La niña del bosque

Brian McGilloway · Capítulo 42 de 50

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La niña del bosque

Capítulo 42

Lo primero que hizo fue llamar a la pareja de Mullan, Gallagher. La mujer le dijo que no sabía dónde estaba, que llevaba varios días sin verlo. Después, Lucy y Fleming prepararon un café y se sentaron en el despacho de la sargento, en el edificio de la PPU de Maydown, para revisar de nuevo los antecedentes del sospechoso. Mullan había sido detenido junto con Kent acusado de poner una bomba que no había llegado a estallar. La detención se hizo al otro lado de la frontera, en Monaghan. Aun así, el PSNI, y antes la RUC, ya conocían bien a Mullan. Había sido detenido varias veces por su relación con otros atentados, entre ellos, la explosión que había derrumbado el edificio propiedad de Michael McLaughlin en los muelles. Sin embargo, en ninguno de aquellos casos se habían encontrado pruebas suficientes para incriminarlo. Incluso su detención en Monaghan había sido más una casualidad que fruto del trabajo policial. Una patrulla de la Garda irlandesa que montaba un control en la frontera había topado fortuitamente con ellos en su escondite. Llevaban los detonadores encima.

Fleming y Lucy se repartieron los informes sobre Mullan y los revisaron buscando los lugares donde podía haber preparado sus operaciones. Fue Lucy quien primero estableció la relación.

—Lo detuvieron cuatro veces en Trench Road —comentó—. Viniendo desde Donemana.

Fleming levantó la mirada de sus papeles.

—Afirmó que venía de una granja de la zona; dijo que ayudaba al propietario, John McCauley, con el ganado.

—Puede que no mintiera.

—La casa en la que vivía Kent también estaba registrada a nombre de alguien llamado McCauley.

—Lo que significa que merece la pena investigarlo más a fondo —repuso Fleming, cerrando el expediente que tenía en las manos.

—¿Avisamos a Travers? —preguntó Lucy.

—No lo considero necesario —dijo Fleming—. Sólo vamos a echar un vistazo.

 

La angostura de la carretera secundaria que llevaba hasta Donemana imponía un avance lento. A esas alturas, la nieve se había fundido en la mayoría de las granjas, pero los campos y la carretera, a la sombra de los setos, todavía conservaban una delgada capa de hielo.

En cualquier caso, la lentitud del trayecto les daba ocasión de examinar cada una de las fincas ante las que pasaban. En un momento dado, tuvieron que detenerse y pegarse al seto que bordeaba la carretera para dejar pasar un tractor que se les acercaba torpemente en sentido contrario. Aun así, el hueco que quedaba entre ambos vehículos era muy estrecho.

Fleming bajó la ventanilla e hizo una señal al conductor para que se detuviera. El hombre, un anciano desdentado envuelto en una manta, lo fulminó con la mirada desde su asiento.

—¡Buscamos a John McCauley! —gritó Fleming, esforzándose para que le oyera por encima del estruendo del motor del tractor.

—¿Qué? —chilló el hombre con la mano detrás de la oreja.

—¡John McCauley! —gritó Fleming por segunda vez, articulando las palabras exageradamente con la esperanza de que, si el hombre no le oía, al menos fuera capaz de leerle los labios.

—¿Ma’Cauley? —preguntó el anciano.

Fleming asintió.

El hombre se volvió en el asiento, señaló hacia atrás y farfulló:

—Un kilómetro o dos por ahí, a la izquierda. Pero pierden el tiempo —añadió enseñando las encías al sonreír.

Fleming, en lugar de gritar de nuevo, levantó los brazos para mostrar su desconcierto.

—Murió hace ocho meses. La granja está vacía.

Fleming le dio las gracias con un gesto. El anciano bajó de golpe la ventanilla y reemprendió ruidosamente la marcha, rozando el parachoques del coche patrulla al pasar. Lucy volvió a la carretera y prosiguió camino hacia donde el hombre les había indicado.

Un kilómetro más adelante llegaron al edificio desvencijado de una granja. La valla de cinco listones que impedía el acceso estaba cerrada con un candado. Un rótulo de «En venta» oscilaba en una cadena colgada de un poste sujeto a la puerta. Lucy recordó lo que Margaret le había contado acerca de los problemas de McLaughlin para deshacerse de sus terrenos, y pensó que vender esa finca en plena recesión resultaría difícil.

La finca parecía abandonada. Había un granero con las puertas abiertas y el interior vacío. Aparcado frente a la casa vieron un viejo coche oxidado sin neumáticos ni capó, con las entrañas del motor al aire, sobresaliendo de la capa de nieve que lo cubría.

La casa se encontraba en un estado de deterioro similar: el cristal de la puerta delantera estaba roto y la ventana de la izquierda, cubierta con tablas. Era una construcción pequeña, de dos plantas, levantada a la sombra de un círculo de grandes robles cuyas espesas ramas proyectaban largas sombras sobre el patio y los ladrillos de las paredes. Lucy siguió adelante. Arriba debía de haber dos dormitorios, pensó. La mayor parte del tejado estaba cubierto de nieve, salvo un pequeño trecho en la parte delantera, a la derecha.

—Fíjese en el tejado —comentó señalándolo.

Fleming se inclinó y ella sintió la presión del cuerpo del inspector contra el suyo cuando le acercó la mejilla al brazo para seguir la dirección que le señalaba.

—¿La zona despejada de nieve?

Lucy asintió y bajó la mano, pero Fleming no se apartó.

—El sol podría haberla derretido —comentó mirando hacia los árboles.

—Esa zona todavía está en sombras —repuso Lucy.

Fleming se recostó en el asiento.

—Siga adelante —dijo—. Como si nos marcháramos. Luego aparque a la primera ocasión que se le presente.

Lucy cumplió la orden y se detuvo en un área de descanso a un centenar de metros de la casa. Se bajaron del coche y amartillaron sus armas. La cubierta arbórea refrescaba el aire.

Fleming se dirigió a un lado de la carretera y bajó a la zanja con Lucy siguiéndolo. Más adelante subieron al otro lado, y se abrieron paso entre los árboles que flanqueaban la carretera hasta llegar al campo que había junto a la finca. Desde allí se distinguía la parte de atrás de una furgoneta roja aparcada dentro del granero, situada de tal modo que no era visible desde la carretera.

—Ahí hay alguien —comentó Fleming—. Pida ayuda.

—Travers comentó que habían recibido un soplo acerca de una furgoneta roja cerca del bosque de Prehen. Afirmó que era la de Cunningham —comentó Lucy mientras sacaba el móvil y se quitaba los guantes para pulsar las teclas.

Mientras tanto, Fleming siguió avanzando campo a través hacia la casa. No había ventanas en ese lado, con lo cual era improbable que les vieran aproximarse, a no ser que el observador estuviera fuera de la casa.

Lucy solicitó ayuda a la operadora del 999, colgó y siguió a Fleming. El inspector avanzaba agachado, manteniéndose cerca de la protección que le ofrecía la hilera de árboles que separaba la carretera del campo.

Al acercarse al granero, vieron mejor la furgoneta roja aparcada en su interior. La carrocería estaba cubierta del polvo blanco de la sal que habían echado en las carreteras, lo que indicaba que el vehículo había sido utilizado hacía poco. Si McCauley había muerto hacía ocho meses, era imposible que hubiera podido conducir la furgoneta.

Se encaminaban hacia la fachada de la casa cuando el móvil de Lucy empezó a sonar. Soltando un improperio, lo rebuscó en el bolsillo mientras Fleming maldecía. Abrió el teléfono y reconoció el número de Travers.

—Quédense donde están, ¿me ha oído? —le espetó—. Vamos de camino.

—Sí, señor —acertó a responder Lucy, aunque Fleming ya había llegado a la puerta delantera y la había abierto.

—Ha dicho que esperemos —le dijo Lucy en voz baja a Fleming mientras cerraba el teléfono.

—Si Mullan está aquí y ha oído su teléfono, Kate estará muerta antes de que la encontremos —replicó secamente—. Vaya por la puerta de atrás; yo entraré por delante.

Fleming se pegó a la pared y esperó a que Lucy corriera hacia la parte trasera de la casa procurando no resbalar en los trechos helados que todavía salpicaban el camino.

Al pasar por delante de una ventana baja que daba a la cocina se arriesgó a echar un rápido vistazo: estaba vacía. Llegó a la puerta trasera y puso la mano en el pomo, empujó la puerta y entró en la cocina empuñando la pistola.

Estaba vacía. Había una taza sucia y unas cortezas de pan sobre una mesita de madera en una esquina. A Lucy le sorprendió el desconcertante calor de la estancia y se fijó en que la cocina del rincón estaba encendida: los fogones desprendían intensas llamas azules. Mullan debía de andar cerca.

Salió de la cocina, entró en el pasillo y vio a Fleming saliendo a su vez de la habitación que había a la izquierda, en la parte delantera de la casa. Mediante gestos, la informó de que había comprobado las dos habitaciones y de que estaban vacías. Entonces señaló escaleras arriba. Lucy asintió y apuntó con la pistola.

Fleming dio un primer paso despacio, apoyando el pie con cautela para evitar que el crujido de los peldaños delatase su presencia.

Lucy se movió detrás de él lentamente, con la pistola apuntando escaleras arriba por si alguien intentaba dispararles. Fleming avanzaba con cuidado, pisando en silencio. La gruesa alfombra floreada que cubría las escaleras amortiguaba tanto la presión como el ruido de su ascenso; Lucy iba detrás, intentando colocar los pies en el mismo sitio que el inspector.

Llegaron al punto donde las escaleras cambiaban de dirección. En el rellano superior había tres puertas, todas cerradas. Lucy reconoció el olor dulzón de una estufa de gas, y notó a la vez el calor que llegaba de arriba y el frío que subía de la planta baja de la casa. Al menos, ese calor explicaba la nieve fundida en el tejado.

—Tienen que estar en esa habitación —susurró Lucy señalando por encima del hombro de Fleming hacia la habitación situada a su izquierda, por debajo del punto en que la nieve se había derretido.

Fleming asintió y alzó el índice para indicarle que guardara silencio. Reemprendieron el ascenso al unísono, tan cerca el uno del otro que Lucy sentía cada movimiento de la espalda de Fleming cuando aspiraba.

Llegaron ante la puerta que Lucy había señalado. Fleming bajó la cabeza y estiró el cuello, intentando captar algún movimiento en su interior. Alargó la mano y aferró el pomo. Luego, articulando en silencio una cuenta atrás, abrió la puerta de un empujón e irrumpió en la habitación. Lucy le siguió apuntando con el arma por encima del hombro de Fleming.

Kate McLaughlin estaba tumbada en un colchón pegado a la pared. Le habían tapado la boca y atado las manos y los tobillos con la misma cinta adhesiva negra. Llevaba los ojos vendados con una tela negra que acentuaba la palidez de su piel. No reaccionó de ningún modo a su irrupción en la habitación, ni hizo el menor gesto de haberlos oído. Lucy se acercó a la chica sin perder un segundo.

—Comprobaré las demás habitaciones —susurró Fleming al oído de Lucy.

El aire se había espesado con el olor que desprendía la estufa de gas del rincón, que emitía un siseo tan alto que Lucy no podía oír si Kate McLaughlin respiraba. Le buscó el pulso y, por un momento, creyó que la chica estaba muerta. Tenía la piel fría y su pulso era tan débil que tuvo que sostenerle la muñeca durante más de un minuto para asegurarse de que percibía los latidos.

Oyó el crujido de los pasos de Fleming en la habitación contigua, y luego sus pisadas de nuevo en el rellano. Lucy tiró suavemente de la cinta que cubría la boca de Kate, notó la resistencia de la piel de la chica y la escuchó gemir levemente. Luego sacó las llaves de casa y utilizó el filo de una para cortar la cinta que le ataba las piernas.

Fleming abrió la última puerta. Al instante, la habitación se estremeció con la reverberación de un disparo. Lucy oyó el golpe seco de algo que caía pesadamente, seguido del ruido de unos pasos que bajaban tambaleándose por la escalera. La sargento dejó a Kate, empuñó el arma y salió corriendo en busca de Fleming.

El inspector estaba tumbado en el rellano. La sangre le rezumaba entre los dedos de la mano con la que se presionaba una herida en el hombro, intentando contener la hemorragia. Fleming debía de haberle puesto la zancadilla a Mullan cuando se dirigía a las escaleras, porque la pistola del hombre había caído en el primer peldaño.

—Está abajo —dijo Fleming apenas sin fuerza.

El sudor le salpicaba la frente y tenía la piel del rostro pálida, fría y húmeda.

Lucy bajó los escalones de dos en dos, se agazapó en el rellano y apuntó el arma hacia abajo mientras inspeccionaba el pasillo. Oyó el golpe de la puerta trasera al cerrarse y supuso que Mullan pensaba huir en la furgoneta. Bajó las escaleras a toda prisa y recorrió silenciosamente el pasillo. Desde ese punto veía tanto la puerta delantera como la trasera y ambas estaban cerradas, de modo que Mullan seguía en la casa.

Lucy se quedó quieta, ligeramente agachada, sosteniendo la pistola con ambas manos. Se acercó a la cocina. Oyó un crujido arriba y alzó rápidamente la vista, apuntando hacia la zona de la que procedía. Fleming se había puesto de rodillas, utilizando la barandilla como apoyo. Ella acababa de volverse hacia la cocina de nuevo cuando Mullan se le echó encima y la derribó.

El hombre la sujetó contra el suelo y de un golpe la hizo soltar el arma, que se disparó inofensivamente. Tenía el rostro crispado, los ojos le brillaban por la descarga de adrenalina. Forcejeó con Lucy hasta que pudo ponerle las manos en el cuello, y luego le golpeó la cabeza contra el suelo dos veces, en rápida sucesión.

Lucy sintió que se debilitaba, que perdía la consciencia. Durante un instante, incluso creyó que la había soltado, pero cuando intentó moverse, se percató de que el peso de Mullan seguía reteniéndola.

Entonces la cocina entera reverberó con un ruido seco y Mullan cayó de lado sobre ella. Lucy se retorció intentando quitárselo de encima. El hombre se arrastró por el suelo y alargó la mano hacia la pistola de Lucy.

Desde el peldaño más bajo de la escalera, Fleming sostenía su arma con el brazo ileso.

—Quieto o disparo —le avisó.

Mullan intentó alcanzar el arma arrastrándose un poco más, pero Fleming le disparó dos veces. Mullan estaba muerto al primer tiro.