La comunidad

Helene Flood · Capítulo 8 de 16

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Noche del miércoles

Esta noche la casa no está del todo en silencio. Oigo los pasos de Merete arriba. Tampoco duerme. Yo casi ni lo intento ya: he perdido la fe en la posibilidad de conciliar el sueño. Me vuelvo y me revuelvo en la cama. Åsmund se ha puesto a roncar minutos después de haber apoyado la cabeza en la almohada. Me entra una envidia amarga, pues el sueño es una cantidad finita a repartir entre los dos, y él se ha servido copiosamente sin dejar nada para mí. A la una y media renuncio a seguir intentándolo, porque ¿para qué?

La única luz que enciendo en el salón es la de la mesita al lado del sofá. Difunde una cálida bóveda de luz en la oscuridad del lugar. Nerviosa como cada noche, compruebo que la cadenilla de seguridad esté puesta. Lo está. Por lo visto nadie la ha tocado. Levanto la tapa de mi ordenador y abro el correo. Leo lo que le he escrito a Ingvild Fredly.

De Merete, cuando no me devolvió el saludo. He escrito sobre eso. Aquel día antes de mudarnos, cuando los estuve mirando a ella y a Jørgen, que estaban fuera, en la terraza con sus amigos. Es cierto que aquello sucedió. Pero también es verdad que es una tergiversación. Más adelante he descrito su apartamento. He contado lo bonito que es, pero además he dicho entre líneas que lo encuentro frío e impersonal. «Como si todo aspecto humano hubiese sido extirpado», he escrito. La casa de Merete. La mano de Merete en todo. Luego he escrito sobre cuando subí a ver a Jørgen por primera vez; aquella noche que ella había salido de viaje. «Cuando no está ella, se ve distinto — escribo—. Parece menos una casa de revista. Más de él». Sobre ella no digo mucho; solo hacia el final, cuando hablo sobre su vida de pareja, sobre cómo era de verdad. Pero aquí ya estoy insinuando algo. La esposa glacial, tan pendiente de las apariencias. Escéptica conmigo desde el primer momento. Salta a la vista que no tuve escrúpulos a la hora de mostrarme atenta con él; es lo que se deduce al leer lo que he escrito. No me extraña que Jørgen se acercara a mí.

No señalo que durante un tiempo, después de aquella única cena en su casa, Merete y yo tratamos de hacernos amigas. Subí algunas veces a verla cuando Jørgen no estaba y los niños dormían. Alguna que otra noche de verano nos sentamos a la mesa de la terraza a beber vino y a charlar. Me habló de su niñez. Es la segunda de tres hermanas, me contó. Había crecido en un espacioso piso del barrio de Frogner. Su padre era un alto funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores, y su madre, cantante de ópera. Cuando era pequeña vivieron un año en París, y las tres hermanas hablaban inglés y francés con soltura; en torno a la mesa de la cocina se reunían la música, el teatro y la diplomacia. «Éramos la puta educación en persona», dijo Merete riéndose. A esas alturas de la velada ya estaba algo achispada. Rara vez soltaba palabrotas. Me explicó que amaba la música y que tocaba el piano de cola de su casa desde que era pequeña. El piano de cola, repetí con risa, y ella respondió: «Así es, ¿no te había dicho que éramos muy educados?». Era buena pianista. Mejor que su hermana mayor, que tenía más sentido de la diplomacia que Merete. Más buena que su hermana menor, que cantaba mejor. Daba la impresión de que reinaba un ambiente de competencia entre las hermanas. Merete dijo que sus padres esperaban de ellas que fuesen las mejores en lo que fuera que hicieran. Ella era una pianista consumada, de modo que sus padres daban por sentado que daría conciertos a escala nacional, y de preferencia internacional. Así son ellos, me dijo. Nunca había puesto en duda el amor que les tenían, solo que no se daban cuenta de lo fácil que es decepcionarse cuando se pone la mira tan alto.

Yo le hablé de mi hermana. Caroline Prytz, igual te suena su nombre. Había ganado aquel concurso en la televisión cuando era solo una chiquilla. Ya era famosa en la pedanía donde crecimos. Era solista en el coro de la iglesia a los ocho años de edad y cantó la pieza de clausura de las celebraciones de Navidad del colegio a los nueve; de ahí en adelante, su nombre ya fue conocido en todos sitios. Grabó discos; luego vinieron los conciertos, los especiales de Navidad, las entrevistas en la tele, las giras. Entonces sufrió un bajón de poca importancia, como corresponde con toda esa presión y toda esa gente que la buscaba. Entraron en escena un psicólogo y un fisioterapeuta, y, luego, vuelta al estudio para grabar otro disco. Mis padres se cuidaron mucho de no tratarnos de manera distinta a una y a otra. Cuando elogiaban a Caroline siempre añadían: Pero Rikke es muy buena estudiante. Muy, pero que muy buena estudiante. Así que, ¿qué hace una en esos casos? Miré a Merete con sonrisa burlona. También yo llevaba unas cuantas copas encima. Pues nada, seguí; fui la mejor del colegio. Saqué notas excelentes y defendí mi tesis doctoral sin haber cumplido los treinta; alcancé el grado de investigadora titular antes de los treinta y cinco. Merete dijo: Quién sabe si después de todo ha sido mejor así. Yo fui una niña prodigio, y mírame ahora. La miré. Sí, estaba claramente pasada de copas; de no ser así, jamás se le habría ocurrido insinuar que lo que tenía —casa, marido e hija— no era suficiente.

Después de aquello dejamos de vernos. No sé por qué. Quizá fue por lo mismo que les pasaba a nuestras hijas, que no encajábamos bien. Puede que me recordase demasiado a mi hermana, o que yo le recordara a ella a las suyas. Si me lo hubieran preguntado, habría dicho que pasó eso, y que las rutinas de la vida nos habían apartado. No había ocurrido nada. Tampoco fue que la una se hubiera alejado de la otra. Al menos a mí no me lo pareció. La cosa no llevó a nada, como suele suceder. Y eso fue mucho antes de que empezase a verme con su marido.

En este momento está cruzando el salón. Sus pasos son más lentos que de costumbre. Pobre Merete. No es una reina de las nieves: eso lo sé. Tal vez me convendría verla así, y mucho más describirla en esos términos a Ingvild Fredly.

Voy a la cocina. Me consta que en el armario tengo alguna infusión para dormir bien. Maldigo al médico que no me quiso prescribir una solución química para mi problema, de modo que ahora debo recurrir a hierbas compradas en el supermercado. Cuando estoy allí advierto que también ella está en la cocina. Quién sabe si está justo encima de mí. Somos las únicas dos personas en vela en el edificio.