Julia desaparece
Capítulo 20
Siempre había querido ver el mar. Ahora es lo único que alcanzo a ver. La señora Och dice que nuestro barco es una nave resistente, pero a mí me parece insignificante, cabeceando de aquí para allá sobre las enormes olas grises y perdida entre el cielo sobre nosotros y el agua que nos sostiene. El horizonte es una línea oscura en la que mar y cielo se unen para rodearnos. Ahora creo que es temerario haber dejado atrás tierra firme. Este lugar es para los peces y los pájaros, no para nosotros.
Cuando Frederick me muestra en el mapa la pequeña distancia que hemos recorrido, me cuesta creer que el mundo sea tan grande. La primera noche me tumbo en la oscilante cubierta para mirar las estrellas, y me entra miedo de que mi propia insignificancia se diluya, se extinga, en medio de la vastedad que me rodea. De repente, sin previo aviso, la percibo perfectamente: la fina membrana tras la que puedo ocultarme y desaparecer. Puedo sentirla a mi alrededor, tirando de mí, y una parte de mi ser desea atravesarla, desaparecer más lejos de lo que nunca antes lo he hecho. Es como si aquí fuera capaz de percibir una inmensidad distinta, otro tipo de eternidad, pero nada me parece más seguro que esas indiferentes estrellas y las frías profundidades que surcamos a bordo de nuestro navío. La noche siguiente, el cielo está nublado y, aunque parece menos inmenso que el día anterior, la oscuridad es mayor.
Está siendo un viaje extraño, muy ajetreado, a veces, pero con largos intervalos de calma, en los que no hay nada más que hacer que ver pasar el mar y escuchar las sorprendentes conversaciones que surgen entre el grupo de la señora Och y el mío. Aquí, en el barco, los camarotes están demasiado cerca y el trabajo que nos han encargado es demasiado inmediato para mantener la frialdad y la distancia. Frederick me enseña a utilizar la brújula y el sextante, aprendemos a interpretar la posición de las velas para ajustarlas a nuestras necesidades; Dek y yo nos peleamos por el catalejo, maravillándonos por su capacidad de hacer que cosas tan distantes parezcan tan cercanas, hasta el punto que podrías estirar la mano y tocarlas. La señora Och permanece en un camarote bajo cubierta, descansando, y apenas la vemos.
La costa de Sirillia aparece en el horizonte, un montículo rojizo que se alza en la distancia, y navegamos bordeándola. Frederick nos cuenta cómo fue la caída del gran Imperio sirilliano. Gregor canta las virtudes del vino sirilliano. Csilla, por su parte, nos habla acerca de una visita a los antiguos monasterios excavados en los acantilados que se erigen sobre Flata, la capital. Las gaviotas planean sobre nuestras cabezas, y sentimos como si casi hubiéramos vuelto al mundo.
Me escabullo a la bodega y veo a la señora Och tendida en su camarote, muy quieta, con los ojos completamente abiertos. Durante un terrorífico segundo, pienso que está muerta, y reprimo un grito. Sus ojos se mueven rápidamente para posarse en mí.
—Julia —me dice.
—¿Qué está haciendo? —pregunto—. ¿Está usted bien?
—Me estoy preparando —responde, casi en un susurro.
—Ah —me quedo inmóvil en el umbral de la puerta durante un momento, pero, entonces, el barco coge una ola, da una sacudida, y yo me tambaleo hacia el interior del camarote y me detengo bruscamente junto a su pequeño camastro—. ¿Usted cree que Theo sigue vivo? —le pregunto, porque no hay nadie más a quien pueda preguntárselo y porque soy incapaz de seguir conteniendo la incertidumbre, que está abrasando todo lo que antes me importaba.
—No lo sé. Si sigue vivo, no creo que siga estándolo por mucho más tiempo.
El camarote se mece, y ya no sé si es el barco o mi propio terror el que me impide aferrarme a suelo firme. Me agarro al lateral del camastro.
—Así que la intención de Casimir es hacerle daño.
—La intención de Casimir es desmembrarlo y arrancarle lo que sea que hayan entretejido con su ser —dice la señora Och—. Mi suposición es que no quedará demasiado de Theo cuando terminen.
—¿Para qué? —susurro—. ¿Por qué Theo?
La señora Och se incorpora sobre los almohadones y, entonces, pienso que nunca he visto a una persona con aspecto de estar tan exhausta. Es como si le hubieran succionado la vida.
—La memoria tiene una capacidad limitada, y la mía ya no es lo que era —responde—. Cuando pienso en los Orígenes, ya solo soy capaz de recuperar algunos fragmentos. El olor de la tierra, cómo las olas de los océanos eran altas como montañas, cómo las montañas rebosaban fuego. Recuerdo volar, montada en el ala de un dragón colosal, y siempre recuerdo a mis hermanos a mi lado. Las leyendas dicen que los Espíritus inscribieron la magia en el mundo, pero no soy capaz de recordar cuándo comienzan esas leyendas. Lo que sí sé es que el Libro dio forma a todo lo que vino después y que así sigue siendo. De modo que, para evitar que fuera alterado ni usado a voluntad, el Libro se dividió en tres partes.
—El Libro del Mundo —digo, recordando lo que leí en el despacho del profesor Baranyi.
La señora Och enarca las cejas.
—Lo conoces.
—En realidad, no. Leí algo acerca de él en el despacho del profesor. Leí que los phares eshrikíes intentaron arrebatarles el Libro, pero que luego no fueron capaces de interpretarlo.
—Los únicos que podemos leer el Libro somos los xianren, y somos lo suficientemente sabios para saber que no debemos hacerlo. O, al menos, lo éramos por aquel entonces. A mis hermanos y a mí se nos entregó un fragmento a cada uno, para mantenerlo separado y a salvo.
—¿Quién se lo entregó? —pregunto.
—Hay quien los llama Espíritus, o dioses de los elementos. Yo no sé cómo denominarlos, pero hace mucho que desaparecieron. Se fundieron con la Tierra, al igual que está pasando con los xianren y al igual que intentó hacer el propio Libro. Después de que los phares eshrikíes intentaran interpretarlo, sin éxito, los fragmentos parecieron cobrar vida y empezaron a transformarse. Recuerdo que la parte de Casimir se convirtió en un magnífico lago verde en las laderas de los montes parneses. La mía se convirtió en un robusto árbol. Los reinos surgieron y entraron en decadencia a su alrededor, y yo permanecí junto a mi árbol en lo que, mucho después, acabó siendo la ciudad de Spira. La parte de Gennady era la más extraña de todas: una sombra que iba siempre pegada a él, una pequeña criatura alada y oscura que se movía cada vez que le daba la luz, como un niño travieso.
—¿Y la depositó en Theo? —susurro.
—No sé cómo pudo hacerlo, ni siquiera sé si es posible, pero eso es lo que parece creer Casimir —responde ella—. El único que podría explicar esto sería Gennady. Si realmente puede recopilar todas las partes del Libro y recomponerlo como fue antaño, Casimir dominará todas las formas de magia que sostienen y equilibran el mundo que conocemos. Sé cómo es Casimir. Y le quiero. Pero, ahora, también le temo.
—¿Bianka lo sabe? —pregunto.
—Se lo he advertido —dice la señora Och—. Para ella, todo esto se trata únicamente de su hijo, pero te lo cuento para que entiendas que hay muchas más cosas en juego que la vida de un niño. Hay una jorobada en el castillo, una bruja llamada Shey. Debes tener cuidado con ella: es más peligrosa que Casimir. El lago ya no es un lago, mi árbol ya no es un árbol, y no sé si Theo seguirá siendo Theo, pero, si no eres capaz de recuperarlas todas, debes asegurarte de conseguir al menos una de las partes. No sé qué aspecto tiene lo que debes buscar. Quizá sea un texto. Algo escrito. En el castillo habrá muchos libros. Casimir es un gran coleccionista.
—Pia me dijo que tenía que encontrar una sombra que podía tener el aspecto de cualquier cosa, y resultó ser Theo —respondo—. Para un ladrón es un encargo difícil, si lo que se supone que hay que robar no mantiene una forma fija.
—Supongo que entonces se trata más bien del trabajo de un espía: descubrir qué tiene que robar el ladrón —dice la señora Och.
—Yo voy a buscar a Theo —le digo—. Si veo un libro que parezca haber sido un árbol o algo así en una vida anterior, me lo llevaré. Pero no pienso ir buscando nada. No me arriesgaré. Voy a buscar a Theo y a sacarlo de allí.
Se me queda mirando un largo rato.
—No estás haciendo esto por el oro —me dice.
Intento contestar, pero no puedo. Por mi pecho se eleva una burbuja que estalla. Me desplomo de rodillas frente a ella. Me siento extraña, como si estuviera fuera de mí, y mi cuerpo se sacude con unos espantosos sollozos jadeantes. Las lágrimas me bañan el rostro y las manos. Pero no soy yo, y doy gracias al Innombrable, porque ya no soporto a Julia; Julia, que es una imbécil y una cobarde; Julia, que no entiende nada; Julia, que vendió a un niño por plata y pretende recuperarlo por oro, si es que aún está vivo, si es que aún está vivo, si es que aún está vivo.
Noto sus manos en mi pelo, y consigo calmarme. Me peina con dedos amables los mechones enredados por la brisa marina. Desde que tenía siete años, nadie me había peinado así. Siento como si estuviera cayendo, como si mi corazón se hundiera en el agua; escucho a la horda gritando enardecida cuando el río se la traga; veo a Theo intentando volver conmigo mientras Pia cierra la puerta, y el peso de la plata y el oro me hunden más y más profundamente. Creo que me quedo dormida durante un rato, en ese oscuro camarote, medio tendida en el suelo y con la cabeza apoyada en la almohada de la señora Och mientras ella me acaricia el pelo.
Me despierto cuando me susurra al oído:
—Ha llegado la hora.
La costa de Sirillia ha desaparecido, pero, a través del catalejo, atisbo un montículo gris en medio del agua gris, que, según el profesor, es la isla de Nago. Bianka, Frederick, el profesor y Dek descienden a la bodega. Hay una trampilla bajo la alfombra del camarote principal y los cuatro se apretujan juntos dentro, con una pequeña lámpara de gas, las velas de repuesto y las armas. Los demás tenemos un papel que representar. Esme es la cocinera; Wyn, el capitán del barco; Gregor y Csilla, por supuesto, son dos ricos recién casados. En cuanto a mí, se supone que no existo. El mar se embravece. Dentro de poco nos tambalearemos y volcaremos inesperadamente, al tiempo que intentaremos borrar cualquier rastro de la presencia de los que se esconden en la bodega.
Cuando vuelvo arriba, el cielo se ha puesto prácticamente negro, aunque todavía es temprano, y las olas se elevan más y más a nuestro alrededor. Gregor, que por primera vez en todo el viaje está relativamente sobrio, está encogido, de cara al viento, intentando manejar el timón.
—¡Por los perros del Kahge! —oigo gritar a Esme desde algún lugar cercano.
Gregor suelta el timón y el barco se ladea con violencia. La señora Och está en medio de la cubierta, con los brazos extendidos y unas enormes alas de color blanco grisáceo desplegadas en su espalda. Su rostro tiene más de animal que de humano, con un aire felino que, a pesar de todo, conserva un sorprendente parecido con sus rasgos. Tiene la vista clavada en el cielo, como si estuviera mirando a alguien a los ojos, y está hablando. No comprendo las palabras que pronuncia, pero su voz es una especie de música sobrenatural, suplicante e imponente al mismo tiempo. A su alrededor el aire da la sensación de ondear y crujir y moverse en grandes círculos. Sus palabras son magia pura.
Las nubes acuden veloces a su llamada y las olas se elevan para unirse a ellas. La lluvia cae torrencialmente sobre su cuerpo. Los rayos se ramifican, blancos y terribles, sobre el negro mar que nos rodea. Yo me aferro al marco de la puerta mientras nuestra pobre nave es alzada por una ola, alta como una colina, que vuelve a estrellarnos contra el agua. Otra negra ola se eleva sobre nosotros, una montaña lista para desmoronarse. Me oigo gritar, y la ola se desploma. El agua se derrama por las escaleras, fría y oscura, y me lanza, empapándome, hacia el estrecho y negro pasillo de la bodega. Subo los escalones como puedo, chorreando agua marina, mientras el barco se inclina repentinamente hacia un lado. Creo que vamos a volcar. Pienso que voy a ahogarme, como ella, y que por fin sabré si Liddy fue sincera cuando me dijo que esa era una muerte dulce. Nunca volveré a ver la ciudad de Spira. Nunca expiaré mi crimen. Nunca conseguiré enmendarlo.
Llego a la cubierta andando a cuatro patas. Una nueva ola se cierne sobre nosotros. La señora Och ha desaparecido. Oímos que algo se rasga y, de repente, algunos jirones de la vela mayor ondean violentamente por la cubierta. Ya no veo al resto. Me cuelgo de las cuerdas que mantienen el bote salvavidas en su lugar y me aferro a ellas desesperadamente mientras nuestra desdichada embarcación atraviesa la tormenta, indefensa. El mundo no es más que agua negra y súbitos destellos blancos que iluminan las colosales olas que se ciernen sobre nosotros. Oigo que alguien grita mi nombre, pero no distingo quién. Pienso en Dek, encerrado en el vientre de este barco, rodeado de gente extraña, y lloro porque estoy demasiado asustada para abandonar mi refugio e ir en su busca, para ayudarle o para morir a su lado. Lo único que soy capaz de hacer es quedarme aquí, esperando descubrir por fin lo que significa que te engulla el mar, tragar su agua y que ella te trague a ti, morir. En mi interior, pienso que el miedo es la peor parte. Que pase ya, que termine. Pero mis brazos se aferran con fuerza: es imposible razonar con ellos. Algo me golpea en el hombro y grito, pero no me suelto. Desaparezco sin pensarlo siquiera, distanciándome de todo, como si pudiera ocultarme de la tormenta, pero la tormenta tampoco me veía antes, le soy absolutamente indiferente. La boca me sabe a sal, el cielo vomita agua y ruge, y el terrorífico mar se burla de nuestra loca aventura.
Y, entonces, termina. Ha debido de ser algo gradual, pero a mí me parece repentino. Con los ojos cerrados con fuerza y los brazos enredados entre las cuerdas, me percato de que todo está en silencio. Y, después, de que todo está en calma. Abro los ojos con cierta dificultad, las pestañas pegadas entre sí por una costra de sal y prácticamente congeladas. El cielo ya no parece tan próximo, ahora se aprecia alto y gris. Las olas han vuelto a ser extensas ondas que ya no amenazan con devorarnos. Y allí, frente a nosotros, se encuentra la isla, piedra gris y grava que surgen del agua, y un castillo amurallado que se erige sobre una escarpada plataforma rocosa.
Las olas nos arrastran hasta la orilla, ahora amables y solícitas. Cuando la proa del barco atraca en la playa rocosa, vemos que hay tres hombres, vestidos con pieles grises y botas altas, que nos están esperando. Llevan espadas pendidas del cinto y rifles colgados del hombro. No tenemos tiempo de comprobar si los que están en la bodega se encuentran bien. Gregor está sangrando por una brecha que se ha abierto en la frente. Wyn está pálido y se sostiene el brazo como si lo tuviera roto. Por los perros del Kahge, pienso irracionalmente, ¿de qué ayuda va a sernos con un brazo roto? Bajamos del barco, gritando y aterrorizados (supongo que deberíamos agradecerle a la señora Och la nota de realismo que le ha puesto a la escena). A pesar del pánico que nos ha provocado la tormenta, todo el mundo está metido en su papel.
—¡Gracias, bondadosos caballeros! —grita Csilla, cayendo prácticamente en brazos de uno de los guardias. Como era de esperar, el hombre no se inmuta lo más mínimo.
—El barco está destrozado —se queja Wyn.
—Haremos que lo reparen aquí —dice Gregor—. Podemos pagar. Caballeros, ¿serían tan amables de decirnos dónde nos encontramos?
—Están ustedes en Ninguna Parte. Un lugar un tanto desafortunado para encallar —dice el más bajo de los tres y, por lo que parece, también el mayor —. ¿Dónde están sus documentos?
Habla en frayniano, con un fuerte acento extranjero. Los tres tienen la piel muy oscura. Quizá procedan de Eshrik, o de Antica Norte.
—Yo iré a buscarlos, señor —dice Esme, aún en la cubierta del barco.
Gregor se muestra orgulloso y ofendido. Ella vuelve con los documentos falsificados. Su mano experta y el sello falso hacen que sea imposible identificarlos como imitaciones. El guardia los inspecciona uno a uno, lee cada uno de los papeles y dirige después la mirada hacia sus respectivos titulares.
—Enhorabuena —les dice a Gregor y Csilla. Su voz tiene un deje amenazador que no me gusta en absoluto—. Acaban ustedes de contraer matrimonio.
—Esta era nuestra luna de miel —replica Csilla, indignada—. Por favor, me da igual dónde estemos, ¿podemos entrar? Estamos empapados, hace frío y nuestro barco acaba de naufragar.
—Volverá a navegar, creo —dice el guardia, dedicándole un vago y desinteresado vistazo a la nave.
—Caballero —dice Csilla, con una voz cada vez más chillona—. ¡Acabamos de naufragar! ¿Cuánto tiempo vamos a tener que estar aquí? ¡Moriremos congelados! —y finge desmayarse de forma bastante convincente.
Gregor la coge al vuelo.
—¡Por favor! ¡Mi mujer no se encuentra bien! —grita.
—Es muy extraño que hayan encallado aquí —dice el guardia—. Nadie encalla aquí.
—No entiendo por qué —dice Gregor, representando a la perfección su papel de aristócrata ofendido—. ¿Hay algún médico en este lugar?
—Encenderemos la chimenea en el salón Terra —dice el guardia. Se gira bruscamente y camina de regreso al casillo, diciéndoles algo a los otros dos en otro idioma.
Los guardias guían a nuestro asustado y empapado grupo colina arriba. Yo voy justo detrás de Esme, cuyos movimientos parecen abrir la mayor franja de espacio fuera de la realidad en la que poder escabullirme. A su paso, es como si pudiera atravesar el aire del mismo modo en que los profetas lorianos eran capaces de atravesar las aguas, según ellos mismos dicen. Puedo seguirla y permanecer oculta, envuelta en una fría membrana a cada lado, como si estuviera atravesando un túnel invisible. Aun así, no estoy acostumbrada a avanzar a esta velocidad estando desvanecida, y eso me exige una concentración muy intensa. En un momento dado, siento como si pisara agua helada, como si unos dedos me rozaran los tobillos, pero me sacudo la sensación de encima y sigo avanzando.
La muralla de piedra que rodea el castillo es muy alta y termina en unas horribles cuchillas de hierro que rematan el borde superior. Unas pesadas cadenas elevan una gruesa puerta de piedra, que vuelve a descender inmediatamente a nuestras espaldas. No tengo tiempo de ver quién, o qué, la ha abierto. Eso me inquieta un poco, porque forma parte de mi cometido encontrar la forma de salir y volver a entrar, por si necesitamos utilizar armas o la brujería de Bianka. En este momento, junto a la sencilla puerta lateral hacia la que nos dirigimos, diviso a un guardia con una mano apoyada en una palanca. La puerta que acabamos de cruzar da directamente al castillo.
Los guardias nos guían por fríos pasillos iluminados por lámparas, hasta que, finalmente, llegamos a una habitación con altos ventanales de cristal biselado que cubren una pared entera. Los ventanales permiten que la luz pase al interior pero no dejan ver lo que hay afuera. Junto a ellos hay sillones para sentarse. Una mujer de mediana edad, vestida con muselina blanca, viene a encender la chimenea. Una profunda cicatriz morada se le desliza desde la parte superior del pómulo hasta la barbilla, partiéndole los labios de forma grotesca. Parece enferma, está esquelética. Cuando se gira, veo que algo destella en su muñeca, algo que parece un gozne, pero, para cuando intento verlo mejor, ya se ha ido. El fuego está encendido. Nos apiñamos alrededor de la chimenea y miramos todo lo que nos rodea. No soy capaz de deducir en qué tipo de estancia estamos ni para qué podría servir. Las paredes están decoradas con cuadros de batidas de caza, barcos a vela y pájaros gigantes, que se alternan con escenas de leyendas folclóricas. En una esquina hay una enorme urna de jade; en otra, una estatua de mármol de un enano de aspecto maligno. Encaramados y disecados en los pedestales que circundan la estancia, un lobo con cuernos, un lagarto gigante (el doble de grande que cualquier hombre) y una pequeña criatura de largos colmillos parecida a un tigre nos observan con sus brillantes ojillos muertos.
—¿Cuánto tiempo nos van a hacer esperar aquí? —exige saber Gregor, furioso—. Necesitamos ropa seca, algo de comer. ¿Qué tipo de hospitalidad es esta? ¿Acaso no saben quién soy?
Los guardias no dicen nada.
—¿Hay algún baño? —pide Wyn—. Necesito usarlo.
Los guardias se miran entre sí. Uno de ellos niega con la cabeza.
—Llevo toda la mañana bebiéndome las reservas de vino, me muero por echar una meada, por favor —implora.
Los guardias no se inmutan ante su petición, así que se encoge de hombros y se dirige hacia la gran urna de jade mientras se desabrocha los pantalones.
Uno de los guardias se echa a reír, pero el otro agarra a Wyn del brazo con brusquedad y dice algo en su idioma que no soy capaz de descifrar. Me acerco a ellos rápidamente y me mantengo muy cerca de Wyn, como si fuera su sombra. Su brazo libre cuelga en un ángulo extraño y me doy cuenta de que, con cada paso que da, le duele más. Corremos por un pasillo en el que por poco choco con una urna que me llega hasta el hombro y en la que se representan escenas de guerra, pintadas en tonos rojos y negros; descendemos por unas escaleras tapizadas y luego por otro pasillo más estrecho que lleva a un baño interior. Entro con Wyn, y él cierra la puerta. El guardia la golpea como para advertirle de que se dé prisa.
Wyn me busca y yo aparezco dejando escapar un suspiro de alivio para que pueda verme. Mis labios pronuncian un silencioso «bien hecho», y él me rodea con el brazo sano mientras entierra la cara en mi pelo.
—Ten cuidado —me susurra al oído.
—¿Tienes el brazo roto?
—Puede. No pasa nada.
—No os separéis. Dentro de nada volveré a por vosotros.
No quiero dejarle ir, pero el guardia vuelve a aporrear la puerta. Yo me recuesto contra la pared de la letrina. El guardia arrastra a Wyn de vuelta por el pasillo. Espero hasta que ya no puedo escuchar el ruido de sus pasos.
Y, entonces, salgo sin que nadie se dé cuenta.
Me mantengo pegada a las paredes, me muevo lentamente y escucho con atención, pero no me encuentro con nadie. Las paredes y las habitaciones están llenas de tapices, de estatuas de mármol y bronce, de muebles de jade, de cabezas de animales extraños, de mapas antiguos, de cuadros de brillantes colores de la época preloriana, de bóvedas celestes y de pergaminos escritos en caligrafía zhongguana. Supongo que, si uno vive miles de años, al final termina por acumular unas cuantas cosas. La mayoría de las puertas están cerradas con llave, así que tengo que ir forzando las cerraduras con mi ganzúa. Cada nueva puerta me lleva a un nuevo pasillo, a una nueva estancia gigantesca y repleta de obras de arte, libros y antigüedades, a una nueva escalera sinuosa. Generalmente soy capaz de orientarme bastante bien, pero estoy dando tantos giros y doblando tantas esquinas que tengo que empezar a mover objetos de sitio para tener una referencia y dejar mi propio rastro de miguitas de pan: la esquina de una mesa de marfil apunta hacia la puerta por la que he entrado, la nariz reseca de un chacal disecado me dirige de vuelta a cierto pasillo, la estatuilla de oro de una bailarina me indica con su pierna extendida la dirección por la que debo regresar.
Estoy en un pasillo flanqueado por dos hileras de armaduras, unas gigantescas estructuras metálicas con plumas en lo alto de los yelmos —se me escapa por completo cómo alguien sería capaz de moverse con eso puesto—, cuando oigo un ruido de pasos. Me escondo detrás de una armadura justo cuando alguien dobla la esquina. Me deja atrás, los ojos clavados en el suelo, antes incluso de que me dé tiempo a desaparecer. Una diminuta mujer cuyo claro cabello está empezando a encanecer. Una jorobada. Se me corta el aliento cuando recuerdo las palabras de la señora Och. Avanza pesadamente, arrastrando una bolsa de cuero negro. Espero hasta que nos separa una distancia considerable, y entonces la sigo lo más sigilosamente que puedo. En esta zona, los suelos están tapizados con gruesas alfombras y es fácil moverse sin hacer demasiado ruido, que es precisamente por lo que casi me pilla desprevenida.
No alza la vista del suelo, ni tampoco mira a los lados. La mujer sube, sube y sube un tramo de escaleras tras otro. Por lo que parece, nos dirigimos a la parte más alta del castillo. Respira con dificultad y me atrevo a seguirla un poco más de cerca, porque seguramente no sea capaz de oírme entre sus propios jadeos entrecortados. Llegamos a un luminoso pasillo lleno de ventanales, a bastante altura respecto del nivel del mar. Atisbo brevemente las torretas inferiores, la playa y nuestro barquito encallado en la orilla, pero no me atrevo a seguirla por el pasillo, porque, al fondo, cuatro guardias armados hasta los dientes custodian una puerta de acero blindado. Los guardias se apartan para dejar pasar a la mujer, inclinando la cabeza en señal de respeto. El modo en que se mueven, la rapidez con que lo hacen, la tensión que demuestran, me hace pensar que la temen. La mujer extrae un aro repleto de llaves de su cinturón y con ellas abre tres candados diferentes en la puerta. Luego se queda muy quieta, con la cabeza gacha, murmurando algo. Levanta una mano para cubrirse el rostro y, con un dedo de la otra, parece trazar algo sobre la puerta. Un penetrante aroma a tierra húmeda recién arada flota en todo el pasillo y la puerta se abre con suavidad. No soy capaz de ver qué hay al otro lado. La mujer entra y la cierra tras de sí con un chasquido metálico. Los guardias intercambian incómodas miradas entre ellos, pero no dicen nada.
Una habitación vigilada por guardias, con tantos candados en la puerta y, por lo que he visto, protegida incluso con un hechizo… Cualquier ladrón que se precie sabe que esa es la puerta que debe cruzar. Parece que al final sí que voy a necesitar a Bianka. Aquí no puedo hacer nada yo sola, y no sé cuánto tiempo estará ahí dentro la mujer. Tengo que encontrar el camino de vuelta, y eso es algo más fácil de decir que de hacer. Bajo las escaleras corriendo, regreso al pasillo de las armaduras donde la he visto por primera vez. Sigo las marcas y recordatorios que he ido dejando por el camino: una enorme cabeza de alce; una escalera de caracol; una urna de jade; un reloj muy grande; un león tan real que incluso da miedo; una pequeña corona cuajada de joyas, guardada en una vitrina; el pasillo con el techo pintado como una bóveda celeste, y, así, siguiendo una referencia tras otra.
Me detengo en un pasillo decorado con caligrafía zhongguana. No sé si vislumbro el movimiento o es otro sentido el que me alerta, pero alzo la vista. Y allí está, vestida de negro de la cabeza a los pies y colgada del techo como una especie de gigantesca y espantosa araña.
—¿Ves? Yo también sé hacerme invisible —dice Pia.
Y, antes de que me dé tiempo a echar a correr, se deja caer directamente sobre mí.