Julia desaparece
Capítulo 8
Cuando vuelvo a la casa con el cubo lleno de agua y nieve me encuentro a Bianka Betine en la trascocina, vestida con lo que parece un carísimo camisón blanco y encima una ligera bata de seda azul sin abrochar. Calza unas hermosas pantuflas de piel y el cabello se le arremolina alrededor de la cabeza en forma de gruesos rizos oscuros.
Es, tal y como comentó Florence, verdaderamente guapa, con esa expresión traviesa y esa espectacular figura. Sin embargo, no posee ni la belleza de muñeca de Csilla ni la hermosura de modelo al natural que tiene Arly Winters. Es tan fácil imaginarla engalanada como una reina, como lo sería imaginarla en una aldea, descalza y con el cabello recogido en un pañuelo. Su rostro tiene una nota de astucia e inteligencia, como si estuviera guardándose un chiste privado que, quizá, sea a tu costa. Gimiendo a causa del esfuerzo, coloco el cubo sobre la estufa y le hago una leve reverencia.
—Hola —me saluda. Tiene una manera de mirar muy directa. Es como si te escrutara, pero quizá eso solo se deba a sus orígenes sureños. Tiene un acento suave y agradable al oído, más sosegado que el de la ciudad de Spira. Suena como si tuviera todo el tiempo del mundo—. He perdido al bebé.
—¿Qué? —pregunto tontamente.
—¡Buaaa!
Casi se me sale el corazón por la boca. Un pequeñín de melena rizada sale del cubo de la colada, en medio de una lluvia de toallas y ropa interior. No me gustan demasiado los niños pequeños, pero incluso yo me doy cuenta de que es precioso. Tiene dos dientes en la encía superior, cuatro en la inferior, y una sonrisa cautivadora.
—¿Cómo te has metido ahí? —le reprende Bianka, como si fuera de lo más normal dejar que tu hijo se meta en el cesto de la ropa sucia de una casa ajena.
—No está limpia —digo.
—No le va a pasar nada —replica ella mientras el niño vuelca el cubo y empieza a llorar. Bianka saca uno de sus delicados pies de la pantufla y mueve los dedos para distraerle. El niño estira los bracitos para agarrarle el pie, y ella vuelve a introducirlo en la zapatilla.
—Le encanta jugar al escondite —me dice—. A mí me resulta un juego un poco cansado. ¿Tú también trabajas aquí?
—Sí, señora —respondo.
Me observa con curiosidad.
—Esta casa tiene muchísimos sirvientes.
No tengo la menor idea de qué responder a eso. Tres criadas, una cocinera y un guardia no son demasiados sirvientes para una dama rica que vive en una refinada mansión.
—Theo y yo estábamos explorando la casa, y nos hemos perdido — prosigue—. Yo me llamo Bianka. Y esta ratita es Theo.
—Encantada de conocerla, señora —digo, haciéndole otra estúpida reverencia con la cabeza. Ella enarca una ceja en una actitud levemente sorprendida—. Mi nombre es Ella —añado.
—Bueno, pues encantada de conocerte, Ella.
El pequeño se incorpora agarrándose al borde de la cesta de la colada y se tambalea en dirección a su madre, con los brazos estirados para mantener el equilibrio. Camina como un pequeño borrachín. Cuando llega junto a la pierna de su madre, se desploma, encantado con su propio logro.
—Así que aquí es donde hacéis la colada y demás —trata de continuar la conversación, echando un vistazo en derredor de la sala.
—Esto es la trascocina —respondo, incómoda—. ¿Nunca ha estado en una mansión como esta? ¿O es que en Nim no tienen trascocinas? Usted no es de la ciudad de Spira, ¿verdad? —prosigo—. Su acento es muy distinto.
—Soy de Nim —responde en tono ausente. Y, repentinamente, pierde todo el interés en mí. Se sacude al bebé de la pierna y empieza a deambular. El niño la sigue bamboleándose, agarrado al borde de su bata y diciendo «ma, ba, ma, ba, ma, ba» con gran concentración.
El resto del día es muy ajetreado y tengo la impresión de no poder escapar del vigilante ojo de Florence. El señor Darius me aborda mientras estamos recogiendo los platos de la cena y me lleva aparte. Siento su pesada mano en mi brazo y el corazón se me acelera ligeramente; aunque estoy segura de que, en el comedor, a la vista de todos, estoy bastante segura.
—Quería darte las gracias por la ayuda que me brindaste ayer —dice—. Fuiste muy amable.
—Por supuesto, señor —contesto. Todavía me está agarrando del brazo. Me quedo mirando insistentemente su mano, enorme y salpicada de vello negro, y termina por soltarme.
—Frederick me ha dicho que estuve delirando y diciendo toda clase de disparates —prosigue, con una risa forzada. Me pregunto si se acordará de lo que me dijo—. Espero no haberte alarmado.
—No, señor —respondo—. Me alegro mucho de verlo completamente recuperado. ¿Se encuentra bien ahora, señor?
—Mejor que bien —responde. Aunque por su rostro demacrado y esos ojos desorbitados, no lo parece—. Gracias.
—No tiene por qué darlas, señor. —No parece tener intención de dejarme ir, así que le hago otra reverencia y me escabullo como puedo de su lado para refugiarme en la trascocina.
Después de recoger la mesa de la cena, y cuando todo el mundo se ha retirado ya al salón principal, me encuentro a Chloe, que está cuidando del bebé en la sala de música. El niño está mordiendo una de las patas del piano y hay papeles por todo el suelo.
—Lo muerde todo —me dice Chloe, con cierta desesperación—. ¡No sé qué hacer para que se esté quieto!
—Tú eres más grande que él —le recuerdo—. Además, ¿no debería estar ya acostado?
—Lo he intentado. Lo he acunado y le he estado cantando. ¡Me ha mordido la nariz, Ella!
Efectivamente, tiene dos marcas rojas de dientes a cada lado de la nariz. El niño agarra un trozo de papel con su puñito regordete (es una partitura, aunque no tengo ni idea de dónde ha salido) y lo rompe limpiamente.
—Ya basta, bebé —grita Chloe, casi al borde del llanto.
—No seas patética —le digo—. Solo necesita un azote.
Le quito el papel y levanto la mano para darle un bofetón. No pretendo hacerle daño, pero si algo he aprendido de las abrumadas madres y abuelas de la Maraña es que los bebés son demasiado tontos para aprender algo sin la ayuda de un buen cachete de vez en cuando. Sin embargo, antes de poder abofetearlo, una mano de hierro me atrapa la muñeca, la retuerce y con un fuerte tirón me manda tambaleándome hasta chocar contra la estantería en la otra punta de la habitación. Reprimo un grito de sorpresa y dolor, y me dejo caer al suelo.
—Theo no se va a llevar ningún azote de tu parte —dice Bianka con acritud. Ha entrado en la sala tan sigilosamente que ni siquiera me he dado cuenta de que estaba aquí.
Chloe se ha quedado petrificada.
—No iba a lastimarlo —le digo, aún perpleja. No es ni más alta ni más corpulenta que yo. Pero es fuerte. Demasiado fuerte.
Bianka coge al bebé en brazos y sale de la habitación con un siseo, antes incluso de que tenga tiempo de enfadarme por la forma en que me ha zarandeado. Me pongo de pie y miro a Chloe, que sigue con la boca abierta de par en par.
—Como no cierres la boca, se te va a colar una mosca —comento de mal humor, y salgo de la habitación cojeando y sosteniéndome la muñeca dolorida.
—¿Está bien la señora Betine? —le pregunto a Frederick en nuestra siguiente clase de lectura—. No ha acudido a desayunar esta mañana.
—Creo que ha dormido hasta tarde —responde Frederick.
—Es muy hermosa —comento—. ¡Y el bebé! ¡Qué ricura!
—Sí, es cierto.
Frederick me dedica esa típica mirada tierna que la gente le pone a las jovencitas cuando hablan de niños pequeños. El hecho de que consiga no reírme en su cara habla muy bien sobre mis dotes de actuación.
—¿Cuál es su parentesco con la señora Och? —pregunto—. Mencionó algo acerca de su hermano.
Frederick se queda perplejo y empieza a tartamudear:
—Ah…, sí. Creo que… son primas lejanas.
Es un pésimo mentiroso. Cuando dice una mentira suda, se mueve de un lado para otro y apenas es capaz de componer una frase. Debe de ser una desventaja terrible. Supongo que ayuda a mantener la honestidad, si es que eso sirve para algo.
—¿Vendrá su marido a acompañarla? —pregunto, toda inocencia.
—¡Ah! No…, no creo.
—Su visita parece muy repentina —comento—. ¿La señora Och no había recibido aviso de antemano?
—Creo que… no —dice Frederick.
—¿Y cómo está el señor Darius? Me alegré mucho de verle durante la cena, anoche. Asumo entonces que está mejor, ¿no es así?
—Mucho mejor —dije Frederick, que parece estar empezando a exasperarse con mis preguntas—. ¿Hoy no estás interesada en leer?
—Claro que lo estoy —desisto—. Solo tengo curiosidad por nuestra huésped. ¡Parece bastante misteriosa, habiendo salido tan repentinamente de la nada!
—Supongo que lo es —dice Frederick.
Cojo uno de los libros del montón y, seguidamente, me coloco más derecha en el asiento. En la cubierta del libro, un ciervo blanco me mira desde un bosquecillo de árboles plateados. Lo abro y deduzco que se trata de una colección de poesía bucólica loriana.
—¿Qué es esto? —pregunto, ojeando rápidamente unas cuantas páginas.
—Ah, la señora Och lo recomendó para ti.
Eso me da pie a una nueva ronda de preguntas.
—¿La señora Och? ¿Ella está al tanto de… esto? —estoy a punto de decir «de nosotros», pero no quiero que Frederick se haga ideas equivocadas.
—Sí, sí, se lo conté —responde con entusiasmo, supongo que con alivio de poder zafarse del tema de Bianka—. Está completamente de acuerdo. Es una gran entusiasta de la educación de las clases bajas. Se podría decir que es una de sus causas personales. Sugirió que leyéramos poesía: dice que el ritmo de ese género facilita el aprendizaje, y confío en que tenga razón. Este tipo de poesía ya no se lee mucho. Supongo que hay quien considera que contiene elementos folclóricos.
—Bueno, eso es ilegal —digo.
—Es ilegal adorar a los dioses de los elementos —se limita a decir—. No es ilegal escribir poesía sobre la naturaleza y, de hecho, es muy triste que una simple exaltación de la belleza se relacione con creencias arcaicas. Además, como científico, estoy totalmente a favor de luchar contra la ignorancia. Y no hay duda de que las antiguas creencias folclóricas a menudo eran muy ignorantes, pero no le veo ningún sentido a erradicar completamente prácticas que son inofensivas. Creo que la educación es un método mucho más efectivo para llegar a la gente. Así, con una mayor comprensión del mundo, podrán abandonar sus ingenuas creencias por sí mismos.
Me asombra que se atreva a criticar tan abiertamente a la Corona, pero también me intriga. Frederick nunca me ha parecido un rebelde, pero también es cierto que abandonó una prometedora carrera para venir hasta aquí y trabajar, aislado del mundo, para un hombre cuya carrera está prácticamente muerta. Hay una especie de testaruda declaración de principios ahí, en alguna parte.
—¿Y cómo podría cambiar nada el hecho de educar a la gente? —le pregunto.
—El catalejo de Girando fue el que asestó el primer golpe a las antiguas creencias, hace trescientos años —responde Frederick, sonriéndome—. Antes de eso, incluso aquellos que tenían educación creían que toda la energía del mundo procedía, precisamente, del mundo. Tierra, Fuego, Aire, Agua: esos eran los espíritus de los dioses llamados Arde, Feo, Brise y Shui.
Me produce un extraño estremecimiento escucharle pronunciar estos nombres con tanta naturalidad, como si estuviéramos hablando del tiempo. Se puede ir a la cárcel solo por invocar a estas deidades.
—Sin embargo, cuando los científicos como Girando pudieron observar los Cielos, no tuvieron más remedio que reconocer lo pequeños que somos. Apenas una parte de algo mucho mayor, de algo que no vemos, ni comprendemos, ni sabemos cómo denominar. Adorar a los elementos del mundo acabó cayendo por su propio peso, como algo demasiado ingenuo.
Niego, sacudiendo la cabeza, sin entenderle, pero sin saber tampoco qué pregunta debería formularle para que me lo aclarase.
—Mira, te lo demostraré —se incorpora de un salto y saca un par de enormes libros de las estanterías de la biblioteca. Cuando los abre, veo dibujos de esferas de varios tamaños, alrededor de otra gigantesca y de bordes llameantes. De cada una de las esferas parten líneas curvas que rodean a la más grande de todas.
—¿Qué es esto? —pregunto.
—Esto es el Sol —me informa, señalando la gran esfera de bordes llameantes que hay en el centro de la imagen. Luego indica una de las esferas más pequeñas—. Este es nuestro planeta, la Tierra. ¿Lo ves? Ni siquiera somos el planeta más grande de los que giran alrededor del Sol. Esta es la Luna, que gira alrededor de nosotros. El planeta que está más cerca del nuestro es Merus, el Soldado Rojo. Y aquí está Valia, la Princesa Plateada, la gemela de la Tierra.
Claro que sé que la Tierra gira alrededor del Sol junto con otros cuantos planetas. Aunque nunca he recibido una educación formal, Esme se aseguró de que no fuera ninguna ignorante. Pero nunca lo había visto expuesto de esta manera.
—¿Dónde está la ciudad de Spira? —pregunto, observando de cerca la minúscula bola que se supone que es todo nuestro mundo.
—Necesitarías un mapa más grande —dice Frederick—. La ciudad de Spira, a esta escala, es tan pequeña que apenas existe. Mira esto.
Extrae otro libro de la estantería y lo abre frente a mí. No comprendo las ilustraciones que estoy viendo. Grandes espirales de… ¿qué? Es algo que parece un enorme ojo, con una nube de polvo girando alrededor. Remolinos de luz.
—El Cielo —dice en voz baja—. Las galaxias. Ni siquiera se puede encontrar el pequeño punto que es nuestro planeta en esta inmensidad.
Señalo el punto que parece un ojo.
—¿Qué es eso?
—Millones de estrellas —dice él—. Y, probablemente, también planetas. Todas increíblemente lejos de aquí. Puede que incluso ya estén extintas cuando su luz llega hasta nosotros. Es imposible de imaginar, Ella. Inconmensurable. El gran misterio que alberga, la enormidad del fenómeno. Una vez que lo has visto, la simple idea de que el agua o el aire de nuestro mundo puedan tener cualquier tipo de relevancia en este enorme conjunto es, sencillamente, absurda. Apabullante. Es casi como mirar directamente el rostro del Innombrable.
Hoy Frederick está demostrando ser toda una caja de sorpresas.
—¿Qué religión practica? —le pregunto.
Me sonríe con simpatía.
—Soy rainista, igual que tú —dice—. Desde el punto de vista artístico, puedo apreciar la caligrafía de los simathistas, la música de los baltistas, la poesía de los lorianos. Pero a nivel espiritual solo los rainistas comprenden que toda esa decoración y parafernalia no son más que meras distracciones en la contemplación del vasto misterio del Innombrable. Solo a través de una meditación profunda y sin distracciones podemos aspirar a conocer su revelación. Yo considero mis propios estudios una forma de adoración, en el ámbito de la ciencia, en cualquier caso. En mi búsqueda por comprender el Universo, también busco comprender a su Creador y estar un paso más cerca de Él.
—Entonces, ¿está de acuerdo con el rey… —digo despacio, observando las imágenes que él ha llamado galaxias—, pero cree que no debería haber vetado las religiones folclóricas?
—No he tenido oportunidad de conocer al rey —dice Frederick—. No todos los rainistas lo son por los mismos motivos. Sin embargo, las tradiciones folclóricas albergan una gran belleza. Si nos dedicamos a acabar con ellas, será una pérdida para todos nosotros, no solo para ellas mismas. Deberíamos luchar contra la ignorancia, no contra la belleza.
Pensaré en ello.
—Si la señora Och tiene este libro, debe de pensar lo mismo —digo, señalando el ciervo blanco de la cubierta.
—Sí —dice Frederick—. Creo que comparte mi opinión. La señora Och es una mujer de mente abierta. Tal vez me deje llevarte a la universidad para observar por el catalejo que tienen allí. Estoy seguro de que podríamos entrar una noche en que el cielo esté despejado: sigo teniendo algunos amigos allí, aunque no aprobaran mi decisión de marcharme.
—¿Por qué se fue? —me atrevo a preguntar abiertamente—. Es la mejor universidad de Frayne, ¿no es así?
Asiente lentamente.
—Gente de toda Nueva Poria va a estudiar allí —dice.
—Y ¿entonces? —le insisto—. ¿No le gustaba?
—Empecé a darme cuenta de que, si seguía por ese camino, mis investigaciones solo podrían discurrir por una senda muy estrecha y predeterminada. Muchos de mis interrogantes no eran… bienvenidos, por decirlo de algún modo. La Historia se está reescribiendo, Ella, y es de vital importancia que algunos de nosotros preservemos la verdad.
—¿Qué verdad? —insisto de nuevo—. ¿Cómo puede ser que la Historia se esté reescribiendo?
Frederick vacila un momento. Creo que es porque no quiere terminar en la cárcel, como el profesor Baranyi. No sabe si puede confiar en mí.
—Mi principal área de estudio son los reinos de la Antigua Poria, antes de las Guerras Mágicas y las Purgas. Los hechos que les enseñan a los niños en las escuelas…, los protagonistas y demás…, hay muchas inexactitudes. La verdad no es necesariamente… la versión más conveniente. Yo siento que mi papel es preservar la Historia como todo el mundo la conocía, y como prácticamente ya nadie la conoce ahora.
Casi me entran ganas de echarme a reír y pedirle si puede hacer el favor de ser un poquito más vago. Pero lo cierto es que, si los secretos de Frederick pueden ponerle en peligro, hace bien en no querer confiármelos a mí.
—Entiendo —respondo.
—Con el profesor Baranyi puedo pensar y trabajar libremente, y tengo mucha fe en el trabajo que está haciendo —prosigue Frederick, aliviado—. Eso es más importante que una buena carrera y que todo el mundo se levante el sombrero cuando pase por la calle.
—Entonces tomó usted una decisión acertada —digo, bastante asombrada a mi pesar—. De todos modos, ¿cómo empezó el profesor a trabajar para la señora Och?
—Ah, bueno, seguro que te habrás dado cuenta de que está enferma. Él la ayuda con sus proyectos, y ella, a cambio, financia su investigación. Es una patrona generosa, además de una gran admiradora de su trabajo. El profesor Baranyi se encarga de la conservación y traducción de muchos textos importantes o difíciles de encontrar, que, de no ser por él, se habrían perdido. En el extranjero sigue siendo una figura muy respetada. Incluso ha dado conferencias en Zhongguo, ¿sabes?
No sé mucho sobre ese terrorífico imperio en Oriente, salvo que es un lugar sin ley, salvaje, de cuyo emperador se rumorea que tiene brujas en su corte. No tenía la más remota idea de que el profesor hubiera viajado tan lejos.
Frederick me dedica una ansiosa mirada por encima de sus anteojos.
—¿Te he escandalizado con todo esto, Ella?
Yo le respondo con una sonrisa.
—No, en absoluto.
—Me alegra mucho oír eso —me devuelve una sonrisa cálida—. ¿Quieres que le echemos un vistazo a los poemas, entonces? La simbología es complicada, muy sugerente. Hay que tener una mente privilegiada para comprender la poesía loriana, pero creo que eso no será problema para ti.
Por un instante me siento terriblemente culpable por lo que estoy haciendo en esta casa. No podrían estar siendo más bondadosos conmigo y, sea lo que sea lo que hacen de manera clandestina, también están ayudando a gente, a gente como mi madre, muchos años después de que el resto de Frayne haya desistido de oponerse a las brutales leyes del país. Y aquí estoy yo, mientras tanto, espiando en su casa, trabajando para un enemigo misterioso que quizá pretenda hacerles mucho daño. Casi siento ganas de echarme a llorar. Sin embargo, consigo recomponerme cuando me recuerdo a mí misma, con severidad, que este es mi trabajo, que ya nos hemos gastados los diez freyns de plata del anticipo y que ahora mismo no tiene sentido ablandarse. Aun así, decido que, quizá, no sea muy mala idea seguir jugando con los sentimientos de Frederick un poquito más. Siempre tengo recursos de los que echar mano si necesito soltar unas lagrimitas.
De mala gana, me obligo a volver a ese lugar oscuro. Imagino la caída al agua helada mientras la horda chillaba, imagino su desesperación en el fondo del río Syne antes de no poder aguantar más, antes de que aquella agua tan negra inundara sus pulmones. Una vez más, vuelvo a ser la niña de la orilla, a punto de ser aplastada por la enardecida multitud, la niña que entiende por primera vez que el mundo es un enemigo, no un aliado, que nada es seguro, que nadie puede protegerla. Lo traigo todo de vuelta a mi mente, como una mera herramienta para abrir ciertas puertas.
—¡Ay, no llores! —protesta Frederick—. ¿Por qué estás llorando?
—Son todos ustedes tan amables —sollozo.
Parece deslumbrado, triste y satisfecho, todo al mismo tiempo. Con mucho cuidado, cubre mi mano con la suya. Tiene unas uñas limpísimas.
Son amables, eso es cierto. Pero yo no lo soy. Descubriré sus secretos, los delataré y desapareceré de sus vidas. Cuánto odio me tendrán entonces… Ahuyento este pensamiento de mi mente. En su lugar, pienso en plata, en café y tartas, en un par de guantes forrados de piel; en estar sentada con Wyn en un elegante café con vistas a los jardines del Parlamento, en el momento en que vuelva a ser yo misma. Ya es demasiado tarde para echarse atrás.
Cierro el libro de los Cielos.