Julia desaparece
Capítulo 16
La habitación está llena de un humo amarillo. O quizá sea su mente la que está llena de humo. Sus pensamientos se mueven lentamente a través de él. No puede ver, no puede moverse. Puede pensar, muy lentamente: «Muévete». «Lucha». Pero tan solo son palabras que pasan por su mente, tan distantes de la realidad como lo están los sueños. Puedes soñar que estás caminando por una calle al atardecer, observando cómo los murciélagos revolotean sobre tu cabeza, pero en realidad solo estás tendido en tu cama, quieto como un muerto.
Ella está escribiendo con fuego sobre su piel. La plata no es nada. Podría combatir su efecto si no fuera por las cosas que ella le escribe en la piel. Cosas que lo paralizan, lo petrifican, lo despojan de sí mismo. Ella trabaja con rapidez, con actitud distante y profesional, como si fuera un médico realizando una cirugía sencilla.
—Casi he terminado —podría decirle para consolarlo.
Entonces, el humo amarillo se disipa y ella concluye. Puede ver el techo y una silla tirada en el suelo. Cree que fue él quien la tiró, cree que intentó resistirse, antes del humo.
—Quiere verte —dice ella—. ¿Quieres que le llame? ¿Que le diga que estás preparado?
Las sábanas están medio arrancadas de la cama. En esta habitación ha habido resistencia. Está tendido en el suelo y siente la lengua demasiado grande para su boca. El humo ha desaparecido, pero el lugar de su cuerpo donde ella ha escrito, en el hombro, está ardiendo.
—¿Puedes levantarte? —pregunta ella.
Luego, la mujer suspira y sale de la habitación.
Minutos, horas, días, apenas hay diferencia ya entre ellos. Y, entonces, un par de botas junto a su cabeza, el dobladillo ondulado de una capa. Se obliga a alzar los ojos hacia donde la cabeza de Casimir casi roza el techo y lo mira con el ceño fruncido.
—Parece que has intentado causarle algunos problemas a Shey esta mañana —dice Casimir.
Tantea con su lengua para ver si es capaz de hablar.
—Fffff… —es lo único que consigue decir.
—No me habías contado que habías sido padre hace poco —dice Casimir —. Has sido demasiado listo. La bruja es preciosa, también hay que reconocerlo. Pero tienes que evitar enamorarte de brujas. Nunca termina bien.
Destrozar la habitación, hacer añicos las paredes, liberar su furia sobre Casimir. Pero está completa, absolutamente derrotado. No era consciente de que podía quedarse tan desarmado. De que este lugar entre la vida y la muerte existía. De que tal desesperación fuera siquiera posible.
Casimir se inclina para examinar lo que Shey ha escrito en su hombro.
—Vaya, vaya —murmura—. A veces me pregunto si yo mismo no debería tenerle un poco de miedo. Bueno, se te pasará, y volverás en ti dentro de poco.
Se le pasa. Y, cuando puede volver a moverse, se levanta del suelo en medio de grandes dolores. Endereza la silla. Hace la cama. Llora.
Nadie vuelve a intentar fingir en mi presencia que vivimos en una casa normal y corriente. En todas las puertas y ventanas hay pegados pequeños rollos de papel escritos con un alfabeto desconocido. Del techo y de los lugares más insospechados cuelgan pequeños saquitos de hierbas y quién sabe qué más. La casa apesta a magia.
No sé qué hacer con mi vida, más allá de seguir trabajando. La señora Freeley, irónica, me obsequia con una excepcional sonrisa, cuando aparezco en la trascocina bien entrada la mañana.
—¿Has dormido bien? —pero lo dice sin malicia.
Ella misma se muestra impertérrita. No le pregunto qué sabe, qué ha decidido aceptar al vivir aquí. La ayudo con los preparativos del almuerzo, y luego sirvo el capón asado, las patatas cortadas en rodajas y los espárragos; después vierto sidra en las copas de todos los comensales. La señora Och aún sigue en su habitación y su sangre sigue desparramada por todo el pasillo del piso superior. Frederick tiene el rostro amoratado y la cabeza vendada. Theo está adormilado en el regazo de Bianka. Nadie habla demasiado. Tanto el profesor como Frederick llevan cartucheras abrochadas al pecho donde portan sendos revólveres.
Estoy recogiendo los platos del almuerzo cuando me percato de que los papelitos que hay junto a la ventana están empezando a humear y a consumirse.
—¡Frederick! —grito, pero ya está en la puerta, mirando hacia el exterior.
Me escabullo en dirección al salón y miro por la ventana. Veo de refilón un carruaje eléctrico que se detiene frente a la verja. Entonces, una espesa niebla desciende como una cortina, y no soy capaz de ver nada más.
—Carruaje —dice Frederick, llamando a la señora Och.
—Los recibiré en la puerta —responde ella, bajando las escaleras. Está vestida y camina erguida, con el pelo recogido hacia atrás, como si nadie la hubiera atravesado con una espada mística la noche anterior.
—Quiero a Bianka y Theo en el túnel del sótano con el señor Darius. Dele a él un arma y a ella una pluma. Luego venga a mi sala de lectura con el profesor.
¿Túnel del sótano? Esta casa tiene muchos más secretos de los que yo he llegado a descubrir.
Cuando llega a la puerta, entre la niebla se abre un sendero. Del carruaje salen dos siluetas que avanzan por el pasadizo que se ha abierto en medio de la bruma. Subo corriendo las escaleras antes que ella y me dirijo directamente a su sala de lectura. No vale la pena desaparecer aquí —la señora Och me vería—, pero puedo esconderme, como un espía normal y corriente. Miro desesperada alrededor de la habitación, porque no parece haber muchos lugares en los que ocultarse. Escucho voces abajo. Aparto unos grandes tomos de consulta de un armario que hay debajo de la estantería y los escondo detrás de las cortinas. Luego vuelvo corriendo al armario. Durante un horrible segundo, creo que no voy a caber dentro. Los escucho en el pasillo y tengo miedo de que entren y me pillen con medio cuerpo dentro del armario y el otro medio fuera, pero consigo embutirme en su interior y cierro la puerta delicadamente justo cuando ellos entran, dejándome una rendijita abierta para poder mirar.
Oigo el crujido que hace la silla de la señora Och cuando se sienta en ella. Alcanzo a ver los pantalones y los zapatos del profesor y de Frederick junto a la puerta y otros dos pares de piernas junto a las de ellos: las de un hombre alto y las de otro bajo. Empujo la puerta del armarito para abrirla un poco más.
—Quería preguntarle al amo del Gethin por qué ha enviado a su criatura a mi casa —dice la señora Och—. Pero, ahora que te tengo frente a mí, lo que me pregunto es cómo es que eras tú quien lo controlaba.
—Digamos que lo heredé —dice una profunda voz masculina. Una voz que conozco—. ¿Está muerto?
—Está muerto —responde la señora Och—. Tal vez debería haberme imaginado que se trataba de ti cuando escuché que te encargabas de que las familias de las víctimas estuvieran bien cuidadas. Aun así, me sorprende lo selectiva que es tu culpa. Hay muchos otros en la ciudad de Spira que lo han perdido todo, que han muerto, por tu causa, aunque tu implicación sea menos directa.
—Mi poder es limitado. Hago lo que puedo para proteger a los inocentes. A veces la maldad solo puede ser combatida con maldad.
Estoy intentando ubicar la voz: su resonancia, su acento rural. Me resulta tan familiar… Aplastada como estoy dentro del armarito, desaparezco y empujo la puerta para abrirla un poco más, lenta y cuidadosamente. Veo los tobillos de la señora Och, el doblez de su vestido. La abro todavía más, retorciendo el cuello, y casi se me escapa un grito de sorpresa: allí, en medio de la sala de lectura de la señora Och, vestido con el mismo abrigo desgastado que lleva a las purificaciones, está Agoston Horthy. Un hombre ataviado con un largo abrigo, con una onda de cabello gris y un ojo amarillo respalda con su altura al primer ministro. Un parche le cubre el otro ojo. Frederick y el profesor están en la puerta, ambos armados, pero la conversación tiene lugar exclusivamente entre Agoston Horthy y la señora Och.
—Llevo mucho tiempo desconcertado con usted, señora Och. Se ha esforzado mucho por ayudar a los inocentes, los indigentes y los desvalidos, y la he admirado por ello. Y también se ha esforzado por ayudar a los malvados y los vengativos, los criminales y los herejes, y la he odiado por ello.
—Tenemos diferentes métodos de categorización.
—Supongo que sí. Pero yo tengo un país del que debo preocuparme, y usted solo tiene sus propios intereses. La he dejado en paz durante veinte años. Suponga que ahora mismo ordenara a mis soldados que rodearan su casa y la llenara de investigadores. ¿Qué encontraría?
—Muy poco, porque no sabrían cómo buscar.
—Su hermano Casimir me advirtió hace tiempo de que convertirla en mi enemiga sería un desperdicio de recursos.
—¿Qué quiere de mí?
—Usted oculta a una bruja y a su hijo. Quiero que me los entregue.
—¿Y por qué envió al Gethin en lugar de, simplemente, pedírmelo?
—Se lo estoy pidiendo ahora.
—Bueno, ya que estamos jugando a las suposiciones… Supongamos que una mujer con un niño pequeño hubiera venido a mí pidiendo ayuda porque alguien la estuviera persiguiendo. Supongamos que dedujimos que quien la estaba persiguiendo era el Gethin. Y que, aun así, no supiéramos quién enviaba al Gethin, ni tampoco por qué lo estaba haciendo. Supongamos que hubiéramos metido a la mujer y a su hijo en un tren con dirección a Sinter, o quizá en un barco con destino a Ingle. Supongamos que pudiera darle su dirección, si fuera usted capaz de convencerme de que su causa es justa.
—La bruja me preocupa menos que el niño. ¿Sabe usted quién es el padre de ese chiquitín?
—Sí.
—Mi hombre, aquí presente, ve muy bien con un solo ojo y lo mantiene atento a ciertos asuntos que tienen lugar dentro de mis fronteras. Asuntos impredecibles. Como usted. Su hermano Gennady ha estado en Frayne hace poco tiempo.
—Algo he oído.
—Se hizo pasar por un payaso que hacía extraños y subversivos espectáculos por el sur. Luego desapareció. Pero tenemos ojos y oídos en todas partes, y, aunque no pudimos encontrarlo a él, sí que pudimos dar con la bruja. El pequeño tiene un parecido asombroso con su padre, ¿no le parece?
—Que, hasta donde yo sé, no va más allá de su apariencia física.
—No debería, pero lo hace. Mi hombre, aquí presente, obtuvo algunas muestras. Las hemos examinado. Todas las células del cuerpo de ese niño están codificadas con algo. Algo poderoso. Algo mágico. Es un recipiente para algo y no se trata de mera brujería. Quizá usted pueda decirme de qué se trata.
—Yo no sé nada sobre eso. No he visto a mi hermano y solo he sabido muy recientemente de la existencia de su hijo.
—Es de vital importancia que el niño sea examinado, y la bruja, interrogada.
—Si ya se han marchado de Frayne, ¿por qué sigue siendo de su incumbencia?
—Porque no sabemos qué es ese niño. Y eso me perturba.
—Deme unos días para pensármelo. Entonces podré darle una dirección en Sinter. O en Ingle.
—Supongamos que mi hombre inspecciona su casa ahora mismo.
—No se lo recomendaría. Esta casa es hoy un polvorín. Seguro que lo entiende: después de haber tenido un intruso, se deben tomar precauciones.
—Supongamos que no encontramos a la bruja en Sinter. O en Ingle.
—Es cierto, podría querer trasladarse con rapidez. ¿Cómo podría yo saberlo?
—Supongamos que le doy hasta mañana y que, si no tengo a la bruja y al niño antes de que se ponga el sol, mandaré a la puerta de su casa a todo el ejército frayniano.
—¿Está usted seguro de que seguirá teniendo un ejército a sus órdenes para mañana?
—¿Me está amenazando?
—Me provoca curiosidad. ¿Sabe Casimir que usted domina al Gethin y que está buscando a su bruja?
—Yo no rindo cuentas a Casimir.
—Ah, ¿no? Pensaba que sí lo hacía.
—Está usted equivocada. Tenemos un acuerdo. Nuestro acuerdo la incluye a usted, de hecho. Es por respeto a él, así como por sus buenas obras, que he tolerado su presencia dentro de mis fronteras. Y, por respeto a él, he tenido la cortesía de hacerle esta visita, en un intento por resolver este asunto pacíficamente.
—Estoy segura de que a él le encantaría oír lo mucho que lo respeta y, aunque su visita me conmueve, opino que sus fronteras no guardan ninguna relación conmigo.
—Usted piensa que está por encima de nuestras leyes, pero es como los grandes lagartos marinos. Su tiempo ya ha pasado.
—Me pregunto si le habrá expresado usted esa misma visión a mi hermano.
—Él me conoce igual de bien que yo a él. Por el momento, tenemos nuestro acuerdo.
—Sus alianzas no son las que se esperarían de alguien que aborrece la magia. ¿Quién es este hombre que ha traído consigo?
—Los tiempos desesperados llevan a buscar extraños compañeros de cama, señora Och.
El hombre del ojo amarillo se ríe por el comentario: una risa bastante agradable, como si le hubiera parecido realmente divertido.
—Bueno y, entonces, ¿quién es usted? —le pregunta la señora Och.
—Oh, preferiría que no lo supiera —responde amablemente.
—Tiene hasta mañana —dice Agoston Horthy—. Estaré de vuelta cuando se ponga el sol y, por su propio bien, será mejor que para entonces haya localizado a su bruja y al niño.
La señora Och se levanta y su voz se torna terrorífica, como cuando le habló al Gethin en el pasillo.
—¿Por mi propio bien? Usted dirige el ejército frayniano y gobierna mientras el rey reza, pero sigue siendo un hombre insignificante, con una vida insignificante, que no sabe nada, nada en absoluto, y que no puede hacerme nada. Frederick, acompañe a nuestros invitados a la puerta. Si oponen resistencia, tiene mi beneplácito para dispararles.
—Mañana, a la puesta de sol —repite Agoston Horthy, imperturbable.
Observo sus pies desfilando hacia el pasillo. El profesor Baranyi cierra la puerta y, durante un segundo, todos guardan silencio.
—¿De verdad supone que tenemos tanto tiempo? —dice el profesor, por fin.
—Es muy poco probable. En cualquier caso, no creo que la criatura de Casimir nos lo conceda —responde ella.
—¿Qué haremos entonces?
—Si podemos mandarlos al norte, Livia podría mantenerlos a salvo en la granja durante un tiempo, pero nos llevará al menos un día preparar la partida. ¿Ha oído cómo ha llamado al niño? Un recipiente, ha dicho.
—Sí. ¿A qué podría referirse? Estoy seguro de que Bianka no lo sabe: ella también está bastante desesperada por resolver este asunto.
La señora Och grita, haciéndome dar un respingo.
—¡Él nunca se atrevería! Probablemente, ni siquiera pueda.
—¿No se atrevería o podría hacer qué, mi querida señora Och? — pregunta el profesor—. ¿Y a quién nos estamos refiriendo?
—A Gennady —responde ella.
—Ah —replica él.
—Es imposible —repite—. Y, además, solo hay una cosa que Casimir anhela.
El profesor aguarda.
—Debemos encontrar a Gennady —dice ella—. ¿Cómo puede ser que haya desaparecido de la faz de la Tierra sin dejar rastro?
Alguien llama suavemente a la puerta y Frederick vuelve a entrar.
—Vamos a morir ahorcados, ¿verdad? —pregunta.
—Oh, querido, espero que no —responde el profesor, como si la posibilidad ni siquiera se le hubiera pasado por la cabeza.
—¡Agoston Horthy! —dice Frederick—. ¡Acabo de apuntar con un revólver a Agoston Horthy!
—Ha sido un giro inesperado de los acontecimientos —dice la señora Och —. Bastante extraño, si nos paramos a pensarlo. Casimir no lo aprobaría, si llegara a enterarse —y entonces pregunta inesperadamente—: ¿Y qué opinan ustedes de la sirvienta, por cierto?
—¿Quién, Ella? —pregunta el profesor Baranyi.
—Sí.
—Asombrosa, ¿no le parece? Anoche demostró tener nervios de acero. Debe de tener o muy buena puntería o muy buena suerte: con esa bala alcanzó al Gethin directamente en el corazón. También tiene una mente brillante o, al menos, eso es lo que dice Frederick.
—Usted la conoce mejor, Frederick —dice la señora Och—. Si le explicamos unas cuantas cosas, ¿la asustaremos? Creo que, durante los próximos días, será bastante complicado mantener una fachada de relativa normalidad, y tal vez podría sernos de utilidad.
No me gusta cómo suena eso. Ya estoy metida hasta el cuello en serle de utilidad a otra persona.
—Creo que se lo tomaría muy bien —responde Frederick, con sencillez. No hace ningún tipo de mención a mi madre, y me conmueve un poco que considere una confidencia la información que le di ayer.
—Aun así, esa muchacha tiene algo que me resulta perturbador —dice la señora Och.
—¿En qué sentido? —pregunta el profesor.
—Tiene secretos —responde la señora Och, y se me hiela la sangre en las venas—. No es algo malo en sí mismo. Mucha gente tiene secretos. Pero, de todos modos, puede que haya llegado el momento de averiguar más sobre ella.
—Yo le garantizo que es de confianza —sostiene Frederick, con rotundidad. Eso me hace sentir una pequeña punzada de culpabilidad.
—Puede ser —dice la señora Och—. Sus referencias eran genuinas, pero, Frederick, tal vez podría visitar a su familia mañana por la mañana, aunque solo sea para asegurarse. Por el momento, tenemos trabajo que hacer.
—¿Y qué hay de la criatura de Casimir? ¿Qué haremos si regresa? No creo que un poco de niebla vaya a disuadirla.
—La capa del Magyar —dice la señora Och, y casi parece divertida al decirlo.
—¿Realmente…? —la voz del profesor suena como si la señora Och acabara de proponerle cenar en la Luna—. ¿Eso es…? ¿Puede usted?
—Necesitaré la ayuda de Bianka, y dudo mucho de que dure más de veinticuatro horas, pero eso podría ser suficiente. La casa será prácticamente imposible de localizar.
—¡Vaya! ¡De acuerdo!
Salen de la sala, hablando todavía. Poco después, Bianka y la señora Och se acomodan en la biblioteca con Theo. Frederick y el profesor Baranyi salen vestidos con sendos abrigos y aún armados, pero no sé adónde se dirigen. Evalúo brevemente la posibilidad de seguirlos, pero, en cambio, espero hasta que la casa se queda en silencio y me cuelo en el despacho del profesor Baranyi. Strig viene directo a recibirme con un alegre «miauuu» y yo le rasco detrás de sus orejitas emplumadas. No llevo encima ninguna ganzúa, pero creo que una horquilla bastará para abrir el armarito de los libros guardados con llave. La señora Freeley está disfrutando de su siesta vespertina, y en la trascocina me esperan los platos sucios del almuerzo. Me siento en el suelo detrás del diván, desaparezco, y empiezo a hojear el primer tomo de Leyendas de los xianren.
Me paso el resto de la tarde leyendo por encima los largos, áridos y prácticamente incomprensibles tomos. El primer libro, por lo que he entendido, rebosa de cuentos sobre las proezas que realizaron en la antigüedad estos magos alados: domesticar dragones, combatir monstruos marinos, acorralar a maléficas brujas y cosas por el estilo. Los xianren se han visto involucrados en este tipo de cosas a lo largo de toda la Historia, si es que esos libros son fiables. La señora Och fue consejera de Hna, el primer emperador de Zhongguo, y ese imperio, por lo que afirma el libro, prosperó durante miles de años gracias a la cooperación entre humanos y brujas. Ella es la que gana en longevidad, de cualquiera de las maneras. Pero sus acciones no superan a las del fundador de imperios, Zor Gen, o Gennady, que contrajo matrimonio con la Bruja de Parna y, junto a ella, fundó el Imperio parnés, que duró miles de años. Sin embargo, después de eso Gennady se dedicó a ir por el mundo caminando y nadando, engendrando reyes y guerreros por aquí y por allá, y luchando contra osos encantados y brujas rebeldes. Bueno, supongo que eso es lo normal si eres un ser inmortal amante de la adrenalina y tu imperio ha caído. El tercer libro cuenta que los xianren unieron sus fuerzas y pasaron cientos de años buscando algo llamado la roca Ragg, pero, cito textualmente: «Nunca pudieron encontrarla, no fueron aceptados por la roca Ragg, y eso les hizo ser conscientes de las limitaciones de su poder». El cuarto libro se ocupa en profundidad del Imperio eshrikí, el segundo, después del Imperio zhongguano, en lo que a la duración de su poder se refiere. Los phares eshrikíes eran brujas y buscaban apoderarse de algo llamado el Libro del Mundo, un texto mágico que los xianren se habían dividido entre ellos. Todos los xianren fueron encarcelados en algún momento de sus vidas y obligados a entregar sus partes del texto, pero resultó que las brujas eran incapaces de leerlos, solo podían hacerlo los xianren. Eso acabó por resolver el asunto, y los xianren ganaron, simplemente, porque sus vidas duraron más que la del propio imperio. Puntos extra por inmortalidad, supongo. El libro considera que este conflicto supuso un punto de inflexión para los xianren, ya que se hizo evidente que sus poderes estaban disminuyendo dramáticamente. Sin embargo, siguieron siendo influyentes, y Lan Camshe contribuyó a la fundación del Imperio sirilliano, el primer gran imperio que prohibió la brujería. Och Farya desaparece del panorama. Zor Gen lidera varias rebeliones violentas por todo el mundo. El Imperio sirilliano cae y Lan Camshe se retira a la isla de Nago. Todos parecen mantenerse ajenos a las Guerras Mágicas, a las Purgas y al surgimiento de Nueva Poria. Las letras empiezan a tornarse borrosas ante mis ojos y no encuentro nada que sugiera qué es lo que podría llevar a Casimir a querer secuestrar a un niño, ni tampoco qué es lo que podría llevarle a aliarse con gente de la calaña de Agoston Horthy mientras la señora Och se dedica a poner a salvo de sus garras, con el mayor sigilo posible, a una extraña bruja.
La casa está helada, ninguna de las chimeneas está encendida, ninguna de las lámparas recargadas para la noche. Aparto los libros, saco agua del pozo y enciendo la estufa para calentarla. Después, llevo leña al piso de arriba para encender las chimeneas. El profesor ha vuelto, la señora Och y él se han encerrado en la sala de lectura. Ahora escucho cómo Bianka, Frederick y Theo juegan al escondite en el salón. Parecen bastante contentos, considerando las circunstancias. Se han ocupado ellos mismos de encender la chimenea, así que no entro. En la trascocina cojo el agua caliente y un trapo, y vuelvo al pasillo del piso superior, donde me arrodillo y empiezo a frotar para limpiar la sangre de la señora Och de la alfombra y las paredes.
Me escabullo de la casa pasada la medianoche, cruzo el río y atravieso la Meseta caminando en dirección a Spira Occidental. Las farolas están aún encendidas y resplandecen en el aire gélido. Las ventanas del hotel también brillan, llenas de luz. El portero está de pie, fuera del edificio, vestido con un largo abrigo de pieles y exhalando una nube blanca de aliento. Me reconoce y me deja pasar. Apenas hay gente en el vestíbulo, aunque las lámparas de araña brillan con la luz de las velas y alguien está tocando el piano para entretener a unos huéspedes inexistentes. El personal uniformado se apiña detrás del mostrador y se me queda mirando, pero nadie hace amago de detenerme. Hoy opera el ascensor un empleado distinto al que lo hace habitualmente.
—A la planta superior —indico—. Habitación 10. Me está esperando.
No parece muy convencido, pero supongo que piensa que el extraño personaje que se aloja en la habitación 10 bien puede estar esperando a alguien tan extraño como yo. Así que nos dirigimos hacia arriba, traqueteando en el ascensor hasta la planta superior del hotel. Llamo a la puerta de la habitación de Pia. Transcurren un segundo o dos antes de que conteste.
Lleva un pañuelo de seda negra alrededor del cuello, donde el Gethin la golpeó. La estancia huele levemente a pieles húmedas. Pia está completamente vestida con sus botas altas, sus pantalones de cuero y su ajustada chaqueta, y a mí me da por preguntarme cuándo dormirá, si es que duerme, y cómo se vestirá para hacerlo. Me resulta imposible imaginar a Pia en camisón.
—No sabía cómo enviarle un mensaje —explico.
Ella me hace un gesto para indicarme que me siente, y eso hago.
—¿Está bien? —le pregunto.
Sus gafas se retuercen. Se detiene un momento antes de dejar escapar una risa breve, perpleja.
—Sí, lo estoy —responde—. ¿Y tú?
Respondo a su pregunta encogiéndome de hombros. Pia se sienta frente a mí, cruza una pierna sobre la otra, aguarda.
Entonces, hablo:
—Se nos agota el tiempo. Frederick va a ir a visitar a mi familia por la mañana para averiguar más sobre mí. Pero dicha familia no existe, lo cual descubrirá, por supuesto, cuando vaya a verlos.
Pia sonríe como si todo esto fuera divertido.
—Y sé quién envió al Gethin —añado. Porque, en el fondo, siento que le debo esa información. No siento que se lo deba porque me pague por descubrirla, sino que se lo debo a ella. Me salvó la vida, y supongo que le estoy pidiendo que vuelva a hacerlo. Tengo miedo de la reacción de la señora Och cuando descubra la verdad sobre mí—. Fue Agoston Horthy. Ha venido hoy a la casa.
Las gafas de Pia sobresalen y se retraen a toda velocidad.
—¿Y qué ha dicho?
—Les ha dado hasta mañana, a la puesta de sol, para entregarle a Theo y Bianka. La señora Och le echó de la casa. Supongo que todavía no sabe nada sobre usted. Venía acompañado por un hombre de aspecto siniestro, con un ojo amarillo y un parche en el otro.
—Ah —comenta Pia.
—¿Eso es todo? ¿Ah? —replico yo. Y luego, con bastante patetismo—: No quiero volver allí.
—Tráeme al niño y no tendrás que volver nunca más.
Nunca he estado en el mar, pero supongo que lo que siento ahora es lo mismo que se siente al ir a bordo de un barco que se hunde sin una costa a la vista hacia la cual nadar.
—¿Qué le pasará? —intento mantener la voz uniforme y calmada.
—Eso no es asunto mío —me dice—. Ni tuyo tampoco —y entonces se sienta a mi lado, y el olor a pieles húmedas se intensifica. Me coge la barbilla con su mano enguantada, como si fuera a besarme—. Aparta esa idea de tu mente, Julia. Te has comprometido a hacer tu parte.
—¿Y cuál es mi parte, exactamente? —pregunto, apartando el mentón de su mano. Ella me suelta y hace tamborilear las uñas sobre el cuchillo.
—Vuelve, duerme un poco —me dice—. Habrá un carruaje esperándote en la esquina mañana, durante toda la mañana.
—Es probable que ahora haya soldados vigilando la casa.
—Yo me aseguraré de que no haya ninguno mañana por la mañana.
Nos quedamos mirándonos la una a la otra durante un segundo, y, entonces, con un veloz siseo de metal rozando cuero, Pia desenfunda su cuchillo y lo sostiene contra mi garganta. Intento apartarme del afilado borde de la hoja, pero su otra mano se cierra en torno a mi nuca.
—Si no me lo entregas a mí, el niño irá a parar a las manos de Agoston Horthy —me dice al oído—. Ahora mismo tienes dos opciones: el dinero o mi cuchillo. Si no me traes al niño antes del mediodía, te encontraré, Julia, y te demostraré lo buena que puedo llegar a ser con este cuchillo y lo mucho que puedo prolongar tu agonía con él.
Entonces se levanta y aparta la espada de mi cuello, después se dirige con grandes zancadas hacia la ventana, con las manos entrelazadas a la espalda.
—Te estaré esperando durante la mañana —me dice—. Tendré tu dinero preparado.
Tiemblo tanto que soy incapaz de hablar, así que me levanto y me marcho sin pronunciar palabra. Mientras bajaba en el ascensor, Pia debe de haber hecho llegar un mensaje al portero, porque, cuando llego abajo, el hombre me ha pedido un carruaje a motor. Me lleva de vuelta a la Scola, pero cuando giramos por la calle Mikall, la casa ha desaparecido.
—¿Cuál es la dirección? —me pregunta, desconcertado.
Si no estuviera tan agotada, me reiría. Todas las casas son muy parecidas, con sus intimidantes verjas. No hay ningún espacio vacío en el lugar que antes ocupaba la casa de la señora Och: sencillamente, ha desaparecido, como si nunca hubiera estado allí. La capa del Magyar.
—Me bajaré aquí y caminaré —le digo mientras le pago.
Tengo la secreta esperanza de no poder volver, de que el extraño hechizo de la señora Och me impida la entrada a la casa para siempre, pero, en cuanto me dirijo hacia donde debería estar, la encuentro inmediatamente. Supongo que a mí el conjuro no me afecta, del mismo modo que las arañas rhug no me consideraron una intrusa. Me quedo observando la casa, con sus ventanas oscuras, y me siento incapaz de entrar. Doy media vuelta y me dirijo a la Maraña.
Entro en nuestro apartamento. La habitación huele a licor rancio. Dek está roncando en su litera bajo una pila de mantas. Subo la escalerilla hasta mi propia litera, donde hace semanas que no he dormido. Me arropo con la manta y, durante un breve instante, me siento de nuevo como una niña pequeña. A salvo y en casa. Pero la sensación dura un momento y, aunque estoy agotada, el sueño tarda horas en llegar.