninguna autoridad sobre él, todo lo contrario: el uniforme de trabajo legitimaba su búsqueda de empleo.

Desde el balcón de la 22, una mañana le vi atacar a un pastor alemán para robarle su ciego. No eran solo celos, era profesionalidad. El pastor alemán había cometido un error al pasar por debajo del hilo de una cometa que se había enroscado dos segundos más tarde al cuello de su ciego.

Ya no sabía qué hacer. Si le castigaba, era contraproducente para su entrenamiento. Cuando le hacía mimos, era como si lo estuviera avalando. Zibal no me ayudaba nada, todo lo contrario. Jules le consideraba un argumento en sí: nuestra felicidad era fruto de su iniciativa, la prueba de su éxito cuando seguía su instinto hasta el final. Como trabajador autónomo, asistente freelance, en busca de población necesitada, mi perro era imposible de controlar. Un espontáneo errante. La bestia negra de la playa.

Un sábado por la noche, el mismo momento en que los monitores de Aire Libre le hurtaban a sus minusválidos del día, mientras subían las sillas de ruedas al minibús, bruscamente se lanzó sobre el vehículo. Arañó los alerones, mordió los neumáticos, saltó sobre el parabrisas para arrancar las escobillas. Lo que tardé en bajar con Zibal para detenerlo, el minibús había conseguido huir del aparcamiento. Jules corría detrás, ladrando con todas sus fuerzas, hasta tapar nuestras órdenes, los «¡Para!», «¡Quieto!». Se había vuelto loco.

Delante del casino, el autobús tuvo que frenar y Jules lo adelantó, se abalanzó sobre el capó. El choque le proyectó hasta una jardinera de piedra. El minibús aceleró y desapareció al doblar la esquina de la lonja de pescado. Jules, atontado, yacía entre los geranios. Cuando volvió en sí, temblando entre nuestros brazos, se puso a aullar a la muerte en sordina. Intentó escapar de nosotros, salir corriendo de nuevo y se cayó de lado. Un coche de policía se detuvo delante de nosotros. Mientras empezábamos a explicarnos, una llamada de radio les hizo salir en tromba, con la sirena y las luces puestas.

Ironía cruel, tuvimos que pedir prestada una silla de ruedas en el casino para llevar a Jules a la veterinaria de la calle Bains. Diagnosticó una ligera conmoción cerebral y un estado depresivo profundo. Aunque sus reflejos eran normales, sus terminaciones nerviosas no los registraban. Su apatía era flagrante.

—Que le hagan un escáner por seguridad, pero ese no es el problema.

En la mirada de la veterinaria había una luz de sospecha sin pruebas, esa presunción de maltrato que tanto daño me hacía desde la semana pasada, cuando la gente me veía insultar a Jules por su altruismo indeseable.

Tras una inyección de tónico cardiaco y un plato de comida energética, pudo andar de nuevo y se puso a arañar la puerta para que le sacáramos de la clínica. Entró en el hotel como un autómata, sin mirar a su alrededor ni olfatear nada, y se tumbó hecho una rosca en el cuarto de baño, entre la bañera y el bidé.

Zibal había ido a buscar pollo asado y pasteles para comer con él en la habitación. Jules ni lo tocó. Estábamos cada vez más preocupados. Y luego nos enteramos en las noticias regionales de que el minibús de Aire Libre había chocado contra un camión, una hora antes, en la salida de Trouville. Seis heridos graves.

Jules nos miró enfebrecido cuando fuimos a pedirle perdón al cuarto de baño. Recuperó algo de sus fuerzas para seguirnos a la cama. Tumbado entre los dos, se dejó tranquilizar, consolar, comprender. Me sentía tan culpable por no haber adivinado nada. Si había intentado por todos los medios oponerse a la salida del minibús no era para que le devolvieran a sus parapléjicos. Le expliqué a Zibal que los perros a veces presienten las catástrofes naturales y los accidentes. Le di algunos ejemplos famosos. Él me citó algunos otros menos conocidos.

Estaba sorprendida por su dominio del tema. Me dijo que antes de conocerme, en sus esfuerzos por asimilar aceleradamente la psicología de este perro que le había caído en suerte, había consultado algunos extractos de libros de Eric Vong, disponibles en internet. Como se extasiaba, con demasiada parcialidad para mi gusto, con los talentos de médium de Jules, hice de abogada del diablo. Le dije que quizá su acoso había perturbado tanto al conductor que se había saltado un stop en la rotonda de la estación.

Su reacción me dejó helada. Asumió la defensa de Jules, reprochándome mi ceguera. Enseguida retiró la palabra, pero el daño estaba hecho y él mantenía su posición sobre el fondo: pensaba que era una irresponsable por acusar al perro en lugar de decir que sentía no haber tenido en cuenta su clarividencia y sus avisos.

—Un perro no lo entiende todo, Zibal.

—¡Sí!

—De todas formas, no es posible cambiar el destino.

—¿De dónde sacas estas estupideces? ¡La realidad solo es una emanación de nuestra consciencia! Nosotros escribimos nuestro destino, con nuestros pensamientos, nuestros deseos, nuestros miedos, nuestros bloqueos, que lanzamos al universo, pero siempre es posible corregirlo. Las premoniciones solo sirven para eso. Y como los humanos ya no creen en ellas, los animales tienen que hacerse cargo. Eso es todo.

—¡Es un perro maravilloso, pero solo es un perro! Necesita autoridad, no veneración.

—¡Y la injusticia es una autoridad excelente, tienes toda la razón!

—¿Pero qué discurso religioso es este?

—El budismo es una filosofía, no una religión. Está en la misma onda que la mecánica cuántica y la astrofísica. Lo infinitamente pequeño, lo infinitamente grande, lo infinitamente virtual. ¿No has leído ningún libro de Trinh Xuan Thuan?

—No, lo siento. Estoy un poco atrasada con mis lecturas.

—Perdona, pero te amo con locura, Alice, y es gracias a Jules. No soporto verle en este estado por tu culpa. Porque tú no le necesites, no vas a impedir que ayude a otras personas. ¡Las instituciones no quieren saber nada de él, la Federación lo ha expulsado! Han desautorizado a tu perro, se han deshecho de él como una mierda solo porque ha huido de un sádico que le maltrataba. Ya nadie le necesita, salvo su sexto sentido, así que escucha de una vez este sexto sentido en lugar de echarle la culpa de todo.

Su clarividencia me dejaba sin voz, mientras Jules nos daba lametazos moviendo la cola. Como si el hecho de pelearnos por él le devolviera su energía, su lugar en la pareja. Seguro que Zibal tenía razón, pero no soportaba la violencia que percibía en su interior. La violencia pura, al servicio de los grandes ideales y los grandes mitos. La peor, quizá. La que solo quiere nuestro bien y contra la que nunca ganamos.

Entonces, yo también tuve un presentimiento. Y me tragué las lágrimas dándome la vuelta de golpe. Este perro que había hecho todo lo posible para que volviéramos a estar juntos sería la causa de nuestra separación.