La niña del bosque

Brian McGilloway · Capítulo 38 de 50

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La niña del bosque

Capítulo 38

Acababa de acomodar de nuevo a su padre en casa cuando Robbie la llamó. Los Servicios Sociales consideraban que Melanie Kent no había actuado con negligencia en el cuidado de Alice, y la doctora opinaba que lo mejor para la niña sería volver a casa con su madre; le habían dado el alta antes de las once de la mañana. Lucy le agradeció la llamada, pero tuvo que esforzarse para disimular lo dolida que se sentía. Después de todo lo que había hecho, ya no formaba parte de la vida de Alice. Le habría gustado verla una vez más, aunque sólo fuera para despedirse. Pese a su empeño en fingir, por el tono de su voz Robbie se percató de su decepción.

—Duele, ¿verdad?

—¿El qué?

—Saber lo mucho que has hecho y que nadie te lo agradezca.

Lucy tosió para ocultar su emoción.

—No lo hice para que me dieran las gracias.

—Cierto. Aun así, a veces establecemos una relación con algunos de esos niños y al poco desaparecen de nuestras vidas. Cuesta acostumbrarse.

—Me alegro de que haya vuelto a casa con su madre —añadió Lucy con sinceridad.

—No lo dudo —dijo Robbie—. ¿Ha habido suerte con Janet?

Lucy cayó en la cuenta de que no la había visto desde su ingreso en el hospital. Con el día libre por delante, tal vez podría ir a visitarla.

—La encontramos en muy mal estado. Estaba muy enferma —le explicó Lucy—. Gracias por ayudarme a dar con ella.

—No es nada. He informado del caso de la niña que mencionaste, Mary Quigg. Un asistente visitará la casa en cuanto podamos y veremos qué se puede hacer.

—Te lo agradezco, Robbie —dijo Lucy.

De repente la invadió un inesperado letargo, y se le hizo cuesta arriba explicarle que habían detenido a Cunningham.

—Ha sido un placer trabajar contigo —se despidió, sin saber qué más decir.

—Para mí también, Lucy. A lo mejor algún día te llamo para tomar ese bocado que tenemos pendiente.

—Me encantará —dijo Lucy.

 

Preparó un té mientras su padre se ponía cómodo en el salón. Cuando entró, él había abierto una de sus cajas y revisaba un cuaderno de notas.

—¿Qué estás haciendo, papá? —preguntó Lucy al pasarle una taza.

Él murmuró para sí, cerrando a medias el cuaderno para que Lucy no viera qué estaba leyendo.

Sarah llegó justo cuando Lucy había acabado de aclarar los platos. Saludó efusivamente al padre de Lucy, pese a que el recibimiento del anciano fue bastante más frío. Lucy le explicó que tenía que salir a hacer una breve visita y que volvería pronto.

 

Cuando entró en la habitación, Janet estaba sentada en la cama. La habían peinado hacia atrás con rudeza para apartarle el pelo de la cara, aunque le seguía cayendo en mechones desordenados por encima de los hombros. La habían lavado desde la última vez que Lucy la vio y llevaba puesta una bata de hospital que se abría por un lado, dejando al descubierto la piel reseca del costado y la cadera. Una larga y gruesa cicatriz le cruzaba el pecho y acababa justo debajo del seno izquierdo. Lucy echó un vistazo rápido, pero al momento desvió la mirada y se recordó que aquella mujer debía de tener poco más de treinta años.

Su cara tenía forma de corazón, con rasgos pequeños y ojos grandes. Diminutas manchas de antiguo tejido cicatrizado brillaban en su rostro bajo la iluminación fluorescente del hospital.

Se dio la vuelta en la cama y clavó una mirada acusadora en Lucy en cuanto entró. La cánula intravenosa que llevaba en la mano limitaba sus movimientos, así como el apósito que le cubría el brazo por encima del gotero. Un fluido oscuro se había filtrado a través del vendaje y, cuando Lucy se acercó, el olor a infección le llegó hasta la garganta, obligándola a respirar por la boca.

—¿Qué? —le espetó Janet.

—Yo quería… Me llamo Lucy Black.

Esperó a ver si el nombre provocaba alguna reacción en la mujer, pero al momento se percató de que no.

—Soy la hija de Jim Black.

Si esperaba una respuesta instantánea, se vio decepcionada.

—¿Y qué?

—Tengo entendido que usted conocía a mi padre. Está enfermo y me ha hablado de usted.

Una carcajada resonó profundamente en el pecho de la mujer, en un crescendo ronco que le estremeció los hombros y acabó disolviéndose en un acceso de tos.

—¿Cómo ha dicho que se llamaba?

—Jim Black.

La mujer entrecerró los ojos ligeramente, como si se esforzara por recordar.

—Me parece que no lo conozco —concluyó finalmente.

Lucy intentó disimular su decepción, aunque no tenía muy claro qué era lo que esperaba exactamente. Había empezado a buscar a Janet convenciéndose de que lo hacía por su padre, pero ahora se daba cuenta de que lo había hecho, sobre todo, por sí misma. Quería comprender por qué esa mujer había dejado una huella tan profunda en los pensamientos confusos de su padre cuando habían transcurrido, al menos por lo que Lucy sabía, casi dos décadas desde la última vez que la vio.

Janet chasqueó los labios varias veces y Lucy sospechó que estaba empezando a sentir los efectos de su forzosa desintoxicación. La mujer se inclinó hacia delante para coger el vaso de agua que tenía en la mesilla junto a la cama y, al hacerlo, la bata se le abrió más, dejando al descubierto la cicatriz que Lucy había entrevisto. Medía casi veinte centímetros y se extendía sobre sus pechos. La piel estaba arrugada y había adquirido un tono rojo amoratado.

—¿Fue usted la que me trajo aquí?

Lucy asintió.

La mujer se inclinó hacia ella.

—¿No llevará algo de dinero encima, verdad, querida? Para cuando salga.

Lucy rebuscó en su bolsillo y sacó un billete de veinte libras.

—Dios la bendiga, querida.

—¿Quiere que llame a alguien? ¿Tiene parientes que puedan estar preocupados por usted? —preguntó Lucy.

—Nadie que quiera saber de mí —dijo Janet, dando un sorbo más al vaso y derramando un poco de agua.

Lucy estaba a punto de disculparse y marcharse cuando la mujer dejó el vaso y empezó a hablar.

—He visto que miraba mis cicatrices.

Lucy iba a negarlo, pero Janet prosiguió.

—Los provos me quemaron —dijo.

—¿Qué?

—Tenía dieciséis años. Una noche, tres hombres se presentaron en mi casa. Yo llevaba sólo unas semanas allí. Estaba en la planta de arriba haciendo los deberes y los oí abajo, hablando con mi padre. Oí sus pasos al subir las escaleras. Uno de ellos entró en mi habitación; yo todavía llevaba puesto el uniforme de la escuela. Me agarró por el pelo y me sacó de la cama; el otro me sujetó por las piernas y me bajaron a rastras. Mi madre y mi padre estaban en la puerta del salón, mirando. No hicieron nada.

Lucy creyó que debía decirle unas palabras de consuelo, pero no se le ocurrió nada apropiado.

—Me sacaron a la calle. Un montón de chicos del barrio rondaba por allí, riéndose. Me acercaron a una farola y, antes de atarme, me quitaron la ropa. Toda. Uno de ellos hizo un montón ordenado con ella en la acera, como si se esmerara para no ensuciarla. Me desnudaron delante de todos aquellos chavales, que se burlaban y me señalaban. Entonces me ataron las manos y no pude cubrirme nada.

Lucy se sentó junto a la cama, escuchando con atención.

—Uno de ellos llevaba unas tijeras y me cortó mechones de pelo. Por entonces tenía un pelo muy bonito, largo y rubio. «Ricitos de Oro», me llamó el tipo que me lo cortaba. El segundo escribió algo en un trozo de cartón y me lo colgó del cuello. «Zorra que se acuesta con los británicos», ponía. Se entretuvo lo suficiente para levantarse la máscara, hasta aquí.

Janet se señaló el surco bajo la nariz. Su voz se había suavizado y hablaba en un tono más bajo.

—Entonces, el tercer hombre bajó por el callejón que había junto a nuestra casa y volvió con un cubo. Había estado calentando brea. La olí. Estaba tan caliente que tenía que sostener el cubo con dos trozos de madera. Alguien colocó una caja de leche a mi lado para que él pudiera encaramarse. Y entonces vertió la brea por encima de mi pecho. Le había prometido a mi madre que no me lo echaría en la cara, me dijo: «En vez de eso, te quemaremos las tetas. Y entonces veremos si les siguen gustando a los británicos». Después fue a buscar un segundo cubo para echarme también ahí abajo.

La mujer hizo un gesto hacia su entrepierna. Lucy, perpleja ante la dignidad que mantenía mientras describía aquella violación, guardó un momento de silencio.

—¿Por qué? —preguntó poniéndole una mano en el brazo.

La mujer la miró fijamente, una mirada lúgubre.

—Porque era una zorra que se acostaba con los británicos.

—Dios mío, Janet. Eso es espantoso. Lo siento mucho.

—Tendría que haber imaginado que alguien se enteraría. Tenían razón. Iba a los cuarteles que hay en lo alto de Bishop Street todas las semanas, y tonteaba con algunos de los soldados británicos. Y también con un poli.

El comentario hizo retroceder a Lucy.

—¿Un poli?

Janet asintió mientras tomaba otro sorbo de agua.

—¿Cuándo ocurrió?

—El 8 de junio de 1994, yo estudiaba para sacarme el certificado de secundaria.

—Y el policía… ¿Se acuerda de cómo se llamaba?

La mujer negó con la cabeza.

—Era inspector.

—¿Recuerda algo de él?

—Tenía una hija. Siempre hablaba de su hija.

Lucy sintió que se tambaleaba y tuvo que agarrarse al borde de la silla para mantenerse erguida. Le escocía la garganta y notaba un regusto cada vez más intenso a bilis.

—¿Qué edad tenía usted?

Janet la miró fijamente.

—Catorce cuando empezó —dijo—. Dieciséis cuando me quemaron.

A Lucy se le escapó un gemido y agachó la cabeza. Parecía que el suelo se movía bajo sus pies y tuvo que poner la mano sobre el frío plástico de la silla para recuperar el equilibrio.

—Había un Land Rover parado en un extremo de la calle mientras los provos me hacían aquello —prosiguió Janet—. Se quedaron quietos, mirando.

—Lo siento —balbuceó Lucy—. Tengo que marcharme. Lo siento mucho.

Aturdida, Lucy recorrió el pasillo hacia la entrada de la planta. A su izquierda vio el lavabo de señoras y entró a toda prisa, justo antes de que se le revolviera el estómago y vomitara ruidosamente en el lavamanos. Después se arrodilló, apoyó la cabeza en el retrete y empezó a llorar.

Permaneció en esa postura un rato, hasta que alguien empezó a llamar a la puerta para utilizar el lavabo. Se enjuagó la cara con agua fría y se miró en el pequeño espejo manchado de óxido atornillado a la pared. Sus ojos se habían oscurecido por la falta de sueño, tenía la piel enrojecida e irritada.

Abrió la puerta, se disculpó y mantuvo la cabeza gacha hasta que salió al pasillo. Pulsó el botón del ascensor y esperó asomada a la ventana. La altura del hospital ofrecía una amplia panorámica de la ciudad. Desde allí, el río quedaba oculto y la separación entre las dos orillas era invisible.

El sonido metálico de la puerta del ascensor la despertó de su ensimismamiento y la obligó a plantearse qué iba a hacer a continuación. No se atrevía a volver a casa, a enfrentarse a su padre. ¿Qué iba a decirle? ¿Cómo podría volver a mirarlo a la cara? Sacó el móvil y llamó a Sarah, le explicó que la habían retenido en el trabajo y que volvería a casa en cuanto pudiera.

Tenía la necesidad de hablar con alguien, de sentir alguna forma de empatía con otro adulto. No podía hablar con su madre, ni afrontar el placer que sentiría al verse justificada. «No lo endioses sólo porque esté enfermo», le había dicho. ¿Lo había sabido desde el principio? ¿Fue ésa la causa de su separación, del final de la infancia de Lucy? Su padre empezó a beber entonces, hasta perder la conciencia de quién era.

Finalmente, dado que no tenía adonde ir, volvió a pulsar el botón del ascensor y se dirigió a la planta infantil.