La niña del bosque
Capítulo 3
Tardó quince minutos en salir de casa. Había tenido que dejar preparado el desayuno para su padre por si se despertaba antes de las nueve, hora en que llegaría la cuidadora, una mujer de mediana edad llamada Sarah King. Sarah tenía llave y su padre estaba familiarizado con ella.
Seguía nevando con fuerza. Lucy llevaba un suéter grueso por encima de la blusa, unos leotardos por debajo de los vaqueros para mantener el calor y un abrigo negro. Aun así, el gélido viento le cortaba la piel y le aguijoneaba los pulmones cada vez que inspiraba.
Los guantes se le habían empapado al quitar la nieve del parabrisas. Emprendió camino a quince por hora, mientras utilizaba la palma desnuda de una mano para intentar en vano borrar los helechos de escarcha que su aliento formaba en el cristal.
Los neumáticos empezaron a perder agarre y Lucy notó que el vehículo resbalaba sobre la carretera. Rápidamente, se acordó de que tenía que derrapar un poco para mantener el control del coche. Hacía lo posible por que no la distrajeran el golpeteo silencioso de la nieve sobre el parabrisas ni la ominosa presencia del bosque, que se alzaba tenebroso tras la fosforescencia anaranjada de las farolas. El bosque se extendía más allá de la zona urbanizada de Prehen hasta New Buildings en una dirección y Gobnascale en la otra. Había varias entradas al bosque, una de ellas al final de la misma calle en que vivía Lucy, pero el comentario de Travers sobre la cercanía del hotel limitaba la zona donde el lechero aseguraba haber visto a la niña.
Cuando llegó a la entrada sur, se dio cuenta de que, pese a lo despacio que había ido, había llegado antes que el equipo de respuesta. Había una furgoneta de reparto de leche cruzada en diagonal, aparentemente abandonada, con los faros encendidos iluminando las lindes del bosque. Las sombras de los árboles se alargaban hasta perderse en la oscuridad.
Al salir del coche, un hombre bajó trabajosamente de la cabina de la furgoneta y se encaminó hacia ella.
—¡Hay alguien ahí! —le gritó—. Creo que es la chica de McLaughlin. He llamado a la policía.
—Pues ya ha llegado —respondió Lucy, agitando la linterna que sostenía en la mano—. Soy la sargento Black. ¿Es usted quien la vio?
El hombre había llegado ya a su altura, con las mejillas enrojecidas de frío.
—Me llamo Michael Mahon —dijo él, asintiendo en señal de respuesta—. Se fue por ahí —añadió apuntando hacia su derecha.
—¿Y no trató de detenerla? —preguntó Lucy, intentando inútilmente que no sonara como un reproche.
—Claro que sí —respondió él—. Pero se dio la vuelta y echó a correr.
Lucy hizo una pausa y reformuló la frase que estaba a punto de pronunciar.
—Era más sensato no entrar ahí solo tras ella —dijo por fin.
Él la miró un momento, acaso pensando que la sargento criticaría su actitud, pero luego asintió.
—¿Dónde están los demás agentes? —preguntó.
—Vienen de camino. Esta noche estamos muy ocupados, señor.
Mahon respondió con un gruñido, escupió en el suelo y pasó la punta del zapato por la nieve.
—Me pareció que era ella. Ya sabe, la pequeña Kate.
Lucy asintió.
—¿Y lo era?
El hombre esbozó una mueca de disculpa y se encogió de hombros.
—Apenas se detuvo un momento. Está tan oscuro que no podría asegurarlo.
—Comprensible, señor —dijo Lucy—. Lo sabremos muy pronto.
La sargento se llenó los mofletes de aire y se encaminó trabajosamente hacia el extremo del bosque. Sabía que debía esperar al equipo de respuesta, pero el mal tiempo podía retrasar su llegada al menos una hora. Para entonces, la niña ya no necesitaría ayuda.
—¡Nunca la encontrará ahí dentro usted sola! —gritó Mahon a su espalda.
—Pero no voy a entrar sola, ¿verdad? —respondió Lucy.
Cuando se internaron en el bosque, la nieve dispersó la luz de la linterna. Lucy barrió el suelo a los lados con el haz de luz, en busca de huellas o de la menor marca sobre la nieve que pudiera indicar por dónde había desaparecido la niña que había visto el lechero. Incluso en mitad de la intensa nevada, el aire parecía excepcionalmente frío, cortante, y desprendía un intenso olor a hojas muertas.
—Nada —dijo.
—¿Eh?
Mahon se encorvó levemente para evitar las ramas que colgaban a su alrededor.
—¿Está seguro de haber visto a alguien? —preguntó Lucy, volviendo sin querer la linterna hacia el hombre.
—Lo juro por Dios —dijo él con la mano derecha levantada ligeramente por delante de la cara para protegerse los ojos—. Creo que se perdió por aquí; pero este maldito bosque parece igual por todos lados. Sí que vi a alguien, no le quepa duda. A una niña.
Lucy se volvió de nuevo hacia el bosque. No veía más que hileras de troncos a izquierda y derecha y la nieve que se iba acumulando en el suelo a su alrededor con un susurro apenas audible. Por absurdo que pareciera, le recordó el gesto que había hecho al arropar a su padre echándole la manta sobre los hombros y murmurarle que se durmiera. Hacia el interior del bosque, los árboles desaparecían de la vista entre las gradaciones cada vez más intensas de oscuridad que se extendía fuera del alcance del haz de luz de su linterna.
—Puede que tal vez fuera un poco más abajo —dijo Mahon por delante de ella, dando unos pasos fatigosos y exagerados para poder avanzar a través de la gruesa capa de nieve amontonada a sus pies—. Se morirá de frío con este tiempo —comentó a continuación casi para sus adentros.
Caminaron a lo largo de la linde de árboles, pisando con cuidado para no borrar ninguna huella. A unos seiscientos metros al sur del punto de partida, Lucy vio por fin marcas en el suelo, leves hendiduras que ya se estaban rellenando de nieve. Las huellas parecían trazar círculos alrededor de los árboles, como si la pequeña caminara sin rumbo ni propósito. No le cupo duda de que las huellas correspondían a los pies de un niño.
—Ya se lo había dicho —dijo Mahon gesticulando hacia las marcas—. Sabía que había visto algo.
Lucy asintió con un gruñido, dio unos pisotones y la nieve crujió bajo sus pies. Siguió el rastro con el haz de la linterna mientras la punta de la lengua asomaba entre sus dientes, como una niña concentrada en unir los puntos de un dibujo. El rastro se retorcía volviendo sobre sí mismo varias veces, avanzaba hasta el borde del bosque, desde donde probablemente la niña había visto al lechero, y luego volvía a retroceder y se perdía en diagonal hacia la izquierda.
—Por aquí —dijo Lucy, que empezó a alejarse, avanzando en paralelo a las huellas sobre la nieve, procurando no pisarlas por si tenían que volver sobre los pasos de la niña.
Las huellas rodeaban un árbol de cuyas ramas más bajas, aunque sin hojas, sobresalían numerosos vástagos sobre los que se había acumulado una buena cantidad de nieve. Algo, seguramente la niña, parecía haberla removido, porque parte de la nieve se había desprendido y se amontonaba como azúcar espolvoreado sobre el suelo.
—¿No debería llamarla? —sugirió Mahon mientras avanzaba fatigosamente tras ella.
—Podría asustarla —dijo Lucy—. Será mejor intentar un acercamiento más discreto.
El silencio de la nevada se quebró con el cercano ulular de las sirenas de los coches patrulla. Durante unos segundos, Lucy se sintió desorientada por la combinación de la nieve y el parpadeo elíptico y deslumbrante de las luces azules entre los árboles. Se planteó retroceder para ir en busca de sus colegas, de Travers, al que sin duda no le haría ninguna gracia que se hubiera internado en el bosque por su cuenta y riesgo. Por otro lado, una niña sola en esas condiciones era una prioridad que se anteponía a todo lo demás, pensó, así que siguió adentrándose en la espesura.
Respiraba con dificultad mientras avanzaba a través de la nieve acumulada, hasta que al final tuvo que apartarla a patadas para poder seguir caminando sin apenas poder recuperar el aliento, aunque agradecía la sensación de calor que le producía el esfuerzo.
Cuando las sirenas se apagaron, la noche volvió a sumirse en el silencio. Sus colegas debían de haber llegado y seguirían las huellas que Lucy había dejado en el bosque, del mismo modo que ella había rastreado las de la niña.
Lucy conocía el bosque desde su infancia y seguía recordándolo lo bastante bien para ubicarse. Si la memoria no le fallaba, había una hondonada cerca junto a la que, según se rumoreaba cuando era niña, habían enterrado a un elefante muerto durante la actuación de un circo ambulante que visitaba la zona. La hondonada había ido haciéndose más profunda con el paso de los años, de modo que aquella historia parecía aún más creíble.
Pero no fue necesario llegar tan lejos. Tampoco era probable que el tiempo, que empeoraba por momentos, se lo hubiera permitido. Llevaba casi cinco minutos caminando cuando oyó algo por encima del silencio ensordecedor de la nevada. Avanzó más despacio, sosteniendo la linterna a poca altura para ampliar el alcance del haz, y de repente contuvo el aliento y aguzó el oído. Le pareció que el viento le traía el sonido de un jadeo. Durante unos instantes, Lucy no pudo ver gran cosa. El haz de la linterna sólo servía para iluminar la nieve que caía en su dirección. Pero, poco a poco, atisbó una figura sentada a los pies de un espino blanco a menos de cincuenta metros.
La niña se había acurrucado contra el tronco del árbol, con las rodillas pegadas al pecho y la fina tela de la camisa de su pijama tensa sobre las rótulas. El pelo se le pegaba a la cabeza, y los mechones lacios cubrían la piel de porcelana de su cara. Tenía los labios azulados y los dientes le castañeteaban audiblemente mientras intentaba compasar el ritmo de la respiración. Cuando se dio cuenta de que Lucy la había visto se encogió todavía más, crispándose contra el árbol, y apretó los labios con fuerza.
Lucy bajó la linterna y se acercó despacio, con la mano tendida y el cuerpo encorvado para ponerse a su altura.
—No pasa nada, cariño —dijo—. No voy a hacerte daño. Me llamo Lucy, ¿cómo te llamas tú?
La niña la miró agotada, con ojos centelleantes bajo los oscuros surcos de su frente. Se envolvió las rodillas con los brazos, ciñéndolas con fuerza, como si intentara empequeñecerse todavía más.
—No voy a hacerte daño —repitió Lucy.
Notaba la presencia de Mahon detrás de ella, a su derecha, pero no quería mirar para no atraer la atención de la niña hacia él.
—Debes de tener frío —dijo—. ¿Por qué no vienes conmigo?
La pequeña negó con la cabeza y cerró los ojos con fuerza.
Lucy se acercó hasta casi tocar a la niña. Podía sentir el frío de su cuerpo y veía los rastros cristalinos de las lágrimas que se le habían helado en las mejillas.
—Ven conmigo, cariño —repitió una vez más tendiendo la mano, con la palma abierta frente a la criatura—. Coge mi mano y ven conmigo —insistió.
La niña no se movió, aunque un estremecimiento involuntario pareció recorrerle el cuerpo, y los músculos del cuello se le tensaron bajo la piel.
Al menos, Lucy ya estaba razonablemente segura de que no era Kate McLaughlin. Kate tenía dieciséis años, y esa niña debía de rondar los ocho o nueve.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Lucy de nuevo.
La niña abrió la boca como si fuera a hablar, pero pareció incapaz de formar las palabras.
—Yo soy Lucy —dijo la sargento una vez más, aproximándose un poco y acercando también la mano, hasta que por fin las puntas de sus dedos rozaron el brazo helado de la niña.
Al principio la pequeña reaccionó con brusquedad al contacto, pero luego pareció relajarse y miró a Lucy. De repente, los ojos se le quedaron en blanco y se desplomó sobre el cojín de nieve a sus pies. Tumbada sobre el suelo, Lucy vio con nitidez la imagen que adornaba la camisa del pijama de la niña: un oso de peluche que abrazaba un gran corazón rojo sangre, bajo el que había un nombre escrito: «Alice».
Lucy miró a su alrededor en busca de ayuda. El lechero estaba paralizado observándola, boquiabierto, desde detrás de un árbol. Y entonces empezó a llamar a Travers a gritos.
El titilar de las linternas entre los troncos pelados anunció la llegada del grupo de agentes. El subcomisario Travers encabezaba una patrulla de policías uniformados, abriéndose paso toscamente entre la nieve sin que pareciera importarle conservar las huellas de la niña. Cuando llegó hasta Lucy, la encontró agachada en la nieve, junto a una niña. Se había quitado el abrigo para cubrir a la pequeña, que temblaba convulsivamente. Travers la iluminó con la linterna sin querer deslumbrarla, pero ansioso por comprobar su identidad.
Examinó sus rasgos y se fijó en el color de su pelo.
—¿Ha dicho algo?
Lucy negó con la cabeza, colocó el brazo alrededor de los hombros de la niña y sintió los temblores apagados que sacudían todo su cuerpo.
Travers levantó su radio y pulsó unas teclas para comunicarse con comisaría.
—No es ella —dijo con un leve tono de decepción—. No es Kate McLaughlin.
Lucy se dio cuenta de que, sin saber por qué, el tono del comentario hizo que abrazara a la pequeña todavía con más fuerza, apoyara la mejilla en su frente y le envolviera los dedos en el calor de sus propias manos.