La invitada
Capítulo 51
Lori
29 de junio de 2014
Dustin estaba frente a ella, balanceándose como una serpiente.
—Lárgate antes de que haga algo de lo que los dos nos arrepintamos — espetó.
Lori se puso de pie con dificultad, salió de la casa, se subió al coche y condujo sin rumbo durante una hora o más. Se movía como si estuviera en piloto automático, aturdida y asustada. No sabía qué hacer ni adónde ir.
Dio unas vueltas por el pueblo hasta que vio que las luces del bar Rosy seguían encendidas. Se asomó por la ventana y vio que Sylvia estaba limpiando. Dio unos golpecitos en la ventana; Sylvia la dejó pasar y le sirvió una copa de whisky.
—¿Puedo quedarme aquí esta noche? —preguntó Lori.
Sylvia le seguía sirviendo whisky y Lori lo bebía, mientras hablaba, demasiado, con su vieja amiga.
Pasó la noche en casa de Sylvia y diseñó un plan. Se levantó al amanecer; la cabeza le palpitaba y el estómago le dolía por todo el whisky que había bebido. Se escabulló de la casa de Sylvia y condujo hasta la suya.
Le escribió una nota a Dustin y la dejó bajo uno de los limpiaparabrisas de su camioneta:
D:
Te amo con todo mi corazón. Nunca te sería infiel. Pronto lo entenderás todo.
Te tengo preparada una sorpresa. Algo que nos cambiará la vida. Búscame en el pantano a medianoche, junto a los cimientos de la casa de Hattie. Te mostraré lo que he estado haciendo todas las noches.
Con todo mi amor,
Lori
Después fue al centro comercial, dando vueltas como un zombi. Luego entró en el cine y pagó diez dólares por ver una película a la que ni siquiera prestó atención y una bolsa de palomitas grasientas y rancias. Después de la película, condujo hasta una parada de camiones en la autopista, adonde ella y Dustin solían ir cuando se mudaron al pueblo. Exhausta, aparcó entre dos semirremolques y se quedó dormida un rato en su coche. Luego despertó y comió un filete con huevos.
30 de junio de 2014
Poco después de la medianoche, Lori estaba en el pantano, esperando. Había dejado su automóvil aparcado en el viejo terreno de los Decrow, junto a su remolque abandonado.
Caminó de un lado a otro, mientras aguardaba.
De pronto, apareció una figura, abriéndose paso entre los arbustos y apuntando una linterna a todos lados.
—¡Dustin! —exclamó ella—. ¡Aquí estoy!
Pero no era Dustin.
Era Riley.
¿Acaso Dustin la había enviado en su lugar?
—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó Lori.
—Dustin no quiere hablar contigo —respondió Riley.
—¿No recibió mi nota? —preguntó Lori.
—¿Sabes?, mi pobre hermanito está hecho un desastre. Me llamó esta mañana, sollozando y borracho, y me pidió que viniera. Cuando llegué, vi la nota en el parabrisas. Pensé que era mejor no mostrársela, para evitar que se pusiera peor.
—Riley, ¿por qué…?
—Dice que llevas mucho tiempo engañándolo. Todos están al tanto. Ya sabes cómo son las cosas en este pueblo; los rumores se extienden con facilidad. Les cuento a algunas personas que te vi ir con un extraño del bar a su casa, que Dustin me comentó que lo estabas engañando…, y de pronto todo el pueblo lo sabe.
—Pero… eso es mentira —dijo Lori suavemente. Balanceó su peso entre ambos pies; el turbio suelo debajo de ellas parecía poco sólido. De hecho, nada en su vida era sólido ya—. ¿Por qué has contado esas cosas a la gente? —Su voz era aguda y tenía lágrimas en los ojos.
—La perfecta Lori no es tan perfecta, ¿verdad? ¿No es hora de que todo el mundo lo sepa?
—Yo nunca… nunca dije que fuera perfecta.
—Tal vez no. Pero Dustin siempre te había visto de ese modo.
Riley metió la mano en su camisa y sacó un arma. No un arma cualquiera; era el revólver de Dicky.
—Cogí esto prestado —dijo Riley con una sonrisa sombría—. Cuéntame, Lori… ¿Cuál es la gran sorpresa? ¿Qué ibas a enseñarle a Dustin?
—Nada —apuntó Lori, dando un paso hacia atrás—. Solo quería verlo; decirle que podíamos arreglar las cosas.
Riley se rio.
—No puedes engañarme. ¿Cómo te atreves a intentarlo? Después de todo lo que he hecho por ti. ¿Quién fue la que te llevó al hotel de Dicky? ¿Quién te ayudó a desarrollar tu don y fortalecer tu conexión con Hattie?
—Yo…
—Lo encontraste, ¿verdad? Encontraste el tesoro de Hattie. Ella te guio hasta él, ¿no? ¿Dónde está?
—No hay ningún tesoro. O al menos no lo he encontrado.
—Si me lo dices, te dejaré vivir.
Esta vez fue Lori quien se rio.
—¿En serio? ¿Piensas matarme por una fantasía? ¿Una leyenda? Vamos, Riley, te conozco. No eres capaz.
—¿Ah, no? Quizá no me conoces tan bien como crees.
—¿Qué quieres decir con eso?
Riley apartó el flequillo azul de los ojos con la mano que tenía libre, mientras la seguía apuntando con la otra.
—Nunca entendí qué vio Dustin en ti.
—Nos… nos amamos.
—¡Ni siquiera lo conoces! ¡No como yo! ¡No tienes ni idea de todo lo que sufrimos cuando éramos niños, de todo lo que hice por él, de todo lo que sacrifiqué, maldita sea! —Agitó el arma de Dicky sin dejar de apuntar a Lori, que estaba paralizada.
Lori pensó en todos los años que había pasado junto a Riley: cuando salían juntas a tomar algo, a escuchar bandas, para ir a mercadillos. El show de Lori y Riley, así lo llamaba Dustin. Se lo contaban todo.
Pero ahora Lori se daba cuenta de que en realidad no conocía a su cuñada en absoluto. Que todo había sido una farsa. Un engaño.
—Traté de convencer a Dustin de que no eras buena para él —siguió diciendo Riley—. Pero eso solo lo alejó de mí, y lo hizo enfadarse. Así que hice lo que tenía que hacer. Un cambio radical de actitud. Te convertí en mi mejor amiga, y de pronto Dustin y yo volvíamos a estar unidos.
Lori sacudió la cabeza, no podía creer lo que oía.
—¿Dónde está? —preguntó Riley—. ¿Dónde está el tesoro?
—Por Dios, Riley, ya te lo he dicho. No hay ningún tesoro.
—No es solo para mí. Es para Dustin. Y para Olive. Tú te irás del pueblo sin decir nada y jurarás no volver nunca. Yo cogeré el dinero y lo usaré para cuidar de Dustin y Ollie. Para cuidarlos como tú nunca pudiste hacerlo. ¿Sabes?, nunca fuiste lo suficientemente buena para ellos.
—Por favor, Riley.
Riley se balanceó sobre sus talones; los tatuajes en sus brazos descubiertos parecían retorcerse cada vez que se movía, iluminados por la luna.
—Nunca fue justo que acudiera a ti. —Fulminó a Lori con la mirada, con tanto odio que esta sintió como si ya le hubiera disparado—. ¡Yo fui la que la invocó primero! La que más se esforzó. Le prometí ser su fiel servidora, dedicar mi vida a ella a cambio del tesoro. —Empezó a acercarse a Lori, agitando el arma, gesticulando con ella—. Llevo años practicando la brujería y la adivinación, y ella te eligió a ti, ¡a una completa novata! ¿Cómo lo explicas? ¿Por qué la gente siempre te elige? Dustin te eligió, hasta Hattie Breckenridge te eligió en mi lugar. ¿Por qué?
Estaba tan cerca ya que el revólver casi tocaba el pecho de Lori.
—Yo… —Lori pensó en decirle la verdad. Que eran parientes de sangre, que por eso Hattie había acudido a ella—. Soy…
—¿Dónde está el maldito tesoro?
El cañón del arma estaba presionado contra su pecho. Estaba segura de que Riley no apretaría el gatillo. Probablemente ni siquiera estaba cargada. Dicky nunca la llevaba cargada. O al menos eso le había dicho. Lori agarró el cañón de la pistola y trató de bajarlo, de alejarlo de ambas antes de que alguna saliera herida.
La pistola se disparó con una explosión ensordecedora, mucho más fuerte de lo que Lori hubiera creído posible. Y la expresión en el rostro de Riley ya no era solo de celos o de ira, sino de genuina sorpresa.
El destello fue tan fuerte que pareció iluminar el pantano entero y, ahí mismo, detrás del hombro de Riley, apareció un árbol que Lori jamás había visto: un enorme árbol viejo con muchas ramas gruesas; de una de ellas colgaba el cuerpo de una mujer. La mujer tenía los brazos estirados hacia ella, flotó lejos del árbol y cogió la mano de Lori. Y le dijo:
—Shh. Todo está bien. Ven conmigo.