La niña del bosque

Brian McGilloway · Capítulo 12 de 50

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La niña del bosque

Capítulo 12

Estaba de nuevo en el pasillo de un hospital, observando el ajetreo de las enfermeras y el lento arrastrar de pies de los pacientes ancianos, cuyas zapatillas rechinaban con cada paso sobre el linóleo amarillo. Algunos utilizaban andadores con ruedecillas para apoyarse. Un hombre con la chaqueta del pijama desabotonada dejando al descubierto las volutas grises de vello que le cubrían el pecho pasó por delante de ella cuatro veces en su lento deambular arriba y abajo, mientras la dentadura postiza repiqueteaba en su boca al murmurar para sí.

Habían llevado a su padre a la sala de curas y le habían dado unos puntos de sutura en el corte. La enfermera de triaje que lo acompañó era una mujer rechoncha que mediaba la cuarentena.

—No se habrá estado metiendo en peleas, ¿verdad que no? —le preguntó haciéndole un guiño a Lucy.

Su padre respondió insultándola y se puso aún más agresivo cuando ella aceptó con una sonrisa las disculpas de Lucy por el comportamiento de su progenitor.

—Oh, he oído cosas peores —dijo la enfermera.

—Zorra —soltó su padre—. Esa zorra tiene el demonio dentro.

—Aunque no mucho peores, debo decir —concedió, atravesando la piel con el hilo de sutura y tensando el nudo al borde de la herida.

 

El doctor que examinó a su padre era un hombre joven, de rostro vivaz, que se presentó como «Josh». Lucy no le echó más de veinticinco años. El médico sonrió cuando ella le hablaba, mantuvo el contacto visual y le puso la mano en el brazo mientras le explicaba por qué le parecía conveniente que su padre pasara la noche ingresado.

—Está algo agitado —dijo Josh—. Con el frío, la caída y todo lo demás, preferiríamos tenerlo en observación.

—Puedo cuidarlo en casa —dijo Lucy.

Sabía que su padre no se tomaría demasiado bien que le dijeran que iba a pasar la noche en el hospital.

—No dudo de que sea usted perfectamente capaz —dijo Josh, sonriendo—. Pero no puede atenderlo sola. Todos necesitamos un descanso de vez en cuando, ¿no cree?

—Puede ser un hombre difícil —dijo inesperadamente y sin querer.

Lucy sentía que, al decirlo, traicionaba de algún modo a su padre delante de aquel desconocido.

—Sabremos manejarlo —dijo Josh—. ¿Por qué no se toma un café mientras lo acomodamos? A veces, con los pacientes mayores, que los familiares se ausenten durante un par de horas nos facilita las cosas.

—Me quedaré con él, gracias —dijo Lucy.

—Muy bien —respondió Josh, como si eso fuera lo que esperaba que dijera desde el principio.

Un cuarto de hora más tarde, Lucy acabó transigiendo y salió de la habitación mientras su padre, al que habían sujetado los brazos después de que hubiera pegado a Josh, gritaba desde la cama.

 

Lucy se sentó en el coche, en el aparcamiento. Ahora neviscaba y las ráfagas de nieve cubrían el parabrisas. A medida que la capa se espesaba, empezó a sentir esa absurda claustrofobia que siempre la invadía en el interior de un coche cuando hacía mal tiempo, pero también agradeció sinceramente que la nieve impidiera que nadie la viera llorando.

El arma de su padre estaba en la guantera, pero sabía que no podía dejarla ahí; tendría que mencionárselo a su madre la próxima vez que hablaran. Apoyó las manos, enrojecidas y casi en carne viva, sobre el volante, y lo movió ligeramente adelante y atrás pese a que no había girado la llave de contacto. Pisó el acelerador y jugueteó con el llavero, sin saber adónde ir.

Finalmente, tomó una decisión, sacó las llaves y se bajó del coche. De nuevo en el hospital, se pasó por la tienda y compró una botella de limonada. Luego se adentró en las entrañas del edificio, dejando a un lado el pasillo que llevaba al ala geriátrica donde estaba ingresado su padre para subir por las escaleras a la planta 6.

Alice estaba sola en su habitación. Su cena reposaba intacta sobre una bandeja junto a la cama. Lucy preguntó por Robbie en el despacho de las enfermeras.

—Se marcha a las 17.30 —le recordó la enfermera más joven—. Pero dijo que volvería por la mañana —añadió sonriendo.

—Sólo quería sentarme con Alice unos minutos, si no hay inconveniente.

La enfermera asintió.

—Pase, pase, pero tenga cuidado. La hora de visita ha terminado, de modo que la

hermana[7] Hall podría pedirle que se fuera —añadió en tono cómplice.

—No se preocupe. Soy policía —dijo Lucy—. La oficial que encontró a la niña.

La enfermera asintió, comprensiva, pero repitió:

—Aun así, la hermana Hall puede pedirle que se vaya.

La habitación de Alice estaba en completo silencio, salvo por el suave zumbido del radiador, cuyo calor desprendía un olor a pintura reciente. La niña estaba acostada de lado, con las manos entrelazadas bajo la mejilla haciendo las veces de almohada. No se volvió para mirar a Lucy cuando entró, y su único gesto de reconocimiento de la nueva presencia en la habitación fue un leve cambio de postura.

—Te he traído algo de beber —dijo Lucy, sosteniendo la bolsa en alto.

Nada.

—Creí que a lo mejor te apetecía tener compañía —explicó Lucy sentándose junto a la cama.

Seguía sin obtener respuesta.

—Y que a lo mejor a mí también me apetecía —añadió.

La puerta se abrió y una enfermera mayor entró de espaldas, apoyando el trasero para impedir que se cerrara de nuevo. Cuando se dio la vuelta, Lucy vio que sostenía una caja de plástico con unos cuantos juguetes viejos y algunos libros. Pareció cohibida al ver a la agente sentada allí.

—Ya me iba —dijo Lucy, incorporándose a medias.

Por el distintivo que llevaba la enfermera, supo que se trataba de la hermana Hall.

La supervisora se asomó un momento al pasillo.

—No te levantes, querida —dijo—. Éstos eran unos chismes viejos que andaban por la planta —explicó la mujer colocando la caja a los pies de Lucy—. Alice — añadió en voz alta—, te he traído unos juguetes, cariño.

Esperó un momento para ver si eso provocaba alguna reacción en la niña, pero fue en vano.

—Es muy amable por su parte, hermana —dijo Lucy.

—Llámame Margaret —dijo la mujer, que miró de nuevo a Alice antes de darse la vuelta para salir.

Lucy esperó hasta que la puerta se cerró, y luego volvió a hablarle a Alice.

—Es una mujer encantadora, ¿verdad?

La niña no se movió ni dio la menor señal de haberla oído.

—¿Te importa si me siento contigo? —preguntó Lucy. Antes de que la niña hubiera podido responder, añadió—: Yo también estoy sola, ¿sabes? Así que creí que podía sentarme aquí un rato. Puedes hacerme compañía.

En algún punto del pasillo un niño empezó a chillar, y la repentina irrupción del ruido hizo que Lucy se sobresaltara. Alice también se asustó y aferró las sábanas con más fuerza.

—¿Quieres un poco? —preguntó Lucy.

Se levantó y sirvió un poco de limonada en el vaso que había junto a la cama.

—Vamos, Alice. Incorpórate y bebe.

Poco a poco, las mantas se movieron. La niña se volvió hacia ella, clavó los codos en el colchón y se irguió tímidamente en la cama.

Lucy le acercó el vaso a la boca. La niña dio un sorbito, y parte del líquido se le derramó por las comisuras de los labios. Lucy cogió un pañuelo de papel, le limpió la barbilla y volvió a ofrecerle el vaso. Esta vez bebió más, y chasqueó los labios cuando se hubo saciado. Después se metió otra vez en la cama, de espaldas a Lucy.

—Así que ha conseguido que por fin tome algo —dijo la enfermera. Lucy no la había oído entrar—. La felicito. La hermana Hall me ha dicho que la avise de que, si le apetece acompañarnos, hemos preparado té.

Lucy se pasó la media hora siguiente sentada en el despacho de la hermana, con Margaret y las dos enfermeras de guardia esa noche. A medida que las tazas se sucedían, Lucy sintió que se relajaba y cayó en la cuenta de que, en las semanas transcurridas desde que se había instalado en Derry, ésa era la media hora más amigable que había pasado.

Mientras charlaban, una de las enfermeras le preguntó si le gustaba ser policía.

—Es genial —respondió instintivamente, sabedora de que era la respuesta que debía dar—. Bueno —añadió—, está bien. Es un trabajo.

—¿Y por qué lo elegiste? —preguntó Margaret.

—No lo sé —dijo Lucy—. Trabajé como preparadora de fitness durante un tiempo, pero me aburrí.

Las tres mujeres se la quedaron mirando en silencio, sonrientes y animándola a continuar, y Lucy sintió la necesidad de seguir hablando.

—Mi padre estuvo en las fuerzas policiales durante los Troubles. Se jubiló antes de tiempo.

Las otras tres mujeres la miraron y asintieron.

—Digamos que prácticamente le obligaron a dejarlo. Una noche, nos echaron de casa. Nos instalamos en los cuarteles de Antrim. Papá aguantó unas cuantas semanas más, y luego renunció.

—¿Qué ocurrió?

Lucy se preguntó cómo responder. ¿Les contaba la verdad? Que no eran bienvenidos en las zonas católicas porque su padre era policía; que tampoco eran bien recibidos en las zonas protestantes porque eran católicos. Al final, se instalaron en una urbanización del Waterside. Pero, una noche, les destrozaron las ventanas, echaron gasolina a través del buzón y prendieron fuego a la casa.

—Lo habitual —optó por responder.

—¿Y tu madre?

—Mi madre… Se separaron poco tiempo después. Ella también está en la policía.

—Deben de sentirse muy orgullosos de ti por seguir sus pasos —dijo Margaret.

—Sí —asintió Lucy, obligándose a sonreír—. Gracias por el té. Voy a ver a Alice.

—Dile que no haga ruido —dijo una de las enfermeras jóvenes.

Cuando volvió a entrar en la habitación, Lucy vio que Alice no parecía haberse movido y seguía enterrada bajo las mantas. Sin embargo, uno de los libros que le había llevado Margaret estaba abierto a su lado, en la cama.

—¿Has estado leyéndolo? —preguntó Lucy al recoger el libro.

Era una antología de cuentos infantiles. En la portada aparecía una niña con una capa roja que sonreía alegremente mientras caminaba por un sendero en el bosque, con una cesta colgada del brazo. A su derecha, por detrás de un grueso tronco, asomaba la cara peluda del lobo. Al fondo, a lo lejos, tres cerditos cogidos del brazo bailaban por el sendero.

—¿Quieres que te lea un cuento? —preguntó Lucy abriendo el libro por el índice y revisando los títulos. Eligió uno que pensó que podría gustarle a la niña y empezó a leer—: Érase una vez una niña que se llamaba Ricitos de Oro…