La comunidad
Segundo jueves
La masilla del sellado se agrieta cuando paso el cepillo con excesivo vigor. Como la esponja metálica no llega a los intersticios de los azulejos, cojo un cepillo de dientes sin estrenar, y eso es lo que uso en este momento. Cumple con su cometido; llega allí donde otros utensilios más grandes fracasan. Voy a limpiar hasta el último rincón del baño, con su suelo y paredes alicatadas. Es una labor infernal, pero no me daré por vencida. A decir verdad, estoy encantada con este trabajo de mierda.
—Ahora descansa y cuídate —me ha dicho mi amiga.
Estaba pasando la esponja metálica cuando ha llegado, de eso hace dos horas. Ha venido a recoger a los chicos, pues se los lleva al cine y después a un MacDonald’s para que yo disponga de tiempo para mí misma.
—Es un ejercicio de reconstitución —ha comentado—. Mira una peli o lee un libro. Sal a correr o pide cita para un masaje. ¿Por qué no?
Pero no le he hecho caso. Solo quiero limpiar el baño. El lunes limpié el apartamento entero: quité el polvo, pasé la fregona por el suelo de cada habitación. Intenté tomarme el martes con calma para estar con los chicos: con Emma, que no dice ni pío, y con Lukas, que cuando entra en casa pregunta por papi. Siempre trato de contestar con algo inocuo, para que me vean como un apoyo sólido al que acudir, pero no lo consigo. Ayer, al enésimo «¿cuándo llega papi?», me eché a llorar. Y para no venirme abajo por completo delante de ellos me puse a limpiar la cocina. Vacié todos los armarios, ordené toda la despensa, tiré a la basura los alimentos caducados y limpié los estantes, los rincones, los resquicios adonde van a parar y se solidifican granos de azúcar y semillas. Volví a colocar lo que aún podía comerse; dispuse lo que debía ir en el estante de las especias en orden alfabético. Limpié a fondo el horno. Hoy toca el baño. Lo he vuelto a limpiar. Todos los armarios, todos los estantes. Limpié con un cepillo la taza del váter. Pero no logré quitar toda la mugre de las juntas de los azulejos, así que hoy me he dedicado a fondo. Nadie podrá criticar mi obra cuando haya acabado. Yo misma veo que exagero cuando provoco estos descascarillados. Lo estoy estropeando, pero me da igual. Lo que importa es que quede limpio.
Así se lo he dicho a mi amiga.
—Al menos esto lo tengo que dejar bien limpio. La mugre debe desaparecer.
—Rikke —ha insistido—. Está limpio.
—No lo suficiente.
—Me parece que deberías soltar esa esponja. Me parece que te tienes que relajar un poco.
Pero a mí no me lo parece.
Este es el cuarto día. No me ha llegado ni una palabra de él. No sé lo que eso significa. Por eso limpio. Es una labor razonable, física y simple, y tiene un propósito claro. Vale, puede que lo de pasar el cepillo de dientes no; lo reconozco. Es un poco exagerado. Pero en este momento no me puedo dar por vencida.
Al segundo día vino a verme Ingvild Fredly. Fue durante el día. Los chicos estaban en el colegio y en la guardería. Yo estoy de baja por enfermedad. El médico por fin se ha decidido a recetarme pastillas para dormir, de modo que por las noches duermo, pero no sirve de nada: al despertar me encuentro igual de cansada. Ingvild se sentó a la mesa de la cocina y me miraba vaciar los estantes.
Dijo:
—Has hecho lo correcto.
Dijo:
—Dale tiempo.
Dijo:
—Las cosas se arreglarán por sí solas, de una forma u otra.
Pero yo no quería escucharla. No me quedaba paciencia para palabras reconfortantes. No sé lo que quieren decir. Solo hay una manera de arreglar esto. Y no quiero que me reconforten, y mucho menos ella. También se lo dije.
—No se van a arreglar. Además, ¿qué coño sabes tú? Yo lo único que sé es que voy a limpiar la casa; es mi trabajo. Y tú no me puedes ayudar, así que tú dirás qué estás haciendo aquí.
—Entonces, mejor que me marche ahora —comentó, y esas fueron las únicas palabras sensatas que pronunció.
A veces me pongo a llorar mientras limpio. A veces solo trabajo. Hice lo que tenía que hacer. A ultimísima hora, cierto, y sin alegría ni sensación de satisfacción moral, pero lo hice. La obra de una conciencia culpable ha sido realizada. Mi propia labor acaba de empezar.
Ahora me espera el suelo. Estoy de rodillas, frotando tan fuerte con el cepillo de dientes que se le doblan las cerdas. Åsmund es un limpiador maniático; cepilla con demasiada energía. Todos sus cepillos se parecen a este. Esta mañana me eché a llorar al darme cuenta, pero no me quedaban ya lágrimas. Me limito a frotar. Trabajo con gestos mecánicos. Reconstitución, dijo mi amiga. No sé qué será eso, en verdad. Una penitencia, a lo mejor. O un intento de arreglar las cosas.
Oigo el golpe de la puerta del portal. Es él, me digo. Me incorporo y escucho. O puede que sean ellos, mi amiga y mis hijos. A lo mejor Emma se puso a la defensiva y se negó a ver la película, que, reconozco, estaba destinada más bien a la franja de edad de su hermanito. O puede que a Lukas le diera un ataque de llanto a la entrada del cine. Puede que a mi amiga no le quedara más remedio que cogerlo en brazos y traerlo a casa. Me levanto. Tengo las rodillas rígidas y doloridas; la que me había lastimado me duele más que la otra, que también me ha empezado a doler. Entro cojeando en el salón, cepillo de dientes en ristre.
Ahí está. No parece él, está pálido y demacrado. Tiene la cara más delgada; parece más joven y viejo a la vez, como si las arrugas hubiesen desaparecido al mismo tiempo que el estrés se le ha instalado en los rasgos para darles relieve. Ha estado llorando. Claro que ha llorado. Åsmund llora en bodas y bautizos; no lo puede evitar. También yo me quedo ahí parada.
Dice:
—Hola.
Digo:
—Hola.
Dice:
—¿Y ese cepillo de dientes?
—Estoy haciendo limpieza.
—Ah.
La casa está en silencio; lo único que se oye es el viento de otoño fuera.
—¿Vuelves a casa? —pregunto.
Dice:
—No tienes ni idea de lo que ha sido esto para mí, Rikke. —Niego con la cabeza. Tiene razón. No lo sé—. No me puedes hacer esto. ¿Lo entiendes? Duele demasiado. —Mira a su alrededor. Examina las paredes—. No puedo pasar por esto ni una vez más. Espero que lo entiendas. Esto no puede volver a suceder nunca más.
Asiento. Él no se imagina, no puede entender lo segura que estoy de eso. Jamás volveré a hacer algo semejante. Pero no consigo articular las palabras, así que me limito a gesticular con la cabeza. También percibo la impronta de esas pocas palabras: nunca más. Los contornos de una segunda oportunidad.
—Porque si lo haces… —continúa, y se le quiebra la voz.
Dejo caer el cepillo de dientes y corro hacia él. Apoyo la cara en su hombro y respiro su olor. Es el olor de la habitación de su infancia en Haslum, donde nos metíamos con el televisor portátil que sus padres le habían dejado a todo volumen para que no se nos oyera haciendo el amor.
—¿Vuelves a casa? —susurro.
—Sí —contesta con voz ronca—. Supongo que sí. No sé adónde iría si no.