La invitada

Jennifer McMahon · Capítulo 9 de 54

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La invitada

Capítulo 8

Olive

 

8 de junio de 2015

—¡Uy! Es un equipo muy caro… —dijo la tía Riley, con los ojos muy abiertos, cuando vio el detector de metales en la vitrina. Riley había llevado a Olive al gran centro comercial de Burlington después de clase. Estaban en el pasillo de los detectores de metales y suministros para detectar oro. En el siguiente pasillo estaban los aviones de control remoto y los drones, y ahí es donde había más movimiento. Olive oyó a un chico que le lloriqueaba a su padre porque necesitaba urgentemente un dron con cámara y wifi, asegurando que todo lo demás era una porquería.

—¿Tienes suficiente dinero para esto, cariño? —le preguntó Riley, retirándose el flequillo azul de los ojos—. Puedo prestarte un poco si necesitas. —A Olive le pareció que su tía estaba cansada. Y más delgada tal vez.

—Gracias, pero tengo suficiente —dijo Olive. Escaso, pero lo tenía. Una cosa es que su tía Riley le hiciera regalos geniales, pero Olive jamás había querido pedirle dinero.

—¿De dónde has sacado tanto dinero? —preguntó Riley—. No será de la cartera de tu padre, ¿verdad? ¿Alguna actividad ilícita? —Riley lo decía con tono de broma, pero su mirada expresaba cierta seriedad. Olive podía ocultarle casi cualquier cosa a su padre; de hecho, tenía la impresión de que él participaba voluntariamente en sus engaños. Pero con Riley era muy distinto.

—¡Claro que no! Llevo siglos ahorrando —explicó Olive—. Y le vendí mi detector viejo a mi amigo Mike. También compró algunos de los perdigones de escopeta que encontré. Dijo que eran interesantes.

—¿Y qué piensas hacer con este sofisticado detector de metales nuevo, en el que estás invirtiendo los ahorros de toda tu vida? —preguntó la tía Riley.

—Oh, ya sabes. Lo de siempre. Buscar monedas y anillos perdidos en la playa frente al lago. A lo mejor también encuentro restos de casas antiguas en el bosque. Y más balas para vendérselas a Mike.

Riley le sonrió.

—Ah, ya veo. Creí que tal vez querías buscar el tesoro de Hattie.

Olive se quedó mirando a su tía y pensó en decirle la verdad. Riley creía en cosas como fantasmas y viejas leyendas. A Riley y a la madre de Olive les encantaba contarse historias sobre Hattie que habían oído, en las que convertían a aquella mujer que solía vivir en el pantano en una bruja con poderes sobrenaturales, un fantasma que había vuelto del más allá para llevar a cabo su terrible venganza. Incluso estaban de acuerdo en que la pobre mujer que murió poco después de casi ahogarse en el pantano sin duda había sido atraída hasta allí por Hattie, y que sin duda se lo merecía de algún modo. Según ellas, Hattie se vengaba solo de aquellos que la habían hecho enfadar, tal vez solo invadiendo sus tierras o no mostrándole el respeto que obviamente se merecía. A su madre y a Riley les encantaba compartir historias sobre los supuestos avistamientos de Hattie a lo largo de los años y, claro, sobre las desapariciones. Si bien su madre estaba algo obsesionada con Hattie, Riley lo estaba mucho más. Hablaba de ella como si la hubiera conocido, como si se tratase de una vieja amiga a la que nadie más que ella comprendía.

—Para nada —respondió Olive, mirando a su tía—. No existe el tesoro. Mi madre me lo dijo.

Riley se quedó observando a Olive por unos segundos.

—Ah, ¿así que eso dijo?

—Sí —respondió Olive—. Mi madre estaba bastante segura. Y yo la creo. Es decir, seamos realistas, ¿qué probabilidad hay de que exista un tesoro y que nadie lo haya encontrado todavía?

—No lo sé. Es solo que me parece un poco triste. Encontrar ese tesoro fue un sueño que tu madre y tú compartisteis durante mucho tiempo.

Olive recordó a su madre cuando le decía que ellas encontrarían ese tesoro, que era su destino.

Hubo otra larga e incómoda pausa mientras Riley observaba a Olive; o más bien, la estudiaba.

El chico del pasillo contiguo había ganado: su padre le compraría el sofisticado dron con cámara que quería.

—Los sueños cambian —dijo Olive con toda naturalidad mientras cogía el detector de metales de la repisa.

—Supongo que sí —dijo Riley, y por un instante pareció tan triste que Olive se arrepintió de lo que había dicho. Se arrepintió de haber hablado de su madre. Era más fácil y seguro no mencionarla; fingir que nunca existió. A veces Olive estaba tan preocupada por su propio dolor que se olvidaba de que otros también sufrían. Olive no era la única a la que su madre había abandonado.

—¿Vas a buscar tesoros? —le preguntó la cajera cuando ella y su tía llevaron la caja a la registradora, con un pequeño brillo en su mirada.

—Claro que sí —respondió Olive.

Ambas se subieron al coche de Riley para regresar a casa. Una vez en el automóvil, Riley empezó a preguntarle a Olive por la escuela y por su padre. Y Olive mintió. A veces le daba miedo lo buena que era mintiendo. Incluso a su tía Riley, que era mucho más astuta que su padre.

—La escuela va muy bien —dijo—. Estamos aprendiendo sobre algo llamado selección natural. ¿Sabes algo de eso?

—Claro —respondió Riley, mientras enfilaba la vía de acceso a la autopista—. La supervivencia del más apto. Charles Darwin y su pinzón, ¿no?

—Sí, tiene que ver con la adaptación —dijo Olive—. Eso me gusta. —Le encantaba la idea de que algunos humanos podrían estar evolucionando delante de sus narices, de maneras minúsculas, tanto que uno no podía verlas al principio.

—Supongo que, si uno lo piensa, de eso se trata básicamente la supervivencia, ¿no crees? —preguntó Riley—. Y no solo me refiero a la supervivencia de una especie, sino también a situaciones mundanas y cotidianas. La vida te pone pruebas y solo te queda aguantar los golpes. Nos adaptamos y evolucionamos.

Olive asintió. Riley lo entendía a la perfección.

—Claro, algunas personas se adaptan mejor que otras —dijo Riley, dirigiéndole a Olive una de esas miradas con ojos láser—. Por ejemplo, tu padre. Desde que éramos niños, siempre tuvo problemas para adaptarse a los cambios. Fingía que estaba bien, pero cuando algo cambiaba, cuando algo le molestaba, se alteraba mucho; a veces se deprimía tanto que se quedaba encerrado en su habitación durante mucho tiempo, sin comer ni hablar con nadie. A veces se enfadaba tanto que dejaba agujeros en la pared a puñetazos. Una vez se rompió la mano por golpearla tan fuerte.

Olive asintió; ya había oído esa historia unas cien veces.

Trató de prepararse para lo que venía.

—¿Cómo está? —preguntó Riley, mientras se giraba a mirar a Olive en el asiento del copiloto—. La respuesta sin mentiras, por favor.

Lo sabía. Pero Olive estaba preparada, con una sonrisa.

—Papá está bien, en serio —dijo Olive—. Prepara la cena todas las noches. Hasta me ayuda con los deberes. Dijo que me iba a comprar un ordenador para mí solita pronto.

—¿Y las reformas? ¿Sigue dedicando todo su tiempo a eso?

Olive se encogió de hombros.

—Pues sí, estamos haciendo algunos arreglos en casa. Pero nada demasiado exagerado. El salón ya está casi listo. Y decidí hacer algunos cambios en mi dormitorio. Ampliarlo un poco, ¿sabes? Para tener espacio para más estantes y un escritorio para el ordenador.

Olive se preguntó si su habilidad para mentir era una forma de adaptación.

«Astucia», pensó.

Pero ¿era astuta en realidad? No estaba segura de que su tía la hubiera creído, pero al menos, de momento, fingió que sí y dijo:

—Qué bien, Ollie. Me alegra que las cosas vayan mejor. Sé que el instituto puede ser difícil. Desde luego, para mí lo fue.

—¿En serio? —preguntó Olive.

Riley hizo una pequeña pausa, sin apartar la mirada del camino frente a ella, y luego dijo:

—Sí. ¿Sabes?, no todo el mundo está diseñado para encajar. Para aquellos de nosotros que no lo hacemos, que estamos destinados a trazar nuestros propios caminos…, bueno, la gente puede llegar a ser muy miserable. Especialmente en el insti.

Y en ese momento Olive estuvo a punto de decírselo. Estuvo a punto de confesárselo todo: que el instituto en realidad era terrible, que se saltaba cada vez más clases, que su padre había empezado a derruir su dormitorio, que en realidad sí estaba buscando el tesoro y esperaba que eso ayudara al regreso de su madre.

Pero entonces Riley se giró a mirarla y sonrió: una sonrisa genuina que irradiaba felicidad y alivio.

—De verdad que me alegra mucho que estés bien, Ollie. ¡Lo del ordenador es muy buena idea! Avísame si necesitas ayuda para elegirlo o instalarlo, o lo que sea. No soy una experta, pero me defiendo.

Olive asintió.

—Y ya sabes —añadió Riley, mientras ponía una mano sobre el hombro de Olive y le daba un apretón—. Si en algún momento las cosas no van bien en casa, siempre puedes hablar conmigo. Y mi habitación de invitados está siempre disponible para ti. Lo sabes, ¿verdad? Puedes venir cuando quieras.

—Lo sé. Gracias. —A Olive le encantaba la idea de quedarse con su extravagante tía, pero sabía que no podía dejar a su padre solo por mucho tiempo. Ella era todo lo que le quedaba—. Pero, en serio, las cosas van bien en casa ahora.

Riley le sonrió.

—Bueno, solo tenlo en cuenta, ¿de acuerdo? Mi puerta está siempre abierta. Y sigue en pie lo de este fin de semana, ¿no? ¿La novia de Frankenstein y una pizza de doble pepperoni?

—¡Claro! —dijo Olive, y esbozó la sonrisa más convincente, feliz y equilibrada que pudo para su tía, como si quisiera decirle: «Estoy bien»—. ¡Y no olvides los Swedish Fish!