La niña del bosque
Capítulo 22
Cuando Lucy se despertó, tenía los músculos agarrotados. Estaba encorvada en la silla junto a la cama de Alice, con los pies levantados a la altura del colchón. Alguien le había echado una manta por encima mientras dormía. Al estirar el cuello, vio que la niña estaba tumbada de cara a ella, gimiendo suavemente en sueños. Había abrazado una de las piernas de Lucy y el muslo le servía de almohada para la mejilla.
Lucy intentó moverse sin despertarla, sosteniéndole la cabeza con una mano para poder apartar la pierna. Alice abrió un poco los ojos y miró a Lucy; la más fugaz sombra de sonrisa cruzó sus labios, y al instante se desvaneció. La niña volvió a cerrar los párpados y su respiración se estabilizó mientras se dormía de nuevo.
Lucy recogió sus cosas y entró en el baño para asearse. Se acercó a echar un vistazo a su padre y luego bajó a desayunar en la cantina del personal. Cuando volvió a subir, Robbie ya había llegado. Lucy miró su reloj: las 08.15 de la mañana.
Él captó el gesto.
—No eres la única que trabaja de vez en cuando fuera de su horario —dijo sonriendo.
Lucy le devolvió la sonrisa.
—Así que has vuelto a pasar aquí la noche, ¿no?
Antes de que Lucy tuviera tiempo de responder, él prosiguió:
—¿No tienes vida fuera de la policía? ¿No sales nunca a cenar o a tomar una copa?
Lucy sonrió.
—Muy raramente —dijo—. Cuido de mi padre.
—Necesitas tiempo para ti misma, pasar una noche en casa. Alice no va a irse a ningún sitio.
—Lo tendré en cuenta —respondió, sintiéndose cada vez más incómoda.
—No, sé que no lo harás.
—Me preguntaba si podría pedirte un favor —dijo, ansiosa por cambiar de tema de conversación.
Robbie levantó una ceja.
—¿Personal o profesional?
—Intento localizar a una chica que estuvo bajo la tutela de los Servicios Sociales a principios de los años noventa. Se llamaba Janet.
—Janet… ¿qué más? —preguntó Robbie.
—No lo sé —dijo Lucy—. Sólo conozco el nombre de pila, Janet. Vivía en Derry en 1993. Debía de ser una adolescente.
—¿Eso es todo lo que sabes?
—Me temo que sí.
—¿Qué relación tiene con Alice?
—Ella… está relacionada con otro asunto que estoy investigando —farfulló Lucy.
—¿Personal o profesional?
—¿Lo harás?
—¿Personal o profesional? —insistió Robbie, cruzándose de brazos.
—Personal —admitió Lucy.
Robbie alzó una mano en gesto conciliador.
—Haré cuanto pueda, pero no te prometo nada.
−Gracias —dijo Lucy—. Te estaré muy agradecida.
Apenas había tenido tiempo de servirse una taza de café y encaminarse a su despacho cuando sonó su móvil.
—Lucy, soy Tony Clarke.
La sargento balbuceó un saludo, haciendo equilibrios con el teléfono entre el hombro y la mejilla mientras con una mano sostenía la taza de café y con la otra cogía un montón de pósits.
—Tienes que venir.
Antes de que Lucy pudiera responder, Clarke había colgado.
Clarke estaba solo en el laboratorio cuando llegó Lucy. Le había molestado que la llamara Lucy con un exceso de familiaridad, tanto como que le colgara el teléfono. Con todo, cuando entró, la emoción del forense era tan obvia que pronto se le pasó el enfado.
—Quería informarte cuanto antes —dijo Clarke.
Lucy se acercó al ordenador ante el que estaba el forense. Clarke pulsó algunas teclas y se apartó para dejar que Lucy viera la pantalla. En ella se mostraba un gráfico.
—¿Qué es lo que estoy mirando? —preguntó.
—Colé el material de Alice como si fuera parte del caso de Kate McLaughlin para que fuera por la vía rápida; si no, habríamos tenido que esperar semanas.
—Muy bien —dijo Lucy, todavía sin saber adónde quería ir a parar.
—Éste es un análisis de la sangre que encontramos en la ropa de Alice —dijo Clarke, trazando innecesariamente la dirección del gráfico sobre la pantalla con la punta del dedo.
—¿Algo de interés? —preguntó Lucy, suponiendo que debía de haberlo para hacerla ir con tanta prisa al laboratorio.
Tenía entendido que a los técnicos de laboratorio les gustaba dar importancia a su trabajo, hasta el punto de convertirlo en casi un misterio para que se reconociera su auténtico valor. Clarke no era una excepción.
—Pertenece a un miembro de la familia —dijo Clarke—. A uno de los progenitores, concretamente.
—Eso nos será útil, Tony. Gracias.
Lucy ya se apartaba de él cuando Clarke le puso una mano en el brazo. A la luz del monitor, la cara del forense parecía enrojecida.
—Ésa no es la información relevante. También mandé analizar los cabellos que encontré en la niña; la raíz contiene ADN.
Lucy asintió.
—Son de Kate McLaughlin —dijo Clarke rápidamente, asintiendo como si alentase a Lucy a reaccionar de algún modo.
—¿Cómo?
Clarke movió la cabeza con más vigor.
—Los cabellos pertenecen a Kate McLaughlin.
—¿Estás seguro? Si enviaste el material junto con el del caso de Kate McLaughlin, cabe la posibilidad de que hayan confundido las muestras.
Clarke negó con la cabeza.
—La cadena de custodia de las pruebas se ha mantenido intacta. Con toda seguridad son las muestras de Alice; encontré tres.
—¿Se lo has dicho ya a Travers?
Clarke negó con la cabeza, ahora más despacio.
—Me parecía que tú debías saberlo primero. Es tu caso.