La niña del bosque

Brian McGilloway · Capítulo 15 de 50

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La niña del bosque

Capítulo 15

La conferencia de prensa iba a celebrarse en la comisaría de Strand Road a las tres, así que Fleming pidió a Travers que la reunión por videoconferencia se celebrara antes de esa hora.

Cuando cruzaban el Foyle Bridge, Fleming señaló las agujas de las dos catedrales.

—Una católica y otra protestante —explicó—. Desde cierto punto en la orilla oriental de la ciudad, las dos parecen alineadas. Hay un cuadro en comisaría en que se ve claramente.

Lucy había visto el cuadro de camino a la cantina. Le parecía que, en realidad, el pintor había desplazado uno de los edificios para que los dos le encajasen dentro de la misma imagen.

Recorrieron Strand Road a paso de tortuga. La acera izquierda de la calle, que discurría a lo largo de la orilla del río, estaba vallada, aunque Lucy vio que faltaba casi una manzana entera y que los ladrillos formaban montones de escombros contra la valla.

—¿No era ése el edificio del viejo mercado de los muelles? —preguntó Lucy.

Fleming la miró.

—¿Cómo lo sabe?

—Crecí en Derry —dijo.

—Debería habérmelo dicho. Yo empiezo a contarle historias sobre catedrales, cuando resulta que usted conoce la ciudad mejor que yo.

—Era pequeña cuando me fui —dijo Lucy.

—No tan pequeña si recuerda el edificio de los muelles —replicó Fleming.

—Sólo me acuerdo de que era un sitio grande y bonito, aunque estaba en ruinas.

—Uno de los grupos paramilitares escindidos lo voló.

—¿Qué?

Era una idea absurda.

—Pusieron una bomba en la calle. Creemos que estaba preparada para estallar cuando pasara un convoy del ejército, pero el caso es que explotó antes. Derribó la fachada entera del edificio. McLaughlin era el propietario del bar de la esquina, que también quedó destruido en la explosión.

—¿Fue ahí donde murió su mujer?

Fleming volvió a mirarla.

—Eso es.

—Pero ¿cómo pudo comprar el edificio entero?

Aunque la última vez que lo había visto era sólo una niña, recordaba que la construcción ocupaba un espacio inmenso a lo largo del río. Lo veía cuando sus padres y ella viajaban en tren de regreso a Derry. Al acercarse desde la orilla más lejana hacia la estación, el tren proporcionaba una vista panorámica del Cityside.

—Amasó una fortuna con el negocio inmobiliario. Y, si hemos de dar crédito a los rumores, está a punto de hacerse todavía más rico. Uno de los periódicos de la ciudad publicó la noticia hace unas semanas: según parece, va a vender el solar por veinticinco millones de libras. También circulan rumores de que piensa desprenderse de parte de ese dinero ofreciendo una recompensa durante la conferencia de prensa.

—¿Es sensato? Eso atraerá a todos los pirados de la ciudad.

—McLaughlin espera que el dinero anime a alguien a largar. Por lo que parece, ni siquiera le interesa que los culpables sean detenidos. Sólo quiere recuperar a su hija.

 

Llegaron a la comisaría antes de lo que habían previsto y Fleming pidió al sargento de recepción que les trajera un té antes de que empezara la transmisión de vídeo.

El sargento los acompañó a una pequeña antesala al lado del área de recepción, donde había un monitor y un interfono sobre una mesa de formica.

Charlaron un rato mientras esperaban la conexión. La pantalla parpadeó hasta encenderse y mostrar una imagen en pausa de Strand Road, en las inmediaciones del cine. La hora y la fecha que aparecían en pantalla confirmaron que era la grabación correspondiente a la noche en que Kate había desaparecido.

Una voz sonó como un eco lejano a través del pequeño altavoz del interfono:

—¿Hola?

—¿Hola? —respondió Lucy.

—¿Con quién hablo?

—Con la sargento Lucy Black y el inspector Tom Fleming —dijo ella.

—Han solicitado las grabaciones de Strand Road tomadas el día 12, ¿es correcto?

—Sí —dijo Lucy, consciente de que hablaba demasiado alto al micrófono—. Sabemos que un grupo de chicas salió del cine alrededor de las 21.30. Subieron por Strand Road, alejándose del centro. Un hombre que cojeaba las seguía. Creemos que cruzó la calle.

La imagen se aceleró, los grupos de gente se movían deprisa y desaparecían. Por fin, la imagen se ralentizó de nuevo a las 21.30 y avanzó a velocidad normal. Al cabo de tres minutos, se vio a un grupo de chicas saliendo del cine.

—Fíjese detrás de ellas —le dijo Fleming a Lucy.

Varias personas, muchas de las cuales habían salido de la misma sesión del cine, caminaban detrás del grupo. Sin embargo, en uno de los márgenes de la pantalla, cuando las chicas pasaban por delante de un restaurante chino que les quedaba a la izquierda, surgió una figura solitaria que empezó a seguirlas. Al cabo de unos segundos, el grupo se detuvo y la figura, que estaba a menos de veinte metros, también lo hizo. De repente, se dio la vuelta y bajó a la calzada delante de un taxi que redujo la velocidad para que cruzara y luego siguió su camino.

—¿Puede enfocar al hombre que cruza la calle? —preguntó Lucy.

La imagen se rebobinó un momento en pantalla y se reanudó, esta vez ampliada, enfocando al hombre. Era difícil verle el rostro.

—¿Puede mostrarnos su cara? —preguntó Fleming.

La imagen se congeló y se amplió aún más, pero los rasgos del hombre quedaban todavía parcialmente oscurecidos.

—No puedo hacer más —dijo la voz al otro lado de la línea.

—¿Podemos ver adónde va?

La imagen volvió a avanzar; Lucy y Fleming se concentraron en el hombre que cruzaba la calle. Tal y como Elaine Grant les había comentado, parecía cojear levemente. Cuanto más rápido se movía, más pronunciada era la cojera.

Finalmente, el hombre desapareció del ángulo de visión de la cámara, aunque pareció que aminoraba el paso hasta detenerse al borde del encuadre.

—¿Puede buscar en otra grabación para ver dónde está? —preguntó Fleming.

—Espere un momento —replicó la voz.

Fleming miró a Lucy y levantó las cejas. El silencio se alargó unos segundos.

—Lo siento —se disculpó la voz—. La grabación del final de la calle es la que cubre el aparcamiento en que se pierde el rastro de la chica. La hemos revisado a petición del subcomisario. La cámara fue inutilizada una media hora antes de que Kate McLaughlin desapareciera.

—Gracias de todos modos —dijo Fleming antes de que Lucy tuviera tiempo de expresar su frustración.

—No hay de qué —contestó la voz.

Después, la línea se cortó.

—Ha sido una pérdida de tiempo —se lamentó Lucy.

—No necesariamente —comentó Fleming—. Sabemos que el hombre estaba allí, sabemos que era cojo. Y también sabemos que se detuvo al final de Strand Road.

—¿Y?

—¿Son imaginaciones mías o se había puesto a hacer cola?

Lucy volvió a mirar a la pantalla, pero la imagen había desaparecido.

—Es posible.

—En esa esquina hay un restaurante, pero no hace falta hacer cola. Aparte del restaurante, lo único que hay ahí es un cajero automático.

—¿Cree que utilizó el cajero?

—Es una posibilidad —señaló Fleming—. O tal vez lo utilizó para disimular y poder seguir vigilando a la chica. Póngase en contacto con el banco y pídales un listado de datos de todas las personas que utilizaron el cajero alrededor de las 21.35 del día 12. Puede que haya suerte.