La invitada
Capítulo 13
Helen
12 de julio de 2015
—Es perfecta —dijo Helen.
Ella y Nate acababan de instalar la viga entre el salón y la cocina. La viga era rústica, tallada a mano y gruesa, de unos diez por veinte centímetros; y abarcaba la parte superior de la abertura entre las dos habitaciones perfectamente, con lo que ayudaba a conectarlas, además de dar un maravilloso toque cálido de madera antigua.
Era increíble cómo los espacios empezaban a parecer habitaciones de verdad, un lugar en el que realmente se veían viviendo. Ya habían levantado la estructura de las paredes, el subsuelo de contrachapado estaba clavado y el revestimiento exterior colocado; también habían hecho marcas en el suelo y en las paredes para indicar dónde irían las encimeras, los armarios y el gran fregadero de esteatita. Por el momento, lo tenían guardado bajo uno de los toldos desmontables en el patio. Nate se había quejado un poco del precio, pero estuvo de acuerdo en que quedaría perfecto en su cocina.
Helen ya empezaba a analizar el interior de la casa y pensar en dónde podría ir su sofá y su lámpara de lectura favorita; ya se imaginaba preparando café en su cocina. Mientras recorría las habitaciones, se sentía como una niña jugando a las casitas con muebles imaginarios.
—Si alguien pregunta sobre la viga, solo digamos que se usó en la construcción de la vieja escuela de Hartsboro, ¿vale? Será mejor omitir la parte del árbol de la ejecución —expuso Nate, observándola como si fuera algo que le costara entender.
Nate pensaba que la historia de la viga era algo perturbadora, desconcertante incluso, pero estuvo de acuerdo en que era un hermoso pedazo de madera.
—Ya no se encuentra madera así ahora —dijo, recorriendo la superficie con los dedos, sintiendo los bordes ásperos que habían dejado los golpes del hacha—. Duramen robusto del centro de un árbol viejo como este.
La viga parecía irradiar un brillo cálido en comparación con las vigas de abeto pálido que se encontraban debajo de ella.
—Me encanta la sensación que le da a la casa —apuntó Helen, mientras tomaba a Nate de la mano y le daba un recorrido por la planta baja—. Le brinda una auténtica sensación de historia.
Nate se rio.
—Una historia algo morbosa, pero sí, te entiendo.
—Es increíble que provenga de un árbol que creció en nuestro propio terreno. Imagina las historias que podría contar —dijo Helen—. Me encanta la idea de incorporar más materiales de construcción viejos; más elementos que sean parte de la historia local. ¡Deberías ver el depósito, Nate! Hay tantas cosas hermosas esperando una nueva vida. ¡A mi padre le habría apasionado ese lugar! —Recordó las ocasiones en que lo había acompañado a mercadillos callejeros y a graneros en los que se vendían cosas; lo ayudaba a elegir ventanas, puertas, lavabos y herramientas para usar en sus reformas—. Había cristaleras, bañeras con patas, antiguos fregaderos de granja y muchísima madera. ¡Y todo con una historia que contar!
Nate asintió y se frotó la barba, que le había crecido sustancialmente y ahora era como una barba, y no como vello que hubiera olvidado afeitar. Helen aún no estaba segura de si le gustaba. En su opinión, parecía más un asesino en serie que un leñador.
—Me parece una idea excelente —dijo Nate—. Dijimos que queríamos ser ecológicos, ¿verdad? No se puede ser más ecológico que reutilizando y reciclando materiales. Y es incluso mejor si estos son de una calidad superior a los nuevos. Además, me imagino que sale más barato en muchos casos. Bueno, excepto en el caso de ese enorme fregadero de piedra que trajiste. Pero en general salimos ganando.
—Volveré al depósito, investigaré en internet y estaré al caso por si veo cualquier cosa que podamos utilizar.
—De acuerdo —declaró él con una sonrisa—. Estás oficialmente a cargo de adquirir materiales que podamos reciclar.
—¡Como una búsqueda de artefactos! —exclamó.
—Me encanta la idea —dijo él, y le dio un beso—. ¡Y me encanta verte tan entusiasmada!
—Riley me ayudó mucho. Es genial, Nate. Me muero de ganas de que la conozcas. Parece una chica gótica, con cabello extraño, cubierta de tatuajes y piercings, y vestida toda de negro, ¡pero le encanta la historia! Y durante el verano construye casas con Hábitat para la Humanidad. Te dije que se ofreció a ayudarnos, ¿verdad?
—Ajá.
—Creo que deberíamos aceptar su ayuda. Tal vez organice un día de trabajo para que venga junto con Olive; tal vez podamos invitar al padre de Olive también. Podríamos comprar pizza y cerveza para después de trabajar. ¿Qué opinas?
—Suena bien, amor.
—Nate, se me acaba de ocurrir algo…
Él sonrió.
—Hoy estás imparable.
Tenía razón. Su mente zumbaba, rebosante de ideas. Se sentía tan bien… Estaba entusiasmada.
—¿Qué te parece si dormimos aquí esta noche?
Él se rio.
—¿Dónde? ¿En el suelo entre los caballetes? ¿Quieres que fabriquemos una cama a base de aislante y serrín? —De pronto, su sonrisa de «tiene que ser una broma» se convirtió en un ceño fruncido—. ¿Hablas en serio?
Ella le puso las manos sobre los hombros y empezó a darle un pequeño masaje para convencerlo.
—¡Vamos! ¡Será divertido! Podemos hacer espacio en el salón y traer nuestros sacos de dormir, encender algunas velas. Será como ir de campamento, ¡pero mejor! ¡La primera noche en nuestra nueva casa!
—No lo sé…
—Sexo por primera vez en la casa nueva —le susurró al oído.
—Está bien. Acepto —dijo él, se acercó a ella y le dio un beso sin estar muy convencido.
Habían bebido dos botellas de vino, lo que explicaba el ritmo cardíaco acelerado que sentía Helen y su insaciable sed. Se despertó desnuda y desorientada. Al girarse, vio la estructura vacía de la casa incompleta. Estaban en el salón, en el lugar donde algún día pondrían su alfombra trenzada.
Una de las velas que habían puesto en un vaso seguía parpadeando de manera tenue. Nate roncaba con suavidad a su lado. Habían juntado sus dos sacos de dormir para formar uno más grande, que ahora daba demasiado calor y estaba empapado en sudor. El suelo de contrachapado debajo de ellos era duro; demasiado duro para dormir cómodamente. Le dolía el cuello y la espalda. Y necesitaba orinar.
Bajó el cierre de su lado del saco de dormir y se escabulló fuera. Luego, buscó a tientas en el suelo hasta que localizó su camiseta y su ropa interior. Hacía un frío increíble, tanto que se le puso la piel de gallina, y empezó a frotarse los brazos.
Sintió que algo crujía detrás de ella. Pensó que era la casa que se estaba asentando.
Pero ¿la madera en las casas a medio terminar también se asienta?
De nuevo, un fuerte crujido. Por Dios. ¿Qué era eso?
Su piel humedecida por el sudor empezó a estar más fría y pegajosa.
«Date la vuelta —se dijo a sí misma—. Solo date la vuelta».
Inhaló y se giró lentamente hacia la cocina; podía verla tras el marco abierto que tenía la viga nueva encima. La viga del árbol de la ejecución.
«La viga es la que hace ruido —pensó—. La viga que recuerda el peso de Hattie colgando de una de las ramas más resistentes del árbol».
Recordó algo que había leído una vez sobre ahorcamientos: si el cuello de la víctima no se rompía de inmediato, quedaba colgada y se sofocaba lentamente. Era una manera terrible de morir.
Helen sintió que se le cerraba la garganta mientras cogía la vela y se obligaba a avanzar, pasando por debajo de la viga hasta llegar a la cocina, que estaba en completa oscuridad. Nate y ella ya habían enmarcado todas las ventanas de la casa, pero aún no habían cortado el contrachapado, así que no entraba nada de luz. No había vistas al exterior. No se filtraban los rayos de la luna.
Era como estar dentro de una tumba, con nada para alumbrarla más que una vela parpadeante.
Y no estaba sola. Lo presintió de inmediato. Oía algo.
Esta vez no era un crujido, ni los ronquidos de Nate en la otra habitación, sino la respiración tranquila de alguien. Alguien que no quería que lo oyesen.
Se giró hacia su derecha para abarcar su punto ciego y casi perdió el control de su vejiga.
Había una mujer ahí.
Estaba parada justo a la derecha de la amplia entrada, de espaldas a la pared, donde irían las repisas de la cocina. Llevaba un vestido blanco muy sucio y zapatos negros con cordones. Al ver el alborotado cabello negro y las profundas ojeras como moretones bajo sus ojos, Helen supo inmediatamente de quién se trataba. Lo supo solo con mirarla a los ojos. Lo hubiera sabido incluso sin haber visto la cuerda alrededor de su cuello: una soga gruesa como un macabro collar cuyo extremo deshilachado colgaba hasta la cintura de la mujer.
Hattie era real esta vez, no una niña que jugaba a disfrazarse. Helen se quedó paralizada. Los ojos de Hattie, porque tenía que ser ella, eran negros y brillaban como el agua oscura en el centro del pantano.
Helen quería hablar, decir algo, tal vez el nombre de Hattie o tan solo «hola», pero el aire había escapado de su pecho y cuando abrió la boca no salió sonido alguno. Se sentía como un pez de caricatura dejando escapar pequeñas burbujas de aire, que se elevaban hasta la superficie y reventaban sin hacer ningún ruido.
El aire era pesado y frío, como si estuviese envuelta en una cobija de niebla. ¡Y el olor! El olor turbio y primordial del pantano combinado con algo dulce y putrefacto.
Hattie se volvió y observó la viga que se encontraba sobre ellas; la viga que había sido fabricada con madera del árbol debajo del cual murió. El árbol cuya rama había soportado su peso, el árbol que la recordaba a ella tan bien como ella a él.
Hattie tocó el nudo alrededor de su cuello, recorriendo cada milímetro de la cuerda con sus dedos pálidos, como una mujer que reza el rosario. Y justo como si estuviese rezando, Hattie movía los labios; estaba hablando, susurrando con suavidad, casi sin decir nada. Helen no podía distinguir lo que decía, y cuanto más murmuraba Hattie, más angustiada se veía; sus dedos no paraban de tocar la cuerda, su mirada estaba fija en la viga.
Entonces, se giró para mirar directamente a Helen y dijo una sola palabra clara: «Jaaane».
Su voz sonó como vidrios rompiéndose. No, no exactamente; más bien como si alguien moliera y aplastara trozos de vidrio. Era un sonido agudo y entrecortado que hizo que a Helen se le helaran las entrañas. El olor dulce y putrefacto se hizo más intenso.
—¿Jane? —graznó Helen con la garganta seca. Quería darse la vuelta y echar a correr. No quería seguir en la presencia de esta… criatura que parecía humana, pero que claramente no pertenecía a este mundo. Ya no.
—¿Amor?
Helen se dio la vuelta.
Nate estaba sentado en el suelo, contemplándola. Podía verla a ella, pero una pared tapaba el rincón donde se encontraba Hattie.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó. Su voz sonaba ronca por el cansancio y el vino.
Helen inhaló hondo.
—Nate —dijo, tratando de mantener su voz calmada—. Ven aquí.
—¿Qué pasa? —Abrió el saco de dormir y se tambaleó hacia donde estaba, desnudo. Su cuerpo pálido brillaba en medio de la oscuridad—. No me digas que el puercoespín se las ha ingeniado para entrar aquí.
—Mira —dijo Helen, señalando el rincón. Pero cuando sus ojos siguieron su propio dedo, vio que Hattie ya no estaba.
—¿Qué quieres que vea?
—¡Estaba ahí! —exclamó Helen—. Justo en ese rincón.
—¿Quién?
—Hattie.
—Ay, no. —Nate sonrió—. ¿La Pequeña Niña Fantasma nos está gastando bromas otra vez?
—¡No! No era Olive. Era la verdadera Hattie. Tenía el cabello negro. Y un vestido viejo. Y una cuerda alrededor del cuello.
—Amor —dijo Nate, tomándola de la mano—. Te lo has imaginado.
—¡Estaba ahí! Sé lo que he visto. ¿No hueles eso?
—¿Qué?
—Ese olor a podrido, a pantano. ¡Ha estado aquí, Nate!
Sintió que el olor había empezado a disiparse, pero aún era perceptible.
Él la observó con detenimiento; su rostro reflejaba mucha preocupación, como la miraba cuando tenía fiebre.
—Es por todas esas historias locas que has estado escuchando. Y los libros que has leído. Y todo el vino que tomamos. Probablemente soñaste con ella. Despertaste y parte de tu cerebro seguía en el sueño.
—Nate…
—Helen, por favor. ¿En serio esperas que crea que había un fantasma en nuestra casa?
No respondió. ¿Qué podía decir? Acababa de verla con sus propios ojos. Si Nate no la creía, sabía que no había manera de convencerlo.
Trató de ponerse en su lugar e imaginar cómo habría reaccionado si él le dijera que había visto un fantasma. ¿Le habría creído?
Sí, se dijo. Sí, claro que le hubiera creído.
—Volvamos a dormir, ¿de acuerdo? —dijo Nate, hablándole como si fuera una niña pequeña que acababa de tener una pesadilla—. Pero primero tengo que ir al baño.
—Yo también —indicó Helen.
Volvieron al remolque para usar el baño y luego Nate se dirigió al dormitorio.
—No —dijo Helen—. Volvamos a la casa.
—¿Estás segura? —preguntó Nate con el ceño fruncido—. ¿No preferirías dormir en una cama de verdad?
—Creo que la casa es más acogedora. Además, dejamos una vela encendida. Tenemos que volver igualmente.
—Está bien —accedió Nate, y mientras caminaban de regreso, cogidos de la mano, Helen no dejaba de mirar la casa. Pero desde luego la casa era una caja sólida (todavía sin los huecos para las ventanas), así que no podía ver lo que ocurría en el interior, si Hattie había regresado.
Nate se acomodó en el saco de dormir y Helen fue a la cocina una vez más para revisar el rincón donde había aparecido el fantasma. Seguía vacío. No había señal alguna de que alguien o algo hubiera estado ahí.
Pero estaba segura de que sí. Estaba segura de lo que había visto.
Estiró el brazo para tocar la viga en el marco de la puerta. La imaginó con pulso, como un ser vivo. Un ser vivo con memoria. Y tal vez, solo tal vez, con el poder de invocar a alguien.
Un artefacto histórico transformado en talismán.
Tal vez los objetos no solo guardaban recuerdos, sino también rastros de las personas que los habían tocado, como hilos que los conectaban con ellos.
Era una idea loca, y sabía que lo mejor era no compartirla con Nate.
—Ven a acostarte —le dijo Nate, abriendo su lado del saco de dormir para que entrara.
Helen se acercó y se acurrucó a su lado, tratando de acomodarse sobre el suelo duro. Él la abrazó y le acarició la nuca.
—¿Sabes qué me encanta de ti? —le preguntó—. Me encanta que tu imaginación te lleve a lugares lejanos. Por eso eres tan buena investigadora y profesora de Historia. Porque basta con que leas sobre otra época para que te transportes a ella.
Acostados en la oscuridad, ella lo escuchaba con los ojos abiertos, contemplando fijamente la entrada a la cocina y la viga encima del marco de la puerta.
—No fue mi imaginación. Y tampoco fue el vino.
Sabía que no merecía la pena discutir, pero no podía evitarlo.
—Los fantasmas no existen —le dijo Nate mientras acariciaba su cabello.
Parte de ella deseaba creerle. Creer que lo había imaginado todo. Porque eso tendría sentido. Eso sería sencillo.
Pero el mundo no siempre lo es.
Ella lo sabía bien.
Pronto, Nate volvió a quedarse dormido.
—Sé lo que vi —susurró una vez más dirigiéndose a sí misma, a la noche, a quien sea (o lo que fuera) que la estuviera escuchando.
13 de julio de 2015
Helen despertó en el suelo de la casa; su cuerpo estaba entumecido y dolorido. Estaba convencida de que podía oír el sonido distante de algo que crujía, que se balanceaba: el sonido de un cuerpo colgando de una cuerda.
Se volvió a observar la viga con los ojos entrecerrados, buscando alguna sombra, alguna señal de Hattie. Pero ella no estaba ahí.
Y Nate tampoco.
Su lado del saco de dormir estaba vacío. Su ropa ya no estaba en el suelo. Helen miró el reloj. Las seis de la mañana. Era demasiado temprano para que Nate se hubiera levantado. Tal vez había regresado al remolque. Abrió el saco de dormir y salió.
—¡Nate! —gritó.
Nada.
La casa sin ventanas estaba oscura. Era como estar dentro de una caja de madera sellada. Un ataúd. Enterrada como Hattie.
Excepto que a Hattie no la habían enterrado en un ataúd, ¿no? Helen recordó las palabras de Riley: «La gente dice que la arrastraron al centro del pantano y la hundieron. Que su cuerpo aún yace ahí y por eso el lugar está embrujado».
De ahí provenía el olor. Esa horrible peste dulce y putrefacta a la vez combinada con el olor a tierra mojada del pantano.
Sigue ahí abajo, con la cuerda alrededor del cuello.
Entonces, consciente de que era una tontería volver a mirar, pero sin poder resistirse, entró en la cocina. Pasó por debajo de la viga y echó un vistazo al rincón. Vacío.
—Hattie… —susurró en voz baja y dudosa—. ¿Estás aquí?
Esperó, escuchó, observó; se sentía un poco incómoda. Un poco loca, incluso. ¿De verdad trataba de hablar con un fantasma? ¿Qué diría Nate si la viera?
Tal vez él tenía razón. Tal vez lo había imaginado. Había bebido demasiado vino y tal vez había tenido una pesadilla, una que cobró vida.
«Pero el olor —se dijo—. ¿Podría haber imaginado ese olor? Y el sonido de la voz de la criatura. Como vidrios molidos. El sonido personificado del dolor».
Era real; tenía la certeza de que lo era.
Se puso rápidamente los vaqueros y salió huyendo de la casa. Bajó la colina hasta llegar al remolque.
—Nate… ¿Estás aquí?
No estaba en la cocina. No había preparado café. No había dejado el bol de cereales fuera.
Y no estaba en la cama.
La camioneta seguía aparcada fuera; el parabrisas estaba cubierto de rocío y las llaves colgaban del pequeño gancho de latón junto a la puerta. Sacó su teléfono del bolsillo de los pantalones y lo llamó. Le saltó directamente el buzón.
Helen apretó la mandíbula; podía sentir cómo el aire a su alrededor se volvía más denso y las paredes se cerraban sobre ella.
«No te dejes llevar por el pánico —se dijo—. Tal vez ha salido a dar un paseo. O a observar aves que solo vuelan por la mañana. Eso es algo que haría Nate».
—Nate está bien —le habló al remolque vacío.
«Si lo dices en voz alta, se hará realidad».
Preparó café, comió un poco de cereales y revisó su correo, y durante todo ese tiempo siguió repitiéndose que todo estaba bien. Todo era normal. Lo primero que vio fue un correo electrónico de su amiga Jenny:
Me alegra saber que estáis avanzando con la casa. ¡Me encantó la foto de Nate
con su barba de montañés! Y la historia de tu visitante «fantasma». Olive parece ser una niña fascinante. Oye…, tal vez estoy leyendo demasiado entre líneas, o tal vez son mis poderes psíquicos de mejor amiga, pero ¿va todo bien? ¿Seguro?
Helen cerró el portátil y miró la pila de libros de la biblioteca que tenía sobre la mesa. Había seguido revisándolos. Cogió el volumen titulado Cómo comunicarse con el mundo espiritual y lo abrió por la primera página:
¿Alguna vez ha sentido que no está solo? ¿Alguna vez ha sentido que hay
alguien detrás de usted y cuando se gira no ve nada?
Helen cerró el libro de golpe; le temblaban las manos. Salió del remolque, se detuvo delante y empezó a llamar a Nate. Nada. Solo el parloteo matutino de los pájaros.
Se dirigió al camino que llevaba al pantano. Seguro que lo encontraría ahí, trazando el bosquejo de algún pájaro. Pero no había nada ni nadie.
Miró hacia el centro del pantano, donde el agua era más profunda, e imaginó a George Decrow sacando a su mujer del agua, arrastrándola hasta la orilla, haciéndole el masaje cardiorrespiratorio a su cuerpo frío y sin vida. Se imaginó a sí misma haciendo lo mismo… con Nate, que tenía los labios azules en la imagen en su mente.
Helen trató de alejar esa fantasía de su cabeza. Regresó por el camino hasta el remolque y se sirvió otra taza de café.
Sacó el pequeño cuaderno de su bolsa y encontró el número que el agente inmobiliario le había dado; el número de George Decrow en Florida. Marcó y aguardó.
—Diga… —Se oyó la voz de un hombre mayor, un poco falto de aire.
—Buenos días, ¿es el señor Decrow?
—Sí…
—Mi nombre es Helen Wetherell. Mi marido Nate y yo compramos su terreno junto al pantano en Vermont.
Se cortó la línea. Había colgado.
Helen volvió a marcar, y esta vez respondió de inmediato.
—¿Qué es lo que quiere?
—Señor Decrow, me enteré de lo que le pasó a su mujer y lo lamento mucho. Me da mucha pena molestarlo, pero están pasando cosas raras aquí. Mi marido cree que me las estoy imaginando y yo empiezo a preguntarme si me estoy volviendo un poco loca. —Hizo una pausa, preocupada por si había hablado de más.
Oyó la respiración ronca del hombre y pensó que iba a colgar, pero no lo hizo.
—¿Ya la ha visto? —preguntó.
Helen se acercó el teléfono al oído, tanto que podía escuchar claramente cada respiración de George Decrow. Se dijo que debía mentirle, hacerse la loca, pero tal vez fuera su única oportunidad de hablar con ese hombre y decidió que la mejor manera de que siguiera al teléfono era siendo sincera.
—Sí. La vi anoche.
—Edie también la vio. Yo no la creí. No la creí hasta que fue demasiado tarde.
—Señor Decrow, sé que esto suena disparatado, pero creo que tal vez quiere algo. Dijo un nombre anoche…
—Oh, claro que quiere algo. Los quiere a ustedes. Lo mejor que pueden hacer su marido y usted es marcharse de inmediato. Váyanse y no regresen nunca. Lo siento.
Y nuevamente el ruido blanco. Había colgado. Intentó volver a llamar, pero sonaba ocupado. Seguro que había desconectado el teléfono.
Temblando, se sentó frente a la mesa y abrió el portátil. Luego lo volvió a cerrar. ¿Dónde diablos estaba Nate?
Trabajar. Eso es lo que tenía que hacer. Empezar a trabajar como si fuera un día como cualquier otro. Como si no hubiera visto un fantasma anoche. Como si Nate no hubiera desaparecido de repente.
«Salió a caminar, eso es todo —se dijo a sí misma—. Salió a buscar aves». Al pensar esto, trató de no prestar mucha atención al hecho de que sus binoculares, su libro sobre aves, su cámara y su cuaderno de campo estaban en la mesa junto a la entrada.
Volvió a la casa y se detuvo fuera, observándola: el armazón completamente levantado y enfundado en contrachapado. Era el primer paso del proceso al que su padre se refería como «cerrar», cuando cubrían la estructura de la casa, instalaban las puertas y las ventanas. Helen siguió observando la casa a medio construir; parecía más la pintura abstracta de una casa que una casa real. Tenía la forma geométrica que gritaba «casa». Trató de imaginársela terminada, cubierta con tablillas, con ventanas, con una luz brillante detrás de ellas. Trató de imaginarse a Nate asomándose desde la biblioteca, con un libro en la mano y saludándola con la otra. Pero pronto la imagen fue reemplazada por otra figura: Hattie con su vestido blanco, presionando una mano contra el vidrio de la ventana, asomándose y esperando a Helen. Helen parpadeó y contempló el contrachapado incompleto y clavado.
Recordó las palabras que Nate le había dicho la noche anterior: «Me encanta que tu imaginación te lleve a lugares distantes».
Entró en la casa oscura. Parte de ella esperaba encontrar a Nate ahí, pero no fue así. Solo estaban sus sacos de dormir vacíos y las velas derretidas. Se puso manos a la obra. Sacó las herramientas que necesitaría para empezar a cortar las ventanas. Comenzó con la primera: una de las ventanas del baño, relativamente pequeña. Taladró agujeros en las cuatro esquinas, dentro de las marcas que conformaban el marco. Luego guio la hoja de la sierra de vaivén a lo largo del borde interior del marco. Sacó el rectángulo de contrachapado y listo, tenía una ventana abierta. Los bordes estaban un poco irregulares, pero no importaba; una vez que instalaran la ventana y pusieran los bordes y el revestimiento se vería perfecto. Ya habían recibido casi todas las ventanas; las tenían almacenadas debajo de los toldos. De acuerdo con el cronograma de Nate, tendrían que haberlas instalado dos semanas atrás.
Nate. ¿Dónde demonios estaba Nate?
Dejó sus herramientas, salió y caminó alrededor del perímetro del jardín, gritando su nombre. Luego fue al remolque. No había ni rastro de él.
Se lo imaginó regresando de su caminata, sonriendo y burlándose de ella por haberse preocupado.
Helen volvió a la casa y se puso a trabajar en la segunda ventana; se repetía una y otra vez que seguramente estaría de vuelta cuando hubiese terminado. Cuando acabó, y aún no había señales de él, empezó con la tercera. Con cada sección de contrachapado que cortaba entraba más luz en la casa, ahuyentando las sombras. Sintió que su cuerpo se relajaba mientras trabajaba. Ya casi había terminado con la cuarta ventana cuando decidió que lo que estaba haciendo era ridículo; tenía que encontrar a Nate. Se subiría a la camioneta e iría al pueblo. ¿Tal vez había ido caminando a la tienda? Si no lo encontraba ahí, iría a casa de Olive para ver si su padre y ella podían ayudarla a buscarlo.
Se disponía a entrar en el remolque para coger las llaves cuando, de pronto, vio que Nate se acercaba por el camino que llevaba al pantano.
¡Gracias a Dios!
Pero cuando se acercó un poco más, Helen advirtió que tenía arañazos y estaba empapado, que caminaba lento y parecía cojear.
Oyó la advertencia de George Decrow en su mente: «Lo mejor que pueden hacer su marido y usted es marcharse de inmediato. Váyanse y no regresen nunca».
Helen corrió hacia él.
—¡Nate! ¡Por Dios! ¿Qué te ha pasado? ¿Estás bien?
—Estoy bien —respondió de forma cortante y apartando la mirada—. Me caí en una parte profunda del pantano.
—¿Qué hacías en el pantano?
—Había una cierva —dijo él—. Una cierva totalmente blanca. Albina. Me desperté esta mañana y cuando salí ahí estaba, justo en nuestro jardín. Traté de sacarle una foto con el móvil, pero huyó. Así que la seguí hacia el bosque.
—¿Seguiste a una cierva blanca por el bosque? —Sonaba absurdo. Como el comienzo de un cuento de hadas. Tal vez la cierva lo hubiese llevado a un pozo donde había una rana mágica que hablaba.
Él se encogió de hombros.
—Sé que suena a locura, a algo inventado, pero así fue. Estaba a unos metros de mí y me quedé quieto justo detrás de ella. La estuve siguiendo en círculos hasta que llegamos al pantano. Caminó justo hacia el centro. Era muy extraño: sabía exactamente dónde pisar para evitar las partes profundas y no perder el equilibrio. Mientras que yo me tambaleaba y estaba empapado hasta las rodillas. El pantano te succiona, no te deja salir.
Helen asintió. Sabía de lo que hablaba; conocía esa sensación de que algo debajo de ti te succiona, que te agarra y no te deja ir, como si alguien te tirase de los pies para evitar que te fueras.
—Pero la seguí de todos modos. Saqué unas fotos muy buenas con el móvil, y hasta un vídeo. Entonces me acerqué más y creo que pisé un manantial; creí que estaba a salvo, porque estaba bastante lejos del centro. Pero de pronto el suelo ya no estaba bajo mis pies. Era tan profundo… No podía pisar el fondo. Nunca había estado en un agua tan helada.
Pensó en los huesos de Hattie en el fondo del pantano y en una mano esquelética sujetando a Nate mientras él se agitaba en el agua…
«No te atrapó. No te atrapó esta vez». Helen trató de no pensar en eso.
—Pero ¿estás bien? —preguntó.
—Sí. Lástima que no puedo decir lo mismo de mi móvil. —Le mostró el iPhone, cuya pantalla negra estaba totalmente apagada—. Estoy casi seguro de que se ha echado a perder por el chapuzón. Trataré de meterlo en una bolsa de arroz, pero me temo que es demasiado tarde.
—Deberías darte una ducha caliente y cambiarte de ropa —dijo Helen—. Te prepararé un café.
—Buena idea —respondió Nate. Hizo ademán de marcharse y luego se dio la vuelta—. Ojalá hubieras visto la cierva, Helen —dijo melancólicamente —. Era la criatura más hermosa que he visto. Espero que vuelva.
Helen sonrió y asintió.
—Yo también. —Pero en realidad, mientras lo observaba alejarse, cojeando, dejando huellas húmedas a su paso, pensó que había tenido mucha suerte.
«Claro que quiere algo. Los quiere a ustedes», había dicho George Decrow.
Helen pensó que ojalá no volvieran a ver a esa cierva blanca.