La invitada

Jennifer McMahon · Capítulo 1 de 54

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La invitada

Hattie Breckenridge

 

19 de mayo de 1924

Todo empezó cuando Hattie era pequeña.

Tenía una muñeca con cuerpo de tela y cabeza de porcelana llamada Señorita Fentwig. La Señorita Fentwig le contaba cosas a Hattie. Cosas de las que ella no podría haberse enterado de ningún otro modo. Cosas que Hattie realmente no quería escuchar. Estas cosas le afectaban profundamente, de la misma manera en que, a lo largo de su vida, todo le había afectado siempre.

Su don.

Su maldición.

Un día, la Señorita Fentwig le dijo a Hattie que su padre iba a morir después de que le cayera un rayo, y que no podía hacer nada para evitarlo. Hattie trató de advertir a sus padres. Les comentó exactamente lo que la muñeca le había contado. «Qué tontería, hija», le respondieron, y la enviaron a la cama sin cenar por decir cosas tan horribles.

Dos semanas después, su padre murió. Le cayó un rayo mientras metía su caballo en el establo.

Después de eso todos empezaron a mirar a Hattie con recelo. A pesar de que se deshicieron de la Señorita Fentwig, Hattie seguía oyendo voces. Los árboles le hablaban, así como las rocas, los ríos y los pequeños escarabajos color esmeralda. Le informaban sobre hechos que estaban por suceder.

«Tienes un don», repetían las voces.

Pero Hattie no lo veía de ese modo. O por lo menos no al principio. No hasta que aprendió a controlarlo.

Aquel día las voces le hicieron una advertencia.

Todo empezó con el murmullo de los juncos que crecían en el extremo oeste del pantano. Era un sonido que la mayoría solo relacionaría con los tallos secos agitados por el viento, pero para Hattie formaban un coro de voces, voces suplicantes y desesperadas: «¡Vienen a por ti! ¡Corre!».

Y las plantas no eran las únicas que le hablaban. Los cuervos también graznaban una insistente y áspera advertencia. Las ranas posadas alrededor del pantano le gritaban: «¡Date prisa! ¡Date prisa! ¡Date prisa!».

En la distancia, unos perros ladraban y aullaban. Se trataba de toda una jauría que se acercaba más y más. Venían a por ella.

También se oían pasos, los pasos de una persona que venía corriendo por el sendero. Hattie se encontraba frente a su casa, con un hacha en las manos, cortando leña para la chimenea. A Hattie le encantaba cortar madera, le encantaba la fuerza que sentía con cada impacto, el crujir del hacha al golpear la madera, que se partía justo por la mitad. Sin embargo, esta vez Hattie alzó el hacha en una actitud defensiva, mientras aguardaba.

—¡Jane! —exclamó al ver a su hija aparecer entre los árboles. Su cabello estaba desarreglado y tenía una mirada enloquecida. Su vestido azul de flores estaba rasgado, el mismo vestido que Hattie había cosido como el resto de su ropa: en la antigua máquina de coser de pedal de su madre, con tela que encargaban del catálogo de Sears Roebuck. A veces Hattie despilfarraba un poco y compraba vestidos que aparecían en el catálogo, pero nunca resultaban ser tan cómodos ni tan duraderos como los que cosía ella misma.

Hattie bajó el hacha.

—¿Dónde has estado, niña? —le preguntó a su hija.

Aunque era día de clase, Hattie le había prohibido a su hija ir a la escuela. Y daba por hecho que Jane estaba recogiendo leña en el bosque.

Jane abrió la boca para decir algo, pero no encontraba las palabras.

En vez de hablar, se echó a llorar.

Hattie soltó el hacha, se acercó a su hija y abrazó su cuerpo tembloroso.

Entonces percibió el olor a humo que emanaba del vestido de Jane y de su cabello enredado.

Incluso el humo le hablaba, y le narraba una macabra historia.

—Jane, ¿qué ha pasado?

La niña se llevó una mano al bolsillo y sacó una caja de cerillas.

—He hecho algo terrible —respondió.

Hattie la apartó, la agarró con firmeza de los brazos y examinó su rostro. Hattie tenía toda una vida de experiencia interpretando mensajes y señales, adivinando el futuro. Pero cuando se trataba de su propia hija, sangre de su sangre, no lograba entrar en su mente. Nunca había podido.

—Dime —la animó Hattie, aunque una parte de ella prefería no saber.

—Mamá —dijo Jane entre lágrimas—, lo siento.

Hattie cerró los ojos. Los perros se acercaban. No solo eso, sino también hombres que gritaban y se abrían paso bruscamente por el bosque. A Hattie siempre le había parecido curioso que aquellos hombres, que habían pasado su vida cazando en ese bosque, avanzaran de forma tan torpe, sin gracia, sin muestra alguna de respeto por los seres vivos que iban pisoteando.

—¿Qué haremos ahora? —Jane era pálida y menuda, demasiado para una niña de doce años. Ese es uno de los efectos del miedo: empequeñece y debilita a las personas. Con los años, Hattie había aprendido a ocultar sus miedos en el rincón más recóndito de su mente y a mostrarse firme, valiente y dura ante cualquier enemigo al que se enfrentase.

—Tú ve a ocultarte en la despensa, donde solía estar la casa vieja.

—¡Pero ese lugar está lleno de arañas, mamá! ¡Y de ratas!

—Las arañas y las ratas son el menor de nuestros problemas ahora. No te harán daño.

«A diferencia de los hombres que se aproximan —pensó Hattie—. Que cada vez están más cerca». Si se concentraba, podía oír sus voces, sus gritos.

—Ve por el bosque hasta llegar ahí. Baja al sótano y cierra bien la puerta. No le abras a nadie.

—Pero, mamá…

—Vete. ¡Corre! Yo iré a buscarte después. Los despistaré y volveré. Volveré a por ti, Jane Breckenridge. Lo juro. No le abras la puerta del sótano a nadie más que a mí. Y, Jane…

—¿Sí, mamá?

—No tengas miedo.

Como si fuera tan sencillo. Como si uno pudiera deshacerse del miedo con tanta facilidad. Como si las palabras tuvieran tanto poder.

Mientras Jane se alejaba por el sendero del bosque, los perros se aproximaban desde el este, por el camino que llevaba al centro del pueblo. Eran viejos sabuesos, entrenados para perseguir osos y mapaches. Pero esta vez el rastro que venían siguiendo era el de Hattie.

«No tengas miedo», se repitió Hattie, tal y como le había dicho a su hija. Se concentró en esconder el miedo en las profundidades de su mente. Levantó el hacha y se mantuvo firme.

—¡Bruja! —gritaron los hombres que venían detrás de los perros—. ¡Atrapen a la bruja!

—¡Asesina! —gritaban algunos.

—¡Esposa de Satán! —exclamaban otros.

Apretando el mango del hacha con fuerza, Hattie empezó a avanzar por el sendero del pantano, un camino que le parecía seguro. Este tenía varios hundimientos profundos y manantiales de agua curativa. Aguas que sabían cosas; aguas que podían cambiarte, si se les permitía.

El barro era esponjoso bajo sus pies, pero a pesar de ello Hattie se movía rápido y con seguridad, saltando como un cervatillo.

—¡Ahí está! —gritó un hombre que se encontraba delante de donde estaba ella.

Aquello no era nada bueno. Hattie no se había planteado la posibilidad de que la abordaran desde esa dirección. De hecho, venían hacia ella de todas direcciones, y eran muchos más de los que esperaba. Se quedó paralizada, aterrorizada, mientras contemplaba con impotencia el círculo que se formaba a su alrededor y buscaba una salida, una escapatoria.

Estaba rodeada de hombres, hombres que trabajaban en el aserradero, hombres que solían reunirse alrededor de la estufa en la tienda del pueblo, hombres empleados en la red de ferrocarril, hombres que trabajaban la tierra. Y también había algunas mujeres. Tendría que haberlo esperado, haberlo previsto, pero por alguna razón no lo hizo.

Cuando muere un niño, es la madre quien carga con más pena, y con más furia. Hattie sabía que las mujeres podían ser incluso más peligrosas que los hombres.

Estaba rodeada de personas que conocía de toda la vida. Muchas de ellas habían acudido a Hattie en momentos difíciles, le habían pedido que las orientara, que les revelara su destino, le habían pagado para que les leyera el futuro o les entregara algún mensaje a sus queridos difuntos. Sabía mucho acerca de la gente del pueblo; conocía sus secretos y miedos más profundos; estaba al tanto de aquellas preguntas que no se atrevían a formular a nadie más.

Alcanzó a distinguir a Candace Bishkoff, que se acercaba a ella apuntándola con el rifle de su marido.

—¡No te muevas, Hattie! —le ordenó Candace—. ¡Suelta el hacha! — Candace tenía los ojos desorbitados, una mirada desquiciada, y se le marcaban las venas del cuello.

Hattie obedeció; sintió cómo el hacha se resbalaba de entre sus dedos y caía suavemente en el barro a sus pies.

De niñas, Candace y Hattie solían jugar juntas. Eran vecinas y amigas. Hacían muñecas con ramas, corteza de árbol y flores silvestres: las ramas eran para el cuerpo y las margaritas brillantes para la cabeza de las muñecas. Solían jugar juntas en ese mismo pantano, trepar por los árboles que se encontraban a la orilla, organizar fiestas con las ranas toro y las salamandras, entonar canciones sobre sus futuros brillantes.

Y Jane también solía jugar con la hija de Candace, Lucy, al menos por un tiempo. Luego dejaron de hacerlo. Así tenía que ser. A veces las cosas ocurren por una buena razón.

—Por Dios todopoderoso, más te vale que me digas la verdad, Hattie Breckenridge —le gritó Candace—. ¿Dónde está Jane?

Hattie recorrió con la mirada el cañón del rifle hasta llegar a los ojos de Candace, y la contempló directamente.

—Se fue —respondió Hattie—. La envié lejos anoche. Ya debe de estar a muchos kilómetros del pueblo.

Los demás empezaban a acercarse a ella, cerrando así el círculo que habían formado en las orillas del pantano. Sus pies se hundían y chapoteaban en el lodo, que dejaba sus zapatos de vestir prácticamente arruinados.

—Si estuviera aquí, la mataría —dijo Candace.

Al oír esas palabras, Hattie sintió que se le retorcía el corazón y se le cortaba la respiración.

—La mataría enfrente de ti —masculló Candace con furia—. Te robaría la vida de tu hija como tú robaste la de la mía.

—Yo no hice nada de eso —respondió Hattie.

—¡Lucy estaba dentro de la escuela! —gimió Candace. Su cuerpo se tambaleó, como si las palabras que acababa de pronunciar lo arrastraran con su peso—. ¡No hace ni una hora que recuperaron su cuerpo! —Se le quebró la voz—. El suyo y el de Ben y el de Lawrence. ¡Están todos muertos! — Empezó a sollozar.

Al ver a la que solía ser su mejor amiga sufriendo así, una parte de Hattie, la niña que vivía en su interior, sintió el impulso de acercarse a ella, abrazarla, cantar para tranquilizarla, entretejer flores en su cabellera y bañarla en las aguas curativas del pantano.

—Candace, de verdad que lamento mucho esta tragedia, y tu dolor, pero yo no lo hice. Te lo dije, se lo dije a todos en el pueblo. Yo predije este desastre, os dije que la escuela se incendiaría. Que se perderían vidas. Pero nadie quiso escucharme. Yo solo puedo entrever partes de lo que ocurrirá, pero no puedo controlarlo. No puedo detener el futuro.

Aquello era algo a lo que jamás se había acostumbrado: lo que sentía cuando una de sus visiones se volvía realidad, una tragedia que se desarrollaba frente a sus ojos, sin que pudiera hacer nada para impedirla.

—Necesito que dejes de hablar —le dijo Candace; apretaba el arma con tal fuerza que sus manos se pusieron blancas—. Deja de hablar y pon las manos sobre la cabeza.

Con el arma apuntándola, Hattie hizo lo que le ordenaba. Unos hombres que se acercaron desde atrás le ataron las muñecas con cuerdas.

—Llevadla al árbol —les indicó Candace.

«¿Qué hago? —les preguntó Hattie a las voces, a los árboles, al mismísimo pantano—. ¿Cómo me ayudaréis a salir de esto?».

Y por primera vez en su vida, hasta donde podía recordar, por primera vez en sus treinta y dos años de vida en este mundo, las voces guardaron silencio.

Y Hattie sentía miedo. Un miedo profundo e innegable.

En ese momento supo que todo había terminado, que había llegado su hora. Pero Jane estaría bien. Ella estaría a salvo. No la encontrarían, de eso estaba segura.

Hattie se acercó al árbol sin oponer resistencia. Era el más grande del bosque que rodeaba el pantano. Cuando eran niñas, Candace y ella lo llamaban «la Bisabuela», y siempre les habían maravillado sus gruesas ramas, que sobresalían de todo el tronco como brazos, algunos rectos y otros curvos.

El árbol de la vida.

El árbol de la muerte.

«El árbol de mi perdición», pensó al ver el nudo amarrado a una de las ramas a modo de horca. Había un taburete debajo de la rama, un taburete sencillo de tres patas, como el que se podía ver en cualquier cocina. Se preguntó a quién pertenecía, y si lo llevarían de vuelta a casa al terminar, para sentarse a la mesa a cenar. Tal vez, esa misma noche.

Los hombres la empujaron hacia el taburete y uno de ellos colocó el nudo alrededor de su cuello. La cuerda áspera colgaba como un pesado collar. La habían sujetado de una rama a unos cuatro o cinco metros del suelo, y debajo de ella tres hombres aferraban el otro extremo de la cuerda. Hattie los reconoció; eran los padres de los tres niños muertos: Huck Bishkoff, el marido de Candace, Walter Kline y James Fulton.

—Deberíais cubrirle la cabeza —sugirió Peter Boysko, que trabajaba en la serrería—. O vendarle los ojos.

Unos cuantos años atrás, Peter había ido a verla para pedirle hierbas y amuletos curativos, cuando su mujer y sus hijos estaban gravemente enfermos de gripe. Todos se recuperaron y, como gesto de agradecimiento, Peter le llevó a Hattie dos pasteles de pollo preparados por su mujer.

—No —respondió Candace—. Quiero ver su rostro cuando muera. Quiero verla morir y tener la certeza de que se ha hecho justicia para Lucy, Ben y Lawrence. Justicia para todos aquellos a los que les ha hecho daño.

—No le he hecho daño a nadie —les dijo Hattie—. Y si me hubieseis escuchado, tal vez esos niños seguirían con vida.

«Si no fuera por mi hija, seguramente seguirían con vida», pensó. Si tan solo hubiese podido prever esa parte. De haberlo sabido, tal vez podría haberla detenido. Pero si algo había aprendido a lo largo de su vida era que no se puede cambiar el futuro. Incluso si se pueden ver partes de él, cambiarlo está más allá del poder de cualquiera.

—¡Hacedla callar! —gritó Barbara Kline, la madre de Lawrence.

El chico había estado muy enfermo de varicela el año pasado, y su madre lo había llevado a ver a Hattie, que les había dado un bálsamo curativo y una infusión para que la bebiera. Lawrence se recuperó, y no le había quedado ni una cicatriz.

—La bruja miente —indicó Barbara.

—¡Enviadla de vuelta al infierno donde pertenece! —vociferó un hombre entre la multitud.

—¡Subidla ya! —gritó otra voz.

Enseguida, un grupo de hombres la sostuvo y, antes de que pudiera reaccionar, sus pies ya estaban sobre el taburete. No le quedó más opción que ponerse recta. Los tres hombres que sujetaban el extremo de la cuerda tiraron de ella para tensarla.

El taburete bajo sus pies empezó a tambalearse. Tenía los brazos atados a la espalda y la cuerda empezaba a apretarle el cuello. Se volvió a mirar todo el pantano, hacia donde se encontraba su cabaña, y se dio cuenta de que estaba en llamas. La había construido ella misma cuando estaba sola, después de que la casa de su familia ardiera. Después de que mataran a su madre. Jane nació en esa misma cabaña y había celebrado doce cumpleaños con pastel y velas.

Pensó en Jane, que en ese momento se encontraría en el sitio donde estaba la vieja casa de la familia, escondida en la despensa sin hacer ruido, como un frasco de judías olvidado. Estaría a salvo ahí. Nadie sabía dónde estaba la despensa. Nadie sabía que aún quedaba algún vestigio de la antigua casa entre los escombros y cenizas.

La gente siempre destruye lo que no entiende.

—Esperad —exclamó alguien. Se trataba de Robert Crayson, que trabajaba en la tienda de ultramarinos del pueblo. Se acercó y la miró a la cara. Por un breve instante, Hattie se preguntó si pensaba ponerle fin a esa locura y hacer que todos entraran en razón—. Antes de que se haga justicia, ¿quieres decir tus últimas palabras? ¿Tal vez suplicar por el perdón del pueblo? ¿O de Dios?

Hattie no dijo nada, solo siguió observando el pantano. Su hermoso pantano. Las libélulas planeaban sobre la superficie del agua; sus cuerpos alados brillaban bajo la luz del sol.

—Tal vez preferirías confesar dónde está el dinero —siguió diciendo Crayson—. Digamos, como una manera de compensarnos financieramente por tus crímenes. Se lo entregaríamos a las familias de los niños que mataste. Claro que eso no los traerá de vuelta, pero algo es algo.

—Yo no maté a nadie —repitió ella.

—¿Dónde escondiste el dinero, bruja? —gritó alguien—. ¿Qué pasó con el dinero que tenía tu padre?

—¿Qué os parece? —espetó otro hombre—. La familia más rica del pueblo y mirad cómo han acabado.

—Por favor —insistió Crayson, con un tono de voz suplicante—, permítenos darle un buen uso a la riqueza de tu familia. No dejes que esa fortuna muera contigo. Considéralo un último acto de caridad. Dinos dónde escondiste el dinero.

Ella le sonrió desde donde colgaba, les sonrió a todos los presentes, cuyos rostros reflejaban cierta esperanza. Era la sonrisa de alguien que tiene un secreto que jamás revelará.

La soga alrededor de su cuello empezó a apretarle más, mientras los hombres tiraban de ella. La rama donde estaba amarrada crujió. Se oyó el sonido de una ardilla y un trepador pasó volando.

—Podéis matarme, pero no podréis deshaceros de mí —les dijo—. Siempre estaré aquí. ¿No lo veis? Este lugar y yo somos uno solo.

Hattie inhaló profundamente y aguardó.

De niña, solía trepar a aquel árbol. Con Candace. Arrojaban sus muñecas con cabeza de flor desde la copa y observaban cómo revoloteaban suavemente en la brisa hasta llegar al suelo.

Ellas lo llamaban el juego de los ángeles.

«La vida es un círculo», pensó Hattie, inclinando la cabeza hacia atrás para contemplar las ramas. Casi lograba ver a esa pequeña niña que algún día fue, trepando más y más alto hasta perderse de vista.

De una patada, alguien derribó el taburete.

Su cuerpo se sacudió y empezó a patalear; sus pies buscaban desesperadamente algún apoyo para aliviar la presión que sentía en el cuello.

No podía hablar, ni gritar, ni respirar.

Solo podía balancearse y retorcerse, y, por un segundo, antes de perder por completo el conocimiento, tuvo la certeza de ver una de sus viejas muñecas con cabeza de flor descendiendo del árbol, con su rostro de margarita tan brillante como el sol de verano.