La comunidad
Viernes
Gundersen se inclina por encima de la mesa de la cocina y levanta la cafetera con toda desenvoltura. Acababa de ponerla allí. Yo he sacado tazas para servirle un café, pero se me ha adelantado. Llena la taza casi hasta el borde, deja la cafetera y da un sorbo.
—¡Ah! —exclama con deleite.
Es de los que necesitan estimulantes, me digo, como si los dedos manchados de nicotina y el aroma a tabaco que desprende y llena la estancia no me lo hubieran dicho ya. Me pregunto cómo se lleva con el alcohol; si bebe mucho o es mortificadamente precavido.
—¿Quieres un poco? —pregunta al tiempo que deja su taza. Sin esperar respuesta, llena la otra taza también hasta el borde.
—Sí. Gracias —digo innecesariamente cuando está a mitad del rito.
Pone la taza delante de mí. Está tan llena que tengo que beber un par de sorbos antes de poder tomarlo con normalidad. El café está caliente. Me quemo la lengua y me escuece la garganta. Dejo la taza y me llevo una servilleta a los labios tratando de ignorar el ardor, que no tardará en pasar.
Dice:
—Bueno.
—Bueno —repito yo.
Nos miramos a los ojos.
—Así que has bajado al sótano y has abierto el congelador de la familia Sparre.
—Sí —digo, y suspiro—. Y la verdad es que no sé por qué lo he hecho. Se me ocurrió después de que habláramos. También bajé por eso el otro día.
—¿Qué fue lo que se te ocurrió?
—Lo del congelador. Que Svein lo hubiera puesto allí, sin más, y que…
Y me callo. No puedo decir nada de Emma, de la salida de emergencia de su habitación, que había ido a ver qué ruido hace; que ahora sé que puede escabullirse por las noches sin que yo me entere. No puedo implicarla a ella. Tampoco puedo hablarle de mi indignación sin decirle lo que Jamila y Rebekka me han dicho de Jørgen y sus mujeres, pues entonces toda la historia quedaría expuesta a una luz mezquina.
—Dijo que lo podíamos usar —respondo en cambio—. Y sin embargo, lo tenían inexplicablemente cerrado con un candado. Si hubieran puesto un código distinto, entonces habría sido difícil que los demás nos aprovecháramos de él, así que, en efecto, decidí comprobarlo.
Gundersen me mira. Es una técnica, eso lo sé. Los periodistas la usan en ocasiones. He visto a Jørgen hacerlo: si respondes con silencio a una afirmación, la persona que habla sentirá que debe abundar, explicar, dar más información. Conozco el truco y no me resisto a caer en él.
—No es que me imaginara que fuera a encontrar gatos muertos —explico —, sino que, no sé, toda esta historia es tan fea… Que alguien de nuestra propia casa…
Anoche dormí solo un par de horas, y se nota. Me resulta difícil ensamblar las ideas. No logro dar con una explicación plausible para mi exploración del congelador. Además soy consciente de que bien podría estar Nina sentada en su cocina, en la casa de al lado, escuchando. O Svein, o su hijo. Me invade un desagradable desasosiego con la idea de encontrármelos después de lo del congelador; de mirar a Nina a los ojos, ahora que puede saber que he estado fisgoneando en sus cosas. Y eso sin contar con la igualmente invasiva inquietud que me atenaza la cintura y el estómago. ¿Por qué había gatos congelados en el congelador? La corpulenta figura de Svein en el despacho aquella noche. He visualizado tantas veces esa imagen en la mente que empieza a parecerme un recuerdo.
Gundersen dice:
—Necesito que me eches una mano, Rikke, porque no lo acabo de entender. Tú, Pettersen y yo hemos hablado aquí mismo. Hablamos del gato que encontraste. Yo te muestro el rollo de cuerda del trastero del jardín, y tú me dices que estabas despierta, pero que no oíste nada, pero que puede que en algún momento hubieras oído un ruido de puerta. ¿No es así?
—Así es.
—Luego nos despedimos y tú bajas al sótano a comprobar tu bici.
Me mira con insistencia.
—Bueno —digo, y guardo silencio.
—¿Bueno qué? —pregunta él.
Respiro hondo. No sé cómo explicarlo. En el trabajo, estas cosas se me dan muy bien. Construyo mi tesis sobre personas o sentimientos; explico falacias y conductas en apariencia irracionales con argumentos de teoría conductual, economía y psicología; cito a Richard Thaler y a Daniel Kahneman, y cierro con una conclusión tan convincente que mi público no puede sino rendirse a la evidencia.
Pero ahora no lo consigo. Sé que tengo que parecer digna de confianza. No debo orientar la sospecha hacia mi hija de ninguna manera. Suelto aire con un largo suspiro y doy otro sorbo al café. Al dejar la taza en la mesa veo una raya de color café que la corta en dos; el café del último sorbo que ha caído sobre la mesa y ha dejado un círculo donde descansaba la taza.
—Pensé en la salida de emergencia —confieso—. Quería comprobar si alguien habría podido entrar por ahí.
—¿Si alguien habría podido entrar, has dicho?
Su tono lo traiciona, pienso, mientras una corriente de hielo se extiende del estómago hacia arriba. Ya se ha dado cuenta de que bajé para ver si alguien de mi familia pudo haber salido.
—Sí —afirmo con voz tímida—. Puede que haya un asesino en la casa.
Gundersen dice:
—Muy bien, entonces bajaste a ver si alguien habría podido entrar por la puerta de emergencia. ¿Comprobaste la cerradura desde fuera, entonces?
—Sí.
—¿Y es posible?
—¿Qué?
—¿Podría alguien entrar por allí?
Por un instante me quedo en blanco. Luego digo:
—No lo sé. No llegué a comprobarlo. Apareciste tú.
Gundersen asiente con un lento cabeceo. Me mira de nuevo con insistencia. Pero retoma el hilo:
—Entonces aparecí yo. Hablamos y nos fuimos luego cada uno por su lado. Si mal no recuerdo, tú volviste a tu casa, ¿no?
—Sí.
—¿Y luego?
—Luego fui al médico —respondo—. Estoy de baja por enfermedad porque, bueno, porque todo esto me ha dejado marcada. Me está costando dormir por las noches y…
¿Llama la atención que haya pedido una baja? Sin duda ha debido de leer el correo que le mandé a Fredly. Él está al corriente. Tiene que entender que todo esto me haya afectado, ¿no? Me da la impresión de que se me ocurre algo, una idea, pero se desvanece y me doy cuenta de que me he quedado mirando al vacío mientras Gundersen me observa.
—Perdona —digo—. Es que estoy agotada. Apenas he dormido desde que pasó. Me resulta difícil concentrarme.
Asiente. Sigue a la espera, por lo que veo, porque no dice nada. Sencillamente me mira.
—Y ayer fui al centro —prosigo—. Volví a casa en metro. Me senté en la cocina, y estaba mirando hacia los buzones cuando me dije…
—¿Sí?
—Cuando me dije: ¿qué coño? ¿Qué hace ese congelador allí abajo? Pensé en eso cuando estuvimos ahí abajo el martes por la mañana. En ese candado. Me entraron ganas de comprobarlo.
—Y cuando probaste el código y funcionó, ¿te pusiste a excavar hasta el fondo del congelador?
—Sí.
—¡Qué ímpetu!
—Aquella bolsa era distinta.
—¿Qué pensaste que sería?
—No lo sé. Más carne de caza. No tengo idea. La abrí y ya está. —Él asiente despacio—. No te lo sé explicar mejor —digo—. Son de esas cosas que haces, ¿sabes? Una estupidez que crees que no tendrás que contarle a nadie. Que fisgas en las cosas de tu vecino, que husmeas en el botiquín sus medicamentos cuando estás de visita, que abres un armario o un cajón porque eres, qué sé yo, curiosa. Una no espera encontrarse nada por lo que haya que llamar a la policía.
Tengo la impresión de que me sale una voz demasiado desesperada. No consigo controlar del todo la cadencia ni la expresión facial. Ni siquiera controlo lo que estoy diciendo.
Gundersen pregunta:
—¿Cómo suele dormir Åsmund?
—¿Qué quieres decir?
—Me refiero a una noche cualquiera. ¿Cómo duerme tu marido? ¿Tiene el sueño profundo o ligero?
—No lo sé —replico—. Normal, supongo.
—¿Y tú?
—Yo tengo el sueño ligero. A veces Lukas se despierta dando gritos y tengo que bajar en medio de la noche.
—¿Te despiertas si Åsmund se despierta por la noche? —quiere saber—. Pongamos que tiene que ir al baño. ¿Eso te despierta?
—No suele despertarse por eso —contesto—. Normalmente duerme toda la noche de un tirón. Pero, sí. Si ocurre algo me despierto. Si suena un teléfono, por ejemplo.
—Ya.
Caigo muy tarde en lo que está haciendo, en el porqué de esas preguntas. Los súbitos cambios de tema me distraen y, como estoy agotada, no tengo la flexibilidad mental suficiente para seguirle el juego a la velocidad debida.
—Y tenemos un crío pequeño —comento—. Puede que por eso tengamos el sueño más ligero que la mayoría de la gente. A ver, Åsmund también se despierta cuando Lukas se pone a chillar, solo que yo me suelo despertar primero. Cuando Åsmund se despierta, yo ya estoy fuera de la cama. Pero cada vez que me levanto por la noche, él se despierta.
Gundersen me mira. Me maldigo por no haberlo visto venir. Åsmund es mi coartada y yo la suya. Si uno de los dos se hubiese levantado de la cama para matar a Jørgen aquella noche, el otro se habría despertado.
—De modo que, si subes a verte con Jørgen Tangen —continúa Gundersen— para una, no sé cómo lo llamas, digamos que una visita nocturna, entonces ¿Åsmund se despierta?
—Nunca he subido a verme con Jørgen estando Åsmund en casa — afirmo, y bajo la voz, muy consciente de los vecinos de al lado, y de los otros también; como si el edificio entero estuviese a la escucha—. Ni Merete ni Åsmund podían estar: esa era la condición.
—Pero ¿los niños sí?
—Filippa solía acompañar a su madre —explico—. Y mis hijos dormían varias plantas más abajo. Subía siempre con el vigilabebés, tal como le escribí a Ingvild.
Gundersen toma un sorbo de café. Será el último, por lo visto. Mientras bebe, veo que no hay mancha circular allí donde ha estado descansando su taza: la ha cogido y vuelto a poner encima con una precisión absoluta.
—¿De qué manera te ha afectado la muerte de Jørgen? —inquiere.
—¿Qué quieres decir?
—Lo que he dicho: ¿cómo te ha afectado? ¿Estás triste? ¿Furiosa? ¿O tal vez un poco aliviada?
—¿Aliviada?
—Tú querías dejarlo, ¿no?
Me quedo quieta en mi asiento. ¿Cuánto he llorado a Jørgen desde el domingo? Lloré inconteniblemente en el suelo del cuarto de baño la noche que me enteré, pero ¿desde entonces? Es verdad que era incapaz de dejarlo. En un par de ocasiones dijimos que cortábamos, pero caímos otra vez, de inmediato. Y luego me planteaba por qué no podía parar de verlo, si era eso lo que más ansiaba. Pero era difícil. Éramos vecinos. Resistir a la urgencia de subir no era un problema cuando me sentía a gusto, o solo bien, o un poco triste; pero si se presentaba algo que ni Åsmund ni yo sabíamos manejar, entonces los dos tramos de escalera no se me hacían cuesta arriba. Jørgen estaba tan al alcance de la mano que, para ponerle fin a la relación, tenía que evitar el impulso de subir a verlo, pero no solo de vez en cuando, sino todo el tiempo, aun en mis momentos de mayor debilidad. Se entiende por qué los alcohólicos que se están recuperando no pueden tener una botella de vino en casa. Y por mucho que llore a Jørgen, porque lo lloro, resulta obvio que también es un alivio que ya no esté. La botella de vino ha desaparecido. No hay más que hablar.
Pero eso no me atrevo a contárselo a Gundersen. Así que me limito a proferir:
—Es horrible.
Y eso tampoco es mentira.
—Vale —dice—. No te retengo más. Es posible que tenga que hablar contigo de nuevo, así que hasta la próxima.
—Una cosa que me estaba preguntando —digo al tiempo que nos ponemos de pie—. Esos gatos que he encontrado.
—¿Sí?
—¿Son los? Quiero decir, ¿son los que han desaparecido?
Nos miramos el uno al otro desde ambos lados de la mesa de la cocina.
—A los gatos no se les suele hacer una autopsia —contesta despacio—. Y los casos de crueldad animal, por desgracia, tienen que ser de alguna importancia para que se abran pesquisas oficiales. Es una lástima. El caso es que el que tú encontraste en los buzones fue enviado a la Escuela Noruega de Ciencias Veterinarias. Y quien lo examinó ha constatado que ese gato había permanecido congelado hasta hacía poco. Llevaba muerto un tiempo. Y no murió ahorcado, por decirlo de alguna manera.
Me quedo inmóvil junto a la mesa de la cocina, dejando que vaya solo a la salida. Oigo sus pasos rápidos en el rellano. Oigo un ruido de puerta; quién sabe si la del sótano, pero esa escalera es de hormigón, y desde donde estoy apenas se oye si alguien sube o baja. Permanezco allí. Todo cuanto me rodea parece irreal, como si estuviera medio despierta. Como si parte de mí estuviera soñando.
Filippa abre la puerta. Con esto no contaba. Me había preparado para encontrarme con la madre. No había previsto tener que lidiar con la hija.
—Hola —dice.
—Hola —saludo.
Nos miramos. No da la impresión de que ir a llamar a su madre entre en sus planes inmediatos. Se queda quieta. Siento que me sumerjo, hundida por el peso que impone la responsabilidad ante esta situación. Es una niña que ha perdido a su padre. Yo soy una mujer adulta. Nada de lo que yo diga podrá aliviar su dolor, darle consuelo ni mejorar algo la situación, y sin embargo debo intentarlo.
—Cariño, qué triste es todo eso —digo.
Aun cuando no puedo decir que la conozca bien, advierto que algo ha cambiado en ella; lo sospeché ya cuando la vi en el jardín. Está más pálida, parece más dura. Es como si tuviera la mirada dirigida hacia dentro, por mucho que me esté mirando. Sigue allí de pie. El momento se alarga una eternidad mortificante y no sé qué hacer, si marcharme, pedirle que me deje pasar o llamar a Merete, pero justo entonces se hace a un lado.
—Pasa —me dice con voz cansada—. Mami está en la cocina.
Se da media vuelta y se va. Oigo sus pasos escaleras arriba hacia el ático.
El apartamento presenta leves señales de dejadez. Dos tazas descansan abandonadas en la mesita junto al sofá blanco crema, entre envoltorios de chocolates que han quedado allí abiertos. Los cojines del sofá se han deslizado un poco sobre el asiento y nadie se ha molestado en ponerlos de nuevo en su lugar. Cruzo despacio el salón. Fue aquí donde tuve la impresión de que algo iba mal aquel día. Sin que sea realmente mi intención, me vuelvo hacia su despacho, la herida abierta de la casa. Siento la reacción en el estómago, pero por suerte la puerta está cerrada.
La última vez que estuve aquí —quitando aquel sábado que entré por mi cuenta y a solas, y que rechazo sin dudar— había subido a verme con Jørgen. Fue a última hora de una mañana hace dos semanas. Yo había venido en bici del trabajo, él trabajaba en casa ese día, y Merete estaba fuera. Aquella ocasión estuvo cargada de desgana. Como si aquellos encuentros fueran una tarea que se me hubiera encomendado y no tuviera más remedio que cumplir. Nos hallábamos tendidos en la alfombra de la sala del ático, porque yo me negaba a ocupar la cama de día, y Jørgen, acostado a mi lado, comentó que, a decir verdad, habríamos estado más a gusto en la cama. Me enfadé con él.
—Pues entonces ve y échate en la puta cama de día —le solté.
¿Somos una de esas parejas, me digo mientras pedaleo de regreso al trabajo, que se pasan la vida dándose coces? ¿Será que después de todo la realidad nos ha dado alcance, incluso aquí, en esta relación ilícita donde el tiempo no existe?
Jørgen no me dio réplica. Se puso de pie y, desnudo, fue hacia el tocadiscos. Tenía un montón de discos, de los de vinilo, pues consideraba que el sonido era mucho mejor. Yo empecé a vestirme. Sabía, sin necesidad de verlo, cómo manipulaba los discos. Los extraía de su funda con extremo cuidado y los sostenía entre las manos abiertas para no tocar los surcos con los dedos. Un ligero fondo de bajo llenó la sala del ático. Era una versión rockabilly de Susie Q.
—Esa es la clase de música que escucha mi padre —manifesté.
Jørgen me miró sonriente.
—Siempre me ha gustado esta canción —comentó canturreando por lo bajo—: I like the way you walk, I like the way you talk, Susie Q. ¿Sabes por qué?
—Por la compleja poesía del texto —sugerí. Estaba de mala uva.
Jørgen no se dio por enterado. Se puso los pantalones y echó un vistazo por la ventana, comprobando el vecindario. Se volvió a mirarme.
—Así es como un hombre de pocas palabras expresa su amor —continuó él—. Uno que no domina el lenguaje emocional que es normal en los demás, que no consigue decir lo que siente por su dama, pero que sin embargo ama intensamente.
Solté una risa, un poco a regañadientes. Él volvió a sonreír, ahora revelando la recta hilera de dientes que flanqueaba al diente torcido. Aún recuerdo la primera vez que me fijé en ese diente. Fue en un momento cualquiera en la escalera, mucho antes de que empezáramos a vernos así.
Antes de marcharme me acomodó el cabello detrás de las orejas.
—Rikke, cariño —dijo—. Ve y demuéstrales quién manda allí.
Ya en la bici y de regreso al trabajo me dije, como era ya costumbre, que tenía que acabar con esto, que ya estaba bien y que esta había sido la última vez. Pero no me lo creí, y reconocerlo me llenó de pena.
Merete está sentada a la mesa de la cocina. Tiene un periódico abierto delante y el móvil al lado. Junto al teléfono hay una gigantesca taza de té. Cuando entro a la cocina se vuelve a mirar.
—Hola —saluda.
¿Estará sorprendida? ¿Habría creído que no vendría?
—Hola —replico—. Ay, qué digo. Mi más sentido pésame. ¿Cómo estáis las dos?
—Oh —dice—. No sé. Es…
Y se queda callada un momento mirando por la ventana. Su cocina se parece a la nuestra, solo que, como se encuentra un piso más arriba, la vista es mejor. Están a la misma altura que el Bakkehaugen, por encima del resto de las casas de la calle.
—No creo haberlo asimilado por completo todavía —contesta al cielo, más allá de la ventana—. Tengo la impresión de que está de viaje o algo así.
Está pálida, compruebo, y se la ve cansada. Y pese a ello está guapísima, casi más que de costumbre. Como si el duelo le favoreciera.
—Llevará su tiempo —comento con torpeza, pero ¿qué otra cosa voy a decir? Ahora siento que no es correcto que esté yo aquí. Como entrando a pisotones donde no me corresponde.
—Sí.
Por un instante parece a punto de echarse a llorar, pero traga saliva y se pone de pie. Se acerca a la encimera de la cocina; se vuelve a mirarme y dice:
—Siéntate. Voy a preparar café.
—No hace falta que te molestes —replico.
—Sí que hace falta, sí. Lo necesito.
Me siento. No hay otra cosa que hacer. Tendré que darme prisa en tomarme el café.
—¿Cómo lo lleva Filippa? —le pregunto. El café ya está molido y en la cafetera.
—Vaya —contesta Merete—. No te sé decir. A veces así, a veces asá. Puede que siga en shock. No dice gran cosa. —Pone la cafetera al fuego y vuelve a la mesa. Se desplaza como una bailarina de ballet, con pasos suaves y leves que apenas se oyen—. No sé muy bien qué hacer con ella.
Se acaricia los cabellos y se da un masaje en las sienes. Todo parece requerir un esfuerzo, y sin embargo hay en ella un aire de resignación. No, me digo. Merete saldrá de esta. Quién sabe si hasta fortalecida. De la hija no estoy tan segura; lleva una herida que nunca sanará por completo. Se la oye en su habitación, que está situada justo encima de la cocina.
—No es de extrañar que lo esté pasando fatal —indico.
—No —dice Merete—. No lo es.
—¿Ha vuelto al colegio?
—Más o menos, sí. ¿No te lo ha dicho Emma?
Y en ese instante oímos unos sencillos acordes de guitarra. Guitarra acústica. Nada demasiado escandaloso, pero reproducido a un volumen bastante alto, porque se nota la reverberación aquí abajo. Es un solo que conozco, al que sigue de inmediato una voz masculina que entra en armonía para introducir una vieja canción de Simon & Garfunkel. Mi padre tenía el CD cuando yo era niña; se lo pedía prestado para ponerlo en mi lector portátil y lo dejaba junto a la almohada para escuchar Hello, darkness, my old friend.
—Es lo que hay —dice Merete.
—Simon & Garfunkel a todo volumen —comento—. No se oye eso todos los días.
Una tímida sonrisa forma una ola en los labios de Merete.
—No —replica—. No se oye todos los días.
Correspondo con una discretísima sonrisa, preguntándome si será apropiado. Merete sabe ser graciosa, recuerdo ahora. Tiene sentido del humor y es inteligente.
—Jørgen solía cantarle esas canciones para acunarla cuando era niña — explica—. No lo sé, pero supongo que es saludable que lo lleve así. Que no evite el contacto con lo que duele, quién sabe. Debe de ser mejor que reprimirlo.
Asiento. Simon & Garfunkel despliegan su armonía a todo volumen allá arriba. Las tazas están en el tercer armario que abro. Es toda una comedia, esto de hacer como si no supiera dónde están las cosas en esta cocina, pues me digo que, si las encuentro demasiado pronto, se verá que he estado aquí más veces de la cuenta. Odio saberme tan taimada, pero no tengo alternativa. Le sirvo una taza y luego otra para mí, solo un poco en ambas, y las pongo en la mesa.
Simon & Garfunkel se calman. Me pregunto qué objetivo perseguía ese gesto, si era algo que Filippa quería poner de manifiesto. Ante Merete o quién sabe si ante mí. Me siento transparente. Aquí me tienen: una de las mujeres ilícitas del difunto al que lloran, que viene a presentar sus condolencias. Soy falsa de los pies a la cabeza, y no estoy segura de lo bien que sabré disimularlo.
—Espero que andéis con cuidado —suelta Merete desde detrás de su taza.
—¿Perdona?
—Que os andéis con cuidado. Por lo visto la policía piensa que podría haber sido uno de los vecinos.
Fija su mirada en la mía, y hay en ella una intensidad particular; dura un instante, pero algo se ha movido allí. Vuelve la vista a la ventana y me digo: ¿Me lo he imaginado? ¿Habré proyectado en ella mi sentimiento de culpa? ¿Se fía ella de mí? ¿Y yo de ella? El caso es que aquella noche ella no estaba; no fue ella la que entró llave en mano.
—Y encima esta historia de los gatos —añade.
Yo, en cambio, sí que estaba aquí. Merete es consciente de ello y, por lo que sabe, podría haber sido yo.
—Sí —afirmo—. Tened cuidado también vosotras dos.
—Sí.
Y me mira otra vez. Ahora más serena. No parece asustada. Se oye a Filippa caminar desde donde está el equipo de música hasta su habitación, y enseguida un portazo.
—No os cortéis si hay algo que pueda hacer —digo.
Como si no hubiera hecho ya bastante.
—Gracias —dice Merete de forma monótona.
Me acompaña a la puerta. Ninguna de las dos miramos hacia el despacho, pero advierto que no pasa por alto las tazas y los envoltorios de los bombones en la mesita del salón.
Mientras me pongo los zapatos, profiere:
—Oye, Rikke. Has sido muy amable al venir.
Me incorporo. Nos encontramos cara a cara. En altura le llevo una cabeza. Me coge de los brazos.
—Si te puedo tomar la palabra con eso de hacer algo, se me ha ocurrido… ¿Te parece que Filippa baje a estar con vosotros un rato de vez en cuando?
—¡Claro que sí, mujer! —respondo.
—¿Y quizá podríamos volver tú y yo a tomar algo juntas en algún momento? Hace mucho tiempo, pero antes lo hacíamos a veces.
—Claro que sí —repito—. Eso estaría genial.
Creo que podría dejarme caer en sus brazos. Lo que me pida se lo daré. No tengo voluntad en el cuerpo; ya puede hacerse ella con las riendas, que yo estaré encantada.
Caigo en la cuenta del peso de su propuesta cuando ya estoy bajando la escalera. Que seamos amigas. Que nos veamos para charlar, hacer cosas como picar algo de comer, abrir una botella. Sentir en el cuerpo que no solo he traicionado a Åsmund, sino que también la he traicionado a ella. Y la mirada negra y herida de su hija. De una forma u otra se acabará sabiendo, dice Ingvild Fredly. Pronto lo sabrán, y me odiarán por ello.
El olor a lluvia y a musgo se alza desde el suelo del bosque y se mezcla con el aire fresco y húmedo que aspiro a bocanadas intermitentes. Los abetos extienden su pesado ramaje a ambos márgenes del camino y esto me gusta: el paisaje del bosque sumado a lo irregular del terreno, con raíces y piedras que sobresalen y con las que hay que tener cuidado de no tropezar cuando me echo a correr. No queda espacio para la reflexión. Tal vez sea eso lo que el médico sueco piensa que necesito; el médico sueco que me dijo que la cura para el insomnio radica en dos reglas de vida: alimentación y ejercicio, cinco veces al día, intercalados con entrenamiento de cardio. Correr es maravilloso; eso se lo concedo. Las paredes de la casa amarilla de Kastanjesvingen se me caen encima, pero aquí me puedo mover a mi aire. Quizá dormiría mejor si corriera más. Quién sabe si todos los problemas, Jørgen, Åsmund, los gatos, Emma, se revelarían insignificantes y de poca monta si corriera a la velocidad suficiente.
Me obligo a seguir. Siento el corazón en la garganta, que empieza a dolerme. Siento el ácido láctico en los muslos. Me estoy pasando. El truco está en parar antes de llegar a eso. Ponte retos, pero no rebases tu nivel de aguante: así duras más y entrenas la resistencia. Este es mi deporte, y no las carreras de velocidad, sino las de fondo. Pero es que se me despeja la cabeza cuando corro a tope, cuando el paisaje se precipita en la dirección contraria. No sé si será cierto eso de que se puede huir a la carrera de los propios sentimientos. Sospecho que no, porque suena demasiado sencillo. Pero nadie me acusará de no haberlo intentado. Aquí querría yo que me viera el médico. Con los pies golpeando el suelo del bosque, un pie aquí, un pie allá. Salto por encima de las piedras; esquivo raíces que sobresalen y evito los huecos, pero me llevo los charcos por delante para que el agua me salpique las pantorrillas. Voy cada vez más rápido. Lo doy todo de mí. Me siento invencible, y justo cuando estoy pensando que todo está a mi alcance, que puedo hacer cualquier cosa, cambiar los hechos, transformar lo negativo en positivo, pongo el pie en una piedra mucho menos plana de lo que me había parecido. El inesperado desnivel me hace perder el equilibrio, ya que estoy corriendo con todas mis fuerzas y a gran velocidad, y caigo y me doy en la rodilla con la piedra. El dolor se dispara de los nervios al cerebro.
Mis sollozos salen sincopados; lloro como una niña que se ha raspado la rodilla, con espasmos como de hipo, pues me he quedado sin aliento. El dolor de un golpe en la rótula contra una piedra es fuerte y agudo. Por si fuera poco, me sangra una de las manos, la que he colocado delante para frenar la caída. Me siento en el suelo mojado del bosque. Cuando se me calma la respiración, se me pasa también el llanto. Me recojo el pantalón de correr para examinarme la rodilla. No me resulta fácil distinguir nada especial; está enrojecida, pero igual que si me la hubiera frotado fuerte con la mano. Se pondrá azul, eso seguro, y amarilla, y púrpura, pero de momento no veo una herida que justifique este dolor.
Avanzo despacio y cojeando por el camino hasta Brekkekrysset. He corrido lejos; me lleva una eternidad cojear de regreso. Cuando llego a la parada estoy aterida. Tengo el pantalón mojado y la tela de mi chaqueta es demasiado fina ahora que no corro a tope. El sudor se me seca en el cuerpo y se enfría. El autobús tarda veinte minutos en llegar.
De Blåsbortveien a Kastanjesvingen ando con lentitud. El dolor ha cambiado: se ha hecho menos agudo, más sordo, insidioso; y lo sentiré durante días. Cuando la cuesta de Kastanjesvingen empieza a empinarse, veo una figura que avanza hacia mí. Luce barba y es corpulento; va despacio y, sin embargo, enérgicamente inclinado hacia delante. Como quien no se ha acostumbrado a que la edad no le deje al cuerpo caminar al paso que querría.
—¡Prytz! —chilla cuando aún nos separan unos cuarenta metros—. Ahora sí que están pasando cosas. Hay policía por todas partes. ¡Igual que el domingo!
Me detengo. Se me contraen los hombros en el acto y siento un pinchazo en el estómago. ¿Quién es esta vez?
—Tres coches de policía en la calle —grita Hoffmo—. Y hay un enjambre de agentes en el jardín y en la casa. ¿Estás bien, Prytz?
—¿Qué ha ocurrido? —susurro sin aliento, y saco cuentas mentalmente: Åsmund está trabajando, Lukas en la guardería, y Emma… Emma está en el cole, ¿no?
No, con ella nunca estoy segura; me tiene bloqueada, está huidiza. Quién sabe si sale cuando la creo dormida. No lo sé. Eso no lo controlo. Dios mío, Dios mío, que no sea uno de los míos; que sea algo que no tenga nada que ver, algo que sea cosa de otros.
Hoffmo se rasca la cabeza.
—Se han llevado a Simen Sparre —me informa—. Y por lo visto el jovencito iba detenido. Lo he visto todo desde mi jardín. Dos agentes lo acompañaban, uno a cada lado. Lo han hecho entrar en un coche patrulla y se lo han llevado. También han cogido su ordenador y otras cosas. ¿Seguro que estás bien, Prytz? Estás algo pálida.
Simen Sparre nos sostuvo la verja abierta el día en que nos mudamos. Debía de tener trece años por aquel entonces. Llevaba el pelo rubio peinado con raya a un lado, y nos saludó de lo más cortés.
—Procuraré no hacer mucho ruido —había dicho en tono de guasa; en esos momentos era cuando estaba más guapo, cuando la sonrisa le iluminaba la cara.
Ya entonces me había parecido que tenía el tipo de hermosura que no se revelaría hasta que hubiese crecido. Que como adolescente puede que se sintiera poco atractivo, muy bajo de estatura, de piel demasiado grasa, demasiado tímido, pero que terminaría por encontrarse.
¿Qué más sé de él? En ocasiones lo he oído en el sótano. Su habitación toca la de Lukas. A veces vienen a verlo amigos y se oyen sus voces ásperas y graves, como la suelen tener los muy jóvenes cuando no han alcanzado aún su voz de adultos. A veces tocan música. Desde casa solo se percibe el tempo de la canción, pero a muy bajo volumen, y no se llega a distinguir de qué tipo de música se trata, si dance, house, rock o pop. De la misma manera, no consigo situar a Simen, al menos en las categorías que se manejaban cuando yo estaba en secundaria: cerebrito, deportista, fumeta o solitario. Popular, normal, impopular. Yo lo pondría en la categoría de normal. Por la forma en que se viste y se presenta. Pero sí que tiene cierto carisma.
Cuando sus padres riñen, a él nunca se le oye. Cuando se dan voces, la de Simen nunca se oye. Eso me consta. He pensado en ello. ¿Dónde se mete cuando las broncas suben de tono? ¿Se encierra en su habitación? ¿O sale con amigos o a vagar solo por las calles? ¿O se queda donde está, se pone los auriculares y los bloquea fuera de su mundo? ¿Y ellos le dejan que los bloquee? Nunca los he oído dirigirse a él cuando se gritan.
La ternura de su mirada cuando le hablaba a Filippa en el jardín; la forma en que posaba sus ojos en ella; los gestos de nerviosismo que hacía y la intensa necesidad que se notaba que tenía de conversar con ella. La forma en que ella le ninguneó. La pena en su rostro; el primer amor no correspondido. Su miedo, también. Ay, Simen, Simen. ¿Qué has hecho?
El instituto de enseñanza secundaria de Bakkehaugen se alza en una colina de suave pendiente. La entrada está flanqueada por grandes castaños, seguramente centenarios, y el arquitecto situó el edificio con tanto tino y gusto que cuando llegas tienes la impresión de que el colegio está abrigado por una espléndida y majestuosa arboleda. Más adelante, ya en el patio del colegio, te das cuenta de que no es así: son tres árboles, dos a la entrada y uno en el patio, pero han sabido sacarle el mayor provecho al efecto que provocan; y en cierta forma ese es un reflejo de lo que Tåsen hace mejor: provocar un efecto.
Hay pocos adolescentes fuera. Son las tres menos diez. La mayor parte del alumnado debe de estar aún en las aulas, ya a punto de terminar la clase. Un par de madres más entran al patio; intercambiamos un gesto con la cabeza de reconocimiento, pero ni una palabra. Una de ellas, la que lleva un abrigo marrón claro y es madre de un chico que está en la clase de Emma, me mira como temiendo que me acerque a charlar con ella. Mi primera reacción es de dolor: ¿tan tóxica se ha vuelto nuestra casa que nadie quiere tener nada que ver con nosotros? Y entonces caigo en la cuenta de que llevo la ropa de salir a correr, llena de manchas y empapada en sudor; tengo las manos y las rodillas manchadas de tierra y quién sabe si la cara también, y que, además, estoy cojeando. Quizá no tendría que haber venido. Mi primer impulso ha sido el de venir a recoger a Emma y llevármela a casa antes de que otros la distraigan, pero me hago cargo de que tiene trece años y de que, haga lo que haga, también para ella será tóxico.
Saludo con un gesto contenido a la madre del abrigo marrón y guardo la distancia; no podrá decir que le he impuesto mi compañía.
Recorro el patio con la mirada. No me sé de memoria el horario de Emma, de modo que ignoro dónde podría encontrarla, y prefiero no entrar en el edificio. La madre del abrigo marrón desaparece al otro lado de la puerta de doble paño de vidrio del edificio principal, y por un instante contemplo la posibilidad de seguirla, pero la descarto de inmediato, pues ¿adónde iría si entrase? Y encima cojeando, como si fuera el jorobado de Notre Dame. Me acerco despacio al castaño, me apoyo en el árbol y miro alrededor. Las canastas de baloncesto, los bancos, el camino cubierto que lleva al gimnasio. Aquí es donde Emma pasa sus días. Es en este patio de colegio donde sus dramas ocurren y se desarrollan. Emma y Filippa, cada cual con su propio grupo; las miradas que se dedican. Es como si oyera a Emma decirles a sus amigas: «Dios mío, ¿se puede ser más pretenciosa?». ¿Qué dirá Filippa de Emma? Es más reservada que mi hija, más discreta en su manera de ejercer el poder, pero no se puede decir que sea más dulce. Siento un nudo en el estómago. Prefiero no encontrarme con tanto adolescente. Con los hijos del ama de casa y con sus amigas; con los amigos y enemigos de Emma. No me apetece que me vean, sobre todo ahora, con el frío que tengo, cuando estoy sudada y sucia y ando vacilante. Solo quiero dar con mi hija. Si me quedo aquí me encontraré con todos, de modo que me acerco trotando al gimnasio y entro.
Huele a aserrín, a sudor y a café. Los telones para La ópera de dos centavos penden pesadamente junto a la pared. Me doy con ellos en cuanto entro. Cuelgan del techo y cierran el espacio. Aquí podría encontrar un rincón escondido, me digo. En uno de los pliegues, entre la pared y los telones. Podría acostarme y dormir. Lo estoy considerando en serio cuando oigo a alguien moverse por allí. Aparto la cortina y miro a la sala. Gard está de pie contemplando el escenario. La fila de asientos presenta espacios vacíos; muchas de las sillas que habían colocado allí para el público han sido retiradas, pero la primera fila permanece intacta, y en una de las sillas hay un par de cajas de cartón en las que Gard está rebuscando algo.
—Hola —digo.
Gard levanta la mirada.
—¡Ah! Hola.
Me mira como sin verme, no sé si porque no se acuerda de mí o porque está pensando en otras cosas. Recuerdo lo que ha dicho el ama de casa, que no deja de ser raro que un hombre de su edad quiera vestir a niñas adolescentes de prostitutas. ¿A todas ellas o a una en particular? Observo sus manos, que son inesperadamente robustas para su escasa corpulencia. Y me pregunto: ¿Se las habrá puesto encima? ¿Cabe la menor posibilidad? Emma es una niña, pero ¿acaso eso lo ven los demás tan claro como yo? ¿La habrá visto él de otra manera? La sola idea me da vértigo; tanto que por un instante tengo la impresión de que me caeré al suelo si sigo reflexionando sobre eso.
—Soy Rikke —digo—. La madre de Emma.
No pasaré por alto ni el menor indicio. Aunque sea apenas un asomo de rubor o aunque aparte la mirada una centésima de segundo: lo veré todo. Pero no sucede nada de eso; se limita a un ligero cabeceo de reconocimiento y, si el nombre de mi hija agita algo en su interior, resulta imposible de detectar. Lleva las gafas de montura de carey más arriba de la frente; no se ha afeitado y parece cansado. Es un poco raro que las chicas lo encontrasen atractivo. Ahora está diferente; tiene ojeras y se le ve pálido. Se mueve despacio. Detrás de él, en el escenario, se alza un artefacto de madera: una caja grande encima un poste. Del poste sale un brazo horizontal, y del brazo cuelga una soga. Lo reconozco por los dibujos que hizo el equipo de escenografía: es la horca de la que colgarán a Mackie. Al menos alguien ha tenido la sensatez de enrollar la soga en el brazo. Al menos no es una cuerda de nailon azul.
—¿Qué? ¿Poniendo orden?
—Haciendo las maletas sería más exacto —contesta—. El equipo de voluntarios se encargará de desmontar la escena. Yo estoy tratando de salvar algún que otro mueble.
Sostiene entre las manos el sombrero de Mackie. Es un anticuado fedora de fieltro, de ala ancha y con banda. Original de los años cincuenta, me acuerdo, traído por una madre del grupo de vestuario que tiene un puesto importante en la Ópera.
—Me han dicho que se ha pospuesto la obra —digo, y avanzo unos pasos hacia él.
—Pospuesto —bufa, y me mira—. ¿Te crees que me lo trago? Nos querían bajar el telón ya en otoño, por aquello de las putas. El director, la asamblea de padres y el equipo de programación. Además de esa Nina Sparre. No habríamos durado ni un día desde que llegó la primera carta de protesta de no haber sido porque algunos padres se pusieron a hablar de libertad de expresión.
Se lleva la mano a la cabeza y tropieza con las gafas. Por lo visto ha olvidado que las llevaba allí, porque da un respingo; las gafas se precipitan frente abajo y él las atrapa al vuelo antes de que se estrellen contra el suelo.
—En este colegio todos se creen muy progres —continúa—. Antes del verano les pareció de lo más divertido montar una de Brecht. Tiene mucho arrojo eso de seleccionar una obra crítica con la sociedad. Pero basta la primera objeción para que les entre la duda. La puta Nina, con sus monólogos de está esto, por una parte, pero, claro, por otra esto otro, y no piense que soy yo la que se opone, sino el colegio y la asamblea de padres y maestros, y bla, bla, bla.
Su mirada es penetrante. Tiene los ojos enrojecidos. Qué joven es. Quién sabe si este es su primer empleo. Empiezo a preguntarme si no habrá estado llorando.
—¿Sabes cuál es el problema? —Ha alzado la voz; ahora habla casi a gritos—. Que ninguno de ellos tiene el valor de llamar a las cosas por su nombre. Ellos te empujan fuera. Esto aquí no se hace, y esto otro tampoco. Así es como se hacen las cosas aquí, hasta que te enteras de que te has quedado sin trabajo.
Parece que vaya a decir algo más, pero justo entonces suena el timbre, que lo interrumpe con unos pitidos intensos y cortos, como las alarmas, me digo. Deja el sombrero en la caja de cartón que tiene delante y este cae encima de lo que ya había dentro, unas copias de los libretos y el falso anillo de compromiso que Mackie le ofrece a Polly Peachum. Por un momento creo que se va a echar a llorar. Quiero batirme en retirada, parar de mirarlo y dejarlo en paz, pero mi cansancio es indescriptible. Al punto que no consigo moverme ni girar el cuello. Así que allí estoy, observándolo mientras se viene abajo. Cesan los pitidos del timbre y Gard se obliga a recobrar la compostura.
—A la hora de la verdad —manifiesta con voz cargada—, nadie defendió la obra. ¿Y todos aquellos que habían escrito correos sobre lo importante que era? ¿Sabes? Tras la muerte del padre de Filippa no dijeron nada más. El colegio nos cerró el quiosco. Como si esa muerte hubiera sido culpa nuestra. Tomaron la decisión sin que nadie me consultara nada. Y ni uno solo de vosotros, ni uno, protestó.
No lo miro a los ojos. En cambio, bajo la vista a sus manos. Son blancas y con vello negro, y me pregunto qué verá Emma cuando se las mira.
Se frota los párpados y no le veo la cara. Cuando baja las manos está más tranquilo. Hay algo en él de juventud y de vida libre de problemas. Me pregunto cómo lo verá cuando contemple el pasado de aquí a cinco, diez años. Como una lección o una experiencia necesaria, o como el primero de los muchos golpes que su idealismo habrá tenido que encajar.
—Dicen que la policía ha detenido a alguien que tiene que ver con la obra —comenta con cansancio—. Por lo visto circulan vídeos de indignación en las redes. Y, como sabes, la obra tiene un tufillo comunista. «¿Qué es el asesinato comparado con el trabajo de oficina?». Ya tienen lo que necesitan. Un asesinato, unos gatos martirizados, y aquí vengo yo a repartir material subversivo a los chiquillos. Como si tuviera algo que ver. Esos chicos ven YouTube en la cama y sus padres opinan que Brecht les puede resultar dañino. —Me mira con dureza—. No tenéis ni idea del mundo en que viven vuestros hijos. Lo que ven en internet. Lo que comparten, la forma en que se hablan. Os daría un infarto a todos si supierais lo que dicen cuando no estáis al lado.
Eso no me cuesta creerlo. Y estoy a punto de decirle algo, de pedir detalles, qué son esas cosas que hacen que yo no me podría creer, que sea más específico; pero entonces levanta la caja y se la lleva al pecho.
—Bueno —concluye—. No sirve de nada darle largas al asunto.
Pone la caja en el borde del proscenio y sube al escenario. Allí, contemplándome desde arriba, con la caja de nuevo en brazos y la horca a sus espaldas, dice:
—Saluda a Merete de mi parte, por favor. Y a Filippa.
No sé decir si es sincero, o si hay un rastro de amargura en el saludo, pero acepto el encargo. Gard se da media vuelta y hace mutis por el foro. Más allá del telón oigo un portazo.
No está en casa a mi regreso. Las clases han terminado hace ya un rato; he entrado en su habitación y encontrado su horario, lo que me permite confirmar que ha acabado el cole. Me siento a la mesa de la cocina. La voy a esperar, pero sentada no va a poder ser. ¿Y si Simen no ha hecho esto por su cuenta, sino acompañado por alguien? Os daría a todos un infarto, ha dicho Gard, si supierais lo que se dicen cuando no estáis al lado. Ese chico que hacía el papel de Peachum, el que había estado hablando con Simen el sábado en el ensayo, el que tan apasionadamente se había justificado por hacerles daño a otros: «No soy un delincuente. Soy solo un pobre diablo». Doy vueltas por la cocina a zancadas. Es joven e impulsivo, este amigo de Simen, y algo hay en él que trasluce una potencial crueldad, una inclinación a la violencia. De haber querido entrar, Simen podría haberle abierto. Me asomo a la ventana buscando a Emma. Me imagino la escena: Peachum la sigue desde la salida del colegio, la alcanza en el cruce de Kastanjesvingen con Bakkehaugsveien. La llama, o peor, la coge de un brazo; la arrastra con él. La deja tirada en un jardín, tapada con hojas y ramas. Me imagino esperándola sentada; el tiempo que pasa hasta que me levanto a buscar el trozo de papel que Gundersen me dejó con su teléfono anotado. Y entonces el operativo de búsqueda; el rastreo de jardines con la brigada canina y después, ya tarde por la noche, Robin Pettersen a la puerta, con su mirada de condolencia, «desafortunadamente, le traigo noticias muy tristes». Y me digo: Este amigo de Simen podría haber matado a Jørgen. Si ha sido Simen el que lo ha dejado entrar, no aparecería en los registros de la empresa de seguridad. Quién sabe si no le ha dado el código. Eso es: tal vez fue Peachum mismo el que abrió la puerta aquella noche con el código de los Sparre. Simen puede haberle explicado lo de la copia de la llave. Así habría sacado la escalera de mano del trastero del jardín y la habría colocado bajo la ventana de Jørgen como maniobra de distracción.
Por no hablar del mismísimo Gard. Ha estado en la casa varias veces. Ha subido a hablar con Merete. A ver si le ha dado ella el código… Hace un momento estaba furioso. Quién sabe de lo que es capaz. ¿Y si Jørgen sabía algo de él? Algo relacionado con lo de las chicas que representaban el papel de prostitutas. A saber. Y Filippa, que se había llevado el papel estelar. O Emma, que estaba colada por él.
Me incorporo de un salto en cuanto pone la mano en el tirador de la puerta, y el dolor se me vuelve a disparar de la rodilla al cerebro. Cojeo hasta la entrada y me encuentro a su lado antes incluso de que haya cerrado la puerta a sus espaldas. Trae la mochila del colegio colgada de un hombro y lleva la chaqueta aún puesta. Su cabello, largo y rubio, peinado hacia un lado, está enredado; el día y el viento se lo han despeinado, y el tirante de la mochila le aplasta un mechón. Me mira.
—¿Ha pasado algo o qué?
Pone su cara de impaciencia; cara de que lo mínimo que puede hacer el mundo por ella es aclararse las ideas. Las ganas de preguntarle por Gard, por lo que opina de él y si ha habido algo entre ellos me queman la boca.
—¿Por qué me has bloqueado en Facebook? —le pregunto en cambio.
No responde de inmediato. Se queda ahí. Con una mirada que impresiona por lo tranquila y calculada que es; como si fuera ella la adulta y yo la niña, y estoy tan asustada que podría gritarle. Podría llegar a pegarle.
—¿Por qué lo preguntas? —dice al fin.
—Teníamos un acuerdo —indico con una voz demasiado alta y chillona —. ¿Recuerdas? Era la condición para que pudieras meterte en todas esas redes sociales. Que por mí estaba bien, había dicho, más que bien, siempre y cuando me dejaras seguirte.
Me sostiene la mirada.
Con la mochila aún colgada del hombro, ha metido las manos en los bolsillos adoptando una posición de espera, como resignada a dejarme ventilar mi bronca.
—No es que me pase la vida husmeando lo que haces en internet — prosigo, y me doy cuenta de que estoy perdiendo los papeles, pues estoy alzando la voz—. Pero, Emma, ¡soy tu madre! Lo hago por protegerte.
—¿Comprobando lo que pongo en Facebook?
—Hay un asesino suelto. ¡Alguien ha asesinado a tu vecino!
—Eso ya lo sé —responde con calma, como si la estuviera aburriendo.
Pero más allá de su mirada de condescendencia se adivina una sombra de incertidumbre. Sí; veo que también está asustada. Le aprieto las tuercas:
—La policía ha detenido a alguien —informo—. ¿Lo sabías?
—No —contesta—. ¿A quién?
—O sea que… ¿de verdad no lo sabes?
En mi fuero interno estoy disfrutando de esto: cuento con su atención, pura y completa. Me encuentro en una posición de fuerza.
—¿A quién? —inquiere otra vez.
—A Simen Sparre.
Algo le cruza fugaz el rostro. Por un instante, la cara que le muestra al mundo no es sino una fina capa de barniz que se puede quitar para revelar sangre y un terror espeluznante. Dura solo un instante y desaparece.
Frunce la nariz y dice:
—¿Simen Sparre? Me parece que no.
Siento que está cuestionando mi autoridad.
—Pues, por lo visto, a la policía le parece que sí. Se lo han llevado esta tarde.
Esa expresión salvaje y desconocida le cruza el rostro de nuevo. Es como un tic, algo que sucede sin más, que escapa a su control.
—Simen es un ecologista —afirma tajante—. Simen sí que tiene principios morales. Tiene un canal en YouTube.
—¿Que tiene un qué?
Emma respira hondo y exhala; como si yo fuera una pánfila ingenua y cansina, y a ella le tocara siempre explicarme cómo funciona el mundo.
En la pantalla de la tableta, Simen aparece congelado con una extraña expresión. Tiene los párpados entrecerrados y sus labios dibujan una curva discreta. Parece estar diciendo algo. Debajo del botón de reproducción aparece el título: «Green Gonzo explica: La vida en la pecera». Tengo el dedo en alto, listo para pulsar el botón, pero de pronto ya no tengo ganas de hacerlo.
—¿Cómo te has enterado de esto, Emma?
—Mami —contesta mientras se levanta del sofá—, en el cole no hay quien no lo sepa.
La oigo bajar la escalera.
Simen cuenta con ciento nueve seguidores y ha subido diecisiete vídeos. Le doy al botón. El rostro de Simen cobra vida en la pantalla: abre los ojos, sonríe y se dirige hacia la cámara.
«Hola —dice—, y bienvenidos a la pecera. Soy Green Gonzo y voy a explicaros por qué no conseguimos hacer nada que resuelva los grandes problemas del mundo. Lamento el spoiler alert: porque la gente es gilipollas. Y es de eso de lo que hablaremos hoy».
Respira hondo y suelta una risa. Una parte de mí está pensando: por favor. Es tan infantil. Como un niño jugando a ser presentador de telediario. Otra parte de mí ve el vídeo con angustia y piensa: ¿qué es esto en realidad?
El tema es el clima. Simen se dice decepcionado de la falta de voluntad de las generaciones que lo han precedido para resolver los problemas climáticos. Considera que somos unos hipócritas.
«El tráfico aéreo no para de aumentar y no es porque no sepamos que deberíamos volar menos; tampoco porque nadie nos haya dicho que no tiene sentido coger el coche para ir a donde sea, ni pasarnos el tiempo comprando ropa, o chupar todo el puto petróleo del fondo del mar. Pero lo hacemos. Y esto, todo esto, es el autoengaño de lo que yo llamo la pecera».
Se reclina en el respaldo de su asiento y se le ve muy complacido. Observo a sus espaldas la fría pared de ladrillos del sótano. Me estremezco al pensar que está pared con pared al lado de mi niñito de la suerte. Quién sabe si Lukas duerme en su cama mientras, al otro costado, Simen está grabando estas cosas.
La pecera, dice, es algo que puede ilustrarse por comparación con el barrio acomodado y de gentes instruidas donde vive.
«Aquí todos los vecinos son gente bien intencionada. Esto es Correccionpoliticolandia. ¿Entendéis? Aquí son todos ecologistas. Lo ponen en sus perfiles de Facebook, podéis comprobarlo. Pero yo os pregunto a vosotros, sí, a los que estáis mirando esto: ¿qué os parece que pasa cuando llega el verano y se organizan degustaciones de vino en la Toscana y safaris en Botsuana? ¿Es entonces cuando esta gente se va de camping a Elverum?».
Se reclina de nuevo y suelta otra risotada. Se le ve la nuez de Adán moverse. Algo en su mensaje me recuerda a mis propias investigaciones, las que les he explicado a los vecinos y sin duda también a sus padres: la intersección de opinión y conducta, la disonancia cognitiva.
«Digo que este barrio es una pecera porque es muy pequeño y no recibe señales del exterior. ¿Sabéis lo que digo? Es el caso clásico de la cámara de eco. Y es precisamente esa hipocresía la que vamos a poner al descubierto en esta serie de vídeos. Así que no los perdáis de vista, ¿vale? ¡Chaooo!».
El vídeo termina con él buscando el botón para parar la grabación. Se ve que algo le llama la atención en la pantalla un instante antes de que se congele la imagen.
El siguiente vídeo es sobre los microplásticos. Da la impresión de que Simen se ha documentado, porque está más serio y parece atenerse a algún tipo de guion. Da cifras. Este parece mejor hecho. Recuerda a los artículos de la sección juvenil de los periódicos. El tercero lo ha grabado con un amigo y es muy largo. Después de tratar un poco el tema del medioambiente al principio, hablan sobre todo de videojuegos. Salta a la vista que ambos son jugadores. El cuarto vídeo es sobre la mortalidad de las abejas. En este, Simen se muestra beligerante, enojado. Ahora sí que me escuecen un poco sus críticas. Recuerdo haber estado en algunas fiestas hablando sobre la manera en que los seres humanos nos estamos cargando el planeta. Como si estuviera en mi derecho, por mi trabajo. Y cuanto más culpable se sentía mi interlocutor, mejor para mí. Cuando cenamos en casa de Jørgen y Merete, Jørgen me preguntó por mi trabajo, y me sentí superior hablando largo y tendido acerca de proyectos de investigación que tematizan el hiperconsumo para hacer acopio de conocimientos sobre intervenciones eficientes. Para salvar el planeta, así de sencillo. ¿Acaso no hablé de todo eso en tono sobrio pero cordial, dirigiéndome a Jørgen y notando sobre mí la mirada de Merete mientras pensaba: a ver, tú, qué haces tú en la vida, qué puedes contar tú que se iguale a esto?
En el undécimo vídeo Simen carga con fuerza contra la hipocresía. A los habitantes de la pecera no les importa votar a favor de nuevos impuestos o cosas que le hagan la vida difícil a los demás mientras a ellos no les afecte. Luego habla de los animales. Sostiene que la extinción de especies de la que somos testigos en la actualidad equivale nada menos que a una extinción en masa. La erradicación de ochocientas especies puede atribuirse a la acción humana, pero la cifra real bien podría ser mucho más elevada. Un millón de especies están en peligro de extinción. Ahí está el caso del rinoceronte blanco. El último ejemplar macho de la subespecie del norte había muerto hacía un par de semanas. Salió algo en la prensa, y en Facebook encontró publicaciones por todos lados con caras tristes y corazones rotos, pero ¿dónde está la indignación, dónde la rabia? Un artículo sobre una enfermedad que afecta a los gatos domésticos noruegos suscitó muchas más reacciones que lo del rinoceronte. La prensa publicó artículo tras artículo, y a todos se les daban likes, todos recibían comentarios y todos eran compartidos. Y como los algoritmos de Facebook actúan en función de las reacciones, la historia del rinoceronte quedó sumergida en el fondo del olvido colectivo. Simen mira con ojos grandes y redondos cuando dice:
—En definitiva, ¿a quién le importa el rinoceronte blanco? Lo que les importa son sus putos animales de compañía. Si quieres que la gente se implique, háblales de perros y gatos. Y eso sin contar con que tenemos tantos gatos que ya son dañinos para la fauna silvestre, tantos gatos bien alimentados que se dedican a cazar pajaritos en época de nidificación. Si los jodidos gatos estuvieran en riesgo de extinción en masa, sí que veríamos reacciones.
Me viene a la mente la imagen del animalito peludo que encontré colgado de los buzones. ¿Es a esto a lo que se refiere Simen? Sin vacilar ni un momento, copio el enlace y se lo mando a Jamila.
Estoy por la mitad del decimocuarto vídeo de la serie cuando Åsmund y Lukas vuelven a casa.
—¿Qué haces? —pregunta Åsmund, y se acerca para mirar la tableta.
—Es el canal de YouTube de Simen Sparre —digo—. Me he enterado por Emma.
—Ah —exclama Åsmund—. ¿Y de qué van los vídeos? ¿De pantalones caquis y de por qué es importante no afeitarse?
—¿Puedo ver los dibujos? —pide Lukas, y tengo que alzar la tableta para ponerla fuera del alcance de sus manos.
Lo soborno con una cajita de uvas pasas, que vacía de inmediato en la mesa del salón; mientras está entretenido con eso, sigo a Åsmund a la cocina y le informo:
—Lo han detenido. A Simen.
—¿A Simen? ¿Me estás hablando del adolescente más virtuoso del coro de niños cantores de Sølvguttene?
—Sí.
Åsmund frunce las cejas.
—No —replica—. No, eso es absurdo. ¿Lo han arrestado por el asesinato de Jørgen?
—Eso parece.
—¿Por qué diablos mataría a Jørgen?
—No lo sé —digo—. Tiene un canal en YouTube. Me lo ha dicho Emma, y he estado viéndolo. Y la verdad es que ha puesto ahí cada locura… Tiene unas ideas de lo más raras.
Nos quedamos quietos un momento. Åsmund se pone entonces a guardar las compras y yo lo sigo con la mirada. Luego declara:
—No. Mira, eso de verdad que no me lo creo. Puede que la policía sepa lo que hace, pero esto… Pero si es un chaval, Rikke.
Un chaval, pienso sentada en el suelo del baño, con la puerta cerrada y buscando en mi teléfono hasta que doy con el canal de Green Gonzo. ¿Qué edad tenían los alumnos que cometieron alguna de las masacres en aquellos colegios americanos? ¿Qué edad tenían los jóvenes que se alistaron a las filas del ISIS? Estoy de acuerdo en que Simen Sparre parece inofensivo, pero ¿cómo saber de lo que la gente es capaz? Jamila ha respondido a mi enlace con otro, el del vídeo decimoquinto, en el que a lo largo de nueve minutos y cuatro segundos exhorta a sus seguidores a echarse a las calles y a despertar a la ciudadanía con cuanto medio de acción resulte necesario.
Me desvisto y me meto en la ducha. Mientras el agua caliente me envuelve con su abrazo, me digo: Pongamos que la policía está en lo cierto. Imagínate a Simen Sparre quitándole la vida a Jørgen. Para despertar a la ciudadanía. Jørgen era un candidato tan válido como cualquier otro. ¿Y si el argumento de Jørgen en contra de las agencias de empleo temporal fuese una amenaza para Svein, y Simen lo sabía? O tal vez haya oído el sonido de los tacones en la escalera cuando Merete y Filippa no estaban: también eso podía verse como una forma de hipocresía. Y el martilleo de esos tacones, ¿no era eso también una forma de traicionar a Filippa?
Supongamos que haya decidido dar muerte a uno de los habitantes de la pecera para despertar a la ciudadanía, y que haya escogido a Jørgen. En ese caso, me digo mientras cojo el frasco de jabón de la cesta que cuelga a un lado, la muerte de Jørgen no tendría nada en absoluto que ver conmigo, al menos no directamente. No sería ya necesario decirle nada a Åsmund. Me enjuago el pelo, salgo de la ducha de una zancada y me envuelvo en la toalla. Quién sabe si ha ocurrido así de verdad. Quién sabe si todo ha acabado.
Cuando vuelvo a la cocina encuentro a Åsmund sentado a la mesa tecleando en el móvil. Hay una cacerola al fuego. Imagino que estará esperando a que rompa a hervir el agua. Me acerco por detrás, le rodeo el cuello con las manos y apoyo la cara en la cálida piel. Cierro los ojos y aspiro su olor. Usa esa loción de afeitado desde que estaba en el instituto. Es un aroma grato y fresco, como el bosque cuando ha llovido, y eso me lleva a cuando era joven, cuando estaba tan feliz de haber encontrado al amor de mi vida. Esto para mí es el hogar, me digo; esta fragancia es la esencia de un hogar. Poco importa en qué casa vivamos ni dónde esté situada. Es esto: Åsmund y mis críos; esto es lo que me hace sentir en casa.
—¡Vaya! —suelta—. ¿He hecho algo especial sin darme cuenta?
—No —respondo apretándole los labios en la nuca—. Solo quería abrazarte.
Con la cabeza reclinada sobre él, me doy cuenta de lo cansada que estoy. Quién sabe si hasta podré dormir esta noche.
El camino junto al Strandkaien me resultó distinto aquella vez. Yo iba arrastrando una pesada maleta que rodaba a trompicones por los adoquines y por grietas de la acera. Por si fuera poco, llovía. La recepción era la que recordaba, y cuando di el nombre de la reserva, la joven recepcionista, que se parecía un montón a su predecesora, me dijo que Jørgen ya estaba en la habitación. Cogí la llave y arrastré la maleta hasta el ascensor.
Vino a mi encuentro en cuanto abrí la puerta. Sonrió, y yo apoyé la cara en su camisa. Dejé que mis dedos le acariciasen los rizos pensando que esto también era terreno conocido, que él también me hacía sentir como en casa. Y deseé que no fuera así, porque entonces habría sido todo más fácil.
Aquella vez no hubo mariachi que tocara para nosotros. En cambio, el denso olor a aceite de fritanga inundaba el ambiente de Torgallmenningen. Era intrusivo, imposible de esquivar. Después de comer volvimos al hotel caminando despacio, cogidos de la mano. Era junio, pero el aire se había enfriado con las lluvias, y la grisura del cielo no revelaba si estábamos en primavera o en otoño. No nos dijimos gran cosa. Uno y otro intercambiamos algún comentario, pero todos nuestros intentos de conversación nacieron muertos, como si ambos estuviéramos insólitamente cansados.
Ya de regreso a la habitación del hotel, le hundí las uñas en el brazo y lo atraje hacia mí como si me fuera a ahogar si no lo abrazaba con toda mi fuerza y no lo amaba con una intensidad que, sospechaba, era pura desesperación. A continuación, él sacó una botellita de vino del minibar y lo sirvió en dos vasos de plástico. Estábamos sentados en la cama, cada uno tapado con su edredón, cuando dijo:
—Vale. Dime qué te pasa.
—Nada en particular —contesté—. En todo caso, nada nuevo.
—Pues parece que te estás cayendo a pedazos.
De la calle nos llegaba un rumor, estudiantes de camino al centro. Chillaban. Iban bebidos y se llamaban a gritos. Estaban exaltados y tenían toda la noche por delante. Respiré hondo. No sabía cómo decirlo.
En verdad, Jørgen no había deseado tener hijos, me dijo. Desde muy pronto había sospechado no ser un tipo paternal, y, aunque quería a su hija, estaba claro que, se mirase como se mirase, estaba en lo cierto. Eran tantas las cosas sobre las que se esperaba una opinión de él: botas para el invierno, elección de colegio, comida para las fiambreras, hábitos para la higiene del sueño, notas y deberes escolares, dramas con el mejor amigo y actividades extraescolares. Le había dicho a Merete, con enorme franqueza, que no se veía capaz de renunciar a todo por otro ser humano. Que, por ejemplo, no se imaginaba diciéndole a su jefe que no podía cubrir un conflicto bélico si él se lo pedía. Que no podía estar preocupándose por lo que pudiera significar para un chiquillo que a él le sucedía algo. Merete le había dicho que no pasaba nada. El chiquillo podría contar con ella. Al menos ella, había continuado diciendo, no iba a meterse en conflictos armados. Aquel había sido su acuerdo, me dijo Jørgen. Él no quería casarse y fundar una familia. Merete pensaba que le daba miedo el cambio, y tal vez creyera que eso cambiaría una vez llegado el niño. Pero no fue así; al menos, no como ella se lo había imaginado. Fue ella la que acabó por renunciar a su carrera. Había dicho, en términos del todo inequívocos, que no le importaba. Había dicho que no estaba segura de ser lo bastante buena como para ser la mejor. La competitividad era feroz, los codos afilados. No era esa la vida que quería. No le importaba que él trabajase más que ella, que lo hacía a tiempo parcial y llevaba la carga de la casa.
«Yo estaba dispuesto a romper —me dijo Jørgen—. La quería, pero estaba dispuesto a asumir las consecuencias de mis rarezas. Ella quería un hijo, y a mí me parecía que merecía tenerlo con alguien que deseara lo mismo. En una ocasión me marché, pero me pidió llorando por teléfono que volviera. Dijo que ella se haría cargo de todo, que no hacía falta que cambiara. Y fui lo bastante idiota como para creerla».
No culpaba a Merete, dijo. Ella supuso que las cosas saldrían bien de esa manera, pero también él había pecado de ingenuo. Habían llegado a una solución de compromiso que, al parecer, resultó insostenible. Y tendrían que haberlo previsto. Ambos. Pero ella sí que lo culpaba, dijo Jørgen. Todo el tiempo. Por todo lo que no hacía. Por todo para lo que no tenían un plan conjunto y por todo aquello en lo que no mostraba interés. Y, con el paso del tiempo, por todo lo que fuera. Se las habían arreglado para seguir adelante. De alguna manera, habían dado con una forma de convivencia que les servía a los dos, al menos hasta que Filippa fuera lo bastante mayor como para separarse.
—Si es que llegamos a separarnos —dijo Jørgen—. A veces me pregunto si no nos habremos enraizado el uno en el otro.
No quería separarse de Merete. Al menos no de momento. Le había hecho una promesa; pensaba que le debía algo. Ella cuidaba de la hija; él traía el sustento. Ese era su deber. Pero su infidelidad no le quitaba el sueño.
No era así como yo lo vivía. Yo quería a Åsmund. No eran promesas lo que nos unía; yo no lo culpaba de nada. Vivía con él porque era lo que deseaba. Cuando Jørgen hablaba de su relación, yo lo escuchaba mortificada. En más de una ocasión me había acurrucado contra Åsmund en medio de la noche; apoyaba la mejilla en su espalda, agradecida de que nosotros no nos menospreciásemos de aquella manera.
Y yo sí que me sentía culpable. Ese día sentía el peso de esa culpa. Sentía que se me encogía el pecho cada vez que Åsmund me soltaba naderías cotidianas como forma de decirme «te quiero». Un amigo de la infancia había dejado a su mujer por otra más joven; ahí estaba Åsmund meneando la cabeza con un gesto de incomprensión: «¿Qué se le habrá metido en la cabeza?».
Por mi parte, yo vivía a la caza de nuevas acusaciones contra mi propio comportamiento y sabía que la relación no podía durar, que tenía que olvidarme de Jørgen. Tendría que haber cortado hace mucho tiempo.
Él lo entendía, me dijo cuando estábamos sentados bajo los edredones en la cama del hotel. Para él era distinto, pero entendía que para mí no estaba bien.
—No quiero que seas desgraciada —me dijo cuando me eché a llorar.
Después lo hicimos por última vez. Al día siguiente volví a casa por mi cuenta, y allí acabó aquello. Cuando Åsmund me preguntó qué tal me había ido, me dolió el pecho, pero también sentí el alivio de saber que se había terminado, por mucho que me hallara aplastada por mi mala conciencia. Al menos había conseguido ponerle fin.