La niña del bosque
Capítulo 11
Habían regresado directamente a comisaría antes de dar la jornada por terminada. Lucy le había sugerido a Fleming que se pasara por el hospital, pero el corte, aunque sangraba profusamente, era superficial. Tres tiritas contendrían la hemorragia, le explicó el encargado de primeros auxilios que estaba curando la herida de la mejilla de Fleming.
Al acordarse de que el turno de Robbie terminaba a las 17.30, Lucy había vuelto a su despacho para llamarlo.
—Esperaba noticias tuyas —dijo él saltándose las formalidades.
—Tuve que salir —dijo Lucy, molesta por tener que dar explicaciones—. La directora de una de las escuelas indicó una posible identificación de Alice.
—¿Y ha habido suerte?
—No —dijo Lucy, negando con la cabeza pese a que estaba hablando por teléfono—. Aunque la niña a la que fuimos a ver también necesita ayuda.
—Dame los detalles y tramitaré el caso por el cauce reglamentario —dijo, sin apenas poder ocultar las ganas de marcharse a casa—. No he recibido ninguna respuesta a los avisos de alerta que emití. Nadie ha informado sobre ninguna niña desaparecida que se ajuste a la descripción de Alice.
—Y ella, ¿ha hablado?
—No. Ni tampoco ha comido nada. Si sigue negándose, están planteándose alimentarla por vía intravenosa.
—Esperemos que los comunicados de prensa den algún resultado pronto —dijo Lucy.
—Ummm —respondió Robbie, evasivo.
Tuvo que tomar un taxi para volver a Prehen y recoger su coche. Tardó un rato en ponerlo en marcha, e incluso entonces los neumáticos patinaron y se deslizaron mientras subía la colina y entraba de nuevo en Prehen.
En cuanto se detuvo delante de su casa supo que pasaba algo. A pesar de la penumbra cada vez más intensa, la casa estaba a oscuras y la puerta delantera, abierta de par en par. Lucy se agarró de la valla que se extendía en pendiente a lo largo del camino para no perder el equilibrio y se dirigió hacia la entrada. Se fijó en que el abrigo de su padre seguía colgado de la barandilla de la escalera, como siempre.
—¿Sarah? ¿Papá?
No obtuvo respuesta.
Oyó un chasquido repetido en la cocina y luego el zumbido de la caldera al encenderse.
El salón, que estaba en la parte de atrás de la casa, fue el primer lugar en el que miró. Había una taza de té sobre la mesita junto al sillón de su padre, y el antimacasar del respaldo estaba en el suelo. Vio una caja abierta sobre la alfombra. Lucy la reconoció: era una de las dos docenas de cajas que se apilaban contra la pared de la habitación de invitados que ella utilizaba como dormitorio. Unas semanas atrás, su padre había empezado a hacer limpieza de sus viejos cuadernos de notas, como si quisiera dejar espacio para Lucy. Sin embargo, en lugar de tirar los cuadernos, los estaba reordenando según un nuevo sistema que había concebido. Ella le había visto hacerlo durante varias noches, enfrascado en la tarea con una intensidad compulsiva que la había asustado, pues aquella búsqueda de un orden resultaba de una futilidad deprimente.
Lucy pasó por encima de la caja abierta y vio un pequeño trozo de papel doblado sobre la repisa de la chimenea en el que reconoció al instante la caligrafía enmarañada de su padre.
«Voy a la tienda. Vuelvo enseguida».
Lucy lo llamó de nuevo a gritos, pese a que sentía ya el incontenible pavor de que su padre había salido, sin su abrigo y bajo la nevada, a buscar una tienda que llevaba quince años cerrada.
Aunque sus huellas no hubieran sido claramente visibles en la nieve, Lucy habría sabido dónde buscar. Durante años, cuando era niña, había existido una pequeña tienda de barrio al final de Sunningdale Drive. Su padre iba allí cada día, con Lucy a hombros, a comprar el periódico y una bolsa de bollos. Siempre se detenían en la casa de la esquina, en cuyo jardín había una bonita fuente; sin embargo, la valla de casi dos metros que la rodeaba impedía que ningún niño la viera, salvo, imaginaba Lucy, ella misma, subida a hombros de su padre, con la barbilla apoyada en su áspero cuero cabelludo. Su olor a tabaco le impregnaba la ropa para el resto de la jornada. A veces, por las noches, ya acostada, rebuscaba su vestido entre el montón de ropa a los pies de su cama e intentaba aspirar de nuevo su olor.
No tenía mucho sentido coger el coche; las calles estaban en tan mal estado que iría más deprisa a pie. Además, para llegar a la tienda, su padre habría tomado el callejón que había entre dos casas de Knoxhill.
Fue allí donde lo encontró, mirando las espirales de nieve que caían a través del halo de una farola. Tenía los hombros caídos, levantaba impotente los puños contra los copos y gritaba palabras ininteligibles. La camisa empapada se le pegaba al pecho y a Lucy le pareció más delgado de lo que recordaba, un detalle acentuado por la flacidez de su vientre.
—¿Papá?
Lucy corrió hacia él, resbaló, se enderezó de nuevo y siguió corriendo.
Su padre se volvió para mirarla con los ojos enrojecidos y las mejillas surcadas de lágrimas brillantes a la luz de las farolas. La nariz, colorada tras los años ahogados en la bebida que siguieron a su divorcio, parecía escarlata e hinchada bajo el resplandor de la luz.
—Janet —la llamó—. Lo siento, Janet —empezó a farfullar.
El hombre se llevó los puños a la cara, mientras los hombros se le estremecían con el llanto.
—Janet, cariño. Lo siento.
—Papá —dijo Lucy—. Soy yo, Lucy.
—¿Lucy?
La expresión de su rostro se endureció.
—Vamos a casa, papá —dijo, acercándose con la mano tendida.
—Tengo que ir a la tienda —repuso él, alzando también la mano en gesto apaciguador, pero alejándose de ella.
—La tienda está cerrada, papá.
—No digas tonterías.
—Hace mucho que desapareció, papá —le explicó—. Lleva años cerrada. Anda, vamos a casa.
Su padre volvió el rostro hacia ella, con los ojos entornados.
—No me trates como si fuera idiota —gruñó, concentrando su rabia en Lucy al verse contradicho.
—No lo hago, papá —dijo Lucy avanzando con cautela hacia él, procurando no perder el equilibrio. Veía cómo la mandíbula le temblaba de frío.
—¡No soy idiota! —gritó él con más rabia todavía, y los dientes le rechinaron.
—Yo no he dicho eso, papá. Ven conmigo.
Ahora estaba a su lado y podía notar el olor a humo de cigarrillo que desprendía su ropa. Tenía la piel pálida, y los dientes le castañeteaban. Lucy extendió la mano y se la puso en la espalda para atraerlo hacia ella. Sólo entonces notó que llevaba algo duro y frío bajo la camisa.
—¿Qué es eso, papá? —le preguntó buscando el objeto que había tocado.
Su padre se retorció para apartarse, se echó la mano al costado y sacó el revólver que llevaba metido en la cintura.
—Por Dios, papá, dame el arma —dijo Lucy moviéndose hacia él.
—No —replicó su padre, agarrando el revólver con fuerza—. No es seguro.
Lucy levantó las manos para tranquilizarlo, sin dejar de acercarse poco a poco. Veía el arma con claridad a la luz de la farola: una antigua Ruger Speed Six. Debía de
tratarse del arma personal de su padre cuando sirvió en la RUC[6]. La Glock 17 había sustituido a esa pistola como arma reglamentaria de los agentes en 2002.
—No necesitas el arma, papá —dijo—. Estoy aquí para protegerte. Puedes dármela.
Su padre la miró con escepticismo y aferró el revólver con más fuerza.
—Puedes fiarte de mí, papá —le aseguró tendiendo la mano—. Anda, dame el arma.
Lucy acercó la mano un poco más, hasta que las puntas de sus dedos rozaron el metal azul del cañón.
—No —gritó él, apartando el brazo con un movimiento brusco para que ella no se la arrebatara.
Al hacerlo, él le golpeó un lado de la cabeza, derribándola. Él mismo perdió también el equilibrio y cayó en mala postura. El arma se le escapó de las manos y fue a parar sobre el asfalto cubierto de nieve con un ruido amortiguado.
Lucy oyó el leve gemido que emitió su padre al desplomarse. Se puso en pie con cierta dificultad, recuperó el arma rápidamente y comprobó si estaba cargada, pero la recámara estaba vacía. Se la metió en el bolsillo y luego se deslizó hacia su padre para ayudarle a levantarse. Yacía tumbado como un peso muerto, con un corte en la sien visible en la zona donde se había golpeado contra un trozo de ladrillo rojo medio oculto bajo la nevada. A la luz de la farola, su sangre parecía tan negra como el alquitrán sobre la nieve.