La invitada

Jennifer McMahon · Capítulo 16 de 54

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La invitada

Capítulo 15

Helen

 

13 de julio de 2015

Pasaron el resto de la tarde haciendo los agujeros de lo que después serían las ventanas. Helen se movía por la casa con el taladro para hacer los boquetes en cada esquina, y Nate la seguía con la sierra, haciendo los cortes y empujando los pedazos de contrachapado para que cayeran al suelo. No hablaron de la cierva o de lo que Helen había visto la noche anterior. De hecho, casi no hablaban, solo trabajaban a un ritmo constante; únicamente se oía el ruido de las herramientas eléctricas y se veía el serrín que salía volando.

—Ya parece más una casa de verdad, ¿no? —preguntó Nate en cuanto terminaron, retrocediendo para admirar su trabajo desde el jardín.

—Ya va tomando forma —señaló Helen—. Pero aún queda mucho trabajo por delante. Traigamos una de las ventanas a ver si podemos ponerla.

Riley llegó justo a tiempo para ayudar, en su viejo y abollado Honda Civic.

—He pensado que valía la pena venir a echarle un ojo a la casa de la que todos hablan —dijo—. ¡Guau, me encanta! ¡Estilo saltbox de dos pisos! ¡Un clásico!

Helen le dio un abrazo de agradecimiento.

—Me encanta que estés aquí y que sepas qué es el estilo saltbox.

Helen le presentó a Nate, cuyas primeras palabras fueron:

—¿Por casualidad sabes algo sobre instalar ventanas?

Ella se rio y respondió:

—Mucho.

La guiaron hacia la casa.

—¡La viga queda muy bien ahí! —exclamó mientras se colocaba debajo del espacio entre el salón y la cocina—. ¡Ha quedado perfecta!

—Qué lástima que provenga del árbol donde colgaron a alguien —dijo Nate, riéndose—. Y que parece estar embrujada.

—¿Embrujada? —preguntó Riley, y se volvió a mirar a Helen.

Nate se rio y Helen dijo:

—Solo está bromeando. Ven, vamos a ver si podemos poner nuestra primera ventana. Empecemos por algo pequeño. ¿El baño?

Riley les ayudó a instalar la ventana en el marco y luego a calzarla, cuadrarla, nivelarla y clavarla en su lugar. Cuando acabaron con la primera ventana, instalaron cuatro más, en lo que pareció ser muy poco tiempo.

—Guau —exclamó Nate, admirando su trabajo—. Si vinieras más a menudo, hasta podríamos volver a ajustarnos al cronograma original.

—Es normal que un proyecto grande como este se atrase un poco —dijo Riley—. Pero será un placer venir cuando pueda para ayudar. Y si os cansáis en algún momento y queréis contratar a un profesional durante una o dos semanas para avanzar más rápido, tengo muchos nombres en mente.

Riley vestía una camiseta sin mangas y a Helen le llamaron mucho la atención todos sus tatuajes. Estaba cubierta con toda clase de diseños, desde unos muy delicados hasta otros muy llamativos, todos en tinta negra: un ojo, un pez, un pentagrama, una bola de cristal, un caballo alado. Tenía una serpiente negra en la nuca, perfectamente enroscada en un círculo, devorando su propia cola y apenas visible bajo su corte de pelo irregular.

Helen advirtió la manera en que Nate miraba los tatuajes y supo que no le agradaban; él no podía concebir por qué una persona querría hacerle eso a su propio cuerpo. Helen alguna vez había pensado en hacerse uno, cuando empezaron a salir, pero Nate le indicó que no merecía la pena y le advirtió que se arrepentiría tarde o temprano.

—Creo que te debemos una cerveza —afirmó Nate.

—¡Me parece perfecto! Y tengo un poco de hierba si alguno de los dos queréis —dijo Riley.

Nate sacudió la cabeza.

—Yo no, gracias. Voy a por las cervezas. —Miró a Helen con las cejas alzadas, como si quisiera darle a entender: «No irás a fumar, ¿verdad?», y eso bastó para que ella tomara una decisión.

—Claro, me gustaría un poco —dijo, y se sentó en los escalones delanteros de su casa nueva con su nueva amiga. Riley sacó un porro y un encendedor de su bolsa, lo encendió, fumó un poco y se lo pasó a Helen. Helen inhaló el humo, permitiendo que se filtrara en sus pulmones. Dirigió su mirada al otro lado del patio, a la fila de árboles, al camino que llevaba al pantano. Estaba segura de que podía percibir el olor del pantano, la humedad y el terroso olor a barro, cuando el viento soplaba en su dirección. Era como si el viento del pantano quisiera decirle: «Perteneces aquí».

Y también: «Eres la elegida».

No había fumado marihuana desde que estaba en la universidad, pero le pareció lo correcto. Parte de la nueva Helen de Vermont. Se sentía tranquila y relajada por primera vez en días.

Se imaginó todo lo que su amiga Jenny de Connecticut diría si pudiera verla: «Ah, ya veo que estamos entrando en contacto con nuestro lado hippie, ¿verdad, Helen? Primer paso, marihuana; segundo paso, axilas sin depilar, y de ahí a una comuna». Y si Jenny se enteraba de que Helen creía haber visto un fantasma, su antigua amiga llegaría al cabo de menos de cuatro horas, subiría a Helen a su Land Rover y la llevaría de vuelta a su segura y predecible vida de Connecticut. Lo llamaría «una intervención».

Helen se imaginó en una cena con Jenny y Riley. Jenny no podría quitarles los ojos de encima a sus tatuajes, piercings y su flequillo azul. A Helen la emocionaba un poco la idea de presentarlas, de presumir de Riley como una mascota exótica: «Mirad a mi nueva amiga, mirad mi nueva vida».

La piel de Riley parecía tener vida propia.

—He estado pensando en hacerme un tatuaje —dijo Helen sin pensar.

—¡Genial! Yo conozco a alguien. Una vez hace tiempo, cuando me planteaba ser tatuadora, conocí a un tipo llamado Skyler. Es buenísimo. Él me hizo la mayoría de estos. —Estiró los brazos y Helen reparó en cosas que no había visto antes: imágenes y rostros dentro de los diseños.

—¿Sabes lo que quieres? —preguntó Riley.

¿Qué quería? Su mente divagó, empezó a dar vueltas. Se quedó mirando los ojos vacíos en las cuencas del cráneo de cuervo que Riley tenía en el antebrazo. Helen decidió que a Nate le gustaría ese. Era como los dibujos que hacía en su cuaderno de campo.

—¿Tienes algún diseño en la mente?

Nate regresó con un pack de seis cervezas.

—¿Diseño para qué? —preguntó Nate.

—El tatuaje de Helen —respondió Riley, mientras Nate le pasaba una cerveza.

—Ah, conque el tatuaje de Helen, ¿eh? —Se esforzó por mantener un tono neutral de voz, pero le dirigió a Helen una mirada de preocupación…, ¿o era de burla? Sacó una silla plegable y se sentó en el jardín frente a ellas, de cara a la casa. Helen sintió una punzada de culpa, como si lo hubiese traicionado de algún modo. Sin duda, era la hierba, que la estaba poniendo paranoica.

—Nate —dijo Helen mientras él se acomodaba en su silla y abría una lata de cerveza—, deberías contarle a Riley lo de la cierva que viste esta mañana.

Nate bebió un buen sorbo de cerveza y le contó a Riley la historia de la cierva albina.

Riley sonrió y asintió, como si se alegrase por él, pero no estaba nada sorprendida.

—Espera —indicó Nate—, ¿tú sabes algo sobre la cierva blanca?

—Fue a Hattie a quien viste —dijo Riley.

Helen sintió un nudo en el estómago.

—¿Qué? —preguntó riendo Nate.

Riley se rio también, se la veía muy cómoda.

—¡Sí! Hay montones de historias desde hace varias décadas sobre una cierva blanca que aparece en estos bosques. Unos cazadores juran haber visto, durante la década de los sesenta, a una mujer desnuda en el pantano. Cuando se acercaron, ella salió corriendo, y, mientras la perseguían, según ellos para ayudarla, se transformó en una cierva blanca.

Riley y Helen estaban sentadas juntas en el escalón, sus piernas apretadas una contra la otra.

Nate se rio con tal fuerza que le salió cerveza por la nariz.

—¿Y estaban muy borrachos? —preguntó Nate una vez que logró controlarse—. ¿O tal vez habían tomado algo más fuerte? Un poco de LSD o unos hongos mágicos van muy bien para ir de caza. He oído hablar de cómo era Vermont a finales de los sesenta y en los setenta.

Riley se encogió de hombros.

—Supongo que uno nunca sabe. La cuestión es que, como os digo, hay muchas historias que se remontan varios años atrás. De gente que la ha visto y la ha seguido a lo más profundo del bosque.

Nate tomó otro trago y miró a Riley; sus ojos se movían de su rostro a sus tatuajes.

—Interesante. Quiero decir que el albinismo siempre se ha asociado a cuestiones místicas. Por ejemplo, en el folclore los «animales puros y blancos» suelen tener poderes mágicos. En otras culturas se considera que los albinos están malditos y se les aísla del resto de la población. Pero en realidad es solo una mutación genética; un accidente que impide la producción o distribución de suficiente melanina. Hermoso, único, claro…, pero solo genes, al fin y al cabo.

—Pero es extraño —argumentó Helen—. ¿No crees? Que haya tantas historias de una cierva blanca en estos bosques desde hace años. Me refiero a que si esos cazadores la vieron en los sesenta, no podría ser la misma cierva, ¿no? ¿Cuánto viven los ciervos?

Nate acercó su silla a Helen y le puso una mano sobre la rodilla.

—Tendría que buscarlo, pero dudo que vivan más de diez años, probablemente menos —indicó.

Helen tomó la mano de Nate, le dio un apretón y luego la apartó de su rodilla.

—Os digo que es Hattie —dijo Riley, y lio otro porro—. Tiene que serlo.

—Tal vez haya más de un ciervo —replicó Nate mientras echaba su silla hacia atrás—. Tal vez sea hereditario. Tal vez haya toda una población de ciervos así aquí. ¡Una colonia de ciervos albinos! ¡Como las ardillas negras de Toronto!

Riley volvió a encender el porro y se lo pasó a Helen. Nate frunció el ceño discretamente. Ella le dio una buena calada y dejó que el humo se filtrara en sus pulmones mientras sonreía a Nate.

—¿Una colonia de ciervos albinos? —dijo Helen—. Lamento decírtelo, pero creo que un fantasma suena más plausible.

Riley sonrió.

Nate entrecerró los ojos, sacudió la cabeza y se puso de pie.

—Voy a buscarlo. Investigaré un poco.

—Me parece muy bien —dijo Helen—. Que te diviertas.

Miraron a Nate trotar colina abajo, hacia el remolque, como si tuviera prisa y caminar no fuera lo bastante rápido.

—Supongo que Nate no cree mucho en cosas sobrenaturales —dijo Riley mientras encendía de nuevo el porro y empezaba a fumar.

—Él solo cree en las evidencias. Es muy científico.

—La ciencia no puede explicarlo todo —apuntó Riley, y le pasó el porro a Helen. Ella observó los tatuajes de su brazo: el cráneo de un cuervo, un ankh egipcio y un dragón que rodeaba la parte superior de su brazo izquierdo. ¿O sería una gárgola?

—Estoy totalmente de acuerdo —dijo Helen. Pensó en la aparición de Hattie en su cocina la noche anterior. Estaba contemplando la posibilidad de contárselo a Riley cuando ella cambió de tema.

—Me agrada que Olive esté pasando tanto tiempo con vosotros.

—Es una buena chica —aseguró Helen—. Y ha sido de gran ayuda con la casa.

—La verdad es que estoy algo preocupada por ella —admitió Riley.

—¿Por qué?

—Mi hermano, su padre, Dustin… Supongo que ya lo habéis conocido.

Helen sacudió la cabeza. Era un poco extraño. Uno pensaría que le gustaría ver el lugar donde su hija pasaba su tiempo libre, darse una vuelta solo para asegurarse de que ella y Nate no eran unos pervertidos o drogadictos, o algo así.

—Todavía no —le respondió a Riley—. Le dijimos a Olive que nos gustaría invitarlos a ambos a cenar, pero parece que ha estado muy ocupado en el trabajo, así que no hemos podido concretarlo.

Olive siempre les daba una excusa distinta: su padre estaba demasiado cansado, estaba haciendo horas extra en el trabajo, estaba ocupado con las reformas de la casa. Helen había empezado a preguntarse si se trataba de algo más. ¿Tal vez era alcohólico? ¿O simplemente antisocial?

—¿Ocupado? —preguntó Riley en tono de burla y sacudiendo la cabeza —. Lo dudo. La verdad es que Dustin no ha vuelto a ser el mismo desde que Lori se fue. De hecho, es un desastre.

Helen volvió a coger el porro y dijo:

—Oh, no. No tenía ni idea. Olive no nos ha hablado mucho de su madre.

Por decir poco. Olive jamás hablaba de su madre, ni una palabra, excepto para repetir algunas de las historias de Hattie que le había contado. Helen sabía que la madre de Olive ya no era parte de su vida, pero aún no sabía por qué.

—Sí —afirmó Riley—, no me sorprende. Es decir, una cosa es dejar a tu marido, ¿no? Pero ¿a tu hija? Pobre Olive. Me rompe el corazón.

—¿Fue por otro hombre? —preguntó Helen, preocupada de haberse pasado de la raya, pero la marihuana le había soltado la lengua.

Riley asintió y apartó la mirada.

—¿Nadie tiene noticias de ella? —preguntó Helen.

Riley sacudió la cabeza; el flequillo azul cayó sobre sus ojos.

—No. Es una mierda de situación. Ella y yo éramos… muy buenas amigas. Lo hacíamos todo juntas. Era como El show de Lori y Riley, ¿sabes? Eso decía Dustin. Y de repente…, simplemente se fue.

Apartó la mirada. Sus ojos brillaban por las lágrimas. Luego inhaló profundo y siguió:

—En fin, Dustin está hecho un desastre. Pasa todo su tiempo libre destruyendo su casa para volver a construirla. Dice que quiere sorprender a Lori cuando vuelva. Como si fuera a volver. Y como si una habitación más grande y un salón nuevo fueran a convencerla para quedarse, ¿no? —Se puso a juguetear con un agujero en sus vaqueros, tirando de la tela y haciéndolo más grande.

—Suena muy triste —dijo Helen. Imaginaba al pobre tipo arreglándolo todo, con la idea de que, si lo hacía bien, tal vez su mujer regresaría y querría quedarse con él. Se preguntó si Olive pensaba lo mismo, o si solo le seguía la corriente para mantenerlo ocupado, para darle esperanza.

—Sí, y lo peor es que está tan concentrado en su dolor por Lori y su abandono que casi no le hace caso a Olive. Me enteré de que casi no ha pisado el instituto este último semestre. De alguna forma se las arregló para salir bien parada en casi todos sus exámenes y entregas de trabajos, así que aprobó, pero, por lo que supe, tiene suerte de que la dejen pasar a décimo en otoño. Tengo un amigo en el Departamento de Orientación del instituto.

—¿Y Dustin lo sabe?

—Si lo sabe, no ha hecho nada al respecto. Me ha dejado bastante claro que no me corresponde involucrarme ni dar mi opinión. De hecho, luego pasaré a visitarlos, a ver qué está haciendo Olive. Y para asegurarme de que tengan comida y todo lo necesario. —Se enderezó y guardó la bolsita de marihuana y el encendedor.

—Espera, ¿quieres decir que a veces no tienen comida? —preguntó Helen.

—La última vez que fui, Olive estaba cenando patatas fritas congeladas, porque era lo único que había en casa. Y no es cuestión de dinero. Dustin trabaja. Simplemente no está en condiciones, emocionalmente, para ir a la compra, cocinar y ser padre soltero. Lori era la que mantenía esa casa a flote. Ahora, Dustin y Olive están a la deriva.

—Vaya, no tenía ni idea —dijo Helen. Pensó en Olive robando sus cosas, prendiendo una fogata en medio de la noche entre semana, obsesionada con un tesoro enterrado como si fuera una niña mucho más joven; no era de extrañar que tuviera problemas en casa. ¿Tan ensimismada estaba en sus propios problemas como para no haberse dado cuenta?

Se quedaron calladas por un minuto, contemplando el patio, los árboles y, detrás de ellos, el camino que llevaba al pantano.

—Nate y yo trataremos de ayudar más. Le diremos a Olive que puede quedarse a cenar cuando venga a ayudarnos. Es una niña increíble. Tan inteligente y cooperativa. —Riley asintió; se la veía agradecida—. Me mortifica mucho pensar que le está yendo mal en el instituto —añadió Helen —. Tal vez haya algo que podamos hacer para ayudar con eso también. Tanto Nate como yo solíamos trabajar como profesores, así que no sería problema darle algunas clases particulares. Podemos ayudarla a ponerse al corriente si se ha perdido mucho en el insti.

—Eso sería maravilloso —dijo Riley—. Estoy muy preocupada, pero no sé cómo ayudarla. Ya le he ofrecido venir a quedarse un tiempo conmigo varias veces, pero siempre dice que no. Además, no creo que Dustin aceptara. Olive es lo único que le queda. Sinceramente, creo que de no ser por ella ya se habría vuelto loco por completo. Cuando era más joven, antes de casarse con Lori, solía beber mucho. También tenía episodios de depresión. Me temo que pueda estar regresando a todo eso. Por eso me preocupa tanto Olive. Ella es todo lo que le queda, pero él también es todo lo que le queda a ella. Bueno, y yo también. —Hizo una pausa, sonrió a Helen, le puso la mano sobre la rodilla y le dio un apretón de agradecimiento—. ¡Y ahora Nate y tú!

Helen asintió y se volvió hacia el remolque, mientras pensaba en cómo contarle a Nate todo aquello. Seguramente también querría ayudar a Olive. Aún no confiaba en ella, la llamaba «Pequeña Niña Fantasma» a sus espaldas, pero una vez que Helen le contara todos sus problemas querría ayudarla. ¿O no?

Riley la vio observando el remolque.

—Nate debería tener cuidado —dijo.

—¿Cuidado?

—Sí. Hay una historia que no quise mencionar delante de él, porque sabía que diría que es una tontería.

—¿Qué historia?

—Pues es sobre un tipo que se llamaba Frank Barns. Era el médico del pueblo y le encantaba cazar. Vivía en Carver Creek. Un día, en la década de los setenta me parece, alcanzó a ver la cierva blanca en el bosque y se obsesionó por completo. Iba a buscarla cada fin de semana. Una vez fue con su hijo, Dicky, que era solo un niño en aquel entonces; debía de tener diez u once años. Estaban en el pantano cazando codornices cuando Frank vio a la cierva y empezó a perseguirla. Dicky trató de correr tras de él, pero lo perdió de vista. Frank Barns jamás salió de ese bosque.

—¡No puede ser! —exclamó Helen, prácticamente gritando—. ¿Desapareció?

Riley asintió, los ojos muy abiertos, atrapada por la historia y por la reacción de Helen.

—Varios equipos de rescate lo buscaron durante semanas. Sabuesos y hasta un helicóptero. Nada. El hombre desapareció sin dejar rastro.

—¿Qué crees que le pasó? —preguntó Helen. Estaba muy colocada ya. Sus pensamientos eran extrañamente fluidos.

—Hattie lo atrapó —dijo Riley, como si fuera un hecho.

Helen sintió frío por todo el cuerpo.

—¿Sabes? —preguntó envalentonada por la hierba—, yo también la vi.

—¿A la cierva blanca?

—No, a la persona. Hattie en forma humana. Si te lo cuento, ¿me tacharás de loca?

—¡No! ¡Claro que no! —exclamó Riley, se acercó a Helen y le dio un leve apretón en el brazo—. Por si no lo has notado, ¡yo sí creo en todas estas cosas! Por favor, cuéntame.

—Pues, desde que llegamos aquí, he tenido un presentimiento, una sensación. —Se interrumpió.

Riley la observaba, pero no como si estuviera loca, sino con la mente abierta. Sentía curiosidad genuina por escuchar su historia.

—La sensación —continuó Helen— de que alguien me observaba. En varias ocasiones estuve a punto de verla de reojo, ¿sabes? Solo un movimiento.

Riley asintió con emoción.

—Y creo que… Creo que tal vez me ha dejado algo. Una especie de regalo.

—¿Qué clase de regalo?

—Un pedazo de tela con un clavo oxidado y el diente de un animal en un nido de paja. Nate cree que el diente es de ciervo o de oveja.

Riley frunció el ceño.

—Mmm, ¿todavía lo tienes?

—Sí, en el remolque.

—Entonces, las veces que la has visto, ¿siempre ha sido como una sombra o un movimiento rápido?

—No. Bueno, al principio sí. Pero anoche… anoche la vi. Parecía una persona real. Tan real como tú y yo.

—¿La viste en el pantano?

—No. —Helen sacudió la cabeza—. Aquí en la casa.

—¡No puede ser! ¿Aquí? —Riley se giró a contemplar la casa detrás de ellas—. Espera, ¿a eso se refería Nate cuando dijo lo de la viga embrujada?

Helen asintió.

—Pusimos la viga ayer y pasamos nuestra primera noche en la casa. Yo convencí a Nate. Pensé que sería divertido. Como acampar. Me desperté en mitad de la noche, fui a la cocina y ahí estaba, en un rincón. Una mujer de cabello negro, ojos oscuros… y una soga alrededor del cuello.

—¡Mierdaaa! —exclamó Riley, enunciando lentamente la palabra—. ¿Y qué hizo?

—Me… me habló.

—No.

—¡Sí! —exclamó Helen. Echó un vistazo alrededor para asegurarse de que Nate no podía oírlas.

—¡No puede ser! —Riley parecía sorprendida y emocionada a la vez—. ¿De verdad te habló? ¿Y la oíste?

—Era un sonido espantoso. Me hizo sentir escalofríos por todo el cuerpo.

—¿Y qué te dijo?

—Solo dijo una palabra: «Jane».

—¿Jane? —Riley estaba muy cerca ya, y su rostro estaba rojo—. Es su hija.

—Su hija —repitió Helen.

Si la hija de Hattie se llamaba Jane, esa era la prueba de que no se lo había imaginado. No podía haber averiguado el nombre en una pesadilla o con una botella de vino. Había visto el fantasma de Hattie y este le había hablado, le había dicho algo que no podría haber sabido de otra forma.

Jane.

—Jane tenía unos doce años cuando Hattie fue asesinada —señaló Riley —. Desapareció inmediatamente después.

—Oh, por Dios. ¿Qué le pasó?

—Nadie lo sabe. —Riley se encogió de hombros de forma dramática—. Nunca volvieron a saber de ella. Había rumores de que se cambió el nombre y se mudó al sur, o a Canadá. Otros dicen que jamás se marchó; que se ahogó en el pantano para poder estar con su madre.

—Tiene que haber alguna manera de averiguar qué le sucedió —dijo Helen—. ¿Ya sabes cuándo abrirá de nuevo la sociedad histórica? Me encantaría ir a echar un vistazo; tal vez podamos hallar alguna pista. Algo sobre Jane o Hattie. Siento que aún quedan muchas preguntas sin responder.

—Hablé con Mary Ann anoche. Parece que los daños fueron un poco más serios de lo que pensaba. Tardarán un par de semanas más en limpiarla y renovarla.

—¡Ay, no!

—Supongo que el suelo de madera debajo de la alfombra se estropeó, y cuando empezaron a retirarlo descubrieron la estructura podrida debajo. Mary Ann dice que no podemos volver hasta tener la autorización; son normas de la aseguradora. Es una mierda.

—Está bien. No hay problema. Mientras tanto, seguiré investigando lo que pueda en internet. —Helen no paraba de asentir y se balanceaba ligeramente de atrás hacia delante, como si no pudiera contener la energía que recorría su mente y su cuerpo. ¿Y si Jane se había mudado y había tenido hijos? ¿Y si había parientes, descendientes directos de Hattie, en posesión de piezas importantes de la historia familiar?

—Guau —exclamó Riley—. Aún me cuesta asimilar todo esto. ¡De verdad la viste! ¿Qué más te dijo?

—Nada. Llamé a Nate para que la viera, pero desapareció.

—Ella no quería que él la viera —aseguró Riley—. No así al menos. Se le apareció como una cierva blanca. No puedo creer que haya acudido a los dos. Me suena a algo muy importante. La mayoría de la gente solo la ve de reojo en el pantano. Nunca había oído que le hubiera hablado a alguien.

—¿Crees que ha podido ser por la viga? —preguntó Helen—. Quiero decir que si realmente proviene del árbol donde la colgaron, ¿crees que el hecho de haberla instalado en la casa la ha ayudado a volver de algún modo?

Riley reflexionó un minuto y dijo:

—He oído que a veces los objetos actúan como conductos, ¿sabes? Por ejemplo, si sostienes el anillo de bodas de tu abuela, puedes «invocarla» lo suficiente para oler su perfume.

—Siempre he tenido la idea de que los objetos guardan historias —señaló Helen.

Riley asintió.

—Pero tal vez sea más que eso. Tal vez no solo las guardan, sino que fluyen a través de ellos, ¿sabes? Es una especie de… piedra angular para los muertos; algo que los trae de vuelta a este mundo.