La invitada

Jennifer McMahon · Capítulo 27 de 54

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La invitada

Capítulo 26

 

Helen

 

19 de agosto de 2015

Helen estaba en la casa nueva, hecha un ovillo sobre el suelo del salón. Las paredes estaban llenas de aislamiento rosa esponjoso. Con las puertas y ventanas instaladas y el aislamiento puesto, la casa era mucho más silenciosa. Ella y Nate habían terminado esa tarde e incluso habían tenido tiempo de empezar con los paneles de yeso. Ese, por otro lado, había sido un proceso lento y engorroso; maniobrar los pesados paneles de un metro veinte por dos metros cuarenta para meterlos en casa y hacer los cortes necesarios para que luego Nate sostuviera las piezas en su lugar, mientras Helen las atornillaba a las paredes con el taladro inalámbrico. El baño de abajo ya estaba cubierto de paneles de yeso grisáceo atornillados a los montantes y estaban listos para ser pegados. Era agradable tener una habitación con muros sólidos en vez de esa cueva.

Ahora, Helen parpadeaba en la oscuridad. Le pesaba la cabeza y sus pensamientos eran lentos. Hacía unas horas se había acostado en el remolque junto a Nate. Estaba lloviendo a cántaros y el techo goteaba otra vez. Habían colocado ollas y tazones por aquí y por allá para las goteras, y Helen estuvo dando vueltas en la cama un buen rato, oyendo cómo el agua golpeaba las ollas de metal, las latas vacías y los tazones de plástico. Eso, combinado con la lluvia golpeteando en el techo de metal, creaba una sinfonía burlona y furiosa de lluvia, con el toque de los truenos ocasionales. Como no lograba dormir, se levantó, fue a la cocina y se puso a leer Cómo comunicarse con el mundo espiritual otra vez. Ya lo había revisado varias veces, pero volvía a leerlo.

A la una de la mañana, Helen abandonó toda esperanza de dormir; se puso sus zapatillas y una sudadera, y se dirigió al pantano. Cuando empezó el verano, ni loca se hubiese atrevido a ir al bosque de noche y habría dado un brinco con cada ruido. Pero a esas alturas se sentía más cómoda con sus alrededores y los ruidos de la noche. Por supuesto que seguía nerviosa, pero la atracción que ejercía Hattie sobre ella era más poderosa que el miedo. Y tenía la sensación, por muy irracional que fuese, de que Hattie no permitiría que le ocurriera nada malo. Ella la protegería.

La lluvia había menguado y ya no era un diluvio, sino una llovizna. Había recorrido el patio, salpicando agua de los charcos mientras dejaba atrás la oscura casa y el remolque. Bajó por el camino que atravesaba esa parte del bosque, prestando atención a los sonidos a su alrededor: gotas de lluvia sobre las hojas, el croar de las ranas, el chapoteo del pantano. El camino se había despejado y todo el pantano era visible. Había niebla pálida sobre el agua que parecía vacilar y cambiar, como si tratara de tomar forma.

—Hattie… —dijo en voz baja. La única respuesta que recibió fue el croar sordo de una rana solitaria. Se había quedado un rato observando el agua, pensando en lo que podría haber debajo. La lluvia había empezado a arreciar y su sudadera se estaba mojando. Había decidido volver a la casa sin terminar. Se sentó en el suelo, al lado de la repisa, aguardando, esperando. Pero nada ocurrió. Y se había quedado dormida.

Despertó y se estiró. Seguía lloviendo. Helen podía oír la lluvia en el segundo piso, que golpeaba el tejado de la casa nueva, el tejado que habían cubierto con tela asfáltica, pero que aún no tenía tejas.

«Porque no has encontrado el material. Has perdido el tiempo buscando ladrillos embrujados y ahora una repisa, para averiguar más sobre Hattie y su familia, en vez de traer cosas que de verdad necesitas para terminar tu casa. —Escuchó la voz de Nate en su cabeza—. Estoy preocupado por ti, Helen».

Se volvió hacia la repisa, su última victoria. La habían dejado dentro, en el suelo, envuelta en una lona para protegerla hasta que las paredes estuvieran listas y pudieran colgarla. Helen le quitó la lona para mirarla.

Tenía razón; era perfecta. Era la pieza que le hacía falta a su salón. Otra forma de darle a su casa una sensación de historia.

«Pero no necesitamos ninguna repisa», había dicho Nate cuando la vio por primera vez. Se había alejado de la repisa que Helen había puesto en la parte trasera de la camioneta para empezar a hurgar en la cabina.

—¿Dónde está la comida para ciervo?

—Mierda. Lo siento, la olvidé.

Él suspiró y se frotó el rostro.

—¿Qué vamos a hacer con una repisa? Aún no tenemos chimenea.

—He estado pensando —empezó a decir Helen— que deberíamos construir una. Una gran chimenea de ladrillo justo en medio de la casa. Eso la haría más fiel al diseño original de las casas coloniales y añadiría masa térmica…

—¡Helen, eso no era parte de los planos! Esto no es una manualidad o un proyecto de hágalo usted mismo. ¿Tienes idea de lo que cuesta contratar a un buen mampostero? ¡Y ya estamos fuera del presupuesto!

—De acuerdo, de acuerdo —dijo Helen—. Entonces nos conformaremos con la estufa de leña y la chimenea de metal por ahora. Tal vez después podamos discutir la posibilidad de añadir una chimenea de ladrillo, ¿no? Por ahora podemos poner la repisa en la pared, detrás de la estufa de leña.

Nate entrecerró los ojos, tratando de visualizarla, pero sacudió la cabeza.

—Pero el conducto de la estufa quedaría delante de ella. Se verá rara.

—Podríamos poner el conducto detrás de la estufa, dentro de la pared, y luego colocar la chimenea de metal detrás de la pared del salón —sugirió Helen—. Quedaría mejor, ¿no? En vez de una chimenea de metal que subiera hasta el techo.

Nate la miró, parpadeando.

—No lo sé, Helen. Tendría que echarles un ojo a los planos para ver si funciona. Habría que repensar la despensa detrás de la pared. No creo que queramos que el tubo de la estufa caliente atraviese la despensa, ¿verdad? Perderíamos espacio de almacenamiento y ese calor se desperdiciaría. No era parte del diseño original. —Suspiró con frustración.

—La repisa tiene más de cien años, Nate. Y es de arce sólido —dijo ella —. La conseguí a muy buen precio. Una vez que la limpie verás lo hermosa que es.

—Solo me hubiera gustado que lo consultaras conmigo —señaló él—. La repisa no estaba en los planos. Ni en el presupuesto.

—Costó setenta y cinco dólares, Nate. —Su voz se oyó un poco más mordaz de lo que hubiera querido.

—Setenta y cinco dólares que pudimos haber usado para otros materiales que sí necesitamos, como tejas para el tejado. —Había alzado un poco la voz —. Creí que eso ibas a hacer hoy, ir a buscar materiales reutilizados que habías visto en internet.

Ella apartó la mirada, inspiró profundamente y trató de calmarse. Una mentirijilla más.

—No me fue bien. Estaban en peor estado de lo que decía el anuncio.

Él la miro de forma inquisitiva. ¿Se daría cuenta de que estaba mintiendo?

¿En qué momento se había vuelto tan fácil mentirle a su marido? Cuando vivían en Connecticut, nunca habría considerado la posibilidad de hacerlo. Pero en aquel entonces se lo contaban todo. Aunque solo habían pasado unos meses, parecía toda una vida.

Se lo quedó mirando, su barba tupida, su mirada cansada, y pensó en lo distinto que era aquel hombre del que era su marido en Connecticut. No solo él; todo era diferente.

—Lo siento, Nate. Si no encuentro algo que funcione pronto, pediremos las tejas que viste en la tienda.

Nate asintió, sin dejar de observar la repisa con el ceño fruncido.

—Nate, por favor, ¿podemos meter la repisa, ponerla sobre la pared y ver cómo queda? —le pidió—. Por favor.

—Está bien —dijo él, y ella advirtió ese toque de satisfacción que sentía cada vez que ganaba un asalto.

Nate admitió que quedaba bien en la casa. Después de hacer algunos cálculos, había decidido que podían poner el conducto detrás de la estufa, pasarlo por la pared y colocar la chimenea junto a la despensa, para que la repisa no se ennegreciera. La habían colocado sobre una lona y Helen la había limpiado, usando un poco de limón, frotando las áreas que estaban rayadas y tratando de imaginar todo lo que habría visto esa repisa: muchas Navidades, cumpleaños, celebraciones; la llegada de la televisión; el declive de la granja; las peleas; el asesinato y el suicidio.

 

Esa noche, la repisa parecía brillar, casi resplandecer, en la oscuridad de la casa vacía.

Pero la casa no estaba vacía. Helen lo sabía.

Se quedó perfectamente quieta, esperando, atenta. Oyó pasos sobre el contrapiso de contrachapado y sintió que el aire a su alrededor se enfriaba. Se le erizó la piel. Se quedó contemplando la repisa sin quitarle los ojos de encima, sin parpadear, hasta que le empezaron a llorar los ojos. Y entonces apareció una figura que se paró a su lado. Helen alzó la mirada lentamente.

La mujer vestía vaqueros; su cabello, oscuro y voluminoso, estaba cortado por encima de los hombros. El jersey rosa tenía unas manchas rojas oscuras. Helen podía oler la pólvora y ese fuerte aroma ferroso a sangre fresca.

«Esto no es real —pensó Helen—. Estoy soñando».

Cerró los ojos con fuerza, luego los abrió y la mujer seguía allí. Helen podía ver la caja de clavos que Nate había dejado en el suelo junto a la repisa. Y su martillo también estaba allí, junto a un rollo de aislante de fibra de vidrio que no habían utilizado.

Aquello no era un sueño.

—¿Dónde están los niños? —preguntó la mujer, mirando a su alrededor con una mirada frenética. Parecía que hablaba con una voz muy alta, gritando incluso; sin embargo, Helen apenas la oía; sus palabras eran como el zumbido de una cigarra. Luego, agachó los ojos y se llevó la mano al pecho para tocar el agujero de la bala, y empezó a gritar. Era el sonido más agudo y lleno de angustia que Helen había oído en su vida.

—Por favor —le dijo Helen, tratando de alzar la cabeza, pero le pesaba demasiado—, todo está bien.

Pero en cuanto habló la mujer se desvaneció como una bocanada de humo que se lleva el viento.

Había desaparecido.

Pero el sonido seguía ahí. Fuera, el grito seguía y seguía.

Era el mismo que Helen había oído durante su primera noche allí. El sonido que, según Nate, era de una marta pescadora o un zorro.

Helen se hizo un ovillo, se cubrió las orejas con ambas manos y trató de silenciar los gritos.