Julia desaparece
Capítulo 23
Nunca en mi vida me he sentido tan sola como ahora, abrazada a Theo, en un pasillo de la fortaleza de Casimir, a apenas unos metros del guardia muerto. Tiene los ojos abiertos y la cabeza doblada hacia atrás de tal manera que parece estar mirándome fijamente, las piernas retorcidas en el suelo. Fuera quien fuera, ha dejado de existir con el chasquido de su cuello al romperse. Me pregunto qué le trajo a este lugar, quién llorará su muerte. Pienso para mí que ese hombre es igual que yo. Los grandes jugadores de esta partida son los xianren, Bianka, el pequeño Theo, incluso. Esta es su historia. Este guardia y yo nos hemos visto atrapados en ella, nada más. Somos de esos personajes que la historia olvida, que se quedan tendidos en el suelo con el cuello roto mientras todo sigue discurriendo sin ellos, indiferente a su nuestra existencia. Creo que seré la próxima a la que le romperan el cuello, o le meteran una bala en la cabeza, o cualquier otra cosa.
Noto la manita de Theo en mi cara.
—Quédate aquí —le digo, y lo deposito en el suelo. Me sumerjo en el pasillo y llego hasta el guardia muerto, lo cojo por debajo de los hombros. Pesa muchísimo. Lo arrastro hacia donde está Theo y le quito la chaqueta. Theo estira la manita para tocarle el pelo.
—No le toques —le digo, dándole un manotazo para apartarle la mano. Se me queda mirando y se la lleva a la boca—. No deberías tocarle —le digo, más tranquila.
Aunque, en realidad, no sé por qué no debería hacerlo.
Tumbo a Theo junto al cadáver del guardia y le susurro:
—Vamos a jugar al escondite, ¿de acuerdo, Theo?
Lo envuelvo en la chaqueta y vuelco la urna para colocarla sobre el cadáver y que disimule el bulto bajo la chaqueta. Mientras Theo se quede quieto, es bastante improbable que cualquiera que pase apresuradamente por aquí se percate de su presencia. Lo único que verán será a un guardia muerto debajo de una urna volcada.
—Mamá —Theo se asoma entre los pliegues de la chaqueta para mirarme con ojos suplicantes.
—Mamá ya viene —le digo—. Tú sigue escondido, y mamá te encontrará. ¿Lo entiendes?
Por los condenados del Kahge, Julia, pues claro que no te entiende. Pero, cuando tiro de la chaqueta para taparle la cabecita, se acurruca en el suelo como si fuera a echarse una siesta.
—Buen chico —le digo.
Tengo que apartar los dedos muertos del guardia de su revólver para poder cogerlo. Aún están calientes, y noto que la bilis me sube por la garganta, pero trago para obligarla a descender. Sigue sin escucharse el más mínimo ruido procedente del salón Terra. Vuelvo a desaparecer y empiezo a avanzar lentamente a lo largo de la pared, lo más sigilosamente que soy capaz. Intento calmar mi respiración y entro muy despacio en la sala.
Están todos allí. Los últimos rayos de sol se filtran por las ventanas, iluminando las motas de polvo que se arremolinan en el aire, cuya lenta danza es el único movimiento que se percibe en la estancia. Es como si estuviera observando un cuadro, una sala llena de estatuas. Todos están petrificados en su sitio: Wyn frente a la otra puerta de acceso de la sala; la sirvienta con la que me crucé esta mañana; Gregor lanzándose hacia Csilla para protegerla, y ella con los brazos levantados delante de la cara; Esme girada hacia mí con la boca abierta como si estuviera gritando. Me está mirando, pero no sé si es capaz de ver algo. Parecen un grupo de gente que estuviera intentando esquivar o huir de un ataque que les hubiera sorprendido de todas partes al mismo tiempo.
Bianka ha conseguido llegar hasta la mitad de la sala. Tiene los puños cerrados. La sangre que le empapa el vestido gotea sobre la alfombra. No alcanzo a verle la cara.
—¿Quién está ahí? —es una voz femenina, grave para ser de mujer, pero, definitivamente, no pertenece a un hombre. Habla en frayniano con acento rural. Al principio no puedo verla, pero ahora avanza frente al cuerpo petrificado de Wyn, inspeccionando la habitación como si pudiera olerme. Es Shey, la jorobada.
De repente, Bianka avanza dando un brusco y bamboleante paso hacia delante. Shey traza algo rápidamente en el aire con su dedo índice, y Bianka se detiene a mitad de zancada.
Yo levanto el revólver y apunto.
Pero tardo demasiado en disparar. Lo escucho, o, más bien, noto su presencia, un segundo antes de que me alcance. Pero ese segundo, o dos, es lo que tardo en apretar el gatillo. Recibo un veloz golpe en el hombro y el revólver cae al suelo con un estruendo, mis manos frenéticas y aturdidas no pueden sujetarlo. Casimir me levanta en el aire, cogiéndome del cuello, y me arranca de la invisibilidad de un tirón.
—Esta es la chica invisible, Shey —le dice a la jorobada. La voz de Casimir suena entrecortada, un poco jadeante. No se parece a la voz sonora y tranquila con la que me habló hace no tanto—. La hija de Ammi.
La mujer llamada Shey no responde a su comentario, pero creo que a mí se me para el corazón durante un segundo.
Casimir me zarandea levemente.
—Prefería la idea de contratar a la hija de Ammi, de tenerla a mis órdenes. Parecía una conclusión adecuada para nuestra historia. Pero tal vez se parezca demasiado a su madre, después de todo.
Debo de estar soñando. La naturalidad con la que habla de mi madre, como si la conociera. La poca luz que queda cada vez es más tenue.
—¿Dónde está el niño? —me pregunta, apretándome la garganta con más fuerza, hasta que yo ya no puedo respirar. Según se me nubla la visión, se me ocurre que su técnica no es la mejor para conseguir que alguien hable.
—Ghhh —gimo, con voz ronca, agitando la lengua. El mundo se ha reducido a ese par de ojos terribles, y necesito respirar. Con la otra mano, me agarra del pelo y afloja la que me aprieta la garganta. Jadeo unas cuantas veces y tomo largas bocanadas de aire.
—El niño —repite Casimir.
—Se ha ido —respondo—. A un lugar donde nunca podrás encontrarlo.
Me asesta un golpe en la sien y, por un segundo, todo se torna negro. Mis manos escarban contra algo duro, y entonces me doy cuenta de que es el suelo. Alzo la vista y veo una bota que se estrella contra mi rostro y me hace caer de espaldas. Una oleada de dolor me inunda la nariz y los ojos. Tengo la boca llena de sangre. La bota desciende sobre mi brazo y escucho un grito que debe de ser mío. A través de una niebla de lágrimas, lo único que soy capaz de ver es su rostro sobre el mío, las aletas de su nariz agitándose, sus carnosos labios y sus blanquísimos dientes.
—Shey, ¿recuerdas cómo era ser joven? —le grita a la jorobada.
—Sí, mi señor —responde Shey, con voz grave.
—Tan seguros de todo, tan valientes. Todos somos así cuando somos jóvenes.
Yo no me siento segura de nada, y mucho menos valiente, pero no estoy en condiciones de discutírselo. Me mantiene sujeta contra el suelo, con una rodilla presionándome el brazo derecho. Me coge la mano izquierda con dulzura, como si estuviera a punto de proponerme matrimonio.
—¿Sabes por qué te elegí, Julia? ¿Quieres que te cuente la historia? —me dobla el dedo meñique hacia atrás, y yo grito de nuevo—. Solo coincidí con tu madre una vez, en una ocasión memorable, hace mucho tiempo. Antes de que tú vinieras al mundo y tuvieras dedos.
Me rompe el dedo como si fuera una ramita. Lo que sale por mi boca es un alarido espantoso, casi animal. En algún lugar de mi mente, vagamente, bajo la dolorosa agonía, me sorprendo de que un meñique pueda doler tanto.
—Ammi era ambiciosa. Reconozco y respeto la ambición —prosigue con voz lánguida, como si haberme roto el dedo le hubiera relajado—. A la gente verdaderamente ambiciosa nos mueve el deseo de dos cosas: venganza o poder. A algunos, nos mueven ambas.
Súbitamente, me rompe otro dedo. Yo aúllo cuando el dolor me estalla en la mano y detrás de los ojos.
—Hace mucho tiempo, mi hermano, mi hermana y yo éramos mucho más fuertes de lo que somos ahora —continúa—. El mundo era nuestro y nadie podía imponerse a nosotros. Pero los tiempos han cambiado. No habrás oído hablar del aquelarre Sidhar, porque ya no se habla de esas cosas, pero tu madre sí que lo conocía. Su objetivo era reunir a las brujas más poderosas de Nueva Poria para derrocar a los diferentes reinos y establecer otro imperio liderado por brujas. El aquelarre estaba tras lo que se conoció como el Levantamiento loriano. ¿Te lo contó tu madre, alguna vez?
Aguarda educadamente mi respuesta. Hago el amago de sacudir la cabeza para negar, y él me rompe otro dedo. Me gustaría privarle de la satisfacción de mis gritos, pero resulta que gritar es un acto completamente involuntario cuando te están rompiendo los dedos. Una oleada de náuseas me sacude. Ojalá me desmayara ahora mismo, pero no lo hago.
—Agoston Horthy fue un experimento, pero demostró tener verdadero talento para destapar secretos. Sus espías tuvieron conocimiento del levantamiento antes incluso de que pudieran ponerlo en marcha. Diezmó las fuerzas del aquelarre y de sus estúpidos aliados. Los supervivientes se dispersaron, se escondieron, pasaron a la clandestinidad, pero me identificaron a mí como su principal enemigo. Creo que subestimaron a Horthy. Pero no les culpo porque… yo mismo cometí ese error. Ammi fue la segunda asesina que enviaron para acabar conmigo. No me costó demasiado desembarazarme del primero, pero Ammi estuvo a punto de conseguirlo. A día de hoy, sigo sin saber cómo consiguió llegar en secreto a mi isla, acceder a la fortaleza, burlar la vigilancia de todos mis guardias y hechizos, y llegar hasta mi cama, sin ser detectada y armada con toda la magia que el aquelarre fue capaz de proporcionarle. No consiguió matarme, pero… me encerró dentro de una enorme roca y me sepultó en el mar. Aquella fue la primera vez…, la única, que me he sentido derrotado.
Ahora me está acariciando el dedo índice. Lo retuerce en su mano y escucho cómo se rompe el hueso, noto cómo el dolor asciende por mi brazo. Esta vez, me vomito encima: mi cuerpo lo rechaza todo, intenta escapar de sí mismo. Casimir envuelve mi mano rota con la suya, como si fuera un objeto de gran valor.
—Finalmente, aquello llegó a oídos de mi hermana y ella me sacó de allí. Pero, aun así, se negó a reconocer la amenaza que las brujas suponían para nosotros, para el mundo. Desde entonces, y durante años, tuve grabada en la mente la imagen de aquella joven bruja, oscura, anónima. Tardé siete años en encontrarla: intentaba pasar desapercibida en la Maraña mientras susurraba ideas revolucionarias e intentaba refundar el aquelarre. Lo cierto es que temía a aquella bruja que había estado tan cerca de acabar conmigo. No fui capaz de enfrentarme a ella yo mismo. Lo dejé en manos de Agoston Horthy. Aquel día fui a la purificación, no me perdí ni un detalle, pero no había manera de hacerla sufrir tanto como yo lo había hecho allí, vivo y atrapado durante meses en el fondo del mar.
Súbitamente, retrae los labios, enseña los dientes y, haciendo fuerza con ambas manos, me rompe la muñeca. Rujo como un animal.
—Pero eso fue hace años, y tú tan solo eres un epílogo. ¿Dónde está el niño?
No sé cómo, pero, de alguna manera, consigo volver en mí el tiempo suficiente para reunir un gargajo de saliva en la boca y escupírselo con fuerza a la cara. Casimir gruñe y me retuerce la muñeca rota, y no hay nada más en el mundo que fragmentadas estrellas de dolor y mis propios sollozos entrecortados.
—Mírame —me ordena.
Yo obedezco o, al menos, lo intento. A través de una neblina de lágrimas, veo un cuchillo en su mano.
—Te pareces a ella, aunque eres menos bonita —me dice—. Puedo cortarte el cuello y dejar que mueras desangrada en el suelo. O puedes llevarme hasta el niño. Esas son las opciones.
La pura verdad es que, incluso ahora, sigo teniéndole miedo a morir. Sin embargo, ya tengo práctica en lo referente a tomar elecciones de este tipo, y esta vez no cometo el error de poner mi vida por encima de cualquier otra cosa.
Su voz se endurece.
—Recuerda que hay otros cinco cuellos que puedo cortar antes de ocuparme del tuyo.
Cierro los ojos. Creo que estoy gimiendo, pero no estoy segura. Prácticamente estamos todos muertos. También sé que encontrará a Theo, pero no será gracias a mi ayuda, lo juro por todos los Sagrados.
—Oh, bueno —me dice—. ¿Sabes? Al final, el dolor siempre funciona.
Me coge la otra mano y, no, no, no, me retraigo con todo mi ser de su horrible rostro, del dolor de mi mano, de mi propio rostro y mi brazo, del sufrimiento que está por venir, de este miedo implacable. Bajo mi cuerpo, ya no siento el suelo. Huelo el río Syne, y también huelo a sangre.
En un primer momento, creo que se debe a algo que me ha hecho Casimir. El dolor ha desaparecido. El pensamiento surge con lentitud: Me ha matado. Estoy en un saliente rocoso, pero no soy yo misma. Mis manos se han convertido en dos extremidades oscuras y llenas de garras y, mucho más abajo, las aguas de un río discurren a través de una ciudad incendiada y en ruinas. Me alejo con paso tambaleante del borde del precipicio y a mi alrededor todo se transforma. Estoy de vuelta en el salón Terra, pero, al igual que me pasó la primera vez que tuve esta sensación, en la sala de lectura de la señora Och, es como si no tuviera cuerpo. Puedo verlo todo, desde todos los ángulos, y eso incluye a Casimir, que ahora se incorpora y grita:
—¡Shey! ¿Dónde está?
—No la veo, mi señor.
Y, entonces, me doy cuenta de que esto, sea lo que sea, no es obra suya sino mía.
La última luz del día ha desaparecido. Las petrificadas siluetas de mis amigos, mi familia, ahora no son más que sombras en el salón oscuro. Pero puedo ver los rostros de Wyn y de Esme tan cerca como si los tuviera al lado. Oigo respirar a Bianka, que lucha contra el hechizo que la retiene. Si escucho con atención, puedo incluso oír cómo sangra. No sé dónde estoy. No sé qué me ha pasado. Es como si no existiera más allá de estos sentidos agudizados hasta el extremo. El pánico se apodera de mí. Intento correr y, al hacerlo, recobro mis piernas, mi cuerpo. El dolor regresa a mí de golpe.
—¡Ahí está! —grita Casimir, señalándome—. ¡Detenla, Shey!
Estoy cerca de la puerta, que es un buen lugar donde estar ahora mismo, pero no consigo llegar más lejos. Shey escribe algo en el aire y una fuerza invisible me detiene y me petrifica igual que a los demás. Casimir se cierne de nuevo sobre mí, agitando las aletas de la nariz.
Otra vez, no, no. Retrocedo, me aparto de este hombre, o lo que quiera que sea, que orquestó la muerte de mi madre (o eso afirma, al menos), cuyos horribles ojos me han estado siguiendo la pista durante mucho más tiempo del que yo pensaba, que me despedazará miembro a miembro si se lo permito. Lo que hago no es más que desaparecer, como siempre he hecho, pero esta vez lo hago completamente. Esto no es retroceder cautelosamente a un espacio intermedio, sino cruzar a un lugar completamente distinto. Jadeo para tomar aire en la extensión de roca negra, sobre la ciudad en llamas. Reconozco el monte Heriot, donde el templo Capriss ya no es más que una cáscara renegrida. Un viento ardiente sopla sobre mí. El fuego brota desde las distantes montañas. De las grietas en la roca brota vapor, y veo mis pies, solo que no son mis pies, estos no son mis pies…
—¿Dónde está? ¿Adónde ha ido?
Casimir. Me aproximo a su voz. Oigo a Shey comentar con voz impasible:
—Qué extraordinario.
Es demasiado terrorífica, esta sensación de no ser, esta sensación de ser otro. Me impulso de vuelta a mi cuerpo en el salón Terra, recupero mis heridos miembros, mi mano destrozada. Aterrizo en el suelo. Siento como si me hubieran aplastado, retorcido y triturado la mano, la cara y las tripas, pero me muevo más rápido que en toda mi vida. Corro a por el revólver que se me cayó antes. En cuanto noto su peso en la mano sana, desaparezco.
Unas sábanas cenicientas ondean como fantasmas a mi alrededor: este es el patio trasero del edificio donde vivíamos con mi madre. Sobre mi cabeza, el cielo arde y unas enormes criaturas aladas vuelan en círculos y graznan. Tengo el revólver en la mano, en esta monstruosa mano llena de garras.
Escucho a Shey susurrar:
—¿Dónde estás? ¿Adónde has ido?
Si pienso en el salón Terra, soy capaz de verla, como si mirara a una habitación que se refleja en una ventana a oscuras, superpuesta a este lugar, a este ruinoso recuerdo de un lugar. Intento dirigirme a un punto concreto, concentrándome en la puerta y, efectivamente, allí es donde aparezco cuando vuelvo en mí. Eso es bueno.
Lo que no es tan bueno es que Theo está allí de pie, gritando «¡Mamá, mamá!», y Casimir, con los ojos encendidos, se dirige hacia él, dando grandes zancadas. No hay tiempo para pensar. Cojo a Theo y me lo llevo conmigo a esa otra ciudad de Spira, en ruinas y ardiendo. Las llamas se van consumiendo en las ventanas oscuras, la lava burbujea entre las grietas que se abren en las calles. Estamos mirando hacia el Confín, donde las sombras corren por los callejones y las cenizas se arremolinan y vuelan sobre las ráfagas de aire abrasador.
—Lala —su voz es un lastimero lloriqueo que se pierde en la silenciosa nada que nos rodea. Noto su corazón contra el mío, pum-pum, pum-pum, pum-pum. Cuando me esfuerzo por volver a visualizar el salón Terra, solo veo a Casimir dando vueltas sobre sí mismo y mascullando palabras que no entiendo.
—¿Dónde estás?
De nuevo, la voz de Shey que susurra, cercana. Me alejo de ella, adentrándome más allá incluso de la ciudad en ruinas, y, por un momento, estamos bajo el agua, el suelo cubierto de rocas y huesos, sin aire que respirar. Nos impulso de vuelta al mundo real, al pasillo donde escondí antes a Theo, apretándolos a él y a su pum-pum, pum-pum, pum-pum contra mi cuerpo. Los dos estamos empapados y jadeando, tratando de recuperar el aliento. Intento transportarme al último confín, a ese lugar donde no estoy en ninguna parte y lo veo todo y puedo elegir dónde aparecer, más allá de donde suelo desvanecerme, pero antes de desaparecer por completo en esa ciudad de Spira reducida a cenizas. Avanzo por el pasillo, desmaterializándome a intervalos, y desciendo hasta los sótanos del castillo, donde Gennady yace tumbado con los ojos abiertos y los brazos extendidos, de espaldas contra el suelo. También escucho su corazón. Tengo a Theo en brazos, el revólver en la mano sana, y esta es mi oportunidad.
—Te necesitamos —le imploro.
Lentamente, sus ojos me localizan.
—No puedo andar —murmura pesadamente entre sus labios ensangrentados.
Me arrodillo junto a él. Las piernas rotas le cuelgan del cuerpo, retorcidas en ángulos espantosos, imposibles.
—¿Mi niño? —alza una de sus enormes manos para tocar a Theo, que se aparta y entierra su carita en mi cuello. Gennady deja caer pesadamente la mano de vuelta al suelo, con un golpe seco—. ¿Bianka? —me pregunta.
—Casimir la ha atrapado —respondo—. O quizá esa mujer, Shey.
—Arrástrame hasta allí si no hay otra forma —me pide—. Venceré a Casimir y luego también a Shey —la desesperación hace que su voz recupere algo de fuerza, pero la idea de arrastrarlo es absurda. Es demasiado grande.
—No puedo… —empiezo a decir.
—Tienes que poder —me interrumpe—. Llévame allí. Hazme llegar allí.
No sé por qué, pero tengo la certeza de que funcionará.
—Agárrate a mí —le digo.
Lo ayudo a rodearme con sus enormes brazos, con Theo entre ambos. Huele a sangre y a piel quemada. Rodeo su grueso cuello con mis propios brazos, lo abrazo contra mí. Es difícil porque pesa mucho y el dolor de la mano y la muñeca rotas me atraviesan, pero consigo trasladar nuestros tres cuerpos abrazados en el suelo fuera del mundo. Estamos a orillas del río Syne, pero el agua está hirviendo y unas figuras vestidas con camisones caen en ellas desde un barco ardiendo, una tras otra, en silencio. Nos miran con unos ojos negros en los que se reflejan las llamas. Me retraigo de todo y aterrizamos con fuerza en el pasillo. A Theo se le escapa un grito.
—¿Qué eres? —me pregunta Gennady, con sus azules ojos llenos de estupor.
—No lo sé —respondo, porque es la verdad.
—Puedes avanzar más —me dice Gennady, y pienso que debe de tener razón.
Los llevo conmigo. El viento abrasador aúlla, las calles humean y los monstruos alados se lamentan y cantan sobre nosotros. Una prostituta con gusanos en los ojos y un vestido chamuscado intenta atraernos con gestos hacia el umbral de una puerta en llamas.
—Esto es el Kahge —susurra Gennady, y, sin saber por qué, comprendo que tiene razón. Los transporto a ambos, a caballo entre el mundo real y el Kahge, hasta llegar de nuevo al salón Terra. Una vez allí, me quedo flotando en ninguna parte, incorpórea.
Casimir, que ahora es mitad hombre y mitad bestia alada, da vueltas sobre sí mismo muy lentamente. Nos devuelvo al mundo justo sobre el lugar que ocupa, soltando a Gennady sobre él muy eficazmente. Sus gigantescos brazos rodean el cuello de Casimir y tiran de él hacia atrás, mientras una de sus manazas le tapa la boca. Los dos caen al suelo, convertidos en una masa forcejeante, y yo aterrizo junto a ellos, con Theo, con el revólver.
Shey tiene un dedo alzado en el aire y me mira con curiosidad. Me observa como alguien que quisiera entablar conversación en una fiesta. Esta vez, no dudo. Le disparo al cuello. Shey cae de rodillas, sujetándose la herida con una mano: la sangre mana entre sus dedos, le desborda la mano, se derrama por su hombro. Le estaba apuntando a la cabeza, pero no importa: todavía quedan balas. Disparo de nuevo y la bruja cae de espaldas, emitiendo una especie de jadeo chirriante. La mirada que me dedica al caer está cargada de tristeza. Le disparo de nuevo y, luego, una vez más.
Con la cuarta bala, todos los presentes en el salón se desploman como marionetas a las que hubieran cortado las cuerdas: lo que fuera que los mantenía petrificados desaparece repentinamente.
—¡Mamá!
Theo forcejea y yo le suelto. El niño corre hacia Bianka, y ella lo coge en brazos.
—¡Vamos! —grita, empujándome hacia la puerta.
Casimir, con la cabeza atrapada entre los brazos de Gennady, con la boca cubierta por la enorme mano de su hermano, me mira con sus moribundos ojos grises. Yo corro.
Como una horda enfervorecida, nos abrimos paso hasta el exterior del castillo. Suelto el revólver para tirar de la palanca que hay en lo alto de los escalones con la mano sana, y salimos en tromba por la puerta de la muralla antes de que termine de elevarse. Los guardias no nos persiguen. De momento, al menos.
—¿Y qué pasa con Gennady? —le grito a Bianka.
—No —responde, sin mirar atrás.
Espero que sir Victor esté bien, pero ya no hay nada que pueda hacer por ninguno de los dos.
Frederick, Dek y el profesor han conseguido aparejar la vela mayor de repuesto, y Frederick nos hace gestos con los brazos, como si de lo contrario no fuéramos a ser capaces de avistar el barco. Nadie se detiene; nadie abre la boca para consultar. Gregor y Esme empujan la embarcación para adentrarla en el mar, Frederick despliega las velas y el profesor toma el timón mientras el resto atravesamos las aguas oscuras y subimos al barco por un costado. Bianka llora sin contenerse, cubierta de sangre, desplomada en el bote salvavidas, con Theo en sus brazos. Ahora lo siento en toda su plenitud: dolor en la muñeca, en la mano, en la cara, en el brazo, en el costado. Me duele todo el cuerpo y siento que la inconsciencia me reclama, a pesar del dolor y del pánico.
—¿Estás de una pieza, ojos castaños? —la mano de Wyn reposa sobre mi hombro. Asiento, aunque no sé si lo estoy. Y ahí está Dek, sonriendo a pesar de la mandíbula hinchada y el largo día que ha pasado, empapado y encerrado en el vientre del navío.
—No me puedo creer que lo hayáis conseguido —me dice—. Aunque parece que acabarais de salir del Kahge.
Yo lo abrazo, apretando los ojos con fuerza. Durante un segundo, mientras estrujo a mi hermano, me permito imaginar que sí, que lo hemos conseguido, que ya todo ha pasado y que «acabar de salir del Kahge» no es más que una expresión. Pero, cuando abro los ojos a la luz de la luna que empieza a elevarse en el cielo, veo que cinco elegantes barcos se lanzan a nuestra persecución.