La comunidad
Lunes
Se oye movimiento en el pasillo, fuera de mi despacho. Mis colegas imprimen documentos, se preparan cafés, se asoman a otros despachos para dejar un mensaje antes de la reunión. La gente va de un lado para otro. Siento un peso en la cabeza; anoche apenas pude dormir. Frente a mí, en la pantalla del ordenador, he abierto el documento en el que estoy trabajando para tener algo que decir en la habitual reunión de los lunes, dentro de veinte minutos, pero las palabras se escurren fuera de mi alcance y me da la impresión de no entenderlas. Una pared de vidrio cierra mi despacho y yo me escondo detrás del ordenador mientras me froto los ojos cansados. Anoche bajé varias veces a ver a Lukas. Abrí la puerta con el corazón desbocado cada vez, con la certeza de que algo terrible me esperaba al otro lado; pero Lukas durmió como un bendito toda la noche. Así que me puse a recorrer la casa, comprobando que la puerta estuviese cerrada con llave y la cadena echada, y también que las ventanas hubieran quedado cerradas. Me detuve ante la puerta de Emma un par de veces. En su habitación hay una puerta de salida de emergencia que da al sótano. Quería comprobar que estuviese bien cerrada, pero no me decidí a entrar. No estaba segura de estar en mi derecho, de que no fuese un gesto intrusivo. Se ha hecho mayor. Y merece su privacidad. Pero sigue siendo mi pequeña, y hacia las cuatro he abierto su puerta lo justo para asomarme a su habitación. La encontré dormida boca arriba, con una mano cerca de la cara y la boca entreabierta, ajena al mundo. Todo está de lo más ordenado. Ha decorado las paredes con pósteres, pero no de chicos que le gustan, como hacía yo a su edad, sino de chicas posando con ropa sofisticada. Las habitaciones de sus amigas están decoradas igual, y yo encuentro algo triste que las chicas se esfuercen más por impresionar a los chicos que por centrarse en sí mismas y sus propios gustos. En el estante de encima de su cama hay una foto enmarcada de Emma con dos de sus amigas, sonriendo y cogidas de la cintura. No hay rastro de la tensión que genera la propia apariencia como se ve en las otras fotos, pero también cuenta que esta en particular data ya de hace unos dos años. Al lado de la foto está su osito de peluche, con el que durmió todas las noches hasta que cumplió ocho años. Entro de puntillas; pruebo la puerta de emergencia, que está bien cerrada, y salgo sigilosamente de la habitación, no sin antes detenerme junto a su cama. Esa mano, y esa cara de abandono: está perdida en el país de los sueños y no puedo darle alcance. Veo en su mesilla de noche su ejemplar de La ópera de dos centavos y mi antiguo iPod, que ella usa porque no queremos que se vaya a la cama con el móvil ni con la tableta. Puede utilizarlos, pero no estando a solas. Me da un poco de pena que prefiera la vieja tecnología y la soledad a su tableta y nuestra compañía.
Tenía veintiséis años cuando me enteré de que estaba embarazada de Emma. Acababan de concederme la beca de investigación a la que aspiraba. El proceso había sido difícil, pero en la entrevista me mostré convincente. Recuerdo que me sentía invencible: era joven y competente, pertenecía a una nueva clase de mujer, libre del lastre que había anclado a la generación de mi madre en casa. El mundo se iba a enterar. Y entonces llegaron las insidiosas sospechas: la ausencia de menstruación, el inusual cansancio. ¿Podía ser? Entonces trabajaba como asistente de investigación para un profesor del instituto donde había hecho el máster, y ya pensaba en mi futuro empleo. A la hora de comer bajé a la farmacia de Blindern a comprar un test de embarazo. Me hice la prueba en el lavabo de la biblioteca universitaria, temiendo que alguien del instituto me encontrase en postura tan flagrante, sentada en la tapa del váter y con las piernas en alto mientras dejaba pasar los dos minutos preceptivos. Cuando vi el resultado me negué a creerlo. Me quedé allí sentada diciendo «no, no y no» y entablé una discusión con un Creador en el que hasta ese momento no había creído. «Querido Dios —dije—, ahora tienes que ayudarme. Esto lo tienes que arreglar. Quítame esto de encima enseguida. Continuamente oímos hablar de abortos espontáneos. Venga, Dios, un poco de responsabilidad».
Se lo conté a Åsmund entre sollozos. Él dijo todo lo que se espera de un joven de su tiempo: la decisión es tuya; yo estaré a tu lado hagas lo que hagas.
—¿Cómo se te ocurre decir semejante cosa? —rugí. Necesitaba un adversario, alguien a quien gritar—. ¿Cómo puedes dejarme a mí la decisión? Ese nudo de células es tan tuyo como mío.
—Yo no puedo decidir lo que hagas con tu cuerpo.
—¿Por qué demonios no puedes? —repliqué yo—. ¿Así que ahora es mi responsabilidad? ¿Qué pasa? ¿Que quieres ahorrarte la carga moral y que yo tome la decisión más dura de mi vida sola, por mi cuenta?
Quería que se sintiese tan mal como yo, ver la desesperación en su mirada.
Dijo:
—Ya llevamos juntos mucho tiempo. Nos queremos. De todos modos, tarde o temprano vamos a querer formar una familia. Vale que esto no estaba previsto, pero ¿por qué no?
—¿Y mi trabajo? —chillé.
—Te darán un permiso de maternidad.
Jugué todas las bazas a mi disposición: ¿Y qué me dices de las vacaciones de las que íbamos a disfrutar? ¿La vuelta al mundo que soñamos con hacer algún día sin importar cuándo? ¿Y nuestras amistades? Dejarán de contar con nosotros cuando lo único que nos importe sean los pañales y los cochecitos. ¿Y mi cuerpo, que va a quedar gordo y flácido y perdido para siempre jamás? ¿Y qué pasará con los largos sábados sin salir de la cama?
Y Åsmund replicó a todos mis argumentos: Podremos seguir viajando, solo que habrá que planificarlo todo de otra manera. No vamos a perder amigos, y, si los perdemos por esa razón, entonces no son tan amigos. Yo volvería a tener mi cuerpo de antes y sería igual de bonito; y él solo me querría más que antes. Y me prometió que seríamos fieles a nuestros sábados en la cama.
Yo lo miraba con incredulidad. Veía la parte de él que ansiaba todo eso, y sentí que me clavaba un puñal en la espalda.
—No lo quiero —anuncié—. Voy a abortar.
—Como tú quieras —contestó, y pareció triste, y yo lo aborrecí por tomar partido como le había pedido que hiciera.
Después de todo desistí. No podía hacerlo. ¿Qué iba a ser de nosotros si yo le negaba aquello? Cuando le había pedido que tomase la decisión por mí, también había negado la posibilidad de que al final se hiciese lo opuesto de lo que él quería: que siguiéramos como antes. También en algunas cosas llevaba razón, todo hay que decirlo. De modo que dejé para otro momento lo de pedir cita, y una noche, mientras comíamos pizza delante de la tele, comenté:
—Está bien. Me lo quedo. —Él me rodeó con un brazo y no me soltó—. Pero tú te haces cargo de la mayor parte de las noches en vela. El setenta y cinco por ciento.
Prometió que así sería. ¿Y qué íbamos a saber nosotros de que esas promesas no valen ni el aire que se usa en pronunciarlas?
Siento ahora la resaca de anoche. Tengo la cabeza pesada y brumosa. Todo el departamento asistirá a la reunión de este lunes. Se supone que hablaremos de los proyectos de cada uno, que haremos aportaciones y plantearemos dudas, y con tantas idas y vueltas las reuniones se hacen interminables. El documento que me ocupa es una solicitud de financiación en la que llevo semanas trabajando, pero las frases bailan ante mis ojos.
De modo que me pongo a navegar por internet, alternando entre ambas páginas, pasando al documento cuando oigo pasos que se acercan para que nadie vea lo que estoy leyendo. Me paso los dedos por el cabello. Estoy muy cansada. No voy a poder con esto. Me encantaría dormir. También ayer estaba cansada, pero en cuanto me metí en la cama caí en un remolino de pensamientos. El mensaje de Jørgen. La cara de Saman al volverme y verlo allí en el umbral de su puerta, la incómoda sensación de haber sido pillada con las manos en la masa. La voz de Jørgen en aquel bar de Londres. «Siempre he pensado que todo lo que vino después de aquello ha sido un regalo». Los dos huevos en la mesa de la cocina. El aire sobrenatural en el apartamento de Jørgen. Dormir me fue imposible.
Ahora parece fácil. Bastaría con acostarme para quedarme dormida. Contemplo la idea de hacer una bola con mi chaqueta, ponerla sobre el escritorio y usarla de almohada. Sin duda lo habría hecho de no ser por la mampara de vidrio.
Las páginas web de los periódicos importantes hablan de una muerte en Tåsen. Me sobresalto. Era de suponer que saliera la noticia, pero, aun así, ¿no hay criterios de confidencialidad? Abro el enlace: «Hacia las cinco de la tarde de ayer, la policía informó del hallazgo de un cadáver en un apartamento en el barrio de Tåsen. Las autoridades policiales han confirmado que se trata de un varón y que las circunstancias de su muerte parecen sospechosas». Eso es todo. Las dos frases no contienen nada nuevo, pero son como un alarido y quiero que se callen. La última frase me estremece: su muerte parece sospechosa. Nuestras paredes de papel de seda; mi familia viviendo y durmiendo tan cerca. ¿Y qué quiere decir «sospechosa»?
El ambiente en su apartamento cuando estuve allí el sábado. ¿Por qué demonios hice eso? Fue una intrusión en toda regla, aquello de entrar y cerrar sin que nadie me invitase; bueno, no del todo sin invitación, pero tampoco explícitamente invitada. ¿En qué andaba pensando? ¿Qué me llevó a creer que aquello estaba bien? Quién sabe si fue incluso peligroso. Me remuevo en el asiento y me doy cuenta de lo frías que tengo las manos. ¿Y si hubiera habido allí alguien al mismo tiempo que yo, al otro lado de la pared, detrás de la puerta que no me atreví a abrir?
No logro encontrar una posición cómoda en mi asiento: ponga como ponga las piernas, algo me pellizca, me pica o me aprieta. Aún no he buscado el número de Robin Pettersen. En algún momento tendré que hacerlo; no estoy tan aturdida como para no darme cuenta de que, cuanto más tarde, peor será. Siento un retortijón en las tripas, porque ¿qué le puedo decir a un policía que se pone triste con las malas noticias?
Alguien abre mi puerta y yo me vuelvo con un respingo.
—¿Te he asustado? —me pregunta mi compañera.
—Qué va. Estaba en otro mundo, nada más.
La noticia del periódico sigue en la pantalla, a mis espaldas. Podría verla si mirase, pero no lo hace.
—¿Vas a presentar la solicitud de financiación en la reunión? —pregunta.
—A decir verdad, tengo un dolor de cabeza de los buenos —comento—. Así que no lo sé. Igual me marcho a casa.
—Ay, pobre —replica—. ¿Mucho estrés?
Hago como si considerase la cuestión.
—Puede que sí. O falta de sueño. No lo sé.
—Que te mejores —dice al cerrar la puerta.
Siento que se me relajan los hombros en cuanto sale, como si temiera que la gente pudiera ver mi culpa. Claro está que aquí lo que cuenta es el crimen. Más allá de lo que se pueda pensar acerca de lo que he hecho, un asesinato es mucho peor. Pero tengo la impresión de que la gente no lo verá de esa manera. La gente pensará que la culpa se puede repartir, de modo que a cada cual le toca su parte correspondiente. Yo en esta historia soy culpable, si no de una cosa, entonces de otra. Y sé que tendría que llamar a Robin, el de la cara de niño, y hablarle del mensaje. Y por mucho que apueste por la hipótesis de que Saman no me vio salir del apartamento, tendría que contarlo de todos modos.
Pero me entra la duda. Quizá sea mejor esperar a que me sienta más entera. Tal como estoy ahora, ¿quién sabe qué puedo llegar a decir?
Mi teléfono suelta un pitido y vuelvo a saltar en la silla. Estoy tan nerviosa que no me puedo permanecer quieta. Veo el nombre de Jamila en la pantalla. «¿Cómo te sientes? —dice el mensaje—. Estoy conmocionada. No me puedo hacer a la idea. ¿Podemos vernos? Hoy trabajo en casa. Sube cuando te venga bien». Lo leo varias veces. Tiene algo de mensaje de rutina, aunque está plagado de signos de exclamación y emoticonos. Jamila está alterada; quiere que quedemos para conversar. No es mala idea. Tendría que ir a visitar a Jamila ahora y ver qué dice. Si Saman me vio salir del apartamento de Jørgen y Merete, sin duda se lo habrá comentado. Más aún al enterarse de lo que ha pasado. Si nos vemos y no lo menciona, entonces es que no ha visto nada. Tal vez deba sacar yo el tema, referirme a los huevos que me dio y comprobar si reacciona. Es lo que me conviene hacer antes de llamar a la policía. Le respondo que estoy en camino y que nos encontramos en su casa dentro de media hora.
Antes de marcharme llamo a la puerta de la recepcionista.
—Tengo una jaqueca de aquí te espero —le comento.
—Tengo paracetamol —dice ella, tan joven, tierna y servicial, ya con la mano en el bolso.
—Ya me he tomado uno —miento—. ¿Puedes anotar que voy al médico?
Durante los años que precedieron a la compra del apartamento en Kastanjesvingen, Åsmund y yo vivimos en un debate permanente sobre dónde debíamos establecernos. El asunto se colaba en cada charla, en cada silencio ante la mesa de la cocina, en el aire que se respiraba mientras, cargados con las pesadas bolsas de la compra, subíamos a nuestro diminuto piso. Casi todos sus amigos habían vuelto a Bærum en cuanto tuvieron niños. Se habían comprado una casa en una de las apretujadas hileras levantadas en terrenos urbanizables, incrustada entre el lindero del bosque y la línea del metro, donde las casas eran como cajas para anidar, cada cual con un exiguo jardín al frente cuyos propietarios ocupaban de inmediato con camas elásticas que parecían champiñones azules plantados en cualquier trozo de césped disponible. Las minúsculas terrazas se desbordaban de barbacoas gigantescas y muebles de jardín. Tras comprar enormes cortacéspedes y sopladores de nieve, se pasaban los fines de semana deshierbando, rastrillando y entregados al mantenimiento de sus viviendas.
—¿Tan malo te parece? —preguntaba Åsmund—. Piensa en los niños.
En una ocasión fuimos de visita a la casa de uno de sus amigos de la infancia. Estuvimos en la terraza cubierta comiendo gofres. El amigo y su esposa estaban encantadísimos con su vecindario, tan pensado para los niños, tan cerca de la naturaleza, y tan cerca del metro que podían ir a la ciudad cuando querían. Les pregunté si seguían yendo a cenar al centro en los días laborables. Se miraron uno al otro y se echaron a reír. No, no como antes, pero es por los niños. Podríamos ir si quisiéramos.
Sus hijas se habían llevado a Emma a la cama elástica, donde las veíamos desde la terraza. Las niñas le hicieron una demostración de todo su repertorio de saltos, giros y volteretas mientras Emma las contemplaba reclinada contra la valla con aire de absoluta indiferencia.
Ya en el coche de camino a casa dije:
—No pienso vivir en una caja.
—¿Porque nuestro piso no es una caja? —replicó Åsmund mientras tomaba una de las salidas para entrar en la autovía que llevaba a la ciudad.
Pensé en mi suegra, viuda reciente, que residía en un enorme y nada práctico chalé a cinco minutos en coche de la casa del amigo que acabábamos de visitar. Yo sabía cómo iba a ser aquello: las numerosas llamadas telefónicas semanales, «espero no molestar, pero verás, necesito ayuda con esto y aquello; yo es que para estas cosas soy una negada». Åsmund acudiría deprisa y corriendo; es como si lo viera: pobre mamita, claro que te ayudamos. La sola idea de tenerla tan cerca me pesaría. Sentiría su respiración en la nuca. Pero, como eso no se lo podía decir a Åsmund, salté:
—No quiero un robot cortacésped. No quiero tener que limpiar uñas sucias de tierra, ni tener que coger el coche para ir a cualquier sitio, ni pasar todas las santas noches en casa delante de Netflix porque no me quedan fuerzas para ir al centro.
Åsmund contestó:
—Vaya esnob estás hecha. Me reservo el derecho de ver todo el Netflix que me apetezca.
No dijimos ni una palabra más. Emma iba en el asiento de atrás, mirando por la ventanilla y sin abrir la boca. Bajé la mirada a mi cintura. Vestida no se notaba, pero desnuda la prominencia era notoria. El piso en el que vivíamos tenía solo dos dormitorios. Si me ponía puntillosa, solo tenía uno, porque el cuarto de Emma era tan pequeño que dudo que el tasador de una inmobiliaria lo hubiese calificado de habitación. Tenía ya ocho años. Hacía ya tiempo que necesitábamos una casa más grande.
Al entrar en la ciudad, Åsmund dijo:
—Vale, no será Bærum. Tampoco te puedo obligar.
Aquella noche, en casa, cuando Emma ya dormía en su cuchitril y veíamos la tele en aquel salón atiborrado de cosas, Åsmund comentó:
—Pero tenemos que mudarnos, Rikke.
—Lo sé —respondí—. Algo encontraremos.
Este apartamento le puso el punto final a una sucesión de discusiones que se habían ido agriando desde la visita al amigo de Bærum. Mi barriga ya no pasaba desapercibida. Åsmund quería un jardín, pero todo lo que veíamos que estaba lo bastante cerca del centro para mí era demasiado pequeño y demasiado rodeado de asfalto para él. Y entonces vimos el anuncio: un apartamento con un sótano añadido en un cuádruplex en el barrio de Tåsen. Demasiado pequeño e incómodo para los más adinerados, pero lo bastante espacioso para nosotros, y más práctico que donde vivíamos, con tres habitaciones y un jardín comunitario. Para ir a verlo subimos a pie desde Sagene, atravesamos Voldslokka y de allí en un paseo llegamos hasta Tåsen, por entre casas y jardines, hasta el enorme castaño que da inicio a Kastanjesvingen, al final de Bakkehaugen. La casa era uno de los tres cuádruplex dispuestos en hilera, cada cual con un jardín alrededor y un empinado muro al fondo. Ya en el apartamento y con el folleto que nos había dado el agente inmobiliario, me abrí paso entre las esperanzadas parejas que también visitaban el lugar. Fui a la cocina, miré por la ventana hacia el jardín y pensé: Aquí es donde viviremos. Miré a Åsmund y él asintió. A él también le gustaba. Un jardín. Una calle silenciosa y cerrada. Tranquilidad. Verde. Y, sin embargo, a solo quince minutos a pie hasta Sagene, y un corto trayecto en bicicleta hasta mi trabajo. El precio era elevado, pero, si estábamos dispuestos a reducir gastos, comer más barato y recortar el presupuesto de vacaciones, se podía hacer. Nos volvimos a mirar. Queríamos esa casa.
Ahora hay dos coches de policía fuera. Los veo mientras subo por Kastanjesvingen. Tienen las luces apagadas y están en silencio. Justo frente a la entrada hay un vehículo con el logo de un canal de televisión. Siento una punzada, aunque en sí no tenga nada de amenazante. Hay un señor sentado en el asiento delantero, pero está ocupado con su teléfono y no me ve cuando paso a su lado y abro la verja.
La casa está rodeada por un cordón policial. Justo fuera del cordón, hay una mujer policía en cuclillas. Tiene una cámara fotográfica con la que toma fotos. No sé de qué, si del césped o de los montículos de tierra, o de las ventanas de nuestro sótano. Por lo demás, el jardín está como siempre. El césped está húmedo y cubierto de hojas amarillas; no muchas, pero ya anuncian la estación que viene.
No paso por el apartamento. Podría dejar el bolso antes de ir a ver a Jamila, pero me lo pienso. En casa todo estará en silencio. Subo directamente al segundo piso. Paso al lado de la puerta de Jørgen sin mirar. Sí miro, en cambio, a la de Jamila. Llamo a su puerta.
—Enseguida voy —la oigo gritar sin necesidad, pues no tarda ni cinco segundos en abrir—. ¡Rikke! —Su voz, aguda e incontenida, resuena por la escalera—. ¡Qué bien que hayas venido!
Jamila lleva siempre tacones altos, de modo que estoy acostumbrada a verla a mi altura. Pero en casa va descalza, y, por lo tanto, es unos diez centímetros más baja que de costumbre. Cuando me abraza, cosa que hace de inmediato, casi antes de que yo pueda abrir los brazos, alcanzo a verle la coronilla y el pelo, que le nace negro y fuerte. Huele a champú, a cabello limpio y a flor de saúco.
Me suelta al fin. Tiene los ojos húmedos.
—¡Qué horrible es todo esto! —exclama—. Anoche apenas pude dormir.
Me pone una mano en el brazo y me guía hacia el interior. Cierro la puerta. Me precede de camino al salón. Sus pasos cortos suenan como palmadas rápidas contra el suelo y habla mientras anda. Está realmente conmocionada, dice. No se puede creer que esto haya ocurrido de verdad. Saman y ella habían ido a ver a unos amigos ayer, me cuenta. La presencia de la policía le ha puesto de los nervios, por no hablar de «él, tendido allí al lado».
—Supongo que se lo habrán llevado, ¿no?
No tengo ni idea, pero asiento con un gesto. Nos sentamos a la mesa del salón, donde Jamila pone una cafetera que a todas luces ya tenía preparada, y se deja caer en el sofá frente a mí. Lleva el cabello, negro y largo, recogido en un moño. Está vestida con una camiseta y unos vaqueros que, apostaría cualquier cosa, deben de costar un ojo de la cara. Con tan sencillo atuendo, Jamila podría pasar en una foto en Instagram por una actriz de cine o un icono de la moda.
—¿A ti no te parece inverosímil? —pregunta—. ¿Tú te puedes creer que esto esté pasando de verdad?
Advierto ahora que tiene los ojos enrojecidos. Me sorprende. Claro está que la he visto hablar con Jørgen, pero siempre en el tono habitual entre vecinos, y, sin que sepa por qué, tengo la impresión de que ella no le profesaba un especial afecto.
—Lo que quiero decir —prosigue— es que lo han asesinado aquí, Rikke. En esta casa. Justo al lado. —Y, de forma repetitiva, señala con el dedo la pared que separa su salón del de Jørgen y Merete—. Quién sabe si en ese momento estábamos aquí viendo la tele, o durmiendo en la cama mientras él se desangraba al otro lado de esta pared —dice—. Te juro que solo de pensarlo me pongo mala.
Se frota los ojos. Tiene la piel un poco más gris que de costumbre. Yo cambio la postura de las piernas al son de mi ansiedad.
—Sí —replico—. Es, es tan…
—Pobre Jørgen —comenta—. Tampoco es que fuéramos íntimos ni nada. Tenía sus cosas, pero da igual: asesinado en su propia casa.
Y ahora le asoman unas lágrimas. Tiene unos ojos enormes y las pestañas en abanico les aportan más volumen, si cabe. Le brillan tanto que no hay manera de no mirarlos. Y entonces las lágrimas desaparecen como por voluntad propia. Se pasa el dedo índice, con la uña pintada de rosa, por un ojo y luego por el otro, pero no parece que estén muy húmedos. Yo, mientras tanto, le doy vueltas a la minúscula taza de café que me ha puesto entre las manos.
—Pero ¿seguro que ha sido un asesinato? —inquiero—. Quiero decir, ¿se sabe ya? —Se queda mirándome como si le costara entender lo que le he dicho. Como si estuviese proponiendo una hipótesis y ella fuese una profesora que se pregunta si soy tonta o solo lo parezco—. La prensa hablaba de «muerte sospechosa» —insisto—, pero eso puede significar más de una cosa, ¿no? No necesariamente que fuera un… —no puedo pronunciarlo—. ¿Entiendes lo que te digo?
—Rikke —dice Jamila—. Lo han encontrado reclinado encima de su escritorio. En un charco de sangre.
Esta descripción es un rugido en mis entrañas. Jørgen doblado sobre su trabajo. Un charco de sangre. Es una imagen imposible de no visualizar. Sus palabras me atenazan el pecho y la rabia me sube incontenible desde el estómago. ¿Quién demonios se cree que es Jamila para sacar un drama sanguinolento de esto?
—¿Cómo lo sabes? —espeto en un tono más cortante del que querría.
No parece percibir mi tono.
—Entonces ¿no te has enterado?
—¿De qué?
Se queda unos instantes en una inmovilidad por la que no se caracteriza y sentencia:
—Fui yo quien lo encontró.
Jamila estaba trabajando con su Mac, retocando fotos —trabajo de sofá, como lo llama ella—, mientras escuchaba música, tomaba té y jugueteaba con los resultados de una sesión fotográfica de esa semana, cuando recibió la llamada de Merete. Estaba molesta y se le notaba en la voz. Se oía ruido de tráfico al fondo. Estaba en Skar, dijo. En un bosque en medio de Maridalen. Estaba con su hermana y Filippa esperando en un aparcamiento vacío. Jørgen había quedado en pasar a recogerlas a las tres y eran ya las tres y veinticinco, y no le cogía el teléfono. Como ella estaba en casa, ¿le importaría acercarse y ver si estaba allí?
«No te preocupes —le había dicho Jamila—. Claro que puedo ir a ver».
—Salgo al rellano en calcetines y llamo a la puerta. —Al decir esto me mira con aire de saberlo todo, y añade, con aliento contenido—: Pero no viene nadie a abrir.
»De modo que llamo a Merete y le digo que Jørgen no abre. Merete suspira y dice que eso es típico de Jørgen, pero que gracias de todos modos. Luego me pregunta si me sería mucha molestia entrar a ver. A veces él se pone los cascos para escuchar música o alguna conferencia de sabe Dios quién y se le va la noción del tiempo. La llave está en el tiesto de la escalera. Le digo que no es ningún problema. Cojo la llave y entro.
»Allí dentro estaba todo tranquilo —continúa—. En un silencio que resultaba desagradable. Había algo en el aire. No sé cómo explicarlo.
Asiento con un gesto. Sé lo que quiere decir.
Lo había buscado un poco por encima. En la cocina no había nadie, pero la luz estaba encendida. En el fregadero había un plato sin limpiar, con restos de grasa y salsa. En la encimera, una cacerola usada que no habían metido en el lavavajillas. De la cocina había vuelto al salón y allí había visto que la puerta de su despacho estaba cerrada. Me dice que es consciente de que el dramatismo de lo que vino después le tiene la cabeza hecha un lío, pero que cuando se acercó a la puerta tuvo la impresión de que ya sabía lo ocurrido. Que la idea de abrir la puerta la puso muy nerviosa.
Tenía la cabeza apoyada en el teclado. La pantalla del ordenador, apagada. Al principio pensó que se habría quedado dormido sobre el escritorio, pero entonces vio la sangre. De un rojo impresionante, explica. Por descontado que en su vida había visto semejante cantidad de sangre, salvo en las películas, y que le pareció distinta a como se la imaginaba. De un rojo más claro. Tuvo la impresión de que llevaba allí una eternidad, sin apartar la mirada hasta que cayó en la cuenta de lo que estaba contemplando.
—Como cuando ves un jarrón que se cae —cuenta Jamila—. Estás ahí, viendo el accidente pasar, viendo ya los mil añicos en que se va a romper en cuanto toque el suelo, y te parece que cae tan en cámara lenta que te crees que tienes todo el tiempo del mundo para intervenir, y te quedas ahí parada, incapaz de moverte, y lo ves suceder. ¿Entiendes? —De nuevo el gesto afirmativo—. Entonces me puse a gritar. Al menos creo haber gritado. Lo que sí recuerdo es que salí corriendo. Llorando.
Ahora baja la voz y dice con un toque de perplejidad en esos ojazos que tiene:
—Era la primera vez que veía un muerto.
Jørgen es de esas personas que no necesitan dormir mucho. Seis horas le bastan, a veces menos, y le gusta trabajar mientras todos duermen a su alrededor. En las noches que pasábamos en la habitación de un hotel, solía despertarme el ruido de sus dedos al golpear el teclado. Un charco de sangre, dice Jamila, un charco que ahora tiñe otras imágenes: Jørgen trabajando en la habitación del hotel de Londres y yo mirándolo medio dormida. Siento que va a ser así de aquí en adelante, que cada imagen que guardo de él se me presentará teñida de este modo hasta que de todo eso solo quede la mancha. Jamila ha cruzado las piernas y la veo ante mí, sentada en un sofá gris claro y minimalista, a la espera de que yo diga algo. Pero no quiero seguir hablando de esto. No quiero manchar ni uno más de sus recuerdos. Siento náuseas, pero no puedo dejar que se note. Jamila está impaciente. Hunde el pie en un cojín y, viendo que no pronuncio palabra, deja la taza en la mesa y se inclina hacia delante.
—¿Quién ha podido hacer esto? —pregunta—. Eso es lo que no me puedo quitar de la cabeza. Nos separa solamente una pared. Algo tenemos que haber visto; algo habremos oído.
—No sé qué decirte —respondo pensando en todas las cosas que espero que nadie haya visto ni oído.
Jamila no para mientes en mi escepticismo; la iniciativa le desborda. Opina que esto es algo que se puede averiguar. Quiere ir a hablar con los vecinos que encuentre en la tienda o por la calle. Y yo podría acercarme a los padres del colegio, a todas esas madres-Tåsen de las que le he hablado. Alguien tiene que haber visto algo. Además, siempre hay cosas que uno prefiere no contarle a la policía. Cotilleos de vecindario, comentarios al pasar. Vivimos cerca unos de otros. Se ven cosas. Es inevitable. Igual te parece que no son nada. Por cosas así no molestas a la policía. También puede que no quieras pasar por chismosa, o que no quieras meter a un vecino en aprietos. Pero hablar contigo o conmigo…, eso ya es otra historia completamente distinta.
—En este vecindario la gente nos tiene en buena estima, Rikke —dice. Me ha cogido una mano entre las suyas y me la presiona con una fuerza que no le suponía, con dedos flacos y huesudos que me aprietan y con anillos que me lastiman—. Confían en nosotras.
La jaqueca que había fingido en el trabajo ahora se me cuela de verdad en la cabeza. Me duele la mano que me aprieta, y me digo: ¿Qué me está sugiriendo exactamente? ¿Y por qué me lo sugiere?
—Jamila —digo retirando la mano y sintiendo un hormigueo cuando la suelta—. Esto le compete a la policía. Me parece que más nos vale no meternos ni de lejos.
—No podemos no meternos —replica.
Tiene los ojos muy abiertos; lo blanco le circunda limpiamente el iris y me mira fijo. ¿No lo entiendo? Esto es cosa nuestra solo por el hecho de vivir tan cerca. Es una cuestión de responsabilidad con quienes nos rodean el cuidar unos de otros.
—Hay algo maligno en este vecindario, Rikke. ¿Te acuerdas de los gatos muertos? He estado pensando en eso desde la primera vez que oí hablar del asunto. ¿Qué otra cosa puede llevar a alguien a hacer una cosa así sino la maldad?
Vuelvo a suspirar. Otra vez los malditos gatos. Y a Jamila le va lo dramático. Le va mucho. Hay algo maligno en este vecindario. Se ha dejado seducir por la situación; se ha zambullido de cabeza en ella. No parece darse cuenta de lo ansiosa que está. Y la horrible experiencia que ha vivido ayer me hace del todo imposible decírselo.
Pienso en su marido en el rellano; en los huevos olvidados en la encimera de la cocina, que me recuerdan mi mentira. Tenía pensado contárselo, pero ¿cómo provocar este cambio de tema ahora? No solo eso: tampoco quiero llamar su atención hacia ese asunto, y no quiero provocar enredos con esto. Y no estoy del todo segura de poder fiarme de ella.
Cuando me acompaña a la puerta, repite:
—Fue horroroso, Rikke. La sangre en el teclado. Anoche casi no pude dormir.
Y caigo en la cuenta de lo joven que es, no ha llegado a los treinta. Le pongo el brazo en los hombros; ella me mira y por un instante me siento su hermana mayor.
—Trata de no pensar en ello —digo.
Ya en el rellano me detengo ante la puerta cerrada de Jørgen. Cuántas veces la he abierto tras subir a escondidas en calcetines, con todo el sigilo posible, angustiosamente consciente de que no hay crujido de la escalera que no se oiga en los cuatro apartamentos. Percibo a mi espalda el ruido seco de la cerradura y me vuelvo a mirar. Jamila no suele cerrar nunca con llave.
Para bajar tengo que pasar por delante de la puerta de Jørgen y hago lo que puedo por evitarla pegándome al pasamanos. Un charco de sangre. A menudo he subido con ansiosa prisa para abrir esa puerta, pero más de una vez lo he hecho con mala conciencia. Sobre todo hacia el final, como con una desgana acompañada de un deseo de hacer lo correcto, y una voz tenue y apagada que decía: déjalo estar. Vuelve a casa. Piensa en los tuyos. Argumentos todos ellos inservibles para poner freno al deseo. Y también hubo veces en que fue escasa la satisfacción allí encontrada. Y ahora todo eso ha terminado de manera irrefutable. No tengo que pensar más en ello.
Ya en casa, apoyo la espalda en la puerta de entrada. ¿Siento acaso también cierto alivio? Ya no está. Se ha acabado y esta vez no hay vuelta atrás. ¿No hay una cierta liberación en ello? Con él todo ha terminado. Ha dejado de ser algo en lo que pensar. Cierro los ojos. Trato de respirar de manera tranquila y controlada. Sí, francamente, también eso es cierto. Pero es algo que no le puedo decir a nadie. Ni yo misma debería pensarlo. La muerte de Jørgen es una tragedia y eso es todo cuanto se puede decir.
La mujer policía de la cámara no está en el jardín. Puede que ahora esté detrás de la casa. La planta superior permanece en silencio; da la impresión de que la policía se ha marchado de allí, y Merete probablemente se haya ido a otro sitio, ahora que su apartamento es la escena de un crimen. Acostumbra a estar en casa durante la jornada. Cuando yo me encontraba de permiso por maternidad, solía oírla arriba, con sus pasos suaves y rápidos. Oía también a sus alumnos al piano, notas vacilantes, o rápidas y bien tocadas, o disonantes. De vez en cuando era la propia Merete la que se ponía al piano, y nunca me quedaba la menor duda de cuándo era ella quien tocaba: el aplomo con que lo hacía era solo suyo. Las notas volaban sin esfuerzo en un encaje impecable. A veces toca cuando está a solas, por regla general los grandes compositores: Debussy, Chaikovski, Bartók… Una vez la escuché tocar a David Bowie. Ejecutó Life on Mars como si fuera una obra de música clásica. Me hizo gracia. Hace poco la oí ensayar La ópera de dos centavos, con los acordes hondos y sugerentes de Kurt Weill, a través de las paredes del cuádruplex, y el sonido era completamente distinto al que se percibe en el gimnasio del Bakkehaugen. Cómo llegó a ser Merete la pianista oficial de la obra es algo que desconozco. Puede que hablara con el joven director en la asamblea de padres de agosto, o tal vez se lo propusiera él después. Dudo que fuera ella quien se postulara. Algo en ella me hace pensar que nunca pide nada, que todo se le ofrece y que le corresponde a ella el privilegio de escoger, de decir sí o no, gracias.
El director ha estado aquí en un par de ocasiones. En una de ellas lo vi desde la ventana, y en otra me lo encontré en la escalera. Llevaba encima un montón de papeles; partituras, quizá, o el borrador de un libreto. Tampoco sé si se entendían bien. Merete, discretamente altiva y profesional hasta las uñas, no tiene tiempo para simpatías ni antipatías, pero creo haber percibido algo en su mirada en alguno de los ensayos de fin de semana, cuando Gard habla largo y tendido sobre la interpretación de la obra.
«En definitiva, la pregunta es si Mack es una mala persona —comentaba —; y si lo es, ¿es por su culpa o es acaso una víctima de las circunstancias? Y en cualquiera de los casos, ¿es justo que muera por sus pecados? ¿Qué fechoría es tan terrible para que el malhechor merezca la muerte?».
Merete estuvo esperando a que terminara. Su rostro era de una neutralidad irreprochable, y sin embargo me pareció distinguir que torcía algo los labios, que había un discretísimo fruncir de las cejas, como si pensara: «¡Por Dios, vaya pedante!». Sea como sea, nadie podrá acusarla de haberlo expresado.
Pronto hará un mes desde que estalló la polémica por La ópera de dos centavos. Empezó con un airado correo electrónico de la madre de una alumna de tercero, que había leído en el libreto que a su hija le tocaba hacer de prostituta. En el libreto, el papel de su hija figuraba como «puta», algo que la madre encontraba difícil de aceptar: «¿Qué opinión nos merece esto en verdad? —escribió—. ¿Es esto aceptable para una obra teatral de colegio?». Un grupo de padres se movilizó de inmediato, y con ello llegó una avalancha de correos. En un interminable hilo de debate electrónico, se dijo que era una indecencia, quién sabía si además resultaba dañina. Frágiles adolescentes verían su sexualidad puesta en venta, y eso en el colegio, escribieron algunos. La madre de Saga envió una ferviente nota que incluía un enlace a su crónica sobre las presiones que padecen las jóvenes de hoy. Otros eran más comedidos: La ópera de dos centavos, cabe recordar, nos presenta un mensaje sobre las condiciones sociales en las que prospera el mal, indicó un padre que trabaja para un think-tank de izquierdas. ¿Acaso nuestros privilegiados hijos no necesitan saber por qué la pobreza y la marginalidad son terreno abonado para la delincuencia? Una madre, catedrática en la universidad, escribió que la obra Brecht era, al fin y al cabo, literatura universal, y que el que la obra nos hiciera sentir incómodos, como toda buena literatura, era precisamente un argumento a favor de llevarla a escena. Aquellas aportaciones no fueron recibidas de buen grado: «¿De modo que a ustedes les parece bien que niñas de doce años representen el papel de prostitutas?», contestó alguien, tras lo cual se presentaron los argumentos más duros: «¿Debemos entonces esconder las duras realidades de la vida a nuestros hijos, sabiendo que hay en el mundo sitios donde se vende a preadolescentes en matrimonio o como esclavos sexuales? ¿Hemos de ponerle mordaza a la libertad de expresión?», escribió Jørgen, quien por lo general pasaba de lo que sucedía en el colegio, pero que en esta ocasión se había lanzado al debate. En cualquier caso, estaba de lo más orgulloso de que su hija fuese a interpretar el papel de «Jenny, la de los bodegones» y de que cantara una canción sobre los estragos que puede ocasionar a una joven verse sometida a la explotación de un chulo.
Llegados a este punto, se apeló a la intervención del consejo escolar. Nina Sparre, exaltada y atemorizada a la vez por el conflicto, me interceptó por la escalera para preguntarme qué opinaba yo de la polémica desatada por la obra en el colegio. ¿Que qué opinaba? Opinaba que entre unos y otros habían exagerado el problema de forma desproporcionada, y que ni era algo tan importante como algunos afirmaban, ni tan dañino como otros sostenían. Y aunque nunca se lo confesé a Jørgen, sentí un secreto alivio cuando el consejo escolar impuso su criterio y resolvió que la pieza de Brecht sería modificada, de modo que Emma ya no saldría a escena a representar a una puta. Gard estaba desesperado y buscó aliarse con los padres que consideraban que la obra debía dejarse tal cual; pero, después de todo, optó por lo práctico y accedió a que las prostitutas fueran bailarinas y a sacar del libreto alguna que otra canción, entre otras La balada del chulo, la que Filippa Tangen tendría que haber cantado.
Merete no se pronunció sobre la polémica en ningún momento. De todos los progenitores, fue ella la que trabajó en más estrecha relación con Gard, y puede que él le pidiera su opinión; aun así, si le brindó su apoyo, nunca lo hizo en público. Ella es una experta en arte, y sus gustos son sorprendentemente modernos si se piensa en su elegante mesura. Con todo, no me habría sorprendido de que ella, igual que yo, hubiese sentido un cierto alivio con los cambios impuestos al papel de su hija. En los ensayos posteriores al debate presentó la misma espalda erguida de siempre, pero no recuerdo haber vuelto a ver a Gard por Kastanjesvingen después de la reescritura del libreto, así que puede que se sintiera abandonado por ella.
El coche de la televisión sigue aparcado en la calle. Lo veo desde mi ventana. El manzano ha perdido su follaje y sus ramas se alzan al cielo. Es hora de podarlo. El verano pasado Jørgen y yo pasamos algún que otro rato leyendo sentados en el banco que hay a su sombra. Eso fue antes de que hubiera algo entre nosotros. Hoy parece un banco diferente. Es por el otoño, creo yo. Es por el otoño, y no porque Jørgen esté muerto.
Jørgen está muerto. Es algo muy difícil de entender. ¿Tengo derecho a estar de duelo? Ahora que lo pienso siento envidia de Jamila. Ella puede llorar por Jørgen; ella sí que tiene derecho. Para ella no es nada complicado. Yo, en cambio, tengo que controlarme. Puedo estar triste, pero no demasiado, sobre todo en presencia de Åsmund. Pobre Åsmund, él no ha hecho nada malo. Él no tiene ningún problema, no me ha rechazado. Puede que hayamos tenido algunas dificultades, pero nunca han sido graves, nada que no le pase a cualquier matrimonio. El problema nunca ha sido él.
Cuando tenía veintipocos años, viví en un piso compartido con mis amigas. Ellas eran todas solteras y a veces yo envidiaba sus aventuras. Cada noche encerraba la posibilidad de conocer a alguien. Una boca nueva que besar, un cuerpo que desnudar, y al día siguiente una nueva historia que contar en la vivienda compartida. Pero era habitual que las historias trataran sobre lo que había salido mal: tipos que les daban plantón, las dudas e inseguridades cuando alguna se preguntaba en qué había metido la pata.
Y luego estaban los raros, los medio locos y los egocéntricos, por no hablar de los que daban miedo, los que rayaban en lo peligroso. A esto se sumaban las malas rupturas, las anunciadas por un mensaje de texto o por medio de un amigo, o las que no se anunciaban y punto, los enamorados que desaparecían sin más. Yo escuchaba sus historias y daba mi opinión y consuelo. Me guardaba para mí lo agradecida que estaba de tener a Åsmund, que no dejaba mensaje sin respuesta, que era normal y de fiar, y a quien yo amaba. ¿Valía la pena dejarlo por aquello?
La insatisfacción viene y va en oleadas. A veces las cosas iban bien, otras no tanto. A veces fantaseaba con conocer a alguien, a cualquiera. Un hombre sin rostro, sin pasado ni futuro; alguien con quien follar en los lavabos de la biblioteca, o a escondidas, en un alto del camino a casa al volver del centro. Pero nunca lo hice. Hubo alguna que otra ocasión que pude haber aprovechado. Nadie se habría enterado. Podría haberme quitado las ganas y luego habría vuelto a casa y a Åsmund; habría seguido adelante con nuestra vida de pareja y sin pensar más en ello. Pero nunca lo hice. Para mí aquello era una línea roja que, si cruzabas, no cabía vuelta atrás. Y a la hora de la verdad, no era mi estilo, así que siempre retrocedí antes de que las cosas llegaran demasiado lejos.
Åsmund está en casa cuando Lukas y yo llegamos de la guardería. Está en la cocina. Lo veo desde el jardín. El apartamento huele a carne picada y cebolla.
—Hola —digo desde la entrada con voz un poco temblorosa.
—Hola —grita él desde la cocina.
¿Está de buen humor? No más que de costumbre, pero es precisamente eso lo que me provoca una punzada en el pecho: Åsmund es el mismo de siempre. Lukas corre hacia donde se encuentran sus juguetes en el salón. Voy a la cocina y veo a Åsmund de espaldas, delante de los fogones. No me ha oído entrar, no sabe que estoy detrás de él y lo miro un momento mientras abre un armario para buscar algo; luego vuelve a ponerse delante de la sartén y coge un cucharón para remover la carne. Mientras lo hace, tararea; ninguna canción en particular, con su tono habitual. Recuerdo esa forma de tararear durante los días de mi vida en el piso compartido. Åsmund había pasado la noche conmigo allí y estaba preparando unas tortillas francesas para un desayuno colectivo. Las chicas no le escatimaron los elogios y yo les dije que parasen, que no había que exagerar, que luego se lo creía. Reconozco haber disfrutado de su envidia: yo tenía algo que ellas deseaban.
Se vuelve y me ve:
—¡Anda! —dice—, estás aquí.
—Sí.
—¿Pasa algo?
—No.
Me contempla sonriente, como tratando de subirme el ánimo. El tierno de Åsmund, siempre queriendo verme feliz. Sé que a veces me ha sacado de quicio, y hasta se lo he dicho: «¿Por qué tienes que ser siempre tan bueno conmigo? ¡Joder! Haz lo que quieras y déjate de tanta deferencia». Pero al verlo ahora no logro entender esa reacción por mi parte. ¿Acaso hay mayor prueba de amor que esta: día tras día, año tras año, haciendo de todo para que el otro se sienta bien?
Me mira y creo que va a hablar de Jørgen; se nota que está pensando en él, con ese ceño. Pero luego se relaja y pregunta:
—¿Me estabas mirando el culo?
Se gira y lo menea a izquierda y derecha. Me río, un poco forzada.
—Pues sí. Me has pillado.
Me sonríe por encima del hombro. Su cabello castaño tiene ahora algo de gris en las sienes. Siempre que pienso en Åsmund lo veo como si tuviera veinte años, pero también él se está haciendo mayor.
—Pues mira y no te cortes —dice—. Es todo tuyo.
Sin que lo vea venir, se me hace un nudo en la garganta, como si estuviera a punto de echarme a llorar de forma súbita y desconsolada. Sin decir nada, me marcho de la cocina, cruzo el salón donde Lukas busca juguetes en la caja y sigo hasta el baño. Cierro con llave y me detengo ante el lavabo. Abro el grifo para que el ruido del agua cubra mis sollozos, como la última vez. Espero. No me viene. Me esfuerzo. Frunzo el ceño, pongo cara de llorar. Nada. ¿Habré olvidado cómo se llora?
Regreso al salón.
—No saques todos los juguetes, Lukas —le ordeno sin convencimiento.
Demasiado tarde: acaba de dar la vuelta a la caja; tendré que decirle algo. Åsmund se asoma desde la cocina.
—¿Va todo bien, Rikke?
¿Que si va todo bien? No tengo ni idea.
Arriba hay cada vez más gente. Sentados en el salón frente al televisor, Åsmund y yo oímos las pisadas por la escalera. De tanto en tanto baja alguna persona, pero son menos que las que suben. El vehículo del canal de televisión ya no está, pero han llegado dos más, uno de un periódico sensacionalista y otro de un canal televisivo. Estamos viendo una serie de Netflix. Åsmund quiere poner las noticias, pero yo me niego.
—¿Estás segura? —pregunta—. Mira que igual sale nuestra casa.
—Eso es precisamente lo que no quiero —respondo. Y él se encoge de hombros.
Lukas duerme. Emma está en su habitación, ocupada con sus cosas. Está de mal humor. Se ha pasado toda la cena callada y con cara de pena; apenas si ha respondido a lo que se le preguntaba. Por lo general es más amable con Åsmund que conmigo. Cuando Åsmund se mete palillos chinos en la boca para simular que tiene colmillos o se pone a tocar la batería con los cubiertos, Emma se echa a reír como cuando era niña, con un brillo de auténtica alegría en la mirada. Eso conmigo no lo hace. Puede que tampoco yo haga tantas payasadas. No sé qué puede estar haciendo en su cuarto. Quiero y no quiero averiguarlo.
Cuando las pisadas se vuelven muy escandalosas justo encima de nosotros, ambos miramos al techo.
—¡Hay que ver qué dedicación le ponen! —comenta Åsmund en una de esas.
Pero aparte de eso no comentamos nada. Es como si, mientras no hablemos de ello, no tenga nada que ver con nosotros. Y de alguna manera es así: lo que ha sucedido en la casa de arriba no tiene nada que ver con nosotros, pero a mí se me eriza la piel igual. ¿Por qué habré subido allí el sábado? Y sigo sin contarle a la policía lo del mensaje de texto. Podría haber llamado hoy, al volver del trabajo, o al bajar de casa de Jamila. No tiene ninguna lógica, esta reticencia mía. Es incluso imprudente.
Oímos que alguien baja la escalera, pero esta vez los pasos son más suaves. También voces, pero solo el sonido, no las palabras. Un hombre y una mujer. Ya están en nuestro rellano, y entonces oímos que alguien llama a la puerta.
Me pongo en pie de un salto, como si hubiese estado esperando este momento, aunque no es así, pero reacciono tan solo oír los golpes y ya estoy casi en la puerta antes incluso de que dejen de llamar. Åsmund me mira perplejo, pero no dice nada, y mientras me acerco a la puerta siento eso en el estómago. Me tiembla la mano que extiendo hacia el tirador.
Son Robin y una mujer. Él va de uniforme; ella no, pero salta a la vista que es policía, y la reconozco al instante.
—Hola —dice Robin—. ¿Podemos hablar un ratito?
—¿Ingvild? —pregunto, y su mirada de profesional se transmuta en ojos de sorpresa.
Me mira desconcertada. La he sorprendido, y eso que no parece ser de las que se sorprenden a menudo.
—Soy Rikke —digo—, amiga de Hege. ¿Te acuerdas?
Ahora sonríe. Y es una sonrisa amplia y amistosa.
—Ah, sí —replica—. Rikke. Ahora caigo. Hola.
Me tiende la mano. De no haber venido por trabajo, me habría dado un abrazo y habría resultado de lo más natural.
Cuando teníamos veintidós años, mi amiga tuvo durante un breve periodo una relación lésbica. Fue entonces cuando Ingvild Fredly apareció en nuestra comunidad. Era policía. Usaba un chaquetón de cuero y tenía una moto. Era el estereotipo de mujer con quien tendrías una experiencia lésbica si te animabas a hacerlo una vez en tu vida. Ella tenía treinta años; Hege, veintidós, y le daba la razón a su pareja en todo. No había día que Ingvild diera su opinión sin que Hege se mostrase de acuerdo, y no me parecía Ingvild de las que agradeciesen tan absoluta devoción. Aquella historia duró solo un par de meses, pero en aquel tiempo solía venir a casa. Se sentaba a la mesa de la cocina a tomar café por la mañana y cerveza por las noches. Era de un pueblo de casas dispersas del norte, me acuerdo. Una vez nos contó que los chicos del pueblo, cuando se hacían fiestas, se ofrecían a llevar a las chavalas a sus casas a cambio de que les hicieran una felación. Recuerdo que aquello me había resultado chocante y que Ingvild había dicho, de lo más lacónica, que al menos era una buena razón para tener moto.
—¿Cómo te va? —le pregunto, como si nos hubiésemos encontrado en circunstancias distintas, de visita en casa de alguien, o por amigas comunes que no sabíamos que ambas conociéramos.
—Muy bien —contesta—. Aquí, trabajando y tal. ¿Y a ti?
—Bien —digo—. Vivo aquí.
Echa un vistazo adentro y sonríe.
—¿Tienes niños?
—Dos. Chica y chico. Trece y cuatro.
—Ya —dice, y señala con los ojos a la carpeta que lleva en las manos—. Lo he leído aquí.
Las dos miramos la carpeta y ambas nos damos cuenta de que no nos hemos encontrado casualmente por amigas comunes, sino que esta es una situación en la que se espera otra cosa de nosotras. Nuestras sonrisas se desvanecen, reemplazadas por expresiones diferentes: la de ella, profesional; la mía, de reserva. Es extraño, como si las palabras amables y superficiales que hemos intercambiado siguieran flotando en la entrada. Robin nos observa a una y otra con curiosidad.
—Estoy a cargo de esta investigación —anuncia Ingvild con voz más grave y dominante—. Me gustaría hablar con vosotros dos. ¿Podemos pasar?
Nos sentamos a la mesa de la cocina. Åsmund y yo juntos. Ingvild y Robin al otro lado. Ingvild se aclara la garganta:
—¿Nos podéis hablar de vuestra relación con los vecinos? —pide—. Me refiero a si conocíais bien a Jørgen y Merete Tangen.
—Pues —dice Åsmund mirándome—, ¿qué te puedo decir? No mucho, ¿no?
El corazón me late rápido y fuerte, pero me tengo que controlar. Tengo que representar el papel de vecina corriente y moliente, como si hablásemos de Saman y Jamila, o de Nina y Svein.
—Era una relación normal de vecinos —afirmo. Consigo proyectar la voz. Como si yo misma me lo creyera.
—¿Y eso qué quiere decir? —pregunta—. ¿Os hacéis visitas? ¿Quedáis para cenar o vais juntos de vacaciones?
—En verano comemos juntos en el patio de vez en cuando —explico—. Y hacemos todos los años una especie de encuentro entre todos los miembros de la comunidad. Pero, aparte de eso… Hemos ido a cenar a su casa solo una vez, ¿verdad? —Åsmund asiente—. Y de eso hace dos años —añado.
Robin lleva las notas.
—Y ¿aparte de eso?
Hago como si hurgara en mis recuerdos.
—Los niños van al mismo colegio —respondo—. Nuestra hija está en la misma clase que la de ellos, así que, ya sabes cómo es, hay reuniones de padres y… —Se me seca la garganta. Me la aclaro—. Y están ensayando una obra. La ópera de dos centavos. La estrenarán antes de las Navidades, y, como actúan las dos y los padres echamos una mano, pues sí, nos vemos de vez en cuando.
Estoy segura de que hay recibos de los hoteles en los que hemos estado. En su bandeja de entrada tiene que haber información, o en la de los hoteles; y se verá que hemos compartido habitación.
—¿Nada de viajes o cosas así? —pregunta Ingvild, como si lo adivinara.
—No —digo como si nada.
¿Lo has encontrado ya? ¿Reservas de vuelos o los correos que nos hemos escrito urdiendo nuestros planes? Ingvild baja la mirada a su bloc de notas y dice:
—Hubo un viaje a una casa de campo. A finales de verano. A ver, ¿del veinticuatro al veintiséis? ¿A Beitostølen?
—Ah —dice Åsmund sorprendido—. ¿Aquel viaje de los tíos?
—Sí —contesta Ingvild.
Robin añade:
—Por lo visto, fuisteis Jørgen Tangen, Saman Karimi, Svein Sparre y tú, ¿no?
Siento que el aire se me escapa de los pulmones, lento y silencioso.
—Sí, así es —replica Åsmund—. De las fechas no estoy seguro, pero sí que fuimos los cuatro, y bien pudo haber sido a finales de agosto.
Ingvild dice:
—¿Nos puedes hablar de ese viaje?
Åsmund la mira perplejo, luego a mí y de nuevo a ella.
—No sé qué te puedo contar. Subimos un viernes a la salida del trabajo; nos preparamos la cena y poco más. El sábado salimos a caminar un buen rato, y después de eso nos metimos en la sauna. Eso es, tienen una sauna que no veas, grandísima. Es el chalé de Svein. Él era el anfitrión. Luego cenamos y nos tomamos un par de cervezas. Al día siguiente dimos un paseo corto. Después lo recogimos todo y nos marchamos. Jørgen iba con Saman, y yo en el coche de Svein.
Robin toma notas mientras Åsmund habla. El boli vuela en la hoja del bloc. Åsmund mira a uno y otro agente como preguntando si es eso lo que quieren saber.
—Y eso es todo, supongo —acaba—. No creo que haya mucho más que contar de aquel viaje. A menos que… ¿se trata de algo en particular?
—¿Se produjo alguna desavenencia durante esas noches? —pregunta Ingvild.
Hay algo eficiente y profesional en su tono. Me pregunto si es resultado de nuestras veladas juntas, de nuestras charlas regadas con cerveza o de nuestro afable diálogo de hace un momento en la puerta. Me imagino que se autoimpone mostrarse severa, dejar a un lado nuestra relación personal. O tal vez sea así en todo momento. Es una profesional, de eso no cabe duda, pero su actitud no es muy cálida que se diga. Siento que me zumban los oídos otra vez. El mensaje en el teléfono de Jørgen. Imágenes de la cámara de seguridad a la entrada de su trabajo en las que se nos ve a él y a mí entrando a altas horas de la noche cogidos de la mano.
—¿Una desavenencia? —Åsmund frunce las cejas como quien mira muy lejos, y entonces comenta—: Ah, ¿te refieres a la discusión del sábado por la noche? Pues, a ver, sí que estuvimos discutiendo sobre, bueno, ya no recuerdo sobre qué. ¿De las vacunas, puede ser? Jørgen opinaba una cosa y Saman otra, y la cosa se calentó un poco, pero nada más. Nada desagradable. Habíamos bebido un montón, y ya sabéis cómo es eso. Para nada queríamos… —Y guarda silencio—. ¿Eso es lo que estáis pensando? ¿Que lo ha matado alguno de nosotros?
Ingvild no responde, sino que dice:
—¿Qué nos podéis decir de los otros vecinos? ¿Qué tipo de relación tenéis con ellos?
—Nina y Svein Sparre ya vivían aquí cuando llegamos nosotros — informo—. Son los… qué digo, su hijo tiene unos dos años más que nuestra hija mayor, pero no van al mismo colegio. A ellos los vemos en el jardín o en la escalera, pero nada más. Nina es la subdirectora del colegio, así que me la habré encontrado allí un par de veces. Y Åsmund está en la junta que administra la comunidad de vecinos, como ella.
—Así es —confirma Åsmund.
—Saman y Jamila llegaron, a ver, hará cosa de año y medio —continúo —, poco más o menos. A él no lo conocemos muy bien, por lo menos yo. Pero a Jamila la trato más. Nos hemos visto fuera de casa un par de veces en un café y en sitios por el estilo.
—¿De qué habláis cuando quedáis? —quiere saber Ingvild.
Y recuerdo la charla de hoy: a Jamila inclinada sobre la mesa, diciendo con vehemencia que hay algo maligno en este vecindario. Y su descripción del charco de sangre.
—Pues qué sé yo, de esto y de aquello. De la vida y eso. Ella me habla de su trabajo y yo le hablo del mío.
—Y ¿en qué trabajas tú?
—Soy investigadora en un centro adscrito a la universidad. Hacemos estudios sobre actitudes frente al clima y el consumo sostenible.
—¿Te encuentras a gusto allí?
—Mucho.
¿Lo pregunta como agente de policía o como vieja conocida? Vuelve a examinar su bloc de notas y no parece muy interesada, pero sí menos hostil que hace un instante. Alza la mirada; se vuelve a Åsmund y pregunta:
—¿Y tú? ¿A qué te dedicas?
—Soy informático en la Dirección de Educación Primaria y Secundaria —contesta.
—Vale. Muy bien. Necesito que hablemos de la noche del viernes — indica con la vista puesta en su cuaderno—. Vamos a ver… —Mientras, pasa páginas o se detiene a leer. Nosotros estamos a la espera—. Me dice Robin que tú —y contempla a Åsmund— volviste a casa con Lukas, vuestro hijo, ¿correcto?, hacia las cuatro y media, y que vuestra hija, Emma, llegó media hora más tarde, ¿correcto?
—Sí —contesta Åsmund con voz grave.
—Y ¿tú volviste algo después? —me pregunta.
—Sí.
—¿A qué hora?
—No lo sé. Serían las cinco y media, o un poco antes.
Miro a Åsmund, quien de inmediato pone cara de concentración. Quiere ayudarme.
—¿Abriste la puerta de entrada con el código? —inquiere Ingvild.
—Sí. Es lo único que usamos. Ya no usamos llave. Cada uno tiene un código.
—Aparte de los que vivís aquí, ¿hay alguien que se sepa el código?
Åsmund y yo nos miramos.
—No —niego—. Nadie. ¿Verdad?
—No que yo sepa —añade Åsmund.
—Así que ambos volvisteis del trabajo el viernes por la tarde —recapitula Ingvild—. ¿Salisteis esa noche?
—No —respondemos Åsmund y yo casi al mismo tiempo.
—¿Estáis seguros?
—Sí.
Me aclaro la garganta.
—Sí. Estuvimos en casa toda la noche. Vimos una película. Bueno, yo, media película. Me fui a la cama antes de que acabase. ¿Tú te quedaste mucho más?
—Una hora más o así —indica Åsmund como disculpándose, como si hubiese algo de sospechoso en irse a la cama a las diez un viernes.
—¿Y los niños? ¿Emma?
—Me asomé a su habitación antes de irme a la cama —dice Åsmund—. Estaba dormida.
—¿Tenéis una escalera de mano en la casa?
Åsmund y yo nos miramos otra vez.
—¿Una escalera? —repito.
—Debe de haber una en el trastero —dice Åsmund—. Hace un par de años hubo que cambiar unas tejas rotas en el tejado. La usaron para eso.
Ingvild hace unos gestos de asentimiento y cierra de golpe su bloc de notas.
—La situación es la siguiente —explica—: El cadáver del hombre hallado en el apartamento situado sobre el vuestro pertenece a Jørgen Tangen. Supongo que eso ya os lo habréis imaginado. Aún no ha sido formalmente identificado y llevará algo de tiempo hacerlo, pero no tenemos razones para dudar de que sea así. También podemos afirmar con certeza que fue asesinado. Presentaba un corte largo en la garganta; lo más probable es que muriera desangrado en cuestión de minutos.
Un charco de sangre. Cuando estábamos en secundaria nos llevaron en autobús a una finca cerca de Hønefoss para mostrarnos cómo se producen los alimentos que comemos. El granjero nos condujo a la porqueriza y allí nos contó, con tono satisfecho, que, cuando era pequeño, a veces se sacrificaba a los cerdos de un tajo en la garganta para que brotara la sangre. Aquello nos inquietó. Algunas de las chicas hicieron gestos de estremecimiento y hubo muecas de asco. Åsmund, que no soporta ver sangre, palideció al instante y fue a sentarse fuera del establo. Yo recuerdo haber sonreído al pensar en aquellos niñatos de barrio bien enfrentados al origen de sus salchichas, pero lo cierto es que durante el regreso a casa en aquel autobús se notaba cierto desasosiego entre nosotros.
—Comprenderéis que, a partir de ahora, se van a abrir diligencias para una investigación sobre un asesinato. Esta noche daremos una rueda de prensa, y es por eso por lo que estamos poniendo a los vecinos al corriente. No me cabe duda de que os hacéis una idea de la gravedad del caso.
Dicho esto, nos mira a uno y a otro con gravedad, como si nosotros fuéramos niños, y ella, una tía muy severa.
—De modo que es muy importante que nos lo digáis todo de forma exacta. ¿De acuerdo?
Ambos asentimos. Ingvild rebusca en un bolsillo de su chaquetón de cuero y saca un papel que deposita en la mesa.
—Os dejo mi tarjeta. Si se os ocurre algo, no dudéis en poneros en contacto conmigo.
Asentimos de nuevo. La tarjeta se queda en la mesa; parece como si brillara, y yo pienso: Esta es mi puerta de salida. Tengo que hablar con Ingvild. Contárselo todo.
Antes de salir de casa, Ingvild mira a su alrededor y comenta:
—Muy coqueta vuestra casa.
—Gracias —respondo.
—Muy acogedora. Y cálida.
Ya en el vestíbulo, se ponen los zapatos, se despiden de nosotros y se marchan. Apenas se ha extinguido el eco del portazo, Åsmund me mira y dice:
—¡Vaya por Dios! ¿Te puedes creer que esto haya pasado de verdad?
Aprovecho que va al retrete y le tomo una foto a la tarjeta. Entro al baño y abro el grifo, como si me estuviera cepillando los dientes. Marco su teléfono y le escribo un mensaje: «Hola otra vez. Hay un par de cosas que no he mencionado cuando habéis estado aquí. ¿Podemos hablar mañana? Saludos, Rikke». Pulso el botón de enviar sin pensármelo dos veces para no darme tiempo a cambiar de idea. Hecho esto, me siento en el suelo del baño y noto que las baldosas me calientan el cuerpo. El teléfono está en modo silencio. Veo que ha recibido mi mensaje porque justo debajo pone «Leído 21.32». Minutos después de haberlo enviado. Pero no responde.
La respuesta llega ya bien entrada la noche. Por supuesto, no me he dormido. Es medianoche pasada y voy de un lado a otro por la casa, incapaz de relajarme. Me siento al ordenador pensando en la posibilidad de buscar noticias de Jørgen en Google, pero prefiero no hacerlo, temerosa de lo que pueda encontrar. Un tajo largo en la garganta, un charco de sangre. Por fin me decido y lo hago. Encuentro en primer lugar los artículos que ha escrito, titulares y párrafos introductorios, y también la foto de él como autor de los artículos. La miro. Un hombre apuesto de cuarenta y tantos en el momento de la foto. Cabello rizado, cejas altas, mirada intensa. Visto así podría ser cualquiera. El rostro de Jørgen cobraba vida cuando hablaba, pienso. No es que no fuera guapo, pero era sobre todo su forma de ser lo que lo hacía tan atractivo.
El teléfono vibra y yo doy un respingo. Tengo los nervios tan a flor de piel que estoy sentada en el borde de la silla, lista para huir a toda carrera. «¿Te va bien mañana a las diez?», pregunta Ingvild. Nada más. «Sí — respondo—. ¿Dónde quedamos?». Pasa media hora y es casi la una cuando responde. Solo el nombre de un café del que no he oído hablar, pero lo encuentro en internet. Queda en el centro.
«Muy bien —escribo—. ¡Hasta mañana!».
No responde a esto último. Releo sus escuetos mensajes. No creo que pueda considerar a Ingvild Fredly amiga mía.
—Fin de semana tranquilo —me anuncia Jørgen.
Está subiendo el camino de piedra que cruza el jardín con una bolsa de papel de una exclusiva tienda de alimentación en la mano. Ahora que se aproxima, anda más despacio.
—Sí —digo—. Bueno, tan tranquilo como cabe esperar. Åsmund está de viaje. Estoy sola con los niños.
Los dos reímos.
—Entiendo —asiente.
Lukas está jugando cerca de la terraza. El rojo brillante de su parka destaca en el blanco inmaculado y suave de la nieve. Ya oscurece, pero incluso con esta luz tenue resulta imposible no verlo en contraste con el fondo de blancura.
—Y tú, ¿qué hay de nuevo? —pregunto.
—Nada. Un fin de semana de paz. Merete se ha llevado a Filippa al chalé. Estoy solo en casa.
Y se le dibuja una gran sonrisa, pero enseguida se pone serio, como si de pronto cayera en la cuenta de que podría no parecer apropiado mostrarse tan contento de que su familia esté fuera de casa todo el fin de semana.
—Ya veo —contesto, y aparto delicadamente la mirada para señalar que no he reparado en su desconsiderada alegría—. ¿Algún plan interesante?
—No —dice—. Estaré trabajando. Estoy escribiendo un libro. Bueno, lo que espero que sea un libro.
—¡Ah! ¿Sobre qué?
Sonríe y contempla al niño de rojo en la terraza.
—Sobre Afganistán —responde—. Me interesa mucho Afganistán.
—¡Ay! —Me río—. Afganistán.
Nos quedamos un rato allí, parados. Da la impresión de que Jørgen trata de iniciar una explicación; contar qué es lo que le gusta del país, bien sea su naturaleza, su gente o su cocina, o tal vez vaya a hablar sobre la importancia geopolítica del país. Allí estoy yo, aguardando su comentario, y entonces dice:
—Sube si quieres y nos tomamos un vino, si te aburres ahí abajo. Prometo no darte una larga conferencia sobre Afganistán. Al menos, intentaré no hacerlo.
—Gracias —digo, y suelto una risita.
Luego se despide y sigue su camino. La puerta del portal se cierra de golpe a sus espaldas y yo me doy la vuelta para mirar a mi hijo en la nieve. No puedo evitar sonreír. Quiere que suba a su casa. No lo haré, claro que no, pero, con todo, me siento halagada.
Pasé toda la tarde dándole vueltas en la cabeza a aquella invitación: mientras los niños veían la tele y yo cocinaba, durante la cena, mientras le cepillaba los dientes a Lukas, al meterlo en la cama y durante el rato que pasé acostada a su lado, en bendito silencio, en su estrecha camita, esperando a que se quedara dormido. La cosa no iba más allá. Una copa de vino y un poco de charla con un vecino. Ya me había tomado alguna copa de vino con algunos vecinos antes; con Saman, y también con su mujer. No me sorprendió cuando Merete nos invitó a cenar con ellos. Pero esto era otra cosa. De eso estaba segura. Había algo en aquella invitación que no tenía nada de ambiguo. Puede que no pasara nada si subía. Pero había algo diferente en su propuesta en el momento en que la hizo.
Emma y yo vimos una película juntas. Ella se pasó el rato jugueteando con su teléfono y apenas le prestó atención a la historia. Al acabar la peli se fue directamente a la cama. Recogí la cocina y el salón. Me asomé a la puerta entornada de la habitación de Emma, y al oír su respiración tranquila y regular empecé a preguntármelo en serio.
¿Y si subo?
Es hora de que te comente que Åsmund es el único hombre con quien he estado en toda mi vida. No sé si te habré contado cómo nos conocimos; quizá te lo haya contado él. Estábamos en bachillerato. En primer año, fíjate tú. Llevamos juntos desde que teníamos dieciséis años. Y ahora solo me quedaban unas semanas para cumplir los treinta y nueve. Si alguna vez me pareció un poco triste haber estado con un solo hombre en toda mi vida —y sí que me lo parecía—, había llegado el momento de hacer algo al respecto.
Me había dicho que era algo que hacía por mí. Que no tenía nada que ver con Åsmund. Es cierto que habíamos pasado unos años duros: la muerte de su padre, y los primeros años de Lukas. Pero todo estaba mejorando. Y sí, al cabo de décadas de convivencia, algo pasa. Añádele unos niños a la ecuación, sin olvidar una gravosa hipoteca y unos empleos exigentes; la falta de tiempo, las pequeñas disputas por el reparto de las tareas domésticas y los montones de ropa por lavar. Sí, todo eso es cierto, pero ¿no lo es para todo el mundo? ¿Verdad que sí? No. No es eso. Es solo algo que necesitaba hacer. Es lo que me decía. Un tropiezo antes de sentar cabeza. O antes de que fuera demasiado tarde.
Pero recuerdo los retortijones que sentía en el estómago al subir la escalera. Cómo me temblaba la mano antes de elevarla para llamar. ¿Me he vuelto completamente loca? ¿Habré perdido la capacidad de tomarme la vida en serio? ¿Es esto lo que se dice para esgrimir la pérdida de facultades mentales como circunstancia atenuante?
Abre la puerta.
—Has venido —dice, y parece sinceramente complacido, también algo sorprendido.
—Sí —replico, y me siento demasiado expuesta—. Sí. La verdad es que me aburría un poco.
—Pasa.
Había estado en su despacho, cuya puerta había quedado abierta. Fue allí donde lo encontraron, ya sabes. Llevaba una copa de vino en la mano. Ayuda a trabajar, dijo. De allí se fue a la cocina para traerme una a mí. A solas en el salón, miré a mi alrededor. Al no estar ella, se veía diferente. Menos foto de revista, más como él. Los olores, la luz, quizá también el desorden de su escritorio: el teléfono, el mando a distancia, una lata de tabaco. Nos sentamos en el sofá, cada uno con su copa. Ahora tocaba conversar. Ni el uno ni el otro dijo nada, y entonces nos aclaramos los dos la garganta al mismo tiempo y nos dio la risa.
—Habla tú primero —dijo él.
—No, no —contesté—. No era nada. ¿Qué ibas a decir?
Sonrió.
—Iba a hablarte de Afganistán, así que, por favor, empieza tú.
—No —repliqué—. Háblame de Afganistán.
¿Has leído lo que ha escrito? Nunca acabó el libro, claro. Pero ha redactado unas cuantas cosas sobre la historia y la política en Afganistán para semanarios, y si te los lees, verás cómo escribe. Parte de una crónica, que abre como con un destornillador y aprovecha para dar entrada a doscientos años de historia afgana. Hablará de una familia que ha conocido, de cosillas que le cuentan de sus vidas cotidianas, de lo difícil que resulta encontrar a alguien que te remiende unos zapatos, por ejemplo. Y entonces, sin que te des cuenta, te ha metido en el relato de cómo los británicos trataron de someter el país bajo su control —sin mucho éxito, dicho sea de paso—; de cómo los muyahidines se enfrentaron a los rusos en los años setenta, y de ahí al régimen talibán, y a continuación a la belicosa red Haqqani. Vuela por las frases como en un juego de libre asociación, de modo que tienes que poner los cinco sentidos, porque es todo tan denso que no te quieres perder una sola palabra.
¿Cómo llevó una cosa a la otra? ¿Quién besó a quién?
De eso no quiero hablar. No es por ponerle trabas a la investigación, pero es que lo que ha ocurrido me ha pasado a mí también. Esta pena por él, que ya no está, también es mía, aunque no pueda reivindicarla. Hay recuerdos que son personales. Tal vez sea mejor que me hagas tú las preguntas, y las contestaré lo mejor que pueda. Lo que puedo decir es que me miró a los ojos antes de desnudarnos, que se apartó de mi boca, me acarició la cara y me dijo:
—¿Estás segura de esto?
Y en aquel momento estaba segurísima. No fue que me dejara hacer. No fue algo que sucedió así, sin más. Yo elegí hacerlo, igual que él. Era algo que los dos queríamos.
Claro, una puede preguntarse si mereció la pena. Lo bueno que tiene que haber sido para exponerse a perder una casa y un hogar y una familia entera por ello, para que valiera el riesgo. Por no hablar de los posibles daños a los demás, a mi marido, a mis hijos. ¿Existe algo que pueda valer ese precio?
Pero luego, ya de vuelta en casa, me senté a la mesa de la cocina y me entró la risa tonta. Había imaginado tantas veces cómo sería estar con otro hombre. Lo había visualizado tanto que a la hora de la verdad me pareció imposible que fuera a ocurrir en la realidad. Aquello eran cosas que nos pertenecían a Åsmund y a mí, y pensaba que nunca podría hacerlo con nadie sino con él.
Para que luego resultara tan fácil. Como andar en bici. Vas y lo haces. Sueltas las piernas y que pase lo que pase.