La comunidad

Helene Flood · Capítulo 12 de 16

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La comunidad

Tercera parte. «Hello, darkness»

Tercera parte

 

Hello, darkness

Segundo sábado

La funcionaria policial parece cansada. Para compensar su aspecto, se ha aplicado un lápiz de labios de un tono rojo intenso. Hay rueda de prensa, y todos los que pintan algo en los medios de comunicación están allí reunidos. Ponga el canal que ponga, abra el periódico que abra, su foto aparece en todas las primeras páginas. Cansada y seria. Se me ocurre que es para señalar que están trabajando con constancia y sin pausa, que la verdad será revelada.

«El sujeto, de diecisiete años de edad y que fue detenido con fecha de ayer, ha sido puesto en libertad —dice mientras los destellos de flash bailan en su rostro—. Aún se le considera un testigo, pero queremos poner de manifiesto que ya no es sospechoso de estar implicado en el caso del crimen de Tåsen. No obstante, sigue siendo un testigo de excepción en un caso, no relacionado con el anterior, de crueldad animal. La fiscalía presentará sus cargos a lo largo de la jornada».

—Rikke —me dice Åsmund alzando marcadamente las cejas—. Los niños.

Pero no puedo parar. No puedo apartar la vista de la pantalla.

«¿Se refiere a la aparición de gatos muertos en el mismo vecindario?», pregunta un reportero que no sale en pantalla. «No puedo responder a esa pregunta», dice la mujer.

Lukas se ha traído todos sus dinosaurios; se ha sentado en el suelo del salón y los ha dispuesto a lo largo de la alfombra. No dice ni una palabra. Åsmund me echa un vistazo. Un periódico en la red ha dado con una foto de Simen. Sus ojos aparecen desenfocados, pero se le ven bien la boca y la nariz. La foto tiene un fondo de color azul mar, de los que suelen usar los fotógrafos de colegio. Sonríe. Lleva capucha. Presenta algún que otro grano en el mentón. Me pregunto qué impresión me habría dado de ser yo ajena a esto, qué lectura habría hecho del retrato de no haberlo conocido en persona. ¿Habría visto a un chaval? ¿O habría visto a un desadaptado que segrega espuma de rabia detrás de ese cutis granujiento, que odia a las chicas que lo evitan a toda costa, así como a los chicos que se creen mejores que él y a un vecindario que personifica y promueve un tipo de éxito que, según él, está fuera de su alcance?

Es considerado sospechoso en un caso no vinculado. Las patas del gatito penden flácidas a sus costados; la cabeza ladeada; el cuello doblado en un ángulo antinatural. No consigo deshacerme de esa imagen. Estoy tan cansada. Ojalá pudiera acostarme y dormir cien años.

 

Para compensar, me concentro intensamente en el desayuno. Hago crepes con plátano y saco distintas clases de mermelada. Muelo café. Puede que Simen siga siendo objeto de sospecha, me digo, al menos de manera oficial. Puede que les faltaran pruebas sólidas sin las que no podían mantenerlo en régimen de detención. Que no las tengan no significa necesariamente que no haya sido él. Y caben otras posibilidades: Svein Sparre, que quiere proteger su agencia de empleo temporal y podría haber provocado a los demás en aquel viaje de caza para luego echarle la culpa a Saman, o tal vez a Åsmund. La mafia del sector de la construcción a la que teme Rebekka Davidsen. Los maridos cornudos de los que sospecha Jamila. Siento que la convicción de que nada de esto apunta hacia nosotros empieza a presentar descosidos —el sueño que tuve, el de la oscura silueta que me resultaba conocida—, pero me aferro a ella pese a todo y la pongo en primer plano mientras bato huevos y frío las crepes. Que no se diga que no sé construir un nido acogedor para mi familia.

Anuncio a voces que el desayuno está servido, y Lukas acude a todo correr.

—¡Crepes! —exclama contento.

Åsmund llega a continuación arrastrando los pasos.

—Qué rico —dice, pero se le nota cansado, o tal vez indiferente.

No parece tan encantado como había anticipado. Siento que el pánico se me cuela dentro. ¿Y si no ha sido Simen y volvemos a encontrarnos en el punto de mira de las sospechas? En ese caso tendré que contárselo. ¿Y si Åsmund me deja? Pero no es momento para las dudas. Las cosas terminarán por arreglarse.

—Se me ha ocurrido que podríamos darnos un gusto —explico.

Lukas se encarama a su trona.

—¿Me sirves? —grita, y estira sus bronceadas manitas de niño hacia las crepes. La tirita que lleva en el dedo índice está algo sucia en los bordes.

—Tenemos que esperar a Emma —indico.

—No creo que Emma venga —comenta Åsmund.

—¿Y eso?

—Por lo visto no se encuentra bien. Necesita estar a solas.

Apoyo una mano en la encimera de la cocina. La cuenta de este usuario es privada. Emma me cierra su puerta. Estas crepes que he hecho para ellos, para ella. Siento un fermento que empieza a burbujear: primero en el pecho; luego en los brazos, en la cara. Se me tensa la mandíbula. Me doy tiempo para recuperar la compostura. Soy buena.

—Aquí no hacemos las cosas así —comento—. Aquí comemos todos juntos. Es sábado.

—Rikke —dice Åsmund con una voz que ya me acusa por lo que se avecina.

Bajo los peldaños de dos en dos. Aporreo su puerta. No responde y toco otra vez.

—Emma —llamo en voz alta—. El desayuno está en la mesa.

No hay respuesta.

—¡Emma! Abre la puerta.

Silencio. Ni con esas.

—Emma, voy a entrar.

Ahora se oyen movimientos ahí dentro. Percibo un suspiro, ruidos de sábanas y pasos lentos y callados que se acercan a la puerta. Lleva el edredón cubriéndole los hombros, sujeto con la mano a la altura del pecho. Vista así, parece una tortuga dentro de su caparazón. Se le ven la cabeza y las piernas enfundadas en el pantalón del pijama, pero, aparte de eso, es toda edredón. Tiene el cabello despeinado; la máscara se le ha corrido en torno a los ojos, con los párpados hinchados, de sueño o de llanto; las mejillas parecen encendidas por el calor de la cama. Así las tenían los dos cuando eran pequeñines, enrojecidos y calentitos al despertar.

—Estaba dormida —dice.

Tiene la voz ronca, pero a mí no me engaña: no estaba dormida. La pose es demasiado deliberada.

—Estamos desayunando —comento, ahora con voz más cariñosa—. Ven a comer con nosotros, anda.

Como una invitación. Un gesto amable, solo para que coma un poco y, también, para que sea vista, oída, reconocida.

—Estaba durmiendo. Es sábado.

—Ven a desayunar con nosotros, cariño.

Estoy a punto de acariciarle la mejilla cuando se echa abruptamente hacia atrás. Mi mano queda suspendida entre las dos; Emma la mira no sé si con miedo o con asco, como si no pudiera imaginarse nada peor que una caricia mía.

—¿Qué te pasa, Emma?

En este momento trato de mostrar interés, pero mi autocontrol es tan escaso que soy incapaz de hacerlo como quisiera.

—Nada —responde con voz poco convincente.

—Está claro que algo te pasa —insisto—. Me has bloqueado en Facebook; no quieres comer con nosotros. Y cuando intento hacerte una caricia en la cara…

—¿Me quieres dejar en paz? —chilla.

Es tan repentino. Es tal la furia de ese grito inesperado que me quedo estupefacta. Doy un paso atrás, como con miedo de ella.

—No quiero comer con vosotros. No quiero sentarme con vosotros. ¿Puedes dejarme en paz de una puta vez?

—Pero, Emma.

—¡Márchate!

Cierra de un portazo en mis narices y yo me quedo mirando la puerta.

De niña le daban rabietas pasajeras. Al principio era de lo más tranquila y estable; resuelta pero previsible. Y luego, al cumplir los tres años, empezó con aquellos ataques. Se tiraba al suelo dando chillidos porque le había cortado el bocadillo de la manera equivocada. O porque no quería que le pusiera este jersey ni tampoco aquel, y me chillaba: ¡¡¡no quiero!!!, con la cara transformada en un socavón y los ojos chorreando lagrimones. Yo me quedaba ahí parada, con un jersey en cada mano, sin saber de dónde le salía aquella rabia. Ignoraba qué hacer con aquella enana enfurecida que tenía delante. En la consulta de pediatría me dijeron que le diera tiempo al tiempo. A esa edad les pasa a muchos, me comentó la enfermera. Que fuera firme pero cariñosa. Le hice caso y me mostré sobre todo firme. Emma no iba a decidir qué comer ni dónde, ni a qué hora se iba a ir a la cama. De las dos, la adulta era yo. Le decía: No, te vas a poner este jersey, y berreaba entonces con más fuerza y se le ponía la cara rojo carmesí. ¡No! ¡No! ¡No!, chillaba. Me pegaba. Yo me enfadaba. No me puedes pegar, le gritaba sin poder contenerme. No puedes. Yo era más fuerte y le metía a la fuerza los brazos en las mangas del jersey. Emma se resistía y doblaba con energía los brazos y abría los dedos para obligarme a malabarismos hasta que conseguía pasárselo por encima. Era difícil. Recurrí a los azotes. Ella vociferaba, fuera de sí. Ya no eran palabras, sino rugidos. Me daba patadas. Me pegaba, me mordía y me tiraba del pelo.

 

No recuerdo cuánto duró aquello. ¿Fueron un par de semanas o varios meses? Únicamente recuerdo aquellas riñas con ella y la rabia ciega y caliente que me bullía dentro. No se va a salir con la suya. Se va a enterar.

 

Abro la puerta de golpe. Emma está a medio camino de vuelta a la cama, envuelta en su caparazón, y se vuelve al oírme entrar, con la boca abierta por la sorpresa, pues esto no había pasado nunca antes, que yo entrase en su habitación cuando ella había cerrado la puerta. Pero la alcanzo de una zancada, la cojo del brazo, tan delgado y pequeño bajo el edredón, y le digo:

—Vas a venir a comer con nosotros. ¿Me has oído?

—No quiero —aúlla.

Le aprieto el brazo y tiro de ella para sacarla de su cuarto. Siento la misma rabia ciega, la mandíbula apretada, los dientes clavados en el labio inferior. No va a salir ganando. No la suelto. Tiro de ella por ese bracito de pollo. No puede decirse que oponga resistencia, pero tampoco se mueve por voluntad propia, de modo que me la llevo remolcada escaleras arriba. Se le abre el edredón, que cae al suelo y ahora lleva a rastras. Está en pijama. Me grita:

—Mami, ¿se te ha ido la olla o qué?

¿Está enfadada o asustada? ¿Le doy miedo? No puedo parar. Estoy más allá del cabreo. Soy su madre y hará lo que yo le diga. No sé cuánto tiempo duraremos, pero mientras tanto aquí hay cosas que no van a cambiar: se va a sentar a la mesa con nosotros y nos vamos a comer las putas crepes. La llevo a rastras hasta la cocina.

—¡Siéntate! —le grito como quien ladra una orden.

Noto sobre mí los ojos de Åsmund y de Lukas, pero no los miro. Le suelto el brazo a Emma y, cuando estoy a punto de sentarme, aprovecha la oportunidad. Se da media vuelta, recoge el edredón y sale corriendo hacia el salón. Corro tras ella, pero me gana. Oigo el cerrojo de la puerta del baño. Tiro de la manilla en vano. La oigo sollozar con un llanto sonoro y violento.

—Emma —chillo—. Emma, déjame entrar. Abre la puerta. Perdóname. No quería. Cariño, ¿me abres la puerta? —No responde. Deja de llorar. A continuación, abre el grifo y ahora no oigo más que el chorro del agua. Quién sabe si estará llorando por lo bajo. Vuelvo a llamarla—: Emma, mi amor, ¿por qué no me abres? —Ahora solo quiero darle consuelo, aunque eso ella no lo entiende así, claro, pero es lo que quiero. Es mi niña. No le voy a permitir que haga lo que le venga en gana, pero tampoco la voy a dejar sola cuando se siente desdichada. Vuelvo a tocar a la puerta—. Emma, anda, sal, por favor.

No sé qué querrá ella, pero yo necesito con desesperación hacer que todo vuelva a su lugar; cogerla en brazos y decirle que lo lamento. Y entonces siento una mano en el hombro. Åsmund está detrás de mí. Su rostro es duro, impenetrable.

—Ya está bien, Rikke —dice.

Sentado en su trona, Lukas nos mira con los ojos redondos y muy abiertos. No dice ni pío.

—Vamos a comer —añade Åsmund quedamente.

Jamila entra precipitadamente en la cocina cuando estoy limpiando la mesa. Hemos comido callados. Emma sigue en el baño y nosotros lo hacemos todo despacio y en silencio, como si el aire fuera de algodón y cada gesto encontrase resistencia. Cuesta levantar un brazo o mover una pierna. Pero Jamila entra a saco haciendo resonar los tacones de aguja de sus botas. Me coge de los brazos con sus manos finas y fuertes.

 

—Simen Sparre ha subido otro vídeo.

—Ah —digo yo aturdida, y al ver que no me embarga la emoción me aprieta con más fuerza y me hace daño. De hecho, me está pellizcando.

—Lo ha puesto hace diez minutos. Acabo de enterarme y me he dicho que podríamos verlo juntas.

—Lo podemos ver en la tele —indico yo sumisa.

¿Qué más da?, me digo. ¿En qué nos puede afectar? Jamila me lleva a rastras al salón. Åsmund parece un poco desconcertado. Ha instalado a Lukas en el suelo con sus dinosaurios y él se ha sentado en el sofá con su móvil; es demasiado cortés para protestar por la visita, por muy invasiva que sea, de modo que se levanta del sofá, coge a Lukas y sus dinosaurios, y se va con todo a la habitación del pequeño. Jamila está manipulando los mandos a distancia. Primero uno, luego el otro; los toca con sus dedos revestidos de uñas acrílicas, pero no consigue lo que quiere y me los tira al lado. Justo en ese instante se oye la puerta del baño. Me vuelvo a mirar y veo a Emma salir al trote y desaparecer escaleras abajo, aún envuelta en su caparazón, de modo que solo percibo los pies y su rubia cola de caballo.

—Emma —la llamo azorada, pero no se detiene; tampoco esperaba que lo hiciera.

Estoy a punto de decirle algo a Jamila a modo de explicación, pero por lo visto ni se ha dado cuenta y no deja de mirar a los mandos, como preguntándose si pienso o no hacer algo para que funcionen. Con gesto lento pulso los botones correctos y la pantalla se ilumina. Oigo una puerta cerrarse abajo.

Jamila pincha en el icono de YouTube y busca Green Gonzo. En la foto del primer vídeo que sale vemos a Simen Sparre sentado en lo que parece una oficina bien ordenada y decorada. A sus espaldas hay un estante con libros, y la luz entra por lo que debe de ser una ventana situada a la izquierda del escritorio al que está sentado. Eso no es la habitación del sótano que da al cuarto de Lukas. Tampoco es otro espacio del apartamento de Nina y Svein. Tiene que ver con el mobiliario, con la luz. Está en otro lugar.

Debajo de la foto pone UNA EXPLICACIÓN, a modo de título del vídeo. Sin adjetivos, advierto, y no se presenta con el nombre de Green Gonzo. Lo escueto del título sugiere seriedad o quién sabe si aplomo. Lo mismo puede decirse de la oficina en la que se encuentra. Simen ha llevado su canal de YouTube a un nivel superior; lo ha sacado del sótano a la luz pública. Debajo del título se ve el número de visitas y de reacciones. Ha colgado el vídeo hace catorce minutos y ya se ha visualizado trescientas veces. Por lo que parece, Green Gonzo cuenta con más de dos mil seguidores. Jamila es uno de ellos, me digo, y ahora todo Tåsen lo está siguiendo. Todos los vecinos. El colegio entero. Los padres de sus amigos, que lo verán con temor y disgusto. Y todos los medios, para poder ser los primeros en comentar lo que sube a la red. Jamila le da al botón de play y Simen cobra vida.

 

«Sin duda estaréis al tanto —dice mirando a la cámara— de que ayer fui detenido en relación con algo que ha ocurrido aquí, en mi comunidad».

Mira a la izquierda, como si hubiera alguien ahí a modo de apuntador. Su rostro es todo seriedad; no hay ni rastro de las payasadas de los vídeos anteriores.

«Es un caso de asesinato —continúa, y se aclara la garganta. Baja la vista al escritorio y la levanta de nuevo hacia la cámara—. En primer lugar, quiero decir que no tengo en absoluto nada que ver con ese caso. Un caso que aflige a vecinos a los que considero amigos y cuya pérdida me apena. Huelga decir que jamás le haría daño a otro ser humano».

Vuelve a mirar a la derecha de la cámara. Lleva una camisa oscura y el cabello peinado con raya a un lado; tiene un aire de hombre adulto y compuesto. Delante de él se ven unas páginas que ojea de vez en cuando. Algo en él sugiere incertidumbre y temor. Está nervioso, me parece. Una mano le tiembla un poco. Pero su voz es tranquila.

«La policía me ha puesto en libertad, y quiero subrayar que no se me considera sospechoso del asesinato de mi vecino. Pero sí que se sospecha de mí en algunos casos de crueldad animal, y es eso lo que me propongo explicar a continuación. —Echa una rápida ojeada al guion y alza los ojos a cámara con la mirada firme—. Antes que nada, quiero decir que lo siento».

Por un instante, pienso en la escena de la ejecución en La ópera de dos centavos, en Mack el Navaja rogando por su vida en el gimnasio del colegio Bakkehaugen. Ahora veo qué tiene Simen que lo hace atractivo. Tiene unos labios preciosos, una mandíbula fuerte y los ojos bellísimos, brillantes y sinceros. Una mirada que no tardará en hacer flaquear las rodillas de las chicas. Tal vez. Si logramos salir de esta.

«Quiero pedir disculpas a las familias de los gatos. Lo lamento de verdad. —Hace una pausa para tragar saliva y guarda silencio durante dos insoportables segundos, tras lo cual yergue la espalda—. Quiero que quede meridianamente claro que los gatos no sufrieron una muerte lenta ni dolorosa. Me importa mucho decir esto. Una sobredosis los puso a dormir. Nunca fue una cuestión de crueldad animal, sino una puesta en escena. Y jamás lo habría hecho de no haber pensado que con ello conseguiría algo importante, algo que podría resultar beneficioso para la comunidad, y quién sabe si para el mundo».

Mira directo a la cámara, a nosotras.

«En mi opinión, la crisis del cambio climático es la amenaza más grave que pesa sobre nosotros, y no estamos haciendo lo necesario para lidiar con este peligro. Ni los artículos de la prensa ni las manifestaciones parecen haber servido para que despertemos. Y eso es causa de una enorme frustración. Así, llegué a pensar que la mejor manera de lograr que la gente reaccione es atacarla en lo que de verdad le importa».

Mira de nuevo hacia la persona o personas situadas junto a la cámara para comprobar que están atentas. Por lo visto lo están. Jamila y yo también. Su oratoria es un poco estirada, pero también se nota que hay algo muy sincero en lo que dice. Sí, creo que Simen Sparre saldrá de esta.

«La… bestialidad de la matanza de los gatos se planeó para provocar conmoción; y les prometo a las familias que sus gatos no sufrieron. Era, puede decirse, un caso en el que el fin justifica los medios. Pero hoy veo que no es así. Mantengo mi motivación, que es la de darles una sacudida a los vecinos de la comunidad y sacarlos del trance al que los ha llevado el consumismo. Pero lamento profundamente el método escogido. Lamento muchísimo el dolor que les he infligido a sus familias y, sobre todo… —Hace una pausa y baja la vista—. Sobre todo a los niños de dichas familias».

Simen aparta los papeles a un lado. Nos contempla con seriedad y luego se vuelve de nuevo a la derecha y, con un gesto, señala que ha terminado. Acto seguido la pantalla se funde a negro.

Jamila se vuelve para mirarme.

—Simen Sparre —dice.

—Sí —replico.

Y no hay más que decir. No sé qué pensar de lo que acabamos de ver. Sigo sin entender a ese muchacho. A lo mejor me faltan piezas, o somos mi cerebro agotado y yo los que no conseguimos reunirlas. Jamila me da su opinión: le ha parecido que se le veía simpático a pesar de lo que ha hecho, que, por descontado, encuentra condenable. Mientras habla, oigo de nuevo un portazo abajo. Alguien sube la escalera a pisotones, con un ritmo y una intensidad que me permiten saber quién sube mucho antes de que asome la cabeza.

—¡Emma! —grito, y me pongo de pie.

Pero antes de darle alcance ya está calzándose en la entrada.

—¿Qué quieres? —dice sin levantarse.

Se supone que quiere mostrar indiferencia, pero no le sale: está enfadada, está asustada. Cuando se yergue veo que tiene la piel alrededor de los ojos inflamada y roja; le da un aspecto extraño. No parece ella.

—¿No podemos hablar de esto? —pregunto.

Estoy a un tris de pedirle disculpas, de abrazarla, de apretarla contra mí. Pero no puedo. Algo en mi cuerpo se niega a tocarla. Ahora se coloca bien recta y me mira a los ojos. Ya somos casi de la misma estatura.

—Si lo que quieres es hablar, por mí perfecto —contesta con voz áspera y dura—. ¿Hablamos de Jørgen? Me había parecido que a lo mejor no te apetecía, pero, si tú quieres, adelante.

El aire crepita entre las dos. Mis ojos recorren alocadamente su rostro en busca de una base que me permita entender. ¿Qué me está diciendo? ¿Qué quiere decir? Veo en este inicio de conversación una mina explosiva que ha puesto en el suelo que nos separa; puede estallar si nos acercamos, y hay que rodearla con precaución, atentas a cada gesto para que no detone y que no se lleve todo por delante. Pruebo a dar un paso a un lado. Pronuncio su nombre. Siento la voz tenue y llena de aire. El silencio es absoluto. Nos miramos a los ojos, y los suyos me están pidiendo que diga yo algo. Le tiembla la apretada mandíbula.

—Rikke —me llama Jamila a gritos desde el salón.

Me vuelvo en esa dirección una fracción de segundo, y al girarme otra vez Emma está descolgando su chaqueta del colgador.

—Muy bien —dice mirando la chaqueta—. Es lo que me había parecido.

—Espera —le pido, y le pongo una mano en el brazo.

Emma aguarda, dispuesta a escucharme, y por un instante siento la atracción de su mina, las ganas de darle un pisotón, de decir algo sobre lo que ha ocurrido y dejar que la situación encuentre su propio desarrollo. Pero no puedo. Hay demasiado en juego.

—¿Adónde vas? —le pregunto en cambio.

Inspira con una bocanada de desazón. Por un instante parece que va a romper a llorar.

—Fuera. No lo sé. Donde Saga.

—¿Te vas a quedar mucho rato?

—Mami —dice, y ahora sí que está al borde de las lágrimas—. ¿De verdad no me puedes dejar en paz?

Una vez que se ha ido, me quedo mirando la puerta que ha cerrado tras de sí. Oigo el portazo de la del portal y me encuentro por completo exhausta. Puede que la mina haya estallado, después de todo, que haya metralla por doquier, en las paredes, en mi piel, en mi pecho. Contengo el aliento. Todavía puedo arreglar esto. Aún puedo reescribirlo todo. «Hablar de Jørgen», ha dicho, y eso puede significar cualquier cosa. La veo en camisón la noche que me llamó por el vigilabebés.

—¡Rikke! —grita otra vez Jamila impaciente desde el salón.

Y sé que más me vale atenderla. Sé que debo seguir representando este papel: ver y oír a Jamila jugar a ser detectives, seguirle el rollo para que no entienda qué me pasa. Incluso ahora, en este aprieto, tengo que preguntarme qué habrá oído Jamila de lo que ha dicho Emma. Es tanta la vileza, tanto el cálculo, pero no tengo otra salida. Mientras sigo ahí quieta, contemplando el espacio vacío que ha dejado Emma, me digo: ¿Debería acaso abrirme a Jamila y que piense lo que quiera? Por un instante es casi como si estuviera dormida, como si viera la silueta oscura de mi sueño. Como si pudiera, ahora sí, ponerle cara. Y no es la cara de un jefe mafioso de los reportajes de Jørgen. No es Rebekka Davidsen y sus rizos de oro. Ni Svein. Ni Saman. Es Jamila, con sus ojos implacables y sus vaqueros de diseño, su mirada de todo o nada. Es Emma, descalza y en camisón, con su mandíbula apretada y un cuchillo en la mano. Soy yo.

—¡Rikke! —vuelve a chillar.

—Sí —contesto aturdida.

Ni siquiera estoy segura de haberlo dicho. Me observo las manos y veo a Emma allí, de pie en camisón, mirándome. Jamila grita:

—Simen dice que no fue él quien colgó al último gato.

Más tarde, me encuentro sentada a la mesa de la cocina. No estoy segura de por qué o cómo he llegado aquí. Jamila se ha marchado. Vuelvo a contemplarme las manos. Recuerdo cuando bajé de casa de Jørgen la noche que Emma me había llamado por el vigilabebés, cuando me preguntó dónde había estado y conté con dos segundos para resolver qué le iba a decir.

 

Algo debió de despertarla. Después de oír su grito en el vigilabebés, Emma había subido de su habitación al salón. Sin duda me oyó bajar la escalera, pero ¿me habría oído cruzar el salón del apartamento justo encima? ¿Sabía que Filippa y Merete estaban fuera? ¿Habría sido capaz de entender, ella, que era una cría, o casi, lo que suponía mi presencia allí arriba? ¿Qué he estado haciendo?, me pregunto. ¿En qué estaba pensando? ¿Qué clase de persona hace algo así? Lo siento, le digo por lo bajo al aire de la cocina. Lo siento. Lo siento. Lo siento. No hay nada más que decir, y ya es tarde para hacerlo. Lo digo otra vez, en voz más alta ahora, porque no hay nadie en casa. ¿O sí? Emma ha salido, pero Åsmund está aquí, supongo, y Lukas también. Hago un esfuerzo por recomponerme. Echo mano de lo primero que me cruza la mente y me digo: ¿Qué es lo que ha dicho Jamila exactamente? ¿Qué había dicho Simen Sparre? Voy al salón y enciendo el iPad.

Un reportero de un periódico ha logrado hablar con Simen por teléfono, y la noticia se ha extendido como la pólvora desde ese noticiero a todos los medios. El informativo de uno de los principales canales de televisión informa de que el joven activista verde que había sido detenido y luego puesto en libertad en relación con el crimen de Tåsen ha subido a YouTube un vídeo en el que explica sus acciones. En declaraciones al periódico tal y cual, el joven activista ha afirmado no ser el responsable de la muerte del último gato. El canal de televisión presenta la cita del periódico y pone en pantalla la información íntegra, con gráficos y todo, mientras se oye la voz del narrador en la tele hablando, sacando conclusiones y haciendo un análisis.

REPORTERO.— ¿Por qué matar a un gato pocos días después de que se hallara el

cadáver de la víctima de un asesinato en esa misma casa?

EL JOVEN.— Eso no lo he hecho yo.

REPORTERO.— ¿No has sido tú el que ha matado al último gato? EL JOVEN.— Lo que quiero decir es que puede que lo haya matado y congelado yo.

Pero no lo colgué en los buzones. Aquella noche no estaba en casa. Había salido y me quedé a dormir en casa de un amigo. Y yo nunca habría hecho algo semejante después del asesinato de un vecino.

Con un dedo perezoso clico en la página del periódico que ha hecho la entrevista. Es lo que ocupa la primera plana. Lo han separado en partes en función del ángulo: el caso en sí, una entrevista con un experto jurídico que dice algo sobre la relevancia de esas declaraciones, la opinión de un experto en redes sociales sobre el fenómeno Green Gonzo y un sesudo editorial: ¿Por qué decidimos nombrar al joven de YouTube? También hay un enlace al vídeo con las explicaciones de Simen. Ya lleva tres mil visitas.

El cachorro animal con su cuello roto. Y los otros, los que encontré en el congelador; uno de ellos con su collar de fieltro congelado. Cierro los ojos. Por un momento me encuentro entre el sueño y la vigilia, y enseguida siento que comienzan los sueños. Me hallo junto a la hilera de buzones en la bruma. Veo a Simen. Sostiene una cuerda azul y está a punto de colgar algo de ella, pero no un gato, esta vez no. Ahora es una persona, una niña de cuerpo delgado y cabello largo y rubio vestida con un camisón. Una de mis manos se acerca a ella; estoy a punto de apartarle el flequillo para verle la cara, para ver si de verdad es ella.

Åsmund me sacude de un hombro.

—¿Estás dormida?

—¿Dónde está Emma? —le pregunto.

—Creo que ha salido. Yo estaba abajo con Lukas.

—Emma no debería estar fuera por su cuenta —opino—. Es peligroso.

—Tampoco tanto —contesta—. ¿Y qué vamos a hacer? ¿Obligarla a quedarse aquí con nosotros?

—Ahí fuera puede pasar cualquier cosa. Ya en el rellano puede pasar. O en los buzones. Simen Sparre estaba ahí fuera, y Emma también, en camisón. ¿Los has visto?

—¿Cuándo ha sido eso? —inquiere Åsmund.

—¿Iba vestida de calle al salir? —pregunto. Se dibuja en la frente de Åsmund una arruga que no le había visto antes—. ¿Por qué querría Simen colgar a Emma de los buzones?

—Rikke —dice Åsmund—. Me parece que nos tenemos que calmar.

Y hay algo nuevo en su voz. Algo sosegado y amistoso, y sin embargo preocupante, pues nunca antes me ha hablado así, como se le habla a quien ha perdido un tornillo, a quien sufre un brote demencial o psicótico. Esa voz balsámica. Su intención es infundir tranquilidad, pero percibo el fondo de inquietud; veo esa arruga en su frente. Inspiro hondo varias veces. Siento que me mira mientras lo hago y me digo: Cálmate, contrólate. Soy una adulta. Tengo un trabajo importante y publico más que la mayoría de la gente. Tendría que poder respirar con calma.

—Casi no he dormido en toda la semana —comento, y me pongo a temblar.

Åsmund me coge en sus brazos y yo apoyo la cabeza en su hombro. Inspiro su aroma.

—Lo sé —dice en voz baja—. Creo que tengo una de las recetas de mamá en un cajón en la oficina. Si quieres, el lunes la cojo y te compro una caja de somníferos.

Cierro los ojos. Poder dormir. Tomar algo que me deje noqueada. Sin sueños. Tan solo descansar durante muchas muchas horas.

—Sí —asiento, y me yergo—. A lo mejor es buena idea.

Pasamos un rato sentados el uno junto al otro en completo silencio. Mi respiración es más pausada; a Åsmund se le ha borrado la arruga en la frente.

—Perdona por lo de hace un rato.

—Nada —dice Åsmund—. Todo esto pasará. Te viene bien dejar que escape la presión un poco.

—Es que me ha hablado a gritos. Y yo estaba que no podía con esta falta de sueño y con lo de no parar de pensar en Simen Sparre y los gatos. —Hago una pausa para coger aliento—. Aquí estamos en peligro —sigo—. ¡Por Dios! Personas y animales están muriendo al otro lado de nuestra puerta. Y ella prefiere salir que quedarse en casa con nosotros.

Åsmund mantiene la mano en mi brazo, y resulta casi tranquilizador, pero hay algo en su mirada, algo que tiene que decirme.

—¿Qué pasa? —le pregunto.

No responde. Aparta los ojos. Por un instante pienso: Lo sabe. Y luego me digo: Ha sido él. De una extraña manera que no he comprendido aún, ha sido él quien ha matado a Jørgen. Y entonces no aguanto más:

—¡Que qué pasa! —grito—. ¡Dilo ya de una vez!

Y ahora entendería si pensara que me he vuelto loca.

—Que está enamorada de él —responde Åsmund quedamente—. Emma está enamorada de Simen.

—¿Qué?

—¿No te habías dado cuenta? —No. De hecho, era lo último que se me habría pasado por la cabeza—. ¿No has visto cómo se pone cuando él anda cerca? ¿Cómo se vestía para los ensayos porque sabe que de vez en cuando se asomaba por allí? ¿Cómo pasaba todo el tiempo en el jardín este verano, por si salía él?

No tengo palabras. No lo había visto. Ni siquiera me había dado cuenta de que Emma pasara mucho tiempo en el jardín. Tal vez estuviera demasiado distraída con mi propio lance amoroso. No solo había olvidado que tengo un marido, había olvidado a mis hijos también.

Metida en la ducha, pienso en el corazón dibujado en el libreto de Emma. GG. Apoyo la cabeza en las baldosas de la pared y me digo: Green Gonzo. Ahí estaba, escondido en la última página de la historia.

Åsmund está sentado en el sofá, teléfono en mano, como de costumbre. Ha puesto las piernas en el reposapiés, una encima de la otra. Los ojos están clavados en el móvil, con esa mirada vacía que pone cuando el teléfono lo hechiza; la boca entreabierta, por completo absorto.

Me siento a su lado, envuelta en mi albornoz y con una toalla enrollada a la cabeza y, por una vez, deja el móvil.

—¿Te parece que ella habría sido capaz de colgar el último gato? —le pregunto.

—¿El último gato?

Le cuento lo que Simen le ha dicho al reportero que lo ha entrevistado por teléfono; la entrevista que ha salido en todas las pantallas de la tele del país. Lo de su desmentido, digno de crédito, sobre todo a juzgar por el temor que vi en su rostro el miércoles pasado en el jardín, porque debía de haberle sacudido hasta los huesos que alguien hubiera usurpado una labor que llevaba su firma. Y luego está lo de su coartada, de la que quién sabe si Emma estaba al tanto. A lo mejor se le ocurrió que lo hacía por él, para apartarlo de la sospecha ahora que nuestra casa es la escena de un crimen, eso de hacerlo una noche cuando él no estaba y podía demostrarlo. O quién sabe si lo hizo para probarle algo. Que puede contar con ella, quizá; que entiende lo que hace. Que le gusta. Y la salida esa de emergencia, que le facilita tanto salir a hurtadillas. Y lo a mano que tiene el congelador. Y lo de aquel clic que oí en la puerta del portal aquella noche.

—Mmm —dice Åsmund tenso y preocupado—. No sé. No la veo haciéndolo, pero ¿quién sabe nada de nada a estas alturas? Puede ser.

—Yo no me lo creo —manifiesto.

—Ni yo —replica Åsmund.

Y nos quedamos callados otra vez, sentados el uno junto al otro.

Ahora se lo puedo decir. Estamos a solas; es un momento de calma, una quietud que abre una posibilidad de hacerlo y acabar con ello. Una columna de estrés me sube disparada desde el estómago. ¿Va a ser ahora?

—Rikke —dice Åsmund—. Me parece que lo mejor será no decirle nada de esto a Emma. ¿Tú qué piensas?

—No lo sé.

—En este momento lo que necesitamos es que confíe en nosotros — afirma.

Y hay en su voz una insistencia que no suelo notar.

—Esto es grave —opino.

—Justo por eso. No podemos comentar esto con nadie. Ni con la policía ni con Jamila. Con nadie. Y tampoco con ella. A ver, con ella hablaremos de esto en algún momento. Claro que lo haremos. Pero no ahora. Lo que ella necesita de nosotros en este instante es apoyo. Que estemos ahí por y para ella. No entrar en tromba en su cuarto y acusarla de cosas. ¿Entiendes lo que quiero decir?

Asiento con lentos cabeceos.

A menudo me ha mortificado el hecho de que Emma no fuera una niña deseada, para empezar. Claro está que la adoro, que la he querido desde que era una bebé. Pero no me sentí desbordada de dicha cuando la enfermera me la puso en los brazos. Y por mucho que me llenasen de alegría sus primeros pasos, o la primera vez que me dijo mami; por mucho que me inflamase el orgullo cuando en la guardería me informaron que era una niña precoz para esto y aquello…, eran tantas las otras cosas que acaparaban mi atención. Iba a tener un hijo y, a pesar de todo, acabaría mi tesis de doctorado en el plazo originalmente prescrito. Iba a demostrar que era capaz de tener una familia y avanzar en lo profesional, al menos tanto como los demás. Así era yo de lista; así de competente, trabajadora y perseverante. Yo le elogiaba por encima de todo su independencia. Emma se vestía sola a los tres años, y se preparaba su tartera para el cole a los siete. Nunca tuvo el menor problema en la guardería ni en la escuela. Cuando lloraba por la noche, o si la asaltaba el miedo a la oscuridad, se dejaba convencer de que siguiera durmiendo en su habitación; y ella lo encajaba porque yo insistía en ello. A ella no le tocó ni una fracción de los cuidados ni de la intensa atención que recibió su hermano. A mí me pasó igual, me digo. Yo era la hermana mayor que se las arreglaba sola y tenía una hermana menor que lo exigía todo; la que se distinguía en la familia por ser la mejor a la hora de no pedir nada en absoluto. Por descontado que le digo a mi hija que la quiero, y no dudo de que ella lo sepa. Pero he de reconocer que su hermanito, mi niño de la suerte, con todas las consultas y todos los pediatras, se ha quedado con algo de mí que nunca le di a ella.

Por suerte ha contado con Åsmund. Gracias a él, que la vitoreaba con todo su entusiasmo, que la tiraba a lo alto y ella chillaba encantada, que se la comía a besos y le decía que era la mejor niña de aquí al Polo Sur…, porque ella es de él. Jamás lo ha sacado a relucir, ni siquiera cuando hemos reñido, y mira que podría haberlo hecho. Pero ahora que me viene con una opinión tan decidida, que me dice con una firmeza que rara vez emplea que ahora vamos a ocuparnos de Emma de «esta» manera, no como una propuesta ni una sugerencia, sino como una instrucción claramente impartida, ¿tengo yo derecho a decir otra cosa que no sea que sí?

De modo que cedo. Sí. Vale. No se mencionará. Åsmund sonríe. Me acaricia una mejilla.

—Así me gusta —concluye, y algo en mí se hunde bajo esta benevolencia.

Mira lo buena que soy, cómo me pliego a lo que dice, cómo meto a la loca en una caja y me vuelvo estable y razonable, y hago lo que me pide. Me fío de su opinión. ¿No vale esta deferencia, este esfuerzo que estoy haciendo, como compensación por lo que estoy a punto de confesarle?

—Estuve ayer en la comisaría —suelta—. ¿Te lo he comentado?

El estómago me vuelve a disparar toda la ansiedad.

—No —contesto—. ¿Qué querían?

—Solo hablar. Era el tipo nuevo ese que se ha hecho cargo del caso. El bigotes, Gundersen o como se llame. Fue él quien me pidió que me acercara.

—¿Hablar de qué?

Lo digo con un hilo de voz. No le pueden haber explicado lo de mi correo; no estaríamos aquí sentados si lo supiera. Y, sin embargo, le han pedido que vaya a la comisaría. Y ha ido. Nadie me ha avisado; nadie me ha dado la oportunidad a última hora de confesar. Es como si solo ahora se me revelara la gravedad de la exhortación de Ingvild Fredly. Como si hasta ahora hubiese estado aguardando a que todo esto se agudizase e hiciera aún más imperativo que yo hablase. Pero no va a ser así; ahora lo comprendo. No se va a presentar un momento de ahora o nunca. Hay que hacerlo y basta. Ya puestos, más vale ahora.

—A ver, ¿hablar de qué? Igual que las otras veces. Nuestra relación con los vecinos, lo que sabemos de ellos. Y volvieron dale que te pego con lo del viaje de caza que hicimos los tíos.

Lo voy a hacer ahora. Es lo que quiero, y estoy a punto. Tengo las palabras en la punta de la lengua ya, pero me distrae ese nuevo elemento que asoma desde las afueras de mi campo visual: el viaje de caza.

—¿A qué viene tanto interés por eso? —planteo—. Jamila dice que a Saman le han estado interrogando por lo mismo.

Åsmund se encoge de hombros.

—No lo sé. No pasó nada en particular. Me preguntaron por la discusión que tuvimos el domingo por la noche, pero, a ver, es que fue eso: una discusión. Era sobre el escepticismo frente a las vacunas y cómo debía manejarse eso, un debate sobre la competencia médica, en un plato de la balanza, frente a la libertad de expresión. Puede que nos calentáramos un poco, como suele suceder. Pero no pasó de eso. Al cabo de un rato estábamos otra vez todos a partir un piñón. No entiendo lo que buscan. —Me muestra una sonrisa resignada—. Me da la impresión de que están buscando algo y, créeme, qué más quisiera yo que dárselo. De verdad. Solo que no sé qué es lo que buscan. Les he contado absolutamente todo lo que recuerdo de aquella noche. Y ya te puedes imaginar que nos habíamos pegado unos lingotazos.

—¿Y qué preguntas formularon?

¿De verdad me interesa? ¿No será que quiero darle largas, que estoy alargando la conversación a propósito para evitar la otra charla?

—Eso —replica—. Que de qué habíamos hablado. Que quién dijo qué. Que qué impresión me dieron los otros, y bla, bla, bla.

—¿Y qué les dijiste?

—Les dije que Jørgen insistía en que la libertad de expresión era importante, por mucho que eso sonara como una memez. Se puso un poco pedante citando a Voltaire. En ese plan. La verdad es que llevábamos una buena curda. Saman contestó que aquello era la estupidez más grande que había oído en su vida cuando está comprobado que hay niños que mueren de enfermedades que casi hemos erradicado porque los padres han leído algo en un blog; y Jørgen dijo que vale, pero que si no le parecía a Saman que muere más gente allí donde no hay libertad de expresión. Y por ahí siguieron. Yo sobre todo escuchaba, y casi siempre estaba de acuerdo con Saman, pero no me lo tomaba tan a pecho como él. Y Svein estaba medio dormido en un sillón de un rincón, que yo recuerde. Me parece que era el que más tocado estaba.

—Saman dice que tú también dabas voces —comento sin mirarlo.

—¿Ah, sí? Bueno, puede que hablara más de lo que recuerdo. Los detalles de aquella noche no los tengo muy claros, por decirlo de algún modo.

Me contempla y sonríe. Es la primera vez que lo veo sonreír y me pregunto: ¿Me estará diciendo la verdad?, ¿me estará ocultando algo?

—¿Entonces Saman anda hablando de aquella noche? —pregunta.

No estoy segura, pero creo entrever un tono de cautela en su voz.

—Lo dijo en la escalera —respondo—. Y no sé por qué. No porque yo se lo preguntara.

Vuelvo a ver a Saman diciendo enfurecido por encima de la barandilla: «Tu marido estaba también muy cabreado esa noche. No veas los gritos que dio». Y a Svein Sparre, que decía que Åsmund no era precisamente un angelito. Åsmund encoge los hombros.

—Todo el vecindario está paranoico —comenta—. Esto es lo que nos ha hecho esta historia. Ojalá que atrapen a alguien pronto, a ver si dejamos esto atrás.

Deja caer los pies en el suelo, dispuesto a ponerse de pie. Si voy a decir algo, ha de ser ahora. Me zumban los oídos. Con cada hora que lo postergo, peor me lo pongo.

—Estamos de acuerdo, entonces —indica mientras se levanta—. A Emma no le decimos nada de esto. De momento. Ahora toca apoyarla como podamos. Del resto nos ocupamos después.

—Sí —replico sumisa.

Veo que también esta oportunidad se me escapa de las manos; no soy capaz de movilizar la fuerza para aprovecharla.

—Y quién sabe —concluye cruzando el salón en dirección a la cocina—. A lo mejor va y nos habla ella a nosotros por su cuenta. Cosas más raras se han visto.

Esa tarde llaman de la policía.

—Soy Gundersen —se presenta cuando atiendo el teléfono—. ¿Te sería posible acercarte ahora para que hablemos?

—Pues… —digo. Lukas está dibujando. Åsmund está ocupado con no sé qué en el jardín—. Tengo que ver si mi marido puede quedarse con los niños —contesto.

—Muy bien —responde Gundersen.

Y espera. Entiendo que se supone que tengo que consultarlo de inmediato. Abro la ventana de la cocina. Allí está Åsmund, apoyado en un rastrillo cerca de la terraza. Le grito:

—La policía me pide que vaya a verlos. ¿Puedo ir? ¿Te ocupas tú de Lukas?

Se yergue.

—Sí —accede—. Claro.

—Puedo acercarme ahora —le informo a Gundersen.

Dice que muy bien, que enviará un coche a recogerme, y que me estará esperando en recepción. Hay algo de imperioso en este hombre, me digo. Pregunta si puedo, y sin embargo lo siento como una petición que no admite peros. Es desagradable, y encierra implicaciones en las que prefiero no pensar. Encuentro a Åsmund en el jardín, rastrillo en mano. Me sigue con la mirada. Tiene las cejas fruncidas y la frente llena de arrugas, como si esto lo llenara de la misma ansiedad que late en mí.

 

Fiel a lo prometido, Gundersen me espera en recepción. Desborda energía; me coge la mano con la suya, delgada y huesuda, y me da un fuerte apretón al tiempo que me agradece que haya venido tan sobre la marcha. «Verás, es que estamos trabajando las veinticuatro horas. La primera semana de una investigación es la más importante, así que no hay tiempo que perder». Mientras me habla, me invita a seguirlo a lo largo de una sucesión de puertas de plástico —un sistema de seguridad— que abre con una tarjeta. Dirige un gesto silencioso al hombre que hay al otro lado de la mampara de vidrio para que me deje pasar, sin dejar de hablar ni un instante. De haber estado yo con otro estado de ánimo, me habría impresionado.

Por suerte, no me hace ir a una sala de interrogatorios, como me temía. Entramos y salimos de un pasillo muy largo, y de pronto abre una puerta y me invita a pasar a un despacho. El suyo, por lo visto. Hay un escritorio, una estantería y dos sillas.

—Perdona el desorden —musita, y retira los papeles que se apilan en su escritorio.

No parece una verdadera disculpa. Examino el lugar. Es un despacho pequeño que huele a financiación estatal y aprovechamiento de espacios; y es verdad que está muy desordenado. El escritorio está enterrado entre papeles, periódicos y sobres grises, y cuento hasta tres tazas de café medio vacías. En parte oculto bajo unos papeles que parecen artículos imprimidos de algún periódico digital, asoma un paquete azul claro de tabaco de liar que lleva el logo de una conocida marca local. En la pared cuelga una acuarela de tonos azules y amarillos diluidos dentro de un marco dorado cubierto por una capa de polvo. Del respaldo de su silla cuelga un chubasquero ajado. El estado de desgaste y sus colores desvaídos me dicen que lo ha usado a menudo durante al menos los últimos diez años. Huele a café frío y a algo agrio que no reconozco.

—Bien —dice mientras se sienta al otro lado de su escritorio. El respaldo gime cuando se reclina en él—. Toma asiento, por favor. ¿Te importa que use esto?

Sostiene un dictáfono en la mano y yo asiento en silencio. Escojo una de las dos sillas delante del escritorio. Son de madera y están tapizadas con un tejido de lana. También las sillas presentan el aspecto característico de un organismo estatal. Así que ahí estamos los dos, uno frente al otro con el escritorio de por medio. Gundersen me mira a los ojos. Sonríe y casi parece amistoso.

—¿Cómo lo lleváis en Kastanjesvingen?

—Pues mira. Ya ves —digo.

Inspiro largo y hondo para llenar los pulmones. Noto como si el oxígeno se propagara en mi torrente sanguíneo de inmediato, con una eficiencia extraordinaria, para darle sustento a mi cuerpo exhausto. Cuando vuelvo a respirar, siento como si me fuera a caer al suelo.

—Es muy fuerte —prosigue—. Se entiende que estés como estás: esto te ha pillado en el medio.

Hay en él una energía palpable. En todas las ocasiones en que he hablado con él, siempre he deseado con toda mi alma que estuviera Ingvild Fredly en su lugar. Pero, ahora que me muestra esta inquietud inesperada, me imagino lo a gusto que me sentiría si él estuviera de mi parte. Como si supiera que puedo relajarme y descansar, y confiar en que él resuelva el caso. Confiar en que todo acabará bien.

—Casi no he dormido desde que ocurrió —comento—. Hace ya una semana. Bueno, casi una semana.

—¿Cuándo empezó el insomnio? —pregunta.

Me detengo a pensar.

—El domingo, creo. No: el lunes.

—¿Y antes de eso dormías bien? Porque… ¿no habías dicho que…? — Aguarda un segundo. Rebusca entre los papeles del escritorio; pesca un fajo en el interior de un sobre. Tiene dedos largos. Amarillos en las puntas por el fuerte tabaco que fuma; pasa las páginas a toda velocidad—. Esto es. Aquí está —dice—. ¿No le habías escrito tú a Fredly sobre eso? A ver. Sí, la noche de los hechos, la noche del viernes. Sí. Aquí lo tengo: que habías «dormido con un sueño profundo como pocos».

—No lo sé —digo.

—«La noche en que sucedió yo había dormido con un sueño ansioso, y sin embargo lo hice profundamente». —Gundersen alza la vista—: Ansiedad y sueño profundo al mismo tiempo.

—Sí —reconozco juntando las cejas y tratando de recordar—. Sí. Sí que escribí eso, solo que no recuerdo del todo…

No. Tiene que ser cierto. Recuerdo aquella mañana. Me desperté muy pronto. Los otros dormían. Y Lukas se nos había colado en la cama sin que me diera cuenta.

Gundersen cabecea con un gesto de asentimiento y por un momento se instala el silencio entre los dos.

—¿Por qué lo pregunta? —inquiero.

Alza los hombros, me dirige una media sonrisa.

—Todo es en potencia interesante —responde—. Y fue la noche que sucedió. Porque, de haber dormido mal aquella noche, a lo mejor habrías oído algo.

—Ya —convengo—. Pero dormí bien.

—¿Tanto que ni un ruido te habría despertado?

—No lo sé. Sí. Seguramente.

Algo se mueve en su sonrisa. Ayer estuvo sentado a la mesa de mi cocina, tomando un café mientras yo caía en la cuenta de que Åsmund y yo éramos el uno la coartada del otro. Pensar que no es así es poner a Åsmund en peligro.

—Como he dicho ya, tengo el sueño ligero. Me despierto en cuanto algo se mueve.

Pero ahí sigue esa aprensión, este temor absurdo: si de verdad hubiese dormido profundamente aquella noche, ¿me habría despertado si Åsmund hubiese salido?

—Mmm —dice—. Pero esa noche no te despertó que tu niño se metiera en tu cama.

—Lo que quiero decir es que lo habré olvidado. Me suele pasar. Era una noche normal, salvo por la inquietud que sentía, pero creo que eso se debió a un sueño, a una pesadilla.

—Mmm —repite.

Rebusca de nuevo entre sus papeles. Siento que el azoramiento de la vergüenza me sale reptando de la garganta y se me mete en las mejillas. Ahí está él, sentado mientras lee lo que le escribí a Ingvild. Lo que metí en mis alforjas para ganar tiempo. Si es que gané algo.

Deja los papeles en el escritorio.

—¿Eras feliz con Jørgen?

La pregunta me toma por sorpresa.

—No lo sé —contesto—. Para ser del todo sincera, creo que lo era al principio. Había algo que me atraía hacia él, que me llevó a todo esto. —Hago un gesto hacia los papeles, como si fueran ellos los culpables—. Pero al final quise terminar con la relación. A ver, no es que deseara su muerte ni nada de eso. Al contrario, me quedé destrozada. Todavía lo estoy. No sé.

Y entonces se me cae encima la semana entera. Me asalta el llanto ante el escritorio de Gundersen; rompo a llorar con una violencia sorprendente. El cuerpo entero me tiembla y se estremece, como si algo se hubiera apoderado de mí a golpe de convulsiones. Gundersen me acerca una servilleta, una de esas rígidas y ásperas que ponen en los aseos públicos y que son para secarse las manos. Me molesta cuando me la froto contra la nariz y los ojos. Algo de esta forma de llorar me trae a la memoria una tormenta de cuando era pequeña; un aguacero súbito que se abatió sobre el valle desde las amenazadoras nubes que habían estado arremolinándose sin desatar su violencia hasta que se hubieron juntado encima de nuestra cabeza. Y tan repentinamente como había llovido, dejó de llover; el cielo se despejó y el bosque olía a fresco y a limpio, y te sentaras donde te sentaras te levantabas con el culo mojado y manchas en la ropa.

—Perdona —murmuro cuando se me ha pasado.

Me seco los ojos y siento que la servilleta me rasca la piel.

Gundersen guarda silencio. Me observa, pero no con animosidad. Más como si aguardase a que se me pasara. Él lo entiende, me digo. Él entiende este llanto, quién sabe si mejor que yo misma.

—No puedo llorar por Jørgen. Tengo que mantener la compostura y es agotador.

—Lo querías —sostiene Gundersen con voz neutra.

—Sí. Pero deseaba que lo nuestro se acabara. Entendía lo que estaba poniendo en juego. Al principio era como, no sé, como la euforia de un porro, pero con el tiempo la euforia fue bajando, pongámoslo así.

Dice:

—Le escribiste a Fredly que querías romper: «Le digo a Jørgen que lo nuestro ha terminado, que no podemos seguir».

—Sí. Lo intenté varias veces. No lo culpo. Fue tanto culpa de él como mía. Puede que la dificultad se debía a que éramos vecinos. Estaba allí todo el tiempo. Tarde o temprano, se me hacía siempre demasiado difícil aguantarme.

Por un momento vuelve el silencio. Entrecierra los párpados, como ponderando lo que acabo de decir. Estoy a punto de seguir adelante; cojo aire, pero él se me adelanta.

—¿Esto lo sabe Åsmund?

—No —respondo—. No. De eso estoy segura.

—¿Por qué estás tan segura?

Inspiro aire otra vez. ¿Por qué estoy convencida? Porque lo conozco. Åsmund es transparente. Pero eso no lo puedo decir.

—No hay manera de que se haya enterado —digo—. Éramos muy precavidos.

—Escribes que puede que Emma lo sepa.

Emma con su camisón, mi pesadilla de esta mañana. La niña del camisón con un cuchillo en la mano.

—No —niego—. Saberlo no lo sabe, pero es posible que lo sospeche. O no sé. No eso con exactitud, pero algo intuye.

Cabecea otra vez, pero esta vez más despacio. No como si estuviera necesariamente de acuerdo conmigo, sino como si me estuviera señalando que entiende lo que le digo y que lo pondera. Se me cierra la garganta; me cuesta respirar. Ahora estoy implicando a mi hija. Ahora piensa que Emma lo sabe, que ha sido Emma. Este fondo que toco es nuevo hasta para mí.

—Escúchame —le pido—. Esto no tiene que ver con mi familia. Ninguno de ellos habría hecho algo así. Åsmund se desmaya si ve sangre. Y Emma… Emma es una chiquilla, ¡joder!

Me sale una voz chillona y aterrada. El ruido metálico que oí aquella noche: los pasos, con toda probabilidad de Emma, que salían por la puerta de emergencia hacia el congelador de los gatos muertos. Sospecho que lo ha hecho ella, tal vez para demostrarle algo al chico que le gusta. Gundersen ignora mi protesta, como si ni siquiera me hubiera oído.

—Pero algo sospecha Åsmund, ¿no?

—No —respondo sin vacilar—. Yo lo sabría.

Y otra vez el cabeceo lento, dubitativo. Respiro rápido. ¿Qué he escrito? ¿Qué he hecho?

—Y aquella mañana —prosigue Gundersen—. ¿Viste algo? ¿Pasó algo?

—No —contesto con la respiración ya más suelta—. Hacía sol. Hoffmo estaba delante de su casa. ¿Sabes quién es? El militar retirado que vive en la casa de enfrente. Arriba, en casa de Jørgen, no se oía nada. No había nada fuera de lo corriente.

—Y luego, durante el día, ¿subiste en algún momento?

Cojo aire.

—¿Qué quieres decir?

—Quiero decir —dice Gundersen— si en algún momento del sábado pasado estuviste en el apartamento de Jørgen.

Otro momento de esos, con apenas segundos para decidir.

—No —digo—. Llamé a su puerta. Me había invitado a subir a verlo. Pero como nadie vino a abrir, bajé de vuelta a casa.

—¿Y no entraste?

¿Hay algo más en esa pregunta? Me mira con sus ojos claros y abiertos, y me digo: leer a este hombre es imposible.

—No —contesto—. Al ver que no abría, bajé por donde subí.

—¿Hablaste con algún vecino ese día?

—Saman salió a su puerta mientras yo llamaba —explico, y siento que el corazón me bombea sangre a la cara—. Le dije que necesitaba unos huevos, y me dio dos. Era una excusa, como te puedes imaginar.

Y ahora ando en estas, me digo: mintiéndole a la policía. Sé que tendría que ser por completo sincera, esto es demasiado arriesgado. Pero todo lo que he dicho, todo cuanto he escrito, parece arrastrarme más y más al fondo. No solo a mí. A mi familia también. Mi marido. Mi hija. Decir que estuve en el apartamento se me antoja ahora imposible. Que estuve allí aquel sábado, que estuve en el salón. Me imagino a Gundersen cabeceando con cautela. De acuerdo. Discúlpame un momento. Lo imagino saliendo del despacho para volver con un par de colegas, y uno diría: Por desgracia, tenemos que arrestarte. Y veo los titulares de la prensa: Nueva detención en el caso del crimen de Tåsen; y en la prensa sensacionalista: Vecina sospechosa de crimen pasional.

Me imagino el respingo de Jamila al leer el periódico digital en su coqueto MacBook. Veo a Åsmund con los ojos abiertos como platos, boquiabierto ante el televisor, sumido en un estado de incomprensión. Y a mis hijos. A Emma en su caparazón de tortuga; a Lukas preguntándole a Åsmund: ¿Y mami está presa ahora?

Gundersen pone las hojas impresas de mi correo con el resto de los papeles desordenados de su escritorio y se reclina en su sillón. Ha colocado una pierna encima de la otra, apoyando el tobillo en la rodilla. Abre las piernas a lo macho, como supongo que suele hacer.

—Y entonces ¿qué crees? —pregunta—. Aquí entre nosotros… ¿Tú qué crees que ha pasado?

Trago saliva.

—¿Sabes que Jørgen estaba escribiendo un artículo de investigación sobre las agencias de empleo temporal?

Gundersen me mira. Entrecierra los ojos; se concentra.

—No me digas.

—Svein Sparre tiene una —declaro—. A Svein no le caía bien Jørgen. No sé si sería por eso o qué. Y luego está lo del viaje de caza.

—¿Qué hay de eso?

No hay rastro de interés sincero en su rostro. No da la impresión de que haya estado varios días preguntando por aquel viaje una y otra vez.

—Hubo una discusión —comento—. Por lo que he oído, has estado interrogando sobre eso. Yo no estaba allí presente, pero, según Åsmund, la bronca fue sobre todo entre Saman y Jørgen; pero estaba pensando que aquello fue en el chalé de Svein. Y Svein dice…

Y callo. Me doy cuenta de cómo suena lo que digo, de lo mezquino que queda que yo esté orientando la culpa hacia otros. Y encima con ese entusiasmo. Me viene la imagen de Svein anoche, con el brazo alrededor de los hombros de Nina. Pienso en todo lo que han pasado en los últimos dos días.

—No lo sé. Francamente, no nos veo a ninguno de nosotros entrando en el despacho de Jørgen y cortándole el cuello. Ni a Simen, ni a su padre. A ninguno. No sé qué puede llevar a alguien a hacer algo semejante.

Veo un tenue destello en el fondo de los inescrutables ojos grises de Gundersen.

—El odio —dice—. El miedo. El dinero. El honor. Te sorprendería de lo que es capaz la gente. Gente como tú o como yo. O como el amable vecino con quien te sueles parar a charlar un rato. Claro, están también los reincidentes, los que tienen antecedentes penales, los que matan para no volver a la cárcel, o por quedarse con el botín del atraco, o por lo que sea. Pero también hay casos que te dan que pensar.

Da la impresión de que ha encontrado un hilo argumental, pero guarda silencio y se queda mirando la acuarela de colores desvaídos, como si pudiera ver a través algo importante del otro lado. Entonces sale del trance, se vuelve hacia mí con otra de sus medias sonrisas.

—La gente suele decir: Fulanito sería incapaz de matar a una mosca — continúa—, pero yo te digo que, con la debida motivación y si se presenta la ocasión, todos nosotros seríamos capaces de matar. Si alguien te amenazase con quitarles la vida a tus hijos, ¿no lo matarías? Es reconfortante pensar que la criminalidad solo incumbe a unos pocos, a los que vivimos en tal o cual barrio, a los toxicómanos que roban para drogarse y que se pasan la vida con otros adictos y ladrones. Aquellos a quienes persigue o debería perseguir la policía. Y que todos los demás estamos a salvo. Pero yo he dejado de verlo así. Si algo he aprendido, es eso. Bien, no te voy a quitar más tiempo. ¿Sabrás encontrar la salida?

No estoy segura, pero digo que sí. Cinco minutos después me hallo en la calle, a las puertas de la comisaría, donde el decreciente sol otoñal ha pintado la ciudad de oscuro carmesí.

 

Al menos conseguí romper con él. Pero, una vez pasado el verano, volvimos a caer. En esos días se había desatado en el trabajo un conflicto de aúpa, y Åsmund no tenía la paciencia necesaria para prestarme atención cuando le hablaba de ello. Estaba de nuevo en casa de su madre. Había que podar unos árboles cercanos al jardín del vecino, y la fachada necesitaba una mano de pintura. «Ya te las arreglarás —había dicho con los ojos pequeños y cansados cuando le hablaba del problema—; tú siempre has sido buena para resolver ese tipo de cosas». De modo que una noche me encontré sola en casa, redactando con dificultad una respuesta al venenoso correo de un colega. Los niños estaban en la cama. Le mandé un mensaje de texto a Jørgen.

Cuidado, Ingvild, no es mi intención echarle la culpa a Åsmund. Asumo la responsabilidad completa y total. Fui yo la que retomó la relación. Ni siquiera puedo culpar a Jørgen, pues él mismo me preguntó repetidas veces si de verdad estaba segura de querer volver. No sé qué decir. Sentía que me hacía falta una pausa de la realidad. Regresé del trabajo en bici a eso de las once y media, abrí la puerta del portal y corrí escaleras arriba hasta llegar a él. Luego, ya acostados en el suelo, junto a la puta cama de día, sentí algo así como un alivio, una suspensión de todo lo demás. Como si Jørgen aún fuese capaz de brindarme un puerto seguro.

La cosa no funcionó entonces tan bien como antes, obviamente. Fue como pasar de disponer en tu vida diaria de un espacio donde puedes respirar a no tenerlo. No sé cómo explicarlo. Es como ser un alcohólico en rehabilitación, y te hallas en medio de toda la mierda que tiene la vida para darte, sus rencillas y su estrés, y la grisura de lo cotidiano se te viene encima como pesados desprendimientos, uno tras otro, y debes aguantarlo sin una cerveza o un trago. No solo ahora, sino para siempre. Nunca más podrás ponerte un vasito de algo para limar la aspereza de las cosas. No digo que sea imposible. No digo que no hubiera podido terminar por superarlo. Pero yo tenía una necesidad, o tal vez varias.

La última vez que estuve allí arriba me acarició la mejilla antes de marcharme. «Ve y demuéstrales quién manda allí», dijo. Y fue lo último que me dijo.

La noche en que sucedió, yo había dormido con un sueño ansioso, y sin embargo lo hice profundamente. Al despertar tuve la impresión de haber estado en coma. Como si me hubiera ido lejos durante muchas horas. Pasamos la tercera parte de la vida durmiendo, ¿lo sabías? Pese a ello, rara es la vez que recordamos lo soñado.