Julia desaparece
Capítulo 18
No hay mucha gente en la calle, y la poca que veo me parece irreal, como si se moviera demasiado despacio, los fríos rostros nublados por la blancura de sus alientos. Me siento como si me hubieran desconectado del mundo, con el corazón desbocado y las manos temblorosas mientras los refinados habitantes de Spira Occidental pasan junto a mí como en un sueño. El cochero de un carruaje eléctrico que se ha quedado atascado en la nieve examina con impotencia las ruedas del vehículo, cubiertas por una costra de hielo, mientras un hombre vestido con un pesado abrigo de pieles se asoma por una ventana y le grita: «¡Esto nos pasa por usar estos carruajes e-cléc-ticos modernos! ¡Un caballo bueno y robusto, eso es lo que necesitaríamos ahora!».
No me dejarían entrar en la primera tienda donde lo intentara, ni en la segunda tampoco, y sé que, si les enseñara mi dinero, probablemente llamarían a la policía. Pero hay otros lugares donde puedo comprar abrigos de pieles. Recorro a pie el camino hasta el monte Heriot, con los dedos de las manos y de los pies tan entumecidos por el frío que, cuando llego allí, no los siento. Me compro un par de botas forradas en piel que me llegan hasta las rodillas, un vestido azul de seda gruesa con guantes a juego, un largo abrigo de pieles marrones y un gorro maravillosamente suaves. «Visón», dice la dependienta, claramente incómoda. Pero, al ver mis monedas de plata, la avaricia gana a la incomodidad.
Salgo de la tienda vestida con mis nuevas galas cuando una cadavérica silueta envuelta en harapos se dirige hacia mí atravesando la nieve. Avanza a trompicones, con las piernas rígidas y los brazos como pesos muertos a ambos lados del cuerpo. Tiene el rostro horriblemente desfigurado, salpicado de marcas de la Plaga y de tejido fibroso. No tiene ojos, solo una maraña de cicatrices, pero, aun así, da la sensación de estar mirándome directa e inequívocamente a mí cuando dice:
—¡Perdóname! ¡Perdóname, mi amor!
Yo me apresuro a retroceder, de vuelta a la tienda, pero el hombre sigue caminando hacia mí, y entonces un caballero vestido con un abrigo de piel viene corriendo y le asesta un golpe con su bastón, que cruje al estrellarse contra su cabeza. El desdichado se derrumba sobre la nieve como un blando montón de harapos y piel, y mis rodillas ceden bajo el peso de mi cuerpo. El hombre me ayuda a incorporarme. La dependienta de la tienda también está junto a mí.
—¿Está usted bien, dama?
—¿Quiere que busque a alguien que la lleve a casa?
—Estoy bien —les digo, sujetándome a ambos para incorporarme—. Tan solo necesito comer algo.
En un elegante café con vistas a la ciudad, me obligo a engullir todos los caracoles al ajillo y hojaldres de los que soy capaz, aunque apenas los saboreo. Luego busco el carruaje eléctrico más caro que veo y lo paro, aunque un carruaje de caballos sería mucho más fiable con esta nieve. Así será la vida a partir de ahora, me digo. Ropa elegante, comida refinada y un asiento mullido en un carruaje cada vez que quiera ir a algún sitio.
El pensamiento me coge con la guardia baja. Debe de estar muy asustado. El interior del carruaje da un bote, y se me revuelve el estómago. Pero aprisiono el pensamiento en lo más hondo de mi corazón, como si fuera un cepo que ha atrapado a un animal quejumbroso. Pia tiene razón: ¿a mí qué más me da? Cosas mucho peores les pasan a diario a muchos niños pequeños de la ciudad de Spira, y yo no voy por ahí llorando a mares por cada crío al que le han dado una paliza, o que pasa hambre o frío, o que cae enfermo y muere. Constantemente pasan cosas horribles. Lo sé. Yo también he sido víctima de la frívola crueldad del mundo. Tengo un trabajo que me permite llevar una vida bastante mejor de la que lleva la mayoría de las chicas de la Maraña en mis circunstancias. Así que lo desempeño como una profesional. Han estado a punto de matarme y me he ganado con creces este condenado dinero.
Vuelvo al apartamento con un jugoso jamón de gran tamaño, una tarta de miel, unas cuantas botellas de ron del caro y un pañuelo de seda para Esme. La bienvenida que recibo es la de una heroína. Dek me abraza con fuerza y me dice que, a partir de ahora, aprobará cualquier encargo que reciba. Esme me da las gracias por el pañuelo, pero muestra más interés en contar la parte de mi dinero que le corresponde a ella. Por primera vez en mi vida, me duele ver cómo lo coge. Wyn baja de su cuarto e intenta hablar conmigo a solas, pero me deshago de él sacando el jamón y la tarta. Entonces llegan Gregor y Csilla y me besan en las mejillas y ríen y me felicitan, y el fuego de la chimenea es demasiado brillante, en el salón hace demasiado calor y escucho mi voz demasiado aguda, mi risa falsa y siniestra.
La primera vez que alguien me pregunta cómo he finiquitado el trabajo, lo ignoro. La segunda vez, digo que es un asunto de alto secreto. Le sirvo una copa de ron a Gregor y él la recibe con un «Bueno, solo una, ¡para celebrar que Julia ha vuelto al redil!». Y veo cómo el suave y claro ceño de Csilla se frunce, cómo sus ojos no se apartan de él mientras Gregor se bebe la copa y su enorme mano se extiende hacia la botella para servirse otra. A Csilla le tiemblan ligeramente los dedos mientras se enciende un cigarrillo y se acerca a la ventana.
Por lo general, no soy demasiado aficionada al alcohol, porque llevo viendo desde que era una mocosa cómo convierte a los hombres en imbéciles y esclavos, pero esta noche bebo, una copa tras otra, hasta que el salón da vueltas a mi alrededor y mis estridentes carcajadas me retumban en los oídos. Veo mi reflejo en la ventana, la melena suelta y enredada, el rostro enrojecido, el vestido de seda cayéndome por el hombro. Me río de Wyn, que me mira con el ceño fruncido desde su silla, bailo con Gregor, dejo que Csilla me empolve la cara y me pinte los labios de un color demasiado llamativo. A la tercera vez que alguien me pregunta cómo he terminado el trabajo, le cuento la verdad: «Un niño. Querían un niño que había en la casa. Así que lo he secuestrado y se lo he entregado».
Entonces, el salón se sume en un profundo silencio y yo lleno de vómito la elegante alfombra de Esme.
Me despierto en mi cama al amanecer, sintiéndome vacía y triste. Mi estómago se ha replegado imaginariamente sobre sí mismo varias veces, liberándose de todo el ron y de la grasienta comida. No consigo que las manos dejen de temblarme. Me pongo mi ropa nueva, escondo el cuchillo en el forro de una de mis espectaculares botas nuevas y paro un carruaje moderno para que me lleve a la Scola.
Por supuesto que es peligroso volver aquí. Quién sabe qué serían capaces de hacerme si me encontraran. Pero tengo que descubrir qué está pasando. Doy con la casa con bastante facilidad, así que o bien la capa del Magyar ha desaparecido o sigue sin tener efecto sobre mí. Escalo el muro mientras sale el sol, desaparezco junto al pozo y espero.
Chloe sale a por agua, llena el cubo justo a mi lado. Yo la agarro por el brazo, le tapo la boca con una mano y la arrastro hasta la letrina que hay fuera de la casa mientras ella se revuelve e intenta gritar. Pero yo soy más fuerte.
—Ahora, calla —siseo, sosteniendo mi cuchillo frente a ella para que lo vea bien. Hay algo impropio en la imagen de mi mano enguantada en seda sosteniendo ese horrible cuchillo. Me mira como si yo fuera una especie de monstruo, con los ojos vidriosos por el miedo.
Bueno, en realidad sé cómo se siente.
—¿Por qué? —solloza—. ¿Por qué lo has hecho?
—Eso a ti no te importa —le digo—. Dime qué está pasando. ¿Qué dicen sobre mí?
—Dicen que… El señor Darius y tú os habéis dado a la fuga con el pequeño Theo.
—¿El señor Darius? —Del asombro, me quedo boquiabierta—. ¿Cómo que el señor Darius? ¿No está en la casa?
Ella niega con la cabeza.
—Se ha marchado. Desapareció ayer por la mañana —y en ese momento, por fin, parece fijarse realmente en mí y me espeta—. ¿Qué llevas puesto?
Yo le acerco el cuchillo a la cara.
—Cuéntame qué está pasando ahí dentro.
Se encoge para alejarse de mí, con los ojos aún clavados en mi abrigo de pieles.
—Bianka… Han tenido que darle un medicamento, o algo así, para conseguir que se durmiera. Estaba como loca, y tenía una pluma… Ay, ¡tengo miedo de decirlo en voz alta!
—Es una bruja —digo yo, con impaciencia, y a Chloe se le abren los ojos de par en par.
—Tuvieron que quitarle la pluma a la fuerza, no dejaba de gritar, ¡ha sido horrible! —dice Chloe, con sus brillantes ojillos clavados en los míos, hablando mitad aterrorizada y mitad como si estuviera haciéndome una confidencia—. Le dieron un brebaje de algo y lleva durmiendo a ratos desde entonces. Todas las cosas del señor Darius han desaparecido. La señora Och está postrada en la cama. Dijo que deberían haber sospechado de ti, y Frederick se echó a llorar. Pero todo eso fue solo al principio, justo después de que ocurriera. Después, no he oído mucho más porque están reunidos siempre en privado —se echa a llorar otra vez—. ¡Ese tierno pequeñín! ¿Le harán daño?
—Eso no es asunto mío. Ni tuyo tampoco.
En mi boca, las palabras de Pia saben a hierro.
—¿Cómo has podido hacerlo? —balbucea—. No es más que un bebé, Ella.
—No me llamo Ella, necia estúpida —digo, y la saco de la letrina de un empujón.
Me alejo de la casa corriendo hasta la avenida Lirabon, convencida de que alguien me sigue. Pero, si lo hacen, no son lo suficientemente rápidos. Paro un carruaje. Ya está, me digo, hiciste tu trabajo, y está terminado. Es demasiado tarde para deshacer el daño. Pero siguen temblándome las manos y no sé cómo hacer que paren.
Liddy me sirve un poco de café y me tiende un bollo recién hecho. Intento comérmelo, pero soy incapaz de tragar, y el café me revuelve el estómago vacío.
—He oído que el Gethin está muerto —me dice, escudriñándome por debajo de sus caídos párpados.
—¿Cómo lo sabes? —pregunto.
—Esta ciudad está llena de gente que ve cosas, que sabe cosas, que difunde rumores. Amigos míos.
Faltaría más.
—Por tu abrigo de pieles deduzco también que te han pagado —prosigue —. Y, a pesar de ello, no pareces alguien que acabe de terminar un encargo difícil.
Podría contárselo todo, pero ¿de qué serviría? O quizá lo que pasa es que estoy demasiado avergonzada para admitir que lo he hecho todo por dinero. Aunque tampoco tenía alternativa. Sin duda, Liddy entendería que no tenía más opciones. Pia me habría encontrado y me habría destripado como a un pescado si no hubiera cumplido con el encargo hasta el final. ¿Qué otra cosa podría haber hecho?
—No ha sido un buen trabajo —respondo.
—Pobre Julia —se lamenta—. Claro que no lo ha sido.
—¿Cómo has hecho para saber todo lo que sabes? —por algún motivo, nunca me he atrevido a preguntárselo directamente, pero ya no tengo tantos reparos—. ¿Cómo sabes quién es la señora Och? ¿Eres bruja?
Tengo la sensación de haberle hecho una pregunta horrible, pero Liddy se echa a reír.
—No. Soy otra cosa.
—¿Otra cosa?
—Hay muchas «otras cosas» en el mundo y, si observas con detenimiento, tú también te darás cuenta —me dice Liddy—. Observar con detenimiento es una habilidad que se adquiere con la práctica. Ver cosas que a otros se les suelen pasar por alto, como cuando tú te escondes tras ese velo que te oculta de ojos corrientes.
—La señora Och también podía verme. Y el niño, Theo, el hijo de Gennady.
—Me sorprende que el bebé pudiera verte. Puede deberse a que sea hijo de Gennady, y que vea como lo hacen los xianren. O quizá a que todos los bebés puedan ver de un modo más profundo, como lo hacen los animales, porque sus mentes no rellenan los huecos que percibe el ojo. Cuando yo te vi… al principio fue como una especie de alteración de la atmósfera. Pero, cuando miré más de cerca, ahí estabas, clara como el agua y, aun así, más lejos de lo normal, como detrás de una especie de límite del que no hubiera sido consciente hasta entonces. La mayoría de la gente no mira más allá del mundo obvio, móvil y cegador que le rodea y no repararían en ti a menos que se toparan contigo. Yo he vivido más que la mayoría de la gente, y he visto cosas más extrañas de las que suele ver la mayoría de la gente, cosas que no son de este mundo. Y he aprendido a buscar lo que uno no esperaría encontrar.
Es la respuesta más larga que me ha dado nunca a esta pregunta y, aun así, no puedo evitar sentir que no me lo está contando todo.
—Me pregunto por qué tengo esta habilidad —digo en voz baja. No estoy completamente segura de querer saber la respuesta, si es que ella la conoce. Pero Liddy tampoco me ofrece ninguna hipótesis.
—Tu problema, cielo, es que has nacido en una época en la que una chica de tu talento, tu carácter y tu clase social tiene muy pocas oportunidades. Quizá sea culpa mía por haberte llevado con Esme en primer lugar. Pensaba que…, bueno, supuse que ella te educaría. Supuse que sería mejor que otras alternativas. Y me parece que lo fue, al menos durante un tiempo. Pero a veces me preguntó qué tipo de vida esperaba ella que tuvierais. A diferencia del resto de nosotros, tu madre nunca aprendió a vivir sin esperanza.
Liddy no ha vuelto a mencionar a mi madre, ni una sola vez, en todo el tiempo que la conozco, desde que me sacó de aquel mercado cuando era una pequeña y harapienta ladrona de manzanas, y me entregó a Esme.
—¿La conocías? —le pregunto, sorprendida por la posibilidad.
—La conocía todo el mundo —responde Liddy—. Los que no la conocían, sabían quién era, al menos. Yo coincidí con ella una o dos veces.
—Nunca me lo habías contado.
—No hay mucho que contar —replica Liddy—. Se me ha ocurrido ahora solo porque la primera vez que la vi tenía problemas. Estaba desesperada. Nunca había visto tanto de ella en ti como ahora mismo.
—¿Problemas? ¿Qué tipo de problemas? —tengo que agarrarme al borde de la silla para no levantarme de un salto e intentar sonsacarle a Liddy todas las respuestas. Sus ojos están desapareciendo en las arrugas de su rostro, sus labios se están tensando: está volviendo a cerrarse como una concha, y no puedo soportarlo.
—Se había metido en problemas con gente muy poderosa. Hice lo que pude por ayudarla durante un tiempo, pero no fue suficiente. Ammi pensaba que podía cambiar el mundo. Era una idealista sin remedio. Se interpuso en el camino de fuerzas demasiado poderosas para ella. Pero era consciente de lo que hacía y los que la conocían encontraron un poco de consuelo en esa certeza. Ella sabía lo que podía costarle. Y era un riesgo que estaba dispuesta a asumir.
Me noto repentinamente mareada y tengo que meter la cabeza entre las rodillas. Cuando cierro los ojos, veo la carita de Theo mirándome antes de que Pia me diera con la puerta en las narices. Ayer lo único que quería era sobrevivir a todo esto, pero entonces no sabía que hay otras maneras de morir, de morir por dentro. Noto la fría mano de Liddy en la nuca. Allí, temblando en el cuarto trasero de su casa e intentando no volver a vomitar, se me ocurren dos cosas. La primera es que, si lo que Liddy me ha contado es verdad, no fue justo por parte de mi madre arriesgar su vida y dejarnos huérfanos en una ciudad como Spira. ¿Qué opciones teníamos de sobrevivir, marcado por la Plaga como estaba Dek, marcados como estábamos ambos por ser hijos de una bruja convicta? ¿Con qué opciones nos dejó? La otra es que yo no tengo ni la esperanza ni el valor de mi madre. Yo he atisbado brevemente los poderes que se ceban con el resto de nosotros y no soy ninguna idealista: no soy más que una ladrona y una espía. Aun así, y al igual que ella, me he mezclado con fuerzas más poderosas que yo, y todavía no me han matado. Tal vez no sea capaz de cambiar el mundo, pero sé que soy condenadamente capaz de recuperar a Theo.
Se me pasa el mareo. Se me calma el corazón. Mis manos temblorosas se sosiegan.
Convoco una asamblea y, para el mediodía, estamos todos reunidos en el salón de Esme. Gregor está dándole otra vez a la petaca. Csilla juguetea con sus guantes. Esme está sentada como una estatua, con los brazos cruzados sobre el pecho y el rostro atormentado. Wyn sigue mirándome con sus ojos de cordero degollado mientras que Dek se ha convertido en un ceño de preocupación con patas.
—Lo que hice… no fue solo por dinero —digo e, inmediatamente, mi voz se torna suplicante—. Pia amenazó con matarme. Y lo habría hecho, no me cabe duda. Lo hecho, hecho está. Ahora, tengo otro encargo que no nos proveerá solo durante el invierno, sino durante mucho más tiempo.
—¿Ahora te dedicas a buscar encargos? —dice Gregor—. Que el Innombrable se apiade de nosotros.
—¿Qué sabes de mi último cliente? —le pregunto.
—Me apuesto lo que sea a que más que tú —evita la pregunta. Parece incómodo.
—Lo dudo mucho —respondo.
—Bueno, de acuerdo. He escuchado extraños rumores sobre él. Que es un ricachón amante de los libros, que posee su propia isla y que tiene algunas amistades un poco turbias. Pero mi contacto era Pia. Y sé que es mejor no entrometerse en sus asuntos.
—Pia no es más que una esclava —expongo—. Casimir es uno de los xianren.
Se hace el silencio y Wyn me dedica una breve carcajada.
—Has perdido la cabeza —me dice.
—Pregúntale a Liddy, si no te lo crees —digo—. Son tres. Y la señora Och también es una de ellos. Son capaces de hacer magia sin tocar una pluma. No sé mucho más sobre ellos, pero sé que son muy muy ricos. Y también sé que Casimir no era el único que iba detrás del niño. Agoston Horthy también lo buscaba. El pequeño tiene algo que hace que todo el mundo lo persiga. Casimir me ha pagado un buen montón de plata para secuestrar al crío, y me apuesto lo que queráis a que la señora Och pagará aún más para recuperarlo.
Pues… ya está dicho. Cierro los puños y me siento a esperar, con una postura rígida para evitar echarme a temblar. No puedo hacer esto sin ellos.
—Bueno —interviene Gregor con dureza—. Desconocemos los detalles. Hiciste lo que te pagaron por hacer. Pero ahora volver atrás y deshacerlo me parece bastante poco profesional.
—Tú has robado cuadros y luego se los has revendido a sus dueños — digo con toda la frialdad que soy capaz de reunir—. Esto es lo mismo.
—Esperad, esperad —interviene Dek—. ¿En serio estamos hablando de los xianren? Esto suena un poco…, bueno, ¿no es solo una vieja leyenda?
—Algunas viejas leyendas siguen vivas —murmura Gregor—. ¿Liddy está segura de ello?
—Completamente segura —digo.
—Esa tal señora Och… ¿ha requerido de nuestros servicios? —pregunta Esme.
Niego, sacudiendo la cabeza.
—Nunca ha oído hablar de nosotros. Lo único que sabe es que yo me llevé al niño. Si todos estamos de acuerdo, creo que deberíamos convocar una reunión. Tengo un plan, pero necesito que Gregor y Csilla participen en él.
—¿Y qué hay del resto? —pregunta Wyn—. ¿Nos necesitas?
—Aún no lo sé —respondo, evitando mirarle a los ojos—. Probablemente. Dependerá de la señora Och.
—No me gusta —dice Gregor—. No nos conviene enemistarnos con Pia. Y con Casimir, mucho menos. Nuestras vidas no valen nada.
—No estoy segura de que haya sido buena idea enemistarnos con la señora Och. O con Bianka —replico—. ¿Tú qué opinas, Csilla?
—¿La isla es bonita? —me pregunta, enroscándose un rizo alrededor del dedo.
—No tengo la más mínima idea —respondo.
—Lo de mezclarse con ese tipo de gente suena bastante peligroso. ¿De cuánta plata estamos hablando?
—Quizá sea incluso oro. Pero tenemos que reunirnos con la señora Och para que nos haga una oferta.
—Csilla, a mí esto no me gusta —dice Gregor.
—Venga, mandón, ¿qué hay de malo en convocar una reunión? —dice Csilla, sonriéndole—. ¡Y mira qué abrigo de pieles tan bonito se ha comprado Julia!
—Olvídalo, Julia —Gregor me mira con gesto implorante—. Ya tienes tu plata.
Niego con la cabeza. Él se me queda mirando sin decir nada, durante un minuto o dos, y luego alza las manos y se recuesta en su silla.
—¿Todo el mundo quiere involucrarse en esto? —pregunta. Mira a Esme —. ¿Tú quieres involucrarte en esto?
—Una reunión no puede causarnos ningún daño —dice repentinamente enérgica.
—Sí que puede —rezonga Gregor, pero no discutirá con Esme.
—Nos reuniremos en algún lugar seguro, neutral —dice ella—. Hablaré con Liddy. Podríamos usar su tienda. Está protegida.
Una vez que Esme ha hablado, el trato está hecho. Sale del salón sin mirarme siquiera.
Están de pie en el muelle, observando codo con codo cómo se aproxima un pequeño bote. Él casi le dobla la estatura, envuelto en un largo abrigo de pieles. Sus ojos atormentados no se apartan en ningún momento de la pequeña embarcación, como si pudiera atraerlo con el poder de su mirada. Y quizá pueda: ¿quién sabe de lo que es capaz? Ella viste un desgastado abrigo de muselina gris y lleva un pañuelo atado alrededor de la cabeza. Pequeña y cheposa, a simple vista parece la más débil de los dos, aunque sería un error pensar eso.
—Eres todo lo que me contaron que eras, y más aún —dice Casimir—. Has hecho todo lo que te he pedido. Y, si eres capaz de hacer esta última cosa, mantendré mi promesa.
¿Acaba la mujer de temblar levemente al oír sus palabras? Transcurre un segundo antes de que responda, pero su voz suena firme:
—Gracias, mi señor.
—Me pregunto cómo lo habrá conseguido —prosigue el hombre—. Yo no creía que fuera posible.
—Recibió ayuda, mi señor —dice ella.
—Pero ¿de quién? —pregunta Casimir—. ¿Quién, en este mundo, aparte de ti, sería capaz de algo así?
—Hay otros, aparte de mí, que podrían hacerlo —responde ella—. Pero tal vez no haya ningún otro capaz de deshacerlo.
—¿Estás segura, entonces?
—Lo estoy, mi señor. La naturaleza del recipiente no supone ninguna diferencia: ya sea un lago, un árbol o un niño, el proceso de desvinculación es exactamente el mismo.
—¿Cuánto durará?
—La desvinculación en sí una hora, quizá. Pero necesitaré algunos días para prepararla.
—¿No más de una semana?
—No más de eso, mi señor.
—Bien. Eso está muy bien.
—Mi señor, asumo que entiende que el recipiente no sobrevivirá a la desvinculación, ¿verdad? Para separarlos, o bien los textos o el recipiente deben ser destruidos.
—Lamento oír eso —responde él.
—Si desea que investigue otra vía…
—¿La hay?
—No, mi señor. No hay otra manera de hacerlo.
—Entonces, haz lo que tengas que hacer y yo honraré nuestro acuerdo.
—Sí, mi señor.
Ambos miran hacia el bote, que sube y baja a merced de las olas, cada vez más cerca: todo lo que han estado esperando y por lo que han estado trabajando se vislumbra finalmente ante ellos.