La invitada
Las paredes
Capítulo 12
Olive
8 de julio de 2015
Olive era consciente de que le caía mal a Nate. Al menos estaba segura de que no confiaba en ella. Por mucho que se hubiese esforzado durante las últimas tres semanas, por mucho trabajo que les hubiese ayudado a terminar (acabar con las paredes y el techo, además de empezar a poner los revestimientos de contrachapado), siempre la miraba como si estuviera esperando el momento en que se equivocara o metiera algo en su mochila mientras estaban distraídos. Incluso la obligaba a abrir su mochila frente a él todos los días antes de irse a su casa. Para él, solo era una ladrona. Como dicen, crea fama y échate a dormir.
Por otro lado, Helen se había portado muy bien con ella. La había oído decirle a Nate (pensando que estaba lo bastante lejos): «¡Por Dios, Nate! ¿Qué es lo siguiente? ¿Vas a desnudar y registrar a la pobre niña?». Cuando vivían en Connecticut, Helen solía trabajar dando clases de Historia, pero se notaba que no era para nada una de esas profesoras aburridas. A Olive le habría gustado que Helen fuera su profesora. Por la manera en que hablaba de la historia, de cómo vivía la gente en otra época, por ejemplo, antes de que la electricidad o los automóviles existieran, Olive casi sentía como si lo hubiera vivido. Podía imaginarlo todo a la perfección.
Además, lo hacía de manera muy natural, mezclando todos esos datos interesantes con conversaciones cotidianas. Por ejemplo, ahora: Olive la había acompañado al pueblo en su camioneta, y cada vez que pasaban junto a una casa antigua Helen le hablaba de los distintos estilos arquitectónicos que tenía un pueblo típico de Nueva Inglaterra como Hartsboro.
—Esa casa de la derecha tiene un estilo colonial clásico. ¿Ves que es una construcción sencilla de dos pisos? Sin aleros ni persianas. Es un diseño muy elegante. La casa que estamos construyendo es una variación de ese estilo. ¿Y ves esa al otro lado de la calle? —preguntó Helen, disminuyendo la velocidad mientras señalaba una gran casa blanca con la pintura desconchada—. Neogriego. Fíjate en las columnas, mira cómo la punta del techo apunta a la calle. Todos los detalles de la cornisa. En realidad, es una obra de arte.
Un coche detrás de ellas tocó la bocina y Helen aceleró.
—Es increíble que todas estas casas hayan sido construidas antes de que hubiera electricidad —dijo Helen—. Piénsalo: no tenían herramientas eléctricas. Lo serraban todo a mano. Y usaban hachas para cortar la madera. Usaban cinceles para todos los detalles que tallaban en las columnas y los bordes.
—Seguro que tardaban siglos en construir una casa —comentó Olive.
—Pues sí, es verdad que las cosas tardaban más tiempo en acabarse, pero el nivel artesanal era mucho mayor. Se requería verdadera habilidad para darles forma a postes y vigas, y para unirlos. Imagínate hacer todo ese trabajo tan delicado a mano. Los constructores eran artistas.
A Olive le agradaba esto. Dudaba de que la gente de esos tiempos pudiera derribar una pared y construir otra con la misma velocidad con que lo hacían ella y su padre constantemente. Parte de ella deseaba poder regresar a una época sin herramientas eléctricas, ni contrachapado ni paneles de yeso.
Además de las historias tan interesantes que le contaba, a Olive también le gustaba el hecho de que Helen estuviera tan interesada en Hattie. No solo en las espeluznantes historias de fantasmas, sino en la mujer real detrás de estas. Helen había estado investigando, tanto por internet como alrededor del pueblo, pero estaba frustrada porque aún no había sido capaz de descubrir todos los hechos. Olive le había dicho que su tía podría ayudarla; trabajaba como voluntaria en la sociedad histórica y podría ayudar a Helen a entrar. Así que, ese día, se encontraban camino del depósito donde trabajaba Riley.
—¡Te encantará este lugar! —le prometió Olive mientras aparcaban frente al Depósito Fox Hill—. Y también te caerá muy bien mi tía Riley.
Olive guio a Helen hacia el gran almacén; pasaron junto a antiguas vigas talladas a mano y madera fresada, hileras de bañeras viejas, bastidores de accesorios de fontanería y tuberías de cobre. Helen se detuvo a ver lavabos y tinas.
—Tenías razón —admitió Helen mientras se acercaba a un profundo fregadero de esteatita, como atraída por un imán—. ¡Este lugar es increíble! ¡Por Dios, mira este fregadero!
—Voy a buscar a mi tía —dijo Olive—. Tú sigue mirando.
Olive encontró a Riley detrás de un gran escritorio sobre una plataforma en medio de la tienda.
—¡Hola, Ollie! —exclamó Riley. Salió de detrás del escritorio, bajó de la plataforma de un salto y envolvió a Olive en uno de sus famosos abrazos de oso—. ¡Qué agradable sorpresa! ¿Qué haces aquí? ¿Dónde está tu padre? — Echó un vistazo alrededor.
—Está trabajando. He venido con mi vecina, Helen. ¿Recuerdas? Ya te había hablado de ella.
—¡Qué bien! Me muero por conocerla.
—Está en la zona de los lavabos, creo. Le gustan mucho las cosas antiguas.
Riley sonrió.
—¡Pues ha venido al lugar indicado! Oye, tengo algo para ti —dijo Riley. Volvió a su escritorio y sacó una bandolera que tenía guardada debajo de él. Después de revisar el interior un minuto, le dijo alegremente—: ¡Toma!
Le entregó su regalo: era una pequeña brújula de latón, empañada y rayada.
—La encontré en un mercadillo.
—Guau, es genial —apuntó Olive.
—Es para ayudarte a encontrar tu camino —le dijo Riley, y Olive tuvo la sensación de que no solo se refería a entrar y salir del bosque.
—Gracias. —Olive examinó la brújula: la aguja giró y osciló hasta que, finalmente, apuntó al norte. Se dijo a sí misma que tenía que ser valiente. Que hiciera la pregunta y ya está. Ahora o nunca—. Oye, tía Riley, ¿puedo preguntarte algo?
—Claro, Ollie. ¿Qué sucede?
—Se trata de mi madre.
Aparentemente, el comentario pilló a Riley por sorpresa. Esbozó una sonrisa preocupada.
—¿Qué pasa con tu madre, Ollie?
—Me preguntaba si podrías contarme algo sobre las últimas semanas que estuvo con nosotros. Si sabías qué estaba haciendo. A quién veía.
Riley dejó escapar un largo y profundo suspiro.
—¿Ya has hablado con tu padre de esto?
Olive sacudió la cabeza.
—¡Claro que no! Jamás tocamos el tema. Él solo habla de cómo será la vida cuando mamá vuelva a casa.
—Supongo que es lo mejor.
—Lo sé. Papá no puede soportarlo. Él simplemente… no puede. Pero si tú sabes algo, cualquier cosa que me estéis ocultando, quiero saberla. Por favor. Puedo aguantar lo que sea. Ya no soy una niña.
Riley estiró el brazo, cogió la mano de Olive y le dio un apretón.
—Lo sé, Ollie. Estás creciendo tan rápido… No puedo creer que empieces tu segundo año de instituto este otoño. Recuerdo el día en que tus padres te trajeron del hospital. Eras tan pequeña, tan perfecta… Cómo vuela el tiempo.
—Lo estás haciendo otra vez, tía Riley —se quejó Olive.
—¿Haciendo qué?
—Cambiando de tema. Siempre lo haces cuando menciono a mi madre y lo que ocurrió. Estoy harta de evitar el asunto, ¿tú no?
Riley la observó durante unos segundos, mientras reflexionaba con el ceño fruncido.
—Escucha, te diré lo mismo que le dije a tu padre —señaló Riley finalmente—. La verdad es que no sé qué estaba haciendo tu madre. De pronto se volvió muy reservada. Pero me daba cuenta de que algo sucedía, de que algo había cambiado.
—¡Yo también! —comentó Olive—. Se portaba igual conmigo.
La reconfortó hablar de ello al fin, sacar todo lo que llevaba tanto tiempo guardando.
Riley asintió.
—Sin duda, algo cambió en ella.
—¿Recuerdas la última vez que la viste? —preguntó Olive.
—Sí. Fue en el bar Rosy. Pasé con unos amigos después del trabajo y ella estaba ahí.
—¿Estaba sola? —preguntó Olive.
Riley dudó por un instante; se mordió el labio. Olive le dirigió una mirada suplicante. «Por favor, ya hemos llegado hasta aquí», parecía decir con la mirada.
—No —dijo Riley—. Estaba con un tipo.
—¿Quién era? —preguntó Olive.
Riley apartó la mirada.
—Nadie conocido.
—Bueno, pero ¿cómo era?
Miró a Olive otra vez y se encogió de hombros.
—No lo recuerdo exactamente. Cabello y ojos oscuros, creo. Llevaba una cazadora de cuero.
—¿Crees que Sylvia sabrá quién era?
Sylvia atendía la barra en el bar y era una de las mejores amigas de su madre. Se conocían desde antes de que Olive naciera.
—No lo sé, Ollie. Y francamente, si lo supiera, ¿qué importancia tendría?
—Porque tal vez sea el tipo con el que se fugó. Y si supiéramos más de él, tal vez podríamos descubrir dónde se fueron.
—Ay, cielo… —Riley le dirigió a Olive la mirada. Esa mirada de lástima, de «pobre niña» que Olive conocía tan bien. La muchacha apretó la mandíbula. No quería la lástima de nadie, y mucho menos de su tía Riley. No quería ser esa pobre niña.
—Mira, tesoro —siguió diciendo Riley—, el caso es que, si tu madre quisiera que la encontráramos, ya se habría puesto en contacto con nosotros.
—Pero si…
—Sé que duele, créeme. Pero tenemos que ser pacientes. Ella volverá cuando esté lista, Ollie. —Alzó la mirada para ver algo detrás de Olive y sonrió.
—Hola. Tú debes de ser Riley —dijo Helen, y se acercó a Olive.
—Tía Riley, te presento a Helen. Es nuestra nueva vecina, de la que te he hablado —dijo Olive, obligándose a sonreír, a pesar de que se sentía devastada y frustrada por la conversación que acababa de tener con Riley. ¿Cómo podía pensar eso su tía? ¿Decir que lo mejor era no hacer nada para descubrir el paradero de su madre? «Volverá cuando esté lista». Eso no le bastaba a Olive, y no podía creer que fuera una explicación suficiente para Riley.
—¡Ah, sí! Vives en el pantano de Breckenridge, ¿verdad?
—Así es, yo soy la loca que vive en el terreno embrujado y que alborota a los fantasmas —explicó Helen con una sonrisa.
—Es un placer conocerte —declaró Riley con entusiasmo, y estiró una mano para sacudir la de Helen.
—¡Espera! —exclamó Olive—. ¿Qué has dicho?
—Nada —concretó Helen—. Lo siento, son solo tonterías que he oído en el pueblo.
—Entonces, ¿sí has oído lo que han estado diciendo? ¿Lo de que trajiste a Hattie de vuelta?
Helen la miró con los ojos entrecerrados.
—He oído algunas cosas. Y parece que tú también. ¿Por qué no me lo contaste?
Olive se encogió de hombros.
—Son solo tonterías que dice la gente. Supongo que es porque vives en el pantano —dijo Olive—. Además de todos los libros de brujería que has cogido de la biblioteca.
Helen sacudió la cabeza con incredulidad.
—Bromeas, ¿verdad? ¿La gente sabe qué libros he cogido?
Olive asintió.
—Brendan, el que trabaja en Ferguson’s, incluso le ha dicho a la gente que cree que tú también eres una bruja.
Riley se rio.
—En un pueblecito como Hartsboro uno debe tener cuidado con lo que coge en la biblioteca. Uno coge un solo libro sobre artes ocultas y ya te asocian con el mismísimo diablo.
—¿Y los bibliotecarios no tienen un código ético, de honor o algo así? — preguntó Helen.
—Parece que en Hartsboro no —respondió Riley.
—Pero no son solamente los libros —añadió Olive—. Dicen que… despertaste a Hattie o algo así. Que por tu culpa empezaron a ocurrir cosas malas.
—¿Qué? —preguntó Helen—. ¿Qué cosas malas? ¿El accidente del autobús?
Olive asintió.
—Déjame adivinar, Hattie y yo también causamos los relámpagos y los incendios, ¿verdad?
—Tal vez. —Olive se encogió de hombros—. Es lo que dicen algunas personas.
Riley sonrió.
—Es probable que te culpen hasta de los semáforos que no funcionan — dijo—. Siempre que algo sale mal en Hartsboro, acusan a Hattie. Pero ahora los muy cotillas están encantados porque tienen a alguien nuevo, a una persona de carne y hueso a quien culpar.
Helen estaba sorprendida; no paraba de sacudir la cabeza.
—Yo no me preocuparía mucho por eso —comentó Riley—. Poco a poco lo irán olvidando. Cuando alguna adolescente se quede embarazada o algún tipo deje a su mujer por otro hombre, el pueblo tendrá un tema nuevo para cotillear.
—Sí —coincidió Olive—. Te lo digo por experiencia, lo mejor que puedes hacer es no hacer caso.
—Uy, y yo que pensaba que debería vestirme de negro y dibujar símbolos místicos en las aceras —replicó Helen, y las tres rieron.
—He oído que, además de ser la nueva bruja del pueblo —dijo Riley con un guiño travieso—, estás construyendo una casa maravillosa junto al pantano.
—Es genial —exclamó Olive—. ¡La están construyendo toda ellos mismos!
—Es impresionante —expuso Riley.
—O una locura —añadió Helen—. Incluso me atrevería a decir que es una estupidez.
Las tres se rieron otra vez.
—Olive ha sido de gran ayuda —dijo Helen.
—Claro, es una trabajadora excelente —asintió Riley—. Aprendió mucho trabajando con su padre en casa. ¿Ya has conocido a mi hermano Dustin?
Helen sacudió la cabeza.
—Aún no.
—Le sugerí a papá que invitara a Helen y a Nate a una barbacoa un día de estos. ¡Y tú no puedes faltar, tía Riley!
Era algo que hacían a menudo cuando su madre vivía con ellos: organizaban barbacoas e invitaban a muchas personas. Todos llevaban algo: cerveza, ensalada de patata, sandía, y su padre lanzaba fuegos artificiales en el patio cuando oscurecía.
—Claro que sí, Ollie. Tú pon la fecha y ahí estaré —respondió. Y, mirando a Helen, añadió—: Y, decidme, ¿qué os trae por aquí? ¿Buscáis algo en particular para la casa?
—En realidad, sí. Le he echado el ojo a ese fregadero de esteatita que tienes por ahí.
—Es una belleza. Deja que le ponga un letrero de vendido y les pediré a algunos de los chicos que lo metan en tu coche.
—También estoy buscando una viga para utilizar como cabecero. Algo viejo y tallado a mano. ¿Tal vez de uno veinte por uno veinte o de uno veinte por uno ochenta?
—Pues echemos un vistazo, a ver qué tengo —respondió Riley, y las guio por el enorme almacén.
—Olive me ha dicho que eres una experta en la historia local —dijo Helen.
Riley se encogió de hombros.
—Yo no diría experta. Para nada. Pero definitivamente es algo que me apasiona.
—Le mencioné a Helen que podías ayudarla a entrar en la sociedad histórica para que pueda investigar un poco —explicó Olive.
—Me encantaría echar un vistazo —indicó Helen—. De hecho, me dieron el número de una mujer llamada Mary Ann. Esperaba que pudiera darme acceso, así que la telefoneé y le dejé un mensaje, pero nunca me devolvió la llamada.
—Sí, ella y su marido están en Carolina del Norte; su hija vive allí con su familia. Está a punto de dar a luz, así que han ido a conocer a su nuevo nieto. Aunque, de todos modos, me temo que la sociedad histórica está temporalmente cerrada. Se rompió una tubería y hubo algunos daños. Tienen que reparar el suelo. Guardaron las cosas como pudieron en cajas y bolsas de plástico; es un desastre. Pero te avisaré tan pronto esté lista para abrir otra vez.
—¡Perfecto! —exclamó Helen—. Espero que no se haya dañado nada valioso.
—No —dijo Riley—. Afortunadamente logramos moverlo todo. Solo fue el suelo. Tienen que quitar la moqueta y poner una nueva, y revisar si el subsuelo está bien.
Llegaron a la zona de los lavabos, Riley sacó una etiqueta de su bolsillo, escribió «VENDIDO» en letras grandes y se lo puso al fregadero. A Olive se le desorbitaron los ojos cuando vio el precio: 799 dólares. Era un fregadero grande y profundo, hecho de losas lisas de pizarra gris.
—Lo fabricaron aquí en el pueblo. De hecho, apuesto a que la piedra también fue extraída aquí, en Vermont.
—¿En serio? —dijo Helen, que estaba incluso más emocionada que antes.
—Proviene de una vieja hacienda ubicada en County Road. Una pareja lo compró el año pasado, pero ahora están haciendo algunas mejoras en la casa. Modernizándola.
Helen sacudió la cabeza.
—Me cuesta creer que alguien se deshaga de un fregadero así.
—¿Verdad que sí? Probablemente instalaron un nuevo y reluciente fregadero de acero inoxidable para que combine con sus electrodomésticos — dijo Riley—. Ahora vamos a por esa viga que quieres.
Riley las llevó al otro lado de la tienda, donde había varias vigas apiladas sobre estantes. Todas tenían etiquetas blancas y letreros escritos con tiza amarilla.
—Este lugar es increíble —señaló Helen—. Y estoy muy agradecida por tu ofrecimiento de abrir la sociedad histórica para mí. —Empezó a revisar las etiquetas de las vigas.
—No hay problema. ¿Buscas algo en particular?
—Lo que sea sobre nuestro terreno. En especial, cualquier cosa sobre Hattie Breckenridge.
—Por desgracia, no creo que haya mucho. Un par de fotografías. Tal vez un antiguo título de propiedad a su nombre. Pero a lo mejor hay cosas que yo no he visto; podemos buscar juntas.
—¿Sabes qué fue de ella? —preguntó Helen, apartando la mirada de las vigas y dirigiéndola a Riley—. Nadie en este pueblo ha podido darme realmente una respuesta.
—Me lo imagino —dijo Riley—. Es una historia algo horripilante; a ninguno de los habitantes del pueblo le enorgullece mucho.
—¿Horripilante? —preguntó Olive—. ¡Genial! ¡Cuéntanos!
La muchacha jamás había oído la verdadera historia de lo que le pasó a Hattie. Le había preguntado a su madre alguna vez, pero ella simplemente le respondió que nadie estaba seguro. ¿Cómo es que nunca se le había ocurrido preguntarle a Riley? Claro que ella sabía lo que había sucedido. Y lo que era más importante, podía confiar en Riley para que le contara la versión sin censura ni mentiras.
Riley se apoyó en una pila de madera, se apartó el flequillo azul de la frente y empezó:
—Bueno, como sabéis, la gente creía que Hattie era una bruja. Que tenía poderes que le permitían ver todo lo que iba a pasar. Sus predicciones casi siempre se cumplían, y eso le daba miedo a la gente. Creían que tal vez no solo veía el futuro, sino que lo alteraba de algún modo, que las cosas ocurrían porque Hattie decía que iban a ocurrir.
Olive trató de imaginarse lo que se sentiría al tener esa clase de poder sobre la gente: la habilidad de hacerlos creer que eras capaz de ver el futuro e incluso de cambiarlo.
—Un día les advirtió a todos que la vieja escuela se incendiaría. Cuando sucedió, tres niños murieron. La hija de Hattie resultó ilesa, ya que ella no la dejó asistir a la escuela aquel día. Y, claro, eso la hacía parecer aún más sospechosa. Entonces acusaron a Hattie de haber provocado el incendio, del mismo modo que la habían acusado de todas las cosas malas que había predicho. Veréis, la gente de aquel entonces, y supongo que la de hoy también, le temía a todo aquello que no comprendía. Siempre buscan a qué, o a quién, culpar.
—¿No os parece interesante lo poco que cambian algunas cosas? — preguntó Helen.
—Ajá, sí —replicó Olive con impaciencia—. ¿Y qué le pasó a Hattie?
—La colgaron.
Helen emitió un pequeño jadeo.
—¿En serio?
Riley asintió.
—La mitad del pueblo fue a buscarla después del incendio en la escuela. Había niños muertos, así que la gente estaba furiosa. Acusaron a Hattie de ser una bruja y la colgaron de un viejo pino blanco que se encontraba cerca de las orillas del pantano.
—¿En qué año fue esto? —preguntó Helen.
—En 1924 —respondió ella.
—¡Guau! —exclamó Helen—. Jamás había oído que hubiesen colgado a alguien por brujería a esas alturas. La mayoría de los juicios y ejecuciones ocurrieron en tiempos de los puritanos.
—Creo que lo ocultaron todo bastante bien. La gente de Hartsboro no estaba muy orgullosa que digamos.
—¿Dónde está enterrada? —preguntó Helen.
—Nadie lo sabe a ciencia cierta —dijo Riley—. Aunque hay gente que dice que la arrastraron al centro del pantano y la hundieron ahí. Que su cuerpo aún yace en ese lugar y por eso está embrujado.
—Entonces, ¿está en el pantano? —preguntó Olive.
—Tal vez —respondió su tía.
—¿Y qué pasó con el árbol del que la colgaron? —preguntó Olive, tratando de recordar cuál podía ser. No había ningún pino grande a orillas del pantano.
—Lo cortaron poco después —respondió—. Lo usaron para hacer madera y, de hecho, usaron esas vigas para reconstruir la escuela.
—¿La que derribaron el año pasado? —preguntó Olive.
—Sí. Es más, creo que aún tengo algunas de esas vigas a la venta. —Se volvió hacia la madera apilada en los pesados estantes de acero.
—¿En serio? —preguntó Olive entusiasmada—. ¿Del árbol del que la colgaron?
—Eso es lo que dice la gente. —Riley empezó a revisar las etiquetas adheridas a las vigas—. Esta —dijo, y señaló una de ellas.
Helen se acercó, estiró la mano para tocar la viga, dudó por un instante y finalmente la posó sobre ella y la acarició con suavidad.
—¿Esto proviene de nuestro terreno? ¿De la época de Hattie? —preguntó.
—Pues no puedo probarlo ni darte un certificado de autenticidad o algo así, pero estoy bastante segura de que sí. Después se usó para la vieja escuela de Hartsboro.
Para Olive, la viga era como todas las demás: vieja, de un vibrante color café y llena de marcas de hacha.
—Es perfecta —dijo Helen—. Es justo lo que necesitamos para el espacio entre la sala y la cocina.
—¿¡Qué!? —exclamó Olive—. ¿Vas a usar la viga hecha con madera del árbol de la ejecución en tu casa? ¿Y si está… embrujada o algo así?
Helen se rio.
—No existen los fantasmas —indicó—. Pero esta viga… ¿Recuerdas lo que te estaba contando? ¿Lo de que solían cortar la madera usando solo un hacha? Por eso tiene todas estas marcas. —Pasó los dedos por la viga—. Casi se puede sentir su historia, ¿no crees?
Olive tocó la viga también, haciendo un esfuerzo por imaginar el árbol del que provenía, firmemente plantado a orillas del pantano; a Hattie con un nudo alrededor del cuello. Pensó en que ese árbol fue una de las últimas cosas que vio. Y él árbol la había visto a ella también. Había sostenido su peso, sentido sus últimos movimientos. Olive imaginó que había alguna parte de Hattie en ese árbol, como una mancha en lo más profundo de él.