La comunidad

Helene Flood · Capítulo 1 de 16

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Primera parte. Prometo no estorbarte

Primera parte

Prometo no estorbarte

Me preguntas que cuándo conocí a Jørgen. ¿Te puedes creer que no me acuerdo? Debió de ser en el jardín o en la escalera o en el portal de casa, pero no lo recuerdo. Mi hijo había nacido justo después de la mudanza y había sido prematuro. Eran tantas las consultas en el hospital, tantas las cosas que nos preocupaban… No lo digo por eludir el tema. Es la pura verdad. Sencillamente no me acuerdo.

Pero sí que me viene a la memoria la primera vez que lo vi. Tuvo que ser a principios de julio del año en que nos mudamos. Lo puedo situar con precisión porque fue pocos días después de adquirir el apartamento, una calurosa tarde de verano, cuando Åsmund y yo aún vivíamos en el viejo y ya no pude aguantarme más: tenía que ir a ver la casa donde estaba a punto de empezar nuestra nueva vida.

Ellos estaban sentados en la terraza del jardín cuando llegué. Ya sabes que el camino de la entrada pasa justo al lado. Los miré al cruzar, preparada para saludarlos, pero estaban comiendo en la mesa y ni siquiera me vieron. Eran cinco, y por lo visto buenos amigos. Yo estaba sola. Me encontraba en las últimas semanas del embarazo, con una tripa enorme, y había caminado a paso rápido, así que estaba sudando muchísimo. Además, no los conocía. Me encerré en mi nuevo hogar.

 

El apartamento estaba vacío. Los anteriores dueños se habían llevado sus cosas, pero habían quedado sus olores. No olía a nosotros, ¿sabes a lo que me refiero? Cuando nos hicimos con el apartamento era como si hubiésemos comprado también un cierto estilo de vida, un espacio social, algo así. Como si, por alguna razón, fuéramos más distinguidos que antes solo porque éramos los propietarios de esa casa, en esa dirección. Pero ahora que el apartamento se ha vaciado de su elegante mobiliario, ahora que mis pasos resuenan entre las paredes, desnudas y con agujeros de clavos, me asaltan las dudas. No encuentro otra manera de explicarlo: tengo la impresión de haberme disfrazado con unos zapatos demasiado grandes para mí.

En la cocina, me acerqué a la ventana y observé la terraza y a quienes estaban sentados allí. No abrí la ventana aunque hacía calor. No sé. Tal vez no quería importunarlos. Por lo visto habían terminado de cenar. Había algunas botellas de vino en la mesa. Charlaban y yo oía sus voces pese a que las ventanas estaban cerradas; no lo que decían exactamente, pero sí el tono. Fuera el tema que fuese, el debate parecía intenso, si bien el ambiente era bueno. De tanto en tanto rompían a reír, los cinco a coro. Eran tres hombres y dos mujeres. Reconocí a uno de los hombres: era un cineasta que había realizado un polémico documental un par de años atrás. No recuerdo sobre qué…, los refugiados, su integración o algo así. La prensa había escrito mucho sobre ello. También una de las mujeres me sonaba; tenía la impresión de haberla visto en la televisión. Sentados a uno de los lados largos de la mesa había un hombre y una mujer que claramente eran pareja. Él tenía el brazo apoyado en el respaldo de la silla de la mujer, y, en una de esas, cuando algo los hizo reír a todos, ella se volvió hacia él sonriéndole y le retiró algo de la mejilla. Luego él movió el brazo y se lo puso en la parte baja de la espalda. La mujer se acercó hacia la mesa para decir algo. Llevaba el pelo largo, de un rojo intenso, recogido en una trenza espesa y bien atada, y al inclinarse hacia delante para hablar la trenza se le deslizó a un lado. Su marido, sentado junto a ella, la tomó con cuidado para recolocarla en su lugar. La mujer se volvió hacia él, consciente de que la tocaba, y siguió hablando sin dejar de sonreírle. Tal vez estaba contando algo que habían vivido juntos.

El hombre me daba la espalda, de modo que no me resultaba fácil verle el rostro, pero cuando miró hacia un lado pude apreciarlo. Era guapo, con el cabello ondulado tirando a gris. Pómulos prominentes y una sonrisa amplia y seductora que parecía usar a menudo. Le eché cuarenta y pico, quién sabe si ya rozaba los cincuenta.

Era Jørgen. Aquella fue la primera vez que lo vi. Como no parecían advertir mi presencia, me quedé allí y seguí mirándolos: cinco amigos que hablaban de cosas importantes en torno a una mesa durante una noche de verano en un jardín de Kastanjesvingen.

La mujer de la trenza se levantó. Cogió una bandeja vacía de la mesa y se dirigió hacia el camino que lleva al portal de la casa. A mitad de trayecto me vio. Era evidente que yo estaba ahí, de pie, en medio de la ventana. No es que estuviera fingiendo que no los observaba. Me había quedado como fascinada, y no se me ocurrió que tendría que haberme apartado de allí. La mujer se detuvo para mirarme. Alcé la mano en un gesto de saludo.

La mujer no se movió. No me devolvió el saludo. No me sonrió, pero tampoco parecía molesta. Su expresión era casi neutra. Se quedó un instante ahí mirándome, solo un momento, luego siguió su camino. Desde donde estaba la oí abrir la puerta del portal. Me alejé apresuradamente de la ventana, avergonzada por haberlos estado observando con tanto descaro. Lo noté en el estómago: me había comportado de manera inapropiada. Me sentí abochornada.