Jules
Capítulo 22
H a sido una cena muy rara. Fred no ha dejado de presentarme como una maravilla ante la futura artista, como si mis descubrimientos biológicos me fueran a transformar en gran mecenas, en productor de cine. Es difícil saber si estaba ligando por persona interpuesta o si intentaba colocarme con Eleonor para poder recuperar a Alice.
Estaba atacando mi tercera cigala cuando recibí un mensaje de mi madre: Si te sigue haciendo falta, puedes quedarte en casa. Un beso.
El análisis semántico y la última frase insólita me hicieron temer lo peor. Me aparté para llamarla. Los altavoces Bose que le había regalado por Navidad estaban machacando Wagner. Estaba en estado patético y me abrió su corazón con el estilo de un teletipo. Tras la anulación por parte del Consejo de Estado del decreto que prohibía las chimeneas en la zona del Gran París, su amigo Jean-Christian, diputado lleno de futuro y autor de dicho decreto, acababa de ser imputado por cohecho y por tener intereses en la venta de chimeneas cerradas, las únicas que según su texto estaban autorizadas a contaminar la región. El juez de instrucción había emitido una orden de detención a un mes de la publicación de su libro en el que confesaba el flechazo que los había unido y sus ambiciones para Francia.
—Acababa de revisar las pruebas, Zibal, ¿te das cuenta? Es una catástrofe: voy a ser el hazmerreír de la prensa. O peor aún: boicot absoluto. ¿Cómo ha podido Jean-Christian hacerme una cosa así?
Movido por la compasión solidaria con ese personaje de autoficción tan decepcionante como yo, le contesté que iría a verlo a la cárcel en cuanto volviera de vacaciones. Colgó y me dejó con la palabra en la boca.
Volví a la mesa, en la que seguramente hablaban de mí, a juzgar por el silencio que se hizo cuando me senté. Tres mujeres, tres edades, tres destinos. Empezando el viaje, en reconstrucción, de vuelta. Y yo entre las tres, buscando mi sitio. Estas mujeres que siempre me habían roto, reparado, enardecido, roto de nuevo… Por no hablar de mi madre, que se había logrado inmiscuir en esta cena en la que quizá mi vida cambiaría de rumbo.
Alice estaba distante. Hablé de cine y de coches deportivos con Fred, para predisponerla a mi favor cuando leyera los documentos que le acababa de entregar. Sentía un gran vacío en el estómago. Como si me faltara algo. Y acabé dándome cuenta de que era el labrador de la 22. Ese lugar debía de estar prohibido para los perros igual que para los sin papeles. Fred lo había elegido a propósito para evitar que me encontrara, en posición demasiado sólida ante Alice, pero ¿qué sentido tenía la cuarta invitada?
—¿Y Jules? ¿Le sigue gustando tanto venir aquí? —preguntó la chica del farmacéutico, cuyo nombre se me había borrado pero que andaba por su sexta copa de champán.
Le contestaron afirmativamente con tono anodino.
—Me mola un montón —me dijo en un aparte—. Ya le he dicho a Fred que si alguna vez se marchan al fin del mundo, yo se lo cuido.
De repente me pareció muy guapa. Muy atractiva. Y la patada que recibí bajo la mesa me galvanizó. La mirada incendiaria de Fred indicaba claramente, si no su procedencia, al menos su sentido. Tanto con Alice como con la niña me utilizaba alternativamente como enemigo o como aliado, pero era consciente de hasta qué punto la hacía vulnerable. No sabía si sentirme conmovido o halagado.
* * *
La temperatura era suave cuando salimos. Un relente de madreselva en la brisa yodada, que enseguida cubrió el Marlboro de Fred. Algunas gaviotas, tubos de escape, un fondo sonoro saturado de bajos, juerguistas que chocaban con los transeúntes: las vacaciones.
Delante de la farmacia Bonnevaud, Alice sujetó a la muchacha borracha de champán, que durante un momento pensó que iba a vomitar las cigalas en la alcantarilla, y luego que no. O quizá sí, a fin de cuentas. Mientras acechaban las fluctuaciones de las náuseas bajo la luz verde intermitente de la cruz verde, Fred metió un euro en la máquina encajada entre los dos escaparates en los que competían prótesis ortopédicas, parches de nicotina y carteles de mujeres que sonreían por haber sobrevivido a la cistitis, el estreñimiento y el peligro de los medicamentos vendidos en grandes superficies: Pida consejo a su farmacéutico.
—Por si acaso —me dijo Fred deslizándome discretamente un preservativo en el bolsillo.
Tenía los ojos húmedos. Cuando su mirada se cruzó con la de Alice, le guiñó el ojo antes de darse la vuelta.
Volvimos al hotel cruzando las callejuelas con terrazas atestadas. Fred se agarraba a mí a causa de sus tacones de aguja sobre los adoquines deslizantes y percibía la mirada de Alice clavada en mi espalda. No sabía qué pensar. Me contentaba, alzando la nariz al viento, con ser el juguete de dos mujeres después de haber sido el juguete de un perro. Quizá fuera lo mejor que me ha pasado en la vida.
* * *
—Usa tú primero el cuarto de baño —decidió Fred cerrando la puerta—. Luego te vas a la camita y pasas desapercibido. ¿Tienes algo para leer?
—Tengo.
—Alice te puede dar tapones de cera: parece que ronco.
—Duermo muy bien, no pasa nada.
—¿Con quién vas a dormir, Jules? —preguntó Alice.
Muy excitado por la nueva situación que no terminaba de comprender, pasaba de una habitación a otra. Al final, se apoderó de una bufanda de Alice y se tumbó sobre mi mochila, al pie de la mesa, a modo de cesta, frente a mi cama de niño. Era un emplazamiento estratégico desde el que controlaba los movimientos de la cortina de separación, sin perder de vista la puerta de entrada. Así podría cuidarnos a todos.
Fred puso la tele para tapar el ruido de la ducha. Los políticos que se insultaban en el estudio de un presentador risueño alimentaban el desenfado que nos esforzábamos por simular. En calzoncillos y camiseta, me metí bajo el edredón de nubes rosas con un artículo de Nature sobre la inteligencia del mixomiceto, un hongo unicelular capaz de encontrar la salida de un laberinto. Jules vino a darme las buenas noches con uno de mis calcetines en la boca, pero no logré comprender el sentido de su regalo. Le di las gracias y lo metí bajo la almohada. Los políticos gritaban, todos al mismo tiempo, que no les dejaban expresarse. Las chicas desfilaban en bata, con un bote de crema en la mano y el cepillo de dientes entre los labios. Apagué la lámpara de la mesilla antes de que terminaran de usar el baño.
La completa incertidumbre sobre lo que ocurriría durante la noche hacía las veces de deseo, confianza y cuestionamiento. Privado de todos los puntos de referencia habituales de la seducción masculina, vivía como nunca antes el placer de ser un hombre. ¿Harían el amor tras el tabique? ¿Me invitarían a unirme a ellas? Las fantasías inciertas que alimentaba respecto a Alice luchaban con la admiración prudente que ahora me inspiraba Fred. Apagaron la tele.
—Buenas noches, Macaron —lanzaron a dúo.
Respondí en el mismo tono animado. La raya de luz bajo la cortina desapareció. Habían cerrado las contraventanas de su habitación, pero la mía seguía bañada por la poderosa claridad del alumbrado público. Poniendo mi respiración en sordina, me puse a acechar los chirridos de su somier.
—¿Me pasas el iPad? —preguntó Fred.
En el silencio interminable que siguió, me dije que quizá estaban viendo porno. Dividido entre el deseo de unirme a ellas y el temor a estar fuera de juego, esperaba interrogando con la mirada al perro, que se estaba quedando frito, con la cabeza entre los tirantes de mi mochila. Empezó a gemir en sueños.
—¡Ah del cuarto de los niños! —Lanzó Fred. ¿Sabes si «ahínco» lleva hache intercalada?
Parece que estaban jugando al scrabble.
* * *
Me despertó un chasquido del parqué. El ruido de las anillas de la cortina. Abrí los ojos. A la luz de la farola de la fachada, Alice apartaba la cortina y la volvía a colocar. Jules levantó la cabeza. Ella tendió la mano hacia él. Se volvió a tumbar. De puntillas, con un espejo bajo el brazo, se dirigió hacia la cómoda. Ante la duda, yo me hacía el dormido, pero ella me pidió silencio con los labios mirándome a los ojos. Colocó el espejo frente a la cama pequeña y se quitó la camiseta y los pantaloncitos rosas.
Con el corazón en llamas, me enderecé, levantando con cuidado el edredón. Ella hizo el mismo gesto horizontal que había hecho para el perro. Me tumbé de nuevo. Se acercó a mí, sin apartar los ojos de su reflejo. Posó una rodilla junto a mi cadera, corrigió la orientación del espejo y volvió para quitarme la camiseta. Nuevo gesto para decirme que estuviera quieto. Me bajó el calzoncillo con precisión de artificiera. Me quedé congelado, estoico, mientras estudiaba mi perfil, seguía mi sexo con el dedo y lo besaba de medio perfil, mirando hacia nuestra imagen sobre la cómoda. Por discreción, me concentré en sus movimientos, evitando su mirada. Un paso en falso, una palabra fuera de lugar, hubieran podido romper el encanto, era consciente de ello. No era yo quien le atraía, se estaba buscando a sí misma. Estaba intentando recuperar en ella los impulsos de otros tiempos. La emoción multiplicaba mi deseo, al tiempo que lo congelaba. Era solo un reclamo, un artículo de muestra. Me estaba probando. Estaba trastornado por la confianza que demostraba en mí. Por el valor que intentaba transformar en pulsión natural. Por los recuerdos atroces a los que imagino que estaba desafiando.
No me movía. Me dejaba hacer, la miraba cómo domesticaba nuestro reflejo. Desactivar los miedos. Desactivar el pasado. Crear nuevas imágenes, bellas y tiernas y sensuales y elegidas por ella sola. Volver a conocerse. Volver a apropiarse de un cuerpo de hombre.
Jules gruñó. Un gruñido de alerta. Alice congeló sus labios alrededor de mi glande, sin perder de vista su reflejo. Yo eché un vistazo hacia la cortina, que Fred había entreabierto.
—¿Puedo ir a hacer pis, anda? —susurró al perro, que le cerraba el camino.
Pasó por encima sin mirarnos, envuelta en su bata, y caminó en diagonal hasta el cuarto de baño, cerrando la puerta con ostentosa discreción. Sentí en mi sexo las vibraciones de la carcajada que Alice intentaba contener.
Gluglu, papel, cadena. Cuando Fred salió, Jules la esperaba para acompañarla a la puerta. Se detuvo ante mi pantalón doblado sobre la silla, retiró el preservativo que había metido en el bolsillo ante la farmacia Bonnevaud y lo lanzó sobre el edredón. Espontáneamente, Jules lo atrapó y se lo devolvió. Ella lo tomó encogiéndose de hombros, lo metió detrás del espejo y se volvió a la cama.
Levanté la cabeza de Alice. Acabamos de ahogar nuestras carcajadas devorándonos la boca, abrazados como niños. Como viejos. Como amantes de vida o muerte. Como amigos de toda la vida.