La comunidad
Martes
Es uno de esos sitios con objetos pintorescos colgados de la pared. Utensilios de comunidades rurales de antaño presentados como ornamentación. Se ve tan estudiado que me pregunto si serán de verdad trastos antiguos, si se habrán usado alguna vez, o si no habrá empresas que se dediquen a fabricar copias baratas que luego compran hoteles y restaurantes para decorar sus paredes. Me puedo imaginar la página web, con banners que ponen ESTILO CAMPESTRE NORUEGO para anunciar salones para banquetes.
Llega tarde. Yo, en cambio, he venido pronto a propósito. He tenido demasiado tiempo para pensar en ello. He llamado al trabajo esta mañana para disculparme, decir que todavía estoy con jaqueca y necesito quedarme en casa. Después de llamar me he sentado a solas mientras el resto de los vecinos se marchaban. He oído cómo hacían crujir los peldaños, se gritaban hastaluegos en la escalera, daban portazos y caminaban con paso tan resuelto que hasta sonaban las losas al pie de la puerta del portal. Y luego ya nada. Casi no he dormido. Åsmund se ha llevado a los niños y he tenido todo el tiempo del mundo para preparar este encuentro; para pensar en lo que le voy a contar a Ingvild Fredly, en cómo presentarme ante ella.
Pero no he podido ir más allá. Tenía que venir antes. Para que así me encuentre sentada a una mesa al entrar. Para tomar yo la iniciativa; demostrar buena fe. Una quiere colaborar con la policía. Este es un caso serio, tal como nos dijo anoche con mirada admonitoria. Como si no lo entendiéramos. Como si no sintiésemos temor ninguno.
Paso el resto de la mañana delante del ordenador. En algún momento he pensado que podría avanzar algo en el trabajo, seguir con el plan de almacenamiento de datos para el nuevo proyecto. Pero no he podido con ello. En cambio, he vuelto a las búsquedas de Google de la noche anterior, todas sobre artículos de Jørgen. Escribió mucho sobre Oriente Próximo; algo sobre Rusia y Afganistán, y también sobre la República Centroafricana un par de años atrás. Los más recientes son sobre Noruega. Jørgen y una colega habían escrito, para un periódico de circulación nacional, una serie de artículos sobre la corrupción en la industria de la limpieza, pero el grueso del artículo está reservado para los suscriptores, de modo que no he podido leerlo. Por lo que he alcanzado a leer, versa sobre blanqueo de capitales y dumping social. He logrado descargar la foto de los autores antes de que me lo impidiera el sistema. La de Jørgen es la misma que he visto la víspera, tomada hace un par de años.
La otra periodista se llama Rebekka Davidsen. Se la ve joven, como de treinta y pocos. Más joven que yo. Y guapa también, al menos en la foto.
Ingvild Fredly no llega hasta las diez y veinte. Entra como si fuera una parroquiana habitual. La veo de inmediato y la sigo con la mirada mientras se detiene y observa a su alrededor buscándome entre los demás clientes. El café no está lleno, pero entre los cubículos y la profusión de cacharros ornamentales lleva un tiempo reconocer el terreno.
Noto algo placentero al verla así: como si en la indefensión de su búsqueda se reinstaurase de alguna forma el equilibrio entre las dos; como si la detective mandona y de «vaya usted al grano» de anoche hubiese sufrido una leve perturbación.
Y en esto me encuentra:
—¡Qué bien que hayamos podido quedar aquí! —dice sentándose a la mesa. A continuación, me observa con una gran sonrisa; no se acerca para darme un beso, sino que me coge la mano y la mece entre las suyas con simpatía—. Luego tengo que subir a Tåsen, de modo que podría haberme pasado por tu casa, pero me ha parecido mejor aquí. —Mira a un lado y a otro contemplando los artefactos, sin el menor rastro de ironía—. Territorio neutral —indica.
Yo estoy pensando en la delgada pared que separa nuestro apartamento del de los Sparre; en esa impresión que tengo de que en Kastanjesvingen se oye todo. Le doy la razón con una mueca.
—Claro que sí —convengo—. Por mí no hay ningún problema.
Se acerca un camarero a nuestra mesa. Ingvild se pide un expreso doble y me pregunta qué quiero, que invita ella. Pido un café normal: que no se diga que soy una aprovechada.
—¿Y? —pregunta una vez que se ha marchado el camarero—. ¿Cómo lo lleváis por allí?
—Bueno —contesto con gesto de resignación—. Bastante bien, dentro de lo que cabe.
—Tiene que ser muy fuerte —comenta— que pase tan cerca de tu casa. Para mí es parte del trabajo, pero para ti, siendo tu vecino…
Parece que ha venido con ganas de charla; me habla de un caso en el que ha estado trabajando: un hombre muere asesinado y su mujer casi enloquece. Luego se descubre que alguien ha querido presentar las cosas de modo que la viuda pasara por loca, dice Ingvild, pero que ella se sigue haciendo preguntas. ¿Cómo ha de ser vivir un caso policial tan de cerca, de manera tan personal? Un asesinato en tu casa. Para ella es su trabajo; ella ha seguido una formación precisamente para estas cosas. Para ella es otra historia. Yo asiento otra vez, pensando con qué pie empezar, cómo darle el giro a la conversación. El camarero vuelve con lo que le hemos pedido. Ingvild le da las gracias y le pide que lo ponga en su cuenta. Abre el sobrecito de azúcar que viene con su diminuto expreso, lo abre, vierte el contenido con laboriosa meticulosidad y lo remueve. Guarda un silencio absoluto mientras oficia el rito. También yo guardo silencio, pese a que esta sería la oportunidad. La contemplo al llevarse la taza a la boca y degustar el café, como si con cada sorbo se le ocurriese una idea. Cuando parece satisfecha, deja la taza y me mira.
—Bueno, Rikke —dice—. Tú querías hablarme de algo.
—Sí.
Ha llegado la hora. En esto tendría que haber estado pensando en casa y no buscando en Google artículos de Jørgen. En las primeras palabras. Lo más cuesta arriba de todo esto se me hace, lo que convierte esta charla en algo tan difícil, es la degradación que le espera a toda la historia. Es que lo sé. Una vez contada, toda quedará reducida a una historia de infidelidades. De sexo. Lo difícil va a ser explicar el resto: la ternura que nos dábamos, la importancia que tenía él para mí, y también su amistad. Mi impaciencia por oír su opinión acerca de lo que habíamos estado hablando mis colegas y yo durante el almuerzo; o cuando leía algo en la prensa y contaba las horas para comentárselo. Lo pronto que pasó a ser un referente para mí.
El verano pasado, muchos meses antes de que tuviéramos una relación, a veces nos encontrábamos sentados el uno junto al otro en el banco que está a la sombra del añoso manzano del jardín, leyendo. Yo había empezado a sentarme allí al final de la tarde con un libro en las manos. Llevaba un tiempo pensando que debíamos sacarle más provecho al jardín. Incluso se lo había comentado a Åsmund, que tendríamos que empezar a verlo como una extensión del apartamento. En una de esas ocasiones llegó Jørgen. Llevaba un libro y una botella de cerveza.
—¿Se puede? —preguntó—. Prometo no estorbarte.
Al principio fue un poco incómodo. Yo era demasiado consciente de su presencia. No hacía gesto o movimiento que se me pasara por alto y no había manera de concentrarme en lo que leía. Pero él siguió acudiendo. Yo no; yo no iba todas las tardes al banco a sentarme, solo alguna que otra vez. Y me hice a él, con sorprendente rapidez, debo confesar. Podíamos estar sentados el uno al lado del otro y compartir con facilidad el silencio. A veces nos decíamos algo; yo le preguntaba por lo que estaba leyendo, o él a mí qué me parecía lo que yo leía. Pero no nos hacía falta hablar. Había una rara proximidad en aquella silenciosa compañía.
Pero esto a los demás no les va a importar. Lo profundo de nuestra amistad no tendrá significado alguno. Todo lo que él era para mí quedará reducido al sexo, a unos números que ya puedo ver ante mí: cuántas veces, con qué frecuencia, desde cuándo.
Y acabo de perderlo. Siento que me traspasa una aguja. ¿Me sorprende mi pena? ¿Había pensado que esto tendría un final feliz? No. Yo digo que no. O puede que sí; no lo sé. Esto tendría que haber acabado al volver cada cual a lo suyo. Tendría que haber quedado en un hermoso recuerdo; algo que llevarse a la edad madura, a la vejez. Pensar en aquel tiempo, cuando era joven y alocada; o al menos algo joven, algo alocada. Ahora es fácil pensar en ello con desdén. ¿Un hermoso recuerdo? ¿Qué tiene de hermoso?
Pero es lo que le digo a Ingvild. Había algo auténtico, insisto. Procuro justificarlo. Absolverme de antemano. En un intento por completo inútil, trato de explicar lo que ni yo misma logro comprender. Ingvild hace lentos gestos de asentimiento mientras le hablo. Su mirada es seria pero libre de juicio. Más bien llena de concentración. Tiene una mano apoyada en la mesa y me parece una mano bonita; del tamaño perfecto, sin uñas pintadas ni adornos. Una mano seria y por completo inmóvil. No me interrumpe, de modo que sigo hablando, intentando explicar cómo, sin más, me vi avisándole cada vez que estaba sola y con una posible oportunidad para verlo; cómo llegaron las cosas al punto de organizar mi vida familiar de manera que se presentasen tales ocasiones. Explicar que hice aquellas cosas imperdonables; yo, que no soy mejor ni peor que la mayoría de la gente.
Acabo de empezar cuando vibra en la mesa el teléfono de Ingvild. Su primera contribución a la charla es:
—Perdona, tengo que atender esta llamada.
No se queda en la mesa. Coge el móvil; dice: un momento; se levanta, va hacia la barra del bar y entra en un pasillo que supongo que lleva a los servicios, y allí la pierdo de vista. El camarero la sigue con la mirada. Luego echa una ojeada en mi dirección; cruzamos miradas un instante, él sonríe cortés, y vuelve a su periódico. Yo me fijo en el pasillo por donde ha desaparecido Ingvild, preguntándome qué habrá percibido el camarero al observarnos.
Se demora en regresar. Cojo mi teléfono para entretenerme. Jamila me ha mandado un mensaje: «¿Podemos vernos hoy?». Para ella todo es urgente. Y yo de pronto no siento urgencia ninguna. Ahora ya lo he dicho. Se ha escapado el gato; y se me aparecen en un parpadeo los gatos torturados de los que habla el vecindario. Pienso en Hoffmo, que casi pierde la cabeza; en las madres del colegio, que se regocijan en los detalles más horrendos. Esto es lo que llama Jamila el mal. ¿A que nos viene bien? ¿Acaso no opinamos que quien tortura un gato es más malvado que quien traiciona a su pareja? Al menos las muertes de los gatos no obedecen a ninguna motivación; quienes lo hayan hecho no sacarán nada de su tropelía, solo el asco… Nadie lo ve así. ¿Qué es la vida de un gato al lado de la ruptura de una familia?
Hace diez minutos que se ha ido. Cuando vuelve, veo que un surco profundo le cruza la frente. No digo nada; de pronto me he quedado sin palabras. Toma asiento; deja el teléfono entre las dos y guarda silencio, como rumiando sobre la conversación telefónica. Y luego es como si me viera sin esperárselo; se aclara la garganta, dándose tiempo a hilvanar las ideas. Mueve la taza vacía a un lado y pone la cucharilla en el platillo con esmero y precisión, como si aquellos gestos fueran de la mano con poner en orden la cabeza.
—Me tengo que marchar —anuncia—. Ha pasado algo y tengo que ocuparme de ello ahora. Tendremos que seguir con esta charla en otro momento. —Asiento. ¿Quién soy yo para esperar nada de ella?—. Pero, Rikke —dice—. Esto se lo tienes que contar a Åsmund. Eso lo entiendes, ¿verdad?
Niego con la cabeza enérgicamente.
—Ni hablar. No. Eso no lo puedo hacer.
Lo veo tal como estaba ayer, preparando la cena para su familia. «No te cortes —había bromeado—. Es todo tuyo».
Ingvild se aclara la garganta.
—Puede que no deba decirte yo esto —continúa—, pero de todas formas es posible que salga a la luz uno de estos días, así que tanto da. Nada indica que alguien haya entrado a la fuerza en el número 15 de Kastanjesvingen en la noche del sábado. ¿Entiendes? La ventana del despacho de Jørgen Tangen estaba entreabierta, y se encontró una escalera de mano apoyada en la pared justo debajo. Hemos inspeccionado el suelo al pie de esa ventana un montón de veces y no hay rastros. La tierra está mojada y blanda; lo lógico habría sido que, con el peso de una persona en la escalera, las patas se hubiesen hundido en el barro. Así que es poco probable que hayan entrado por esa vía. Y en la planta baja, ninguna de las ventanas ha sido forzada y ninguna estaba abierta.
»Aparte de eso, vuestra puerta del portal es de lo más sólida. La empresa que instaló el sistema de seguridad nos ha dado los registros, y estamos averiguando cuántas veces se abrió y a qué horas del día y de la noche. En todo caso, no hay indicios de que se haya entrado por la fuerza. ¿Comprendes lo que te estoy diciendo? —No respondo. Solo la miro—. Nada sugiere que un yonqui se perdiese de camino a su casa y entrase en la de Jørgen Tangen en medio de la noche —continúa—. Da la impresión de que quien traía el cuchillo entró porque se le abrió la puerta o porque se sabía el código. —El escalofrío en el apartamento de Jørgen. La fea sensación de que algo iba mal —. Aún estamos al principio de la investigación —dice Ingvild, y me da una suave palmadita en la fría mano que tengo apoyada en la mesa—. Pero de momento debemos reconocer que los que vivís en el número 15 de Kastanjesvingen habéis tenido más ocasiones que cualquiera. Y lo que me has contado pone el foco de la sospecha en Åsmund. Le da un motivo claro. Así que, si de verdad lo quieres, se lo tienes que contar.
—Pero —suelto con voz aflautada, con miedo—, si se lo digo, todo lo que tenemos se va a hacer pedazos.
Pone una mano encima de la mía; luego me coge las dos entre las suyas, cálidas, seguras, y añade:
—Te entiendo, Rikke. No es fácil ni agradable, pero lo tienes que hacer para ayudar a tu marido. —No digo nada. Veo a Åsmund como cuando lo conocí, con su rostro joven y candoroso—. Además, es probable que salga a la luz pública. Ahora forma parte de la investigación, como debe ser.
—Pero ¿de verdad hace falta que lo sepa él? —pregunto—. ¿No puede ser algo que sepa solo la policía? ¿Que no conozca el resto del mundo? Quiero decir que es posible que nada de esto tenga nada que ver con lo que le han hecho a Jørgen.
Ingvild me mira con una pesadumbre que al principio no sé descifrar. Luego pienso: no está convencida. Cree que Jørgen ha muerto a causa de lo que sucedió entre nosotros. Como mínimo, es una posibilidad que no descarta. Pero ella no conoce a Åsmund; no sabe que no existe la menor posibilidad de que haya degollado a Jørgen. Lo único que Ingvild ve es un móvil.
—No pensarás que una cosa está relacionada con la otra —empiezo a decir, pero se me quiebra la voz. No puedo hablar de esto con calma; y el camarero está leyendo su periódico con tan puntillosa concentración que estoy segura de que nos está escuchando.
Ingvild vuelve a ordenar la cucharilla en el plato de su taza.
—Mira, Rikke —dice—: esto es lo que te puedo proponer. Hagamos un trato. Tú me ayudas. Me lo cuentas todo. Todo lo que sabes de Jørgen; vuestra relación desde el momento en que os conocisteis hasta lo que ha sucedido este fin de semana. ¿Vale? Todo lo que sepas de su familia, su trabajo, sus finanzas; todo lo que recuerdes. Me ayudas con la investigación para que podamos pillar al que le ha hecho esto.
Asiento.
—Sí, claro. Lo que haga falta.
—Mientras lo hagas yo pondré todo de mi parte para guardar tu secreto. Vaya por delante que todo esto lo tendré que poner en conocimiento del resto del equipo de investigación; y es muy posible que por nuestra relación personal tenga que dejar a otro a cargo de las pesquisas. Sería lo normal. Pero, en la medida de mis posibilidades, dejaré lo que me has dicho a buen recaudo.
—Gracias. De corazón. Gracias.
—Esto no hace más que postergar el problema —indica—. Supongo que lo sabes, ¿no? Es probable que de todas formas salga a la luz. Cuando se trata de un caso así, de un caso penal, es lo que suele suceder. Pero, de momento, te permitirá ganar tiempo para que encuentres la ocasión de hablar con él antes de que todo se difunda.
—Entiendo. Gracias.
—Y no tengo ni idea de cuánto tiempo lo podré mantener en secreto. Puede que al agente que se haga cargo de la investigación se le ocurran otras prioridades. No te vayas a creer que te sobra tiempo.
—Entiendo —replico.
Luego, mientras le quito la cadena a la bici, a un par de manzanas del café, me pregunto si de verdad lo entiendo. Si de verdad entiendo lo que va a significar decirle esto a Åsmund. Lo único que siento es el alivio de la postergación.
Pedaleo cuesta arriba por Kastanjesvingen y veo los coches: una furgoneta con el logo de un canal de televisión junto a otros vehículos, uno de ellos un coche patrulla. También hay gente. Un hombre cubierto con un chubasquero se inclina por encima de nuestra cerca con una enorme cámara al hombro. Para sortear a los presentes, me bajo de la bici y camino el último trecho. Estoy a punto de abrir la verja cuando una mujer con abrigo y bufanda se precipita para darme alcance.
—Perdona —dice—. ¿Vives aquí?
—Sí —contesto.
Sin saber por qué, me vuelvo para mirar hacia nuestra casa. Pienso en lo feliz que me hacía verla allí, aguardando mi llegada; la solución de compromiso perfecta entre los deseos de Åsmund y los míos, aunque no le vendría mal una mano de pintura. La mujer del abrigo trabaja para uno de los canales más importantes del país, me dice, y le interesaría mucho recabar la impresión de los vecinos.
—¿Cómo vives tú esto? —pregunta mientras arruga el rostro a modo de condolencia—. Debe de dar mucha impresión, ¿no?, que le pase algo así a un vecino.
Nos miramos la una a la otra. El flequillo en línea recta sobre un rostro agradable y algo en su ropa, el corte del abrigo, el largo de los pantalones, revelan claramente que es una persona que está a la última en todo. No me sorprendería que viviese en Tåsen.
—No quiero hablar de eso —replico.
—Solo te pregunto por tu experiencia. Nada más —insiste—. Y puedes mantener el anonimato, si quieres.
—No, gracias.
Abro la verja; siempre es algo incómodo abrirla lo bastante para hacer pasar la bici mientras la sostengo. La periodista me ve ocupada en ello y alarga la mano para aguantarla; mientras busca la forma de ayudarme, se produce un instante de incomodidad al tratar de coordinarnos.
—Me parece que tienes que abrir un poco más. ¿Pasarás bien ahora? Las bisagras están un poco duras. ¡Ah, ya está!
Cierra la verja una vez que he entrado y le doy las gracias, como corresponde.
—De nada —dice muy sonriente—. Estaré por aquí todavía un rato, por si cambias de parecer.
Al menos se quedan por fuera de la cerca. Empujo la bici por el camino pavimentado, tecleo el código de la puerta y la abro, esta vez yo sola. Justo cuando la puerta se cierra, con la bici ya dentro, Svein Sparre sale al rellano.
—Hola —saluda—. Menudo jaleo ahí fuera, ¿eh?
—Sí —respondo—. Por lo visto son periodistas.
Svein mira a la puerta, que está cerrada, de modo que no puede vislumbrar nada más allá, pero tal como lo hace cualquiera diría que sí que puede ver algo. Lleva una chaqueta y un bolso colgado del hombro.
—Sanguijuelas todos ellos, si quieres mi opinión —espeta—. Vienen como moscas con el olor de la sangre.
Tomo aire mientras cabeceo con un gesto de asentimiento apenas perceptible. En ocasiones, Svein y yo hemos pegado la hebra, y en un par de ellas ha sido desagradable. Es un hombre de opiniones muy arraigadas que yo no comparto. Nos miramos a los ojos. Tiene los hombros caídos. No me había percatado de lo alto que es. Alto y ancho.
—Ahí tienes una profesión que nadie echará de menos si algún día desaparece —indica frunciendo el ceño y mirando con enfado hacia la puerta —. ¿Que qué se siente cuando ha muerto uno de nosotros? Pues fatal. ¡Qué se va a sentir!
—Jørgen también era periodista —le recuerdo con recelo.
—Ya —responde él—. Y tampoco es que fuera mejor que los demás. Dale que te pego a escribir sobre pecadillos de nada que la gente honesta y trabajadora comete mientras hace lo imposible por llegar a fin de mes.
»¿Tú te has leído la legislación? Por ahí se pierde cualquiera, y no por eso mereces que te pinten como un puto negrero. —Se aclara la garganta y el carraspeo resuena en toda la escalera, de lo vacía que está—. Nunca he sentido un gran respeto por el oficio al que se dedicaba —añade, ahora con menos hiel—, pero era un vecino, y un tipo simpático a su manera. En cambio, esos de ahí fuera… Me dan náuseas solo de verlos pululando ahí, en la sangre del prójimo.
Asiento sin convicción, sin saber qué decir. Jørgen sí que tendría mucho que decir sobre la obligación de informar, sobre lo importante que es que haya periodistas que cubran situaciones espantosas, y que no es necesariamente inhumano tomar una foto en lugar de brindar ayuda humanitaria. Pero este es un debate en el que no tengo ganas de entrar. Mucho menos con Svein, y menos en este momento.
—Sí —digo—. Vale. Te dejo, que entro en casa.
Paso junto a él guiando la bici. De camino a la puerta del sótano y movida por un impulso, me doy la vuelta y digo su nombre. Svein se vuelve hacia mí.
—Esos policías —pregunto—, ¿te preguntaron por la excursión al chalé que hicisteis este verano?
Una sonrisa grande y desagradable le aparece en el rostro y se lo separa en dos mitades. Me entra un escalofrío al verlo deleitarse en la desgracia ajena. Hace que me caiga aún peor. Me doy cuenta de que es la verdad, que no me cae muy bien, solo que nunca me lo había planteado de esa forma. También tiene sus cosas buenas. Sabe mostrarse amable, amistoso. Es buena persona a su manera. Y muy generoso con su chalé. Contribuye con los trabajos que hacen a título voluntario los vecinos de la comunidad… Pero algo tiene de malvado, con esa actitud de desearle que le vaya mal a quienes no están de acuerdo con él.
—Sí —contesta hundiendo las manos en los bolsillos del pantalón—. Sí que me lo preguntaron, y también les conté lo que pasó. Hubo una, cómo decirlo, una discusión una de las noches. A ver, los otros discutieron. Yo no. A mí el tema me traía al pairo. Pero ellos sí que estaban cabreados. Sobre todo el amigo Saman. Le salía espuma por la boca. Hasta llegué a pensar que se le iba a echar encima a Jørgen.
Ahora lamento habérselo preguntado a Svein Sparre.
—Vale —digo mientras empiezo a hurgar en la cerradura de la puerta del sótano.
Pero Svein no sigue su camino. Siento que me mira mientras me peleo con la cerradura; siento sus pequeños ojos atentos a mis gestos. De pronto me entra prisa; todo lo que quiero es abrir la puerta, pero me tiembla la mano y no logro acertar con la llave en el orificio.
—Y ya puestos a contártelo —añade a mis espaldas—, tampoco tu marido se portó como un santo, que se diga. Se puso del lado de Saman, y también daba voces. Tanto que hasta era extraño. Sí. Cabía preguntarse: ¿qué le pasa por dentro a un tipo que parece tan moderado para que le den esos arranques? ¿Eh? A Åsmund lo conozco, claro, pero de no haber sido así se me habría ocurrido una cosa o dos.
Consigo meter la llave en la cerradura y tiro de la puerta del sótano. No quiero seguir oyendo. No tengo la menor confianza en la versión de Svein de lo que sucedió. Confío mucho más en Åsmund que en este cicuta; y sin embargo salta una chispa de incertidumbre. La siento ya.
¿Podría Svein tener razón? Hasta las historias que se tuercen y retuercen para ajustarse a los planes del narrador pueden contener una semilla de verdad. Las manos me tiemblan cuando sujeto el manillar de la bici, y de no ser porque me conozco habría dicho que tengo miedo.
—Ya veo —señalo mientras coloco la bici en el rellano, situándola para llevarla escaleras abajo.
Svein asiente. Se le relajan las facciones; la fea sonrisa se le desdibuja. Cuando no está apretando los dientes tiene incluso algo de atractivo. A lo mejor de joven fue guapo, tal como su hijo va a serlo pronto. Pero cuesta imaginar que Svein haya sido joven alguna vez, que en algún momento fuera feliz y vital, y que mirase al futuro con esperanza.
—Bueno —dice—. Salgo donde esos lobos. Te veo luego.
Con su marcha, la puerta se cierra de golpe y empiezo a respirar más relajada. Mientras pongo la cadena a la bici, me digo: Svein le ha contado esto a la policía. Y por eso andan preguntando. Puede que los haya engañado, o que la policía haya querido contrastar su versión, al margen de lo poco fiable que pudiera parecerles la fuente. ¿Habrán sacado algo de lo que les contó? ¿Algo que yo no alcanzo a ver? ¿Algo que se me escapa?
Cuando Ingvild Fredly frecuentaba la cocina de nuestro piso compartido tendría unos treinta años de edad, pienso mientras recojo la cocina después de la cena. Seis u ocho años mayor que nosotras, lo que en esas edades era mucho. Nosotras éramos universitarias y estábamos convencidas de saberlo todo; pero ella era una mujer adulta. Tenía un trabajo, un piso, y lo que sabía se basaba en la experiencia. Le hacíamos muchas preguntas sobre su trabajo de policía. ¿Es como en la tele?, la interrogábamos mis amigas y yo. ¿Tienes un compañero de patrulla? ¿Hacéis labores de vigilancia? ¿Jugáis al poli bueno y al poli malo? Una de mis amigas, que estudiaba Criminología y había leído a Foucault, trató de arrastrarla a debatir sobre cómo el hecho de castigar a los delincuentes le resta humanidad a nuestra sociedad. Ingvild se empleaba con paciencia para poner fin a la discusión, pero mi amiga no la dejaba en paz. Recuerdo estar sentada al otro lado de la mesa de la cocina: los corteses intentos de Ingvild por dejar el tema y la estudiante de Criminología que no se daba por enterada. Recuerdo haber mirado a Ingvild y haber puesto los ojos en blanco, y que ella me devolvió una sonrisa de resignación acompañada de un discreto encogerse de hombros, como quien dice: ¿qué se le va a hacer? En aquel momento me sentí más adulta que las demás. Que ella y yo estábamos en un plano superior. Pero puede que su sonrisa fuese menos cómplice de lo que yo había imaginado. Quizá para ella yo fuera igual de inmadura que las otras. En aquella época nos separaba una distancia muy grande, y la percepción de aquella distancia debía de resultarle a ella más clara que a nosotras.
En una de aquellas veladas en el piso, una de las últimas, si no me falla la memoria, habíamos estado hablando de una amiga —que no estaba presente — y de sus vanos sueños de dedicarse a la música. Aquella amiga había dejado los estudios para consagrarse a la música en cuerpo y alma, y ahora quería invertir sus ahorros en una grabación. El problema estribaba en que las melodías que componía eran malísimas, y tampoco era muy buena guitarrista. Tenía buena voz, todo hay que decirlo, pero, en conjunto, el paquete que proponía no convencía y daba pena ver cómo se entregaba por entero a un proyecto condenado al fracaso. Nuestro dilema moral como amigas era el de saber hasta qué punto podíamos mostrarnos sinceras con ella. La mayoría nos inclinábamos por dejarlo correr. ¿Era acaso nuestra responsabilidad como amigas desmontar sus ilusiones?, había preguntado yo sin esperar una respuesta. Una que hacía segundo año de Psicología opinaba que nuestra amiga entendía, en cierta forma, que su sueño no era realista, pero que de manera subconsciente se protegía de aquella lucidez, y que sería arrogante por nuestra parte pretender adelantarnos a su subconsciente.
Ingvild entró de lleno en la discusión: ¿cómo podíamos considerarnos amigas suyas —dijo—, si no estábamos dispuestas a lidiar con la cara fea de la sinceridad? ¿Cómo podía nuestra amiga tomar una decisión informada si no contaba con todos los datos? ¿No querríamos nosotras saber lo que otros opinaban, de estar en su lugar? Unas y otras nos miramos. ¿Querríamos? Sí, dijo una. No necesariamente, dijo otra. ¿Quién no se engaña a sí mismo? ¿Cuántas mentiras no se dice la gente a lo largo de su vida? Cosas así. Ingvild Fredly no nos quitaba los ojos de encima. Daba la impresión de que no podía creerse lo que estaba oyendo. A partir de ese momento se encerró en sí misma, y aún recuerdo la sensación de haberla decepcionado. ¿La habré decepcionado hoy?, me pregunto, recostada contra la encimera de la cocina, mirando por la ventana. ¿Se sentirá obligada a decirle a Åsmund lo que le he contado? Inspiro hondo. Ahí fuera está el jardín, desierto a la luz de un atardecer que se adelanta. Los de la prensa se han marchado y no se ve a nadie en la calle. Alcanzo con la vista las casas grandes del otro lado. La de Hoffmo, con sus luces encendidas. También las farolas de Kastanjesvingen brillan ya. No, me digo. Ingvild no le dirá nada a Åsmund. Pero espera que yo lo haga y me ha exhortado a hacerlo. Se me retuerce el estómago solo de pensarlo.
Oigo pasos a mi espalda. Me digo: tengo que contárselo. Uno de estos días. En cualquier momento.
—¿Pasa algo ahí fuera? —pregunta.
—No —digo sin dejar de mirar—. Es solo el atardecer.
Nina Sparre entra hablando, sin darse casi tiempo de respirar, y eso que no ha llegado ni siquiera al salón. Ha llamado a la puerta. Åsmund le ha abierto y ella ha entrado como una tromba, ahogada en un torrente de palabras. Comienza disculpándose por molestarnos a esas horas, pero tiene algo importante que decirnos que no puede esperar a mañana ni puede dejarse en una nota en el buzón, pues se trata de algo confidencial. Åsmund y yo la miramos sin saber qué hacer. Estábamos sentados en el sofá viendo la tele cuando ha llamado; y Nina, que no tiene tiempo para preámbulos, va directa al grano. Trae consigo una lista de datos del sistema de seguridad de la puerta de la semana pasada, dice. Y como para ella es una cuestión de principios que todos los miembros de la comunidad dispongamos de la misma información que la policía, puesto que defiende la transparencia absoluta en casos como este, está repartiendo copias a todos los vecinos.
—Y aquí tenéis la vuestra —dice, y deja en la mesa dos hojas.
Åsmund y yo les echamos un vistazo. Nuestros nombres figuran en la lista: Tangen, Karimi, Sparre y Prytz/Ellingsen. Hay un código por casa, de modo que no se puede decir quién de cada casa ha entrado en cada momento; pero, aun así, da una idea de cómo es la vida en el cuádruplex. Se pueden comprobar con inquietante detalle nuestros movimientos y los de nuestros vecinos a lo largo de la semana anterior.
—¡Válgame Dios! —exclama Åsmund—. ¿Cómo es posible que sea legal darnos esto?
—Bah —responde Nina—. Solo faltaría. Si la policía puede acceder a esta información, lo mínimo es que también nosotros podamos conocerla. Fue lo que le dije al de la empresa de seguridad. Un chico muy joven. No tendría más de veinte años. Se hacía el remolón, pero le dije: escúchame, se trata de nuestra propiedad. Nuestra. Hemos sido nosotros los que hemos comprado y hecho instalar el sistema. Si le habéis dado esta información a la policía, ya me dirás por qué no vais a dárnosla a nosotros. Si te paras a pensar en ello, la verdad es que es un escándalo que haya tenido que ir yo hasta allí a pedirla. Tendrían que habérnosla hecho llegar sin solicitarla.
En los folios se pormenorizan las horas a las que cada persona ha abierto la puerta, ordenadas por el nombre del titular de cada código. Me puedo imaginar a Nina ante el mostrador de la empresa de puertas de seguridad. Sin duda habrá sacado pecho de su autoridad como presidenta de la comunidad de vecinos; quién sabe si no los habrá amenazado con esto o aquello. Habrá intimidado al pobre chaval que estaba de guardia esa noche, que no se habrá atrevido a oponerle resistencia y le habrá dado los datos. Nuestra propiedad, dice, con la ira de los justos, y de paso olvida que se ha apoderado de información sobre los vecinos. En esta casa no somos una unidad, como ella parece pensar. Somos cuatro. Al menos cuatro. Y en ese instante es como si esa idea se viniera al suelo en pedazos. Me pregunto si Åsmund y yo compartimos la misma posición en este caso. ¿Tengo ganas de que Åsmund sepa que a veces vuelvo a casa en medio de la jornada, cuando todos están fuera menos Jørgen? ¿Y cuánta transparencia habría querido Jørgen?
Observo a Nina mientras habla. Tiene cara de aguardar nuestro agradecimiento.
Ingvild ha insinuado que la policía piensa que el culpable es uno de nosotros, o alguien a quien el propio Jørgen abrió la puerta desde arriba; hay una tercera posibilidad, claro, según la cual quien fuera que hubiese entrado lo hubiera hecho porque alguno de nosotros le abrió. Sigo mirando a Nina, ahí de pie, hablando, y me pregunto: ¿Y si ha sido ella? De ser así, vaya actriz de talento. Me arropo con los brazos y pienso que, de cara a los vecinos, todos representamos un papel. Es así. El cónyuge feliz, la pareja enamoradísima, los padres comprensivos y pacientes. Todos extremamos precauciones, no vaya a ser que venga uno y te despoje del papel, pues todos ellos, aunque no son desconocidos, tampoco son amigos del alma. Y todos se acercan y tratan de entrar al terreno de lo personal. Por eso es mejor fingir que damos por bueno y cierto lo que se nos presenta a la vista. Nina suele hablar de Svein como quien habla de sus gafas, o de su gemelo mental. Todo cuanto menciona está salpicado de «y entonces le dije a Svein» o de «es como dice Svein». Sus riñas, los venenosos comentarios de Svein, las agrias críticas de Nina, lo que se gritan el uno al otro…, todo eso queda rigurosamente encerrado entre las paredes de su apartamento. De no ser por un defecto en el aislamiento de la pared al fondo del armario de la cocina, yo no estaría al tanto de todo, salvo cuando se chillan. Me doy palmaditas en los brazos, como si estuviese helándome de frío.
Lo único que registra el sistema, ha dicho Nina, es el momento en que se teclea un código. Cuando abres desde dentro solamente activas un conmutador, y esa información no queda registrada en ninguna parte. De modo que, si alguien que está en el interior le abre a una visita para que pase, no hay manera de saberlo. Para la tarde del viernes, la lista dice que un Tangen entra a las 15.24. Supongo que debió de ser Jørgen, que volvió pronto del trabajo para sentarse a escribir en su despacho hasta bien entrada la noche. Diez minutos más tarde un Sparre abre la puerta; habrá sido Nina, o Simen, porque Svein suele llegar después. Las 16.17 y las 16.51 figuran a nuestro nombre. Son Åsmund y Lukas, y después Emma. Un Karimi sale anotado a las 16.54, y luego somos nosotros otra vez a las 17.25. Esa soy yo. Luego un Sparre a las 17.32, probablemente Svein. La última anotación es de un Karimi a las 22.54. Según mis cálculos, a esa hora estábamos todos en nuestras casas, con la posible excepción de uno de los Sparre, si es que madre e hijo no entraron juntos a las 15.30. A las 00.14, técnicamente ya en sábado, hay un nuevo registro a nombre de Sparre; tal vez de Simen, que habría salido. Y ya luego nada hasta el día siguiente.
—Gracias —le digo a Nina al tiempo que recojo los folios.
Ella sigue hablando y, cuando la interrumpo, está en plena formulación de una idea, pero termina por reconocer la indirecta; sonríe sin ganas y dice:
—De nada.
Åsmund la acompaña a la puerta. Regresa, alza los ojos al cielo y suelta:
—¡Dios mío! Podría haberme caído al suelo y ella habría seguido dale que te pego con lo suyo.
Las hojas han quedado en un estante de la biblioteca. Sé que esta noche las cogeré de allí y me dedicaré a espiar a mis vecinos y a mi familia; que seguiré los movimientos de Åsmund, y los de Emma también. Comprobaré si han estado en casa cuando se les suponía fuera. ¿Hará Åsmund lo mismo? Hace ya dos semanas volví un día a casa a mitad de la jornada para verme con Jørgen, pero da igual. Todos esos datos… Nunca había pensado que existieran, y mucho menos que estuvieran tan a nuestra disposición; que bastaba con imprimirlos y llevártelos a casa. Y aborrezco a Nina por hacer que esta vil excavación de nuestras respectivas vidas resulte tan fácil y accesible, tan irresistible.
Åsmund vacía el lavavajillas escuchando música. Yo ordeno la sala: recojo los juguetes, pongo los cascos de bici en su lugar y doblo los periódicos y los dejo encima de la odiosa lista de la empresa de seguridad para ocultarla. Lo oigo en la cocina. Canturrea de vez en cuando y hace ruido con los platos.
Podría haberlo hecho ahora. Es en este momento cuando tengo la posibilidad de hacer lo que dice Ingvild Fredly. No tengo sino que escoger el instante adecuado. Finjo planteármelo, como si de verdad contemplase la idea de acercarme a él, ponerle una mano en el hombro y comentarle: «Åsmund — podría empezar—, tenemos que hablar. Debo decirte algo». «¿Qué?», preguntaría él. Y entonces voy y lo suelto. Esa parte ha de ser rápida, como cuando se quita una tirita.
Pero lo que sucederá después, eso sí que no será rápido. Visualizo el cambio en su cara; me lo puedo imaginar apartándose de mí. Y entonces todo lo que hay entre nosotros, mi derecho absoluto y natural a tocarlo, a besarlo, a rodearlo con mis brazos, desaparecerá. El carácter bondadoso que ahora espero de él: que me pregunte cómo estoy, que proponga poner las sobras de la cena en un recipiente para que me lo lleve como almuerzo mañana…, eso va a desaparecer. Quizá para siempre. Basta con tan poco.
Ese riesgo siempre ha existido. Todo esto ya lo sabía cuando subí al segundo piso por primera vez aquella noche de enero. En aquel momento, tras evaluar la situación, resolví que valía la pena. Åsmund tararea al ritmo de la música. Vale, me digo, conocía los riesgos, pero es que entonces los vi de otra manera. A ese lado de la balanza había otra cosa. Recuerdo estar aquí mismo aquella noche, de pie, inmóvil, antes de subir con Jørgen por primera vez, y pensar: Åsmund se puede enterar, todo saltará en pedazos. Y pensar también: Pero, y si no lo hago, ¿llegaré a lamentarlo? ¿Recordaré este momento y me diré: ojalá lo hubiera hecho? El año que viene cumplo cuarenta. He parido dos niños y se nota; no tengo ya el mismo aspecto que con veinticuatro. A decir verdad, me parezco menos a esa yo con cada año que pasa. ¿Cuándo será demasiado tarde? ¿Cuándo dejarán de hacérseme proposiciones? ¿Y si fuera esta la última vez que se me invita a algo que me apetece aceptar? Entonces las cosas me parecieron más simples. Y también mucho más importantes. ¿Acaso no se dice que solemos llorar más por lo que nunca hicimos que por lo que hemos hecho?
Ya sé que hoy no le voy a decir nada a Åsmund. No puedo. Creo. Debo estar mejor preparada. Reflexionar sobre qué le voy a decir. Sobre cómo he de decirlo. Esta va a ser una de las conversaciones más importantes de nuestra vida de casados, y no tengo la intención de entrar en ella sin la debida preparación. Menos aún cuando acabo de comprar tiempo a cambio de prometerle a Ingvild que le revelaré mis más íntimos secretos. Por descontado que es un tiempo que aprovecharé. Mañana se lo digo. Creo. Me pasaré el día preparándome y hablaremos por la noche, cuando los niños estén en la cama. Dispongo de veinticuatro horas.
Mis pies ya no forman una buena pareja. Pruebo a ponerme de costado o boca arriba, pero no sirve de nada: mis pies se estorban el uno al otro; no hay manera de que encajen. Entonces los separo; pongo uno delante del otro. Tampoco. No lo siento natural. Me vuelvo y me revuelvo. A mi lado, Åsmund duerme con la boca medio abierta y una arruga discreta que le frunce la frente, como si se hubiese quedado dormido cuando se concentraba en algo complicado que estaba por decir. Cambio de nuevo los pies de posición. No me acuerdo de cómo suelo ponerlos. Nunca antes se me había ocurrido que esto pudiese suponer un problema. ¿Cómo he podido meterme en la cama, década tras década, sin preguntarme cómo tenía que colocar los pies?
Al final salgo de la cama. Avanzo de puntillas hacia la puerta y me asomo al salón. Todo está a oscuras. Me recuesto contra el marco de la puerta de la habitación. Me esfuerzo por no mirar hacia los recovecos más oscuros. Quienquiera que matara a Jørgen entró porque él lo dejó entrar o porque vivía en la casa. Seguro que es lo primero, no puede ser lo segundo. Aquella noche éramos seis los adultos presentes: Saman y Jamila, Nina y Svein, Åsmund y yo. En un momento de horror me imagino a uno de nosotros camino de su apartamento. Saman cruzando de puntillas el rellano; la voluminosa figura de Svein inclinada sobre la espalda de un Jørgen sentado frente al ordenador; Åsmund con un cuchillo entre las manos. Siento un vahído, como si me hallara ante un precipicio y cada una de esas imágenes mentales fuera un paso más hacia el borde del abismo. Me quedo completamente quieta y aguzo el oído, casi a la espera de oír unos pasos, un carraspeo gutural, un cuerpo en movimiento. Respiro a bocanadas rápidas. ¿Qué me garantiza que quien se la tenía jurada a Jørgen no me la tenga jurada a mí o a nosotros? No se oye nada. Solo el murmullo del viento, las ramas del castaño rozando la ventana. Soy la única que está en vela. Me acerco a la puerta que da al rellano; compruebo que está cerrada con llave y pongo la cadena.
Me detengo junto a la mesa de la cocina y miro hacia el jardín desierto. Apoyo las manos en la encimera y me digo: Vale. Me digo: Es ahora cuando tienes que pensar con claridad. Me digo: Eres una persona racional. Te dedicas a la investigación, y siempre te ha gustado ese carácter apolítico e impersonal de la ciencia. Te agrada que no sea una ideología, sino un método con el que abordar un problema. ¿Y qué nos enseñan en metodología? A recabar datos sistemáticamente. A aplicar la lógica. Premisa, premisa y conclusión. Dado a, entonces b; a por lo tanto b. Lógica. Dialéctica. Respiro hondo. Veo mi reflejo en el vidrio de la ventana. Aquí también está todo a oscuras, de modo que solo distingo mi silueta y que estoy apoyada en la encimera. Con esta luz podría decirse que es el reflejo de una mujer joven.
Aquel sábado en el apartamento de Jørgen. Fue abrir la puerta y hallarme sumergida en un gran desasosiego. Es algo que raya en lo sobrenatural, podría pensar si creyera en esas cosas; casi como si algo dentro de mí supiera lo que se escondía al otro lado de la puerta que cerraba el despacho. Pero son supersticiones. Es como creer en fantasmas, o que cosas que en apariencia ocurren por casualidad forman en realidad parte de un plan cósmico superior, determinado por la posición de los astros en el instante de tu nacimiento, o por lo escrito en los posos del café al fondo de tu taza. Descarto todo eso. No hay un plan cósmico. La posición de los cuerpos celestes o, mejor dicho, la situación de la Tierra con respecto a ellos no tiene nada que ver con los giros que pueda dar la existencia. No fue un sexto sentido lo que me hizo abandonar el apartamento de Jørgen aquella mañana. Aquella inquietud puede encontrar una explicación. Era la suma de pequeños detalles, ninguno de los cuales destacaba lo suficiente para percibirlo por sí solo, pero que juntos sí que bastaban para señalarme que había algo peligroso. Me siento en una silla de la cocina.
¿Qué fue lo que vi allí arriba? ¿Qué me llevó a retirarme? Mis mensajes habían quedado sin respuesta, y ya eso me había preocupado un poco. La luz de la cocina estaba encendida; tenía que estar en casa, y sin embargo no respondía. Eso por una parte, pero hay más. Frunzo las cejas, miro por la ventana. Las farolas iluminan las paredes de las casas al otro lado de la calle. Observo la casa de Hoffmo y me recuerdo sentada aquí esa mañana, cuando lo vi salir con su cómico atuendo deportivo. Veo a Hoffmo hablando de los gatos con Nina: «¿Qué hace la comunidad, Nina? ¿Nos ves quietos, sin hacer nada, contemplando la destrucción de nuestro vecindario, de brazos cruzados?». En este momento su casa está envuelta en la oscuridad. La calle está desierta, pero veo al fondo los faros gemelos de un coche; desaparecen y reaparecen entre la vegetación a medida que el coche avanza por Kastanjesvingen. El reloj del horno marca las doce menos diez. Sigo los faros del vehículo con la mirada.
Hay algo aquí que se me escapa. Hay algo más que escarbar en mi recuerdo, en los segundos que permanecí de pie en el piso de arriba, en la puerta cerrada. El coche entra en mi campo visual: es pequeño y blanco. Trato de reconstruir en mi memoria el interior de su despacho, con la ventana abierta, tal vez para hacer pensar que alguien podría haberse metido por allí con la ayuda de la escalera de mano. Me desagrada pensar en ello, en lo calculado del papel de la escalera. Me desagrada pensar que alguien la había sacado del trastero del fondo del jardín; en lo fácil que debió de ser para quien lo hiciera si sabía de antemano que se encontraba allí. El coche blanco se detiene frente a nuestra entrada.
¿Por qué no logro encajar las piezas? ¿A qué se debe que no pueda señalar con el dedo la causa del miedo que me entró? ¿Será por Saman y aquello de los huevos? ¿O que todo lo que sucedió a continuación ha desordenado el recuerdo? ¿O acaso se trata de algo que no quiero recordar, y que por ello estoy boicoteando yo misma mi razonamiento? Se abre la puerta del coche y sale una mujer. Camina hasta el otro lado. Se abre la puerta del acompañante y sale otra mujer. Con la distancia y la oscuridad se me hace difícil distinguirlas bien, pero casi por instinto me hago una idea de quiénes son. La conductora abre ahora la puerta trasera y sale una tercera mujer, una joven lo bastante delgada para ser una niña. Las tres se detienen allí, mirando hacia la casa. Yo estoy sumida en la oscuridad, de modo que ellas no me ven, pero yo sí puedo observarlas.
Había algo más, creo. Ni el mensaje sin respuesta, ni la luz de la cocina, ni que yo misma abriera la puerta bastan de por sí. Hay más cosas. Minucias, detalles irrelevantes, cosas que advertí en su momento, pero en las que no me detuve a pensar. Tengo que concentrarme. Cierro los ojos y reconstruyo la escena: estoy quieta frente al salón y miro alrededor. ¿El piano? ¿Los estantes de libros? ¿Algo en el suelo? ¿O algo suspendido en el aire? De no haberme encontrado luego con Saman, si no me hubiera distraído el pánico que sentí durante mi exploración, lo recordaría todo con más claridad. De no haber sido por aquella distracción, ahora podría reconstruir aquellos segundos en el apartamento y dar con lo que me había asustado tanto. Las tres mujeres de fuera se ponen en movimiento. La que conducía saca algo del maletero. La otra adulta abre la verja del jardín y entra. La chica la sigue. La que no lleva bolso le pone el brazo sobre los hombros a la joven y las tres se aproximan a la casa. La que camina junto a su hija la atrae más hacia sí, como para darle ánimos, aunque cabe preguntarse quién anima a quién. Por un instante alcanzo a verle el rostro, pálido y tenso. Entonces me deslizo de la silla al suelo para que no me vean cuando estén más cerca y durante un rato me quedo así, con la espalda apoyada en el horno. Oigo el chasquido de la puerta del portal y sus pasos en el rellano. Merete ha vuelto.
Estaba previsto que fuese cosa de una sola vez, un último truco. También el primero. Y entonces sentaría la cabeza. Lo peor fue que funcionó. Las semanas que transcurrieron después fueron buenas. No sé si sería una coincidencia, pero Åsmund parecía de mejor humor. Quizá fuera por mí, que me volví más espontánea. Una vez, un miércoles, así sin más, le preparé ese plato de pollo que tanto le gusta, el que le hago para su cumpleaños y que en los últimos años ni siquiera había cocinado. En otra ocasión, estando yo en el centro, lo llamé por teléfono y lo invité a comer en la ciudad. Le daba un beso todas las mañanas antes de que saliera y todas las tardes al volver a casa. Empezamos a hacer el amor más a menudo y con más entusiasmo, y probábamos cosas para las que antes de que naciera Lukas no teníamos energías. Charlábamos como solíamos hacerlo de jóvenes.
¿Qué lamentas haber hecho?, me he preguntado alguna vez, y me ha sorprendido ver que, sinceramente, nada. Al contrario. Me alegraba haberlo hecho. No me acosaba la culpabilidad. Quién sabe si hasta fue necesario, pensaba, porque bastaba con vernos. Lo bien que estábamos. Había llegado a creer incluso que nos había ido bien.
Unas semanas antes de la noche en que subí a casa de Jørgen, me había visto con una vieja amiga. Hanna. Igual te acuerdas de ella. Yo había insinuado que en la vida de una pareja había circunstancias que podían justificar una cana al aire. Que en algunos casos hasta podía resultar saludable, como una inyección de vitaminas.
Hanna lo negó; la regla general es que el adulterio destruye la relación en lugar de salvarla.
Pero ¿no sería posible que, pese a ello, fuese importante hacerlo?, pregunté yo. ¿Para una misma? ¿En lo personal? ¿Acaso no lo han hecho, y de forma reiterada, grandes hombres como Bjørnstjerne Bjørnson, John F. Kennedy o François Mitterrand? Y, qué sé yo, sin duda también muchos otros tíos, a saber si la mayoría. ¿Y acaso sus esposas no los han perdonado una y otra vez? ¿No se aplica ahí un doble rasero? ¿Por qué no pueden las mujeres darse el gusto que se dan los hombres como si tal cosa?
Hanna dijo:
—Pero es que, Rikke, no se trata de la igualdad de oportunidades, sino de la confianza en tu pareja, de cultivar la relación y no de salir corriendo cuando las cosas se complican.
Me retracté:
—Sí, claro que sí. No me refería a ninguno de nosotros en particular; era solo una hipótesis aplicable a cualquier pareja.
Y terminé por no contárselo a nadie. Tampoco me hacía falta. Lo sentía como algo íntimo. Cuando me encontraba con Jørgen en la escalera o en el jardín nos saludábamos como de costumbre, con sonrisas y un gesto de la cabeza de reconocimiento, y nos preguntábamos cómo nos iba, y nos deseábamos un buen día. Puede que en aquellos intercambios se adivinase algo distinto, que llevaran una carga de algo las discretas sonrisas que nos dirigíamos antes de seguir cada uno su camino. No había invitación en ello. No había roces de la mano sin querer al abrir la verja del jardín. En las semanas siguientes a aquel sábado de enero, yo confiaba en que la vibración que reverberaba entre nosotros se disiparía con el tiempo, que la olvidaríamos. Pero entonces mi suegra sufrió un resbalón en el hielo.
Åsmund me había llamado por teléfono con el corazón en un puño.
—Mamá está en el hospital. Me voy a verla. ¿Podrás ir tú a recoger a los niños?
Le dije que por supuesto y que si quería podíamos encontrarnos con él. Dijo que no, que nos quedáramos en casa. Supuse que prefería estar a solas con ella.
Le dieron el alta esa misma noche. Tenía un esguince en el tobillo y moratones por todo el cuerpo a causa de la caída, pero no hizo falta hospitalizarla. Åsmund estaba desesperado. Pobre mamita. ¿Cómo podían darle el alta? ¿No veían lo asustada que estaba? Le preparó la cena y fue a comprarle cosas de comer. Lo acongojaba la idea de dejar a su madre, pero su hermano iba a pasar la noche haciéndole compañía. Åsmund haría guardia la noche siguiente. Las semanas siguientes fue a verla a diario. La tuvo que ayudar en todo, no solo en lo que no podía hacer por llevar una escayola, sino también todo lo demás. Ella se deshacía en agradecimientos por todo. Por lo rico que le quedaba el café, por lo bonito que se veía el porche ahora que había quitado la nieve…, mucho mejor que cuando lo hacía ella. Åsmund estaba orgulloso y feliz. ¡Venga ya!, decía. Si quitar la nieve no es nada.
Nunca se me invitó a ir a verla. Y él prácticamente dejó de ir a buscar a los niños. Volvía a casa tarde y a veces los fines de semana se quedaba a dormir con ella. A ella le venía tan bien… Y no se sentía segura estando sola de noche. Vale, dije yo. Haz lo que tengas que hacer.
Y entonces, un viernes por la tarde, me encontré con Jørgen en la tienda de comestibles.