Julia desaparece
Capítulo 13
Hasta ahora, esta ha sido la noche más fría del invierno. La nieve se ha congelado y el crujido que hacen mis botas al caminar sobre ella parece ser el único sonido que hay en toda la ciudad. El río se ha helado por completo, y las brillantes luces de los edificios del Parlamento en la orilla norte refulgen sobre el hielo, compitiendo con las estrellas por ver quién destaca más en la oscuridad de la noche. La luna es de un plateado amarillento. Incluso aunque esa criatura asesina no tuviera aterrorizada a toda la ciudad de Spira, nadie, aparte de los soldados, se atrevería a salir: hace demasiado frío. Veo a los soldados por toda la Scola, arrebujados en sus abrigos azules y blancos mientras apisonan la nieve con sus botas y sus alientos se elevan en el gélido aire en forma de grandes volutas blancas. Tomo las callejuelas laterales, los callejones oscuros en los cuales la nieve helada se apila en grandes montículos y bloquea las puertas de las casas.
Llevo tiritando desde que he salido de la casa, pero ahora siento como si el frío hubiera penetrado en mis huesos, como si tuviera el hielo por dentro. El frío no solo me asalta desde fuera sino que mana de mis entrañas y, curiosamente, eso consigue calmar la tiritona y el castañeteo de mis dientes. No hay resistencia al frío. Me tiene atrapada, me he convertido en él. Me envuelvo inútilmente en mi gabardina y me pregunto si esta será la sensación que uno experimentará al congelarse, y si será posible que me caiga al suelo muerta de frío. Podría tumbarme y convertirme en nieve, sin más. Cubrir la ciudad con mi helado manto blanco y luego derretirme en primavera. Y desaparecer para siempre.
Apenas soy capaz de mover los dedos cuando llego al apartamento. Me veo sosteniendo la llave, pero no soy capaz de sentirla en la mano. La introduzco en la cerradura y forcejeo para abrirla, casi con la misma dificultad que si estuviera intentando forzarla. Coloco con pesadez un pie frente al otro, y, aunque intento caminar con ligereza, no soy capaz de distinguir si estoy haciendo ruido o si estoy siendo silenciosa. Levantar las piernas para subir los estrechos peldaños que llevan hasta el apartamento de Wyn en el ático me resulta doloroso, pero de una manera extrañamente distante. Allí sí que tengo que forzar la cerradura con los dedos helados.
La habitación está oscura y fría, pero no enciendo la chimenea. Camino hasta la mesa, y de ahí a la cama, y toco las sábanas heladas. Es medianoche. Quiero tumbarme en el colchón, pero, en cambio, me abro camino hasta el rincón más alejado de la habitación y me hundo en el suelo. Aquí hace el mismo frío que fuera, pero ahora soy una con él. Desaparezco. Mis párpados se cierran, pesados como yunques.
Llevo queriendo a Wyn la mitad de mi vida. Lo quise en cuanto lo vi, como le pasa a todo el mundo. Pero, para él, yo era como una hermana pequeña. Por supuesto.
—Te casarás conmigo cuando crezcas, ¿verdad, ojazos castaños? —solía bromear—. Yo sé que vas a ser una preciosidad.
Aunque puede que no me haya convertido en una preciosidad, tampoco estoy mal. Y, aunque crecí, no pareció darse cuenta. Para él, yo seguía siendo una niña pequeña, y no sabía cómo hacer que me viera de otra manera. Entonces le salvé la vida, lo que resultó ser un afrodisíaco bastante bueno.
Se suponía que yo no tenía que involucrarme lo más mínimo en aquel trabajo. Según Gregor, era un asalto de lo más corriente. No había guardias, solo perros, y eso no suponía ningún problema, porque los animales adoran a Wyn. Un ladrón de joyas prashiano había aparecido en Spira Occidental y había comprado una casa, con la esperanza de poder vender su tesoro robado. Wyn era el ladrón mejor dotado de la Maraña para escalar un muro y abrir un candado, y poseía todas las habilidades necesarias para asaltar viviendas. A mí me encantaba observarlo, tan ágil, tan valiente, acometiendo ese tipo de trabajos. Era una excusa un tanto patética para pasar tiempo con él, pero me las había ingeniado para convertirme en su aprendiz. Juré que no me entrometería. Le prometí que permanecería desaparecida durante todo el trayecto. Él dijo que no.
—Esta vez, no, ojazos castaños. Necesito concentración.
De todas maneras, fui. Al fin y al cabo, él no podría verme.
El muro no le supuso ningún problema. Los perros tampoco. Había puesto droga en la carne: los animales se lanzaron a por ella inmediatamente y luego se quedaron dormidos. Se coló en la vivienda por una ventana, y yo lo imité. Encontró la caja fuerte en el sótano y partió la cerradura usando un poco de la pólvora silenciosa de Dek. Yo me había atribuido a mí misma la tarea de vigilar que no viniera nadie, pero, en realidad, a quien estaba vigilando era a Wyn. Su perfil en las sombras mientras sacaba un pesado saco de la caja fuerte y lo abría para echarle una ojeada a lo que fuera que estuviera robando. Entonces, ambos escuchamos el clic del seguro de un revolver.
—Antes de que te dispare, ¿tienes algo que ofrecerme a cambio de tu vida? —preguntó un fuerte vozarrón. La sombra que portaba el revólver salió de una de las esquinas de la estancia. Dibujábamos un triángulo en la habitación, el prashiano, Wyn y yo. Yo era el vértice invisible. Ellos solo veían la línea que los separaba, la misma que recorrería la bala.
—Dame un momento —dijo Wyn—. Seguro que se me ocurre algo.
Recuerdo lo tranquila que sonaba su voz, y lo mucho que a mí me aterrorizaba verlo morir.
—No bastará —dijo la voz.
No lo pensé. Me saqué el cuchillo de la bota y se lo lancé. Apunté al pecho del prashiano, pero la hoja se le clavó en el hombro. Se volvió hacia mí, pero yo ya me había abalanzado sobre él y empezamos a forcejear por el revólver. Él no lo aferraba con demasiada fuerza, tal vez a causa del cuchillo que tenía en el hombro, y conseguí arrebatárselo con bastante facilidad y me eché al suelo. Él se abalanzó sobre mí. En mi vida había disparado una pistola, pero lo hice: le disparé. El retroceso y el olor de la pólvora y el terrible alarido del prashiano me golpearon con tal fuerza que tuve que soltar el arma. Al menos, yo ya no la estaba sosteniendo, y Wyn me tenía agarrada del brazo. Salimos corriendo, una especie de carrera enloquecida con la que subimos tambaleándonos y deslizándonos por las escaleras, atravesamos la puerta y dejamos atrás a los adormecidos perros. No había matado al prashiano, porque aún podía escucharle aullar de dolor. Y luego un disparo acalló sus gritos, y luego hubo otro más. Pero nosotros ya estábamos en la calle, saliendo de allí por patas. Wyn no me soltó el brazo en ningún momento. Giramos por una calle, y luego por otra, y luego por otra más. No tuve la más mínima idea de dónde nos encontrábamos hasta que aparecimos en la carretera que bordea el río.
Wyn se recostó contra una pared y se me quedó mirando durante un segundo eterno. Luego se echó a reír. Reía y reía. Y yo hice lo mismo, con el poco aliento que me quedaba, empecé a temblar y reír de puro alivio.
—¡Por el Kahge maldito, ojos castaños! ¿De dónde has salido?
—Ya te dije que quería venir contingo —respondí.
—Podrían haberte matado.
—A ti te habrían matado seguro.
Puso una cara extraña.
—Entonces te debo la vida, ¿no es así?
Yo me sentía atrevida y seductora.
—Me debes algo… —repliqué.
—¿Qué te debo, entonces? —me preguntó. Estaba muy cerca, ligeramente inclinado sobre mí. Usó la manga de su chaqueta para limpiarme la sangre del prashiano del rostro. Yo me puse de puntillas y le besé.
Él rio y yo volví a besarle, un breve y casto pico en la boca.
—Necesitas que alguien te enseñe a besar —dijo.
—Pues enséñame.
Fue un aprendizaje muy rápido.
Me despierto sobresaltada. Oigo un chasquido y me incorporo a toda prisa sin recordar siquiera dónde estoy, pero no es más que la puerta. Me deslizo de nuevo al suelo, me recuesto contra la pared y vuelvo a desaparecer.
Su voz. Esa preciosa voz, dulce y suave, endurecida apenas por las duras vocales del acento de la ciudad de Spira.
—¡Por los perros del Kahge, qué frío hace! —dice Wyn.
—Enciende la chimenea.
Y, aunque lo sabía, por supuesto que lo sabía, el corazón se me hunde en el pecho como una bruja en las oscuras aguas del río. Me muerdo el labio helado para no gritar.
Wyn se pelea con las cerillas, pero pronto el fuego resplandece. Enciende la lámpara que hay junto a la mesa. Arly Winters, claro, no podía ser otra. Arly Winters está ahí de pie, junto a la puerta, tiritando y vestida con un pesado abrigo de pieles que no puede ser suyo y con un gorro también de piel que le aplasta los rizos oscuros. Wyn también lleva puesto un abrigo de piel. A la luz del fuego, tienen una apariencia medio animalesca.
—Acércate al fuego —dice él, atrayéndola hacia sí—. Pronto empezará a calentar.
—No deberíamos haber salido —dice ella—. Es peligroso, con ese demente suelto por ahí.
—Conmigo estás a salvo —dice Wyn, sacándose el revólver del bolsillo y haciéndolo girar una vez en el aire antes de dejarlo sobre la mesa—. ¿Y cómo, si no, íbamos a hacernos con estos fantásticos abrigos de piel?
Ella ríe.
—¡Y con esto también! —dice Wyn, saca una botella oscura del bolsillo, le quita el tapón y le da un sorbo.
—Creo que, sin esto, me habría muerto en el camino de vuelta hasta aquí —dice ella, y Wyn se la tiende. Arly da un sorbo y vuelve a reír, divertida—. Es fuerte.
Me atrevería a decir que no está con ella por su inteligencia y su conversación chispeante. Tengo que dejar de morderme el labio si no quiero arrancármelo de cuajo. Relajo los dientes lentamente y el labio empieza a palpitar. En su lugar, aprieto los dientes unos contra otros y concentro toda mi ira en la mandíbula.
—Bebe un poco más —ofrece él—. Caliéntate. Ese abrigo de piel es muy favorecedor, pero estás mucho mejor sin él.
—Menudo canalla estás hecho —responde ella, y da otro sorbo.
—Yo no soy ningún canalla. Ven aquí, mi preciosidad de ojos oscuros.
Mientras el fuego llamea en la chimenea, la habitación va calentándose lentamente y se me empiezan a desentumecer los huesos, lo que me causa dolor. Ya he visto todo lo que venía a ver. He visto suficiente. Pero no me marcho. Me quedo, y lo observo todo. Los abrigos de piel terminan en el suelo. Su aspecto dulce, tan familiar, el modo en que le toca la cara y desliza su mano por el cuello de ella y más abajo, el modo en que le desabrocha el vestido con una mano mientras le sostiene el mentón con la otra y la besa suavemente. Ella es hermosa, con la piel de un blanco lechoso y curvas generosas. Ríe y se aparta la oscura melena hacia la espalda. Los contemplo del mismo modo que contemplo todas las purificaciones. No me marcho hasta que el fuego se ha reducido a ascuas y ellos están dormidos debajo de sus abrigos de piel. No está en mi naturaleza dar media vuelta. No: yo miro a mis pesadillas a los ojos. Y, si mis pesadillas intentan devolverme la mirada, lo único que ven son sombras.
Porque yo no estoy allí.
La luna y las estrellas ya se han ocultado cuando salgo dando tumbos a la calle, donde, aunque cueste creerlo, hace aún más frío que antes. Pero el frío no es nada. Estoy envuelta en un ardiente capullo de dolor, y el dolor puede tomarme o dejarme, me da absolutamente igual. No siento nada: ni siquiera sé adónde me llevan los pies. Es como si algo me llamara, y yo sigo su llamada, cegada por las lágrimas que se me congelan en las mejillas. Desciendo por una calle y luego por otra, medio a la carrera. Tropiezo y caigo, y aterrizo con un fuerte golpe sobre la nieve congelada. A través de la neblina que forman mis lágrimas, veo una silueta al final de la calle. Una silueta alta. Una silueta que empieza a avanzar hacia mí. Una voz interior me ordena: «Corre». Pero me doy cuenta de que no soy capaz de obedecerla, y el horror me mantiene petrificada donde estoy.
Un destello metálico refulge en la oscuridad, aunque no sé qué luz puede estar reflejándose, porque no hay ninguna. Sé qué es esa cosa. Me retraigo, desaparezco, pero la criatura sigue avanzando. No necesita ojos para encontrarme. El dolor y el frío dan paso a la adrenalina. La voz en mi interior que me exhorta a correr se torna más alta y fuerte, y yo obligo a mis extremidades a obedecerla, me incorporo con un tambaleo y resbalo. Corro.
Un suave rugido me sigue. Sé, sin necesidad de darme la vuelta para mirar, que no tengo la capacidad de ser más veloz que la criatura, sea lo que sea. Pero estamos en la Maraña y me conozco cada esquina, cada callejón, cada recodo abandonado. Subo por una oscura escalera y corro en dirección al apartamento vacío en el que unos tratantes ishtanos guardan sus mercancías. El olor a especias es sofocante. Hay una ventana abierta y una polea. En la oscuridad no se distingue, pero yo no necesito ver. El lugar no ha cambiado desde que yo era niña y Dek me mandaba volando al apartamento de enfrente metida en un cajón suspendido de un cable.
Choco contra algo y caigo al suelo. Una suave mano me roza la garganta y luego me coge del cuello del abrigo. Unos ojos blancos con pupilas negras, pupilas largas y estrechas como las de un gato. Es casi como el rostro de una pantera, negro y felino, pero tan expresivo como el de un ser humano. Casi parece bondadoso. Una cresta blanca en su pelo, o en su pelaje. Siento el azote del invierno a través del agujero de la ventana, a mis espaldas. La criatura alza la espada.
—Sé quién eres —jadeo, cerrando el puño en torno al arma que Dek me ha fabricado—. Tengo un mensaje para ti.
La espada se cierne sobre mí.
—Te puedes ir directo al Kahge —digo, tirando del mecanismo en la palma de mi mano para liberar el gas pimienta por la boquilla de la muñeca.
Una nube enorme se traga a la criatura, que deja escapar un aullido amortiguado. El gas me escuece en los ojos, la garganta y la nariz mientras pataleo para liberarme y me lanzo directamente por la ventana, intentando aferrar el cable con mis dedos congelados. Por pura suerte, lo consigo y le doy una violenta patada al cajón. Me dejo caer en su interior y me impulso, lanzándome al otro lado de la calle. El gas pimienta no retiene a la criatura mucho tiempo: la veo trepar por la pared y cruzar la calle con zancadas de una gracia y una elegancia terroríficas. Ahora, al menos, el espacio que nos separa es mayor. Entro directamente por la siguiente ventana y, en cuanto la criatura penetra en el edificio, vuelvo a impulsarme de vuelta adonde estaba. Me lanzo por la ventana, atravieso la estancia, bajo corriendo las escaleras y vuelvo a salir a la nieve. La Maraña es como un laberinto grabado a fuego en lo más hondo de mi ser. Permito que me engulla, giro un recodo y luego otro, atravieso los edificios que sé que están vacíos o abiertos. Podría gritar pidiendo auxilio, pero ¿quién me ayudaría? De nuevo, siento la llamada, la atracción. Tengo que luchar contra mí misma, obligarme a mantenerme en dirección opuesta a donde intentan llevarme mis pies. Son demasiadas las veces que me doy cuenta de que me estoy dejando arrastrar, giro y corro, giro y corro, giro y corro. Lo oigo antes de volver a verlo, el crujido de la nieve a mis espaldas. Casi he llegado a mi destino, abriéndome camino por la colina, y el Confín se presenta oscuro frente a mí.
—¡Liddy! —grito, antes incluso de llegar a la puerta—. ¡Liddy!
Aporreo la madera y la sombra sigue avanzando, espada en ristre. La puerta se abre y yo caigo dentro de la casa. La criatura ya está en el umbral, mirando a Liddy con esos ojos inhumanos. El umbral que acabo de atravesar se ilumina con una telaraña dorada y, del marco de la entrada, se dejan caer tres arañas venenosas idénticas a la que Torne me dio para el profesor Baranyi en el Confín. Pero estas son más grandes —del tamaño de mi puño—, levantan las patas delanteras y bufan. La espada desciende. Entonces, Liddy cierra la puerta y me ayuda a levantarme.
Pasa media hora, o más, hasta que me siento en condiciones de hablar. Liddy me envuelve en mantas y pieles, enciende la estufa y prepara café. Yo me siento y doy sorbos con gesto automático mientras mi corazón trata de abrirse paso entre mis costillas y el frío me va abandonando, mordiéndome los dedos de las manos y los pies a medida que lo hace.
—¿No puede entrar? —digo, por fin.
—Mi casa está protegida.
—Por enormes arañas siseantes.
—No son arañas. Son rhugs. Muy rápidas, muy venenosas y prácticamente imposibles de matar. Se reproducen a gran velocidad, establecen vínculos con un lugar y protegen sus puntos de acceso. Como mascotas, son bastante útiles. Con el tiempo, el Gethin podría romper los vínculos que unen a las rhugs y la casa, pero le llevaría mucho más tiempo que las pocas horas que quedan antes del amanecer. Y el Gethin es una criatura nocturna —Liddy me dedica una mirada inquisitiva—. ¿Por qué te está persiguiendo el Gethin, Julia?
—El Gethin —repito el nombre que Liddy está usando—. ¿Qué demonios es esa cosa, Liddy?
—Es el último de su tribu, por lo que se sabe —dice Liddy—. Hace miles de años, los gethins eran soldados y cazarrecompensas y a menudo trabajaban a las órdenes de los phares eshrikíes. Cuenta la leyenda que Marike, la bruja eshrikí que fundó aquel antiguo imperio, invocó a los gethins directamente desde el Kahge, pero ya nadie sabe cuál es la verdad.
—¿De verdad existe un lugar como el Kahge? ¿Un lugar bajo la Tierra plagado de fuego y demonios? Le dije al Gethin que podía irse derecho al Kahge, pero no pensaba que estuviera siendo tan literal.
Liddy ríe.
—Esa visión del Kahge es una reinvención para cuadrarla dentro de una visión del mundo muy particular —dice ella—. La cosmología loriana lo convirtió en una pesadilla y los rainistas lo consideran una metáfora, pero no es ninguna de las dos cosas. Es… ¿cómo podría explicarlo? Como la sombra, el eco, el reflejo que deja la magia en el mundo. Hay seres que lo habitan, sin duda, pero no sabemos prácticamente nada de ellos. No está tan distante como las estrellas, ni tampoco se encuentra bajo tierra. Es algo que nos rodea y de lo que estamos separados por… Bueno, lo que puede que tú quieras llamar nuestra realidad —agita una mano huesuda en el aire, como si pudiera atrapar un pequeño pedazo de lo que me está describiendo para mostrármelo—. La magia fluye fuera del mundo a través del Kahge. En ese sentido, también funciona como una válvula de escape, manteniendo el equilibrio. Las brujas siempre han estado muy interesadas en las fronteras que separan nuestro mundo del Kahge, concibiéndolo como un lugar en el que se acumula la magia. Pero descifrar la naturaleza del Kahge es algo que corresponde a los filósofos, no a la gente como yo, y te has desviado de mi pregunta. Alguien ha invocado al Gethin. ¿Por qué te está persiguiendo?
—Está buscando a una huésped de la casa de la señora Och —digo—. Y solo los Sagrados saben por qué, pero está matando a toda la gente que se cruza con ella.
—He oído decir que el Gethin es capaz de beber los recuerdos de sus víctimas —dice Liddy—. Tal vez cada víctima le aporte una pista en su búsqueda, que le acerque cada vez más a su presa. Ay, Julia. Tienes que marcharte de la casa de la señora Och.
—Liddy, ¿sabes quién es?
Se produce un largo silencio, tan largo que empiezo a pensar que Liddy no va a contestarme. Me siento tan alejada de mi propio cuerpo, débil por el cansancio y el frío y el miedo. Se me cierran los ojos y pienso que nada de esto puede estar pasando, que esto no puede ser mi vida. Entonces Liddy comienza a hablar y tardo un segundo en recordar sobre qué estábamos charlando.
—¿Has oído hablar de los xianren, verdad? Es una palabra en idioma zhongguano que significa, literalmente, «la gente anterior». En los orígenes, había tres xianren, o seres inmortales capaces de pronunciar conjuros, que dominaban el mundo. Los conjuros que pronunciaban tenía la capacidad de alterar incluso el tiempo y la muerte, en la época en la que el mundo era nuevo y los grandes lagartos empezaban a salir arrastrándose fuera de los mares mientras los dragones luchaban en los cielos. Se los llamaba «inmortales», pero toda vida cesa de existir en algún momento, incluso las suyas. Ya llevan milenios desvaneciéndose y su poder está muy mermado. Och Farya es la más anciana de los tres.
—¡La señora Och! —digo—. ¿Su hermano Gennady es también uno de los xianren?
Liddy asiente con la cabeza.
—Zor Gen, el más joven y más salvaje, según las historias que se cuentan. Con tendencia a secuestrar encantadoras princesas, quien engendró alguno de los mayores reyes y guerreros de la historia.
—¿Y el tercero? —pregunto—. ¿Cómo se llama? —creo que podría adivinarlo.
—Lan Camshe —responde ella—. Un estudioso y amante del arte. Un ermitaño. Se construyó un castillo con una enorme biblioteca en la isla de Nago, frente a las costas de Sirillia.
—Casimir —digo, al recordar las cartas del escritorio de la señora Och.
Liddy mira el reloj y luego se levanta y sube unos cuantos peldaños de madera que llevan a una trampilla en el techo.
—Espera —le pido, y la sigo, porque tengo miedo de estar sola.
La estancia a la que llevan los peldaños está llena de nidos hechos con cable. En su interior, palomas plateadas duermen apretadas unas contra otras. Liddy garabatea rápidamente un mensaje y lo ciñe a la pata de una de las palomas. Luego abre la ventana, que da al cielo gris de los inicios del alba, y la lanza al frío exterior. Sin protestar, la paloma vuela derecha hacia la Maraña y desaparece.
—¿Qué estás haciendo? —pregunto.
—Esme debe saber dónde estás y que corres peligro —dice Liddy—. Puedo protegerte esta noche, pero, si el Gethin te busca, necesitarás más ayuda de la que yo puedo ofrecerte en las noches que están por venir.
—¿Podría ayudarme la señora Och? —pregunto, mientras un frío gélido se enrosca alrededor de mi corazón.
—La señora Och es conocida por ayudar a la gente —dice Liddy—. De hecho, yo misma le he enviado unas cuantas almas desesperadas a lo largo de los años. Pero, si estás trabajando contra ella para su hermano Casimir, ¿crees que estará dispuesta a ayudarte?
Probablemente, no. Solo de imaginarme volviendo a su casa y contándoselo todo, me entran escalofríos.
—¿Y Pia? ¿Ella podría ayudarme?
—Podría ser —responde Liddy.
Bajamos los escalones para apretujarnos junto a la chimenea.
—Ay, Julia —suspira—. ¿Cómo has terminado trabajando para gente de esta calaña?
—Gregor me dijo que era mucho dinero —respondo, y, entonces, me echo a llorar como una idiota. Liddy no dice nada. Nos quedamos sentadas junto al fuego y los sollozos hacen que me estremezca y me sacuda, dejándome vacía y temblorosa en la silla. Ahora las pieles me dan demasiado calor, pero estoy también demasiado exhausta para quitármelas. Lloro por Bianka y por lo que sea que le espere a ella y a su pequeño; lloro por Wyn y Arly Winters riendo como si yo no existiera; lloro porque, a veces, de verdad, siento que apenas existo, que apenas toco el mundo por el que me muevo; lloro porque Dek es infeliz y Gregor, un borracho, y Esme se siente sola; lloro porque Florence piensa que es muy afortunada de poder casarse con un tendero que le permitirá hacerse cargo de su tienda; lloro por mi madre y por la bruja de melena castaña que vi el mes pasado, cayendo hacia una muerte segura en el implacable río Syne. Lloro porque estoy agotada y asustada y temo por mi vida, y porque quiero vivir. Más que cualquier otra cosa, lo que quiero es vivir. Me quedo dormida en la silla, y, no mucho después, para mi sorpresa, me despierta Gregor.
—Será mejor que te llevemos de vuelta antes de que descubran que has desaparecido —dice.
Me sorprende lo mucho que me alegra verlo. Siento el impulso de echarle los brazos al cuello, pero, por supuesto, no lo hago.