La niña del bosque
Capítulo 43
Los periodistas empezaron a congregarse mientras Kate todavía estaba siendo atendida en una de las ambulancias que habían llegado poco después que la policía. Lucy y Fleming estaban sentados en la parte de atrás de otra de las ambulancias para que los médicos vendaran la herida del hombro del inspector.
Travers le contaba a la prensa que aquél era el resultado de un trabajo bien hecho, una operación llevada a cabo con éxito. Lucy se rio en silencio al oír la palabra «operación», que connotaba algo planeado, preciso. Aunque Travers ejercía de portavoz, los periodistas parecían más interesados en Fleming y en ella. Por el ángulo en que apuntaban las cámaras, Lucy comprobó que no estaban grabando a Travers, sino más allá. A través de la puerta abierta de la casa, se veía el cuerpo de Mullan, cubierto con una manta.
Travers se había puesto furioso con Fleming y Lucy por entrar en la casa sin esperarle. La sargento creía que se sentía molesto y que no le bastaba con que se hubiera resuelto el caso, sino que necesitaba ser él quien lo resolviera. Con todo, no podía cuestionar el hecho de que Kate McLaughlin había sido rescatada con vida.
Por su parte, la chica no había dicho gran cosa. Los médicos habían sugerido que los vapores del gas que saturaban la habitación en que estaba encerrada la habían amodorrado, estado en el que seguiría aún unas cuantas horas. Eso, sin tener en cuenta la dura experiencia que había vivido en la última semana.
La primera ambulancia se llevó a Tom Fleming. A pesar de sus protestas, los médicos no querían correr ningún riesgo.
El grupo de periodistas se alborotó de repente cuando un coche aceleró por la carretera y acabó frenando ante la valla de listones. Michael McLaughlin se bajó del vehículo y se abrió paso entre los periodistas, que se abalanzaron sobre él avasallándolo con preguntas y micrófonos.
Michael McLaughlin apoyó el pie en el listón del medio de la valla y se impulsó para saltarla, buscando desesperadamente a su hija. Cuando vio su silueta en la parte de atrás de la ambulancia, dejó escapar un grito grave y corrió hacia el vehículo.
La chica se levantó, con la manta térmica echada sobre los hombros como si fuera un chal, y abrió los brazos. Su padre la abrazó, acurrucándola en su pecho mientras empezaba a sollozar.
Lucy notó que se le saltaban las lágrimas. Pensó en su propio padre, en su decepción por lo que había descubierto sobre él.
Un segundo coche se detuvo en la carretera, y los periodistas prepararon de nuevo su línea de ataque en cuanto vieron que la puerta se abría y la comisario jefe Wilson se apeaba del vehículo. Sin hacer el menor caso a los reporteros, la oficial se acercó a la valla y esperó a que uno de los agentes uniformados de guardia se la abriera. Entró en la granja y se encaminó directamente hacia la ambulancia donde estaba Lucy.
—Lucy —empezó—, ¿cómo estás?
—Estoy bien, mamá —dijo Lucy.
Si su madre oyó la última palabra, no reaccionó.
—Disparaste al sospechoso, ¿es así?
Lucy negó con la cabeza.
—La pistola se disparó durante el forcejeo, pero fue el inspector Fleming el que de hecho lo abatió.
Su madre levantó la mano.
—Más vale que fuera él. ¿Cómo te sientes?
Lucy notó que la voz le temblaba levemente.
—Bien.
Su madre la miró fijamente, escrutándola.
—Van a suspenderte durante la investigación de los disparos. Necesito que redactes el informe ahora, mientras lo sucedido sigue fresco en tu memoria. Deberás entregar tu arma cuando vuelvas a comisaría.
—No he hecho nada malo, ¿no?
Su madre negó con la cabeza.
—No es más que una formalidad, Lucy, el procedimiento habitual en cualquier tiroteo. Ya lo sabes. Volverás a la calle dentro de un par de días si puedo acelerar la investigación. Deja que hable primero con el subcomisario, y luego te llevaré de vuelta a comisaría.
La comisario jefe se volvió para alejarse, pero se lo pensó mejor y se detuvo un momento para mirarla.
—Y mis felicitaciones por el rescate de Kate McLaughlin.
Lucy se sentó en su despacho a resumir su versión de los hechos. Redactó el informe con sencillez, sin adornos. Se preguntaba si Kate McLaughlin habría hablado, si habría contado algo sobre Alice y el papel que la niña había desempeñado en su fuga de la casa de Kent. También sentía la necesidad de volver a ver a Alice, de explicarle que el lobo estaba muerto, que ya no debía tenerle miedo.
La noticia se había emitido ya por televisión. Se había visto a sí misma en una grabación granulosa, sentada en la parte de atrás de la ambulancia. La prensa había decidido desde qué perspectiva iba a enfocar la noticia, y a Fleming y a ella los calificaban de héroes. Fleming, en especial, recibía grandes elogios por haber resultado herido en el rescate de la chica.
Lucy estaba terminando su informe cuando sonó el teléfono. Era el sargento de recepción de Strand Road. El subcomisario Travers quería verla para que lo informara sobre los acontecimientos.
A pesar de la resolución del caso y de la positiva atención que la prensa le había prestado posteriormente, Travers seguía irritado por lo sucedido.
—No la estoy culpando a usted, Lucy —dijo—. Pero Tom Fleming tendría que pensar las cosas dos veces. La hizo entrar en una casa sin el apoyo apropiado. Si hubieran matado o herido gravemente al inspector, usted se habría encontrado sola.
—El inspector Fleming temía que Mullan matara a Kate si descubría que estaba rodeado, porque entonces no hubiera tenido nada que perder.
—Me parece admirable que dé la cara por él, Lucy —comentó.
Lucy bajó la mirada a sus manos, entrelazadas sobre el regazo.
—Aun así, yo diría que usted se ha ganado la vuelta al CID, si lo desea. No creo que nadie vaya a discutírmelo.
—Gracias, señor —dijo.
—Aunque, obviamente, eso será cuando termine su suspensión. Tómese unos días, dedique tiempo a su padre —añadió generosamente, como si le regalara unas vacaciones.
—Sí, señor —respondió ella.
El hospital estaba en silencio. La hora de visita había terminado hacía mucho. Se dirigió primero a la planta de postoperatorio para ver a Tom Fleming, aunque le comunicaron que acababa de salir de quirófano. El médico le sugirió que volviera al cabo de una hora y, en cualquier caso, sólo para una breve visita. Sin pretenderlo, cinco minutos más tarde estaba de nuevo en la planta de Janet. La enfermera se habría negado a dejarla pasar si no fuera porque la paciente estaba causando muchas molestias, así que se alegró de que algo la distrajera. Y su alegría fue mayor al enterarse de que Lucy era agente de policía.
—¡Quiero irme! —gritó Janet cuando Lucy entró en la habitación—. ¡Esas zorras no dejan que me vaya!
—El doctor quiere visitarla antes —dijo la enfermera—. Para comprobar que todo marcha bien.
Lucy la miró e imaginó los gusanos que se retorcían bajo su piel mientras soportaba otro día de sobriedad.
—Janet, puede irse cuando quiera —insistió—. Lo sabe. No es una prisionera. Pero el médico quiere asegurarse antes de que se encuentra bien. Si él cree que su brazo se está curando como es debido, dejará que se marche.
Janet le clavó la mirada, intentando discernir si sus palabras ocultaban una segunda intención.
—¿A qué ha venido?
Lucy miró a la enfermera, esperando que comprendiera que quería cierta intimidad. Por su parte, la mujer pareció agradecer el descanso y se disculpó antes de dejarlas a solas.
Lucy se acercó a Janet.
—Quería verla antes de que se marchara —dijo—. Quería disculparme.
—¿Por qué?
—Por mi padre. Por lo que le pasó a usted.
—¿Por qué?
Lucy tragó saliva.
—Creo… Estoy convencida de que mi padre era el policía al que conocía.
—¿Por qué?
—Usted era su confidente.
La mujer la miró con frialdad.
—¿Sabe de quién le estoy hablando? —preguntó Lucy.
—¡Sí! —replicó gritando Janet.
—Él quiere su perdón. Creo que lamenta sinceramente lo que pasó.
—¿Que lo lamenta?
Lucy asintió, avergonzada.
—Kevin Mullan —dijo Janet de repente.
El giro de la conversación desconcertó a Lucy, que se puso inmediatamente en guardia.
—¿Qué?
—La vi en las noticias —explicó Janet señalando hacia el televisor del rincón—. Usted estaba allí con Kevin Mullan. ¿Cómo murió?
—No puedo revelarle esa información —respondió Lucy, removiéndose en la silla para apartarse de la mujer.
—Usted me ha preguntado qué podía hacer por mí. Pues yo quiero saber quién mató a Kevin Mullan.
—¿Y eso qué importancia tiene?
—¿Vio su cara? ¿Las quemaduras?
Lucy asintió, vacilante.
—Yo no fui la única que se quemó entonces.
El comentario sorprendió a Lucy. Había supuesto que Mullan se había quemado al poner una bomba.
—Mullan voló por los aires el Strand Inn —prosiguió Janet—. El local en el que murió una mujer.
—¿La esposa de Michael McLaughlin?
Janet asintió.
—¿Cómo lo sabe?
Se rio desdeñosamente.
—Todo el mundo lo sabía. La ciudad entera, todos. Se rumoreaba que se trataba de un fraude a la aseguradora; que McLaughlin estaba al tanto. Pero ignoraba que su mujer estaría allí aquella noche.
—¿Y no serían más que simples habladurías? —sugirió Lucy en voz baja.
—Mi primo estaba involucrado. Él me lo contó.
—¿Quién era su primo? —preguntó Lucy.
—Billy Quinn —dijo Janet, alzando levemente la barbilla.
—¿Y por qué me cuenta esto ahora?
—También lo conté entonces. En realidad, por eso me quemaron —dijo señalando la cicatriz que asomaba por el escote desbocado de la bata—. Dijeron que era por mi amistad con los soldados británicos, pero Billy me confesó que lo habían hecho porque sabían que yo era una chivata. Mullan lo sabía. Él fue quien me desnudó.
Lucy sintió que se ruborizaba, que aspiraban el aire a su alrededor.
—¿Por qué no lo explicó? ¿Por qué no se lo contó a nadie?
—¿Contarlo? Por eso fue por lo que me castigaron.
—¿Y a quién le explicó que Mullan había puesto la bomba en el Strand Inn? — preguntó por fin, sabiendo ya cuál iba a ser la respuesta.
—A mi contacto, su padre. Por eso quiere que le perdone. Por lo que me pasó. Porque él permitió que pasara.
La queja sonaba absurda, aunque a Janet le seguía doliendo. Lucy no podía ofrecerle razones, no podía justificar las acciones de su padre ni explicarle por qué la había abandonado.
—Y bien. ¿Quién mató a Kevin Mullan? ¿Fue usted?
Lucy se irguió.
—Lamento mucho lo que le pasó, Janet. Sobre todo el papel que desempeñó mi padre. Y comprendo lo que siente. Kevin Mullan está muerto. No le diré más.
Lucy se volvió y recorrió el pasillo hacia la salida, mientras los gritos de Janet reverberaban como un eco a su espalda.