La invitada
Capítulo 2
Olive
18 de mayo de 2015
No se quedarían. No podían quedarse.
Olive observaba con los binoculares desde su escondite dentro del hueco de un viejo arce. Tenía puestos sus pantalones y su chaqueta de camuflaje, y se había embarrado con algo de lodo el rostro para confundirse con los árboles. Su cabello estaba recogido en una trenza apretada.
—Llegaremos tarde —se quejó Mike en voz demasiado alta. Estaba encaramado en la rama de abajo, sujetándose desesperadamente al árbol.
—Shh —dijo ella entre dientes. El rostro de Mike era redondo y estaba muy sudoroso; su madre lo había rapado, pero le había dejado algunos mechones, por lo que parecía tener dos graciosas antenitas que sobresalían de su cabeza. De haber sido una amiga mejor, se habría ofrecido a cortárselos—. Quédate quieto —le ordenó.
Su padre la llevaba de cacería desde que tenía seis años. Sabía bien cómo mantenerse quieta y confundirse con sus alrededores para evitar que la vieran. El éxito del cazador dependía en un noventa y nueve por ciento de lo bien que estudiara a su presa: rastrearla, observarla, quedarse perfectamente quieto y esperar, esperar el momento del mejor disparo.
—No entiendo cuál es el problema —se quejó Mike, bajando la voz esta vez—. ¿Por qué estamos observando a estas personas?
—Porque no pertenecen a este lugar —dijo ella—. Están arruinándolo todo.
Con los binoculares, le echó un vistazo a la placa de Connecticut en la camioneta nueva de la pareja. También se fijó en las impecables botas de trabajo color café del hombre y en su camisa de franela bien planchada y sus vaqueros. Parecía sacado de las páginas de un catálogo de L. L. Bean. Por su parte, la mujer parecía que estuviese lista para ir a su clase de yoga, con sus mallas, sus zapatillas deportivas y su sudadera entallada. Toda su ropa parecía nueva, brillante y cara.
—Forasteros —dijo Olive con un tono de desagrado.
Conocía a este tipo de personas. Su padre se quejaba de ellos todo el tiempo. Solían poner letreros de «NO CAZAR» en su propiedad, conducir hasta Montpelier para comprar comida orgánica en la cooperativa, unirse a grupos de lectura en la biblioteca y consumir cerveza y queso artesanales de fabricación local. Se quejaban de las moscas negras, de los caminos intransitables durante la temporada de barro y del olor de la granja que quedaba a unos kilómetros de ahí. Oh, vaya si conocía bien a los de su tipo. Y también sabía que, en ocasiones, no soportaban el estilo de vida: al primer invierno, ya estaban poniendo su terreno en venta y se dirigían al sur.
Pero algunos se quedaban. Algunos se adaptaban.
Y andaban por ahí diciendo que nunca se habían sentido tan en casa.
Y que era maravilloso vivir en un lugar donde todos eran tan abiertos y todo el mundo podía ser auténtico.
Esa clase de palabrería le provocaba ganas de vomitar a Olive.
Su padre ya la había puesto sobre aviso: le dijo que una pareja de otro estado había comprado el terreno que estaba a menos de un kilómetro de su propiedad, y que habían conseguido un permiso de construcción. Luego, habían ido topógrafos y excavadoras. Pero creía que tendrían más tiempo antes de que llegaran. O que tal vez se arrepentirían. Sin embargo, ya estaban ahí, con su brillante camioneta nueva y su ropa elegante, observando mientras la mezcladora de cemento vertía el hormigón para los cimientos de su casa. Estaba ocurriendo de verdad.
Clavó sus uñas sucias en la dura corteza del árbol hasta que arrancó un pedazo, que luego rebotó en la cabeza de Mike y cayó al suelo.
—Olive, si vuelvo a llegar tarde a la escuela, mi padre me va a despellejar vivo.
—Pues vete —respondió ella. A veces Mike era un absoluto cobarde. Siempre se estaba arrepintiendo o desentendiéndose de los planes que ideaban juntos, porque, la verdad sea dicha, a Mike no le gustaba romper las reglas ni meterse en problemas. Era la clase de chico que se echaría a llorar si una maestra lo regañaba o le gritaba. A pesar de que ya estaba en el primer año de instituto, seguía actuando como un bebé. Con ese comportamiento, era como si pidiera a gritos que le dieran una paliza, lo cual ocurría muy a menudo, especialmente desde que habían empezado el instituto.
—En serio —insistió ella—. Deberías darte prisa para llegar a la escuela. —La verdad era que no lo quería ahí con ella. No sabía nada sobre quedarse quieto y camuflarse.
—Ven conmigo —le rogó, con esa mirada triste y suplicante que siempre ponía: ojos grandes y expresión extraña, como un muñeco. Por si no fuera suficiente, Mike siempre ponía una voz aguda tan pronto como detectaba la más mínima señal de problemas, por lo que sonaba más como una niña de cinco años que como un chico de catorce—. Si vuelves a saltarte las clases, no sé, podrían enviar al oficial que se encarga de perseguir a los holgazanes a buscarte, o algo peor.
Olive soltó una carcajada de fastidio. No existía tal cargo. De ser así, habrían ido a llamar a la puerta de su casa hacía semanas. No había sido precisamente una estudiante modelo aquel año; hasta había perdido la cuenta de cuántos días se había ido de clase antes o había faltado. Entregaba algunas de sus tareas, aparecía para algunos exámenes y, por lo general, le iba bastante bien, a pesar de no estudiar.
—Mira —susurró—, decide, te quedas o te vas. No me interesa. Pero si te quedas, tienes que estarte quieto y cerrar la boca.
—Como quieras —dijo Mike, mientras bajaba con torpeza del árbol para después aterrizar atropelladamente de un salto; la pesada mochila en su espalda le impedía moverse bien. El chico se sacudía como un oso y tenía la misma constitución: alto, barrigudo y de hombros redondeados. En la escuela decían que era retrasado porque sus padres eran hermanos, pero nada de eso era verdad. Olive sabía que Mike era mil veces más inteligente que cualquier otra persona que hubiese conocido. Tan inteligente que a veces daba miedo. Podía recordar cada detalle que leía y resolver problemas matemáticos que los de último año ni se atreverían a afrontar. Se sentía un poco mal por tratarlo así, pero ¿qué alternativa tenía?
Ya se lo compensaría después, tal vez con un pudín de chocolate de la cafetería de la escuela o con un cómic nuevo en su taquilla. A Mike le encantaba Linterna Verde. Cuando eran más pequeños, solían jugar a que Mike era Linterna Verde (incluso hizo su propio anillo mágico con un pedacito de tubo de cobre que le dejó el dedo verde) y Olive era la villana a la que trataba de atrapar. Olive sabía que Mike aún llevaba ese viejo anillo en el bolsillo, aunque ahora era demasiado pequeño para sus dedos, como una especie de amuleto de buena suerte.
Olive volvió a centrarse en la pareja de forasteros, apretando los binoculares contra sus ojos, y sintió que la ira se revolcaba en su interior como gusanos.
—Yo los destierro —dijo, lo cual era una tontería, pero lo había leído alguna vez en un libro, un libro sobre un reino y dragones y cosas mágicas, y pensó que tal vez en realidad había palabras mágicas que tenían el poder de ahuyentar a las personas—. Los destierro.
¿Con qué cara podía burlarse de Mike y su estúpido anillo viejo? La magia no era real. Ya tenía catorce años; era demasiado mayor para creer en tonterías como deseos y palabras mágicas o anillos.
Su presencia ahí lo arruinaría todo.
Jamás encontraría el tesoro si tenía que escabullirse en la penumbra de la noche. Y tenía que encontrarlo pronto. Como dicen, el tiempo es oro.
Algunas personas argumentaban que todo era una mentira, un rumor, que ni siquiera existía. Ni siquiera Mike lo creía, no del todo, aunque le dijera lo contrario. Fingía solo para complacerla. La acompañaba siempre que salía a buscarlo y actuaba como si en realidad tuviera oportunidad de encontrarlo algún día, pero ella notaba que no era sincero.
Sin embargo, a pesar de que Mike era brillante para las matemáticas y para recitar de memoria todo lo que leía, era totalmente despistado para otras cosas. Y, claro, la mayoría de las personas eran idiotas.
Olive no. Ella sabía que era verdad porque su propia madre se lo había dicho.
«¡Claro que es real!», le había dicho su madre dos años atrás en la habitación de Olive, mientras hacía la limpieza de primavera: quitó las cortinas, limpió las ventanas y la madera. Olive disfrutaba mucho de aquellas limpiezas. Siempre tenía su habitación ordenada y sin una mota de polvo, pero quedaba aún mejor después de que su madre y ella lo limpiaran todo a fondo. Todo brillaba, y el olor a limpiador de limón le proporcionaba una sensación positiva y cálida. «Verás, sabía que iban a por ella, así que cogió el oro, la plata y las joyas, y lo enterró todo en un lugar secreto», le explicó su madre mientras movía la cama para que pudieran limpiar el suelo debajo de ella. «En algún lugar del bosque que rodea el pantano. Después, una vez que el tesoro estuvo a salvo, trató de huir. Pensó que volvería a por él más tarde».
«Pero la atraparon», dijo Olive mientras sumergía la fregona en el agua jabonosa del cubo de fregar.
«Así es. Su propia hija los guio directamente hacia ella, o al menos eso es lo que dice la gente».
«Yo nunca te haría algo así, mamá», dijo Olive mientras escurría la fregona.
«Ya sé que no». Su madre sacudió el cabello de Olive. «¿Y sabes qué más sé, mi Ollie? Algo de lo que estoy absolutamente segura. Sé que tú y yo encontraremos ese tesoro juntas. Es nuestro destino». A Olive le encantaba saber que tenían un destino, que eran parte de algo más grande que las dos, que estaban conectadas a acontecimientos que ocurrieron mucho tiempo atrás. Podía verlo claro como la luz del día mientras limpiaban juntas: su madre y ella encontraban ese tesoro, lo desenterraban de su escondite. Serían ricas y famosas. Su madre decía que podían usar el dinero para pagar sus deudas, y hasta la hipoteca de la casa, y luego, viajar por el mundo, solo ellas y papá. Olive se lo imaginaba a la perfección: sus compañeros de la escuela encenderían la tele por la noche y la verían en las noticias de la tarde, sonriendo porque su madre y ella habían encontrado el tesoro que todos consideraban ficticio.
Pero luego algo cambió. Su madre descubrió un nuevo destino para sí misma, uno que no incluía a Olive. Todo ocurrió de manera gradual: su madre se volvió más callada y reservada, y dejó de hablar del tesoro, aunque Olive no podía saber exactamente cuándo había ocurrido. Una vez, mientras cenaban, Olive le preguntó sobre el tesoro y su madre se rio de ella como si fuese una tonta y le dijo: «No existe el tesoro, Ollie. No en realidad. Es solo una historia que te contaba cuando eras pequeña. Pero ya eres mayorcita para historias tontas como esa».
Después de eso, su madre se comportaba como si apenas conociera a Olive y a su padre; como si se le erizara la piel solo de estar en la casa. Se volvió muy nerviosa y siempre estaba inventando pretextos para salir: necesitamos leche, la noche está muy bonita para un paseo largo, una amiga necesita ayuda con algo. Empezó a pasar cada vez más tiempo lejos de casa. Esa primavera ni siquiera limpiaron, y, cuando Olive se lo comentó, ella se encogió de hombros y dijo que la casa ya estaba lo bastante limpia. El último verano, Olive oyó a sus padres pelear una noche. Oyó a su padre decir: «¿Quién es él?», y luego: «La mitad del pueblo lo sabe». Su madre lo negó todo y le pidió que, por el amor de Dios, bajara la voz.
A la mañana siguiente, su madre no bajó a desayunar. Por lo general, era la primera en llegar a la cocina para preparar el café, pero esa mañana Olive se encontró a su padre solo en la cocina, vertiendo agua caliente en una taza con café instantáneo.
—¿Mamá no se ha levantado?
—No está aquí —respondió su padre, apretando la mandíbula.
—¿Dónde está?
Su padre no respondió, solo apartó la mirada; tenía unas pronunciadas ojeras bajo sus ojos enrojecidos. Y una parte de Ollie se alegró de que no hubiera respondido, de que no le hubiera dicho la verdad.
Durante los siguientes días y semanas, Olive se esforzó por ignorar todos los chismes que circulaban por el pueblo: los susurros silenciosos de los adultos en la tienda y la biblioteca, incluso de los chicos en la escuela. Eso fue lo peor de todo, empezar el instituto en otoño y oír a los chicos mayores murmurar: «Su madre se fugó con otro hombre. Debe de ser horrible que tu madre sea una zorra». Olive recorría los pasillos exageradamente iluminados con la cabeza agachada, mientras fingía no oír, fingía no darse cuenta.
La tía Riley, la hermana mayor de su padre («Mi mandona hermana mayor», solía decir él), le dijo que no prestara atención a lo que decían los demás. «Tú conoces a tu madre mejor que nadie —le dijo Riley—. No lo olvides».
A pesar de que Riley era mayor que sus padres, parecía más joven que ellos. Ella era una de las personas favoritas de Olive en todo el universo. Siempre se regodeaba cuando caminaban juntas por el pueblo y esperaba que los chicos de la escuela la vieran. Pensaba que ello ayudaría a mejorar el estatus de Olive, de alguna manera. Riley tenía muchos tatuajes, un corte de cabello asimétrico con el flequillo pintado de azul y solía usar un pintalabios que combinaba con él. Vivía en un piso en un viejo edificio victoriano, trabajaba en un depósito donde vendía material de construcción usado, asistía a la universidad por las tardes y también trabajaba como voluntaria en la sociedad histórica y en Hábitat para la Humanidad. Incluso había viajado a Nicaragua un verano para ayudar a construir casas para los pobres. También, por un tiempo, estudió para llegar a ser tatuadora, y tenía un cuaderno lleno de sus diseños: dibujos cuidadosamente trazados en tinta de calaveras, flores y animales, y varias páginas de caligrafía muy adornada. Su tía tenía una actitud del tipo: «Yo seré como quiera ser y me importa un pimiento lo que piensen los demás»; Olive la admiraba mucho y aspiraba a ser como ella. Y era verdad eso de que mangoneaba a su padre (o al menos lo intentaba). Siempre le estaba diciendo qué hacer, y él simplemente asentía y le seguía la corriente, ya fuese en un asunto como «Hace falta cortar el pasto, Dusty» o en otro como «Esa camisa es un asco, ve a cambiarte». Olive sabía que Riley y su padre no habían tenido una infancia feliz (su madre bebía mucho y su padre casi nunca estaba en casa), así que la tía Riley prácticamente se había encargado de criar a su padre y llevaba toda la vida cuidándolo y dándole órdenes, por lo que se había convertido en un hábito.
Después de que la madre de Olive se marchara, Riley le sugirió a su hermano que se iba a mudar con ellos. «Solo por un tiempo. Para ayudaros hasta que Lori regrese».
El padre de Olive respondió que apreciaba la oferta, pero que en realidad se las arreglaban bien.
Riley siempre le llevaba regalos extraños a Olive: frutos de naranjo enano, una regla de cálculo, un pedazo de ámbar con un insecto dentro. «¿Qué puedo decir? Las cosas extrañas siempre me recuerdan a ti», solía decirle con un guiño mientras agitaba su cabello antes de entregarle el regalo.
Por su parte, Riley tenía su propia colección de cosas raras en su piso: huesos de animales, una bola de cristal, cartas del tarot y péndulos. Pasaba mucho tiempo meditando y construyendo altares para toda clase de cosas, como conseguir un trabajo nuevo o para que un chico que le gustaba le correspondiera. Le gustaba hablar de sueños y siempre insistía en que Olive le contara los suyos cuando se quedaba a dormir. Para ella, los sueños eran de gran importancia, e incluso le había comprado a Olive un pequeño diario azul, con un sol y una luna en la portada, para que anotara los suyos. Olive pensó que el cuaderno era demasiado bonito como para llenarlo de sus sueños tontos, así que lo dejó en su librería para cuando tuviera algo que escribir que valiera la pena.
—¿Alguna vez has tenido una de esas experiencias durante las cuales sabes lo que va a pasar antes de que ocurra? —le preguntó a Olive una vez. Ella respondió que no, y Riley pareció decepcionada. A veces le leía las cartas del tarot a Olive, para decirle su futuro, que siempre parecía esperanzador y prometedor cuando Riley lo interpretaba, a pesar de sacar cartas que le daban miedo a Olive, como la Torre, que mostraba una torre en llamas después de haber sido alcanzada por un rayo y a dos personas precipitándose hacia el suelo.
—La Torre representa agitación y cambios repentinos. Tal vez sientas que tu vida está patas arriba, pero es importante que recuerdes que los cambios también pueden traer cosas positivas. Esto te ayudará a crecer. La destrucción trae consigo la transformación, ¿no crees? A veces uno tiene que derribar las estructuras que lo rodean para descubrir la verdad, para descubrir tu fuerza central y quién eres en realidad. ¿Entiendes, Ollie?
Olive asintió y, antes de terminar la lectura, bebieron un té de hierbas amargo que se suponía que las ayudaría a encontrar su centro y tener claridad. Riley se esforzaba mucho, casi demasiado, por hacer las cosas más fáciles para Olive. Ya desde antes pasaba mucho tiempo en su casa, por lo general con su madre. Riley y la madre de Olive solían ir a tiendas de antigüedades juntas, a jugar al bingo y a escuchar a bandas en la sidrería que se encontraba en la Ruta 9. El padre de Olive se molestaba (o al menos fingía hacerlo) cada vez que Riley aparecía en su casa para llevarse a su mujer. «Por el amor de Dios —solía decirle—. ¡Pasas más tiempo con mi hermana que conmigo!». Ella se limitaba a reír mientras se apresuraba para ir con Riley a otra de sus aventuras y decía: «El único motivo por el cual me casé contigo fue para tener a la mejor cuñada del mundo».
Pero ahora Olive era la nueva acompañante de Riley. Olive llegó a la conclusión de que Riley también se sentía sola, extrañaba a su cuñada y necesitaba algo de compañía. La llevaba a tomar batidos de leche, a dar paseos por el bosque y la invitaba a quedarse en su casa los fines de semana, para ver películas de terror en blanco y negro y comer montones de golosinas. Su tía siempre le compraba una gran bolsa de sus dulces favoritos: golosinas Swedish Fish. Nunca tocaban el tema de su madre. Parecía que ese era precisamente el punto, que Olive se distrajera (y tal vez Riley, de paso) y no pensara en ella. Para ayudarla a olvidar que su propia madre los había abandonado, a ella y a su padre. Pero no había películas de terror, palomitas o bolsas de Swedish Fish suficientes en el mundo para que Olive la olvidara. Por su parte, su padre también fingía no oír los rumores.
Cada día, él salía por la mañana para ir a trabajar (se dedicaba a hacer trabajos de mantenimiento para el pueblo, como reparar caminos y alcantarillas, y a conducir la máquina quitanieves en invierno) y regresaba directo a casa cada tarde. Ya no salía a jugar a las cartas ni a tomar cerveza con sus amigos. Se quedaba en casa y preparaba cenas de microondas para los dos, que invariablemente eran insulsas y grasientas: filete, pollo frito y puré de patatas que ni siquiera sabía a patata. Pero Olive sonreía y se lo comía todo. Solo cocinaba comida de verdad cuando Riley los visitaba, y siempre eran espaguetis con diferentes salsas italianas picantes. Incluso se permitía gastar un poco más y compraba pan de ajo y ensalada. Ambos fingían que así era como cenaban cada noche, para que Riley no se preocupara.
—Tu madre volverá —le prometió su padre a Olive una noche que estaban los dos solos, comiendo el espantoso filete para microondas con el puré de patatas artificial y unas pequeñas tartas de manzana cuadradas—. ¿Y sabes qué he estado pensando? —De pronto, su mirada se iluminó por primera vez en lo que parecía ser una eternidad. Echó un vistazo alrededor de la cocina, como si nunca la hubiera visto: las deslucidas paredes con pedazos arrancados de papel, la formica desconchada del mostrador—. Creo que deberíamos darle una sorpresa. Arreglar la casa para ella. ¿Qué te parece?
Desde luego, Olive dijo que sí. Y fue así como empezaron las reformas.
Lo primero que derribaron fue la pared de la habitación extra que tenían; su padre incluso permitió que Olive diera el primer golpe con el mazo. Ella se colocó frente a la pared, contemplándola a través de sus gafas de seguridad empañadas.
—¿Estás seguro? —preguntó mientras sopesaba el mazo.
—¡Claro que sí! Estoy seguro —respondió su padre—. Derríbala, cariño. Derríbala toda.
A Olive no le gustaba destruir cosas; le dio a la pared unos cuantos golpes inciertos y luego su padre la relevó, y empezó a destruir el muro con tal frenesí que la asustó. El objetivo de derribarla era hacer una habitación más grande para sus padres.
—Tu madre siempre quiso una habitación principal —dijo su padre entre golpes; el polvo de yeso cubría su rostro y sus brazos—. Un armario para ella sola. —Golpeó de nuevo con renovado vigor hasta atravesar la pared.
Instalaron dos armarios, uno al lado del otro: para ella y para él. Olive ayudó a su padre a colgar en el de la izquierda toda la ropa que su madre no se había llevado. Mientras acomodaba el mejor vestido de su madre y su abrigo de cuero favorito, empezó a creer en lo que decía su padre, que su madre volvería. Es decir, no había manera de que simplemente abandonara todo aquello. Su vestido y abrigo favoritos. Todos sus zapatos. El tesoro. Olive.
Además de las reformas, Olive estaba más decidida que nunca a encontrar el tesoro. Estaba segura de que, si lo encontraba, su madre volvería. Dondequiera que estuviese, vería a Olive en la televisión o lo escucharía en las noticias: «Niña encuentra tesoro enterrado y se vuelve millonaria».
Y si eso no la hacía regresar, Olive tendría el dinero necesario para encontrarla. Contrataría a un ejército de detectives privados y haría todo lo que estuviera en sus manos para llevar a su madre de vuelta a casa. Y cuando su madre viera la nueva habitación principal y el enorme armario para ella sola, nunca más querría marcharse.
Mientras tanto, Olive seguía buscando.
Ahora, Olive podía oír los pasos de Mike mientras avanzaba torpemente por el camino. Apretó los binoculares contra su rostro y observó a los forasteros. Estaban ahí de pie, abrazados y esbozando unas sonrisas tontas que parecían decir: «Nuestros sueños se hacen realidad». Olive los odiaba. No podía evitarlo.
Se mordió el labio mientras los contemplaba. Ahora se estaban besando. Qué asco.
«Los destierro», pensó otra vez con toda la concentración posible. La mujer soltó al hombre y se volvió hacia donde estaba Olive.
Olive no se movió, solo se afianzó en el árbol y se concentró en camuflarse, en ser parte del paisaje. Porque sí que lo era. Y aquel lugar también era parte de ella. Los árboles, los animales, el pantano, el viento entre los árboles, todo.