Julia desaparece
Capítulo 24
No hablamos. ¿Qué podríamos a decir? Los barcos que nos persiguen son muy rápidos, y ninguno de nosotros es un marinero experimentado.
—Tiza —pide Bianka, con voz ronca. El profesor corre a la bodega para conseguirle un poco más. Esme está inclinada sobre ella, le ha abierto el vestido por la mitad y está intentando hacer algo con las puñaladas y las heridas de bala. Bianka la ignora, observa los barcos y aferra a Theo contra su pecho.
Gregor reparte revólveres. Dek prepara su pequeño cañón. Frederick está observando por el catalejo. Yo me acerco a él con paso vacilante y le doy un toquecito en el hombro. Me cede el objetivo con los ojos cargados de preocupación. Cuesta distinguir algo en la oscuridad, a pesar de que la luna está casi llena, pero a través del catalejo consigo divisar más o menos quién maneja los barcos. No son los guardias a los que nos hemos enfrentado en la isla. No sé qué son esas cosas. Tienen la piel y el cabello blancos, van desnudas y están cubiertas de tatuajes. Veo a Casimir en la cubierta del barco más cercano, con los brazos enlazados a la espalda, su abrigo de piel ondeando al viento. Me pregunto qué habrá sido de Gennady. Le devuelvo el catalejo a Frederick y me limpio la sangre de la barbilla y la nariz con la manga del vestido.
—Deberías pedirle a Esme que te eche un vistazo —me dice—. Por el Gran Innombrable, ¿qué te ha pasado en la mano?
—Me ha roto la muñeca y los dedos, uno a uno —respondo.
Pretendía decirlo con desdén, pero me ha quedado un poco lastimero. Mi mano ya no parece en absoluto una mano, tiene más bien el aspecto de un mitón hinchado y ensangrentado. Cada vez que me muevo, una oleada de dolor me recorre todo el brazo. Frederick me toca el otro brazo y está a punto de decirme algo, pero entonces Gregor grita:
—¡Todo el mundo atrás! ¡Ahí va!
Dek apunta a través de la mirilla que hay en lo alto de su pequeño cañón casero. Lo gira ligeramente y, luego, activa un interruptor. Un siseo, y uno de los cartuchos sale disparado, dibuja un enorme arco, dejando una estela humeante de gas amarillo a su paso. No es gas pimienta, sino veneno. Su puntería es certera: el cartucho aterriza en la cubierta del barco de Casimir con un estruendo metálico. Casimir alza el vuelo con sus enormes alas y dibuja una espiral sobre el barco. Los salvajes tatuados de aspecto fantasmal se desploman en la cubierta, inconscientes, y no tardan en quedar ocultos por la nube de humo amarillo, que pronto se torna marrón.
—¡Asombroso! —grita el profesor Baranyi—. ¡Seguro que la Corona te pagaría una fortuna por este invento!
—Nunca he tenido tratos con la Corona —dice Dek—. Aunque tampoco confío en ellos: no creo que me pagaran —luego nos grita al resto—. ¡Hay máscaras en esa bolsa, junto al bote salvavidas! ¡Si veis que nos acercamos demasiado al humo, ponéoslas!
—¿Cuántos cartuchos te quedan? —pregunta el profesor.
—Seis —responde Dek.
Alcanza al segundo barco, que también se desvía de su recorrido y se aleja de nosotros envuelto en una nube de color marrón negruzco. Observo a Casimir en las alturas, planeando en círculos cada vez más y más altos, una silueta oscura recortada contra el cielo negro. No tardará en lanzarse en picado contra nosotros.
—¿Tienes buena puntería? —pregunto a Frederick.
—Más o menos. No tan buena como la tuya.
—Esa… cosa —digo, señalándolo. Ahora mismo, no confío en mi propio pulso—. Apúntale con el revólver y no lo pierdas. Dispara si se acerca a distancia suficiente.
Frederick asiente y alza la vista. Las estrellas están empezando a salir.
El tercer cartucho no alcanza al siguiente barco de la formación. Aterriza con un siseo en el agua, junto a él, y el gas se disipa entre las olas y termina extinguiéndose.
Bianka intenta escribir algo en la cubierta del barco, pero la tiza se le rompe y cae de espaldas contra el bote salvavidas, con la respiración rápida y entrecortada.
—¡Por los Sagrados, deja que Esme se ocupe de ti! —le digo—. Morirás si sigues intentando luchar contra esas heridas.
Bianka me dedica una sonrisilla torva.
—No, a menos que me tires por la borda —responde.
—De acuerdo, pero estás demasiado débil para hacer magia —le recuerdo.
—Y yo no sé qué les pasará a las brujas cuando pierden tanta sangre como estás perdiendo tú, pero creo que ni siquiera ellas son capaces de caminar sin sangre en el cuerpo —añade Esme en tono de reproche. Bianka está demasiado débil para resistirse. El pequeño Theo se aferra a su madre, escondiendo la carita contra su cuerpo.
Bianka me mira a los ojos por encima de los anchos hombros de Esme.
—Pase lo que pase —dice—, no permitas que se lleven a Theo.
Alzo mi revólver con solemnidad, como si fuera una promesa. Bianka asiente con un movimiento de cabeza, la mirada exhausta.
Cuarto cartucho y tercer barco que queda fuera de la persecución. Casimir se lanza en picado contra nuestro barco.
—¡Dispara! —le grito a Frederick—. ¡Dispara!
Casimir es una enorme sombra que planea sobre nosotros: la envergadura de sus alas es casi tan grande como nuestro barco, pero ambos le disparamos. Casimir vira a un lado y empieza a volar de nuevo en círculos sobre nuestra posición.
Un quinto cartucho sale propulsado por el aire y cae dejando un rastro de humo. Veo los ojos abiertos de par en par en los impávidos rostros de las criaturas agazapadas en el barco más cercano. Son seis, van armados con rifles y nos apuntan con ellos.
—¡Todo el mundo al suelo! —grito.
Yo misma me tiro sobre la cubierta y, durante un segundo, me duele todo tanto que creo que me han disparado. Por aquí y por allí vuelan trozos de madera y la vela mayor queda hecha jirones.
—¡Abajo! —ruge Gregor en cuanto se detienen para recargar los rifles—. ¡Todos a la bodega!
Wyn está a mi lado y, con el brazo que aún tengo sano, lo empujo hacia Theo.
—¡Coge al bebé y llévalo abajo! —le apremio. Wyn me lanza una mirada suplicante y yo grito con la poca voz que me queda—. ¡Coge al condenado niño, Wyn! ¡Voy detrás de ti!
Wyn coge a Theo de los brazos de una seminconsciente Bianka, a la cual levantan entre Esme y el profesor. Dek está cargando el último cartucho en el cañón cuando se escucha el estruendoso disparo de uno de los rifles y Dek cae de espaldas en cubierta, gritando. Otra lluvia de balas. No sé dónde le han dado, pero Frederick, buen chico, ya lo ha recogido del suelo y lo está llevando también a la bodega.
Casimir vuela en círculos, cada vez más cerca. Me arrastro para alcanzar el cañón de Dek y me refugio tras el timón. Localizo a Casimir a través de la mirilla. Dibuja círculos y más círculos en el aire, y luego vuelve a lanzarse en picado y desaparece de mi vista. Lo avisto de nuevo, espantosamente cerca, lo fijo en el punto de mira y tiro de la palanca.
El cartucho sale disparado hacia arriba y se le incrusta en el pecho. Casimir se desploma directamente sobre nuestra cubierta, tan deprisa que por poco no consigo apartarme a tiempo de su trayectoria antes de que caiga en medio de un torbellino de plumas sueltas. Logro arrastrarme hasta la bolsa de las máscaras que hay junto al bote salvavidas, justo antes de que el humo amarillo empiece a brotar del cartucho y se disperse en nuestro barco. Noto su sabor, agrio y caliente, y durante un segundo pierdo la noción del arriba y el abajo: tan solo me siento flotar, sin dolor, hasta que la máscara por fin me cubre la cabeza. Tomo una profunda bocanada de un aire con sabor metálico y recupero los sentidos. Casimir se revuelca sobre la cubierta, debilitado, y luego se queda inmóvil con las alas extendidas. Me abro camino entre el humo, jadeando violentamente a través de la máscara. El aire es escaso y tiene un sabor extraño. Arrastro a Casimir con mi brazo bueno hacia donde creo que se encuentra la borda. No pesa tanto como me esperaba, pero, aun así, avanzo muy lentamente. A través de las gafas de la máscara veo que el humo está empezando a adquirir un tono marrón. Choco de espaldas contra la borda y a punto estoy de precipitarme yo misma al agua. No sé cómo voy a levantarlo. Quizá sería capaz de hacerlo si pudiera usar ambos brazos, pero con uno solo es imposible. Tiro de él una y otra vez, inútilmente. De repente, su cuerpo se eleva, se ladea y se hunde en el agua con un chapoteo. Veo otra de esas máscaras de aspecto siniestro junto a mí cuando el humo empieza a disiparse a medida que el barco se distancia de la nube de gas. El dueño de la máscara se la quita en cuanto volvemos a estar al aire libre, y entonces reconozco a la señora Och.
Señala los dos barcos que aún nos persiguen.
—Quiero invocar a los vientos —dice—. Dame tu fuerza.
Me coge la mano buena con una de sus peludas zarpas salpicadas de manchas como las de un leopardo. Empieza a pronunciar palabras en un idioma que no reconozco. Mi campo de visión se estrecha repentinamente para luego volver a ensancharse y abarcar unos inquietantes trescientos sesenta grados. Intento soltar la mano, pero la señora Och no me lo permite. Grito y me revuelvo inútilmente. No es porque no quiera ayudarla, sino porque siento como si estuviera absorbiéndome la vida. Es doloroso, pero no es dolor lo único que siento. No solo está extrayendo de mí fuerza o energía: es algo mucho más primario que todo eso. La mente. El ser. El aliento. Hasta el pulso me está abandonando. Estoy suplicando, aunque no tengo muy claro por qué. Porque pare. Por mi vida. Por la absolución.
Es algo que recordaré después, pero que en este momento me pasa casi desapercibido: el viento que se levanta en la popa de nuestro barco, en la estela que dejamos, un potente y desmesurado vendaval. Veo cómo los dos barcos que aún nos persiguen salen volando y vuelcan. Veo a Casimir emergiendo de entre las olas, con las alas extendidas, pero el viento le golpea y le obliga a retroceder fuera de nuestra vista.
Tengo la sensación de que todo dura una eternidad. Cuando la señora Och me suelta la mano, caigo inerte sobre la cubierta, la visión reducida a la nada, el mundo girando y precipitándose hacia la oscuridad. Desde un lugar muy distante de mi mente, pienso que me estoy muriendo. Estoy tremendamente triste, pero no hay nada que pueda hacer para evitarlo, y lo lamento, pero eso tampoco soy capaz de decirlo en voz alta.
Cuando me despierto, Wyn está a mi lado. Su cara se me antoja extrañamente grande. «Un hombre puede cambiar, ojos castaños, si encuentra algo por lo que valga la pena hacerlo», me dice. Y yo gruño: «Grrrr». Y él dice: «¿De verdad que te he perdido, Julia?».
La respuesta a esa pregunta es demasiado complicada para las pocas fuerzas que me quedan. Pienso que debo de estar soñando, o alucinando, pero creo que lo mejor será responder algo, por si acaso no lo estoy, así que respondo con un simple: «Sí». La cara extremadamente grande de Wyn rompe a llorar, y todo me resulta demasiado abrumador, así que me desmayo de nuevo.
La siguiente vez que me despierto, el que está junto a mí es Dek, con su tamaño habitual, y yo estoy en una cama. La mano que tengo rota está vendada. Lo primero que hago es inclinarme hacia un costado de la cama para vomitar, pero no consigo expulsar nada. El mundo se mece a mi alrededor. A medida que pasan los minutos me doy cuenta de que el movimiento se debe a las oscilaciones del barco. Reconozco el camarote, los estrechos camastros.
—Gracias al Innombrable —dice Dek—. Toma un poco de agua. O un poco de caldo.
Mi garganta emite un sonido áspero que hace que Dek se alarme un poco. Entonces, consigo decir:
—Agua, por favor.
Me obligo a incorporarme y él sostiene el vaso contra mis labios. Tengo la garganta muy seca y el agua me sienta muy bien, al menos hasta que me llega al estómago, y entonces vuelve a salir por donde ha entrado. Una insoportable jaqueca se apodera de mí y me oprime el cráneo como si fuera un tornillo. Lloro de dolor, pero, cuando se me pasa, consigo beber un poco de agua y algo de caldo y me siento un poco más recuperada.
—¿Qué ocurre? —pregunto a Dek.
—Pronto atracaremos en Andora —explica—. Una ciudad portuaria de Sirillia. No te has perdido demasiado: hemos reparado el barco, atendido a heridos y enfermos y hecho guardias para vigilar si ese loco con alas volvía a por nosotros.
—Casimir —digo yo.
—La señora Och supuso que podríamos llegar a Andora antes de que nos encontrara de nuevo. Una vez en Andora, nos separaremos. Se llevarán a Bianka y al niño a alguna parte. Gregor está en pie de guerra porque piensa que no vamos a recibir nuestro dinero. Aunque yo tengo el presentimiento de que tu señora Och cumplirá.
—Eso espero —respondo yo.
—Esme se ha dado bastante maña curando a la bruja.
—¿Está bien?
—Se mueve despacio, pero parece que sí.
—¿Y Theo?
—Como un sol, por lo que parece.
Consigo reprimir las lágrimas.
—¿Y cómo están los demás?
Dek se encoge de hombros:
—Todo el mundo un poco dolorido, supongo, pero nada más que eso. Wyn se rompió el brazo en la primera tormenta. A mí me dispararon en el muslo. En el bueno, encima, menuda mala pata. A pesar de todo, diría que, en general, hemos salido bastante bien parados.
Se queda charlando conmigo un rato e intenta preguntarme un par de veces qué fue lo que pasó en el salón Terra, pero no encuentro la respuesta. Finalmente, le pido:
—¿Puedes ir a buscar a la señora Och? Necesito hablar con ella.
El profesor la ayuda a entrar y a tumbarse en el camastro que hay frente al mío, así que, por un momento, tengo la extraña sensación de que somos compañeras de camarote tomándonos un descanso. Parece envejecida y muy delicada.
—Lo siento —me dice—. No me gusta tomar prestada la fuerza vital de otro ser, sobre todo teniendo en cuenta todo por lo que habías pasado. Pero no vi alternativa.
—Todos seguimos con vida, así que supongo que hizo lo correcto — respondo—. ¿A qué se refiere con «tomar prestada mi fuerza vital»?
—Me refiero exactamente a eso. Cada persona posee su propia fuerza vital, su energía. En los jóvenes es más fuerte, por supuesto. Hace mucho tiempo que aprendí a absorber la de otra persona, y es algo que se me ha hecho cada vez más necesario a medida que he ido envejeciendo. Pero, debido a las exigencias de la tormenta que invoqué y al estado de debilidad en el que te encontrabas, estuviste a punto de no salir viva. Lo lamento mucho.
—Estoy bien. O supongo que lo terminaré estando. ¿Qué pasará ahora?
—Llevaremos a Theo a un lugar seguro. Pero no estará a salvo durante mucho tiempo. Casimir volverá a buscarlo.
—Pero esa bruja, o lo que sea que fuera esa jorobada, Shey, está muerta —digo—. ¿Acaso no la necesita?
—Dudo mucho que Shey haya muerto —responde la señora Och.
—Le disparé cuatro veces —replico—. Sangraba por todas partes.
La señora Och no responde nada y empiezo a pensar que no hay nada que pueda acabar con estos terribles seres.
—Supongo que Pia tampoco está muerta —pregunto, apesadumbrada.
—Pia, creo, tiene nueve vidas —dice la señora Och—. No sé cuántas habrá consumido.
No tengo muy claro si está intentando bromear, pero capto lo más importante. No estoy a salvo de ella. Al menos de momento.
—¿Volverá a buscar a Gennady?
La señora Och niega, moviendo la cabeza.
—No puedo salvar a Gennady —responde.
—Pero es su hermano.
Yo jamás dejaría a Dek a su suerte en un lugar así. Jamás.
—Casimir también es mi hermano —replica ella.
Yo inspiro hondo.
—Casimir dijo que me había elegido a mí para hacer el encargo en su casa porque mi madre había intentado matarlo. ¿Sabe si eso es cierto?
La señora Och frunce el ceño.
—¿Quién es tu madre?
—Está muerta —respondo—. La ahogaron hace años. Se llamaba Ammi Farian.
La señora Och deja escapar un sonido parecido a un largo suspiro.
—Eres la hija de Ammi. No lo sabía. Ay, Julia. No creo que Casimir vaya a pasar esto por alto.
—¿Conocía a mi madre? —le pregunto.
Ella niega con la cabeza.
—He oído hablar de ella. Nunca la conocí. Pero creo que era consciente de cómo podía terminar, Julia, al elegir ser enemiga de Casimir.
—Eso no me consuela.
—No, claro que no.
—¿Cómo elige usted a qué brujas ayudar? ¿Por qué a Jahara Sandor, pero no al resto de brujas que murieron ahogadas aquel día?
Estoy pensando en la joven bruja de cabello castaño. Estoy pensando en mi madre.
—No puedo salvarlas a todas —responde, y la parte más infantil de mi ser se siente tentada de preguntar: «¿Por qué no?»—. Para que algo cambie en Frayne… Intento ayudar a las que puedan ejercer una mayor influencia, cuando llegue el momento.
—¿Cuando llegue el momento de qué?
—El momento del cambio.
—Mi madre quería cambiar el mundo. A ella no la salvó nadie.
—No, no salvé a Ammi. Por aquel entonces no quería inmiscuirme demasiado en los asuntos de Casimir, pero está empezando a ser imposible evitarlos. Hasta cierto punto, soy responsable de su desesperación. Como puedes ver, me estoy muriendo.
—Oh —susurro.
Sigo sin tener muy claros qué sentimientos me provoca la señora Och. No sé cómo responder a la naturalidad con la que le ha restado importancia a la muerte de mi madre, a la idea de que podría haberla ayudado pero eligió no hacerlo, y no estoy segura de lamentar que se esté muriendo.
—El proceso está durando bastante tiempo. Aun así, supongo que ha plantado en Casimir la semilla del miedo a su propia muerte. Mi hermano piensa que puede restaurar el poder que tuvimos antaño con el Libro del Mundo, que la muerte no podrá reclamar mi vida, ni la suya, ni la de ninguno de los tres, si es capaz de recomponerlo. Tal vez esté en lo cierto en ese aspecto, pero yo no quiero ser testigo de la clase de mundo que Casimir sería capaz de crear.
No, yo tampoco.
—Cuéntame qué pasó en la fortaleza —me dice—. Shey consiguió inmovilizar a todos los demás, salvo a ti. ¿Cómo conseguiste escapar de ella y Casimir?
En realidad, no quiero contárselo —no quiero tener que hablar de ello en voz alta—, pero, si no es a ella, ¿a quién podría confiárselo? ¿Quién, si no, podría saber lo que significa todo esto? Así que se lo cuento todo. Le describo lo que vi, lo que sentí. Cuando termino, no dice nada, lo que resulta bastante frustrante, teniendo en cuenta lo mucho que me ha costado expresarlo.
—Gennady me dijo… que ese otro lugar era el Kahge —le digo.
—Imposible —responde ella, aunque su expresión delata que cree la teoría de su hermano—. Ni siquiera los xianren pueden cruzar al Kahge.
Pero yo sí puedo. Decido ir al grano. Me cuesta decirlo, así que lo susurro:
—¿Qué soy? ¿Qué tipo de ser soy, capaz de hacer este tipo de cosas?
Por primera vez, atisbo en sus ojos un destello de algo que podría ser miedo.
La señora Och responde:
—No sé qué eres, Julia.
Por la tarde, Dek insiste en que suba a la cubierta para que vea Andora. Todos vienen en tropel a saludarme, y todo el mundo habla frenéticamente, intercambiando anécdotas y demás. Cuando mis ojos se cruzan con los de Wyn, no estoy segura de si realmente llegué a verle llorar mientras estaba convaleciente o si lo he soñado. Me da un único apretón en la mano sana.
—Me alegro de verte fuera de la cama de nuevo —dice—. Hubo un rato un poco terrorífico, allí.
Yo asiento como una idiota con un movimiento de cabeza, y entre nosotros se hace un silencio un tanto incómodo, hasta que los demás rompen a hablar de nuevo. Gregor me abraza tan fuerte que me hace daño, con su lloriqueo de borracho, pero consigo devolverle el abrazo.
Andora es una ciudad de edificios bajos dispuestos alrededor de un bullicioso puerto. La costa está salpicada de islas. En sus aguas hay un tráfico constante de pesqueros y barcos de pasajeros.
—Nuestro primer viaje al extranjero —dice Dek, con una traviesa sonrisa.
Pero yo no soy capaz de alegrarme. De momento, no. Cada vez que miro al cielo busco a un hombre alado, inspecciono todos los barcos esperando encontrar la espeluznante sonrisa de Pia. Creo que, mientras siga con vida, nunca más volveré a librarme del miedo.
Todos hacemos turnos para ver Andora por el catalejo.
—¡Tenemos que ir al mercado a comprar seda sirilliana! —dice Csilla—. Podríamos aprovechar para sacar algo bueno de todo esto y hacernos unos bonitos vestidos.
—Lo siento —me disculpo, avergonzada—. No sabía… lo feas que se iban a poner las cosas.
—Ay, Julia —me dice, dándome un amigable apretón en el brazo—. He tenido días peores, créeme.
No tengo ni idea de cómo era la vida de Csilla antes de estar con Gregor. Consigo esbozar una sonrisilla torcida y ella me besa en la mejilla antes de aprovechar su turno para mirar por el catalejo.
—No podía pedirles que lo hicieran por menos —dice Esme, a mi lado—. No había duda de que sería peligroso. La recompensa tenía que ser acorde.
¿Está intentando explicarme por qué pidió tanto oro? Asiento, y respondo:
—Gracias. Los demás no habrían seguido adelante si tú no hubieras accedido.
—Si la señora Och cumple, tengo pensado jubilarme —me dice—. Me gustaría colocar a Wyn de aprendiz en algún sitio, o quizá incluso montarle su propio estudio. Darle una oportunidad en otra cosa. Mandaría a Dek a la universidad si pudiera, pero jamás le admitirían. Aun así, podría irle bien si montara su propio taller, o un laboratorio, si es capaz de hacer un par de contactos. La que me preocupa eres tú, Julia. Si quisieras, podrías ocupar mi puesto. Se te daría bien. Pero todavía eres muy joven y no tienes por qué seguir por este camino, si no quieres.
—Me lo pensaré —digo. No puedo volver a mi antigua vida, a mi antiguo yo, pero tampoco soy capaz de imaginar ninguna otra posibilidad. No sé qué otras cosas se me dan bien. «Tu madre nunca aprendió a vivir sin esperanza», me dijo Liddy. Pero yo no sé qué podría darme esperanza.
—Lo has hecho bien —Esme señala con la cabeza hacia donde Bianka juega con Theo, ocultando una canica bajo un vaso y levantándolo para revelarla de nuevo. La canica rueda con el bamboleo de la cubierta cada vez que queda libre—. Una madre tiene que estar con sus hijos —dice en voz baja.
Cuando contemplo a Theo, que ha perdido el aire de diablillo regordete que tenía en casa de la señora Och, pero que ahora vuelve a estar limpio y risueño, mientras intenta coger la canica, el corazón se me encoge dentro del pecho como un puño. Yo me acerco a ellos, luchando contra mis rodillas temblorosas, y me siento a su lado en la cubierta. Bianka oculta la canica bajo el vaso con un fuerte golpe y me fulmina con la mirada.
No le pediré que me perdone, no me lo merezco. Pero no puedo evitar arrodillarme ante ella y susurrar con vehemencia:
—Moriría antes de permitir que volviera a pasarle algo. Te lo juro: antes preferiría morir.
Para mi asombro, Bianka extiende el brazo, toma mi mano sana con la suya y entrelaza sus dedos con los míos.
—Lo sé —me dice.
Yo le doy un apretón en la mano, pero soy incapaz de mirarla a los ojos. No puedo enmendar todo por lo que Theo ha tenido que pasar, por lo que ella misma ha tenido que pasar. Verlo de nuevo sano y feliz, jugando junto a su madre, me produce una gratitud que me desborda. Aunque no soy muy dada a rezar, cierro los ojos con fuerza y le ofrezco mi muda gratitud y mis silenciosos remordimientos al Innombrable, a las estrellas que orbitan en el universo, al propio universo y a cualquier cosa que habite en él y que sea capaz de escuchar mi súplica e interesarse por ella. Y le pido al universo, aunque sé que no tengo derecho a hacerlo: «Protégelo. Protégelo. Protégelo».