La comunidad
La última noche
El sol brillante del atardecer entra sereno en el salón. Estoy bajando la escalera desde los cuartos de los niños y veo las franjas que dibuja. Me admiro de la quietud que hay aquí. La mayoría de los vecinos están de vacaciones. Me detengo en el salón. Åsmund está sentado en la terraza. Lo más probable es que esté sumergido en su teléfono. Solo le veo la cabeza por encima del respaldo de la silla de jardín. Me quedo un rato así. Me da la espalda. No me ha visto bajar. Puedo cambiar de opinión. Subir de nuevo; llenar la bañera de agua fría y darme un baño. O coger la bici y dar un paseo por el bosque; buscar un estanque y nadar un poco. También podría subir y a hurtadillas encerrarme en la habitación y echarme en la cama con un libro y quedarme allí. No tengo por qué hacer esto. Al mismo tiempo, sé que debo hacerlo. Ahí fuera está mi marido sentado. Hemos cenado. He acostado a Lukas. Me está esperando, pero ahí sigo, contemplando la luz que cae en el parqué del salón; formas cuadradas de luz y de sombra.
—Hola —dice sin volverse.
Voy a su encuentro y me tiende una botella de cerveza. Me ha traído una que he dejado en la mesita que separa nuestras sillas. Aún está fría, a juzgar por la condensación en la botella marrón.
—Gracias —digo.
—¿No te parece grandioso? —pregunta cuando me siento—. ¿Estar aquí sentados al atardecer, en nuestra propia terraza?
—Sí.
—Qué bien que hayamos sabido montar la barbacoa. Ha sido una cena estupenda, ¿verdad?
—Pues sí que lo ha sido.
Suelta una risa.
—Ahora vamos a tener que hacer asados todos los días hasta octubre, Rikke. Así de encantado estoy con esa barbacoa.
Fuerzo una sonrisa. Estiro la boca por las comisuras. He sonreído tantas veces en mi vida que me suele resultar fácil. Con el rabillo del ojo veo que me está mirando, pero estamos sentados de cara a lo que solemos llamar la vista. Nuestra casa está en lo alto de una pendiente, frente a otra en lo alto de la suya, y entre ambas conforman lo que podría llamarse un valle. Desde donde estamos se ven, colina abajo, hileras de pequeñas casas adosadas; están agrupadas en bloques de cuatro, y la vista que tienen es peor que la nuestra. Por el fondo del seudovalle discurre una calle que pasa junto a un campo de fútbol y una guardería antes de rodear una gasolinera. Al otro lado se alza el bosque. Las oscuras copas de los abetos dibujan una línea quebrada que acompaña el perfil de la colina. Åsmund se vuelve hacia la vista, y ahí estamos.
—Me he encontrado con Ingvild Fredly hoy —les digo a los árboles al otro lado del valle.
—Ah, ¿sí?
—Sí.
Guarda silencio. Pasa un rato. A lo lejos se oye la risa de una chica.
—Iba en bicicleta.
—¡Anda!
—Charlamos un rato.
—Ah, ¿sí?
¿Percibo un atisbo de cautela en él? No lo sé. No me animo a mirarlo. Les hablo a los árboles al otro lado cuando digo:
—Del juicio, y un poco de la investigación.
—Mmm.
El silencio impresiona. Echo un breve vistazo a Åsmund, recostado en el respaldo de su silla de jardín: un hombre en la terraza de su propiedad. Ni siquiera sé si me está escuchando.
—Dijo que sabías lo mío con Jørgen —comento—. Dijo que te lo contó el tal Gundersen esa semana, antes de que arrestaran a Merete. E Ingvild me dijo que tú ya lo sabías. —No contesta. Pasamos un buen rato así sentados, y luego me vuelvo a mirarlo—. ¿Es verdad?
Me mira a los ojos. Su mirada es la neutralidad misma. Ha cerrado la boca y sus ojos son todo concentración, como metabolizando lo que le acabo de decir. Me pongo a contar los segundos, como cuando de niña veía el fogonazo de un rayo. Mil uno. Mil dos.
—¿Qué me estás preguntando exactamente, Rikke?
Tiene la voz tranquila. Algo en ella me produce escalofríos. Hay algo calculador en ella. Nunca lo había oído hablar así.
—¿Cuándo te enteraste de lo mío con Jørgen?
Se lo pregunto sin haber decidido hacerlo. La voz me sale fina y desconocida. Es como si le estuviera preguntando por algo por completo distinto, algo mundano. Lo veo coger aire. Se reclina en el respaldo y vuelve la vista al valle.
—Me di cuenta en el viaje de caza —suelta al fin—. Estábamos sentados a la mesa, bebiendo, y en una de esas Jørgen se puso a contar que, estando una vez en Bergen, había convencido a una banda de mariachis de que tocaran Sympathy for the Devil.
—Ah —digo quedamente.
Åsmund coge aire otra vez.
—Estaba más cabreado que una mona —explica—. Me puse a hablarle a gritos. Con la primera excusa, el tema del que estábamos hablando. Y solo le gritaba a él. De no ser porque estábamos tan borrachos, a los otros les habría parecido de lo más raro que me entrase aquella furia.
Cabeceo despacio. Puede que no hubiese creído a Saman cuando me dijo que Åsmund era el que estaba más alterado. A Svein le había parecido que el más agresivo había sido Saman, y Jørgen nunca me habló de aquel episodio.
—Y claro —continúa Åsmund, y le tiembla algo la voz por debajo de esa serenidad que me ha estremecido—, cuando me puse a buscar indicios no me costó encontrarlos. Una noche salías a verte con una amiga, y al día siguiente la tal amiga sube a Facebook fotos de ella en su chalé. Tú salías de casa, y a los diez minutos se le oía salir a él. Y así un montón de cosas. —Se vuelve para contemplarme—. Una vez quise mirarte el teléfono, pero le habías cambiado el código. Y tú nunca le cambias el código a nada, Rikke. Por fin, en una de esas, fuiste a darte una ducha y, como acababas de usar el móvil, lo cogí antes de que volviera a bloquearse. Y allí di con la prueba irrefutable, como suele decirse.
—¿Cómo es que no me dijiste nada? —susurro.
—No vayas a creer que no me faltaron ganas —replica—. Quería comerte a gritos: ¿qué cojones crees que estás haciendo? Pero entonces leí aquellos mensajes. El tono. Como el de una enamorada. Y me dio miedo que estuvieses enamorada de él. Así que se lo comenté a Merete. Volví a casa un día cuando todos los demás estaban fuera. Subí a su casa y llamé a la puerta, y le conté lo que había descubierto. Se quedó destrozada. Dijo que Jørgen llevaba años actuando así, que había pasado cantidad de veces. Pocos años antes había sido con una amiga de su infancia. Merete decía que, mientras se lo montara con una que fuera ajena a su vida, podía vivir con ello. Lo que hiciera en sus viajes de trabajo era una cosa, pero la mataba que fuera con alguien con quien tuviera que socializar. Y esta vez había sido aquí, en su propia casa, donde vivía su propia hija. Que pudiera ser Filippa la que se enterara. Dijo que él era así. Un seductor. Tan abierto él, un espíritu libre y todas esas mierdas. Dijo que la gente se tragaba todas sus mentiras. Sobre todo las mujeres. Dijo que la primera vez que te vio le pareció que eras de las que le gustaban a él.
Visualizo su imagen, cuando la vi fuera en la terraza, el día que entramos a vivir en la casa. Cuando estaba en la ventana y la saludé con la mano. Ella se quedó quieta en el césped y me miró sin devolverme el saludo.
Åsmund dice:
—Me di cuenta de que te había seducido. Habíamos pasado una mala racha, tú y yo, con lo de la muerte de papá. Y luego las historias con mamá, y nuestras angustias por la salud de Lukas. No estuve tan presente como hubiera debido. No hablaba contigo todo lo que había que hablar sobre lo que estaba pasando; puede que ni siquiera escuchara mucho tampoco. Y luego pensé que yo había dejado que eso sucediera. —Ahora tiene los ojos humedecidos. Dice —: Yo no podía perderte, Rikke. ¿Te acuerdas de aquella vez cuando salí a conducir borracho con mis amigos? ¿Del accidente?
—Eso fue en secundaria —respondo.
—Entonces pensé que me dejarías. Tampoco te habría culpado si lo hubieras hecho. Joder, qué imbécil fui. Tú te merecías algo mucho mejor. Pero te quedaste conmigo. Y entonces se me ocurrió que, en cierta forma, esto era lo mismo. Que la historia esa con Jørgen había sido tu accidente, que ahora me tocaba a mí perdonarte por haber sido una idiota.
—Pero aquello fue hace la tira de tiempo —objeto con desgana.
—Para mí significó un montón —dice como a la defensiva.
Pasamos un largo rato sentados en silencio. Me digo: Todavía puedo dejarlo así. Todavía puedo a subir al baño y llenar la bañera de agua fría. Entonces suelto:
—Ingvild Fredly piensa que Merete pudo haber contado con un cómplice.
Lo digo con firmeza, y yo misma me doy cuenta de lo pueril que suena. Mi afirmación queda suspendida en el aire que nos separa, por encima de la mesita con cervezas que se calientan. Como si lo que he dicho fuese un objeto físico y concreto con el que tenemos que enfrentarnos.
Queda flotando un buen rato. Tengo la respiración entrecortada y sonora, como si corriera para salvar la vida. Me vuelvo para mirarlo. Está contemplando la vista, sereno y con la boca cerrada. Se vuelve para mirarme. Ya no hay rastro de lágrimas en sus ojos.
—Rikke —profiere con una voz que le es ajena, algo aflautada, desagradable—. ¿Estás segura de querer seguir preguntando?
¿Lo estoy? No reconozco a Åsmund. Tengo la boca seca, pero no quiero coger la botella de cerveza de la mesa. Es como si al hablar actuara en contra de mi propio interés. Como si prefiriese decir que no, que la verdad es que no estoy segura y que tal vez sea mejor dejarlo así. Subir y darme un baño. Como movida por una compulsión, digo:
—Aquella noche dormí como un tronco. Como rara vez duermo. No me enteré cuando Lukas se metió en nuestra cama. Si te hubieras levantado de la cama, ¿te habría oído?
Dice:
—No. No me habrías oído —responde.
Esa misma voz, aflautada y ajena. Quiero parar y no puedo; es como si mi cuerpo siguiera adelante por su propia voluntad.
—Me entró un cansancio enorme con la primera copa de vino de aquella noche —recuerdo—. No pude siquiera terminar de ver la película. Fredly dice que Jørgen tenía somníferos en la sangre. Benzo-no-sé-qué-cosa.
Åsmund dice:
—Bien. ¿Y adónde quieres ir a parar con esto?
—Me dormiste —afirmo, y ni siquiera en ese instante me doy cuenta de que era eso lo que estaba pensando antes de que me saliera de la boca—. Tú y yo éramos nuestra mutua coartada; siempre y cuando yo durmiera toda la noche de un tirón, tú podrías decir que habías hecho lo mismo. Pero yo lo que estaba era inconsciente. Mientras yo dormía, tú subiste. Tal vez le serviste un vino, o le diste a probar algo que habías llevado, ¿qué sé yo? Te las arreglaste para que ingiriese el somnífero. Y estuviste en su apartamento esa noche; eso lo sé porque me consta. Luego bajaste a casa y lo limpiaste todo. A partir de entonces solo tuviste que esperar. Ella llegó a la hora convenida y tú le abriste la puerta. No hace falta decir que fue ella quien lo hizo. Tú no puedes ver sangre, así que no has podido ser tú. Pero te aseguraste de que estuviese dormido cuando ella llegara. Se había quedado dormido encima del ordenador. Lo único que ella tenía que hacer era cortarle la garganta; rápido, fácil, sin forcejeos. Y luego marcharse. Tú no tenías más que abrirle la puerta y volver a la cama conmigo.
La sangre me late en las sienes. Me he quedado sin aliento. Todavía no me puedo creer que lo haya dicho. Él sigue sentado, quieto. Piensa un momento. Se vuelve hacia mí y sostiene con voz grave:
—Jørgen Tangen no era una buena persona. A ti te embaucó. Yo no quería perderte. Y Merete quería verse libre de él.
Son palabras que caen al suelo que nos separa. Las siento vibrar al tocar las sillas que ocupamos. Pienso en Filippa en el jardín, con su madre, envuelta en una pena que solo con mirarla sabes que la va a acompañar el resto de sus días.
—Podrían haber sospechado de mí —digo, y ahora me tiembla la voz—. ¿Se te ocurrió pensar en eso? Aquel sábado yo subí a ver a Jørgen. Tú eso no lo sabías, pero yo sí. La policía bien podría haber pensado que había sido yo. O podría haber sospechado de alguien más, de un inocente. ¿Qué habrías hecho entonces? Supongamos que hubieran sospechado de Emma.
—Si hubiesen sospechado de cualquiera de vosotras, yo habría confesado —afirma con serenidad—. Estaba preparado para eso. Merete y yo habíamos acordado no implicarnos el uno al otro. Si pillaban a uno de los dos, ese se comía el marrón. El riesgo existía, pero nos parecía tan insignificante que estábamos dispuestos a correrlo.
Apenas respiro. Siento que no inspiro bien. Lo intento. Cojo aire y lo llevo hasta el fondo del estómago, y enseguida siento un vahído. El pánico se está apoderando de mí. No me lo puedo creer; no que lo haya hecho, sino que hable de ello de esa manera. Jørgen Tangen no era una buena persona. Era un riesgo que estaba dispuesto a correr. Ese es el argumento con que Åsmund presenta su defensa; su convicción de no ser un delincuente, sino solo un pobre diablo. La justificación, inservible y cobarde, para quitarle la vida a un ser humano.
—Era ella la que lo necesitaba muerto —continúa Åsmund despacio, sílaba a sílaba, como quien le habla a un niño—. Y lo hizo ella. Yo solo preparé la escena. Y lo hice por ti, Rikke. Para que no te diera tiempo a romper, para que no te fueras de mi vida.
Puntos de luz estallan en la periferia de mi campo visual mientras me esfuerzo en respirar despacio, a intervalos regulares. ¿Se habrá tragado Åsmund la historia de los padecimientos de Merete? No. No es eso lo que dice ahora; no es eso lo que le oigo decir. Su defensa está demasiado ensayada, es demasiado creíble. Él únicamente preparó la escena, dice, pero yo encuentro sus huellas por todas partes. Al regreso del viaje de caza hizo el trayecto con Svein, y dispuso de todo el tiempo del mundo para sembrar el recuerdo adecuado de la discusión de la víspera en la mente del anfitrión que iba al volante. Por si fuera poco, era un recuerdo que se ajustaba a la opinión ya de por sí sesgada que tenía Svein. Y él estaba en la junta de la comunidad de vecinos; estaba al tanto del sistema de registro de entradas que llevaba la empresa de seguridad. Fue a ver a Merete y le contó lo mío con Jørgen. Es como si lo viera. La deja rabiar y, cuando se le pasa, le dice: Oye, estas cosas tienen solución. Merete paga el pato; él sigue con su vida. Hoy vive con nosotros en una espaciosa casa de Bærum, como siempre ha querido, cerca de su madre y lejos de Tåsen, y con Jørgen fuera de juego para siempre. Siento que me mareo.
—Perdona un momento —digo.
Me pongo de pie. Todo me da vueltas y se oscurece ante mis ojos. Tengo miedo de caerme al suelo, pero me sujeto al respaldo de la silla y allí recobro el equilibrio.
Cuento con mis piernas. Solo tengo que entrar. Necesito una pausa, echarme agua fría en la cara. Necesito pensar con claridad.
Me acerco a la puerta de la terraza. Ahí está Emma.
Lleva el camisón puesto. Tiene el cabello revuelto. Me mira a los ojos, y en su mirada se mueve algo que ya sé que no podré reparar jamás.
La puerta estaba entreabierta. No la he cerrado bien al salir a la terraza. No me he asegurado de que no se nos pudiera oír cuando he salido a encarar a Åsmund. No la he protegido. Le he fallado otra vez. A mis espaldas oigo el crujido de la silla de Åsmund. Alzo la mano hacia Emma con la intención de apartarle un mechón de la cara, pero vacilo. Dejo la mano suspendida en el espacio que nos separa. Y antes de que él se acerque hasta nosotras, me da tiempo a pensar que ahora, en este momento, todo se va a romper por las costuras.
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