Julia desaparece

Catherine Egan · Capítulo 14 de 25

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Julia desaparece

Capítulo 14

 

No sé qué decirle a Gregor mientras nos arrastramos pesadamente a través de la tenue luz grisácea, con la nieve crujiendo bajo nuestros pies. «Bueno, Gregor, pues parece que un monstruo acaba de intentar matarme y es probable que vuelva a intentarlo esta noche, seguramente porque trabajo para un mago inmortal interesado en la bruja esta a la que estoy espiando, pero, afortunadamente para mí, mi misteriosa y reservada amiga tiene como mascotas a unas enormes y horribles arañas que le protegen el taller…». Es un discurso sin sentido en el contexto de una conversación ligera, pero es imposible ignorar el hecho de haber estado al borde de la muerte apenas hace unas cuantas horas y hablar de cualquier otra cosa.

Como no sé qué contarle acerca de mi escaramuza con la muerte, saco a relucir el más sencillo de los dos asuntos que me traigo entre manos: mi corazón roto. No hay nada mejor que estar a punto de morir para poner a tu amante en perspectiva.

—Wyn se está tirando a Arly Winters —le cuento.

(Y, de repente y sin previo aviso, me descubro recordando a Wyn en la oscuridad, hace un año o así, acariciándome la mejilla con la áspera piel de su pulgar y diciéndome: «Tienes suerte, tú recuerdas a tu madre»).

—Ah —dice Gregor, hundiendo las manos profundamente en los bolsillos de su abrigo. No parece sorprendido.

—Supongo que ya lo sabíais todos.

(Sentados juntos en el alféizar de su ventana abierta, en verano, y dándole de comer a las palomas en el tejado mientras pensaba que aquello, aquello, era la felicidad).

—No lo sabía, Julia, pero no puedo fingir que eso me sorprenda —me dice—. Yo quiero mucho a Wyn, pero es un vividor y siempre lo será.

—Nosotros dos solo nos estábamos divirtiendo —digo, sin convicción.

(Wyn y yo, riendo de camino a casa después de haber entrado a robar en una casa de Spira Occidental, y yo cubierta de joyas robadas).

—Cuando me enamoré de Csilla supe inmediatamente que, después de ella, ninguna otra mujer estaría ni a la altura de su sombra, y no me equivocaba. Me robó el corazón y he estado con ella desde entonces. Y ella ha permanecido conmigo, a pesar de todo.

—Qué bonita historia de amor —respondo con sarcasmo.

—Lo que quiero decir, Julia, es que, si vas a enamorarte, tienes que asegurarte de que sea de alguien que sepa devolverte ese amor en la misma medida.

—Lo nuestro no es así —replico, porque el orgullo me duele tanto o más que cualquier otra parte del cuerpo—. Me da igual lo que haga cuando no está conmigo.

Gregor no tiene respuesta para esto. Supongo que sabe que estoy mintiendo. Cruzamos el puente bajo la enorme mole de Cyrambel. Veo bultos nevados en el camino que bordea el río, indigentes y supervivientes de la Plaga que han muerto congelados y que ahora están cubiertos de nieve. Los soldados no tardarán en hacerlos desaparecer, pero, a veces, en primavera, tras un deshielo repentino, uno puede encontrar algunos cadáveres descongelándose al sol antes de que nadie se los lleve de allí.

—He informado a Pia —me dice—. En cuanto tengamos noticias suyas, haré que Solly se invente una buena coartada: podría decir que la policía necesita interrogar a los testigos de un robo, o algo así. Tenemos que asegurarnos de que todo este asunto se resuelve antes de esta noche. Liddy piensa que estarás a salvo hasta que caiga el sol.

—De acuerdo.

—Ahora, por el Kahge maldito, ¿puedes hacerme el favor de contarme qué estabas haciendo ahí en mitad de la noche?

—¿Y eso a ti qué más te da? —pregunto.

—Pues no me da igual, porque trabajas para mí —me dice—. No deberías estar asumiendo riesgos innecesarios. Casi te matan y ahora tenemos que ir mendigando ayuda. Es muy poco profesional.

—Yo trabajo para Esme, no para ti, y siento mucho que mi encuentro con la muerte te salpique a ti de falta de profesionalidad —le espeto—. Qué vergonzoso, a la par que inconveniente, debe de resultarte.

—Por todos los Sagrados, Julia, ¿puedes dejar de ser sarcástica aunque solo sea un minuto?

—De acuerdo. Mira, no quiero tu maldita comprensión, pero tampoco hace falta que me sermonees por haber estado a punto de morir asesinada. Tú me conseguiste este trabajo y ha sido el encargo más peligroso y horrible en el que he participado nunca. Básicamente, es como si tú mismo me hubieras puesto en las garras de esa bestia. «Ve y hazte pasar por una sirvienta, espía un poco, montones de plata», eso fue lo que me dijiste. Pero no me contaste que están todos locos, que había magia de por medio y que podía terminar en la lista de presas de un monstruo decapitador, ¿verdad que no? Se te olvidó mencionarlo a la hora de describir la naturaleza del encargo. Así que deja de echarme la culpa de lo que ha pasado. Yo hablaré con Pia. Esto no tiene nada que ver contigo, salvo que es culpa tuya.

Caminamos envueltos en un silencio cargado de furia durante un rato. O, por lo menos, yo sí que estoy furiosa. Pero cuando Gregor vuelve a hablar su voz suena sorprendentemente dulce:

—Sabes que Esme vio morir a su marido y su hijo con cinco días de diferencia. Aquello le rompió el corazón de tal manera que ahora lo abre y cierra a placer para dejar entrar inesperadamente a algún descarriado. No me di cuenta hasta que un día sacó a Wyn de las calles. Se había fugado de aquel horrible orfanato y se dedicaba a sobrevivir a base de astucia, por decirlo de alguna manera. Esme lo trajo a casa y empezó a decir que era su hijo. Unos años después, volví después de hacer un trabajo y descubrí que había recogido a dos niños más, apenas unos críos: un chaval tullido y una niña cuya mirada ceñuda era capaz de convertir en piedra cualquier corazón. Pensé que había perdido el juicio, y se lo dije. Ella me habló de lo que eras capaz de hacer, de tu habilidad para desvanecerte, y me dijo también que tenía un presentimiento con Dek, que era el niño más listo que había conocido en su vida. «Nos serán útiles», nos dijo. Tenía razón, pero, a pesar de ello, sabía que no os había recogido de la calle por vuestras habilidades, por muy especiales que fueran. Fueron las marcas de la Plaga en el rostro de Dek, sus miembros inútiles y esos ojos tuyos de huérfana. Basta con mirarte una sola vez a los ojos, Julia, cielo, y cualquiera que tenga un mínimo de alma se dará cuenta de que no tienes madre.

—Cállate —le digo. No quiero escuchar todo esto.

Pero él sigue hablando.

—Esme siempre ha dicho que, algún día, tú serás su sucesora. Ninguno lo dudamos. Estás hecha para este trabajo. Eres más dura que una piedra, lo eras incluso de niña. Piensas rápido, te mueves rápido, ríes rápido y con sarcasmo, siempre con sarcasmo. Lo que quiero decir es que… Mira, trabajas para Esme, pero también eres su familia. Su familia, y la mía, y la de Csilla. Eres consciente de eso, ¿verdad? ¿De tener una familia?

—Claro que lo soy —digo, un poco aturdida. Hace unas semanas, unos días, incluso, habría significado mucho para mí saber que me estaban preparando para ser la sucesora de Esme. Pero, ahora, no sé qué significa eso. ¿De verdad estoy hecha para este trabajo? Y, si no lo estoy, ¿qué otras alternativas le quedan a una chica como yo?—. No pasa nada, Gregor. En realidad no es culpa tuya. Es solo que no quiero morir.

—Y no lo harás —dice, me coge la mano y yo le permito que lo haga, porque la tengo condenadamente fría—. Mira, lo que estoy intentando decirte es que… yo mismo me interpondría entre esa cosa y tú, llegado el caso.

—Bueno, pues esperemos que no llegue, porque iba a tardar muy poco en terminar contigo, y entonces no me ibas a ser de ninguna ayuda —digo, lo que no es un muy amable por mi parte, pero es cierto—. Pero gracias… por la intención.

Estoy a punto de hacer un chiste sobre lo borracho que debe de estar cuando me doy cuenta de que en realidad no ha bebido. No hay el más leve rastro de licor en su aliento, ni en su rostro ni en su manera de caminar. Está frío como una piedra y tristemente sobrio.

—No es propio de ti levantarte tan temprano sin resaca —comento, suspicaz.

—Lo he dejado —me dice—. Para siempre. Estos labios no volverán a probar una gota de alcohol.

En mi interior noto cómo algo se endurece al escuchar sus palabras. Aparto la mano de entre las suyas.

—Eso ya lo he oído antes.

Me dedica una mirada triste, pero no me importa. No me importa lo más mínimo, y no es por lo que ha dicho, ni por su lucha personal con la botella, ni por nada de eso. La primera lección que aprendí en mi vida, y la aprendí muy bien, fue no confiar jamás en un hombre que sea esclavo del alcohol, del opio o de cualquier cosa similar, porque siempre lo antepondrá a aquellos a los que profesa su amor. Una y otra vez, y otra vez más.

—La gente no cambia —digo.

—Con dieciséis años, ¿ya lo tienes tan claro?

Le respondo con mi silencio. Sabe que llevo razón.

—No tienes por qué creértelo ahora. Ya lo harás. Csilla me cree.

—Si lo hace, lo siento por ella —respondo, y lo digo en serio.

—Eres demasiado joven para ser tan cínica —me dice—. Hay que vivir con esperanza. ¿Qué otra cosa nos queda, si no?

—Nos queda exactamente lo que tenemos —respondo—. No me interesa fingir ser lo que no soy.

—¿Y entonces qué te queda a ti, que tan amante eres de la cruda realidad?

«Amor», podría haber contestado ayer. Un amor como ningún otro. Tan especial y tan extraño y tan maravilloso. Pero ahora sé la verdad, aunque no sé si sirve de algo.

—Me queda Dek —respondo—. Y pronto me haré con un buen montón de dinero.

Y me queda mi vida, de momento.

—Todos estamos a punto de hacernos con un buen montón de dinero — dice Gregor—. Sabes que eso también es una fantasía.

—No, no lo es —digo—. Estoy haciendo un trabajo y me pagarán por él. Yo no pierdo el dinero en apuestas. Entonces, Dek y yo podremos irnos de vacaciones.

—Dek no puede ir a ninguna parte, y lo sabes —replica Gregor.

Tiene razón. Los supervivientes de la Plaga no son bienvenidos en ningún lado. Tenemos suerte de tener una casa: jamás encontraremos otro lugar decente donde nos acepten.

—Me compraré un abrigo de piel y comeré bollos calientes todos los días hasta que llegue la primavera.

—Tu plan suena a gloria bendita —comenta Gregor secamente.

 

Florence y Chloe ya se han levantado y, para cuando vuelvo, están calentando agua en la trascocina. Entro con los brazos llenos de leña que he recogido del cobertizo del patio, con la esperanza de que ellas aún no lo hayan hecho.

—Te has levantado temprano —me dice Chloe, sorprendida de verme.

—Solo un poco antes que tú —respondo.

Florence parece suspicaz, pero ni siquiera ella es capaz de pensar que estoy lo suficientemente loca como para pasar a la intemperie una noche de frío como la que acaba de terminar.

—No tienes buen aspecto —añade Chloe, y mira a Florence—. ¿No debería echarse un rato?

Florence pone los brazos en jarras y me fulmina con la mirada.

—Estaré bien —respondo, evitando sus ojos. Aunque lo cierto es que me siento un poco febril. Empiezo a reunir lo necesario para preparar el café.

—Ya he servido a todo el mundo en el piso de arriba —dice Chloe—. ¿Puedes servirle tú ese a Bianka?

No quiero ver a Bianka, y deseo con todas mis fuerzas que siga durmiendo. Entro en el salón trasero lentamente, sosteniendo la bandeja de café, bollos y fruta con una mano.

El pequeño Theo está arrebujado entre las mantas, con un brazo echado hacia atrás y los dorados rizos despeinados, respirando profundamente. Bianka está despierta, sentada junto a la ventana y contemplando la nieve que cae afuera con gesto pensativo. Cuando entro, alza la mirada hacia mí, pero no me sonríe.

—El desayuno, señora —digo en voz baja.

—Has pasado una mala noche —comenta.

—Estoy un poco destemplada, señora —digo.

—Se te nota —se levanta y me quita la bandeja de la mano, después la deja en la mesa que hay junto a la ventana—. Siéntate un momento. Toma un bollo.

No quiero hablar con ella, pero sí quiero el bollo. Así que me siento y lo cojo antes de que cambie de idea o me indique que, en realidad, no lo decía en serio.

—Te has pasado toda la noche en vela —me dice—. Y llorando.

—Estoy resfriada. Por eso se me enrojecen los ojos.

—Conozco la diferencia. A mí también me han roto el corazón, ¿sabes?

El bollo se me queda atascado en la garganta.

—Estoy bien —digo, obligándome a tragar.

—Bueno —responde ella, encogiéndose de hombros—. Si tú lo dices.

Me como el resto del bollo en silencio mientras Bianka se sirve una taza de café y empieza a bebérselo a sorbitos. El pequeño Theo suspira en sueños y las dos nos volvemos para mirarlo. Tengo ganas de preguntarle tantas cosas: «¿Cómo pretendes protegerlo de los peligros que te acechan? ¿Sabes que te están acorralando? ¿Sabes que estoy aquí para hacerte daño?». Pero, evidentemente, no puedo decir nada de todo eso.

—La primera vez que me enamoré, tenía más o menos tu edad —dice, dedicándome una mirada perspicaz—. Pero descubrí que había otra chica. La vieja historia de siempre.

—¿Y qué hizo?

—Lo dejé —responde—. Tras aquello, pensé que nunca volvería a enamorarme. Pero hace dos años volví a hacerlo. Fue hermoso durante un tiempo. Pero luego, un día de primavera, él desapareció. Pensé que iba a enfermar de pena hasta que descubrí que estaba esperando un hijo. Ahora de verdad creo que no volveré a enamorarme jamás —ríe, como si fuera divertido—. Se lo dije así a la señora Och, ¿sabes? Le dije que aquel hombre me había roto el corazón y que el amor se había terminado para mí. Ella me respondió que el amor nunca termina para nadie. ¿Cuántos años crees que tiene?

—No tengo ni idea —respondo, pensando en lo que me ha contado Liddy. Muchos más de los que aparenta. Más vieja que las montañas…, literalmente.

—¿Crees que tiene razón? ¿Que tú y yo volveremos a amar? Me cuesta imaginar a alguien tan perfecto y hermoso como el hombre que perdí.

Yo ni siquiera quiero imaginar a nadie que no sea Wyn.

—Supongo que debe de ser verdad —digo con la voz quebrada—. Quizá nos casaremos y nos olvidaremos de ellos.

Bianka sacude la cabeza para negar, sonriendo.

—No los olvidaremos —dice, y me tiende otro bollo—. Me gustan las chicas que no pierden el apetito, a pesar de las calamidades. Comer es un gran consuelo. Los bollos de miel no te rompen el corazón, ¿verdad?

Me guiña un ojo y yo consigo esbozar una media sonrisa.

Podríamos haber sido amigas, pienso.

Inmediatamente me obligo a dejar de pensarlo.

 

Solly aparece a mediodía con una elaborada historia de que me necesita como testigo, y me lleva al hotel. Hoy Pia va vestida de pies a cabeza de cuero marrón, incluido el prieto gorro que lleva puesto. Parece una lunática. Incluso aunque no llevara esas perturbadoras gafas, seguiría siendo la persona más extraña que he conocido en mi vida.

—El Gethin vino a por mí —la informo.

Si esta información la sorprende, no lo demuestra. Casi podría decirse que parece contenta.

—Pero conseguiste escapar —dice—. Eso es muy poco común. Incluso es posible que sea la primera vez que sucede.

—Está buscando a Bianka, ¿no es cierto? —pregunto—. Y yo soy, bueno, ¿una manera de encontrarla? Si me mordisquea un poquito el cerebro, tendrá la misma información que yo, ¿no es esa la idea?

Pia se recuesta en la silla, cruzando una pierna sobre la otra; lleva unas botas de cuero, y me sonríe como si yo fuera tremendamente divertida.

—Sí, algo así. ¿Quién te ha contado todo esto?

No quiero delatar a Liddy, pero respondo:

—Tengo una amiga que sabe mucho sobre…, bueno, sobre folclore y esas cosas. De todo.

—¡De todo! —exclama Pia—. Qué amiga tan útil. ¿Y por casualidad no sabrá esa amiga tuya quién ha enviado al Gethin?

—No —respondo—. Pensaba que usted podría decírmelo.

Pia niega con la cabeza.

Me siento en el sofá, temblorosa, y me esfuerzo por que mi voz surja con un tono uniforme.

—Bueno, anoche estuvieron a punto de abrirme la cabeza y ahora estoy de un humor de perros —digo—. Estoy haciendo mi jodido trabajo. Debería haberme advertido.

—No se me ocurrió que pudiera ir a por ti. ¿Captó tu esencia de los recuerdos del chico mensajero?

—No lo sé. No sé cómo demonios funciona.

—Es interesante. Algo lo mantiene alejado de Bianka —dice Pia, como si tal cosa—. Algún tipo de hechizo, supongo. El Gethin tiene la capacidad de percibir la esencia de una persona, pero no parece ser capaz de percibir la suya. De algún modo, ella consigue no dejar rastro. Y por eso solo encuentra a aquellos que la han visto, a quienes han estado cerca de ella: los sigue a uno tras otro, los persigue y les arrebata sus recuerdos con la esperanza de que sepan dónde se esconde, pero ella se mueve constantemente y por eso la búsqueda continúa. Pero, ahora, te ha encontrado a ti —sus gafas se retuercen hacia dentro y hacia fuera—. ¿Tienes algún informe para mí?

En parte, su comentario me da ganas de escupirle con furia, pero intento mantener la compostura lo mejor que puedo. Al fin y al cabo, necesito hacerme valer si lo que pretendo es pedirle que me salve del Gethin. Le recito la lista con las pertenencias de Bianka (que no son muchas); le revelo que el señor Darius es, en realidad, sir Victor Penn Ostoway III, y le entrego las cartas de Agoston Horthy; le hablo sobre las arañas rhug y las balas de plata que Torne me dio para el profesor Baranyi; le cuento todo lo que vi y oí en el despacho del profesor Baranyi, lo del búho convertido en gato y demás. Ella me escucha impasible. Muestra interés en las cartas de Agoston Horthy, pero, por lo demás, no percibo ninguna reacción, ni siquiera cuando le digo que Torne le manda saludos.

—¿Lo conoce? —pregunto.

—De otro momento de mi vida —responde ella.

—De todas maneras, ¿cómo es que hay tanta gente detrás de Bianka? — me atrevo a preguntar—. Me refiero a nosotros y al Gethin.

—Porque tiene algo en su poder —dice Pia.

—¿Está segura? Porque ya le he dicho que, además de sus ropajes, un par de baratijas y novelas románticas, no tiene ninguna otra posesión.

Pia ladea la cabeza y se me queda mirando un rato.

—Tiene al niño —dice—. Eso no estaba en tu lista.

Y, según lo dice, noto cómo mi cuerpo se convierte en plomo. Apenas soy capaz de pronunciar las palabras.

—¿Theo? ¿Qué pasa con Theo?

Pia se encoge de hombros.

—No lo sé. Y apostaría a que el Gethin tampoco lo sabe, porque esa criatura no es más que un esclavo, igual que tú y que yo. Hacemos lo que nuestros amos nos ordenan y no preguntamos ni por qué ni para qué. Pero el niño es lo que el Gethin está buscando para su amo, sea quien sea, y lo que nosotros buscamos para el nuestro. Mis últimas instrucciones han llegado esta mañana. Tienes que traerme al niño.

—¿Por qué?

—¡Ay, la curiosidad! —exclama Pia—. Eres joven. Yo ya he llegado a un punto en el que sé más de lo que me gustaría, y carezco de ella. De hecho, lo que más anhelo es la ignorancia. Quizá algún día tú te sientas igual que yo. Pero el objetivo principal es este: nuestro cliente cree que el niño tiene algo en su interior que él desea poseer. Debemos llevárselo para que pueda obtenerlo.

—¿Qué? ¿Cómo?

—Ni lo sé, ni quiero saberlo —responde Pia.

—¿Por qué no me lo ha dicho… antes? —mi voz suena patética—. Me refiero a que no había necesidad de rebuscar entre sus cosas.

—Esta información es nueva —responde Pia secamente—. El Gethin nos lleva la delantera: su amo sabía lo que estaba buscando. Su problema es que no era capaz de encontrarlo. Nosotros no sabíamos qué estábamos buscando, al menos no con exactitud, hasta ahora. «Una sombra» dijo mi amo, pero podía tener aspecto de cualquier cosa. Ahora nuestra fuente nos ha revelado que es el niño, y, como nosotros no vamos dejando un rastro de cadáveres como el Gethin, podemos alcanzar nuestro objetivo rápidamente sin llamar la atención.

—¿Cómo sabe que es el niño?

Pia extiende las manos con las palmas alzadas hacia el cielo, el gesto loriano para manifestar aceptación ante los misterios del Innombrable. Muy graciosa. A menos que realmente sea loriana, lo cual no parece muy probable.

—¿Qué voy a hacer con el Gethin? —pregunto—. Si es capaz de captar mi… esencia, o lo que sea que ha dicho que capta, ¿no lo guiará eso hasta la casa?

Pia asiente.

—Creo que, antes que nada, deberíamos encargarnos de este asunto.

Bueno, no negaré que me alegro mucho de oír eso.

—¿Cómo?

—Voy a tener que matarlo —admite Pia.

—¿Puede hacerlo? —estoy tan sorprendida como aliviada.

—No contaba con ello y no lo había planeado —dice Pia—. El Gethin es fuerte y no sabemos quién lo envía. Pero no veo ninguna otra opción. Si permitimos que te mate, volverá a llevarnos la delantera.

—No hace falta que nos lo tomemos con tanto sentimentalismo — respondo con sarcasmo. Me sorprende ver que Pia esboza una pequeñísima sonrisa.

—Sigues siendo importante —responde—. No te preocupes.

—¿Así que el plan es salir ahí fuera y matarlo? —pregunto—. ¿Cómo piensa encontrarlo?

—Tú lo encontrarás. O, más exactamente, él te encontrará a ti.