La invitada
Capítulo 44
Olive
13 de septiembre de 2015
Su padre estaba en la cocina, con la vieja camisa de trabajo que tenía su nombre bordado en el bolsillo del pecho: «Dustin».
Sus amigos lo llamaban «Dusty».
Pero ya no los frecuentaba. No desde que su mujer se fue. No desde que empezó con sus eternas reformas. Los muros derruidos, las pilas de polvo, los bloques de yeso y cinta y mezcla y agujeros en el techo y el suelo.
—¿Qué estás haciendo con ese rifle, Olive?
Era su voz seria de «nada de tonterías, soy tu padre». Solo la llamaba Olive cuando estaba asustado o enfadado, o ambas cosas.
Olive sacó el diario de su bolsillo trasero y lo dejó sobre la mesa de la cocina.
—He encontrado esto en el cobertizo —dijo ella.
Él bajó la vista un instante, pero enseguida volvió a mirar a Olive y al rifle con el que le apuntaba.
«Cuando estés en una habitación donde haya un arma, préstale toda tu atención».
Su padre parecía cansado. Delgado. Sus oscuras ojeras lo hacían parecer un hombre mapache.
—Baja el arma para que hablemos, Olive —dijo él; su voz era como el parloteo de un mapache ansioso. «Peligro. Aquí hay peligro».
—¿Sabes qué es esto? —preguntó Olive, y señaló el libro con un movimiento de la cabeza.
—No —dijo él—. Nunca lo había visto.
—El diario de mamá —soltó ella.
El rostro de su padre se retorció ligeramente.
—Baja el arma, Olive —dijo.
—¿Sabías que llevaba un diario?
Él sacudió la cabeza. El poco color que tenía desapareció de su rostro hasta que se quedó tan pálido como las paredes.
—¿Sabes?, lo he estado leyendo. ¿Adivinas lo que escribió?
Él se quedó callado, con la mandíbula apretada, con los ojos clavados en el rifle.
—¿Sobre los otros hombres? —preguntó finalmente.
Ella se rio.
—¿Sabes qué? Creo que nunca hubo otros hombres. Creo que solo era tu paranoia. O tal vez intentabas cubrir tus huellas.
—¿Cubrir mis huellas?
—¿Sabes lo que contiene este diario? ¿Sabes lo que escribió? Escribió que te tenía miedo. —Olive tragó saliva y contempló a su padre. Su padre, el hombre que la había enseñado a disparar y a seguir las reglas del cazador: respetar tu arma; nunca disparar si no estás seguro del objetivo; nunca dejar que un animal sufra y nunca apuntar tu arma a una persona a menos que pienses utilizarla—. ¿Por qué, papá? ¿Por qué mamá te tendría miedo?
—¿Miedo? ¿De mí? —dijo con una voz baja y rasposa, como si estuviera a punto de perder la razón.
—He leído el diario —le espetó ella. Sus manos estaban calientes y sudorosas mientras sujetaba el rifle con fuerza. El dedo en el gatillo—. No me mientas.
Olive echó un rápido vistazo alrededor de la habitación. Vio los muros derruidos, las tablas del suelo arrancadas. El estado constante de destrucción y demolición en el que vivía. Entonces, lo entendió. Al fin entendió la obsesión de su padre por demoler la casa. Se sintió como un personaje de dibujos animados al que se le encendía una bombilla sobre la cabeza.
—Has estado buscando su mapa y su diario, ¿verdad? —dijo ella.
—¿Qué mapa?
—El mapa del tesoro de Hattie. Creías que lo había escondido en algún lugar de la casa. Muy bien escondido, donde nadie lo buscaría. Y el diario que podría demostrar lo que habías hecho.
Parecía afligido; la expresión en su rostro era la prueba más contundente. «La verdad duele».
—Yo… —tartamudeó él, sin saber qué más decir.
—Pero nunca los encontraste, ¿verdad?
Él no respondió.
—Sé que le hiciste daño —dijo Olive.
—¿Hacerle daño? —Su padre se tambaleó hacia atrás, como si el peso de sus palabras lo hubiera golpeado en el pecho—. ¿De dónde diablos has sacado esa idea?
—Eso es lo que mamá escribió en su diario. Que la heriste. Que amenazaste con hacerla desaparecer.
Él estaba apoyado en la encimera.
—¿Eso escribió? —Las palabras salieron lentamente de su boca—. ¿Por qué diría algo así?
—Dímelo tú, papá.
Él sacudió la cabeza.
—No tengo ni idea. Yo jamás le hice daño a tu madre ni la amenacé de ninguna forma. Jamás me habría atrevido. —Parecía hundirse en sí mismo, ocupaba cada vez menos espacio en la habitación. El increíble truco del hombre que se encoge.
Para Olive era difícil pensar que su padre le estaba mintiendo. Se veía genuinamente confundido y herido. Pero ¿por qué otra razón su madre habría escrito esas palabras en su diario?
Los ojos de su padre se trasladaron de Olive y el rifle a la ventana de la cocina.
—Hay alguien fuera —dijo.
—¿Qué? —preguntó ella sin dejar de apuntarle. (¿Era un truco? ¿Algo que estaba inventando para distraerla y quitarle el arma?). Olive se volvió hacia la ventana.
Su padre tenía razón. Había movimiento fuera. Al principio creyó que se trataba de Dicky Barns, que había ido a buscarla. Lo último que necesitaba en ese momento era tener que lidiar con Dicky y su banda de invocadores de espíritus de brujas.
Pero no era Dicky.
Olive vio el vestido blanco, el brillo de la máscara de cierva blanca bajo la fría luz de la luna.
Su padre se quedó pasmado, mientras miraba por la ventana y la cabeza de cierva de pelaje blanco, hocico largo y brillantes ojos negros que se asomaba con una expresión de incredulidad.
—¿Qué diablos es eso? —preguntó.
Pero Olive ya estaba en la puerta de la cocina. La abrió y vio cómo la figura corría por el patio hacia los árboles.
—¿Mamá? —exclamó. La figura se detuvo y se dio la vuelta para ver a Olive. La máscara blanca parecía brillar. Giró y corrió hacia el bosque—. ¡Mamá! ¡Por favor! ¡Espera!