La niña del bosque
Capítulo 50
McLaughlin no tardó en confesar. A la mañana siguiente, la noticia aparecía ya en primera plana de todos los periódicos. Fleming la informó acerca de los detalles del interrogatorio mientras tomaban un café en la cocina de la PPU.
McLaughlin había comprado el terreno con la idea de reurbanizarlo, pese a que sabía que tendría que demoler los edificios catalogados si quería obtener beneficios. En aquel entonces, Billy Quinn trabajaba para él y le insinuó que conocía a alguien que podría echarle una mano a cambio de un porcentaje de los beneficios. Cuando pusieron la bomba no sabían que la esposa de McLaughlin, ajena al fraude, se hallaba en el edificio.
Travers era el agente a cargo del caso. Cuando el padre de Lucy le informó de lo que sabía, Travers acorraló a McLaughlin. El hombre le confesó que le quitaba un peso de encima haciéndolo público y que aceptaba de buen grado el castigo por lo que había hecho. Pero entonces Travers le ofreció una alternativa. Él también se llevaría un pedazo del pastel y, a cambio, se encargaría de la fuente y del oficial de contacto.
McLaughlin no volvió a saber nada más de todo aquel asunto hasta que filtró a los medios la falsa oferta de veinticinco millones por los terrenos. Ni siquiera pensó en que Kent y Mullan habían salido ya de prisión. Había ido compensando a Billy Quinn con cuentagotas, pagándole un salario por hacerle de chofer un par de veces al mes. Fue Billy quien le contó que habían secuestrado a Kate. Cuando Travers se hizo cargo del caso, McLaughlin supo que nunca recuperaría a su hija. A esas alturas, estaba tan involucrado en los asuntos de la banda que no podía contárselo a nadie.
Los periódicos publicaron una versión abreviada del relato, centrándose en la tragedia que habían provocado las actividades de McLaughlin y que habían desembocado en la muerte de su propia esposa, y llegaron a establecer incluso comparaciones con las tragedias de la Grecia clásica. El jefe de la fiscalía estaba preparando la acusación. McLaughlin podía terminar en la cárcel. Y su hija, pensó Lucy, volvería a quedarse sola.
En primera plana aparecían también otras dos noticias. Una de ellas se refería al incendio que había acabado con las vidas de Catherine y Mary Quigg. La policía confirmaba que había sido provocado. Según la investigación en curso, se estaba buscando a la pareja de Catherine Quigg. Las últimas informaciones indicaban que había cruzado la frontera y se ocultaba en Donegal. Un portavoz del hospital declaró que la salud del bebé rescatado estaba mejorando considerablemente.
La segunda, una noticia en una columna lateral, mencionaba casi de pasada los sucesos de Prehen. Un oficial del PSNI había muerto en trágicas circunstancias tras entrar en el bosque en busca de un oficial de la RUC jubilado que se había perdido. El nombre de Travers tampoco se citaba en la noticia de McLaughlin. El subcomisario había tenido razón en una cosa: la madre de Lucy no iba a permitir que su propia reputación se viera empañada y no pensaba permitir que la verdad acerca de lo que su padre le había hecho a Janet saliera a la luz. En consecuencia, la reputación de Travers, al menos públicamente, quedó sin tacha.
Tras dejar a Fleming, Lucy fue a visitar a su padre al hospital Gransha. Una enfermera de psiquiatría la condujo por el pasillo hasta la habitación de seguridad donde lo retenían. Era un espacio despojado: una cama con armazón de metal, una silla dura, un lavabo.
Su padre le pareció más viejo que nunca. Estaba sentado al borde de la cama, con un brazo atado al armazón. Tenía los ojos vidriosos, como si le costara enfocar la mirada. Había agachado la cabeza y la boca le colgaba ligeramente abierta.
—¿Papá?
El hombre hizo un esfuerzo para alzar la mirada hacia su hija y luego volvió a bajar la cabeza.
—Soy yo, papá. Lucy.
Él asintió débilmente.
—Mamá me contó lo que declaraste. Tendrías que haber dicho la verdad.
Él inclinó la cabeza a un lado y se frotó la mejilla con el dorso de la mano.
—Tendrías que haberles contado lo que realmente pasó en el bosque.
—El bosque —repitió.
—Te acuerdas de que estuvimos en el bosque, ¿verdad?
Lucy se sentó a su lado en la cama y le puso una mano en la espalda, percibiendo los débiles movimientos de sus costillas al respirar.
—Encontré la tumba.
—¿Qué tumba?
Esbozó una sonrisa posiblemente inducida por los narcóticos.
—Donde estaba enterrado el elefante. ¿Recuerdas que te lo conté?
Lucy puso la mano encima de la suya.
—Te hablo de Bill Travers, papá. ¿Te acuerdas?
Su padre sostuvo la mano de Lucy sin fuerza.
—No pude encontrarla durante años, aunque sabía que estaba allí. Pero anoche di con ella de nuevo.
—Travers, papá —dijo Lucy, desesperada—. ¿Te acuerdas?
Su padre negó con la cabeza.
—Te acuerdas, te acuerdas —repitió—. Las cosas se pierden y se encuentran — murmuró balanceándose levemente, siguiendo un ritmo que sólo él oía.
Lucy siguió sentada unos minutos más, y luego se levantó para marcharse.
—He quedado para comer, papá. Tengo que irme.
Cuando estaba en la puerta, él le habló por última vez.
—Lo siento, Lucy. Por todo. Por todo lo que perdiste por mi culpa.
El día era luminoso, y el aire venía cargado con el calor recién llegado del sol de principios de primavera. Robbie la esperaba en el coche.
—¿Cómo ha ido?
—Bien —dijo ella—. Ha ido bien.
—¿Qué tal estás?
Lucy respiró hondo, contuvo el aliento y luego soltó el aire sintiendo cómo se relajaba.
—Estoy bien.
Robbie cambió de marcha.
—De acuerdo. ¿Dónde te apetece ir a comer?
—Donde tú quieras. Después quiero visitar al hermanito de Mary. Ver cómo está. ¿Te importaría?
—Así que sales de visitar un hospital psiquiátrico, vas a comer un bocado y luego te vas de excursión a la planta infantil de otro hospital. ¿Te han dicho alguna vez que eres la cita perfecta, Lucy Black?
—Entonces, es que crees que esto es una cita, ¿verdad? —dijo Lucy.
—O no —replicó Robbie, levantando las manos como si se rindiera—. Tú eliges.
—Ya lo he hecho —dijo Lucy con una sonrisa.
Terminaste La niña del bosque
Brian McGilloway
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