Julia desaparece
Capítulo 4
Lo que he averiguado en los últimos dos días es esto: primero, que dentro del maletín negro, el que el profesor Baranyi oculta en el compartimento secreto que hay detrás de los libros prohibidos, hay dos viales llenos de líquido (uno transparente y otro de color ámbar), cinco dardos huecos y un artefacto en forma de revólver que puede cargarse con esos mismos dardos. Segundo, que la habitación del sótano ocupada por el señor Darius está cerrada desde fuera. En otras palabras: quien lo encierra ahí no es él, sino otra persona. La puerta de madera ha sido sustituida por otra de acero y ahora está protegida por un sólido candado. Quizá unas manos expertas fueran capaces de abrirlo con una horquilla, pero yo no soy ninguna experta y no he conseguido hacerlo, a pesar de haberlo intentado dos veces. Y, tercero, que Frederick es un profesor nefasto. Es un alivio saber leer, porque, de no ser así, no estaría haciendo ningún progreso en absoluto. Y, aunque me considero bastante buena actriz, fingir que me cuesta aprenderme el alfabeto es bastante complicado. Él, sin embargo, está encantado con mis progresos y afirma que dentro de nada estaré leyendo a los clásicos. Florence sospecha muchísimo de mi nueva tarea de «clasificar libros» para Frederick, pero no se atreve a decirle nada. Probablemente piensa que tenemos una aventura.
A mediados de semana, sin previo aviso, nos dan la tarde libre a las tres.
—Tengo un visitante —nos dice la señora Och—. Necesitaremos privacidad.
Cosa que es extremadamente interesante, así que no tengo la más mínima intención de abandonar la casa. Sin embargo, Florence me sigue como un perro a todas partes, con una actitud inquietantemente amigable, hasta que consigue que me ponga el abrigo y las botas.
—Va a haber una purificación en el río, frente a los edificios del Parlamento —me susurra cuando estamos en la puerta, como si no lo supiera.
Chloe se encoge junto a ella, con unos ojos enormes y asustados.
—Ven con nosotras —dice Florence.
Tiene que mejorar su estilo a la hora de hacer invitaciones. Siento la tentación de contestarle secamente que no puede darme órdenes si tenemos la tarde libre y que tengo otros planes. Pero las dos parecen tan pálidas y ansiosas que la escena es casi patética.
—¿Habéis ido alguna vez a una purificación? —pregunto.
Chloe sacude la cabeza con vehemencia. Florence duda: se niega a admitir la menor de las lagunas en su experiencia.
—Mis obligaciones —dice— me mantienen demasiado ocupada para asistir a este tipo de actos.
—No hay mucho que ver —les digo—. Consiste en arrojar al río a unas cuantas brujas harapientas. A veces, con suerte, se produce alguna pequeña trifulca. Pero siempre termina de la misma manera: con las brujas en el río.
Florence asiente solemnemente.
—La señora Och —dice— me ha dado algo de dinero para que nos compremos panecillos dulces.
Está recurriendo al chantaje. Es como si las dos quisieran desesperadamente que las acompañase. Veo que no podré quedarme en casa, así que decido acompañarlas. Las perderé en algún momento y luego volveré sola.
—De acuerdo —accedo, y percibo lo aliviadas que están las dos—. Pero, sinceramente, creo que os va a decepcionar.
Cuando llegamos a la orilla del río vemos que ya hay reunida una multitud que llega desde el puente Molinda hasta la Meseta, ocupada por los obstinadamente prácticos edificios del Parlamento, junto a los terrenos del palacio. El palacio en sí queda oculto tras gruesos muros, pero desde el monte Heriot se atisban las puntas de sus elegantes chapiteles.
El cielo está despejado, pero en el viento ya se notan los dedos del invierno. Me doy cuenta de que Chloe y Florence llevan las botas prácticamente rotas y que sus abrigos ya han conocido muchos inviernos. Aunque la ropa que llevo no es algo de lo que poder presumir, mi abrigo era nuevo hace poco más de un año —lo adquirí tras un golpe a la casa de un rico coleccionista—, y Liddy me hace botas nuevas siempre que las necesito. Las sirvientas de la ciudad de Spira deberían aprender la lección: del crimen se vive mejor. Florence compra tres panecillos dulces en un puesto del puente y después yo las guío por los estrechos escalones que descienden desde la carretera hasta el sendero que discurre junto al río.
—¿No tendríamos mejores vistas desde arriba? —pregunta Florence mientras me sigue y mordisquea su panecillo. Tengo ganas de decirle que aproveche que todavía está caliente para comérselo. En realidad, lo que quiero es quitárselo de esas blancas manitas y comérmelo yo. Ya me he terminado el mío.
—Arriba hay demasiada aglomeración —respondo—. ¿Te sobra algo de dinero?
Ahora que estamos fuera de su territorio se muestra sorprendentemente pasiva. El trajín de la ciudad es mi elemento y, aunque no tenga manera de saberlo, es como si Florence de algún modo pudiera percibirlo. De repente, soy la que está al mando de la situación. Me tiende unos cuantos peniques, casi disculpándose.
Yo los cojo y le hago un gesto a un hombre que está fumando en una pequeña barca de remos.
—¿Tres peniques? —me dice con la ceja enarcada.
—Y la encantadora compañía de tres jovencitas —respondo con un guiño.
Me dedica una triste risa al oír el comentario, pero nos deja subir.
—¿Esto es seguro? —pregunta Chloe.
—Por supuesto que lo es —espeta Florence, con el rostro pálido.
Poco después, el sendero junto al río y la carretera sobre el puente están atestados y el río lleno de barquitas como la nuestra: cualquiera que tenga una embarcación intenta ganarse unos peniques ofreciendo mejores vistas a los espectadores. Yo coqueteo sin muchas ganas con nuestro hombre para que no decida dejarnos por alguien que le ofrezca más, pero no parece muy interesado y, al poco, enciende su pipa y se queda ensimismado.
Por fin, la alargada embarcación del gobierno se hace visible y la muchedumbre empieza a gritar y a lanzar cosas al río. Ojalá me hubiera acordado de traer un paraguas para protegernos de la lluvia de fruta podrida y desperdicios que está cayendo ahora mismo.
—¿Qué están haciendo? —grita Chloe, aterrorizada.
Florence se agarra con fuerza las dos manos sobre el regazo y empieza a agitar las aletas de la nariz, como si fuera a ella a quien estuvieran a punto de arrojar al río.
—Solo están emocionados —respondo—. Créeme, aquí estamos más seguras.
Es verdad. A veces las masas enloquecen un poco y hay gente que ha muerto a causa de la aglomeración y la estampida. Nuestro barquero rema perezosamente en círculos para que podemos ver a las brujas, que forman una fila sobre la cubierta. Llevan cadenas de plata alrededor de los tobillos, las muñecas y el cuello, en teoría para evitar que puedan usar magia. Las brujas no pueden conjurar hechizos a menos que los escriban antes, pero también poseen por naturaleza una gran fuerza, y el supersticioso temor que suscitan lleva a sus captores a encadenarlas con plata. Hoy son ocho. Solo una de ellas tiene verdadero aspecto de bruja: una vieja arpía de rostro arrugado y manos huesudas como garras que se aferran a las cadenas de plata que la sujetan. También hay una giganta de pelo claro y un horrible rostro que le saca unas cuantas cabezas a los guardias. Una bruja rolliza y de piel oscura solloza y cae de rodillas una, y otra, y otra vez; pero los guardias que hay tras ellas la obligan constantemente a ponerse de pie. En cuanto a las otras, la mayor parte parece de ese tipo de mujeres que uno podría encontrarse vendiendo sedas o pulseras en los mercados de la Maraña. Me parece curioso que siempre, en todas partes, las brujas convictas procedan de las clases más bajas. Hubo un año en que ahogaron por bruja a la esposa de un rico banquero, y la emoción que provocó tal acontecimiento conmocionó a la ciudad durante días, pero ese tipo de cosas no son muy comunes.
—Hay más guardias de lo habitual —comento con el ceño fruncido, al ver que ocupan toda la cubierta, todos vestidos de regio azul y blanco, con los revólveres preparados.
Un momento después, un hombre delgado vestido con un largo abrigo negro sale de la cabina del barco y trepa hasta la toldilla. La multitud ruge, lo cual a mí se me antoja como una reacción un tanto ambigua. Nunca le había visto antes en persona, pero le reconozco por su parecido con los periódicos: es Agoston Horthy, el primer ministro y probablemente el hombre más poderoso de Frayne, ya que se dice que el anciano rey Zey pasa sus días orando y ayunando, y tiene poca relación con los asuntos del Estado. Ahora entiendo por qué hay tantos guardias.
He oído a algunos ancianos contar que, durante su infancia, la gente tenía libertad para elegir a quién adorar y que las prácticas folclóricas formaban parte de la vida cotidiana en la Maraña. Pero aquella época pasó hace mucho tiempo. Agosto Horthy es el espía privado del rey, con la nariz siempre metida en cualquier recóndito lugar en el que puedan resurgir las prácticas de la Antigüedad. Llegó al poder hace veinte años, como joven heredero de una familia de terratenientes y fue elegido personalmente por el mismísimo rey, a quien ya empezaban a pesarle los años. Sus partidarios afirman que solía trabajar en el campo, hombro con hombro con los granjeros que labraban sus tierras, y que lleva a la gente sencilla muy dentro de su corazón. Otros solo recuerdan la crueldad de la que hizo gala cuando reprimió el Levantamiento loriano, y la severa línea de acción que ha mantenido desde entonces. Durante toda mi vida, el rey ha sido una figura vaga y sagrada que iba tornándose cada vez más anciana, canosa y difusa (y, por lo que todo el mundo dice, cada vez más santa), tras las paredes del palacio, mientras Agoston Horthy se erigía como el temible e inquebrantable capitán del barco del Estado.
En persona no parece tan imponente como lo pintan en los retratos. Es delgado y de corta estatura, y tiene un rostro arrugado y perruno, bolsas debajo de los ojos y vetas grises en el cabello. Las hombreras de su abrigo se ven desgastadas. De hecho, tiene el aspecto de un verdulero cansado, pero la impresión inicial se desvanece en cuanto habla.
—Al igual que vosotros, estoy aquí para dar testimonio —dice con una atronadora voz de barítono, sorprendente para esa complexión tan pequeña. La multitud calla inmediatamente—. Por la gloria del Innombrable y la seguridad de Frayne, no toleraremos ningún tipo de magia antinatural en el interior de nuestras fronteras. Con el rey Zey al mando, Frayne es una nación santa, una nación que se enorgullece del trabajo duro, la honestidad y la fe de sus habitantes, una nación que rechaza las creencias falsas y la magia maligna. Hemos trazado el camino y el resto de Nueva Poria ha seguido nuestro ejemplo. Es nuestro deber mostrar al mundo cómo debe comportarse una nación santa, pero, más allá de eso, es nuestro deber mantener a nuestros niños a salvo, protegernos a nosotros mismos y ser fieles a nuestros principios y al Innombrable. Estoy aquí para dar testimonio de cómo las aguas benditas del río Syne se llevan el veneno que nos amenaza a todos, que pone en peligro a nuestros niños: esta magia oscura, el terrible poder de las brujas —hace una breve pausa, se inclina hacia delante y dice—: No obtengo placer alguno de la muerte, de matar. Pero ¿qué haríais vosotros, madres y padres, para proteger a vuestros queridos hijos? ¿Os quedaríais, acaso, sin hacer nada? ¿No mataríais a quienes los han amenazado y consideraríais que es justo? Vosotros, el honesto pueblo frayniano, sois mis únicos hijos, y sin escrúpulos daré muerte a todos aquellos que pretendan haceros algún daño.
A continuación, se escucha una enérgica oleada de aplausos. Me preocupa que Florence se caiga por la borda de lo fuertes que son los suyos. Ha sido una magistral pieza de oratoria, entregada con una envoltura de absoluta sinceridad. Agoston Horthy inclina la cabeza, entrelaza las manos frente al mentón, cierra los ojos. Diría que tiene lágrimas en las mejillas, pero desde aquí es difícil de distinguir. Un santo rainista, completamente vestido de blanco, pronuncia una bendición mientras su devoto enciende una antorcha para demostrar que las mujeres son brujas. Una de ellas, de cabello castaño y un poco más joven que el resto, está inmóvil, aunque está al lado de la que no deja de sollozar y caer de rodillas al suelo. La observo mientras el santo rainista da la orden y su devoto va acercando la antorcha llameante al brazo desnudo de cada bruja, de una en una.
Un par de ellas gritan y fingen quemarse, y la muchedumbre ríe. El devoto mantiene la antorcha sobre su brazo durante más tiempo para demostrar a la concurrencia que no se queman. Todos gritan y patean el suelo. Me parece oír un sonido extraño que viene de Chloe, o quizá de Florence, pero estoy demasiado entretenida observando a la bruja de cabello castaño. Cuando la antorcha la toca, no se mueve. Cierra los ojos.
Alguien grita: «¡Cógelo, Agnes!» y un pequeño y fino objeto surca el aire. Quienquiera que lo haya lanzado está intentando huir ahora de la horda, pero ya lo han atrapado, y le están dando una paliza sin saber aún lo que ha hecho.
La giganta y otra bruja, que podría ser Agnes, pero que quizá no lo sea, se abalanzan a la vez sobre el objeto. Se oye un disparo y la giganta se tambalea mientras una mancha de color rojo surge en la pechera de la camisa masculina que viste. Cae contra la barandilla del barco. Nuestro barco se ha acercado tanto que nos encontramos mirando directamente a su rostro, contraído por la ira.
—Una pluma —dice con voz ronca, como si nos la estuviera pidiendo a nosotras.
Supongo que eso es lo que han lanzado, pero ninguna de las brujas consigue alcanzarla. La giganta es empujada de vuelta a la fila, sangrando a mares. Se nota que le cuesta mantenerse en pie, pero un tiro no basta para matar a una bruja. El ahogamiento es el método más eficaz, porque ninguna bruja es capaz de nadar, ni siquiera de flotar. El agua es su mayor enemigo; el fuego, su aliado.
No es más que un poco de drama para animar la purificación. Hace un año, aproximadamente, una bruja consiguió romperle el cuello a un guardia antes de que la dispararan tres veces y la lanzaran por la borda. Aún recuerdo el horrible chasquido, la expresión de su rostro mientras le retorcía la cabeza. Agoston Horthy contempla la escena con rostro hierático, con una mano sobre su propia arma, y el santo divaga un poco sobre cómo el Innombrable nos está mostrando su gracia por cumplir con Su voluntad. Mientras tanto, el hombre que ha lanzado la pluma es golpeado por la multitud hasta que los golpes lo reducen a un bulto sangrante e inmóvil en la orilla del río. Yo me fijo de nuevo en la joven bruja, que tiene los ojos y la boca cerrados y los puños apretados. Siento como si tuviera algo en el pecho, una presión insoportable.
Algunas de ellas se resisten, pero ahí, en la borda del barco y con una fila de soldados a sus espaldas, no hay ningún lugar adonde huir. Las empujan al agua sin orden ni concierto, y sus ropas aletean, gritando o en silencio. La joven bruja se abraza a sí misma con fuerza y cae. Se hunde como una piedra, igual que todas las demás. La concurrencia grita con un ensordecedor estruendo. Hace nueve años contemplé cómo mi madre moría de esta misma manera.
Yo también jaleo hasta quedarme ronca.
Esto es lo que recuerdo: mis padres estaban enamorados y eran infelices. Mi madre era lavandera y, para sacarse un dinero extra, a veces leía las manos. Aunque la mía se negaba a leerla.
—Casi todo son patrañas —decía alegremente—. Las líneas de tu mano pueden indicarte el camino, pero con toda certeza pueden también desviarte de él.
La colada de otra gente siempre estaba tendida en el patio de ladrillo que había fuera de nuestro apartamento y, cuando éramos muy pequeños, Dek y yo solíamos jugar al escondite entre las grandes sábanas blancas y la desgastada ropa interior de los residentes de la ciudad de Spira. Mi padre había sido un jinete famoso antes de nacer nosotros, pero mi hermano y yo solo llegamos a conocer su faceta de adicto al opio.
Mi madre era bastante guapa, con su piel olivácea y su densa melena, pero cada vez me cuesta más recordar su rostro con exactitud, sus proporciones y expresiones. Lo que sí que recuerdo mejor son sus manos, tanto su tacto como su aspecto: pequeñas, morenas, callosas, hábiles y astutas, manos siempre en movimiento. Las recuerdo doblando recortes de papel con formas de animalitos para entretenernos, deshaciendo los nudos de mi melena con el peine, cortando pan, vertiendo leche, acercándose a mi rostro para limpiarme una mancha. Recuerdo cómo gesticulaba cuando mi padre y ella discutían, sus manos como dos cuchillos gemelos que cortaban el aire. El aire quedaba después hecho añicos, pero nada había cambiado.
Si alguien nos preguntaba, respondíamos con orgullo: «Nuestra mamá es Ammi, la lavandera». Así la llamábamos, así la llamaba todo el mundo, pero todos sabíamos que era mucho más que eso. A veces, se marchaba durante días enteros y, cuando volvía, sus manos se movían aún más rápido de lo habitual y sus ansiosos dedos no paraban quietos. A media noche aparecían personas encapuchadas hablando en susurros y le entregaban mensajes que ella luego quemaba en la cocina. De día, los vecinos de la Maraña se golpeaban levemente el ala del sombrero para saludarla, le hacían buenos precios en el mercado, le gritaban: «¡Buen día, Ammi!» desde la otra punta de la calle. Los matones del barrio asentían con la cabeza cuando la veían pasar. Las viejas cotillas que lo sabían todo de todos siempre tenían cosas que susurrarle al oído. Ella estaba en el núcleo de todo, profundamente conectada con cada latido de la Maraña, con lo que era secreto y con lo que no lo era tanto. Pero, sobre todo, la gente la respetaba y la apreciaba. A mi padre le dieron muchas más oportunidades de las que se merecía por ella.
Mi padre se llamaba Jerel. Lo recuerdo riéndose de nada en un rincón de la habitación y durmiendo en las escaleras y prometiéndole a mi madre, a nosotros, al casero, a los cocheros de la calle que iba a dejar el opio y a conseguir un trabajo decente.
—No le creas —me dijo Dek, y no lo hice.
Aunque durante años mi madre sí que lo creyó. O quizá no lo hiciera, quizá solo estuviera fingiendo creerle, pero, de todas maneras, se quedó con él. Creo que en algún momento debió de ser un hombre apuesto, pero hacia el final ya no quedaba mucho de la persona que fue.
La mayor parte del tiempo Dek cuidaba de mí, aunque solo tenía tres años más que yo. Estábamos todo el día correteando libremente por ahí con los demás niños, pequeñas pandillas de gamberros de la Maraña, y siempre volvíamos a casa cogidos de una oreja o con unos buenos azotes de parte de quien fuera que hubiéramos estado molestando aquel día. Descubrí muy pronto que había un espacio secreto al que podía retirarme, una especie de parte trasera de mí misma, un lugar difuso, como un bolsillo del mundo en el que podía introducirme y donde nadie me veía. Dek se dio cuenta de lo que podía hacer y me dijo que lo mantuviera en secreto y no se lo dijese a nadie. Así que fui cuidadosa y mantuve oculto mi don especial. Mi secreto. Me gustaba tener un secreto y, de alguna manera, tenía sentido que fuera peligroso. Quizá esta habilidad se deba a que mi madre era una bruja, pero yo no lo soy. Me quemo como la que más y soy buena nadadora. En mi mano, una pluma no es más que eso: una simple pluma incapaz de ejercer magia alguna.
Aún era muy pequeña cuando comprendí la verdad sobre mi madre. Por supuesto, sabía qué eran las brujas: viejas malvadas que te hervían y se comían tus tripas para cenar. Adoradoras de los Oscuros que vivían bajo Tierra, en el Kahge. Fuego en las venas en lugar de sangre, seres sin alma.
Estábamos en la calle, lanzando piedras a las ratas, que aquel verano eran numerosísimas, cuando alguien gritó por una ventana:
—¡Redada! ¡Soldados! ¡Redada!
Todos nos dispersamos, cada uno rumbo a su casa. Dek y yo subimos corriendo las escaleras del pequeño apartamento que nuestros padres tenían justo encima de la lavandería. Olía a cardamomo quemado. Nuestra madre estaba sentada en la mesa, garabateando torpemente sobre un trozo de papel. No sé dónde había aprendido a leer o a escribir, y, aunque no se le daba muy bien, aquello por lo visto era suficiente, tal y como se vio más tarde. Tenía la cara sofocada y ligeramente húmeda.
—Hay una redada —dijo Derek, casi enfadado.
—Ssshhh —dijo ella, levantándose. Echó el papel en el que había estado escribiendo a uno de los fuegos de la cocina de gas y se volvió hacia mí con la pluma y el tintero.
—Ve a esconder esto fuera del edificio —me dijo—. Date prisa. Que no te vean.
A veces miro atrás y pienso que lo sabía. «Que no te vean». Por eso me entregó las cosas a mí y no a Dek, que era mayor que yo.
Rebosante de orgullo, salí corriendo del edificio y hacia la calle. Los soldados venían desde la esquina, una hilera tras otra, deslumbrantes con sus uniformes blancos y azules. Calzaban unas relucientes botas altas, llevaban espadas en la cintura y rifles a la espalda. Yo me recosté contra la pared y me refugié en mi pequeño espacio secreto para evitar ser vista. Los soldados iban dividiéndose en grupos más pequeños frente a cada edificio y entraban por la puerta de tiendas y apartamentos. Dos subieron las escaleras hasta el nuestro, dando fuertes pisotones con sus magníficas botas, agitando en la carrera los penachos de los sombreros. Yo empujé la pluma y la tinta dentro de la tubería de un desagüe, lo más profundamente que pude, y subí corriendo las escaleras tras ellos.
El olor a cardamomo quemado quedaba oculto por el perfume de mi madre, que lo había rociado por toda la habitación. Cuando los soldados entraron con las blancas plumas de sus sombreros rozando el techo, nuestro apartamento me pareció de repente pequeño y triste. Uno de los soldados era bajito y rechoncho, con papada y ojos amables. El otro tenía una boca como un buzón y estaba registrando nuestras pocas pertenencias.
Dek parecía asustado e inseguro junto a nuestra madre, pero ella sonreía a los soldados y se acariciaba a propósito el pelo con la mano.
—Sus documentos, señora —dijo el soldado corpulento.
—Por supuesto.
Nuestra madre atravesó la habitación y extrajo un ladrillo de la pared. Detrás había una pequeña caja de lata que sacó y abrió para entregarles después los documentos que había dentro.
—También están los de mi marido —dijo—. Ahora está en el trabajo.
—¿En qué trabaja? —preguntó el soldado, inspeccionando los papeles.
—Es carpintero —mintió ella suavemente.
—¿Este es su hijo? —preguntó, señalando a Dek.
Yo me había hecho desaparecer junto a la puerta.
—No —dijo—. Este es Benedek, un chico de los recados. Creo que vive en una calle de más arriba. ¿Me puedes recordar quiénes son tus padres, cielo?
Dek se la quedó mirando boquiabierto. Ella hizo un gesto con la mano, como para quitarle importancia.
—Rosalie Swan —respondió ella—. Ya me acuerdo. A dos calles de aquí —y, con un audible susurro, añadió—: No tiene padre.
Pero a los soldados aquello no les interesaba.
—Nada —dijo Bocabuzón después de rebuscar entre todas nuestras pertenencias, que no eran muchas.
—Bueno —dijo el soldado corpulento, incómodo—. Supongo que podemos proseguir.
—Pero tenemos que comprobarlo —dijo el otro, sacando un librillo de cerillas.
—Sí, supongo. Mis disculpas, señora. Ya sabe, son órdenes. ¿Sería tan amable de darme la mano, por favor?
—¿La mano? —parecía alarmada mientras retrocedía levemente—. ¿Qué está pasando?
—Lo siento, señora —dijo el rechoncho. Bocabuzón se acercó y la agarró del brazo. Ella reprimió un grito, pero no se resistió cuando el rechoncho sacó el librillo de cerillas y encendió una.
—Oh, por favor, no —sollozó.
Bocabuzón le dio un fuerte tirón del brazo, pero luego se tambaleó cuando Dek embistió contra él. Yo también corrí hacia él, con intención de sacarle los ojos, pero el soldado lanzó a Dek contra mí y los dos acabamos rodando por el suelo.
—¡Pequeñas bestias! —dijo Bocabuzón mientras mi madre dejaba escapar un chillido.
—Se quema —dijo el rechoncho con la cerilla encendida en la mano. Un verdugón rojo empezó a asomar en el dorso de la mano de mi madre.
—¡Bárbaros! —gritó ella, llevándose la mano al pecho.
—Lo siento, señora —dijo el rechoncho.
—¿De dónde ha salido esta? —Bocabuzón me señaló con el pie.
—Ni idea —replicó mi madre, furiosa—. ¡Fuera de aquí, los dos! —ahora se dirigía a Dek y a mí.
Corrimos hacia la calle, tiritando a causa de los sollozos. Los soldados nos ignoraron y se unieron a la fila que ya empezaba a desaparecer por nuestra calle, de la que no se llevaron a ninguna bruja. Escuchamos después, sin embargo, que habían arrestado a cuatro de la Maraña, entre ellas a Ma Rosen, que vendía bollos de canela en la plaza Fitch. Fueron ahogadas pocos días después.
Cuando Dek y yo volvimos al apartamento más tarde, mi madre parecía incluso más cansada de lo habitual.
—¿Qué querían? —grité, aunque Dek ya me lo había explicado.
—Solo eran soldados haciendo fechorías —respondió.
—¡Los odio! —declaré.
Ella me sonrió con ironía.
—Yo también.
—¿Por qué les dijiste que no éramos tus hijos? —quiso saber Dek, que seguía dolido.
Nuestra madre se acercó a nosotros y nos atrajo hacia ella en un abrazo.
—Porque, cuando tienes un enemigo, nunca debes permitir que sepa qué es lo que más quieres. O a quién.
Yo me acurruqué contra ella, respirando su jabonoso aroma y las leves notas de cardamomo quemado que se mezclaban con su perfume. El corazón me latía desbocado, pero nunca le dije a Dek algo que él también debió de notar: la ampolla de su mano había desaparecido y su piel estaba lisa, como si jamás la hubiera tocado el fuego.
La siguiente vez que olí aquel aroma fue cuando Dek enfermó de la Plaga. La recuerdo echada sobre su cama, su caligrafía infantil en las hojas de papel dispersas por el suelo, el tintero casi vacío. Susurraba algo una, y otra, y otra vez mientras escribía, y el aroma a cardamomo quemado tornaba la atmósfera pesada. Me mandó a comprar más tinta. Yo no tenía dinero y ella me dijo que lo robara, así que eso hice. Luego me mandó lejos, con aquella tía del campo.
Cuando regresé, Dek estaba medio ciego y tullido, pero seguía siendo Dek. Y seguía vivo. Supongo que para entonces yo ya lo sabía, pero no dejaba que la idea aflorara entre mis pensamientos. Las brujas eran malvadas, y mi madre no lo era.
Pero sí que era una bruja. Unos meses más tarde, Agoston Horthy ofreció una recompensa de diez freyns de plata a cualquiera que delatara a una bruja. Aquella era una suma disparatada para la mayor parte de los vecinos de nuestro barrio, así que después de aquello empezaron a celebrarse purificaciones durante todos los días durante semanas. No sé quién la delató. Vinieron de noche, entraron a la fuerza en nuestro apartamento y la sacaron de la cama. Un soldado me rompió un diente de un puñetazo cuando intentaba detenerlos. Me desplomé en los brazos de Dek, tragando mi propia sangre, y contemplé cómo sostenían la llama contra su brazo. Se quedó inmóvil y nos dedicó una mirada imposible de interpretar cuando se la llevaron a rastras por las escaleras.
Nuestro padre lloró, pero no hizo nada, y desapareció de nuestras vidas al día siguiente. Nunca más volvimos a verlo. Supongo que lo único que lo mantenía a nuestro lado era ella y no nosotros. Aunque no debería habernos sorprendido, lo cierto es que nunca esperas que un padre vaya a abandonarte, aunque como padre sea un completo inútil.
Cuando volví a verla estaba en ese barco, igual que hoy, aún con el camisón puesto frente a una horda enfervorecida que le gritaba movida por el odio. No tembló, ni tampoco se debatió. Escrutó la multitud, quizá buscándonos a nosotros, pero no nos vio. Cayó al fondo del río y allí se ahogó.
Dek pedía limosna, yo robaba. Cuidábamos el uno del otro. Nos unimos a una banda de niños que cruzaban el río hasta la Scola o hasta el monte Heriot para sisar a los transeúntes. Un trabajo fácil para alguien como yo. Estaba robando manzanas en el mercado cuando una voz a mis espaldas me dijo:
—Tienes un talento interesante, mi niña.
No debería haberme visto nadie. Me volví y así fue como tuve mi primer e inesperado contacto con el rostro de Liddy.
—Creo que conozco a alguien a quien podrías serle útil —dijo el rostro.
Chloe vomita en el sendero junto a la orilla en cuanto bajamos de la barquichuela. Después se queda allí, en cuclillas, lloriqueando.
—No debes sentirte mal —le espeta Florence con rudeza—. ¡Se ha cumplido la voluntad del Innombrable! Eran criaturas del mal y hemos librado a la Tierra de su presencia. ¡No está bien compadecerlas!
—¡No las compadezco! —solloza Chloe—. ¡No lo hago!
La propia Florence está blanca como una hoja de papel: no es tan dura como a ella le gusta pensar.
—La primera vez impresiona —digo.
Florence parece bastante aliviada con mi comentario.
—¿Lo ves? —le dice a Chloe—. Es muy normal sentirse afectado. Recomponte.
—Quizá deberíamos comprar más panecillos dulces —comento lacónicamente; pero ninguna tiene dinero y me va a ser prácticamente imposible robar una cartera delante de ellas.
—¿Has visto muchas purificaciones? —pregunta Florence.
—Voy a todas —respondo sin pensar.
Parece impresionada y me pregunta algo, pero no la escucho. Siento como si alguien me hubiera perforado el corazón con una bayoneta. Porque arriba, en la calle, acabo de ver a Wyn. Solo un segundo, un destello: Wyn riendo con una botella de algo en la mano y una chica de melena negra cogida del brazo. También la reconozco a ella: Arly Winters, la haragana hija del herborista. Se supone que debería estar aprendiendo la profesión de su padre, pero, en vez de eso, se dedica a posar desnuda en clases de Arte. Tiene unos hoyuelos muy graciosos y una figura envidiable.
—Vamos —digo mientras tiro del brazo de Chloe para levantarla del suelo.
Subo las escaleras corriendo y ambas me siguen, pidiéndome a gritos que las espere. En la calle, ya no puedo verle. Me abro camino entre la multitud, buscándole nerviosa, con el corazón desbocado, pero no sirve de nada. Me digo a mí misma que me lo he imaginado. He perdido a Chloe y a Florence, así que robo otro panecillo. Aun así, soy incapaz de detener el doloroso golpeteo del corazón en mi pecho. ¿Wyn y Arly? No. No. Pum. Pum.
Debería volver a la casa e investigar quién está visitando a la señora Och, por qué quería que nos fuéramos. Cuando la multitud empieza a dispersarse, oigo que un policía le dice a un caballero de traje oscuro:
—… deberían haber sido nueve.
—¿No estará diciendo que se ha escapado una de Hostorak? —dice el hombre.
Yo aminoro la marcha, me acerco, desaparezco.
—No, no de Hostorak. ¡De camino al río! Han conseguido dar el cambiazo de alguna manera. Había una chica corriente encadenada, declarando su inocencia. Un guardia se dio cuenta de que no la reconocía, le acercó una cerilla y se quemó. Aún la tienen cautiva, están intentando averiguar qué ha pasado. Pero, por ahora, les falta una bruja.
—¡Increíble! —dice el hombre del traje.
—Ha sido algo antinatural, en eso estamos de acuerdo —comenta el policía—. No podría haber sucedido de otro modo. Están bajo la vigilancia de los guardias desde que salen de la cárcel hasta que entran en el barco, cada segundo.
—Eso demuestra lo importante que es ahogar a todas y cada una de esas malditas, ¿no le parece? —dice el hombre—. Si se organizan de nuevo, ¡quién sabe de qué serían capaces! ¡Nos convertirían a todos en sus esclavos, por todos los santos!
—Terrorífico panorama, cierto es —murmura el policía.
Camino durante el resto del recorrido de vuelta a la calle Mikall. Ahora la ciudad está tranquila, la mayor parte de los transeúntes siguen concentrándose junto al río. La fachada principal le da a la casa de la señora Och un aspecto bastante amenazador, piedra gris, una verja negra de hierro y unas ventanas que parecen unos fríos ojos reflectantes, la puerta cerrada para mí. Me cuelo por la verja y me dirijo hacia la puerta lateral, situada junto a la letrina exterior, y consigo llegar a la trascocina. La casa está tranquila y en silencio, y en la trascocina hace frío. Esperaba encontrar a los visitantes en el salón, pero la habitación está vacía. Al subir las escaleras, oigo voces procedentes de la sala de lectura de la señora Och.
La puerta está cerrada. Acerco el ojo a la cerradura, pero no veo mucho más que las piernas del profesor Baranyi, enfundadas en sus pantalones.
—… una carta para mi amigo en Tulles —está diciendo la señora Och—. Desde allí, puede hacer las gestiones necesarias para conseguir que cruces la frontera.
Una voz amortiguada que protesta.
—En Sinter hablan frayniano —dice el profesor Baranyi, que es al que mejor se escucha, al estar más cerca de la puerta—. Hace más frío que en Frayne, pero Zurt es una ciudad encantadora, y allí estarás a salvo, que es lo primordial.
Se escucha de nuevo la misma voz amortiguada, ahora con tono molesto. Esta vez, la réplica la da la señora Och, pero solo capto algunas palabras sueltas. Algo sobre unos contactos y ayuda. A continuación, oigo que alguien se acerca a la puerta.
Me apoyo contra la pared y me desvanezco lo más rápido que puedo. El que sale es Frederick. Lo acompaña, cogida del brazo, una mujer de mediana edad envuelta en un chal gris, con los ojos enrojecidos.
—Todo saldrá bien, señora Sandor —le dice en voz baja cuando pasa junto a mí—. Pueden parecer bruscos y excéntricos, lo sé, pero ya han hecho esto antes y son buenas personas. Se ocuparán de usted.
El profesor Baranyi los sigue y cierra la puerta tras de sí. La señora Och se queda en la sala de lectura. Una hora después, un carruaje eléctrico de alquiler llega a la casa. La mujer, vestida ahora con ropas muy elegantes y un bolso de viaje de tela fruncida, cual dama en un viaje de placer, se mete dentro y desaparece.
Señora Sandor. Jahara Sandor – Hostorak 15c. Si la señora Och ayuda a las brujas a salir del país, necesito alguna prueba más allá de lo que he escuchado espiando. Me vienen a la mente las listas de nombres y lugares del despacho del profesor Baranyi. Voy a tener información interesante que incluir en mi próximo informe, pero la verdad es que la idea no me produce ningún placer. Solicito que me excusen de mis tareas vespertinas, alegando una jaqueca, y me voy temprano a la cama, pero soy incapaz de dormir. Tendida en mi camastro, contemplo la pintura desconchada del techo, imaginando que mi madre hubiera podido escapar de su fría muerte para refugiarse en Zurt, o en cualquier otro lugar. Podríamos habernos reunido allí con ella. Aparto el pensamiento de mi mente. Sigo despierta cuando Florence y Chloe vienen a la cama; Florence lo hace murmurando algo sobre cómo hay gente a la que le gusta mucho haraganear. Me paso la noche entera en duermevela, preguntándome quién es en realidad la señora Och y para quién estoy trabajando.