La invitada
Los cimientos
Capítulo 1
Helen
18 de mayo de 2015
La mezcladora de cemento giraba. La mezcla de hormigón empezó a derramarse por la rampa del camión hasta la figura de madera y la espuma de aislante rígida que descansaban sobre un grueso lecho de grava. El camión expulsaba humo de diésel que contrastaba con el fresco y limpio aire matutino con olor a pino.
«Aquí es donde debemos estar», se dijo Helen, tratando de que el humo del camión no la asfixiara. Eran las ocho de la mañana. En otras circunstancias, iría camino del trabajo o tal vez se habría parado a por un latte, a pesar de llevar unos cuantos minutos de retraso. En cambio, se encontraba ahí, rodeada de árboles y aves cuyos cantos no distinguía, mientras observaba a los obreros verter los cimientos de su casa.
Esa era la única fase del proceso de construcción para la que Nate y ella habían decidido contratar a alguien, y, mientras observaba a los hombres con sus botas amarillas, Helen se alegró de tener profesionales que se encargaran de eso. Los trabajadores aplanaron el hormigón sobre las barras de refuerzo y la malla, mientras Helen admiraba el paisaje a su alrededor: el claro donde se encontraban, el espeso bosque que lo rodeaba, una colina al oeste, un pequeño sendero que llevaba al pantano del lado sur. Nate opinaba que ellos mismos podían hacer el trabajo, ya que la losa era fácil de instalar, pero Helen insistió en que unos cimientos colocados por profesionales les facilitarían el trabajo.
«Si nos equivocamos, aunque sea por medio centímetro, esto será un desastre —había dicho Helen—. Confía en mí. Esta es la base de la casa, tiene que hacerse bien».
Nate aceptó, aunque sin estar muy convencido. Él era un hombre de matemáticas y ciencias. Quien usara los números y los hechos como arma, y pudiera demostrar su argumento por escrito de manera científica, lograría que él aceptase casi cualquier cosa. Y tal cual, durante los últimos meses, e incluso la noche anterior en el motel, Nate había estado consultando una infinidad de libros de construcción: Construcción para todos, Cómo diseñar y construir tu casa a tu manera, La guía del propietario constructor para crear la casa de tus sueños. Incluso había asistido a un taller para constructores y se había ofrecido como voluntario en la organización Hábitat para la Humanidad durante algunos fines de semana. Y siempre volvía a casa rebosante de emoción tras pasar el día construyendo, hablando sin parar sobre las paredes que había ayudado a construir y las instalaciones de cableado que habían hecho. «Es el trabajo más gratificante que he hecho en mi vida», solía decirle.
Pero Helen había crecido con un padre constructor. Uno de sus recuerdos más remotos de la infancia era un día de verano en que, antes de entrar a primer grado, acompañó a su padre a una obra. Ahí, la puso a enderezar clavos, después de enseñarle cómo sostener el martillo mientras sus dedos sujetaban los de ella. Después, pasó muchos fines de semana y vacaciones de verano clavando, colocando paneles de yeso, enmarcando puertas y ventanas. Había ayudado a su padre a reparar los daños resultantes de trabajos de construcción de mala calidad, como paredes que habían sido plomadas con paneles de yeso agrietados en el interior, ventanas mal instaladas que tenían huecos y techos que estaban a punto de derrumbarse por haber usado vigas poco resistentes. Era consciente de lo difícil que resultaría todo. Nate llevaba meses hablando de construir la casa de sus sueños, con una mirada feliz y algo boba. Helen apreciaba su entusiasmo y la manera poética en que describía la forma del tejado y las ventanas con vistas al lado sur del terreno, pero a la vez se le hacían nudos en el estómago y se mordía el interior de la mejilla hasta saborear su sangre.
Ahora, mientras seguían vaciando el cemento, tomó la mano de Nate y le dio un apretón.
«Aquí es donde debemos estar —se dijo nuevamente—. Yo inicié todo esto. Este es mi sueño». El terapeuta que veía en Connecticut le había enseñado a hacer esa clase de tonterías: darle forma a su propia realidad con afirmaciones cada vez que sentía que el suelo bajo sus pies se hundía.
Nate respondió apretando su mano también: uno, dos, tres apretones rápidos, como si se tratase de alguna especie de código secreto. Como si quisiera decirle: «Aquí estamos. ¡Lo logramos!». Helen podía sentir el entusiasmo que recorría y zumbaba por el cuerpo de Nate como una descarga eléctrica.
Cuidadosamente, dos de los trabajadores con botas amarillas colocaron una tabla sobre la superficie rugosa de la losa, para nivelarla.
Quizá fue ella quien lo comenzó todo, pero en realidad si estaban ahí era por Nate. Hacía casi un año y medio, el padre de Helen había fallecido de un paro cardíaco y ella, que solía tener mucha confianza respecto a todos los aspectos de su vida, se sintió de pronto a la deriva. Empezó a sentirse estancada e infeliz, a creer que la vida no podía ser solo levantarse cada mañana para ir al trabajo, aunque fuera un trabajo que amaba: dar clases de Historia a chicos de secundaria llenos de energía. Sentía que su trabajo le daba un propósito en la vida, la hacía sentir genuinamente útil y le daba la impresión de que generaba un cambio positivo en el mundo. Pero aún no era suficiente. La muerte de su padre había sido una llamada de atención, el recordatorio de que ella también moriría algún día, tal vez antes de lo que esperaba y cabía la posibilidad de que no llevase la vida que estaba destinada a tener. La idea la llenaba de temor, era un sentimiento pesado como el plomo que afectaba a todos los aspectos de su vida.
—¿Qué quieres? —le preguntó Nate una noche. Para él, la nueva angustia de Helen era como un rompecabezas, un problema que resolver.
Ambos se encontraban sentados en la sala de su piso de Connecticut. Nate había abierto una botella de vino y los dos estaban acurrucados en el sofá frente a la chimenea de gas; a Helen nunca le había gustado, ya que le parecía un sucedáneo si la comparaba con una chimenea de verdad, con el crepitar del fuego y el olor de madera quemada. Nate compró incienso de abeto y piñón, y lo encendía mientras las predecibles llamas de gas se levantaban. Aunque fue un bonito gesto de su parte, no era lo mismo.
—¿Qué te haría feliz? —le preguntó mientras volvía a llenar su copa.
Ella se volvió hacia su apuesto y sincero marido, a quien le gustaba resolver problemas. Lo absurdo de su pregunta fue como un puñetazo en el estómago.
—¿Feliz? —repitió tontamente.
La felicidad siempre parecía haber sido algo muy sencillo para Nate, la encontraba con facilidad. Por ejemplo, en los paseos de fin de semana con su grupo de observación de aves (casi todos eran personas de la tercera edad) a refugios y parques estatales para observar y fotografiar mirlos, oropéndolas de Baltimore y jilgueros; también la encontraba en sus blogs y pódcasts favoritos de ciencia ficción. Estudiar el mundo y la naturaleza a su alrededor le brindaba comodidad y alegría; categorizaba las cosas en reinos, filos, órdenes, clases y especies. Cuando estudiaba el posgrado, Nate era un invitado regular en el blog de su mejor amigo, Pete. Este, que escribía acerca de cuestiones ambientales, consiguió enganchar a Nate para que grabara una serie de vídeos cortos llamados Pregúntale al Señor Ciencia. Los lectores enviaban preguntas como «¿Qué pasa con las mutaciones en las ranas?» o «¿Por qué está disminuyendo la población de abejas?»; Nate salía en el vídeo con su bata de científico, para darle más autenticidad, y explicaba las mutaciones, la biodiversidad y la evolución con un tono informal, adorable y algo geek a la vez.
Para Nate, y su mentalidad de Señor Ciencia, el mundo tenía sentido; creía en la existencia de un orden intrínseco, y eso no solo lo reconfortaba, sino que además disfrutaba compartiendo sus ideas respecto a dicho orden con los demás. Nunca parecía preocuparse por las grandes preguntas de la vida, como «¿Qué nos hace falta?» o «¿Qué propósito tenemos a la larga en esto que llamamos vida?».
Nate le guiñó el ojo y asintió mientras esperaba su respuesta; era evidente que no tenía intención de dejar el tema.
Ella pensó en su rutina diaria, en cómo conducía habitualmente por el paisaje suburbano repleto de centros comerciales, farmacias, restaurantes, trenes de autolavado y tintorerías. Había tanta luz y ruido, tantas personas que salían con la misma misión en la mente: hacer sus encargos, ya fuese comprar cortinas y antiácidos o recoger la ropa en la tintorería para apresurarse a llegar a sus respectivos trabajos. Todo le parecía tan banal…
«¿Qué me haría feliz?», pensó.
Últimamente, sus momentos más felices se producían cuando, en ciertos fines de semana, trabajaba como voluntaria en el Museo Greensboro, un pequeño museo de historia viva donde se recreaba la vida de mediados del siglo XIX para que los visitantes pudieran experimentarla de primera mano. Con un pesado vestido que le llegaba hasta los tobillos y un gorro, Helen se dedicaba a hacer velas a mano sumergiéndolas en cera y a batir mantequilla mientras los visitantes la observaban. Le encantaba responder a sus dudas respecto al estilo de vida y las actividades cotidianas de las personas en esa época. Helen era historiadora, y Estados Unidos en tiempos coloniales era su área de especialidad, así que, al igual que Nate jugando a ser el Señor Ciencia, ella disfrutaba compartiendo su conocimiento. Pero lo que más disfrutaba eran los momentos de silencio en el museo, entre la partida de un grupo y la llegada del siguiente. Durante esos minutos se permitía imaginar que en realidad había retrocedido en el tiempo y que la vida era más tranquila y significativa. Había vacas que ordeñar, huertas que atender, mantequilla que batir y chimeneas que encender para preparar la cena. Mientras Nate continuaba observándola y esperando su respuesta, ella le dio un gran sorbo a su copa de vino, cerró los ojos y permitió que su mente viajara al sueño más antiguo que tenía, uno que había nacido en su infancia, después de leer los libros de La casa de la pradera. Aquel sueño había tomado fuerza con sus estudios universitarios y de posgrado sobre la vida de los pioneros estadounidenses en Nueva Inglaterra durante la época colonial.
No podía decirle a Nate que un viaje al pasado la haría feliz, así que dijo lo mejor que se le ocurrió.
—Una casa en el campo —respondió finalmente. Nate la miró sorprendido.
—¿El campo? ¿En serio?
—Sí —respondió ella—. Un terreno grande, con espacio para un gran jardín. Tal vez para gallinas y cabras. Y una despensa. Me gustaría tener una. Quiero aprender a envasar mis propias verduras. Llevar una vida más sencilla, lejos del tráfico y el ruido. —Mientras decía estas palabras, se dio cuenta de que eran verdad, de que ese era en realidad su sueño, lo que siempre había deseado en secreto. Se volvió hacia la patética chimenea de gas y añadió—: Y quiero una chimenea de verdad que funcione con madera.
Nate sonrió. Dejó su copa de vino y la tomó de la mano.
—Me parecen deseos bastante factibles —dijo él antes de besar sus dedos.
En ese momento no le dio gran importancia a ese comentario. Ni siquiera podía concebir cómo empezar con un cambio tan radical. Tenía la impresión de que sus vidas estaban talladas en piedra: un bonito y flamante piso al que habían podido mudarse después de estar en lista de espera, un Prius nuevo, cuentas mensuales que les dejaban algo extra para otros gastos cada mes. Además, ambos tenían puestos envidiables como profesores en la Academia Palmer, una escuela privada adonde asistían los hijos de las familias más adineradas de Nueva Inglaterra. Nate daba clases de Ciencia, y Helen de Historia. Si sumaban el tiempo que pasaban en la escuela, yendo al trabajo, corrigiendo tareas y exámenes, y preparando sus clases en casa, fácilmente invertían unas sesenta horas a la semana. Nada de eso parecía compatible con una tranquila vida campestre.
Pero Nate ya había empezado a trazar un plan:
—No estamos tan atascados aquí como tú crees —le dijo unos días después, y señaló la pila de sobres que habían empezado a llegar unas semanas después del fallecimiento de su padre.
Ella entendió y asintió. Helen era hija única y su padre, un hombre sencillo que había vivido en la misma finca durante cincuenta años, conducía una camioneta Ford abollada y compraba su ropa en Walmart, le había dejado una sorpresa. En los días posteriores al funeral se sentía demasiado aturdida emocionalmente como para absorber toda la información cuando el abogado se lo comentó, pero cuando al fin pudo reunir las fuerzas necesarias para empezar a revisar los documentos de su padre quedó impresionada. Helen no tenía ni idea de que su padre llevaba años ahorrando e invirtiendo dinero de manera sensata, que tenía dos generosas pólizas de seguro de vida y que su modesta finca en los suburbios, que había pagado en un plazo de veinte años, tenía de hecho bastante valor debido a su ubicación. Todo eso acumulado era una buena suma de dinero que le había caído del cielo, y, aunque al principio se sintió abrumada, Nate tenía razón, como de costumbre. Con una cantidad así, le parecía más que factible desatascar cualquier cosa.
Lo que sucedió después estaba muy difuso en su memoria. Un día, Nate le llevó un libro sobre cómo hacer conservas caseras.
Ese mismo sábado la despertó temprano con un beso y una sonrisa, antes de acercarle una taza de café.
—Iremos a recoger manzanas —dijo él.
A Helen le encantó pasar tiempo al aire libre, en el huerto, respirando el aire fresco del otoño. Al llegar a casa se sentía rejuvenecida, y, siguiendo las instrucciones de su nuevo libro, llenó seis frascos de compota de manzana y seis de mermelada de manzana casera. Durante las siguientes semanas se apresuró a investigar en internet todo lo necesario para «encontrar una casa en el campo»; pasaba horas en páginas web de bienes inmuebles de Nueva Inglaterra.
Les echaron un vistazo a propiedades en Connecticut y Massachusetts, pero finalmente restringieron la búsqueda a Vermont y Nuevo Hampshire. Ninguna de las casas los convencía del todo. A Helen le encantaban las casas coloniales y las alquerías, pero todas tenían más de cien años y requerían mucho trabajo: cimientos derruidos, sótanos con suelos de tierra, cableado antiguo, tuberías con fugas, vigas podridas, techos caídos. A Helen le encantaba la idea de encontrar una casa vieja, con historia, y reformarla. Su favorita era una de las primeras que habían visto: una casa antigua de dos pisos en un pequeño pueblo ubicado en las afueras de Keene, Nuevo Hampshire. Prácticamente todas las habitaciones tenían vigas expuestas talladas a mano y suelos de tablones anchos de pino. Helen se detuvo frente al enorme fregadero de la cocina y se asomó por la ventana que daba al patio delantero. Se sintió en casa de inmediato. Sin embargo, Nate, que llevaba semanas investigando el tema, le señaló la madera podrida, el cableado viejo y obsoleto, que podía causar un incendio en cualquier momento, y los daños en el viejo tejado de pizarra.
—Podríamos restaurarla —dijo ella, esperanzada.
Él sacudió la cabeza; se notaba que estaba haciendo varios cálculos mentales.
—No creo que tengamos suficiente dinero para eso. Esta pobre casa debe ser derruida y reconstruida desde cero. —Echó un vistazo alrededor, con una mirada de impotencia—. Sería mejor construir una nosotros mismos —dijo entre dientes.
Aunque Nate fue el que tuvo la idea, hicieron falta muchos fines de semana viendo una docena más de casas en ruinas (muchas de ellas le encantaron a Helen, pero Nate siempre argumentaba que no valía la pena tratar de salvarlas), antes de que la idea empezara a echar raíces.
Estaban en la habitación de un motel, cenando la pizza que habían pedido, después de otro largo día de conducir por todo Vermont.
—Tal vez deberíamos empezar a planteárnoslo —dijo Nate—. Una casa nueva, construida desde cero. Así podemos conseguir exactamente lo que queremos.
—Pero una casa nueva me parece algo tan… frío. Tan estéril… — argumentó Helen. Recordó sus libros de La casa de la pradera. Pensó en su padre y en las incontables casas en las que había trabajado. Pensó en la forma en que revisaba una casa y hacía comentarios respecto a su buena estructura o su carácter. Hablaba de las casas antiguas como si fuesen personas.
—No tiene por qué ser así —respondió Nate—. Puede ser como nosotros queramos.
—Pero no tendrá historia —dijo Helen.
—Podemos basarnos en un viejo diseño colonial si quieres —respondió Nate—. Piénsalo, ¡así tendríamos lo mejor de ambos mundos! Podemos construir algo clásico y personalizado. Que ahorre energía, que sea ecológica, una casa solar pasiva, lo que nosotros queramos.
Helen sonrió.
—Veo que alguien ha vuelto a explorar el profundo universo de Google, ¿verdad?
Nate se rio. Claramente, la respuesta era sí. Pero su propuesta seguía sin contestación, así que Nate la miró aguardando.
—No lo sé —admitió Helen—. Suena muy caro.
—No necesariamente —replicó Nate—. No si tienes en cuenta el verdadero coste de renovar una casa vieja como las que hemos estado viendo. De hecho, hasta podríamos acabar ahorrando un poco de dinero, especialmente a largo plazo, si la construimos para que sea eficiente.
Cuanto más hablaba Nate, más se emocionaba; sus ideas se iban acumulando y creciendo, como una bola de nieve. Ellos mismos podrían hacer el trabajo; de todas formas, ya habían discutido las reformas que tendrían que hacerles a varias de las casas que habían visto. ¿Por qué no ir un paso más allá?
—Por Dios, ¿por qué no pensamos en esto antes? No hemos encontrado nada que se asemeje a la casa de nuestros sueños, ¡porque aún no existe! ¡Tenemos que construirla! ¡Seremos como Thoreau en Walden Pond!
Ella sacudió la cabeza y se rio como si dijera: «No digas ridiculeces».
—Thoreau construyó una pequeña cabaña donde apenas cabían un escritorio y una cama. Nosotros estamos hablando de una casa de unos ciento ochenta metros cuadrados, con todas las comodidades modernas incluidas. ¿Tienes idea del trabajo que requiere eso?
—No estoy diciendo que sea fácil —respondió Nate. Y luego remató—: Pero ¿no crees que esto es lo que hubiera querido tu padre?
—Yo… —Dudó.
Recordó la ocasión en que había ayudado a su padre con los acabados en una casa que construyó antes de que ella se fuera a la universidad. «Esta casa —le había dicho su padre— estará aquí mucho mucho tiempo. Cuando pases frente a ella con tus hijos y tus nietos podrás decirles que tú ayudaste a construirla. Esta casa que hemos construido juntos vivirá más que nosotros dos».
—¡A mí me parece perfecto! —dijo Nate—. ¡Créeme! Será perfecto.
Le resultaba muy muy difícil no dejarse arrastrar por el entusiasmo de Nate. No creerle cada vez que aseguraba tener la solución a un problema. Después de todo, él era el más racional de los dos, el pensador crítico, y ella había llegado a confiar en él para tomar decisiones respecto a cualquier asunto práctico. Él había decidido (después de horas de investigación) qué coche debían comprar, el mejor plan de pagos para liquidar sus préstamos estudiantiles e incluso el gimnasio al que debían apuntarse.
Ella lo amaba por muchas razones, pero la principal era que él la equilibraba, la ayudaba a mantener los pies en la tierra; podía coger sus ideas más etéreas y encontrar la manera de transformarlas en una realidad. Si él decía que construir una casa tenía más sentido que comprar una y repararla, probablemente estaba en lo cierto. Y si decía que era posible hacerlo sin sacrificar ese toque histórico que Helen añoraba tanto, tenía que creerle.
Helen estiró el brazo y cogió uno de los panfletos de bienes inmuebles de Nueva Inglaterra que se encontraban sobre la caja de la pizza. Le dio la vuelta y empezó a revisar el listado de terrenos. Mientras contemplaba las fotografías de terrenos vacíos, hacía su mayor esfuerzo por imaginarse la casa de sus sueños ahí. Y a los dos cómodamente instalados dentro.
«Aquí es donde estará nuestro hogar», pensó Helen mientras observaba a los trabajadores que colocaban los cimientos. Casi podía imaginar los bordes de la casa, la sombra que proyectaría, un techo alto como si tratase de tocar el cielo increíblemente azul. Las nubes parecían estar tan cerca y tan vívidas que estaba casi segura de que, si subía a la cima de la colina, podría estirar el brazo y tocarlas. Era como vivir en el dibujo de un niño: árboles, cielo azul, nubes, un alegre sol amarillo y, en el centro, una casa en forma de cuadrado con una pareja sonriente a su lado.
Descubrieron aquel terreno en enero y el mismo día que lo encontraron hicieron una oferta. Lo más loco era que ni siquiera estaba en su lista; lo encontraron por casualidad, mientras seguían los letreros que llevaban a un viejo puente cubierto. Se detuvieron en una tienda y ahí mismo, en el tablón de anuncios, vieron el cartel que anunciaba el terreno: ciento setenta y ocho mil metros cuadrados en el pequeño pueblo de Hartsboro, Vermont. Llamaron al agente inmobiliario y quedaron con él esa misma tarde. La mitad del terreno estaba cubierta de bosque, pero el pantano de Breckenridge ocupaba en su mayoría la parte poniente de la propiedad. Esa tierra no servía ni para sembrar ni para construir. De hecho, según les contó el agente inmobiliario riendo entre dientes, las leyendas locales aseguraban que esa tierra estaba «embrujada». Mientras caminaban fatigosamente sobre treinta centímetros de nieve recién caída para ver la propiedad de cerca, Nate se unió a la risa del agente.
—¿Cree que el propietario nos podría ofrecer un precio más bajo considerando que la tierra está embrujada? —dijo.
—Yo creo —respondió el agente, adoptando un tono más serio— que el propietario tiene mucho interés en vender y acabará aceptando cualquier oferta razonable.
Se encontraban en un claro con una ladera frente a ellos, un bosque a la izquierda y a la derecha, y un sendero de tierra detrás. Mientras caminaban, empezó a nevar; los grandes y gruesos copos se adherían a las pestañas de Helen. Sus pies se hundían en la nieve perfectamente blanca y Helen se volvió hacia los árboles, cubiertos por una capa blanca y ligeramente doblados bajo el peso de la nieve. Se sintió impresionada por el silencio y la serenidad del paisaje.
—¿Embrujada? —preguntó Helen, retomando el tema—. ¿En serio?
El agente asintió y, por la expresión en su rostro, parecía que lamentaba haberlo dicho.
—Es lo que dice la gente. —Se encogió de hombros, dando a entender que no conocía bien la historia, y empezó a contarles que la parte trasera de la propiedad estaba bordeada por un camino local que servía como pista para las motos de nieve durante el invierno—. Solo necesitan conseguir uno de esos vehículos y listo —les dijo—. Pero lo importante —añadió— es que entiendan que, aunque este lugar tiene más de ciento setenta mil metros cuadrados, solo se pueden utilizar dieciséis mil para construcción. El resto del terreno es demasiado elevado o pantanoso. Por eso el precio es tan asequible.
Helen no creía en fantasmas. Pero sí creía en la historia.
—Bueno, no todas las propiedades vienen con su propio fantasma —le susurró Helen a Nate. Si el terreno venía acompañado de una historia de fantasmas, significaba que al menos la tierra poseía una historia que contar. Tal vez no obtendría su casa de cien años llena de relatos, pero se conformaría con un lugar que viniera acompañado de algo de historia e, incluso, de un misterio.
Nate asintió, movió los dedos de arriba abajo e hizo un sonido fantasmal.
Luego señaló los arces azucareros que crecían en la parte de atrás de la colina y le dijo que podrían sangrar los árboles, hervir la savia y preparar jarabe de arce.
—¡No hay nada más típico de Vermont que eso! —dijo con emoción.
Mientras recorrían el terreno, Helen empezó a sentir cierta familiaridad, casi como un déjà vu, como si ya hubiera estado ahí antes. Aunque era evidente que se trataba de una tontería.
Luego, vieron la zona plana con vistas al sur que sería perfecta para empezar a construir, y el viejo remolque verde aparcado a las orillas del claro.
—Podemos vivir en el remolque mientras construimos la casa —dijo Nate. Luego se inclinó y le susurró a Helen al oído, con un tono de entusiasmo—: ¡Es perfecto! Tiene todo lo que hemos estado buscando y más.
Y en efecto, lo parecía. Casi era demasiado perfecto. Exactamente como la clase de terreno que Nate había estado describiendo, la tierra que le había prometido. En ese momento, Helen tuvo la sensación de que aquel lugar estaba destinado a ser su nuevo hogar, de que los había estado esperando, llamándolos. Pero no era una sensación del todo cálida o reconfortante; no, era más bien como una punzada en la nuca. Le provocaba sentimientos contradictorios: por un lado, se sentía atraída por el lugar y, por el otro, su instinto le decía que se subiera al coche y regresara a toda velocidad a su piso en Connecticut.
—No sé en qué condiciones se encuentra esa vieja casa móvil —admitió el agente inmobiliario—. El propietario solía usar este lugar como coto de caza, pero hace mucho que no viene por aquí. Tiene agua y electricidad, pero no sé si todo funciona. Se vende tal cual.
Helen echó un vistazo al viejo remolque de aluminio cuyo color era un verde desteñido. Estimó que debía medir unos nueve metros de largo y tal vez unos dos y medio de ancho. El remolque descansaba sobre unos bloques. El techo no parecía haberse derrumbado y ninguna de las ventanas con persianas estaba rota.
Nate lo observaba todo (el remolque, el bosque, el claro) con una chispa de entusiasmo en la mirada. Había traído consigo su cámara de 35 mm, la que usaba para sacar fotos cuando iba a observar aves, y no paraba de fotografiarlo todo.
El terreno de Hartsboro los tenía a ambos encantados, incluso en ese día helado de enero. Bajaron por la colina; Helen iba delante y encontró con facilidad entre los árboles el sendero que llevaba al pantano, como si ya conociera el camino. Le encantaba la sensación que evocaba en ella el pantano congelado; era como estar en otro planeta. Ella y Nate caminaron hasta el centro, mientras el agente los esperaba en la Suburban con la calefacción puesta.
—Tómense todo el tiempo que necesiten —les había dicho.
Nate señaló las huellas en la nieve: ciervos, liebres y hasta las marcas de las alas de un búho que había descendido hasta la capa de nieve para atrapar a algún roedor desprevenido.
—Parece como si un ángel hubiera aterrizado ahí —dijo Helen, y pensó en el fantasma que el agente inmobiliario había mencionado. Se preguntó si los fantasmas dejarían marcas en el mundo terrenal. En tal caso, seguro que serían como aquella: la marca de unas delicadas alas en la nieve.
Nate echó un vistazo más de cerca y luego le señaló las gotas de sangre.
—Un ángel que devora sabrosos ratones de campo —dijo sonriendo.
Cuando era niño, Nate solía pasar los veranos en la granja de sus abuelos en Nuevo Hampshire. Aunque Helen solo lo había conocido de adulto, tal vez en realidad estaba destinado a volver a ser ese chico de campo, en lugar de estar encerrado en los suburbios donde la única fauna eran los carboneros que llegaban al comedero del patio trasero y las ruidosas ardillas que peleaban con ellos por las semillas de girasol de aceite negro.
El terreno estaba situado como a un kilómetro y medio del centro del pueblo, adonde se llegaba por medio de un camino de tierra. El pueblo estaba formado por una tienda de ultramarinos, el ayuntamiento, una pizzería, una iglesia metodista, una pequeña biblioteca y una gasolinera.
—Podemos ir caminando hasta el pueblo —mencionó Nate.
—Apuesto a que organizan cenas de caridad —dijo Helen.
—Y tal vez hasta bailes tradicionales —agregó Nate con una sonrisa, mientras entrelazaba su codo con el de ella y, juntos, empezaban a saltar en círculos sobre la capa de hielo que cubría el pantano.
Cuando se detuvieron, jadeando, con las mejillas sonrojadas y las botas empapadas, Helen dijo:
—Desearía que mi padre pudiera ver este lugar.
Nate asintió.
—Le habría encantado, ¿no crees?
—Sí —afirmó Helen, y sus ojos se dirigieron de nuevo a las marcas de alas—. Definitivamente.
Así que quedó decidido. Lo que pedían por el terreno estaba muy por debajo del presupuesto que tenían. Aun así, decidieron regatear un poco, solo para ver cuál sería la contraoferta del vendedor. Para su sorpresa, el propietario aceptó la rebaja de inmediato.
—Supongo que era verdad que el tipo estaba muy interesado en vender — dijo Nate.
Dos meses después cerraron el trato, sin ni siquiera conocer al vendedor en persona; un abogado lo representó, argumentando que el señor Decrow se había mudado a Florida y que su salud no le permitía viajar por el momento. Después de firmar las escrituras, Helen y Nate fueron a desayunar a una pequeña cafetería a las afueras del pueblo para celebrarlo. ¡Ahora eran los orgullosos dueños del terreno!
Pero Helen se sentía cohibida: iban demasiado bien vestidos. Por su calzado inadecuado y sus elegantes abrigos, se notaba de inmediato que eran forasteros. Cuando volvieran para empezar a construir la casa, tendrían que esforzarse más para mezclarse y no llamar tanto la atención. Helen sacó una libreta de su bolsa y empezó a anotar las cosas que necesitarían: botas de cuero resistentes, jerséis y ropa de lana, camisas de franela y ropa interior larga. Luego, hizo una lista de las herramientas que requerirían y puso un asterisco junto a las que ya habían encontrado en el sótano de su padre: una sierra circular, una sierra de vaivén, una sierra para metal, martillos de enmarcado, martillos de acabado, cuadrados, niveladores, un carrete para la línea de tiza, una plomada, etc. Confeccionar listas la reconfortaba: saber exactamente lo que tenía que anotar en ellas e ir tachando conforme conseguía los artículos.
Vendieron su piso y la casa del padre de Helen. Ambas ventas fueron rápidas y sencillas, a pesar de que varios amigos les advirtieron encarecidamente que el mercado de bienes inmuebles en Connecticut era una porquería. Renunciaron a sus agradables y seguros empleos en la Academia Palmer, con lo que no solo se olvidarían de sus catorce pagas, sino también del seguro médico y las contribuciones a su pensión. Incluso cambiaron su pequeño Prius por una camioneta Toyota Tacoma. Vendieron, regalaron y donaron muchas de sus posesiones y solo conservaron las más valiosas en un guardamuebles que alquilaron.
Sus compañeros de trabajo y amigos los tacharon de locos cuando les contaron sus planes de construir una casa, plantar un jardín y tener pollos y cabras.
—Oh, qué… encantador. Suena como los nueve círculos del infierno — bromeó Jenny, la amiga de Helen, en la fiesta de despedida que ella y su marido, Richard, les habían organizado. Helen se rio.
—¿Alguna vez has pensado que quizá naciste en el siglo equivocado? — le preguntó Jenny, entrecerrando los ojos y llenando sus copas de pinot gris. Helen solo asintió. En efecto, lo había pensado muchas veces.
Jenny y Helen eran amigas desde hacía mucho; se conocían desde el parvulario.
—Piensa en todo a lo que estás renunciando —le había dicho Jenny—. ¿Y para qué? ¿Para que el trasero se os congele en medio de la nada mientras protagonizáis esta fantasía sesentera de «volver a la tierra que os vio nacer»? Estaréis completamente aislados. Ya no sabremos nada de ti.
—Claro que sí —le prometió Helen.
—Bueno, sí, en las noticias tal vez. Cuando nos enteremos de que fuisteis devorados por osos.
—Los osos negros no comen gente —refutó Nate.
—Entonces lobos —dijo Jenny.
—No hay lobos en Vermont —la corrigió Nate.
—Me da igual, Capitán Planeta. —Jenny puso los ojos en blanco con un gesto exageradamente dramático mientras movía su copa de vino—. Algo malo ocurrirá. Os lo aseguro. Os uniréis a una comuna o a una secta o algo, Helen dejará de depilarse las axilas y, Nate, tú tendrás tu momento de Jack en El resplandor. O tu momento Unabomber.
—Ya basta —dijo Helen riéndose.
—En serio —agregó Jenny—. Ted Kaczynski hizo algo parecido, eso de mudarse a una cabaña en el bosque y vivir de la tierra, y mirad cómo terminó. Por Dios, por lo que más queráis, hacedme un favor y cambiad de opinión antes de que sea demasiado tarde.
Pero no cambiaron de opinión.
Siempre que Helen mostraba dudas por toda la seguridad y las comodidades a las que estaban renunciando, Nate le decía:
—Pero recuerda todo lo que obtendremos a cambio, lo que crearemos desde cero para nosotros mismos. Esa es la verdadera seguridad. Cuando terminemos, tendremos una casa sin hipoteca construida con nuestras propias manos, y suficiente espacio para cultivar toda la comida que necesitemos. Es lo que siempre has soñado, ¿no? Tener una casa en el campo…
Y en efecto, ese era su sueño. Y apreciaba mucho que Nate lo hubiese adoptado y hecho suyo en tan poco tiempo. Se había comprometido con ello como si fuera un proyecto de ciencias, trazando planes, elaborando hojas de cálculo, dedicando horas a su investigación. Incluso había preparado una presentación de PowerPoint para explicarle, con toda claridad y paso a paso, su nuevo plan a Helen.
—Mira, si hacemos esto como es debido, no solo tendremos bastante dinero para construir la casa de nuestros sueños y establecer una granja autosuficiente, sino que además tendremos algunos ahorros para vivir cómodamente durante un año, tal vez más si somos cuidadosos con nuestro presupuesto. Y si logramos ganar dinero con la granja, no sé, vendiendo huevos, jarabe de arce, leña, tal vez tu mermelada casera, puede que nunca tengamos que volver a trabajar a tiempo completo. Podríamos dedicarnos a la clase de trabajo que nos interese. Pasar tiempo fuera, cuidar nuestra maravillosa tierra. Piénsalo: caminar por el pantano todos los días, aprender sobre todas las criaturas que viven ahí —dijo, y sus ojos brillaban de emoción —. ¡Tal vez hasta podríamos empezar un blog sobre nuestra vida aquí! — sugirió—. Puedo hablar con Pete; seguro que nos dará algunos consejos. Y sé que los enlaces y anuncios y cosas así en su blog le dan algo de dinero.
—Puedo investigar más sobre la historia de la tierra, descubrir por qué dicen que está embrujada. Tal vez había una casa o una granja aquí, ¿no?
Nate asintió con entusiasmo.
—Tendremos mucho que hacer para mantenernos ocupados y bastante dinero para subsistir por un tiempo —le prometió Nate.
Visitaron el terreno en abril y a principios de mayo para empezar a limpiar el remolque y reunirse con los contratistas, que comenzaron a medir, diseñar y colocar los cimientos de siete por doce metros de la casa de dos pisos que habían diseñado. Para el diseño, se basaron en unos viejos planos que Helen había encontrado en un libro sobre casas de época. Eligió el que más se parecía a la primera casa que vieron y que tanto le gustó en Nuevo Hampshire. La parte delantera estaría orientada al sur y llena de ventanas, para obtener todo el calor solar pasivo que pudieran.
Finalmente, había llegado el primer día de construcción. Mientras veía cómo el hormigón se escurría por la rampa, Helen pensó: «En fin, no hay marcha atrás; estamos aquí, para bien o para mal». Helen y Nate habían asegurado a sus amigos, muchas veces, que estaban tomando la decisión correcta. «¡Todos estáis invitados a pasar el fin de semana con nosotros cuando la casa esté lista!», prometió Helen, y les contó que había invertido gran parte de su herencia en el terreno, la camioneta, las herramientas y los materiales de construcción. Ambos aclararon que con el dinero restante habían elaborado a conciencia un presupuesto que les permitiera comprar el material que hiciera falta después y pagar sus gastos durante al menos un año.
La noche anterior durmieron en el motel, pero aquella empezaron a dormir en el remolque. Su primera noche oficial en el terreno. Al día siguiente, la maderería les entregaría las estructuras de madera y dedicarían el día a apilarlas y acomodarlas. Mientras esperaban a que el cemento se endureciera, reunirían los suministros y trabajarían en el jardín.
Era una mañana fría; había cierta crudeza en el ambiente, más característica de marzo o abril que de la tercera semana de mayo. Helen no podía creerse la drástica diferencia en el clima, considerando que estaban a solo cuatro horas al norte de su antiguo hogar en Connecticut. Nate se levantó y se puso sus nuevas botas de trabajo; llevaba unos días sin afeitarse. «Pronto tendré una gran barba de montañés, ya lo verás», le prometía siempre que hablaban de su nueva vida en Vermont. Ella estiró el brazo y tocó la incipiente barba. Él se dio la vuelta y sonrió.
—¿Feliz? —le preguntó.
Ella esperó un poco antes de responder y esbozó una cálida sonrisa.
—Definitivamente —dijo al fin. Aunque en realidad no estaba del todo segura, se dijo: «Afirmar algo lo vuelve realidad»—. Estoy feliz —añadió.
«Dale forma a tu realidad. Si lo dices, es real».
Nate la besó. Fue un beso largo, mientras los hombres que estaban rastrillando el cemento los observaban aunque fingieran no hacerlo. Helen estaba segura de que sentía otras miradas sobre ellos. Claro que era una ridiculez, pero no podía evitar esa sensación. Alejó su rostro para desviar su mirada en dirección a los árboles y luego hacia el pantano.
Por un milisegundo, creyó ver que algo se movía. Una figura que desaparecía entre la niebla.
—¿Estás bien? —le preguntó Nate.
—Sí, es solo que…
—¿Qué?
—Creí ver a alguien.
Él sonrió y echó un vistazo al patio, a los árboles, a los constructores y sus camiones.
—Bueno, es verdad que tenemos algo de compañía —dijo él—. Además, debe de haber como unos cien animales observándonos en este momento: ratones, aves, campañoles y tal vez algún que otro ciervo. —Al decir esto y echar un vistazo alrededor, parecía emocionado, incluso un poco más joven, mientras se imaginaba todos los animales que había allá fuera.
—Nuestros nuevos vecinos —dijo ella, y lo besó otra vez.