La comunidad
Víspera del segundo sábado
Los Sparre abandonan Kastanjesvingen en medio de la noche. Ocultos en la oscuridad y a altas horas para asegurarse de que no se encuentran con nadie, recogen sus cosas. Yo he logrado dormir, pero me despierto con los ruidos al otro lado de la pared, y en un instante estoy fuera de la cama. Tengo la garganta cerrada y me sudan las manos. Voy descalza y a paso ligero a la cocina. Me arrodillo junto al armario de la caldera y lo abro.
Al principio solo oigo ruido de pasos, de cosas que trasladan de un sitio a otro. Mis dedos sudorosos teclean el número de urgencias de la policía, lista para llamar, pero en ese momento oigo la voz de Svein.
—¿Vas a querer llevarte estos? —dice en voz baja.
—No —responde Nina.
Al menos creo que es ella. Tiene la voz distinta, áspera y débil, despojada de su vitalidad habitual. Su voz suena a hueco, como si saliera de un espacio vacío.
Así siguen un cuarto de hora. Luego habla de nuevo Svein:
—Bueno. Creo que ahora ya está.
Nina no dice nada. Pasan un par de segundos y oigo de nuevo la voz de Svein:
—Venga, cariño.
Oigo sus sollozos. Cierro la puerta del armario con sumo cuidado. Es un momento de privacidad, no me corresponde escuchar.
Después se marchan. Desde la oscuridad de la cocina contemplo sin que me vean sus sombras bajando por el camino de piedra. Cada uno lleva un bolso de viaje. Svein abre la verja. Nina se detiene allí, se vuelve y mira hacia la casa. Svein deja su bolso en el suelo y la abraza. Ella se apoya en su hombro. Permanecen allí un rato, el padre y la madre, y verlos así me parte el corazón.
La policía dio anoche una rueda de prensa, según leo. Pincho en el artículo y veo a la mujer policía con acento del noroeste, con su misma cara de seriedad profunda. LA POLICÍA HA DETENIDO A UN SOSPECHOSO EN EL CASO DEL CRIMEN DE TÅSEN, dice el titular al pie de la pantalla en letras grandes y negras. Ella, por su parte, parece hacer lo posible por moderar los términos de la situación. La persona ha sido detenida en virtud de las sospechas que pesan sobre ella, dice, pero nada le permite asegurar que la policía se encuentre más cerca de la resolución en el caso del crimen de Tåsen. El equipo de investigación ha hecho hallazgos interesantes que refuerzan las sospechas hacia la persona detenida. No, no puede dar información sobre dichos hallazgos. No, no está dispuesta a especular sobre la autoría del asesinato. Durante su aparición en la pantalla, las letras negras gritan que se ha llevado a cabo una detención; que el caso casi está resuelto, en evidente contradicción con lo que está explicando la funcionaria policial, como si la redacción del canal hiciera caso omiso de sus cautelosas y burocráticas declaraciones y le estuviera diciendo a su audiencia: «Pero nosotros sabemos lo que eso significa, ¿a que sí?». Toda la prensa escrita está cubriendo el caso. Uno de los periódicos tiene a su propio experto en materia judicial. Por lo que tengo entendido, se trata de un reportero algo mayor que ha cubierto tantos casos en los tribunales durante tanto tiempo que han acabado por considerarlo merecedor del cargo por el mérito exclusivo de la perseverancia. El experto sostiene que la investigación ha entrado en una fase crítica y que es natural que la policía se muestre opaca en este momento. Otro periódico ha dado con el canal de YouTube y escribe, sin dar nombres, cosa que para quien lo vea no supondrá ningún secreto, que la persona detenida ha publicado varios vídeos de contenido incendiario en los que exhorta a su público a que se atreva a proteger el planeta recurriendo, si fuera necesario, a métodos violentos. Empieza a dolerme la nuca. La falta de sueño me la ha envuelto en una manta de lana, apretada y densa, que obstruye el aporte de oxígeno y no me deja ver, pensar ni respirar bien. Me quedo sentada en el sofá, con la cabeza apoyada en la pared, los ojos cerrados. Me encuentro demasiado alterada para dormir; eso lo tengo muy claro. Me consta que no me serviría de nada acostarme ahora. Maldigo al médico supersaludable por su tacañería medicamentosa. Qué no daría por una pastilla que le extirpase el aguijón a todo esto, que me proporcionase un olvido.
Y ahora el caso se aleja de mí. Simen Sparre ha grabado vídeos en los que invita a la violencia, dice el artículo, aunque una parte de mí se pregunta hasta dónde cabe tomárselo en serio. Lo cierto es que la policía se lo ha llevado detenido. La policía sabe lo que hace. Es probable que cuenten con sólidas pruebas inculpatorias que, de momento, no se pueden hacer públicas. Todo quedará resuelto. Y no tiene nada que ver conmigo. Tampoco con mis visitas furtivas en calcetines; ni con mis escapadas de fin de semana con el pretexto del trabajo; ni con los noctámbulos mensajes de texto. Cierro con fuerza los párpados. Si vamos al caso, la muerte de Jørgen no tiene nada que ver con eso, y sí con un alocado chico de diecisiete años. La demencia al otro lado de la pared. No la que se oía al abrir el armario de la caldera, sino otra clase de locura más silenciosa. Contra esa no puede hacerse nada. Una no puede protegerse de todo. Hay algo de esta locura en cada familia, en cada barrio y en todas las capas de la sociedad, y poco importa cuánto ahorres para irte a vivir al vecindario adecuado; no hay dinero que pueda ponerte por completo a salvo de la persona peligrosa, violenta.
En mi sueño estoy en el apartamento de Jørgen. Me encuentro de pie en el salón. La puerta de su despacho está entreabierta; el despacho se halla sumido en una oscuridad que tira de mí por mucho que me resista, porque sé lo que me espera ahí dentro.
Ahora estoy allí. Jørgen está tumbado sobre el teclado de su ordenador; le veo la cabeza solo por detrás. No hay sangre a su alrededor. Parece que duerme, pero no es así. Me consta. Y cuando estoy a punto de tocarle un hombro, comprendo que hay alguien más en la habitación. Alguien que está de pie detrás de mí en la oscuridad. Lo sé, aunque no oiga nada, y soy consciente de que debería temer por mi vida.
A continuación, me encuentro en el césped del jardín. Respiro a la velocidad de mi miedo. Puedo ver a través de la pared; veo que se abre la puerta de la casa de Jørgen y sé que alguien se acerca. Caigo en cuenta de que es alguien a quien conozco; entiendo que sé quién es. Y me digo: Pero entonces, pero entonces. Alzo la mirada hacia la casa. Alguien se acerca; nada dice su nombre, pero sé quién es.
Al despuntar el día despierto en el sofá. Me duele la espalda; siento los hombros anquilosados y estoy tan aterida que me castañetean los dientes. Tengo la rodilla aún lastimada. Cojo el móvil y veo que son las seis. De modo automático, abro el navegador y reactivo la página que estaba consultando. Pasan unos instantes y entonces aparece el titular de la edición de la mañana: PUESTO EN LIBERTAD EL DETENIDO POR EL CASO TÅSEN.