La comunidad

Helene Flood · Capítulo 7 de 16

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La comunidad

Segunda parte. Disonancia cognitiva

Segunda parte

Disonancia cognitiva

Miércoles

La fiesta de verano de los vecinos siempre tiene lugar a finales de junio, justo antes del inicio de las vacaciones, pero este año se celebró en otoño. La del año pasado fue realmente agradable. Colgamos farolillos de papel en las ramas del manzano y en distintos puntos de la terraza; Jamila decoró la mesa con guirnaldas, y Merete sacó un piano eléctrico y estuvo tocando clásicos de jazz. Aretha Franklin, Miles Davis y Nina Simone, My baby just cares for me. Bailamos en la terraza. Bailé con Jørgen, que bailaba bien, sujetándome con delicadeza. Bailé también con Åsmund, y con Svein y Saman. Fue una buena noche. Todos habíamos bebido, y las risas fluían con naturalidad. Svein habló de caza, que él salía a cazar cuando iba a su chalé, dijo, y Jørgen se acercó y le estuvo haciendo preguntas. Puede que me equivoque, pero creo que fue entonces cuando planearon el viaje que hicieron en agosto de este año. Hasta Nina parecía relajada. Contó las anécdotas que circulaban por la sala de profesores y que no dejaban muy bien parado al colegio, recuerdo, y daba gusto verla así, sin trabajar, por una vez.

Pero este año nos olvidamos. Alguien se acordó justo antes de las vacaciones, pero para entonces ya era tarde, así que quedamos en celebrar algo a principios de otoño. Esta vez no se hizo por la noche, pues fuera ya refrescaba y oscurecía antes, aparte de que resultaba complicado dar con una fecha que nos fuese bien a todos, de modo que optamos por organizar un almuerzo. Cada casa trajo dos bandejas de embutidos para el bufé. No hubo farolillos ni piano, pero Jamila recuperó las guirnaldas del año anterior y la comida estuvo bien. Con Jørgen hablé lo menos posible. Era la época en que yo trataba de dejarlo, aunque, a decir verdad, fue también justo antes de renunciar a esa idea. Åsmund andaba de malas pulgas por alguna razón, sin duda por algo relacionado con su madre, pues habló por teléfono un par de veces y el resto del tiempo estuvo sentado, navegando con el móvil. Cuando conversaba con alguien daba la impresión de que hacía un esfuerzo, como si prefiriese estar a solas con su teléfono, recuerdo haber pensado en pedirle que lo guardara. Merete parecía cansada. Nina hablaba de los planes de la comunidad de vecinos para el jardín, de la lista de tareas voluntarias que no tardaría en poner junto a la entrada y de cuánto trabajo nos tocaría realizar a cada uno. Sentado junto a ella y con aire de desgana, Svein consultaba la hora a cada rato. Filippa se retiró antes de que acabáramos de comer; Simen se marchó poco después, y Emma, que no contó con mi permiso ni para salir ni para volver a casa, estuvo sentada a solas poniendo en evidencia, de forma innecesaria, que estaría más a gusto en cualquier lugar menos en ese. Saman se esforzaba en mostrarse simpático. Solo Jamila procuraba de verdad amenizar el ambiente. Se acercaba a uno y a otro preguntando cosas, contando anécdotas, haciendo aspavientos y soltando risas. Pero también su chispa acabó por extinguirse mientras permanecíamos todos allí, sentados, quietos. Había bajado la temperatura. Todos volvimos a casa pronto.

 

Y ahora vuelve a haber policías en el jardín. Dos de ellos están junto a los buzones; uno les hace fotos y el otro mira. Estoy de pie ante la ventana de la cocina y los observo. El día está nublado y sin duda hace frío, pero da la impresión de que están demasiado enfrascados en su tarea para notarlo. Al otro lado de la cerca, un hombre abrigado con una parka y armado con una cámara enorme les saca fotos; los agentes lo dejan en paz.

Estamos desayunando cuando una mujer policía llama a la puerta. Me hace varias preguntas y luego me pide que espere.

—En un rato vendrá alguien para hablar contigo, a menos que tengas previsto salir.

Le digo que no voy a salir de momento. Todavía no sé si iré a trabajar hoy, aún no lo he decidido, y hago lo que me ha dicho la policía. Me quedo a esperar en la terraza, donde no hay nadie porque los agentes continúan concentrados en los buzones; y mientras los sigo con la mirada me pregunto: ¿A qué se debió el mal ambiente en la fiesta vecinal de este año? ¿Habrá sido por mi culpa, por haber estado evitando a Jørgen? ¿O por los jóvenes, que mostraron tanta desgana? ¿Habrá sido por el incidente durante el viaje de caza, por el que la policía había estado preguntando? Aquella excursión la habían hecho apenas unas semanas antes de la fiesta. Siento un escalofrío en la espalda cuando me digo: ¿Sería por los gatos? ¿Sería que los macabros hallazgos de esta primavera nos afectaron hasta el punto de poner en duda la amistad con unos vecinos a quienes no habíamos dedicado el tiempo suficiente a conocerlos mejor? ¿Habíamos llegado a vernos como psicópatas en potencia?

Esta mañana, mientras Åsmund se daba una ducha, Lukas andaba preocupado por lo que le pasa a un gato cuando se muere. A mí me ha parecido una duda existencial y le he contestado con la misma moneda: los hay que creen en el cielo; otros piensan que cuando nos morimos nos convertimos en parte de la naturaleza. He procurado hacer gala de pedagogía, pero me he dado cuenta de que no me salía con facilidad. Todavía me temblaban las manos, sentía la inquietud en la boca del estómago y se me aparecían constantemente las imágenes de aquella criatura peludita y el nudo corredizo. A Lukas le preocupaba más la cuestión del cuerpo en sí. Un niño de la guardería le había dicho que los tiraban a la basura. Emma me ha mirado con soberano desprecio, como si no le cupiera en la cabeza que la fatalidad biológica la hubiese condenado a heredar de mí la mitad de su material genético.

—¡Por Dios! —ha exclamado—. ¡Tanto jaleo por un gato!

Este comentario me resuena en el pecho. Aquel cachorro tan pequeñín colgado de la cuerda azul.

—Lo han matado, Emma —digo.

—¿Y qué?

—Solo eso —contesto—. Un poco de respeto.

—Pero ¡mamá! —profiere levantándose de la mesa con su cuenco en la mano—. ¡Si hace solo un par de días tú decías lo mismo!

En eso tiene toda la razón, pienso mientras veo por la ventana que un coche aparca delante. ¿Acaso no reaccioné yo con desdén a las funerarias caras de las mamás en el ensayo del colegio? Cuando era pequeña, mi vecino tenía una gata que a veces paría gatitos, y recuerdo que mataba a los que no lograba colocar. Les daba una sobredosis de algo que les ponía en la comida y, para que no le quedaran dudas, les partía el pescuezo. No puede uno tener todos los gatos que quiera, nos decía al vernos a mi hermana y a mí sollozando. No había conseguido darlos todos en adopción, y eso era más humanitario que dejarlos morir de hambre en el bosque. Quitando aquello, era el hombre más bondadoso del mundo: nos dejaba coger las dulcísimas ciruelas de su jardín, y nunca dijo ni pío al vernos cruzar su terreno de camino del cole. Estos urbanitas tan sensibles, pensaba, se rasgan las vestiduras por un gato al que se mata, pero nunca se preguntan por lo que han pasado pollos y cerdos antes de aterrizar en sus platos. Si eso no es hipocresía… ¿Por qué ha de pesar más la muerte de un animal de compañía que la del ganado?

Dos hombres salen del coche. Uno lleva uniforme, y reconozco de inmediato a Robin Pettersen. El otro es alto y delgado, lleva una chaqueta de entretiempo. El alto y delgado abre la verja y observo que le dice algo al par de policías que hay al lado de los buzones, porque dejan de hacer lo que hacían y se vuelven hacia él.

Lo que dice Emma es del todo cierto; yo misma he dicho que se arma demasiado jaleo por un gato muerto. Pero algo ha cambiado cuando he visto aquel cuerpecito de cuello roto colgado junto a los buzones. Aquellas patitas regordetas. La ficha prendida de la oreja, señal de que era de alguien, de que en alguna casa había una familia que le daba sustento y abrigo, de que le habían puesto un nombre y de que lo echaban de menos. Aquellas orejas tan suaves, la carita…, era solo un cachorro. La carga de esa imagen, cuando han matado a un hombre en la casa en la que vives; la violencia de todo ello. La horca. Robin y el otro hombre se acercan a la puerta del portal, y yo pienso en Emma y siento un temblor en la garganta. ¿Cómo se lo puede tomar tan a la ligera?

Los golpes en la puerta son secos y eficientes. Dicen algo de la personalidad de quien llama, pienso mientras voy hacia la entrada; percibo al instante, por ejemplo, que no es Robin quien llama, sino el otro, el de la chaqueta de entretiempo. Retiro la cadena y quito el cerrojo.

—Hola otra vez —saluda Robin, con las cejas arqueadas y la cabeza ladeada para expresar compasión—. ¿Cómo lo lleváis?

—Bueno, ya ves —respondo.

El de la chaqueta de entretiempo me tiende una mano larga y huesuda.

—Hola —dice—. Gunnar Gundersen Dahle. Soy el que lleva el caso. ¿Podemos charlar un momento?

Frases cortas, informativas. También su apretón de manos es firme y breve. Como si para este hombre todo fuera urgente, quién sabe si porque en este momento lo es de verdad, o porque quizá él sea siempre así. Es delgado y vigoroso, y un enorme bigote le cruza la cara a lo hipster, pero se nota enseguida que él no lo es, que puede que lo lleve así desde que tenía veinte años, por completo indiferente a que en aquel entonces llevar bigote era impresentable, algo que provocaba las carcajadas de las chicas y que le negaba, de paso, toda posible expectativa con cualquiera de ellas. Él lleva el caso, lo que supongo que significa que Ingvild ha renunciado. Gunnar Gundersen Dahle lleva una bolsa de plástico en la mano y huele a tabaco.

—Pasad —digo haciéndome a un lado.

Entran en el apartamento. Gundersen Dahle no se quita los zapatos.

 

—Bien —comienza una vez sentados—. Esta mañana has madrugado para salir.

—Sí —replico—. Últimamente no duermo bien.

Asiente. Nos hemos sentado a la mesa de la cocina. Les he ofrecido un café, que el jefe ha rechazado abruptamente y que Robin, que tenía cara de querer una taza, declina con educación. Gundersen Dahle mira alrededor y sus ojos saltan de una cosa a otra. Es como si estuviera evaluando el apartamento, sin que se le escape nada y poniéndolo todo en su lugar. Como si pudiera leer la descripción de lo que somos al someter a examen todos los detalles: las migas de pan en la encimera, la puerta del armario que cuelga por una bisagra torcida, el espacio de pared vacío allí donde los anteriores propietarios habían colgado un reloj de diseño.

—¿A qué hora te has levantado?

Encojo los hombros. Ni siquiera estoy segura de haberme acostado esta noche.

—A las cinco y media, puede ser.

—¿Y entonces?

—A ver, he ido de aquí para allá, supongo. Quería ir a buscar el periódico, así que he salido… Y bueno.

Robin asiente comprensivo.

—Llamó a la comisaría a las 5.42 —dice solidario.

El bigotes hace caso omiso. En cambio, pregunta:

—¿Siempre duermes mal?

—No sé qué decir —respondo—. Tenemos un crío de cuatro años, así que tengo el sueño ligero. Me despierto a menudo. Pero esta última semana apenas he dormido porque…, ya sabes.

Miro al techo. Robin hace lo mismo. Gunnar Gundersen Dahle me observa con calma y me digo: Lo sabe. Seguro que lo saben todos. Es cuestión de tiempo hasta que lea el correo, si es que no lo ha hecho ya.

—¿Qué pasa con Ingvild Fredly? —pregunto—. ¿No está ya en el equipo?

—Le ha tocado otro caso —contesta—. Mejor dicho, ha habido novedades en un caso anterior. Ella va a colaborar con esto en cuanto pueda, pero de momento estoy yo a cargo de la investigación.

¿Hay un toque de arrogancia en su voz? No lo sé. No logro captarlo bien. Ingvild sigue en juego, me parece, pero desde los laterales. ¿Recurrirán a ella para sacar provecho de la relación personal que tenemos?

—Así que ayer pasaste buena parte de la noche despierta —repite—. ¿Oíste algo?

—¿A qué te refieres?

—Me refiero a si alguien ha salido o subido o bajado la escalera. A eso. A movimientos en la casa. Aquí resuena todo, ¿no?

Pienso. Recuerdo haberle escrito a Ingvild como si estuviera en trance, que estuve dándole al teclado sin noción alguna del paso del tiempo. Debo de haber escrito durante horas. Pero en algún momento sí que me pareció oír una puerta. ¿O no? A ver, levanté la mirada un momento preguntándome quién salía a esas horas. Pero no estoy segura, y puede que no fuera nada.

—No lo sé —dudo—. Puede que en algún momento oyera una puerta, pero como estaba haciendo algo en ese instante no me paré a escuchar.

—¿No te paraste a escuchar?

—Estaba escribiendo un correo —explico, y noto que me ruborizo—. No estoy segura de haber oído algo. No me acuerdo. Pero podría ser.

—¿Arriba o abajo?

—No lo sé.

Asiente, pensativo. Pienso en ello. Arriba no puede haber sido. Se oye todo, así que habría notado los pasos de quien fuera que caminara en casa de Jørgen y Merete, por no decir que ese quien fuera tendría que haber bajado la escalera, que es de madera y cruje bajo el peso de cualquiera, tanto que se oye en todo el apartamento. Nadie bajó esa escalera, de modo que tampoco han podido ser Saman ni Jamila. Pero podría haber sido uno de los Sparre.

Gunnar Gundersen Dahle mete la mano en la bolsa que trae y saca algo que deposita en la mesa, entre él y yo. Es un rollo de cuerda de nailon azul.

—¿Reconoces esto?

Lo miro.

—¿Eso es lo que el gato…?, a ver cómo lo digo, ¿de eso colgaba el gato?

Se me revuelve el estómago. El azul intenso de la cuerda, la brutalidad de todo ello.

—Pensamos que sí —dice—. ¿La habías visto antes?

—No lo sé. ¿No es un tipo de cuerda muy común?

—¿Aquí, en esta propiedad?

—No sé yo si tenemos cuerdas. De tenerlas, estarían en el trastero.

Asiente.

—¿Y el trastero suele estar cerrado con llave?

Frunzo el ceño y trato de recordar. En eso se oye un crujido en la pared y los tres nos volvemos hacia el ruido. A saber si alguien, al otro lado de la pared, nos está escuchando. Quizá Nina también esté al tanto del defecto estructural que nos permite oír lo que se dice al otro lado. Ya no suena nada y ambos agentes retoman su atención en mí.

—No lo sé —digo—. Creo que sí. La puerta tiene un cierre de código y un sistema para componer el número.

El Bigotes asiente. Ya lo sabe, me doy cuenta.

—¿Cuál es el código? —pregunta Robin.

—Es 1951 —indico—. El año en que se edificó la casa.

La boca de Robin dibuja una discreta sonrisa. Gundersen Dahle permanece, por supuesto, impávido.

—Bien —dice—. Eso es todo, creo.

Se ponen de pie. Yo también.

Quienquiera que haya abierto o cerrado la puerta del portal podría ser de la casa de los Sparre, pienso. De la segunda planta no ha podido ser; y por muy enfrascada que estuviera yo escribiendo mi correo, me habría dado cuenta si alguien de mi familia hubiese cruzado el salón mientras yo estaba sentada en el sofá. Pero ¿y la salida de emergencia de la habitación de Emma? Lleva directamente de su dormitorio al área común del sótano. ¿La habría oído si hubiese salido por allí? Siento una contracción en el tórax. Con la puerta de su cuarto cerrada, podría haberse escabullido por la salida de incendios sin que yo oyera nada desde arriba. Como poder, podría, ¿no? Aunque no sé para qué lo haría. Ni de lejos puedo imaginar que tenga nada que ver con el gato muerto. Pero tampoco puedo descartarlo.

—¿Pasa algo? —pregunta el Bigotes.

—¿Perdón?

—Parece como si hubieras recordado algo.

—No —respondo con demasiada prisa, así que me modero un poco—. No, es que voy a tener que limpiar las ventanas. Me acabo de dar cuenta.

—Ah.

Sonríe afablemente. No me cree.

—A veces la gente se acuerda de cosas después de haber hablado con nosotros —comenta—. Cuando han tenido más tiempo para pensar. Llámanos si te sucede. Pettersen, ¿tienes un papel a mano?

Robin le alcanza su cuaderno y esperamos mientras él escribe. Me entrega una hoja del cuaderno. Dice: Gundersen y un número de teléfono.

—Lo haré —aseguro.

Sostengo la hoja entre dos dedos, tratando de tener el menor contacto posible con ella. Gundersen me observa. Algo en su mirada me inquieta. Puede que Ingvild no estuviera al ciento por ciento de mi parte, pero me fiaba de ella. En cambio, con este, no sé. Tampoco él sabe qué pensar de mí, me da la impresión. Me está calibrando.

—Volveremos a hablar —se despide—. Que pases un buen día.

En cuanto el ruido de sus pasos los sitúa, ya inofensivos, en el piso de arriba, bajo al sótano. Me detengo ante la puerta de Emma. Ella está en el cole. Puedo entrar sin trabas, pero me lo pienso. No estoy convencida de querer hacerlo.

 

El orden que reina en su habitación me intimida. Yo también tenía mi cuarto de adolescente muy ordenado, pero Emma ha llevado el suyo a otro nivel; es más meticulosa de lo que yo era. Me detengo a observar; sigo las miradas vacías y seductoras de las chicas de los pósteres. En algunos pone el nombre, pero a mí no me suenan; no tengo ni idea de si son estrellas pop o actrices, o si solo son modelos que exhiben prendas de vestir.

Encima de su escritorio, situado exactamente en el centro, hay un ejemplar de La ópera de dos centavos. Está un poco manoseado en los bordes, cosa rara en Emma, pero colocado con orden, en paralelo al borde del escritorio. Levanto la portada con mucho cuidado y lo miro. Paso las páginas del libreto. Emma ha anotado unas indicaciones y subrayado sus diálogos. Tiene algunos momentos donde está sola en escena, pero en casi todos los demás habla y canta con otros actores, un poco en modo coral. En la última página encuentro una frase subrayada que no parece suya, pues dice Peachum: «No os encarnicéis con el pecado». Frunzo las cejas. ¿Por qué la habrá subrayado Emma? Pero justo después sigue un cuplé que todos cantan: «No os encarnicéis con el pecado»; puede que la haya subrayado por error. Paso a la última página y en el reverso, muy cerca de la costura interior, hay un corazón dibujado a lápiz, y dentro del corazón las letras GG. ¿Lo habrá hecho Emma? No lo sé. Tampoco sé si es su letra. Podría ser de una de sus amigas. Por meterse con ella. A esa edad las chicas hacen esas cosas, me digo; es el tipo de broma que les puede parecer divertida. Vuelvo al corazón. ¿GG? ¿Será que hay un Gustav o un Gaute en su clase? Por un instante pienso en Gunnar Gundersen Dahle y se me escapa una risa con un ruido que me pilla por completo desprevenida y resuena en las paredes. Dejo el libreto en el lugar exacto en que lo he encontrado, en paralelo al borde del escritorio, en el centro de la superficie, pues no quiero líos. Me vuelvo hacia la salida de emergencia.

Sin duda se trata de una ordenanza de la Agencia de Urbanismo y Planificación, de un requisito de obligado cumplimiento para quienes hacen obras con la idea de integrar el sótano en la parte habitable de la casa. Åsmund le tomaba el pelo a Emma con eso cuando llevábamos poco tiempo aquí: cuando seas un poco mayor, podrás salir por ahí a escondidas para encontrarte con tus novietes. ¡Ay, calla, papi!, decía ella, que tenía solo nueve años. Ya verás de aquí a dos años, le respondía Åsmund. La puerta es de metal para que un posible fuego se quede del lado en que está, supongo, y solo puede abrirse desde dentro. Intento abrir. Primero una vez y luego otra, lo más despacio posible. La puerta hace un ruido discretísimo. Suelto aire, dejo que se me vacíen los pulmones. De ninguna de las maneras podría haber oído ese ruido desde arriba, en el salón. Y menos con la puerta de su habitación cerrada. Tiro de la barra arriba y abajo un par de veces y por fin la puerta se abre en silencio y da paso al sótano de uso común, que está frío y húmedo. Cuatro bicicletas aguardan lado a lado. Una de ellas es la mía. Más allá de las bicis hay un voluminoso cofre congelador blanco que Svein no consiguió meter en su trastero y tuvo que dejar en el espacio común, con un aviso para la comunidad que permaneció allí hasta que Svein instaló un candado, no fuera a ser que los demás le tomásemos la palabra. Y justo después del congelador hay otra puerta, la salida de emergencia que da al sótano de los Sparre. Me detengo un instante y oigo pasos en la escalera. Sin tiempo para retirarme, veo aparecer la larga humanidad de Gundersen, y luego su cabeza. Por lo visto tiene que agacharse para pasar sin darse un golpe.

—Hola otra vez —dice—. ¿Tú por aquí?

Le devuelvo el saludo:

—He bajado a comprobar que estuviera mi bicicleta.

La mentira me sale sola de la boca, como si fuera verdad.

—Ya veo —responde Gundersen—. ¿Y está?

—Sí —contesto—. Ahí.

Se vuelve a mirar a donde señalo y recorre con la vista el resto de la estancia. Llega Robin y enciende la luz. Nos miramos un momento y me digo: No me cree. Al menos no se ha tragado esto de que he venido a ver si estaba la bici: ¿a santo de qué haría yo eso? ¿Y por qué precisamente ahora? Por otra parte, también puede pensar que he asociado el ruido que anoche oí con Emma, y que he querido comprobar si podría haber salido por ahí a hurtadillas. Siento la cabeza pesada y me entra la duda: ¿es una idea demasiado rebuscada para ser probable, o habrá llegado él a la misma conclusión?

—¿De quién es este congelador? —pregunta.

—De Nina y Svein.

—Tiene un candado.

—Sí —digo—. Ahí guarda Svein lo que caza.

—Oh —exclama Gundersen, y una discreta sonrisa le cruza la cara—. El hombre cuida de sus presas.

—Sí —replico.

De golpe no le veo la gracia. Hay algo en el contexto, en lo que tiene de grotesco. El gato muerto, Jørgen. Permanecemos así un momento.

—Y por ahí se va a tu apartamento —indica Gundersen, mirando por encima de mí.

—Sí —afirmo, y me hago a un lado para dejarlo entrar, si es lo que quiere, pero no se mueve; se queda ahí, observando—. Esa es la habitación de mi hija.

Asiente, como pensando en otra cosa.

—Pues nada —dice—. No te queremos entretener. Solo quería echarle un vistazo a las ventanas de aquí abajo.

Durante un instante, los tres miramos las dos ranuras que dan al jardín y flanquean la escalera que sube al portal. Gundersen se vuelve e inquiere:

—Pettersen, ¿de esto hay fotos?

—Sí —contesta Robin.

—Hasta pronto —me despido antes de cerrar la puerta tras de mí.

Me quedo un rato parada en la habitación de Emma. Tengo la respiración acelerada y rasposa, como si llegara de correr.

—De acuerdo —dice el joven médico sueco—. Vale. Ya veo.

Su rostro presenta una expresión comprensiva. Ha puesto las manos en la mesa, bien cuidadas y sin vello, una sobre la otra. Una brillante alianza le abraza el anular. Tiene las uñas bien cortadas, casi a ras de la punta de los dedos. Me lo imagino en el baño por las mañanas, a primera hora, sin duda antes de que se hayan levantado sus niños de la cama, al otro lado de la pared, bien abrigados contra el frío, al igual que la madre; y él, sentado en la tapa del váter y armado de un cortaúñas. Me lo imagino diciéndole a su mujer: Es importante inspirar confianza.

Yo, en marcado contraste, a duras penas podría inspirar la menor confianza. Me retuerzo las manos mientras hablo; cambio de postura a cada momento y soy incapaz de permanecer quieta en el asiento. Soy consciente de que parezco agitada, y lo estoy, sin que sepa exactamente por qué, pues no veo en el joven médico sueco el menor indicio de escepticismo ante lo que le estoy diciendo. Le hablo del asesinato de mi vecino: puedes comprobarlo en internet, le digo, como si diera por sentado que no me va a creer. Él alza sus pulcras manos: no, no te preocupes, no hace falta. Me cree. Le hablo entonces de mis jaquecas y del insomnio. Anoche no dormí ni un instante, comento. Y luego lo del gato, también se lo cuento.

—De acuerdo —replica—. Ya veo.

Toma aire y, antes de que llegue a decir nada, le explico que Jørgen y yo habíamos entablado una relación algo especial, pero que esto quede entre nosotros, le conmino, por aquello de la confidencialidad, ya sabes. Esto no lo escribas en el expediente, porque nunca se sabe. Los sistemas de procesamiento de datos pueden piratearse, y no quiero que esto salga en ninguna parte, pero, en fin, que tuvimos una historia, por llamarlo de alguna manera. Así que se puede entender, me apresuro a añadir, que me pase las noches en vela, que no me encuentre lo que se dice en forma y que ahora no pueda ni pensar en acudir a mi trabajo. Ya sé que no estoy técnicamente enferma, no en el sentido clínico de la palabra. Pero no me encuentro bien, y desde luego no estoy en condiciones de ir a trabajar. Y que no se piense que soy una de esas que al menor síntoma de resfriado corren al médico para pedir una baja por enfermedad; si quiere, lo puede ver en mi expediente. Yo no hago eso. No he estado de baja por enfermedad casi nunca, pero el caso es que, hoy por hoy, me encuentro en una situación personal muy complicada, a decir verdad, así que me preguntaba si habría manera de que me diera una baja hasta que me sintiese mejor y si, ya puestos, me puede recetar algo que me ayude a dormir.

—Ya veo —dice el doctor, y respira hondo—. Fácil no debe de ser.

—No —añado inspirando yo también una larga bocanada—. No lo es.

Permanecemos un momento en silencio. Me noto vacía por completo. De pronto me faltan las palabras. Siento solo la verdad de lo que ha dicho: no es fácil.

—Desde luego que te puedo dar una baja —contesta volviéndose hacia su ordenador y posando sus higiénicas manos en el inmaculado teclado—. ¿Qué te parece? ¿Una semana será suficiente?

—Sí —afirmo—. Sin duda será más que suficiente.

—Muy bien —replica mientras escribe.

Sus dedos corren por el teclado y yo los observo. Me acuerdo de lo que me contó una colega, que su gato solía mirarle los dedos cuando escribía, como si fueran ratones. El gato se colocaba al lado y jugaba a darles caza, a menudo sin que ella se diera cuenta, hasta que se le abalanzaba sobre los dedos y le clavaba las garras.

El médico dice:

—Bien. Y ahora esto de la falta de sueño.

Asiento con un lento cabeceo. No dice nada. Parece estar pensando, y también yo finjo pensar.

—Te voy a decir lo que opino —continúa—. Puede que lo de la medicación sea mejor dejarlo para más adelante. No sé cómo lo ves. Los somníferos siempre tienen un riesgo. Con ellos no atacamos la causa del insomnio; el medicamento perturba el ciclo natural del sueño y, además, está el riesgo de la adicción. De modo que sugiero que probemos primero el método natural.

Asiento de nuevo. No estoy de acuerdo, pero tampoco estoy en posición de protestar. Un cansancio solapado se apodera de mí. El método natural.

—Haz ejercicio —propone—. Todos los días. De ser posible al aire libre, para exponerte todo lo que puedas a la luz diurna, y siempre unas cuantas horas antes de irte a la cama. Evita las cenas copiosas antes de irte a dormir. Nada de café y nada de alcohol.

—Está bien.

—¿Qué te parece? —pregunta con una sonrisa amistosa; se lo ve de lo más satisfecho.

—No sé qué decirte.

Tengo la impresión de tener cien años, de estar cansada de la vida.

—Te va a ir bien —insiste—. Date tiempo, ya verás. Dale un par de días. Si pasado el fin de semana no estás mejor, vuelve a verme y lo hablamos. ¿Te parece?

—Vale —acepto resignada.

Lo bueno de verdad habría sido una pastilla. Una amiguita vestida de papel de aluminio que pudiera tragar con un vaso de agua antes de irme a la cama, que me dejara inconsciente para que mis pies volvieran a descansar juntos, que mi lengua se acurrucase contra el paladar, que colocara una tapa por encima de todo lo que me bulle en la cabeza, algo que impusiera silencio allí dentro.

Esta noche en particular me habría venido bien tomarme una. A mí, que tal vez me quedan unas pocas horas de vida matrimonial. ¿Es mucho pedir, un somnífero de nada que me traiga auxilio el día en que voy a poner toda nuestra historia en riesgo en cuanto diga la verdad? ¿Tan grave será el riesgo de adicción si se toma en situaciones tan extraordinarias, tan completamente fuera de lo común?

Pero no me quedan fuerzas para protestar. Tengo miedo de que cambie de opinión y no me dé la baja. No quiero ser la paciente que le mendiga fármacos a su médico, tan íntegro él, tan impecable. Y también, ya puesta a decir la verdad, me muero de miedo de que me suelte lo que piensa de mí. ¿No le estoy pidiendo que se muestre comprensivo con mi situación, yo, la que ha roto sus votos matrimoniales? ¿Qué opinará de las mujeres como yo este hombre que tiene cara de no haber sufrido un sobresalto en toda su vida?

—Sal a correr —repite mientras me da un apretón de manos que, estoy segura, someterá a lavado y desinfección de manual en cuanto abandone su consulta—. Procura cansarte. Evita las carnes rojas y las grasas. Mejor pollo con arroz y ensalada. Así te irá bien. Ya lo verás.

Ingvild ha contestado mi correo. Leo su respuesta en mi ordenador en la cocina.

«Gracias, Rikke —ha escrito—. Hablamos pronto. Saludos. Ingvild». Ni una palabra sobre el gato, del que sin duda le habrán llegado noticias. Nada sobre Gundersen, que se ha quedado con su caso. Siento un hormigueo de vergüenza que me sube por la espalda: ¿qué fue lo que le escribí exactamente? Me he pasado contando intimidades. Me he abierto más allá de lo necesario. He puesto en su conocimiento pormenores íntimos que solo me atañen a mí. ¿Por qué no le habré propuesto que nos viéramos en persona? Si Åsmund llegara a leer ese correo algún día, quedaría destrozado.

Me reclino por encima del ordenador para mirar el jardín. Merete Tangen está ahí fuera, dedicada a la jardinería. Está junto al manzano y sostiene unas enormes tijeras de podar con las que va cortando las ramas innecesarias. En rigor, esa tarea nos toca hacerla a nosotros, pero puede que se nos pasara hacerlo en primavera, porque es verdad que al manzano le hace falta una poda. Trabaja con rapidez. Tiene los brazos musculosos y no vacila a la hora de cortar, de modo que las ramas caen a su alrededor sin cesar. En este momento está usando las tijeras en la base de una rama que resulta demasiado gruesa y se resiste; por la postura de sus hombros veo que lo pone todo de su parte: es ella contra el árbol, y va a ganar ella. Lleva ropa deportiva y un jersey de lana encima. Todo de gran calidad. Va calzada con zapatillas de correr, esas de color blanco perla tan femeninas. Las he visto antes, y sé que llevan un tulipán al costado cosido con puntadas diminutas y precisas. El tulipán tiene la flor un poco ladeada hacia abajo, es rojo carmesí. Y yo me pregunto, como cada vez que se las veo: ¿dónde las habrá comprado? Cerca del parterre de la terraza veo a Filippa sentada. También ella luce guantes de jardinería, pero no parece estar haciendo nada en particular, salvo mirar cómo su madre da batalla a la rama rebelde. Sigue cada uno de sus gestos con los ojos.

Observo a la chica. Delgada y de muy baja estatura, de espeso cabello castaño oscuro, a juego con un par de ojazos marrones. No hay en ella nada de afectado en su forma de estar ni en lo que viste; se maquilla lo justo y jamás la he visto avanzar con zancadas torpes por usar tacones demasiado altos, como a tantas otras chicas. Nunca lleva bolsos llamativos colgados del hombro, así como tampoco deja pesados efluvios de perfume en la escalera; pero basta con mirarla para intuir que sabe lo guapa que es. No se pavonea. La veo siempre rodeada de amigas, y al parecer las tiene a montones. Todas hablan en voz más alta que ella; todas posan y ella no. Y no le quitan el ojo de encima, a ver si está prestando atención, pendientes de si dice algo, interesadas en su opinión. Filippa, tengo la impresión, es de esas personas que mandan sin alzar la voz.

Pero ahora hay algo distinto. Hay en su rostro algo enfermizo, pálido y macilento, como si tampoco ella estuviese durmiendo bien. Se mueve con gestos lentos y espasmódicos. Quién sabe si yo no doy la misma sensación, me digo, y entonces caigo en la cuenta: Filippa, más que nadie, está llorando a Jørgen. Puede que ella y yo tengamos en común algo que no se comparte con mucha gente, pero la pena de Filippa Tangen difiere de la mía. Tal vez sea menos compleja, pero sí más honda. La invade un dolor punzante que quizá no la abandone nunca del todo y del que yo no veo sino los contornos.

Junto a la cerca, a lo lejos, viene caminando Simen Sparre. Lleva una mochila colgada de un hombro, abre la verja sin prisa. Capto al vuelo el instante en que avista a Filippa; yergue la espalda y se diría que apresta la postura. Merete se da un respiro del combate con la rama y le dice algo a Simen, parece, pero la tengo de espaldas y no veo su expresión. Es un poco raro que estén ocupadas hoy con la jardinería, con el dolor tan a flor de piel. Pero a lo mejor es para bien: actividades útiles y no angustia existencial. Simen sonríe al tiempo que asiente a lo que le dice. Se le ve un poco incómodo. No estaba así cuando me lo encontré en el ensayo de teatro del colegio, creo. De tanto en tanto, dispara una mirada hacia Filippa sin dejar de asentir con la cabeza, sonreír y responder a lo que le comenta Merete. Filippa sigue quieta, sentada en un extremo de la terraza, examinando una planta que sostiene en las manos. Parece sumida de lleno en ella y no se percata de que, a su lado, el chico intenta entablar contacto.

En el transcurso de una conversación telefónica, muy poco antes de que presentáramos nuestra oferta por el apartamento, el de la inmobiliaria nos dijo que en el piso de arriba vivía una chiquilla de unos nueve o diez años. De haber creído en el azar, habríamos tomado aquello como una señal: una amiga para Emma, comentamos Åsmund y yo. Ya instalados en la casa, nos dio por organizar de vez en cuando encuentros lúdicos con Jørgen y Merete para favorecer el contacto entre las niñas. Emma había hecho amigos en el cole de inmediato; una pandilla leal que venía cuando ella las llamaba, que te encontrabas en la puerta del portal tecleando en sus teléfonos y que te preguntaban si estaba en casa. Pero ¿era Filippa una de ellas? Había estado en casa alguna que otra vez. Siempre cortés, agradeciendo la invitación a comer antes de llevar su plato al lavavajillas. No sé cuándo fue la última vez que vino, pero debió de ser hace ya tiempo. Frunzo el ceño. Nunca he percibido animosidad alguna entre las chicas.

Simen y Merete han terminado de hablar; ella vuelve a centrarse en la rama y él recorre a pasos lentos el camino de piedra. Mira a Filippa. Se detiene junto a ella, que no dice nada, ni siquiera parece haber advertido su presencia. Sigue observando la planta que sostiene entre las manos. Por fin Simen le dice algo. Ella responde sin mirarlo. Simen juguetea con el tirante de su mochila mientras le habla, le está diciendo algo. Le tiembla la mano. Se le nota el cuerpo rígido; su expresión es de seriedad. Filippa se vuelve hacia él y echa un vistazo. No le distingo la cara, pero su contacto solo dura un instante; luego regresa hacia el parterre y le da la espalda a Simen, que se aleja. Lo veo detenido ante la puerta del portal mientras teclea su código. Su frente joven y tersa presenta arrugas de tensión: el chico está sufriendo. Se ve a leguas que está enamorado de ella. No tendría nada de raro; lo más probable es que la mitad de los chicos del vecindario lo estén. Pero hay algo en su mirada de ojos muy abiertos. Algo pasa entre estos dos.

Abre la puerta del portal y desaparece tras ella. En el jardín, Merete ha derrotado a la rama; se ha aplicado con todas sus fuerzas, la rama ha cedido y ahora cuelga inerte. Le da un último tirón con las tijeras y la rama cae al suelo junto a las zapatillas blanquirrojas. Merete se yergue y grita algo a su hija. Filippa no contesta y le da la espalda.

 

Me tiendo en el sofá. Apoyo la cabeza en el respaldo y cierro los ojos. Quién sabe si ahora conseguiré dormir. A lo mejor, al cerrar los ojos entro en un letargo profundo y sin sueños, en una quietud que hace días que no disfruto. Y así, en un par de horas, despertaré descansada y repuesta. Es lo que necesito si he de hablar con Åsmund. Me estiro y hago una torsión de espalda. He guardado esto en secreto durante casi nueve meses y ahora estoy a punto de confesar. ¡Ay, Ingvild! ¿De verdad no hay alternativa?

En el momento de quedarme dormida me digo: la ansiedad de Simen no era por un amor no correspondido, o al menos no solo por eso. Sus manos temblorosas, la rigidez de sus gestos. Su mirada de ojos en alerta y esa frente fruncida. Era miedo, me digo. Simen Sparre tiene miedo.

Algo despertó en mí al ver a aquel gatito indefenso colgado del cuello. Hubiera deseado bajarlo, cogerlo en brazos, acariciarle el pelaje. Acunarlo como si fuera un niño muy pequeño. Pero no debo ponerme sentimental. Matar animales no tiene nada de extraordinario. Uno de cada diez noruegos, por ejemplo, se dedica a algún tipo de caza, según he leído en internet. En el lugar donde crecí veía caravanas de cazadores pasar delante de mi casa. Dejaban sus camionetas en el aparcamiento más recóndito del valle, sacaban sus armas, se ponían las mochilas a la espalda y echaban a andar buscando aves y otras presas menores a las que disparar. Varios hombres de la zona lo hacían como pasatiempo, y al menos un par de mujeres también. Y eran buena gente. Naturalmente, una cosa es dispararle a un alce y otra matar un gato, sobre todo si es el gato de alguien. Pero en mi agotada cabeza las líneas se difuminan. Hace ya un tiempo, en una de las fiestas entre vecinos, Svein nos contó que había herido a una hembra de alce y que había tenido que seguir el rastro de sangre para poder rematarla. La cría estaba a su lado. Según manda la tradición, es preciso matar primero a la cría, que por sí sola no podría sobrevivir, por lo que empezar por la madre resulta contrario a la ética. Pero matar a la cría delante de la madre sí vale, por lo visto. No me acuerdo de cómo acababa la historia; creo que al final lograron rematar a la madre. Conociendo a Svein, de no haber sucedido así, no habría contado la anécdota.

Pero es ilógico que me perturbe así recordar ese episodio, pues yo como carne, y también carne de alce, y sin darle muchas vueltas al asunto, además. Me imagino a Svein Sparre inclinado sobre la espalda de Jørgen, quien, sentado frente a la pantalla de su ordenador, no se habría percatado de su presencia en el despacho. Imagino un enorme cuchillo de caza en las manos de Svein. Siento de nuevo la ansiedad en las tripas. No es posible. Y, sin embargo, alguien le ha rajado la garganta a Jørgen con un cuchillo. Dice Ingvild que los habitantes del número 15 de Kastanjesvingen hemos tenido más ocasiones que cualquier otra persona, y ¿qué sé yo realmente de Svein Sparre?

Somos amigos en Facebook desde hace años, pero hasta ahora nunca había comprobado su perfil. Lo hago en mi ordenador, instalada en el salón. No hay mucho que ver. No tiene demasiados contactos, aunque eso no sea significativo de por sí. En su foto de perfil aparece sentado a bordo de un bote y es verano; lleva una gorra y gafas de sol, y sonríe complacido a la cámara. Veo que doce personas le han dado like. Tampoco hay mucho más en su muro. Alguna que otra felicitación de cumpleaños y una foto de tres aves muertas, una al lado de la otra encima de unas ramas de brezo, y debajo un comentario: «¡La pesca del día!». También ha compartido un artículo sobre la celebración laica de la Navidad, acompañado de un comentario: «Dentro de poco todo estará prohibido». Solo dos personas han dado like. Y otra ha reaccionado con un emoticono con cara de enojo.

Busco su nombre en Google. Las primeras cuatro entradas se refieren a un Sveinung Sparre, de Mo i Rana, a quien le ha ido muy bien en la vida. Luego Google me sugiere que busque su nombre en los registros del fisco, y después doy con un enlace al anuario telefónico que, de manera harto superflua, me informa de que Svein Sparre vive en Kastanjesvingen. La séptima entrada es de una agencia de empleo temporal llamada Easy-Temps. Abro el enlace y llego directamente a su lista de contactos, donde Svein figura como gerente administrativo. Hay una foto suya, esta vez vestido de traje y sin gafas de sol. La foto debe de tener algunos años, porque a él se le ve más joven, con más pelo y la cara más delgada. La misma anchura de hombros. Voy a la página de inicio del sitio web. En mayúsculas blancas sobre un fondo turquesa dice: EL EQUIPO DE EASY-TEMPS. PRESENTE CUANDO USTED NOS NECESITA. Un poco más abajo hay un retrato de un grupo, todo sonrisas, hombres y mujeres, de piel oscura y de piel blanca. Todos ellos jóvenes y guapos, de dentaduras blancas y regulares, de piel tersa y obviamente retocada. Algo en la foto me dice que se trata de una imagen sacada de alguna base de datos y no de una verdadera foto de familia de los empleados de Easy-Temps.

Hasta aquí he llegado cuando alguien llama a la puerta.

 

Al abrir, me encuentro a Nina esperándome. Lleva abrigo. Tal vez va un poco tarde a trabajar y me sonríe nerviosa, pasando el peso de una pierna a la otra.

—Querida mía —saluda—. ¿Cómo te encuentras?

—Pues bien, supongo —respondo.

—Me he enterado de lo del gato y me imagino que habrá sido espantoso para ti. Ya sé que es solo un gato y que no puede compararse con lo que le pasó a Jamila el domingo. Pero, bueno, también ha tenido que ser un disgusto enorme. —Ladea la cabeza y tiende una mano pequeña y cálida que me pone en el antebrazo—. Sobre todo —añade mirando alrededor— si se piensa en… —Alza la vista hacia arriba, apuntando al lugar donde hallaron a Jørgen—. Es tan macabro —añade, y sus ojos miran a su alrededor, a la escalera y al apartamento a mis espaldas—. Esto da tanto miedo. Apenas consigo dormir por las noches. Estoy de lo más estresada con todo esto.

Y sí que parece estresada. La noche que encontraron a Jørgen, cuando estuvimos con ella en el jardín, parecía casi exaltada por lo que había pasado; como si aquello le hubiera dado un sentido de pertenencia, de estar por una vez en el centro de los acontecimientos. Hoy no se aprecia ni rastro de aquella exaltación.

—Solo de pensar que ha ocurrido aquí —continúa con pesadumbre—. Aquí, que es un lugar tan seguro. No, de verdad que jamás me lo habría imaginado.

Se frota y retuerce las manos. Nunca la había visto tan nerviosa. Ni con la polémica por La ópera de dos centavos, ni cuando Hoffmo se había quejado de que la junta de la comunidad de vecinos no había hecho lo suficiente para dar con el asesino de gatos. Ahora mira por encima del hombro otra vez. Me digo: Nina está asustada de veras.

—No creo que ninguno de nosotros pudiera haber imaginado algo así — comento.

Nina cierra los ojos, niega con la cabeza.

—Es una pesadilla —dice—. A veces me imagino que me despierto y descubro que en realidad todo ha sido un mal sueño.

Se oye el pitido del sistema de cierre de la puerta del portal. Nina y yo nos quedamos calladas; no queremos hablar sin saber quién podría estar escuchándonos. Miramos a la puerta con nerviosa expectativa y siento que se me acelera la respiración. Se oye entonces el clic del mecanismo; se abre la puerta y aparece Saman.

—Hola —saluda.

—Hola —respondemos las dos.

Guardamos silencio mientras pasa a nuestro lado, como si no nos fiáramos del todo, por muy vecino que sea. De modo que así estamos ahora, me digo. Aquí, donde hasta el fin de semana anterior nuestras relaciones eran tan armoniosas. Bueno, si se descarta el asunto de los gatos, cosa que cada vez se vuelve más difícil. Saman está a medio camino escaleras arriba.

Nina añade:

—Espero que lo pillen pronto. Al culpable. —Y mira detenidamente escaleras arriba—. Quienquiera que sea. Y claro, una se pone a pensar. Porque aquí algunos parecemos más agresivos que otros, no sé si me explico.

Los pasos de Saman en la escalera se detienen. Por un instante nos quedamos completamente quietos: Nina y yo, aquí abajo; él, en lo alto de la escalera. Los tres a la escucha, y entonces oímos sus pasos bajar de nuevo antes de verlo aparecer en el descansillo.

—¿Qué has dicho, Nina? —inquiere.

—¿Que qué he dicho? —pregunta con voz de inocente.

—Sí. ¿Qué has dicho? —Tiene las mejillas encendidas. Nina no contesta —. ¿Qué ideas te has hecho del caso? —repite, y su voz es grave.

Da la impresión de que procura mostrar aplomo, pero lo traiciona la mandíbula, que se agita bajo la piel. Nina baja la vista a sus zapatos primero y luego la vuelve a mí con ojos muy abiertos.

—Ideas. Solo ideas.

Silencio. Saman respira hondo varias veces y los tres nos miramos unos a otros. Al final Nina no se aguanta:

—No soy solo yo —contesta—. La policía ha venido varias veces, siempre a preguntarnos cosas. Que si esto, que si aquello. Sobre los vecinos. Sobre lo que se dijo y lo que se hizo en aquella excursión. Y Svein tiene unas cuantas cosas que decir sobre la discusión de aquella noche.

Saman la contempla malcarado. Se apoya en una pierna y luego en la otra, y adopta una expresión relajada y calculadora.

—No era yo el único que buscaba bronca —afirma.

Y me mira a mí. Tiene unos ojos marrones preciosos, de esos que no pasan desapercibidos. Ahora se entrecierran y me examinan como si fuera algún espécimen de su laboratorio y su tarea fuese la de estudiar mi reacción.

—Tu marido estaba también muy cabreado esa noche —explica—. No veas los gritos que dio.

—¿Åsmund? —pregunto.

Nina suelta un resoplido.

—Ah, entonces ¿tú también estabas allí? —dice Saman cortante.

—He oído cosas —suelta Nina satisfecha de sí misma.

Me dirige una mirada cargada de intención y enseguida vuelve los ojos hacia la begonia del descansillo con los labios apretados. Quiere que se entienda que ha dicho lo que tenía que decir. Da la impresión de que Saman se desinfla un poco. Suspira. Alza un poco los brazos hacia los lados y dice:

—Vale.

Y acto seguido se da la vuelta y sube el último tramo a pisotones, tan fuertes que la frágil estructura de la escalera se estremece. Oímos el tintineo de sus llaves y enseguida el portazo.

Nina se vuelve a mí y alza una ceja, también de forma elocuente.

—No tiene que ver con eso —afirma, y ahora eleva los ojos en gesto de breve ponderación—. Ni con la raza ni con el color de la piel ni nada. Por mucho que a veces uno se pregunte de qué clase de cultura vienen. Pero tú bien sabes que adoro a Jamila, así que ese no es el problema.

Baja la voz. Como por instinto, me inclino hacia ella y al hacerlo se me ocurre que sin duda damos la impresión de estar tramando una conspiración, aunque no haya nadie para verlo.

—Svein dice que aquella noche estaba hecho un basilisco. Era por algo que habían estado discutiendo. Uno de esos temas, ya sabes, entre amigos. Saman había perdido por completo los papeles; chillaba y maldecía y decía barbaridades. No podía controlar la ira que tenía, dice Svein. Parecía una bestia salvaje.

»Y cuando pienso en la forma en que han matado a Jørgen, con esa brutalidad. —Se estremece—. ¿Qué clase de furia se ha de guardar dentro? ¿Sabes lo que te digo?

Ahora me mira esperando mi confirmación. Como si ahora me tocara a mí decir algo; que me venga a la mente alguna anécdota que confirme y complete lo que ha dicho. Pero no tengo nada que añadir. Tengo en la garganta una sequedad de leña de quemar. El piso de arriba, el hogareño despacho donde mataron a Jørgen, es como un vacío que duele, un agujero negro que no queremos reconocer, pero que no deja de atraernos hacia él. Hacia lo que sucedió allí. Las posibilidades que esto puede traer consigo son de vértigo: ¿estamos a salvo los que vivimos aquí? Y henos aquí, actuando como siempre lo hace la gente que se siente amenazada: volviéndonos los unos contra los otros.

El silencio que se instala entre las dos dura unos segundos eternos, y sé de antemano que me sobrarán las excusas. Estaba agotada, diré, ha sido el insomnio. Ya no doy pie con bola. O diré que todo sucedió tan rápido que para cuando conseguí armarme de valor ya había pasado el momento. Le quitaré hierro a este prolongado y opresivo instante en que Nina ha acusado a Saman y ha aguardado mi aval. Cuando yo habría podido abrir la boca y defenderlo, pero no lo he hecho. Porque no he reaccionado con la celeridad suficiente, me diré. ¿O será acaso que la he creído? ¿O que al menos me temo que pueda estar en lo cierto? Quitando a Jørgen, somos once los habitantes de la casa. Si no contamos a los niños, somos siete: Jamila y Saman, Nina y Svein, y Åsmund y yo. Y Merete, que a la sazón estaba en el quinto pino durmiendo en una tienda de campaña, y quien literalmente no empleó código alguno para cerrar ninguna puerta aquella noche. Seis sospechosos. Si me piden que adivine, yo diría Svein. Pero me falta base para argumentarlo mínimamente. También podría haber sido Saman. No somos muchos, si excluimos a los niños.

Nina dice:

—¡Ay! ¡Qué poco me gusta esto! Es horrible pensar que haya tanta mala sangre entre nosotros. Pensar que alguien tiene el código de entrada y que encima es un vecino de la misma casa.

A ambas nos recorre un escalofrío. La fría y solitaria habitación de arriba.

—Pero la policía está haciendo progresos —añade con un hilo de voz.

—Yo creo que van a resolver el caso.

Mira de nuevo alrededor; se vuelve hacia mí y se justifica:

—Es que esto no hay quien lo entienda. Yo no sé qué se hace en una situación como esta.

Y en ese momento, me digo, está hablando con el corazón en la mano.

No tiene nada que ver con eso, me digo sentada frente al ordenador mientras escribo «Saman Karimi» en el motor de búsqueda de Facebook. No es que se sospeche de alguien por su nombre o por su lengua materna ni nada de eso. Oigo el eco de las palabras de Nina en las mías y me pongo a buscar argumentos contrarios. No tiene que ver con eso, no, pero una tiene que poder hacerse preguntas. Pulso el icono de búsqueda.

Aparecen varios perfiles: tres en Irán, dos en Estados Unidos y uno en Australia. Ninguno en Noruega. Voy a la página de Jamila, a ver si en la suya encuentro el perfil de Saman, pero no doy con ninguna información. Dice que está casada, pero no con quién. No hay fotos de ellos juntos. No hay una sola foto personal. Están sus fotos profesionales: modelos de mirada impenetrable, sombras falsas, cabelleras revueltas y maquillaje artístico, delineador rojo y máscara blanca. Llevan blusas largas y zapatos de tacón de aguja, o bikinis de color piel cubiertos con camisetas traslúcidas. Y Jamila las ha retratado en bosques otoñales o en antiguas casas campestres. Todo de lo más artístico. No son imágenes bonitas, como se esperaría del trabajo de una fotógrafa de moda, pero hay algo que rezuma confianza, lo cual también podría decirse del aspecto de la propia Jamila. Ni por un instante se te ocurre pensar que ella no sabe lo que se lleva.

Busco el nombre de Saman en Google. Solo por echar un vistazo, me digo. No hay resultados de gente con el mismo nombre. Añado Oslo y doy con cuatro resultados que parecen pertinentes. Voy a la página de la universidad; encuentro un aviso de hace tres años que anuncia que defenderá su tesis doctoral, y el título de la tesis es extenso e incomprensible, lleno de letras y números dispuestos de tal modo que no hay lego que lo entienda. El resultado siguiente es la página donde figuran los empleados del Hospital Nacional, donde Saman trabaja en ortopedia. Luego viene la página de los empleados de la universidad, donde por lo visto trabaja a tiempo parcial, cosa que yo desconocía pero que no me sorprende: tampoco nos conocemos tanto. Y luego una página científica donde aparece un artículo que ha escrito y publicado. También en este caso el título es indescifrable. Ha sido citado más de quinientas veces, por lo que leo, y siento una punzada de envidia: mi artículo más citado no reúne más de doscientas referencias. El último resultado lo encuentro en una página que se llama De la cuna a la tumba. Me llama la atención. Pincho el enlace. Mi ordenador tarda en descargar la página y al final aparece en blanco. Subo y bajo; clico aquí y allá al azar. No pasa nada. Cuna. Tumba. No hay el menor indicio que permita interpretar eso.

Me dedico entonces a buscar a Jamila. Más fotos de moda, más modelos inexpresivas en bosques de coníferas en terrenos rocosos. Su página es un catálogo de su obra, y es eso lo que encuentro sobre ella. Vuelvo a su perfil de Facebook y paso un rato fisgoneando. Cuanto más tardo en dar con algo personal, con más descaro lo intento. Olvido que estoy inmiscuyéndome en su vida personal, y es que estoy decidida a hallar algo; no sé qué, cualquier cosa que me demuestre que Jamila es algo además de fotógrafa. Ya casi al final de su muro doy con ello. Una mujer de nombre Shamala ha escrito: «¡Jammie! ¡Me he enterado de lo que ha ocurrido! ¡Te llevo en mis pensamientos!». Un emoticono doliente cierra el mensaje. Han reaccionado cuarenta personas y abundan los corazones, las manos con gesto de aprobación y caras que lloran. La mayoría de las publicaciones de Jamila suscitan cientos de reacciones. Veo que ha puesto un like en el mensaje de Shamala, pero no ha añadido comentario alguno; ni ella ni nadie. El mensaje es de hace año y medio. Shamala lo debió de escribir poco antes de que Saman y Jamila se instalasen en Kastanjesvingen.

La siguiente en mi lista es Nina Sparre. Su perfil está repleto de citas motivacionales y conmovedoras historias de niños que salen adelante pese a todas las adversidades; o de personas que sin conocerse de nada se demuestran bondad y consideración. Esas publicaciones suelen ir acompañadas de comentarios como «¡Qué hermoso!», y a veces añade algún consejo o moraleja: «¡Esto es lo que sucede cuando nos atrevemos a escucharnos los unos a los otros!». También le interesa la vida del colegio, veo, y lo que publica sobre eso es claramente más informativo. En una ocasión escribe sobre las consecuencias de que los niños empiecen en el colegio a los seis años de edad, o sobre las reformas en materia educativa. Le preocupan los requisitos burocráticos que le imponen a la escuela, pues teme que la carga administrativa les quite tiempo para dar clase. Nina le pone empeño y publica algo a diario, a veces incluso varias cosas. La última publicación es de la mañana del domingo, el día que hallaron a Jørgen. Tiene que ver con una madre soltera que no tiene dinero para comprarle una bici a su niño y de cómo los vecinos se juntaron para comprarle precisamente la que el crío quería. «¡Cuidemos los unos a los otros!», escribe Nina en su publicación. Después de eso, no ha escrito nada más.

El perfil de Facebook de Merete no es particularmente activo. Tiene un montón de amigos y muchos de ellos le dan like a lo que publica, que no es mucho. Hay enlaces a artículos periodísticos de actualidad o sobre arreglos musicales o exposiciones de arte. De vez en cuando, alguna foto de Filippa, siempre de espaldas a la cámara: Filippa esquiando en un hermoso paisaje de invierno, Filippa tomando el sol recostada contra una pared de roca desnuda de toda vegetación. Hay pocos comentarios.

Voy al perfil de Åsmund. La foto de perfil es de un viaje de vacaciones con unos amigos; debe de ser de hace seis o siete años. Luce gafas de sol y una sonrisa enorme; se le ve libre y feliz. Sigo página abajo mirando fotos que ha subido, o publicaciones en las que lo han etiquetado sus amigos. Trato de imaginar cómo interpretaría yo esto si fuera su vecina: tiene montones de amigos que lo aprecian. Le gusta ver deportes en la tele. Está orgulloso de su bici eléctrica. Se esmera en su trabajo, pero sin pasarse. Sueña con viajar de vacaciones a destinos exóticos y con ver a su equipo ganar la Premier. ¿Es esto lo que me quedará de él si me vuelve la espalda?

Paso a Emma. Su foto de perfil está tomada con filtro, con sombras marcadas y mucho contraste, lo que la deja irreconocible. Es bonita, pero tiene un aspecto muy común. Eso es todo lo que veo. «La información de este usuario es privada», dice. Clico para refrescar la página, como si fuera a servir de algo. Emma no es privada; no para mí. Somos amigas en Facebook. Esa era la condición para dejarle abrirse un perfil tres años atrás, antes de que tuviera la edad.

La ansiedad se me mete en el cuerpo mientras cojo el móvil para comprobar si ocurre lo mismo en otras plataformas. Se me acelera la respiración y siento un ligerísimo cosquilleo en la punta de los dedos. Me ha bloqueado también en Instagram y en Snapchat. Para la reunión de padres de hace un par de meses en el colegio Bakkehaugen, Nina invitó a una psicóloga del ayuntamiento a dar una charla sobre los jóvenes y su consumo de internet. Hablad con los críos de lo que hacen en la red, exhortaba la psicóloga. Abrid cuentas en las plataformas que ellos usen y seguidlos. Mostrad interés por su vida en la red. Mostradles que también estáis en internet para ellos, tanto como en la vida real. Que entiendan que pueden acudir a vosotros. Y así sucesivamente. La psicóloga era joven, recuerdo; no tenía pinta de tener hijos adolescentes. Fijo la mirada en el hostil texto en la pantalla. La información de este usuario es privada. No me permite el acceso. Emma me ha bloqueado.

Me despierta el portazo de la puerta de entrada. Al principio me encuentro desorientada; estoy tendida en el sofá y ni siquiera me he dado cuenta de que me había quedado dormida. Tengo el cuerpo dolorido y rígido, y siento la lengua pastosa.

 

—Hola —saludo.

Me sale una voz grave y quebrada, ajena, como si en las profundidades del sueño existiese otra versión de mí misma: una yo nocturna que no conozco de nada. Tengo que toser y expectorar para aclararla.

—¿Mami? —dice Emma asomándose al salón—. ¿Qué haces aquí a estas horas?

—¿Qué hora es? —pregunto, y siento que mi voz de siempre vuelve a su lugar; mi yo diurna emerge de las sombras.

—Las tres y cuarto —responde.

Me incorporo para quedarme sentada al tiempo que me estiro para desperezarme. Emma se dirige a la entrada; la oigo quitarse las botas y luego vuelve al salón.

—¿Has estado durmiendo? —inquiere, y frunce la frente.

—Sí. Anoche dormí mal.

Bostezo.

—He ido al médico. Me ha dado la baja por enfermedad, así que me quedo en casa unos días. Por la historia del gato, ¿sabes? —Las arrugas de su frente se acentúan. Trago saliva y añado—: Y lo de Jørgen.

Se le alisa la frente; aprieta los labios y pone esa cara de superioridad que en ocasiones presenta, como si pudiera mandar a galeras a quienquiera que mostrase la más mínima debilidad, porque a ella, Emma, de trece años de edad, nada le afecta.

—Entonces no estás enferma de verdad —opina.

—No —digo con voz cansada y sin ganas de entrar en esa discusión—. Pero el médico piensa que es preferible que me quede en casa mientras no duerma bien.

No nos decimos más. Se va a la cocina. Sigo con la mirada su figura delgada y su ropa ceñida. Aún le queda algo de niña en su manera de andar, pero se le nota que cada vez menos. Me pregunto cuántos de sus gestos son calculados. Ya he visto a estas adolescentes haciendo poses. Y he visto a Emma y a sus amigas —la última vez en el ensayo de la obra en el colegio, el pasado fin de semana— adoptando ciertas posturas entre ellas y para ellas, moviendo las caderas, sacando pecho y meneando el culo de lado a lado para hacer reír a las amigas. Son gestos exagerados, pero no solo eso. Están ensayando. Quieren comprobar hasta dónde los pueden llevar, añadiendo a sus movimientos detalles de su propia cosecha. Quieren que los chicos las vean. De modo que, en parte, lo hacen por los chicos, pero también para las chicas. Se pavonean las unas ante las otras, y por lo que me ha parecido ver, se pavonean en particular ante Emma. Las risotadas desdeñosas que ella suelta sin piedad, sobre todo ante las más débiles, bastan para exiliarlas al perímetro exterior. Y ahora me ha bloqueado a mí. Tendré que decirle algo sobre eso. La sigo a la cocina y veo que está buscando algo en la nevera. Me pregunto qué debería decirle, si preguntárselo o hacerme la tonta y comentarlo como si se tratase de un error. O tal vez debería hacer que se enfrentara a la situación. Trato de predecir su reacción ante una y otra posibilidad.

—¿Qué buscas? —pregunto.

No me contesta y sigue revolviendo los estantes. Se yergue en la punta de los pies para alcanzar el más elevado. Es muy alta. En eso ha salido a mí. Åsmund y su hermano son de estatura media, pero tirando a la franja baja. Ambos son corpulentos. Emma es delgada, como lo era yo a su edad. Saca el chocolate en polvo del armario y me lo muestra a modo de respuesta, y yo en silencio retiro lo que había pensado sobre su postureo calculadamente femenino, pues se va a hacer un chocolate con leche a la vuelta del colegio. Me siento a la mesa de la cocina y la observo mientras vierte la leche, agrega tres cucharadas de chocolate en polvo y agita la mezcla haciendo que la cucharilla tintinee leve y nítidamente contra el vidrio del vaso. Devuelve la leche a la nevera y el chocolate al armario, y la veo vacilar un instante antes de sentarse delante de mí a la mesa.

—¿Y? ¿Qué tal el cole?

Se encoge de hombros.

—Bien.

—¿Qué has tenido?

—¿Qué quieres decir?

—¿Qué asignaturas?

Otro encogerse de hombros.

—Noruego, matemáticas, inglés. Lo de siempre.

—¿Y has aprendido algo?

Se echa a reír. Pero no como se ríe con Åsmund. Es más contenida; es una risa pensada para demostrarme algo.

—De verdad, mami. No hace falta que te esfuerces.

—¿Que me esfuerce en qué?

—En hacer como si te interesara.

—No hago como si me interesara —respondo pensando en su Facebook, cerrado para mí, y en la joven psicóloga: mostrad interés por su vida en la red —. Eres mi hija, por supuesto que me interesa lo que pasa en tu vida.

—Vale —contesta levantando la mirada al techo.

—Lo que haces y cómo te va son cosas importantes para mí —continúo casi alzando la voz.

Emma da un largo suspiro.

—De acuerdo —replica—. Tampoco quise decir eso.

—¿Y qué has querido decir?

—Solo que a ti no te interesa mucho el cole y esas cosas. Y no pasa nada, mami, no tienes por qué interesarte. No tiene importancia.

Pero no estoy de acuerdo. «Mostradles que también estáis en internet para ellos, tanto como en la vida real».

—¿Acaso no participo en la escenografía de la obra en el colegio? ¿No participo en el voluntariado y en las reuniones de padres? ¿No te pregunto por tus notas?

—¡Por Dios, mamá! —exclama—. Venga, ¿quiénes son mis cuatro mejores amigas? A ver.

—Saga, Thea —empiezo—. ¿Carina?

—Carina —repite Emma con desdén.

—¿Filippa?

—Mami —dice—. Filippa y yo en realidad no somos amigas.

—¿Habéis reñido?

—Reñido no —indica despacio—. No encajamos. Eso es todo. Es muy presumida.

—¿Presumida?

—Sí. Es penoso, eso de creerte que todos te quieren.

Emma me dedica su mirada más límpida. Hay en ella una tensión que no acabo de comprender. ¿Me está desafiando? No veo por qué lo haría.

Trato de imaginármelas en el colegio. A Filippa, tan guapa y heredera de la elegancia innata de su madre. A su lado, Emma es corrientita, me digo, y la verdad es que nunca me lo había planteado de esa manera, pero ahora que lo pienso me doy cuenta de lo que durante años he estado dando por sentado. Del mismo modo que yo soy corriente comparada con Merete.

—¿Hay algo entre Simen Sparre y Filippa? —pregunto.

Emma me mira boquiabierta un instante. Luego cierra la boca y dice sin vacilar:

—No que yo sepa.

Pero se ha sonrojado. Ahí hay algo.

—Pobre chica —digo—. Imagínate perder a tu padre de esa manera. — Emma guarda silencio. Bebe su leche con chocolate—. ¿Y tú cómo lo llevas, cariño? —pregunto, y tiendo el brazo hacia ella para acariciarla—. Con todo lo que ha ocurrido en la casa.

Me mira.

—Yo estoy como siempre —responde—. Supongo que lo veo como algo que no me incumbe.

Cabeceo con un gesto de asentimiento. Retiro la mano.

 

Más tarde, una vez que Emma se ha sentado en el salón con los ojos pegados al iPad, me digo: ¿qué es lo que ha dicho acerca de lo que le pasó a Jørgen? «¿Supongo que lo veo como algo que no me incumbe?». ¿O hizo hincapié en el objeto de la oración? Supongo que lo veo como algo que no me incumbe a mí. ¿A diferencia de quién, de Filippa? ¿O tal vez hablaba de mí? No hay manera humana de que esté al tanto, creo. No, no puede saberlo. Jørgen y yo siempre fuimos precavidos. Puede que no lo suficiente, como aquella vez con lo del vigilabebés, pero ella no se percató de nada en aquel momento, y solo ocurrió esa vez. No puedo ni imaginarme que esté enterada.

Y, sin embargo, hay algo en su mirada, esa superioridad moral. Emma exhibe una calculada indiferencia ante el asesinato de uno de nuestros vecinos. ¿Qué debo pensar yo de eso?

—Hay un montón de reporteros ahí fuera —comenta Åsmund a la hora de la cena.

—Ah —digo.

—Me han parado tres veces desde la acera hasta aquí. Creo que es por lo del gato.

—Los niños —le indico con un gesto hacia Lukas.

—Y por lo visto la policía ha dado una rueda de prensa, y afirman haber hecho algunos hallazgos y que se interesan por algunos individuos del vecindario o algo así. —Y añade sin pausa—: ¡Qué locura! —Cabecea con incredulidad.

—No habrás hablado con ellos, ¿no? —inquiero.

—Pues…

—Åsmund —replico.

—… una de la tele era tan joven —se justifica—. Comentó que para la gente es importante hacerse una idea de cómo se viven estas cosas.

Me viene una imagen de la reportera del flequillo que me encontré hace un par de días, la que me sostuvo la verja para que pasara con la bici. ¿No me había dicho tres cuartos de lo mismo?

—No he dicho nada malo —manifiesta—. Solo que estábamos en estado de shock y que jamás habríamos creído que algo así pudiera ocurrir aquí, y cosas por el estilo.

—Bien. Entonces vale —digo.

—¿Quién sabe si estos no serán nuestros quince minutos de fama? — comenta con una sonrisa interrogativa, como quien dice: ¿podemos hacer bromas de esto o es demasiado pronto?

Sonrío un poco. Muy a mi pesar.

—Papi —lo llama Emma, cuya sonrisa es más amplia que la mía—. No creo que las noticias de asesinatos sean el mejor terreno para ti.

También la sonrisa de Åsmund se ensancha, y a mí se me encoge el corazón. Puede que esta sea nuestra última velada como familia completa. Como familia feliz, además. Perfecta no, pero una familia normal. Con sus bromas amistosas y su charla a la hora de estar a la mesa. ¿No dicen que la felicidad está en esas pequeñas cosas?

He escogido mis palabras, por decirlo de alguna manera. Solo necesito dar con un punto de partida; el resto ya vendrá por sí solo. Lo voy a hacer esta noche. No puedo seguir dándole largas al asunto. De todos modos, terminará por saberlo. Eso es lo que ha dicho Ingvild; y que, cuanto más tarde lo haga, peor será.

Es tan raro verlo enojado. No logro acordarme de la última vez que se enfadó conmigo. Sé que ha sucedido. Hemos reñido, como todos los matrimonios. Pero no creo haberlo visto nunca enfurecido. No puedo ni imaginarme cómo va a reaccionar a esta clase de noticias.

—Papi —dice Lukas—. ¿Vas a salir en la tele?

 

«Rikke —escribe Jamila—, ¿de verdad has encontrado tú al gato?». Tres caritas sollozantes siguen a la pregunta, y luego el emoticono de una cabeza en trance de explosión. Suspiro. Åsmund lleva a Lukas a dormir y yo lo aguardo sentada en el salón, lista para hablar. Bueno, tampoco es que esté sentada, a decir verdad, porque no paro de arrastrar los pies hacia la cocina y de vuelta al salón, ansiosa. Siento en la garganta, el pecho y el estómago un abismo deshabitado, sin cuerpo, nada más que un abismo inmenso y resonante de ecos. Si me estoy quieta me voy a desinflar, y por eso no paro de un lado a otro. Voy de la cocina al salón recogiendo cosas, poniendo orden aquí y allá, y de regreso a la cocina.

De verdad que me supera lo de contestar a Jamila. Dejo el teléfono. Me dirijo a la cocina y le paso un trapo a la mesa una vez más. Oigo crujidos en nuestra escalera. Lo oigo entrar en el salón. Inspiro una larga bocanada de aire. Allá vamos. Esto es ahora.

Cuando entro ya ha encendido la tele.

—Hola —dice.

—Hola —saludo con voz leve como la brisa.

Él comenta:

—Tengo que ver si de verdad salgo en las noticias. Nunca en mi vida he salido en la tele.

Yo digo:

—¿Åsmund? ¿Te puedo hablar de una cosa?

—Sí —responde él volviéndose a mirarme.

Con esa cara suya, redonda y bondadosa. Es preciso que me preserve de los sentimentalismos. No debo invocar su imagen de cuando estaba en el colegio; el colegio al que llegué sola, sin conocer a nadie, donde me pasaba el tiempo sola hasta el día en que, en clase de ciencias naturales, se volvió hacia mí y me dijo: «Quiero estar en el mismo grupo que tú». Åsmund el bueno. Åsmund el popular. Se había percatado de que alguien se hallaba marginado y me acogió en su círculo. Porque eras la más mona de la clase, me dice cuando se lo recuerdo. Tampoco es que lo hiciera por pura generosidad, pero me acuerdo de la inmensidad de mi alivio: alguien me dirigía la palabra. Y también de lo que, al hacerlo, Åsmund les demostró a los demás. Él me había escogido. Miradla, les dijo. ¿Cómo es que no la habíais visto?

Y entonces me vieron. Todos ellos. Es en esto en lo que no debo pensar.

—Solo quería decir…

Me mira atentamente. Y entonces vacilo; estoy a punto de encerrarme en mis brazos, pero en ese instante vuelve la vista al televisor.

—Esa es nuestra casa —indica.

Y es verdad que la casa amarilla aparece en la pantalla, como fondo para la reportera del flequillo. Al pie de la imagen, el titular dice: «Novedades en el asesinato de Tåsen». Nuestra casa se ve inesperadamente pequeña en televisión. No tan chic como me pareció la primera vez que la vi: acogedora, para nada ostentosa, pero sí costosa y bien mantenida. Ahora parece una patética casucha en una loma. Quizá tenga que ver con los filtros.

Y aparece Åsmund. En la tele se le ve distinto. No exactamente más bajo, pero sí más serio. Impone más. Como si se tratara de un señor al que yo no conozco y que está dando un testimonio que merece la pena escuchar. Han cortado las preguntas de la reportera para que dé la impresión de que el entrevistado habla por propia iniciativa.

«Es muy desagradable —explica el Åsmund de la tele—. ¿Cómo no iba a serlo? Los chavales han cogido miedo con esto del gato; y es que algo de macabro sí que tiene el asunto».

Se oye fuera de cámara la voz de la reportera:

«¿Y lo ves como algo relacionado con el asesinato del pasado fin de semana?».

El Åsmund de la tele frunce el ceño, como quien realiza un intenso esfuerzo mental. Parece más viejo, me da la impresión, y me sorprende: tiene aspecto de adulto. Es un adulto, ni siquiera un joven adulto.

«Bueno —contesta—. Esa es una pregunta para la policía, pero qué duda cabe de que da que pensar. Este es un barrio muy tranquilo y seguro. Hace ya unos años que vivimos aquí, y nunca antes había pasado nada. Y ahora han sucedido dos cosas, una después de la otra, y en muy poco tiempo».

Se le nota intranquilo. Ahora cortan la imagen y pasan a la rueda de prensa de la policía. Está hablando una mujer de uniforme. Tiene un marcado acento del noroeste; las consonantes saltan sincopadas en su boca. No la he visto aquí, en la casa, y por el cargo que la identifica da la impresión de que está en lo alto de la jerarquía, así que quizá no se dedique al trabajo de campo. A su izquierda veo a Gundersen. Va vestido de uniforme, y ahora parece otro, distinto al de esta mañana. Su aspecto es más esmerado. Y está casi guapo. No dice nada, pero se le ve muy atento a lo que comenta la mujer que habla.

—¡Anda que no! —exclama Åsmund—. Mi debut en la tele. ¿Qué me dices, Rikke? ¿Lo he hecho mal?

—Para nada —respondo—. No. Has estado muy bien.

«La policía investiga el vecindario», dice la frase al pie de la pantalla. Es lo que alcanzo a leer hasta que Åsmund apaga le tele y se vuelve hacia mí.

—Querías hablar de algo —menciona.

—Sí —replico, y trago saliva. Hay algo que me incomoda en cómo estamos. Él sentado y yo de pie. Paso delante de él y me instalo en el sofá, pero tampoco me hallo a gusto sentada. No sé dónde poner las manos.

Este es el momento. La tele apagada y los niños dormidos. No habrá interrupciones. No habrá nada que lo impida. Tendría que haber aprovechado esa excusa, pienso un instante. Tendría que haber echado marcha atrás con su aparición en la tele; habría sido la ocasión perfecta para dejarlo estar.

—Había una cosa que te quería decir —comienzo.

—¿Sí?

Por un instante pienso en cuando Emma participó en una demostración de gimnasia en el colegio. En medio de un ejercicio se la vio vacilar, poco segura de tener el movimiento totalmente bajo control. A continuación perdió pie y le salió mal el remate del ejercicio. No se puede vacilar. No se puede estirar el momento. Hay que hacerlo y punto, como si no tuvieras miedo.

—Sí —digo—. Verás.

Pero tal vez sea en el momento de vacilación cuando se falla el remate. Me aferro a esta idea con avidez, a dos manos. Sí, puede que sea así. Quizá el barco de esta conversación haya zarpado ya a causa de mi vacilación. Y lo último que quiero es un mal remate. Quiero las mejores condiciones posibles.

—Verás —repito, y añado atropelladamente—: Hoy he hablado con Emma sobre las cosas que han pasado, ya sabes. Quería hacerme una idea de cómo lo está viviendo. Hasta ahora se ha mostrado tan… ¿cuál es la palabra? Tan indiferente a todo. A decir verdad, hasta me ha asustado un poco. Es como si le diera absolutamente lo mismo.

Åsmund asiente con gesto pausado. Me he quedado casi sin aire y procuro disimularlo. Tengo la impresión de que el salón gira a mi alrededor. Me mira a los ojos y hay algo ahora en su mirada. ¿Entiende lo que le digo? Tal vez me esté pasando de intensa. Tengo la respiración acelerada y corta.

—¿Sabes qué, Rikke? —declara—. Yo creo que lo mejor es dejar a Emma en paz con esto. Que reaccione como quiera. Está en su derecho.

Hay algo en su voz que no reconozco. Lo ha dicho con firmeza y ponderación. Dejémosla en paz. Y yo asiento. Y no sé qué pensar.

—Sí —convengo, dispuesta a aceptar cualquier cosa—. De acuerdo. Solo me lo planteaba.

Åsmund asiente también.

—¿Era solo eso? —pregunta.

Durante un instante de vértigo, se hace presente la posibilidad de decir lo que tengo que decir a pesar de todo; es lo que había resuelto hacer y es lo que debo hacer. Pero doy marcha atrás y contesto que sí, que eso era todo. Åsmund sonríe, dice que vale y enciende de nuevo la tele. Y sé que esta noche, cuando no logre conciliar el sueño, me reprocharé amargamente esta cobardía.

El resto de la velada transcurre así, delante de la tele.

¿Está pasando algo? ¿Me dirige Åsmund miradas de perplejidad cuando cree que no me doy cuenta? En el piso de arriba se oyen los pasos de Merete yendo de un lado a otro. Su proximidad se cierne sobre nosotros; el despacho desierto tira de mí con fuerza, y aquí estamos nosotros, viendo la tele como si no hubiera pasado nada, mientras yo siento los latidos de mi corazón en las sienes.

Devoro a Jørgen a grandes bocados; es mío, al menos aquí y ahora, y soy insaciable. Lo quiero todo de él, piel y pelo. Deseo catarlo, engullirlo. Tiro de su cabello con mis manos; le acaricio el cuerpo entero: los músculos de sus muslos y los brazos, la tersa piel de su espalda, la adorable cavidad de su nuca. Quiero saberlo todo de él. ¿De qué tienes esa cicatriz en la pantorrilla? ¿Por qué tienes la uña del dedo meñique partida en dos? ¿Y qué significa la cicatriz que tienes en el lóbulo, es que alguna vez llevaste un pendiente? Pero no he tenido tiempo de preguntárselo. Quiero consumirlo. Soy toda avidez.

 

Luego, tendidos uno al lado del otro en las limpias sábanas blancas de la cama que ocupa casi toda la habitación del hotel, me doy la vuelta para mirarlo y pienso en lo extraño que es conocer estas intimidades de un vecino, de una persona con la que estás destinada a intercambiar naderías amables delante del buzón. A mostrarte naturalmente amigable y a contar anécdotas mientras quitas las malas hierbas del mismo parterre en una de esas operaciones de trabajo voluntario; o a intercambiar trucos de cocina mientras cada uno empuja su carrito de la compra por los pasillos del supermercado Kiwi. Y todo en una relación muy limitada, en la que uno es el vecino de, el padre o la madre de; uno que vive arriba o abajo. Deslizo los dedos por el cabello ondulado y rebelde de Jørgen y le pregunto en qué está pensando. Él se incorpora apoyándose en los codos.

—Estoy pensando —contesta— en que este viaje a Bergen ha sido una idea estupenda.

 

Algo que casi nunca se menciona cuando se habla de esta clase de historias son los aspectos de logística que entrañan. El momento y el lugar. Y de los dos, el lugar es el más problemático, sobre todo tratándose de vecinos. No había lugar seguro donde Jørgen y yo pudiéramos compartir una cama. Una vez lo hicimos en su coche; otra noche entramos a hurtadillas en un despacho del coworking que había alquilado. En un par de ocasiones nos lo montamos cuando tanto Åsmund como Merete habían salido, y entonces yo subí a su piso. Era arriesgado, pues, por mucho que nuestras respectivas parejas no estuvieran, la casa de Kastanjesvingen es un colador de sonidos.

Pero vernos fuera sí que era posible. Habíamos dado con un restaurante italiano en Enerhaugen, un lugar al que ninguna de nuestras parejas iría. Nos sentamos frente a frente a una mesa con mantel de cuadros rojos y nos empezamos a conocer. Me dijo que había crecido en pleno centro de Oslo, en un apartamento grande y repleto de libros. De joven había pasado un par de años viajando por su cuenta por Europa, bebiéndose su dinero en Praga; en Bratislava lo asaltaron para robarle lo que llevaba encima, y en Atenas se enamoró de una mochilera italiana. Cuando al fin se quedó sin dinero, pero sin dinero de verdad, hasta el punto de no tener con qué pagarse el desayuno, le pidió unas monedas a su enamorada italiana y llamó a sus padres para pedir más. Como anticipo de la herencia, dijo, lleno de esperanza. Su madre le contestó que ni hablar, que tenía que volver a casa. Lo único que estaba dispuesta a pagar era el billete de tren de regreso a Oslo, e incluso eso se lo tendría que reembolsar. Así se hallaba Jørgen, en una cabina telefónica en Atenas —la cuna de la civilización, añadió con una sonrisa—, cuando descubrió que aquello era el fin de la infancia. Aceptó el préstamo. Regresó a Noruega y se matriculó en la facultad de Periodismo.

—¿Te has arrepentido alguna vez de aquello? —pregunté.

Él soltó una risa y declaró:

—La verdad es que me arrepiento de muy pocas cosas.

Yo le hablé de mi infancia en la pedanía a orillas del bosque. Mi hermana menor era entonces toda una estrella, le dije. Cantaba en la tele y habían publicado unos discos. Y su carrera, cada vez más aventurera, exigía cada vez más de la familia: de mis padres sobre todo, pero de mí también. Mi tarea consistía en estar bien, en pedirles lo menos posible. Sonreír cuando los amigos compraban sus CD y me pedían que se los hiciera firmar. Decir «genial» cuando profes, entrenadores y vecinos me preguntaban, todos ellos con aquella sonrisa de idiotas, que cómo era ser «la hermana de Caroline». Podría pensarse que aquello me resultaba molesto, le dije a Jørgen, pero no lo recuerdo así. Para mí era más bien una cosa risible, una tontería. Lo que sí hice fue apuntarme a secundaria en la otra punta del municipio, donde nadie me conocía, así que a lo mejor sí que me molestaba un poco.

—Creo que aquello contribuyó a que me enamorase de Åsmund —dije—. Que para él mi hermana no fuera objeto de ninguna admiración. Cuando lo llevé a casa para presentarlo en familia, pasó una hora y media hasta que se le ocurrió algo que podía preguntarle a mi hermana.

Aparte de eso, apenas mencionaba a Åsmund: conté muy pocas anécdotas sexuales o románticas. Yo no tenía mochileros italianos de los que hablar. En aquel momento me sentí casi avergonzada. No por Åsmund. Puede que no sea tan leído como Jørgen; no escribe en los periódicos ni tiene opinión alguna sobre Afganistán, pero es un tío estupendo. Mucha gente pensará que soy afortunada. Solo que su vertiente de persona media me quitaba luz; proyectaba en mí una tonalidad gris. De haber vivido yo algunos años locos en la veintena, si me hubiera enamorado de músicos y actores y de mis profesores, y si en aquellos años me hubiera ido a la cama con este y con aquel para volver a casa por la mañana como si tal cosa, en ese caso Åsmund habría resultado ser una elección por completo comprensible. Entonces quizá habría despertado una mañana, ya en la treintena, y me habría dicho «Hasta aquí hemos llegado», como suele decirse, y, más que por eso, habría sentido un deseo de «sentar la cabeza», de encontrar a alguien con quien compartirlo todo. Y de haber conocido a Åsmund entonces, en una fiesta de amigos comunes, igual habría pensado: A ver, ¿no es esto lo que me ha faltado siempre?, ¿no es este amiguete de la adolescencia precisamente lo que necesito? Y en ese momento habría aceptado el paquete entero; nos habríamos casado, habríamos tenido hijos y habríamos comprado un apartamento en Kastanjesvingen. En ese caso Åsmund habría venido a completar el cuadro, como quien dice. Pero haberlo elegido de tan joven, y haberme mantenido fiel a mi elección, ¿qué dice eso de mí?

Por eso prefería hablar de mi trabajo. Le hablé de mi idea de tesis doctoral, de apoyarme en la economía conductual, esa intersección de la economía y la psicología, para estudiar los comportamientos asociados al clima. De los hallazgos del estudio, de los experimentos que ahora preparábamos.

—Estoy estudiando las contradicciones en que incurrimos cuando hablamos del clima —conté—. Como cuando en el restaurante o en la frutería preguntamos si tal o cual fruta es ecológica, y nunca cuestionamos la ecología de un mango que aparece en Noruega en enero. Es lo que se llama disonancia cognitiva; la desazón que sentimos cuando hay un desfase entre lo que pensamos y lo que hacemos. Para nosotros es muy incómodo, porque tendemos a considerar que somos coherentes. Por no decir que nos guiamos por la razón y la moral. De modo que tratamos de expiar la disonancia, de ser posible embelleciendo la situación, para no tener que modificar nuestro comportamiento. Es fascinante ver cómo un mínimo de manipulación nos hace capaces de creer en dos cosas opuestas a la vez.

—¿Y hay alguna disonancia en tu vida? —preguntó Jørgen desde el lado opuesto de la mesa de mantel de cuadros rojos. Le respondí con una sonrisa, y él añadió—: Sin duda que no. Das la impresión de tenerlo todo muy claro.

—Bueno —repliqué yo—. Me he echado un amante.

Me arrepentí en cuanto lo dije. Parecía una palabra tan grande, tan melodramática. Tal vez fuese una tontería ponerle un nombre a aquello. Salvo por aquella noche de enero, llevábamos casi cuatro semanas sin vernos y la relación era aún nueva, aún intacta, y la verdad es que nunca habíamos hablado de esta en esos términos. Pero Jørgen echó la cabeza a un lado e inquirió:

—Un amante. ¿Y eso no es bueno?

—No lo sé, si quieres que te diga la verdad —contesté mientras jugaba con la vela que ardía en el centro de la mesa. Me había puesto a quitar estearina con las uñas—. Hay quien diría que es inmoral.

Jørgen sonrió y le vi el espacio entre los dientes.

—No tú, espero.

—No —negué alargando la sílaba un poco.

—¿Sabes qué? Hay una cosa que siempre me ha parecido bonita de esa palabra. Amante: el que ama. Yo quisiera ser ese.

Más tarde, esa misma noche, me habló de un viaje a Bergen que tenía que hacer la semana siguiente y, adelantando la mano por el mantel de cuadros rojos, preguntó, como en broma, si no era esa semana precisamente cuando yo tenía que viajar a Bergen por trabajo. Mira tú por dónde: hay un equipo de investigación de la Universidad de Bergen con el que me interesa hablar. Puedo ponerme en contacto con ellos y organizar una reunión.

 

Ya en el autobús, camino al aeropuerto, estoy como una chiquilla en Navidades. Tamborileo con las manos en el asiento; compruebo mi teléfono cada dos minutos; sonrío de oreja a oreja sin razón, tanto que me escondo de los demás pasajeros girándome hacia la ventanilla, y en esa dirección sigo sonriendo al asombroso y radiante sol de marzo, a las colinas, a los fiordos y a los puentes, a las casas colgadas de las rocas. Y sonrío hasta que el autobús cruza el fiordo de Pudde y ya estoy aquí, ya casi he llegado al lugar donde me espera. Avanzo al trote por el Strandkaien hasta el hotel de la calle C. Sundts. El joven que atiende en recepción echa un vistazo a la pantalla y dice que sí, que el otro huésped ha llegado. Me da una tarjeta magnética y llamo a un ascensor que no se da la prisa que debería. No me puedo estar quieta. Y cuando abro la puerta ahí está, de pie en medio de la habitación, alto y sonriente. Me dice: pasa, te estaba esperando. Y me tiendo entre sus brazos.

 

Luego salimos a comer algo. Jørgen ha reservado una mesa en un restaurante de Bryggen. Está situado en pleno centro de la ciudad, y no escondido en un barrio que gente como nosotros rara vez visitaría, como los restaurantes que solemos escoger. Nos cogemos de la mano por encima de la mesa. Cualquiera que nos mire creerá que somos una pareja de enamorados. Nuestros vecinos de mesa tal vez piensen que estamos casados. Quizá se digan que nos hemos escapado un fin de semana solos, sin los niños. O a lo mejor suponen que no tenemos hijos, que somos de esas personas que prefieren viajar, escribir, investigar, desayunar en un bar y beber amarone hasta las tres de la madrugada un jueves por la noche en lugar de cambiar pañales y echar una mano al grupo de teatro del colegio.

Caminamos de regreso al hotel cogidos de la mano. Vamos un poco achispados y nos interrumpimos el uno al otro sin parar. En Vågsallmenningen hay unos mariachis tocando, y uno de los músicos nos dice algo a gritos en un inglés macarrónico; no lo entendemos a la primera y Jørgen se para, riendo, y le pregunta qué ha dicho. El señor trata de repetirlo en algún idioma del este de Europa y luego lo intenta de nuevo en inglés: In the love, you are… in the love! Jørgen y yo nos echamos a reír, igual que el músico, y Jørgen le pregunta qué están tocando. «No. No. Nada de lo de siempre, ni La paloma, ni La lambada, ni nada de eso. ¿Qué otra cosa os sabéis? ¿Alguna de The Clash? ¿No? ¿Y de los Rolling Stones?». Los Stones, dice el hombre: Yes, yes, pleased to meet you. Yes, yes, grita Jørgen; los tres nos echamos a reír y el mariachi se pone a tocar Sympathy for the Devil con acordeón y trompeta y todo lo demás. Jørgen me coge de la mano y me hace dar una vuelta. Tenemos que bailar, Rikke. Es de mala educación no bailar. Y yo me río tan fuerte que me cuesta no caerme.

Y es todo muy sencillo. Eso es casi lo peor: que es algo que apenas exige introspección. Vuelvo a Oslo un día antes que Jørgen para no despertar sospechas. Estoy de buen humor. En el aeropuerto compro chucherías para los niños. Cuando Åsmund me pregunta qué tal me ha ido, le cuento la verdad, que el equipo de Bergen se mostró muy receptivo, pero que más adelante se verá, aunque con esas cosas nunca se sabe. Y cuando me pregunta qué tal me lo he pasado, aparte del trabajo, le cuento que me llevaron a un restaurante en Bryggen, y qué divertido lo que nos sucedió a la vuelta, que pasábamos delante de un mariachi y el jefe del equipo de Bergen convenció a la banda para que tocaran Sympathy for the Devil, la de los Rolling Stones. Åsmund se echa a reír a carcajadas y yo me digo: Pensar que es tan fácil… Si en los momentos de más serenidad he llegado a reflexionar sobre la relación que llevo y sobre que la culpa que siento me carcomerá al punto de llevarme a confesar, aunque sea para no ahogarme en ella, lo cierto es que no me cuesta nada contarle historias. Se me descuelgan de la boca como las cosas que comento a diario, y no siento culpabilidad cuando me encuentro acostada a su lado en nuestra cama de matrimonio aquella noche.

—Hueles distinto —dice, y me recuesta la cabeza en el hombro.

—A jabón de hotel —respondo, y le doy un beso en la frente.

Sin la menor dificultad. Casi me decepciona que no me cueste más.